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domingo, 14 de noviembre de 2021

HACIA CERO

 

Casi todas las personas que se hallaban reunidas alrededor de la chimenea eran abogados o tenían interés por la Ley. Estaban: Martindale, Rufus Lord, K. C., el joven Daniels, que se había hecho famoso con el caso Castairs, varios abogados más, el Magistrado del Supremo Cleaver, Lewis, de la firma Lewis & Trench, y el anciano señor Treves. El señor Treves andaba cerca de los ochenta, unos ochenta llenos de madurez y de experiencia. Era el miembro más famoso de una famosa firma de abogados. Había resuelto fuera de los tribunales innumerables casos delicados, se decía que sabía más secretos de familia que ningún otro hombre de Inglaterra y estaba especializado en criminología.

Algunas personas irreflexivas opinaban que el señor Treves debía escribir sus memorias. El señor Treves, con mejor juicio, opinaba que sabía demasiado para ello.

Aunque retirado del ejercicio de su profesión desde hacía mucho tiempo, no había en toda Inglaterra opinión más respetada que la suya por sus propios colegas. Cuando hablaba, con su voz fina y precisa, siempre se producía a su alrededor un silencio respetuoso (...)

—Estaba pensando —dijo el señor Treves— no tanto en las cuestiones legales que se suscitaron, aunque son muy interesantes… Muy interesantes… Si el veredicto hubiera sido al contrario, creo que habría habido base sobrada para una apelación… Pero no voy a empezar con eso ahora. Estaba pensando, como les decía, no en las cuestiones legales sino en… bueno, en las personas que intervinieron en el caso.

Todos se quedaron asombrados. Sólo habían considerado a las personas del caso desde el punto de vista de su credulidad o en su categoría de testigos. Ninguno de ellos había llegado ni siquiera a hacerse la menor consideración sobre si el acusado sería culpable o tan inocente como el tribunal lo había declarado.

—Seres humanos —dijo pensativo el señor Treves—. Seres humanos. De todas clases, especies, formas y tamaños. Gentes de todas partes, de Lancashire, de Escocia, aquel propietario del restaurante de Italia, y aquella maestra de escuela de no sé dónde en el Medio Oeste. Todos cogidos y atrapados en la red y, por último, reunidos ante un tribunal de Londres, en un día gris del mes de noviembre, Cada uno de ellos contribuyendo con su poquito. Y la cosa vino a tener su culminación en un juicio por asesinato.

Hizo una pausa y empezó a tamborilear suavemente en una de sus rodillas.

—A mí me gustan las buenas novelas policíacas —dijo—. Pero opino que empiezan donde no deben. Empiezan con el asesinato. Pero el asesinato es el fin. La historia empieza mucho antes, con todas las causas y acontecimientos que reúnen a determinadas personas en determinado lugar, a una hora determinada de un día determinado. Fíjense en la declaración de aquella muchachita… Si la pinche no le hubiera quitado el novio, ella no hubiera dejado la casa en un arranque de genio, no hubiera ido a parar a casa de los Lamorne y no hubiera sido el principal testigo de la defensa. Y ese Giuseppe Antonelli, viniendo a ocupar el puesto de su hermano durante un mes… El hermano es cegato como un topo… No hubiera visto lo que vieron los ojos agudos de Giuseppe. Si al policía no le gustara la cocinera del Cuarenta y ocho, no hubiera llegado tarde a hacer su ronda…

El señor Treves confirmó sus palabras moviendo suavemente la cabeza.

—Todos convergiendo en un punto dado… Y luego, llega la hora… ¡La hora cero! Sí, todos encontrándose en la hora cero…

Tras una breve pausa, repitió:

—La hora cero… (…)

Se sentó enfrente del fuego y cogió el correo.

En su mente seguía dándole vueltas la idea que había esbozado en el club.

—Incluso en este momento —se dijo el señor Treves—, algún drama, algún crimen futuro, está en curso de preparación. Si yo escribiera una de esas historias tan divertidas de sangre y de crimen, empezaría ahora, con un caballero anciano sentado frente al fuego, abriendo sus cartas y dirigiéndose sin saberlo él mismo hacia la hora cero…

Agatha Christie, Hacia cero

miércoles, 27 de octubre de 2021

LA SANTA COMPAÑA

 

Acabada la cena, se reunieron casi todos frente al fuego, pues por la noche refrescaba bastante, a pesar de estar ya casi en verano, y más ese día. Según les dijo el hospitalero, en esa alberguería existía la costumbre de contar historias sobre el Camino en torno a la lareira o cocina de leña, sentados en los escaños con un vaso de orujo o de vino caliente con miel en la mano.

—A esto lo llaman en esta tierra el filandón, ya que en las casas suele hacerse mientras se fila o hila la lana de oveja o se lleva a cabo alguna tarea parecida —les explicó el hospitalero (...)

Tras esa historia milagrera, que complació mucho a la concurrencia, tomó la palabra un peregrino de origen berciano, si bien vivía en Segovia. Era casi un anciano, con la piel muy curtida y llena de cicatrices, al que todos llamaban el Gato, porque parecía tener siete vidas. Este les contó que había hecho varias veces el Camino y que no le tenía miedo a nada, salvo a una cosa, añadió con tono de misterio. Hacía ya muchos años, en el sendero que iba de Triacastela a Sarria, se le hizo de noche, por haberse distraído con una moza. No obstante, no se preocupó, pues llevaba una antorcha consigo y conocía bien la senda. Pero, al llegar a una especie de encrucijada, surgió una espesa niebla que le impedía distinguir nada más allá de un palmo. Así que se detuvo en medio del camino a esperar a que la bruma se disipara. Mas de pronto vio unas luces que se dirigían hacia él de manera pausada por uno de los ramales. Al principio pensó que podía tratarse de un grupo de peregrinos, pero enseguida se dio cuenta de que estaba equivocado.

—Yo, que he estado en la guerra de Granada y me he enfrentado muchas veces a fieras salvajes y a bandidos más fieros todavía, jamás he sentido tanto pavor como esa noche —continuó el hombre con tono lúgubre—. Cuando las luces llegaron a la encrucijada, comencé a vislumbrar a una persona con una cruz y un caldero lleno de agua bendita. Detrás iba una comitiva que no se podía percibir, salvo por el airecillo frío que producía a su paso y que a mí me hizo estremecer. Cada miembro portaba un cirio que parecía incombustible. El que iba en cabeza me ofreció la cruz y el caldero, que según los curas son símbolos de la salvación eterna. Yo me sentía tan aterrado que a punto estuve de aceptarlos. Pero, entonces, me acordé de lo que mi santa madre, que en paz descanse, me decía cuando era niño: «Si alguna vez se te aparece la Santa Compaña, no tomes nada de lo que te den, pues el que camina delante solo puede librarse de la muerte cediéndosela a otro. Y recuerda que, para protegerte de ella, habrás de trazar un círculo en la tierra a tu alrededor». Y así lo hice aquel día; con el bordón a modo de compás hice un redondel y los aparecidos pasaron de largo sin verme. Por eso ahora puedo contarlo —añadió, tras apurar con ganas su vaso de orujo.

La historia fue acogida con gran júbilo y algo de miedo, todo hay que decirlo, por parte de los presentes. Uno de ellos, sin embargo, puso en cuestión la existencia de la Santa Compaña, diciendo que eso eran supersticiones y cosas de viejas, historias que se contaban al amor de la lumbre, como en ese momento estaban haciendo ellos (…)

Después intervino un hombre mucho más joven, que hablaba con acento gallego y al que apodaban el Estudiante, porque sabía leer y escribir. No tendría más de veinticinco años. Era alto de estatura y de complexión fuerte, con el pelo negro y lacio, los ojos grandes y la nariz roma.

—Yo no soy un caminante tan experimentado como nuestro amigo el Gato. Pero sé de buena tinta que hay una hora en la noche, la más triste y fatídica de todas, en la que los espíritus y fantasmas dejan sus ocultas moradas y vienen a este mundo a expiar sus culpas. Suele ser a medianoche o poco después de ocultarse el sol, momento en el que se levanta una espesa niebla y empiezan a distinguirse en lontananza multitud de luces que, pausada y majestuosamente, caminan sin rumbo fijo, así como ruidos misteriosos, de cadenas y campanillas, acompañados de susurros ululantes y rumor de viento. También se escuchan lamentos o quejidos que parecen salir del cementerio, como si fueran una bandada de pájaros que volaran cerca del suelo, impregnando el aire con la humedad de los sepulcros. Son las ánimas de los difuntos, os espíritus da noite, como dicen en mi pueblo. El nombre es lo de menos, lo importante es que existen; por lo general, son seres andariegos y nocturnos que traen la desgracia a todos aquellos que tienen la desdicha de verlos aparecer. Algunos entran en la iglesia, de donde toman la cruz, y luego empiezan a deambular por los contornos y a penetrar en las casas, donde se apoderan de las personas dormidas, las sacan por el ojo de la cerradura y, entregándoles un hacha de cera, las incorporan a su lúgubre procesión. El que lleva la cruz suele ser muy delgado, con la piel macilenta y amarilla y los ojos hundidos en las cuencas, pues apenas duerme ni descansa. Si el camino es estrecho y, por casualidad, coinciden los vivos y los muertos, los primeros tienen que apartarse y ceder el paso si no quieren ser arrastrados por tan triste cortejo. Y aquellos que sobreviven a tan fatídico encuentro lo hacen con el permiso de la Muerte, pero algún día tendrán que pagar por ello. Eso es todo lo que puedo decir.

—Que no es poco, y lo habéis contado de tal forma que, por un momento, he sentido su presencia aquí dentro —comentó el hospitalero—. ¿Y vos qué pensáis? —le preguntó a Rojas.

—Yo soy de La Puebla de Montalbán y vivo en Talavera de la Reina —explicó el pesquisidor, al que le costaba un poco hablar con soltura, a causa del orujo que había bebido—, y allí no tenemos esta clase de procesiones. Yo, al menos, no me he tropezado nunca con ellas, ni conozco a nadie que las haya visto ni de lejos ni de cerca, ni de día ni de noche… Preguntadle mejor a mi compañero, que de esto sabe mucho más que yo, ya que es gallego y buen caminante.

—Y bien, ¿qué tenéis que decir? —inquirió el hospitalero, dirigiéndose a Elías.

—En efecto, soy gallego y ya sabéis lo que se dice en mi tierra de las meigas y de otras criaturas no menos extrañas, que haberlas haylas. Y si existen las meigas, ¿por qué no va a existir también la Santa Compaña? Yo hasta la fecha no he tenido la desgracia de toparme con nada parecido, pero recuerdo que mi madre, poco antes de morir, me contó que ella, de moza, sí que la había visto al lado de la iglesia de su pueblo, Liñares, y que una de las ánimas le había ofrecido una vela para que la cogiera y se sumara a la procesión, pero que ella no había obedecido porque tenía las dos manos ocupadas, pues venía de coger agua de la fuente. De modo que me aconsejó que hiciera lo mismo si alguna vez me encontraba con la estadiña.

—¿Lo veis? Tenía yo razón: cosas de viejas que amamantan y educan a sus hijos con estas creencias —concluyó el que se había mostrado más escéptico.

—Lo que no quita para que tales cosas existan —replicó Elías con vehemencia—, ¿o es que vais ahora a dudar de la palabra de mi madre?

Luis García Jambrina, El manuscrito de barro

viernes, 8 de octubre de 2021

OCHO ASESINATOS PERFECTOS

 

Hace quince años, el aficionado a las novelas de misterio Malcolm Kershaw publicó en el blog de la librería Los viejos demonios una lista —que apenas recibió visitas ni comentarios— sobre los que a su juicio eran los más logrados crímenes literarios de la historia. La tituló Ocho asesinatos perfectos e incluía clásicos de varios de los grandes nombres del género negro: El misterio de la Casa Roja, de A. A. Milne; Complicidad, de Anthony Berkeley Cox; El misterio de la guía de ferrocarriles, de Agatha Christie; Pacto de sangre, de James M. Cain; Extraños en un tren, de Patricia Higsmith; Muerte por ahogamiento, de John D. MacDonald; Trampa mortal, de Ira Levin; El secreto, de Donna Tartt.

                Ahora, un nevado febrero, recibe la visita de la agente Gwen Mulvey del FBI, quien cree que alguien está cometiendo asesinatos guiándose por esa lista y solicita su ayuda, como especialista en su investigación. Además pronto se descubrirá que uno de los muertos es una habitual cliente de la librería, un tanto cascarrabias.

                A partir de este momento la vida de Mal se va a trastocar, pues da a entender que el asesino es alguien que le conoce y quiere jugar con él. Pero, una serie de secretos relacionados con la muerte de su mujer comienzan a aflorar en su memoria, y…

En este original e inteligente thriller, Peter Swanson desdibuja con mano maestra las fronteras entre la realidad y la ficción, convirtiendo así su apasionante y lúdica trama en un nostálgico homenaje a los más brillantes y acabados crímenes de la literatura detectivesca, pues, aparte de los componentes de la lista (algunos pormenorizados), abundan las referencias o los detalles de otros muchos, desde Dickens o Conan Doyle, a Ann Cleeves, Gillian Flynn o J K Rowling, pasando por Dorothy Sayers o Colin Dexter.

Mal, el protagonista, está muy bien trabajado; él nos va a mostrar su amor por los libros y nos va a llevar de referencia a referencia, o de libro en libro, deteniéndose en algunos de ellos (atención a El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie); poco a poco nos mostrará la vorágine de sus pensamientos, que nos atraparán, y…

 

viernes, 1 de octubre de 2021

EL DIABLO Y EL MAR OSCURO

 

Un crimen imposible, un demonio y un viaje maldito

Corre el año 1634 y Samuel Pipps, el detective más famoso del mundo, está prisionero en el Saardam, un gran navío que parte de las Indias Orientales rumbo a Ámsterdam, donde se enfrenta a un juicio y a la horca. Junto a él viajan su fiel amigo, Arent Hayes, decidido a probar la inocencia de Pipps, y Sara Wessel, la esposa del gobernador general de Batavia, en las Indias Orientales.

Súbitamente, una serie de misteriosos sucesos desconcierta a la tripulación y a los pasajeros: poco antes de zarpar, un leproso que muere a lo bonzo lanza una maldición contra la nave y su espíritu rondará por el barco; el símbolo del viejo Tom, un ente diabólico que asoló Países Bajos unos años antes, aparece en una vela; varios animales aparecen sacrificados. Y, por si fuera poco, una voz aterroriza a los pasajeros entre las sombras con una terrible profecía: van a ser testigos de tres milagros diabólicos. El primero, una persecución inverosímil; el segundo, un robo inconcebible; el tercero, un asesinato imposible de cometer.

Con Pipps entre rejas, Arent y Sara tendrán que resolver solos el misterio que amenaza con enviarlos a todos a las profundidades del océano.

                En esta novela de Stuart Turton se mezclan diversos géneros: la de aventuras (la travesía y posterior amotinamiento de la tripulación), la de intriga y misterios (el robo y el asesinato del gobernador), la de detectives (en varios momentos veremos actuar a Pipps como Sherlock Holmes), la de terror (el viejo Tom que les persigue, el barco misterioso que aparece y desaparece por la noche, los cazadores de brujas).  

.              Un ritmo ágil, que progresa en parte gracias a las diversas subtramas que se van abriendo y a los secretos que guardan todos los personajes. Con respecto a los personajes, me quedaría con los femeninos que se van a hacer dueñas de la historia: Sara Wessel (que ha tenido que soportar los malos tratos de su marido, inteligente y decidida), su hija Lia (que destaca por su mente científica y su inventiva tecnológica), Creesjie Jens (amiga de Sara y amante oficial de su marido) e Isabel (la aprendiz del predicador Sander Kers, el último cazador de brujas).

miércoles, 29 de septiembre de 2021

CONOCIENDO A SOPHIE

 


En el hospital me habían dicho que Sophie Clairmont todavía no había cumplido diez años, pero me sorprendió lo pequeña y delgada que era incluso tratándose de una enferma aquejada de fibrosis quística. Tenía en el regazo lo que parecía ser un cuaderno de dibujo sobre el que deslizaba la mano derecha en amplios movimientos. No alzó los ojos ni siquiera cuando entorné la puerta y me acerqué poco a poco a la silla de ruedas.

—Hola —la saludé dejando mi maleta en el suelo—. Tú debes de ser Sophie, ¿verdad?

No obtuve respuesta. Los rizos que le caían por la cara, de un castaño claro al que el fuego arrancaba reflejos de oro, dejaban entrever unos ojos oscuros muy concentrados.

—Soy la señorita Baudin —seguí diciendo—. Me imagino que tu padre ya te lo habrá explicado, pero he venido de un hospital de Le Havre para cuidar de ti a partir de ahora.

Tampoco esta vez me contestó. Su pequeña mano alcanzó el extremo del cuaderno y después regresó al centro, mientras la niña respiraba exactamente igual que los demás pacientes con la misma enfermedad de los que me había hecho cargo. «Tiene los bronquios demasiado dilatados», recuerdo que pensé. «Durará menos de lo que imaginan.»

—Sophie —volví a decir, y me senté en el borde de la cama, junto a ella—. Mira, sé que esto resulta difícil para ti, pero no servirá de nada que te empeñes en ignorarme. Me han encargado que te cuide y eso es lo que pienso hacer, tanto si te gusta como si no...

Me fui callando poco a poco al reparar en que lo que la niña sostenía en el regazo no era un cuaderno, como había pensado al principio. Era una tabla de madera con las letras del alfabeto y los números del uno al cero colocados en abanico, entre las palabras «sí» y «no» a ambos lados, con un sol y una luna, y «adiós» en la parte inferior. Sentí cómo se me helaba la sangre mientras la mano de Sophie se detenía sobre esta última.

—No puedo creer lo que estoy viendo. ¿Con eso te dedicas a jugar? ¿Con una ouija?

Esta vez el movimiento fue más enérgico: la pieza de madera que Sophie sostenía en la mano, con la forma de un corazón horadado por un agujero, avanzó hacia el «no».

—Ah, claro, esto no es un juego para ti... —La pieza siguió donde estaba—. Supongo que crees que ese trasto realmente funciona, que permite contactar con los muertos. —La mano de Sophie se deslizó hacia el «sí», dando un golpecito sobre él al alcanzarlo como si le indignara que no me lo tomara en serio—. Está bien... ¿y por qué estás haciendo esto?

Con un ágil movimiento de muñeca, la pequeña comenzó a deslizar el puntero por las letras de la tabla. P-O-R-Q-U-E-T-E-N-G-O-Q-U-E-P-R-A-C-T-I-C-A-R, fui leyendo.

—¿Practicar? —quise saber, estupefacta—. ¿Practicar para qué?—Pero antes de que acabara de decirlo obtuve una respuesta: P-A-R-A-C-U-A-N-D-O-E-S-T-E-M-U-E-R-T-A.

Me obligué a respirar hondo para mantener la calma. Mi capacidad de raciocinio había sido hasta entonces una de mis mayores virtudes, algo que en mi opinión debía ser un requisito sine qua non en cualquier enfermera, tanto si había sobrevivido a una guerra como si había empezado a trabajar después, como era mi caso. Me incliné hacia la niña.

—Escúchame, Sophie —le dije en un tono más suave—. Aunque te cueste creerme, entiendo perfectamente cómo te sientes. Sé que tienes mucho miedo, sé que estás muy asustada y que ya no te atreves a confiar en las promesas de nadie. No pretendo que me veas como a una amiga, sino más bien como a una aliada. Podría ayudarte, si te dejaras...

Pero de nuevo la mano comenzó a revolotear por las letras, tan precipitadamente que me costó no perder el hilo. N-O-N-O-P-U-E-D-E-A-Y-U-D-A-R-M-E-N-A-D-I-E-P-U-E-D-E-A-Y-U-D-A-R-M-E. Apretaba tan fuertemente el puntero contra la tabla que le arrancaba a la madera un chirrido estremecedor. N-O-N-E-C-E-S-I-T-O-U-N-A-E-N-F-E-R-M-E-R-A-N-O-T-E-N-I-A-Q-U-E-H-A-B-E-R-V-E-N-I-D-O-N-O-H-A-Y-N-A-D-A-Q-U-E-P-U-E-D-A-H-A-C-E-R-P-O-R-M-I-M-E-V-O-Y-A-M-O-R-I-R. Y al final la pieza se quedó girando sobre las últimas letras, como una mosca dando vueltas furiosa en un frasco. M-E-V-O-Y-A-M-O-R-I-R-M-E-V-O-Y-A-M-O-R-I-R-M-E-V-O-Y-A-M-O-R-I-R.

Dejé de prestar atención a la ouija para mirar a Sophie y me di cuenta de que se le habían humedecido los ojos. Con cuidado, le sujeté la muñeca con la mano derecha para que se detuviera y eso la hizo alzar la mirada por primera vez hacia mí, desconcertada.

—Tienes razón —le respondí en voz queda—. No hay nada que yo pueda hacer para evitarlo, por mucho que lo intente. No pienso engañarte dándote falsas esperanzas.

—¿No va a decirme lo que todo el mundo, que pronto me pondré bien?

Cada palabra parecía costarle un esfuerzo atroz, como si sus doloridos pulmones no pudieran dar más de sí. «¿Cuánto tiempo ha estado comunicándose con este trasto?»

—Sé que no serviría de nada que lo hiciera —le contesté—. Eres muy inteligente, de eso se daría cuenta cualquiera. Por eso necesito que me creas cuando te digo que lo único que quiero es ayudarte. No puedo impedir que te mueras, pero sí que sufras aún más.

Aproveché que se había quedado paralizada para quitarle suavemente la ouija de las manos. La dejé encima de la cama y después rodeé con mis dedos los de la pequeña.

—Aunque no consiga acabar con todo tu dolor, lo alejaré de ti lo suficiente para que merezca la pena aguantar un poco más. Yo estaré a tu lado siempre que me lo pidas y podrás contarme muchas cosas sobre lo que más te gusta, lo que más feliz te ha hecho...

—Antes pensaba que sería feliz siendo escritora —contestó Sophie en un susurro—. Es lo que me habría gustado hacer de mayor: escribir historias de miedo como las de papá, de esas que no te dejan dormir cuando estás en la cama. Pero ahora sé que es imposible.

—Bueno, si te sirve de consuelo, creo que tienes un talento innato para eso, y no solo por ser hija de Alain Clairmont. El numerito de la ouija me ha resultado espeluznante.

—¿De verdad? —Sus ojos relucían de repente—. ¿Creyó que había un fantasma aquí?

—Por un momento lo pensé, pero me temo que no soy lo bastante fantasiosa. Aun así, estoy convencida de que más de una de mis compañeras del hospital habría echado a correr nada más verte con ella. —Como imaginaba, esto la hizo reírse en voz baja, aunque enseguida la acometió un acceso de tos. Me estiré para coger un vaso de agua que había sobre la mesilla y se lo acerqué—. Si tanta ilusión te hace ser escritora, ¿por qué no tratas de cumplir tu sueño mientras aún estás a tiempo? ¿Qué te impide escribir ahora tu historia?

—No sé cómo hacerlo —me contestó con evidente sorpresa—. Nadie me ha enseñado.

—No estoy hablando de escribir un libro perfecto, sino de tener algo que contar. Nos pasamos la vida postergando para más adelante lo que querríamos hacer, engañándonos a nosotros mismos con «este no es el momento adecuado», o «mejor en otra ocasión»...

Mientras hablaba, me puse en pie para acercarme a la única ventana del cuarto. Me incliné sobre el arcón con su auditorio de muñecas para pelearme con unos cerrojos que parecían no haber sido manipulados desde mucho antes de que Francia fuera invadida.

—A veces se nos olvida —seguí mientras la brisa de los jardines me revolvía el pelo y agitaba los tirabuzones de Sophie— que los «más adelante» no durarán para siempre. En el hospital no he hecho más que escuchar lamentarse a los moribundos por no haberse atrevido a hacer lo que siempre soñaron hacer. Tú aún eres muy joven, pero eso no quiere decir que no tengas una historia interesante que compartir con el mundo antes de despedirte de él. Si lo piensas bien, es una buena manera de mantener a la muerte a raya.

Para mi sorpresa, cuando me volví hacia ella me di cuenta de que sonreía, aunque la suya no era una sonrisa de felicidad, ni siquiera de alivio. Casi parecía de compasión.

—Cómo se nota que solo ha pasado unos minutos en esta casa, señorita Baudin. Si realmente piensa que podríamos mantenerla a raya, es que no ha prestado atención.

Victoria Álvarez, La Costa de Alabastro

domingo, 26 de septiembre de 2021

NO TIENE IMPORTANCIA

Fue particularmente lamentable para la señora de Christopher Molesworth tener ladrones la noche del domingo de lo que fue, quizá, el triunfante fin de semana que coronaba su carrera de anfitriona.

Como anfitriona, la señora Molesworth era una experta. Elegía a sus invitados con escrupulosa discriminación, despreciándolo todo excepto lo más raro. La simple notoriedad no era un pasaporte para acudir a Molesworth Court.

Tampoco la simple amistad conseguía muchas migas de la mesa de los Molesworth, aunque la habilidad para complacer y representar la pieza de uno tendría posibilidades de lograr una cama cuando la celebridad del momento prometiera ser monótona, incómoda y probablemente aburrida.

Así fue como el joven Petterboy llegó a estar allí en el gran fin de semana. Era diplomático, presentable, abstemio casi lo suficiente para ser absolutamente digno de confianza, incluso al final de la velada, y hablaba un poco de chino.

Esto último apenas le había servido de nada hasta entonces, salvo con las chicas muy jóvenes en las fiestas, que aliviaban su incomodidad por no tener conversación persuadiéndole de que les dijera cómo se pedía que bajaran el equipaje a tierra en Hong Kong, o cómo se pedía para ir al cuarto de baño en un hotel de Pekín.

Sin embargo, en esa ocasión su habilidad le resultó realmente útil, ya que le hizo conseguir una invitación a la más grandiosa fiesta de fin de semana organizada por la señora Molesworth.

Esta fiesta era tan selecta, que sólo asistían a ella seis personas. Estaban los propios Molesworth; Christopher Molesworth era diputado, cazaba a caballo y apoyaba a su esposa igual que un marco negro decente apoya a un cuadro de colores.

Después estaba el propio Petterboy, los hermanos Feison, que parecían muy sosegados y sólo hablaban si era necesario, y finalmente el invitado de todos los tiempos, la joya de una magnífica colección, la pieza de la vida: el doctor Koo Fin, el científico chino; el doctor Koo Fin, el Einstein del este, el hombre de la Teoría. Después de abandonar su Pekín natal, sólo había salido de su casa de Nueva Inglaterra en una ocasión memorable, cuando dio una conferencia en Washington ante un público que era incapaz de comprender una sola palabra. Sus palabras eran traducidas, pero como se referían a altas matemáticas, esa tarea era comparativamente sencilla.

La señora Molesworth tenía todas las razones del mundo para felicitarse por su captura. «El Einstein chino», como le apodaban los periódicos, no era una persona sociable. Su timidez era proverbial, igual que su desagrado y desconfianza hacia las mujeres. Esta última fobia es lo que explicaba la ausencia de feminidad en la fiesta de la señora Molesworth. Su propia presencia era inevitable, por supuesto, pero vestía su traje más serio e hizo el juramento mental de hablar sólo lo necesario. Es muy posible que de haber podido cambiar de sexo, la señora Molesworth lo hubiera hecho para aquel fin de semana solo.

Había conocido al sabio en una cena muy selecta después de la única conferencia que él dio en Londres. Era la misma conferencia que había sumido a Washington en un estado de perplejidad. Desde que había llegado, el doctor Koo Fin había sido fotografiado más a menudo que cualquier estrella de cine. Su nombre y su redondo rostro chino eran más conocidos que los de los protagonistas de la última cause célebre, y los cómicos de televisión ya aludían a su gran teoría de la objetividad en sus programas.

Aparte de esta única conferencia, sin embargo, y la cena que le ofrecieron después, no había sido visto en ningún otro sitio salvo en su suite, celosamente protegida, del hotel.

Cómo consiguió la señora Molesworth ser invitada a esa cena, y cómo, una vez allí, persuadió al sabio de que consintiera en visitar Molesworth Court, es uno de esos pequeños milagros que a veces se producen. Sus enemigos hicieron muchas conjeturas indignas, pero, como los profesores universitarios encargados del acto en aquella ocasión no era muy probable que se hubieran dejado sobornar por dinero o amor, seguramente la señora Molesworth movió la montaña sólo mediante la fe en sí misma.

La cámara de invitados preparada para el doctor Koo Fin era la tercera habitación del ala oeste. Esta monstruosidad arquitectónica contenía cuatro dormitorios, provistos cada uno de ellos con puertas vidrieras que daban a la misma terraza.

El joven Petterboy ocupaba la habitación del final del pasillo. Era una de las mejores de la casa, en realidad, pero no tenía cuarto de baño anexo, ya que éste había sido convertido por la señora Molesworth, que tenía la segunda cámara, en una gigantesca prensa para ropa. Al fin y al cabo, como dijo ella, era su casa.

El doctor Koo Fin llegó el sábado en tren, como una persona de inferior categoría. Estrechó la mano a la señora Molesworth, a Christopher, al joven Petterboy y a los Feison como si compartiera su inteligencia, y les sonrió de ese modo blando, absolutamente demasiado chino.

Desde el principio fue un éxito tremendo. Comió poco, bebió menos, no habló sino que asentía apreciativamente al chino titubeante del joven Petterboy, y gruñó una o dos veces, de la manera más encantadora, cuando alguien sin darse cuenta se dirigió a él en inglés. En conjunto, era la idea que la señora Molesworth tenía de un invitado perfecto.

El domingo por la mañana, la señora Molesworth recibió un cumplido de él, y en un breve destello se vio a sí misma como la mujer más comentada en las fiestas de la semana próxima.

El encantador incidente se produjo poco antes del almuerzo. El sabio se encontraba en el césped y se levantó de pronto de la silla; y, ante la mirada sobrecogida de todo el grupo, ansioso por no perderse nada del incidente para poder contarlo después, se dirigió con pasos decididos al macizo de flores más cercano, pisoteando violetas y coronas de rey con el desprecio del visionario por los obstáculos físicos, cortó una enorme rosa de la variedad favorita de Christopher, volvió triunfante sobre sus pasos y la dejó sobre el regazo de la señora Molesworth.

Luego, mientras ella permanecía en éxtasis, él volvió en silencio a su asiento y se la quedó mirando con aire afable. Por primera vez en su vida, la señora Molesworth estaba realmente emocionada. Eso dijo después a numerosas personas.

Sin embargo, el sábado por la noche hubo ladrones. Fue asquerosamente inoportuno. La señora Molesworth poseía un destacado juego de brillantes, dos juegos de pendientes, un brazalete y cinco anillos, todo montado en platino, que guardaba en una caja de caudales de pared, debajo de un cuadro de su dormitorio. El sábado por la noche, después del incidente de la rosa, abandonó el programa de autoanulación y bajó a cenar con todas sus pinturas de guerra. Los Molesworth siempre se vestían de gala el domingo, y ella, sin lugar a dudas, tenía un aspecto devastadoramente femenino, toda en azul pálido y diamantes.

Fue la velada más satisfactoria de las dos. El sabio demostró poseer un gran talento para hacer castillos de naipes, y también interpretaba ejercicios de cinco dedos en el piano. La gran sencillez de aquel hombre jamás había estado mejor exhibida. Finalmente, deslumbrados, honrados y felices, los miembros del grupo se fueron a la cama.

La señora Molesworth se quitó las joyas y las metió en la caja fuerte, pero desgraciadamente no la cerró enseguida. Descubrió que se le había caído un pendiente, y bajó a buscarlo al salón. Cuando por fin volvió con él, la caja fuerte se hallaba vacía. En verdad fue muy inoportuno, y el ingenioso Christopher, llamado enseguida a su habitación del ala principal, confesó encontrarse en un apuro.

Los criados, a los que se despertó con discreción, dijeron en susurros que no habían oído nada y dieron coartadas intachables. Quedaban los invitados. La señora Molesworth lloraba. Que una cosa semejante ocurriera era ya algo terrible, pero que ocurriera en aquella ocasión era más de lo que ella podía soportar. En una cosa coincidieron ella y Christopher: el sabio jamás debía adivinar… jamás debía soñar…

Quedaban los Feison y el infortunado joven Petterboy. Los Feison fueron eliminados casi enseguida. Era evidente que el ladrón había entrado por la ventana, pues el cierre de la ventana de la habitación de la señora Molesworth estaba roto; por lo tanto, si alguno de los Feison hubiera salido de su habitación, habría tenido que pasar por delante de la del sabio, que dormía con la ventana abierta de par en par. O sea que sólo estaba el joven Petterboy. Parecía muy evidente.

Por fin, tras muchas consultas, Christopher fue a hablar con él de hombre a hombre, y regresó al cabo de quince minutos acalorado y nada comunicativo.

La señora Molesworth se secó los ojos, se puso su bata más nueva, y, sin hacer caso de sus temores y las objeciones de su esposo, fue a hablar con el joven Petterboy como una madre. El pobre joven Petterboy dejó de reírse de ella al cabo de diez minutos, se encolerizó de repente y pidió que también se preguntara al sabio si había «oído algo». Luego, se olvidó completamente de los buenos modales y sugirió con toda vulgaridad que avisaran a la policía.

La señora Molesworth casi perdió la cabeza, se recuperó a tiempo, se disculpó por la insinuación y volvió desconsolada a su dormitorio.

La noche transcurrió de un modo horrible.

Por la mañana, el pobre joven Petterboy acorraló a su anfitriona y repitió la petición de la noche anterior. Pero el sabio partía hacia las once y doce minutos y la señora Molesworth iba a acompañarle a la estación en coche. En aquel momento, los diamantes le parecían relativamente poco importantes a Elvira Molesworth, que había heredado la fortuna Cribbage un año antes. Besó al pobre joven Petterboy y le dijo que en realidad no importaba, y ¿no habían disfrutado de un maravilloso fin de semana? Y que el joven debía volver en otra ocasión, pronto.

Los Feison se despidieron del sabio, y, como la señora Molesworth iba con él, también se despidieron de ella. Una vez cumplidas todas las formalidades, parecía que no tenía sentido quedarse, y Christopher les vio partir en su coche, mientras el pobre joven Petterboy encabezaba la marcha con el suyo.

Cuando se hallaba aún de pie en el césped, saludando con la mano algo someramente a los que se marchaban, llegó el correo. Una carta para su esposa ostentaba el blasón del hotel del doctor, y Christopher, con una de esas intuiciones que le hacían ser tan buen esposo, la abrió.

Era muy breve, pero dadas las circunstancias, maravillosamente instructiva:

Distinguida señora:

Al repasar los memorandos del doctor Koo Fin veo con horror que prometió visitarles este fin de semana. Sé que perdonarán al doctor Koo Fin cuando sepan que él nunca participa en actos sociales. Como usted sabe, su arduo trabajo le ocupa el tiempo entero. Sé que es inexcusable por mi parte no habérselo comunicado antes, pero hace sólo un momento que he descubierto que el doctor se comprometió.

Espero que su ausencia no le haya puesto a usted en ningún apuro, y que perdonará este atroz desliz.

Con todas mis disculpas, señora, la saludo atentamente,

Lo Pei Fu

Secretario

P.D. El doctor habría escrito él mismo, pero, como sabe usted, su inglés no es muy bueno. Me ruega que le dé recuerdos y espera que le perdone.

Cuando Christopher levantó los ojos de la nota, su esposa regresó. Detuvo el coche en el sendero y cruzó corriendo el césped hacia él.

—¡Querido, qué maravilla! —dijo, arrojándose a sus brazos con un abandono que no le mostraba con frecuencia—. ¿Qué hay en el correo? —preguntó, soltándose.

Christopher se metió la carta que había estado leyendo en el bolsillo con discreción y habilidad.

—Nada, cariño —dijo galante—. Nada en absoluto. —Era extremadamente afectuoso con su esposa.

La señora Molesworth frunció su blanca frente.

—Querido —dijo—, respecto a mis joyas… ¿no ha sido odioso que sucediera una cosa así cuando ese dulce anciano se encontraba aquí? ¿Qué haremos?

Christopher la cogió del brazo.

—Creo, querida —dijo con firmeza— que será mejor que me lo dejes a mí. No debemos armar un escándalo.

—¡Oh, no! —exclamó ella, abriendo los ojos alarmada—. No, eso lo estropearía todo.

*******************

En un compartimiento de primera del tren de Londres, el anciano chino se inclinó sobre la variada colección de joyas que se encontraban en un gran pañuelo de seda sobre sus rodillas. Sonrió como un niño, con blandura y levemente maravillado. Al cabo de un rato, dobló el pañuelo sobre su tesoro y se metió el paquete en el bolsillo del pecho.

Entonces se recostó en el asiento tapizado y miró por la ventanilla. El paisaje verde y ondulante era agradable. Los campos estaban bien cuidados y labrados. El cielo era azul, la luz del sol, hermosa. Era una tierra hermosa.

Suspiró y se maravilló de que pudiera ser el hogar de una raza de bárbaros cultos para los que, mientras la altura, el peso y la edad fueran relativamente los mismos, todos los chinos eran iguales.

Margery Allingham


lunes, 20 de septiembre de 2021

LLEGAN MIS HERMANOS

 


Por la mañana, me cepillé el pelo cien veces seguidas, tratando de que quedara brillante, y me lo recogí con un lazo blanco a juego con mi vestido —por si no lo sabíais, las chicas de clase alta deben ir de blanco, así se puede apreciar cualquier motita de suciedad. Me puse mi vestido más nuevo y menos manchado, y debajo, unos pololos muy bonitos de encaje blanco y las habituales medias negras con unas botas negras que Lane acababa de lustrar.

Después de tanta preparación a esa hora tan temprana, no tuve tiempo para desayunar. Como era una mañana muy fría, tomé un chal del estante del vestíbulo y monté en la bicicleta, pedaleando a toda velocidad para no llegar tarde.

Había descubierto que montar en bici me permitía pensar sin preocuparme de que alguien se percatara de mis muecas y expresiones. Era un alivio, aunque no un consuelo, el hecho de poder madurar los acontecimientos recientes mientras pasaba velozmente por Kineford y tomaba el camino hacia Chaucerlea.

Me pregunté qué diablos le había pasado a mi madre.

Para alejar aquel pensamiento, me pregunté si tendría problemas en encontrar la estación de tren y a mis hermanos (…)

Me pregunté si los reconocería al llegar a la estación. No los había visto desde que tenía cuatro años, en el funeral de padre. Todo lo que podía recordar de ellos era que me habían parecido muy altos en sus chisteras de crepé negro, y muy severos en sus levitas de color negro, guantes negros, negros brazaletes en señal de luto y negras y brillantes botas de charol (…) Me pregunté si mis hermanos me reconocerían después de diez años.

Por descontado, conocía la razón por la que no nos habían visitado a madre y a mí, la misma por la que nosotras tampoco lo habíamos hecho: por la vergüenza que había supuesto para la familia mi nacimiento. Mis hermanos no podían permitirse que se los relacionara con nosotras. Mycroft era un hombre ocupado e influyente que trabajaba en Londres al servicio del gobierno, y mi hermano Sherlock era un famoso detective que incluso contaba con un libro que hablaba sobre él: Un estudio en escarlata, escrito por su amigo y anterior compañero de piso, el doctor John Watson. Mamá había comprado un ejemplar...

«No pienses en mamá».

... y las dos lo habíamos leído. Desde entonces, soñaba con Londres, con su gran puerto marítimo; Londres, la sede de la monarquía, el corazón de la alta sociedad, y también, según el doctor Watson, «esa gran fosa séptica hacia la que todos los holgazanes y perezosos del Imperio se sienten arrastrados irremediablemente»; Londres, la ciudad en que, según Black Beauty: autobiografía de un caballo, otro de mis libros favoritos, hombres vestidos de frac y mujeres adornadas con diamantes asistían a la ópera mientras, en las calles, los despiadados cocheros hacían trabajar a sus caballos hasta la extenuación; Londres, la ciudad en que los académicos leían en el Museo Británico y las multitudes se agolpaban en los teatros para que los discípulos del mesmerismo las hipnotizaran; Londres, la ciudad en que la gente famosa convocaba sesiones para hablar con los espíritus de los muertos, mientras que otras célebres personalidades intentaban explicar científicamente cómo un espiritualista había conseguido levitar a través de la ventana hacia un carruaje que esperaba en el exterior.

Londres, donde chiquillos sin un penique vestían harapos, corrían salvajes por las calles y no iban a la escuela. Londres, donde los villanos asesinaban a las damas de la noche —no tenía una idea muy clara de quiénes eran estas últimas— y arrebataban a sus bebés para venderlos como esclavos. En Londres había realeza y asesinos. En Londres, había maestros de la música, maestros del arte y maestros del crimen que secuestraban a las criaturas y las obligaban a trabajar en antros de iniquidad. Tampoco tenía una idea clara de qué eran estos últimos, pero sabía que mi hermano Sherlock, contratado en ocasiones por la realeza, se aventuraba en antros de iniquidad para medir su inteligencia con la de rufianes, ladrones y príncipes del crimen. Mi hermano Sherlock era un héroe.

Recordé aquella lista del doctor Watson que enumeraba las veintinueve aptitudes de mi hermano: académico, químico, soberbio violinista, experto tirador, espadachín, diestro con el bastón, púgil y brillante pensador deductivo.

Entonces conformé una lista mental de mis propias cualidades: capaz de leer, escribir y sumar; de encontrar nidos de pájaros; de buscar gusanos y pescar; ah, claro, y de montar en bicicleta.

Ante una comparación tan deprimente, dejé de pensar y presté especial atención a la carretera, puesto que me aproximaba a Chaucerlea (.,,)

Tan solo se apearon unos pocos pasajeros, y entre ellos, no tuve dificultad en reconocer a los dos altos londinenses que debían de ser mis hermanos. Iban vestidos con el atuendo habitual para el campo: trajes oscuros de tweed con orla trenzada, corbatas de tela suave y bombín. Y guantes de piel. Solo la aristocracia llevaba guantes en pleno verano. Uno de mis hermanos se había engordado un poco y su chaleco de seda sobresalía. Supuse que se trataba de Mycroft, siete años mayor que yo. El otro, Sherlock, enfundado en su traje color carbón y sus botas negras, estaba de pie, recto como un palo y esbelto como un galgo.

Haciendo girar sus bastones, miraban a uno y otro lado como si buscaran algo, aunque su escrutinio me pasó de largo.

Mientras tanto, todos los presentes en el andén los miraban de reojo. Y para mi fastidio, al apearme de la bicicleta, advertí que estaba temblando. Una de las cintas del encaje de mis pololos se enredó en la cadena, se desgarró y quedó colgando sobre mi bota izquierda. Malditos refinamientos.

Al tratar de recogerla y embutirla hacia dentro, se me cayó el chal. Aquello no iba a salir bien. Respiré profundamente, dejé el chal sobre la bicicleta, y la bicicleta, apoyada contra la pared de la estación. Me enderecé y me aproximé a los dos londinenses, aunque sin lograr mantener la cabeza alta.

—¿Señor Holmes? —pregunté—. ¿Y, hum, señor Holmes?

Dos pares de ojos grises y astutos se posaron sobre mí. Dos pares de cejas aristócratas se alzaron.

—Me pidieron, hum..., me pidieron que los viniera a recoger —dije.

—¿Enola? —exclamaron al unísono.

Después, en rápida alternancia, dijeron:

—¿Qué haces tú aquí?

—¿Por qué no has enviado el carruaje?

—Deberíamos haberla reconocido; es igualita que tú, Sherlock. —El más alto y esbelto era, entonces, Sherlock. Me gustaba su rostro huesudo, sus ojos de halcón, su nariz aguileña, pero percibí que la mención a nuestro parecido no era un cumplido.

—Pensé que era una de esas chiquillas callejeras.

—¿En bicicleta?

—¿Por qué en bicicleta? ¿Dónde está el carruaje, Enola?

Pestañeé. ¿Carruaje? Un landó y un faetón acumulaban polvo en la cochera; hacía años que no teníamos caballos, no desde que el caballo de caza de mi madre había partido hacia pastos más verdes.

—Supongo que podría haber alquilado caballos —dije lentamente—, pero no hubiese sabido cómo colocarles el arnés o conducirlos.

El corpulento, Mycroft, exclamó:

—Y entonces, ¿para qué pagamos un mozo de cuadra y un peón?

—¿Cómo?

—¿Me estás diciendo que no hay caballos?

—Más tarde, Mycroft. —Con una facilidad pasmosa para dar órdenes, Sherlock llamó a un muchacho que vagabundeaba por allí—. ¡Mozo! Busca una berlina.

Lanzó una moneda hacia el chico, que se arregló la gorra en señal de asentimiento y echó a correr.

—Será mejor que esperemos dentro —dijo Mycroft—. Si nos quedamos aquí afuera, con este viento, el cabello de Enola acabará pareciéndose cada vez más al nido de un grajo. ¿Dónde está tu sombrero, Enola?

Para entonces, de algún modo, se había disipado el momento de decir «¿Cómo están?» o de que ellos dijeran «Qué alegría volver a verte, querida» y darse un apretón de manos o algo por el estilo, aunque yo fuese la vergüenza de la familia. Para entonces, también estaba empezando a darme cuenta de que el «por favor recógenos en estación» era una petición de transporte, no de que acudiera en persona.

Bueno, pues si no deseaban el placer de mi conversación, estaban de suerte, porque me quedé callada y con cara de tonta.

Sherlock me agarró del brazo, me guio hacia el interior de la estación y, continuando con el reproche sobre el sombrero que acababa de lanzar su hermano, dijo:

—¿Y dónde están tus guantes? ¿O cualquier otro tipo de prenda decorosa y decente? Ya eres una joven dama, Enola.

Esa frase me devolvió el habla.

—Acabo de cumplir catorce.

Mycroft, en un tono contrariado y casi lastimero, murmuró:

—Pero yo he estado pagando a la modista para que...

—Deberías llevar falda larga desde los doce —decretó Sherlock en ese estilo imperial suyo tan informal—. ¿En qué estaba pensando tu madre? Supongo que se habrá marchado con las sufragistas y se habrá abandonado a la causa.

—No sé adónde ha ido —contesté, y para mi sorpresa, porque no había derramado una sola lágrima hasta aquel preciso momento, rompí a llorar.

Se evitó entonces cualquier otra mención a mamá hasta que estuvimos sentados en la berlina, con mi bicicleta sujetada en la parte posterior, meciéndonos camino de Kineford.

—Somos un par de brutos sin tacto —observó Sherlock dirigiéndose a Mycroft mientras me ofrecía un pañuelo enorme y muy almidonado, poco agradable a la nariz. Estaba segura de que pensaban que lloraba por mamá, y era cierto. Pero, en verdad, también lloraba por mí misma.

Enola.

Sola.

Nancy Springer, El caso del marqués desaparecido

viernes, 17 de septiembre de 2021

RÍOS DE LONDRES

 


El joven Peter Grant era un agente de policía novato hasta que un día, durante la investigación de un terrible asesinato, recibe cierta información de un testigo ocular muy especial: un fantasma. Tras descubrir que la magia existe, Grant ingresará en un departamento secreto de Scotland Yard que se encarga de las investigaciones sobrenaturales y, junto al enigmático inspector Nightingale, llevará a cabo tareas tan singulares como negociar treguas entre el dios y la diosa del Támesis, desenterrar tumbas en Covent Garden y perseguir a un espíritu maligno y vengativo que está sembrando el caos en la ciudad.

Con este libro Ben Aaronovitch inicia la saga conocida como Ríos de Londres, donde vamos a encontrar a un aprendiz de mago, no muy brillante, en esa división muy secreta de Scotland Yard, que es La locura (sede oficial de la magia inglesa desde que la fundara en 1775 sir Isaac Newton), en pleno siglo XX.

                Con un narrador en primera persona, Aaronovitch nos acerca al protagonista: negro, de clase baja, muy baja, cuya mayor ilusión es dormir en las dependencias policiales con Leslie, una compañera, haciendo la cucharita, y su sueño dedicarse a tareas burocráticas una vez que termine la instrucción básica, y una madre que se las trae, como podremos comprobar en las siguientes entregas. Estará arropado por personajes como: Thomas Nightingale, paradigma del típico caballero británico flemático; Leslie, su compañera en la academia, destinada a la Brigada de Homicidios (primero, disparad; luego, preguntad); el doctor Walid, un forense muy peculiar; Molly, el ama de llaves de La Locura, una criatura misteriosa, silenciosa, de inquietante personalidad y con mal genio (para ella, Nightingale es Dios); los dioses de los ríos con sus hijos: Mamá Támesis, con unas hijas de armas tomar, o Padre Támesis.

                El autor, con un estilo ágil y ameno, conjuga la intriga policial con la fantasía, y aprovecha con un humor ácido para para cargar contra las normas de la policía, de la burocracia, de la sociedad, no dejando títere con cabeza.

jueves, 16 de septiembre de 2021

¿POR QUÉ ME GUSTA AGATHA CHRISTIE?

 

Cal dedicó la hora del almuerzo a leer un libro de Agatha Christie en edición de bolsillo mientras daba cuenta de un falafel para llevar. Había estado dándole vueltas a la decisión de cometer un asesinato. Podía concebir que alguien deseara la muerte de otra persona, pero ¿desear ser el artífice de esa muerte? ¿Llevar a cabo la acción física de alzar una hoja y descargarla sobre el cuerpo de otro ser humano? Eso le costaba entenderlo.

Lo que hacía de las novelas de misterio de Agatha Christie sus preferidas era que siempre contenían un número limitado de sospechosos. Con Sherlock Holmes, prácticamente la mitad de Londres podría haber cometido el crimen, pero con Agatha los posibles criminales potenciales se reducían a una decena, que además aparecía expuesta con claridad al principio. Y aunque resultara difícil seguirlos a todos a medida que la historia avanzaba —¿quién habíamos dicho que era ese lord Loquesea?— al menos uno estaba seguro de que había sido uno de ellos. Agatha jugaba limpio: al final de la historia no aparecía un personaje inesperado del que no habías oído hablar hasta ese momento. Todos sus libros poseían un giro argumental ingenioso. En Asesinato en el Orient Express, descubrías que los doce eran culpables. En El asesinato de Roger Ackroyd, la favorita de Cal, el culpable era el narrador. En Telón, la más triste de todas, el detective. Podían decirse muchas cosas de la buena señora, pero ¿quién sino Agatha había jugado con absolutamente todas las combinaciones posibles de presuntos asesinos?

¿Qué empujaba a los personajes de la autora a cometer sus fechorías? Por lo general, el dinero. En ocasiones, la sed de venganza. Muy de vez en cuando, alguno de ellos mataba por amor.

Graham Moore, La jurado 272

viernes, 10 de septiembre de 2021

PRIMER DÍA DE CLASE

 


La facultad tenía varios accesos situados en los laterales del edificio. En condiciones normales, Emma no entraría por la puerta principal. Le gustaba pasar desapercibida. Mezclarse con la gente como si fuera una más, para tomarle el pulso a los espacios y a las personas. Pero era su primer día y tenía que recoger unos formularios en la entrada. Aprovechó los cristales de la puerta para examinar su reflejo. Tenía pinta de cualquier cosa excepto de profesora de Derecho Penal. Sonrió de manera fugaz. Por un momento estuvo a punto de recolocarse el pelo, pero optó por hacer todo lo contrario. Era una de las ventajas de llevarlo tan corto. Lo revolvió disparándolo en todas las direcciones, inspiró hondo y entró en el edificio dispuesta a empezar con buen pie.

—Buenos días —saludó al conserje, que acababa de colgar el teléfono—. Creo que el decano ha dejado aquí una documentación que debo recoger. Me comentó que tenía una junta urgente y no podía estar aquí para recibirme. Soy Emma Cruz.

—¿Usted es Emma Cruz? —le preguntó el conserje mirándola de arriba abajo, sin disimular la sorpresa.

—En efecto —contestó ella con una sonrisa.

—¿La nueva profesora de Derecho Penal? —insistió el hombre, con cierta suspicacia.

No acababa de creerse que aquella mujer vestida con cazadora de cuero con tachuelas y vaqueros rotos fuese quien decía que era. Emma estaba acostumbrada a salir bien parada de ese tipo de situaciones.

—Entiendo que le cueste creerlo. Pero ¿sabe qué me pasa? —le preguntó ella, acercándose como para hacerle una confidencia—. Las profesoras de Derecho por lo general me parecen algo... ¿Cómo decirlo? Estiradas. Y los profesores también, para qué negarlo. Y yo no quiero parecer una estirada. ¿Comprende lo que le quiero decir?

Tal y como Emma había intuido, el conserje cambió de actitud de inmediato. Se relajó y dejó escapar una sonrisa pícara, que cubrió con la mano. Acababa de hacer su primer amigo en la facultad.

—¡No sabe cómo la comprendo! Hay una fauna aquí que... Si yo le contara...

—Ya imagino. Perdone, ¿cuál era su nombre?

—Daniel —le contestó él, tendiéndole la mano—. Aquí me tiene para todo lo que precise, profesora Cruz.

—Llámame Emma. Y no me trates de usted. Odio los formalismos —añadió en voz baja, buscando aumentar la complicidad que acababa de crear con aquel desconocido.

Daniel le entregó el sobre con la documentación y le indicó hacia dónde tenía que dirigirse.

—Tu despacho es el C325. La llave de la puerta está en el sobre. Son todos compartidos. Tienes como compañero al señor Arias.

—El comisario —apuntó ella, que ya estaba al tanto de ese dato.

No le hacía excesiva ilusión tener al comisario de compañero de despacho. Había leído algún artículo suyo en revistas especializadas y le parecía un pedante.

—Sí, pero solo viene cuando tiene que dar clase, un par de veces por semana. Pisa poco el despacho, así que no te molestará mucho —la tranquilizó el conserje—. Bienvenida, Emma. Y mucha suerte en esta facultad. Mañana, si quieres, te la enseño con más calma.

—Gracias, Daniel.

Dio media vuelta y echó a andar por un amplio corredor. Las paredes eran grises y frías. «Un poco de Pop Art no le vendría nada mal a este sitio», pensó. Algunos bancos de madera intentaban suavizar la dureza de aquella arquitectura, pero no lo lograban. Se cruzó con varios alumnos que ni siquiera repararon en ella. Ella sí que los observó, a todos ellos. No pasaban de los veinte. Centró su atención en una chica peinada con un moño tirante. Vestía traje y llevaba un maletín. Emma había terminado la carrera hacía algo más de quince años. Desde entonces, algunas cosas no habían cambiado en absoluto (...)

A las diez en punto salió del despacho y se dirigió al aula donde le tocaba presentarse. Era alumnado de segundo curso. La materia se dividía en dos bloques. En el primer semestre impartiría Derecho Penal I, y en el segundo Derecho Penal II. Los alumnos aguardaban por ella apiñados delante de la puerta. Emma murmuró un saludo y recibió un par de miradas de extrañeza. Dos estudiantes rubias hablaron por lo bajo, preguntándose quién sería aquella mujer. «Imposible que se trate de la profesora», comentó una de ellas examinando su atuendo.

Las aulas tenían una ligera inclinación. Al fondo, en un estrado fijo, estaba la mesa del profesor. Emma sacó su iPad de la mochila y lo conectó al proyector mientras el alumnado empezaba a sentarse.

—¿Puede cerrar alguien la puerta, por favor? —preguntó dirigiéndose a los alumnos que estaban al fondo.

Se quitó la cazadora y se sentó a la mesa. Luego buscó con la mirada a las dos alumnas que habían murmurado algo cuando entró en el aula. Una vez que las localizó en la segunda fila, comenzó a pronunciar el discurso que había preparado mentalmente desde la tarde anterior.

—Mi nombre es Emma Cruz. Y sí, pese a su incredulidad, soy la nueva profesora de Derecho Penal. Durante los próximos meses voy a ser la encargada de transmitirles mi pasión por esta rama del Derecho Público, sustituyendo a la profesora Marta Reyes, que como saben está de baja. Una pasión que comenzó siendo yo alumna de una facultad no muy diferente de esta, hace ya más de quince años. El Derecho puede resultar en ocasiones tremendamente abstracto, lo sé. Términos como punitivo, inimputable, doloso o alevosía tal vez en este momento les parezcan carentes de importancia, incluso insustanciales. Mi misión aquí es despertar dentro de ustedes esa chispa necesaria para que de esta promoción salgan grandes penalistas. Este país necesita grandes penalistas para salir de la crisis social en que vivimos. Una crisis alimentada por la proliferación de los delitos socioeconómicos perpetrados por aquellos que ostentan el poder.

Emma había logrado atrapar al alumnado. No era una presentación usual. Los profesores solían llegar, decir su nombre y explicarles los pasos necesarios para aprobar la materia: prácticas, exámenes y demás. El discurso de Emma se salía por completo de la norma y los estudiantes la escuchaban desconcertados.

—Estoy segura de que varios de ustedes han analizado nuestros métodos y habilidades didácticas a lo largo del pasado curso. Como futuros juristas, son personas críticas y exigentes. Lo sé porque yo también lo soy. Apostaría algo a que más de una vez han tenido la sensación de que el profesorado de Derecho somos una especie de programadores de máquinas de memorizar. ¿Nunca los han hecho sentirse máquinas de memorizar? —les preguntó.

Un par de alumnos asintieron en silencio, con timidez.

—Venga, sin miedo —los animó ella—. Les prometo que no hay trampa. Que levante la mano quien se haya sentido alguna vez así.

Levantaron la mano alrededor de veinte alumnos. En la clase había poco más de sesenta.

—Hay materias que se aprueban chapando —prosiguió Emma—. La mía no va a ser una de ellas, se lo garantizo. Yo no quiero máquinas de memorizar. Quiero alumnado inteligente, capaz de argumentar y contraargumentar. Quiero sacar lo mejor de su oratoria. Que con las palabras adecuadas logren cambiar las emociones de sus oyentes, como estoy haciendo yo en este preciso instante. No me gustan los autómatas, la gente gris y mecánica. Por el contrario, valoro la creatividad y la frescura de la improvisación. Me gusta la gente que es capaz de ponerme los pelos de punta con tres frases.

Ledicia Costas, Infamia

martes, 7 de septiembre de 2021

MI PRECIO ES NINGUNO

 

Estamos en 1996. Desde hace años Max Lomas parece vivir solo para la decadencia. Suele matar su tiempo en El Gato Azul, un bar de mala muerte de la noche madrileña. No pierde, sin embargo, la esperanza de saldar cuentas con el pasado. Y en efecto, como una ráfaga de vida, este vuelve de golpe una noche cuando la mujer a la que querría haber olvidado, y de la que sin embargo recuerda cada detalle, reaparece en su vida: Elsa, su gran amor y la causa de su ruina seis años atrás; Elsa, que ahora necesita ayuda para salvar a su hermana de las garras de su excompañero en el País Vasco, García. Mientras decide si puede o no volver a confiar en ella, y con la desaparición de tres kilos de cocaína como excusa, Max sabe que ha llegado el momento de tomarse su revancha.

Esta novela se publicó en realidad en 1996, pero años después Martín Casariego quiso retomar a los personajes principales (Max, Elsa y García). Al escribir la historia de cuando los tres se conocen, Yo fumo para olvidar que tú bebes, muchas cosas estaban condicionadas por Mi precio es ninguno. Para encajar determinados aspectos, el autor ha cambiado algunas cosas en la edición que ahora nos ofrece Siruela: diálogos, matices de los personajes, la relación de Max con Rosa, la hermana pequeña de Elsa, e incluso, para que todo sea más rápido, acorta en veinticuatro horas la acción, que ahora transcurre en dos días, y no en tres.

Entre referencias al cine negro clásico americano, a la literatura y los boleros se mueven los tres personajes principales: Max Lomas (que proviene de una familia bien madrileña, pero que por una serie de circunstancias se mete a guardaespaldas y detective privado), Elsa (la femme fatale, que nos recuerda a Lauren Bacall y sus películas con Bogart), y García (el malo del libro, antiguo socio de Max, al que ha llegado a considerar como un hijo; menos mal, que si no…).

El ritmo ágil y ese humor, a veces ácido, que destila hacen que sigamos leyendo página tras página. Vale la pena.  

 

martes, 31 de agosto de 2021

LA NUEVA SITUACIÓN MUNDIAL

 


…Unas décadas atrás se produjo una gran acción bioterrorista, coordinada a escala mundial, consistente en infiltrar en los pozos petrolíferos una bacteria modificada para devorar el crudo. El ritmo de proliferación de la bacteria era tan descabellado que en pocas semanas los pozos se redujeron a la mitad. Cuando los encargados de las plataformas quisieron tomar medidas ya era demasiado tarde. En algunos lugares se trató de desinfectar el petróleo con antibióticos, lo que solo consiguió adulterarlo y aumentar la resistencia de la bacteria.

La enorme debacle económica afectó especialmente a Europa, que aún dependía de los combustibles fósiles a diferencia de Asia, donde hacía mucho que la superpoblación había obligado a pasarse a las formas de energía sostenibles. China se convirtió rápidamente en el líder mundial, y lo seguía siendo en el presente. Estados Unidos, el país preferido de Elliot, se había sumido en la pobreza absoluta, y ya no se parecía nada a lo que salía en las películas de los ochenta. La mitad norte pasó a formar parte del próspero y ecologista Canadá, y la parte sureña se unió a un México renaciente e ilusionado, mucho más preparado para la austeridad energética.

Mientras tanto, en Europa, la brutal crisis de recursos obligó a las autoridades a tomar medidas desesperadas. Dividieron las ciudades en sectores y limitaron la población de cada uno de ellos. Recomendaron a la población que se estableciera en zonas rurales y adoptara economías de subsistencia, y para reforzar este mensaje concedieron la independencia política a los pequeños estados que la reclamaban históricamente. El proceso de fragmentación fue imparable a partir de entonces. La gente empezó a crear comunidades que tuvieran algo especial, un factor atractivo y diferenciador para poder atraer habitantes, y los gobiernos no tuvieron más remedio que volverse flexibles con las leyes, otorgando mucha autonomía a cada microestado. El continente quedó en manos de dos gobiernos coordinados, el Sistema Simpático, capitalista y tecnológico, y el Parasimpático, ecologista y prosocial. Todas las leyes tenían que ser aprobadas por ambos para entrar en funcionamiento.

PREMIO KELVIN 505 2021

Sofía Rhei, Newropia

viernes, 30 de julio de 2021

CONOCIENDO A SHERLOCK HOLMES

 

—Busco alojamiento —respondí—. Intento resolver el problema de conseguir habitaciones confortables a un precio razonable.

—Qué curioso —observó mi acompañante—. Es usted la segunda persona que me habla hoy en estos términos.

—¿Y quién ha sido la primera? —pregunté.

—Un colega que trabaja en el laboratorio químico del hospital. Se lamentaba esta mañana de no encontrar a nadie con quien compartir unas bonitas habitaciones que había encontrado, y que eran demasiado caras para su bolsillo.

—¡Por Júpiter! —grité—. ¡Si está buscando de verdad a alguien con quien compartir las habitaciones y los gastos, yo soy su hombre! Prefiero tener un compañero a vivir solo.

El joven Stamford me miró de un modo raro por encima de su vaso de vino.

—Usted no conoce todavía a Sherlock Holmes —dijo—. Tal vez no le guste tenerlo constantemente de compañero.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

—¡Oh, yo no he dicho que tenga nada malo! Alimenta ideas un poco raras, le entusiasman determinadas ramas de la ciencia. Pero, que yo sepa, es un tipo decente.

—Estudia Medicina, supongo.

—No. No tengo la menor idea de lo que pretende hacer. Creo que domina la anatomía, y es un químico de primera, pero, que yo sepa, nunca ha seguido cursos sistemáticos de Medicina. Sus estudios son poco metódicos y muy excéntricos, pero ha acumulado gran cantidad de conocimientos insólitos que asombrarían a sus profesores.

—¿No le ha preguntado usted nunca a qué piensa dedicarse?

—No, no es hombre que se deje llevar fácilmente a confidencias, aunque puede mostrarse comunicativo cuando le da por ahí.

—Me gustaría conocerlo —dije—. Si he de compartir alojamiento, prefiero a un hombre estudioso y de costumbres tranquilas. No estoy lo bastante fuerte todavía para soportar mucho ruido y barullo. Tuve bastante de ambas cosas en Afganistán para lo que me resta de vida. ¿Cómo podría conocer a ese amigo suyo?

—Seguro que está en el laboratorio —respondió mi compañero—. A veces pasa semanas sin asomar por allí, y otras veces trabaja allí desde la mañana hasta la noche. Si usted quiere, podemos ir en coche después del almuerzo.

—Claro que sí —contesté.

Y la conversación tomó otros derroteros.

Mientras nos dirigíamos al hospital tras abandonar el Holborn, Stamford me informó de otras peculiaridades del caballero con quien me proponía yo compartir alojamiento.

—No me eche a mí la culpa si no se llevan bien —me dijo—. Sólo sé de él lo que he averiguado en nuestros ocasionales encuentros en el laboratorio. Ha sido usted quien ha propuesto este arreglo, de modo que no me haga responsable.

—Si no nos llevamos bien, será fácil separarnos —respondí—. Pero me parece, Stamford —añadí, mirándole Ajamente—, que debe de tener usted alguna razón concreta para lavarse las manos en este asunto. ¿Tan insoportable es ese individuo? Hable sin rodeos.

—No es fácil explicar lo inexplicable —respondió, riendo—. Holmes es un poco demasiado científico para mi gusto… Raya en la falta de humanidad. Puedo imaginarlo ofreciéndole a un amigo una pizca del más reciente alcaloide vegetal, no por malevolencia, entiéndame, sino simplemente porque su espíritu curioso quiere formarse una idea clara de sus efectos. Para hacerle justicia, creo que ingeriría él mismo la droga con idéntica tranquilidad. Parece sentir pasión por los conocimientos concretos y exactos.

—Lo cual está muy bien.

—Sí, pero puede alcanzar extremos excesivos. Si llega hasta el punto de golpear con un palo los cadáveres de la sala de disección, toma una forma ciertamente chocante.

—¡Golpear los cadáveres!

—Sí, para verificar qué magulladuras se pueden producir en un cuerpo después de la muerte. Se lo vi hacer con mis propios ojos.

—¿Y dice usted que no estudia Medicina?

—No. Sabe Dios cuál será el objetivo de sus estudios. Pero ya hemos llegado, y usted podrá formarse su propia opinión.

Mientras él hablaba, doblamos por un estrecho callejón y traspusimos una puertecilla lateral, que daba a un ala del gran hospital. El terreno me era familiar, y no necesité guía para subir la lúgubre escalera de piedra y recorrer el largo pasillo de paredes encaladas y puertas color pardusco. Casi al final se abría un bajo pasadizo abovedado que llevaba al laboratorio de química. Era una sala de techo muy alto, con hileras de frascos por todas partes. Sobre varias mesas, bajas y anchas, se agolpaban retortas, tubos de ensayo y pequeñas lámparas Bunsen de vacilantes llamas azules. En la habitación sólo había un estudiante, que se inclinaba sobre una mesa apartada, absorto en su trabajo. Al oír el sonido de nuestros pasos, dio media vuelta y se levantó de un salto con una exclamación de alegría.

—¡Lo he encontrado! ¡Lo he encontrado! —le gritó a mi compañero, corriendo hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano—. He encontrado un reactivo que se precipita con la hemoglobina y sólo con la hemoglobina.

Si hubiese descubierto una mina de oro, su rostro no hubiera reflejado mayor satisfacción.

—El doctor Watson, el señor Sherlock Holmes —nos presentó Stamford.

—¿Cómo está usted? —me dijo Holmes cordialmente, estrechándome la mano con una fuerza que yo habría estado lejos de atribuirle—. Veo que ha estado en Afganistán.

—¿Cómo diablos lo sabe? —pregunté atónito.

—Carece de importancia —dijo, sonriendo para sí mismo—. Ahora se trata de la hemoglobina. Sin duda usted percibe la importancia de mi descubrimiento, ¿verdad? (…)

—Hemos venido para tratar un asunto —dijo Stamford, sentándose en un alto taburete de tres patas y empujando otro con el pie hacia mí—. Mi amigo anda buscando alojamiento y, como usted se lamentó de no encontrar a nadie con quien compartir un alquiler, pensé que lo mejor sería ponerlos en contacto.

A Sherlock Holmes pareció encantarle la idea de compartir su alojamiento conmigo.

—Tengo echado el ojo a unas habitaciones de Baker Street que nos vendrían que ni pintadas. Espero que no le moleste el olor del tabaco fuerte.

—Yo mismo fumo siempre tabaco de la Marina —respondí.

—Vamos bien. Suelo llevar conmigo sustancias químicas y a veces hago experimentos. ¿Le molestará esto?

—En absoluto.

—Veamos qué otros defectos tengo. A veces me deprimo y no abro la boca durante días. Cuando esto ocurra, no debe pensar que estoy enfadado. Déjeme solo y pronto se me pasará. Y ahora, ¿qué tiene que confesarme usted a mí? Es conveniente que dos individuos conozcan lo peor del otro antes de ponerse a vivir juntos.

Este interrogatorio de segundo grado me arrancó una sonrisa.

—Tengo un cachorro —dije—, y me molesta el barullo porque tengo los nervios deshechos, y me levanto a las horas más intempestivas, y soy extremadamente perezoso. Tengo un surtido de vicios distintos cuando me encuentro bien de salud, pero en el presente estos son los principales.

—¿Incluye usted el violín en la categoría de barullo? —me preguntó con ansiedad.

—Depende de quién lo toque —respondí—. Cuando el violín se toca bien, es un placer de dioses…, cuando se toca mal…

—De acuerdo, pues —exclamó, con una alegre sonrisa—. Creo que podemos considerar zanjado el asunto. Si las habitaciones le gustan, claro.

—¿Cuándo las veremos?

—Venga a recogerme mañana a las doce del mediodía. Iremos juntos y cerraremos el trato —me respondió.

—De acuerdo, a las doce en punto —le dije, estrechándole la mano.

Le dejamos trabajando con sus productos químicos, y regresamos caminando a mi hotel.

—Por cierto —pregunté de repente, parándome y dirigiéndome a Stamford—, ¿cómo demonios supo que vengo de Afganistán?

Mi compañero sonrió con una enigmática sonrisa.

—Esta es precisamente su pequeña peculiaridad —dijo—. Mucha gente se ha preguntado cómo descubre ese tipo de cosas.

—Vaya, ¿se trata de un misterio? —exclamé, frotándome las manos—. Es muy excitante. Le estoy reconocido por habernos puesto en contacto. «El más apropiado tema de estudio para la humanidad es el hombre», usted ya sabe.

—Entonces estudie a Holmes —dijo Stamford, al despedirse de mí—.

Me parece que le va a resultar un problema peliagudo. Apuesto a que él averiguará más cosas de usted que usted de él. Adiós.

—Adiós —le respondí.

Y seguí caminando hacia mi hotel, muy intrigado por el individuo al que acababa de conocer.

Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata