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domingo, 15 de julio de 2018

LAOCONTE Y SUS HIJOS



En ese momento un nuevo prodigio mucho más terrible
aparece ante los desgraciados y turba sus pechos confiados.
Laocoonte, elegido por suerte sacerdote de Neptuno,
Solemne degollaba en el altar un toro enorme.
Y en ese momento, me horrorizo al contarlo, dos grandes serpientes
se lanzan al mar desde Ténedos por la quieta superficie
con curvas inmensas y buscan la costa;
sus pechos se levantan entre las olas y con crestas
de sangre asoman en el agua, el resto se dibuja
en el mar y retuercen sus lomos enormes en un torbellino.
Suena el silbido en la sal espumante, y ya a tierra llegaban,
inyectados en sangre y en fuego sus ojos ardientes,
sacudían sus bocas silbantes vibrando las lenguas.
Escapamos exangües ante la visión. Aquéllas en línea recta
buscan a Laocoonte, y primero rodean con su abrazo
los pequeños cuerpos de sus dos hijos y a mordiscos devoran
sus pobres miembros; se abalanzan después sobre aquel
que acudía en su ayuda con las flechas y abrazan
su cuerpo en monstruosos anillos, y ya en dos vueltas
lo tienen agarrado rodeándole el cuello con sus cuerpos escamasos,
y sacan por encima la cabeza y las altas cervices.


Él trata con las manos de deshacer los nudos,
con las cintas manchadas de sangre seca y negro veneno;
lanza al cielo sus gritos horrendos,
como los mugidos cuando el toro escapa herido del altar
sacudiendo de su cerviz el hacha que erró el golpe.
Se escapan luego los dragones gemelos hacia el alto santuario
y buscan el alcázar de la cruel Tritónide
y a los pies de la diosa, bajo el círculo de su escudo, se esconden.
Entonces fue cuando un nuevo pavor se asoma a los pechos
temblorosos de todos y se dice que Laocoonte había pagado su crimen,
por herir con su lanza el caballo de madera sagrado
y llegar a clavar en su lomo la lanza asesina.

Virgilio, Eneida

martes, 28 de febrero de 2017

LA CAÍDA DE TROYA


—Soy poeta, Lavinia. —Me gustó el sonido de la palabra, pero no la conocía—. Un vate —añadió. Esta sí que la conocía, claro: un narrador, un vidente. Hacía juego con la sangre etrusca que corría por sus venas y esa capacidad que parecía poseer de conocer lo que no había ocurrido aún. Pero yo no entendía lo que tenía que ver con aquella mujer guerrera y se me antojó una mera historia.
—¿Puedes contarme algo más sobre ese hombre que se acerca?
Reflexionó un momento. A pesar de que estábamos hablando con total desenvoltura y sinceridad, con total confianza, como si los dos fuéramos sombras inofensivas a invulnerables, con toda la eternidad ante nosotros, seguía siendo un hombre que pensaba antes de hablar.
—Sí —dijo—, eso sí puedo hacerlo. ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué viene aquí?
—Creo que eso no debería decírtelo ahora. El tiempo lo hará. Pero no creo que tenga nada de malo que te cuente de dónde viene.
—Te escucho. —Me acomodé mejor sobre los vellones.
—Oh, Lavinia —dijo—. Vales por diez Camilas y nunca me di cuenta. Bueno, ya no importa. ¿Has oído hablar de Troya?
—Sí. Es un pueblecillo al sur de aquí, cerca de Ardea.
—Ah… No, ésa es Troia. La que yo te digo era una gran ciudad muy lejana, al este de aquí, al este del mar, al este de las islas griegas, en la costa de Asia. Había un hermoso príncipe troyano llamado París. Una reina griega y él se fugaron juntos. Su marido convocó a los demás reyes de Grecia y todos juntos marcharon sobre Troya, un gran ejército en mil naves picudas, para recuperar a la mujer. Helena, así se llamaba.
—¿Por qué querían recuperarla?
—El honor de su marido así lo exigía.
—Pues yo diría que su honor exigía que se divorciara de ella y se buscara una esposa decente.
—Lavinia, esos hombres eran griegos. No ro… no itálicos.
—El rey Evandro es griego. Me pregunto si iría a buscar a su esposa si ésta lo engañara.
—Lavinia, hija del rey, ¿me dejas que te cuente mi historia?
—Lo siento. Guardaré silencio.
—Entonces te contaré la historia de la caída de Troya, tal como Eneas se la refirió a la reina de Cartago —dijo. Enderezó la espalda, sentado como estaba en el suelo oscuro, una sombra entre sombras, y empezó a cantar.
No era una canción como los cantos de los pastores, los coros de los remeros o los himnos de Ambarvalia y Compitalia, ni como las canciones que entonan las mujeres todo el día mientras hilan, tejen, baten, cortan, limpian y barren. No tenía melodía. Las palabras eran su única música, las palabras eran el ritmo del tambor, el chasquido del telar, el ruido de los pasos, el golpe de los remos, el latido de los corazones, las olas que rompían en la playa de Troya, al otro lado del mundo.
No puedo repetir aquí todo lo que cantó, el gran caballo y las serpientes que salieron del mar y la caída de la ciudad. Sólo contaré aquella parte del relato en la que más he pensado.
Cuando los griegos salieron del caballo y su ejército se dispersó por la ciudad, Eneas, el guerrero troyano, luchó contra ellos en las calles. Lo hizo sumido en una especie de locura, furioso y ciego, hasta que vio que la casa del rey estaba ardiendo. Entonces se aclararon sus pensamientos. Se acordó de su propia casa y de los suyos, y corrió hacia allí. La casa estaba a cierta distancia del centro de la ciudad y allí todavía reinaba la calma.
Mientras recorría las calles, vio grandes poderes que se habían hecho visibles y se movían en la oscuridad, poderes que deseaban que Troya ardiera.
Al llegar a su casa, intentó que sus moradores la abandonaran, escaparan de la ciudad, se salvaran. Pero su padre, Anquises, no quería irse. Estaba lisiado y apenas podía andar. Le dijo que prefería morir en su propia casa. Pero la gente de la casa no estaba dispuesta a dejarlo allí. No se irían sin él. Eneas decidió rendirse, regresar corriendo a la locura y hacerse matar en las calles, pero en ese momento su esposa Creusa lo detuvo y le dijo que no tenía derecho a hacerlo. Su deber, y el de ella, era tratar de salvar a los suyos. Tenía consigo a su pequeño, Ascanio. Y mientras hablaban alguien gritó «¡Mirad!», y al hacerlo vieron que al niño se le había inflamado el pelo y una llama dorada danzaba sobre su cabeza. La apagaron, pero el viejo Anquises, que sabía leer los augurios, dijo que era un buen presagio. Entonces vieron que una estrella fugaz cruzaba el firmamento y se perdía sobre los bosques que cubrían la montaña que dominaba la ciudad, el monte Ida. Anquises dijo que debían seguirla, así que Eneas les ordenó a todos que se dispersaran y echaran a correr, que salieran de la ciudad por donde pudieran, y luego les dijo dónde se encontrarían: en un montículo con un antiguo altar de la Madre del Grano, extramuros, bajo el monte Ida. Anquises guardó los tesoros de la casa en una gran cazuela de arcilla y Eneas se cargó a su lisiado padre sobre las espaldas. Cogió al pequeño Ascanio de la mano y, seguido por Creusa, partió por las calles oscuras.
Pero Anquises vio entonces a unos soldados en un callejón y le gritó a Eneas que corriera. Eneas obedeció, tomó otro camino y, echando a correr a ciegas por las calles, se perdió. Al fin reconoció una avenida y continuó por allí, sin soltar a su padre ni a su hijo pequeño, hasta llegar a las puertas, tras de las cuales se encontraba el altar donde lo esperaban todos los suyos. Sólo entonces reparó en que su esposa no estaba con ellos. Se había quedado atrás cuando él se dio la vuelta y echara a correr, sin pararse una sola vez para comprobar si seguía a su lado. Desde entonces, nadie la había visto.
Así que Eneas regresó solo a la ciudad. Corrió a la casa, pensando que tal vez se hubiese refugiado allí. El edificio estaba ardiendo por los cuatro costados. Corrió por toda la ciudad gritando «¡Creusa! ¡Creusa!» entre los edificios en ruinas, los incendios y los soldados que mataban y saqueaban. Y entonces la vio. Se encontraba frente a él en la calle oscura. Pero era más alta de lo que él recordaba. Y dijo:
—No iré contigo, ni seré la esclava de ningún griego. La Madre Tierra me mantiene aquí. Y tú deberás viajar muy lejos y durante mucho tiempo. Debes irte, mi dulce esposo, para llegar a las tierras de occidente. Allí serás rey y tendrás una reina. No llores por mí; reserva tu amor para proteger a nuestro hijo.
El intentó hablarle y cogerla entre sus brazos… Tres veces lo intentó, pero era como abrazar al viento, tratar de asir un sueño. Se había perdido en la sombra.
Así que Eneas regresó al montículo del altar, donde se había congregado un gran gentío que, al huir de la ciudad, se había unido a su casa. Los griegos no los habían seguido aún. Volvió a cargarse a su padre a la espalda y los llevó hacia las colinas donde se había perdido la estrella fugaz. Casi había amanecido.
Recuerdo que, mientras se apagaba la voz del poeta, cantó un primer pájaro, con voz aguda y lejana, a pesar de que no había aún luz en el cielo, y ninguna voz le respondió. También estaba amaneciendo. Miré en dirección a la sombra del poeta y vi que ya no estaba. Me tendí sobre los vellones y dormí hasta que la luz del sol perforó con sus rayos los oscuros troncos y el denso sotobosque y me despertó.

Ursula K. Le Guin, Lavinia

PREMIO LOCUS NOVELA DE FANTASIA 2009

miércoles, 7 de diciembre de 2016

¿POR QUÉ LEER A LOS CLÁSICOS?


Siempre he sentido inclinación a leer a los clásicos y he pasado ratos memorables con los textos de Homero, Platón, Virgilio, Dante y Shakespeare. He encontrado en ellos una profundidad y una compresión de la naturaleza humana que me han ayudado a entenderme a mí mismo.Pero aprecio a estos autores no sólo por lo que transmiten, sino también por cómo lo transmiten. Nada más placentero que la métrica de La Eneida, un libro que me gusta leer en voz alta. En su testamento, Virgilio ordenó que se destruyesen sus versos, pero su protector Octavio Augusto no sólo lo prohibió sino que contrató a dos escribas para que copiasen la obra sin la más mínima alteración.

La Eneida tiene fragmentos maravillosos como cuando Eneas, fundador de Roma, se topa con su madre Venus, disfrazada de ninfa, tras su llegada a las costas de Libia después de perder parte de su flota. Si uno lee este largo poema épico, inevitablemente encuentra hexámetros que parecen sacados de La Ilíada o La Odisea. El mismo Eneas, que sobrevive de la guerra de Troya, viaja por el Mediterráneo hasta llegar a las playas de Roma, al igual que Ulises retorna a Ítaca tras sufrir penalidades sin cuento.

Estos libros se han convertido en clásicos porque han tocado la fibra más sensible de los lectores de diferentes generaciones. Es imposible no conmoverse con la desesperación de Eneas al perder sus barcos en la tormenta provocada por Eolo o por el llanto de Príamo al pedir a Aquiles que le entregue el cadáver de su hijo Héctor.

En ese sentido, es imposible que la obra de Homero fuera la recopilación anónima de una serie de relatos míticos porque sus libros tienen vida, han sido escritos por una persona con una gran empatía hacia los sentimientos humanos hasta el punto de que cualquier lector de hoy puede reconocerse en sus personajes. El dolor de Aquiles por la pérdida de Patroclo es auténtico, no es una mera creación literaria, como sabe cualquier conocedor de La Ilíada.

Creo que quien no es capaz de leer a estos autores se pierde una dimensión de la existencia humana que sólo se puede percibir en estas grandes obras, que, al fin y a la postre, transmiten una acumulación de experiencia. Cuando uno lee a Shakespeare se puede dar cuenta de que los sentimientos de los hombres no han cambiado en cuatro siglos y que la tecnología es un barniz que apenas cubre una fractura interior que todos llevamos dentro.

No podría vivir sin estos libros porque sería como perder una parte esencial de mí mismo. En cierta forma, tengo la impresión de que somos depositarios de ese inmenso legado cultural del que formamos parte activa. Los clásicos no son ellos, somos nosotros. Yo soy Hamlet, Eneas, Don Quijote, Madame Bovary y Aquiles. Todos viven en mi interior y he sido un poco de todos ellos mientras leía estas obras.

Por eso me gusta tanto el final de Fahrenheit 451, la película de François Truffaut, cuando los personajes pasean por el bosque y recitan en voz alta los libros prohibidos que sobrevivirán en su memoria porque nadie podrá matar jamás a Homero.

Pedro G.Cuartango

jueves, 5 de marzo de 2015

LAVINIA

Lavinia crece sin conocer otra cosa que la paz y la libertad hasta la llegada de sus pretendientes. Su madre exige que contraiga matrimonio con el apuesto y ambicioso Turno. Pero los augurios y las profecías de los manantiales sagrados afirman que deberá casarse con un extranjero, que provocará una guerra y que su marido no vivirá demasiado tiempo. Al ver que una flota de barcos troyanos llega remontando el Tíber, la joven decide tomar las riendas de su propio destino. Y así nos cuenta lo que Virgilio no hizo: la historia de su vida y del amor de su vida.

Ursula K. Le Guin da voz a este personaje surgido de la Eneida de Virgilio en una novela que nos transporta al mundo semisalvaje de la Italia antigua, cuando Roma no era más que una aldea mugrienta situada cerca de siete colinas. Lavinia es un libro sobre la pasión, la guerra y el precio de la guerra, generosa y austeramente escrito por una autora en la cúspide de su talento.

Lavinia, una versión libre de la Eneida de Virgilio, no es una historia de héroes, ni de guerras, ni de la fundación de una ciudad. Es la historia de los hombres vista a través de los amorosos ojos de una mujer, devota hija, entregada madre y amante esposa, consciente de que «no es la muerte lo que nos permite entendernos, sino la poesía».

Durante una parte del libro la narración de la novela se realiza mediante saltos temporales en el que se nos muestran sucesos y reflexiones. En otros momentos, la narración se vuelve sugerente y mágica cuando Lavinia practica rituales ancestrales en un bosque sagrado rodeado de manantiales para consultar a los espíritus y poderes del lugar a modo de Oráculo. De este modo Lavinia se encuentra con Virgilio, en los últimos días de su vida, con el que comparte diferentes diálogos y reflexiones (incluyendo revelaciones sobre su poema), para incluso acabar desvelandole su futuro.

Según Ursula K. Le Guin, la novela trata de acercar la obra de Virgilio a un público más amplio, pues cree que en este último siglo las obras clásicas están siendo olvidadas por el gran público.

PREMIO LOCUS NOVELA DE FANTASIA 2009