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domingo, 14 de noviembre de 2021

HACIA CERO

 

Casi todas las personas que se hallaban reunidas alrededor de la chimenea eran abogados o tenían interés por la Ley. Estaban: Martindale, Rufus Lord, K. C., el joven Daniels, que se había hecho famoso con el caso Castairs, varios abogados más, el Magistrado del Supremo Cleaver, Lewis, de la firma Lewis & Trench, y el anciano señor Treves. El señor Treves andaba cerca de los ochenta, unos ochenta llenos de madurez y de experiencia. Era el miembro más famoso de una famosa firma de abogados. Había resuelto fuera de los tribunales innumerables casos delicados, se decía que sabía más secretos de familia que ningún otro hombre de Inglaterra y estaba especializado en criminología.

Algunas personas irreflexivas opinaban que el señor Treves debía escribir sus memorias. El señor Treves, con mejor juicio, opinaba que sabía demasiado para ello.

Aunque retirado del ejercicio de su profesión desde hacía mucho tiempo, no había en toda Inglaterra opinión más respetada que la suya por sus propios colegas. Cuando hablaba, con su voz fina y precisa, siempre se producía a su alrededor un silencio respetuoso (...)

—Estaba pensando —dijo el señor Treves— no tanto en las cuestiones legales que se suscitaron, aunque son muy interesantes… Muy interesantes… Si el veredicto hubiera sido al contrario, creo que habría habido base sobrada para una apelación… Pero no voy a empezar con eso ahora. Estaba pensando, como les decía, no en las cuestiones legales sino en… bueno, en las personas que intervinieron en el caso.

Todos se quedaron asombrados. Sólo habían considerado a las personas del caso desde el punto de vista de su credulidad o en su categoría de testigos. Ninguno de ellos había llegado ni siquiera a hacerse la menor consideración sobre si el acusado sería culpable o tan inocente como el tribunal lo había declarado.

—Seres humanos —dijo pensativo el señor Treves—. Seres humanos. De todas clases, especies, formas y tamaños. Gentes de todas partes, de Lancashire, de Escocia, aquel propietario del restaurante de Italia, y aquella maestra de escuela de no sé dónde en el Medio Oeste. Todos cogidos y atrapados en la red y, por último, reunidos ante un tribunal de Londres, en un día gris del mes de noviembre, Cada uno de ellos contribuyendo con su poquito. Y la cosa vino a tener su culminación en un juicio por asesinato.

Hizo una pausa y empezó a tamborilear suavemente en una de sus rodillas.

—A mí me gustan las buenas novelas policíacas —dijo—. Pero opino que empiezan donde no deben. Empiezan con el asesinato. Pero el asesinato es el fin. La historia empieza mucho antes, con todas las causas y acontecimientos que reúnen a determinadas personas en determinado lugar, a una hora determinada de un día determinado. Fíjense en la declaración de aquella muchachita… Si la pinche no le hubiera quitado el novio, ella no hubiera dejado la casa en un arranque de genio, no hubiera ido a parar a casa de los Lamorne y no hubiera sido el principal testigo de la defensa. Y ese Giuseppe Antonelli, viniendo a ocupar el puesto de su hermano durante un mes… El hermano es cegato como un topo… No hubiera visto lo que vieron los ojos agudos de Giuseppe. Si al policía no le gustara la cocinera del Cuarenta y ocho, no hubiera llegado tarde a hacer su ronda…

El señor Treves confirmó sus palabras moviendo suavemente la cabeza.

—Todos convergiendo en un punto dado… Y luego, llega la hora… ¡La hora cero! Sí, todos encontrándose en la hora cero…

Tras una breve pausa, repitió:

—La hora cero… (…)

Se sentó enfrente del fuego y cogió el correo.

En su mente seguía dándole vueltas la idea que había esbozado en el club.

—Incluso en este momento —se dijo el señor Treves—, algún drama, algún crimen futuro, está en curso de preparación. Si yo escribiera una de esas historias tan divertidas de sangre y de crimen, empezaría ahora, con un caballero anciano sentado frente al fuego, abriendo sus cartas y dirigiéndose sin saberlo él mismo hacia la hora cero…

Agatha Christie, Hacia cero

domingo, 7 de noviembre de 2021

PARÁBOLA DE CERVANTES Y DEL QUIJOTE

 


Harto de su tierra de España, un viejo soldado del rey buscó solaz en las vastas geografías de Ariosto, en aquel valle de la luna donde está el tiempo que malgastan los sueños y en el ídolo de oro de Mahoma que robó Montalbán. En mansa burla de sí mismo, ideó un hombre crédulo que, perturbado por la lectura de maravillas, dio en buscar proezas y encantamientos en lugares prosaicos que se llamaban El Toboso o Montiel. Vencido por la realidad, por España, Don Quijote murió en su aldea natal hacia 1614. Poco tiempo lo sobrevivió Miguel de Cervantes. Para los dos, para el soñador y el soñado, toda esa trama fue la oposición de dos mundos: el mundo irreal de los libros de caballerías, el mundo cotidiano y común del siglo XVII. No sospecharon que los años acabarían por limar la discordia, no sospecharon que la Mancha y Montiel y la magra figura del caballero serían, para el porvenir, no menos poéticas que las estepas de Simbad o que las vastas geografías de Ariosto. Porque en el principio de la literatura está el mito, y así mismo en el fin.

Jorge Luis Borges

domingo, 24 de octubre de 2021

EL TIGRE DE MALASIA

 

                En la noche del 20 de diciembre de 1849 un violentísimo huracán azotaba Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, guarida de temibles piratas situada en el mar de la Malasia, a pocos centenares de kilómetros de las costas occidentales de Borneo.

Empujadas por un viento irresistible, corrían por el cielo negras masas de nubes que de cuando en cuando dejaban caer furiosos aguaceros, y el bramido de las olas se confundía con el ensordecedor ruido de los truenos.

Ni en las cabañas alineadas al fondo de la bahía, ni en las fortificaciones que la defendían, ni en los barcos anclados al otro lado de la escollera, ni en los bosques se distinguía luz alguna. Sólo en la cima de una roca elevadísima, cortada a pique sobre el mar, brillaban dos ventanas intensamente iluminadas.

 ¿Quién, a pesar de la tempestad, velaba en la isla de los sanguinarios piratas?

En un verdadero laberinto de trincheras hundidas, cerca de las cuales se veían armas quebradas y huesos humanos, se alzaba una amplia y sólida construcción, sobre la cual ondeaba una gran bandera roja con una cabeza de tigre en el centro.

Una de las habitaciones estaba iluminada. En medio de ella había una mesa de ébano con botellas y vasos del cristal más puro; en las esquinas, grandes vitrinas medio rotas, repletas de anillos, brazaletes de oro, medallones, preciosos objetos sagrados, perlas, esmeraldas, rubíes y diamantes que brillaban como soles bajo los rayos de una lámpara dorada que colgaba del techo.

En indescriptible confusión, se veían obras de pintores famosos, carabinas indias, sables, cimitarras, puñales y pistolas.

Sentado en una poltrona coja había un hombre. Era de alta estatura, musculoso, de facciones enérgicas de extraña belleza. Sobre los hombros le caían los largos cabellos negros y una barba oscura enmarcaba su rostro de color ligeramente bronceado. Tenía la frente amplia, un par de cejas enormes, boca pequeña y ojos muy negros, que obligaban a bajar la vista a quienquiera los mirase.

De pronto echó hacia atrás sus cabellos, se aseguró en la cabeza el turbante adornado con un espléndido diamante, y se levantó con una mirada tétrica y amenazadora.

 —¡Es ya medianoche —murmuró— y todavía no vuelve!

                Abrió la puerta, caminó con paso firme por entre las trincheras y se detuvo al borde de la gran roca, en cuya base rugía el mar. Permaneció allí durante algunos instantes con los brazos cruzados; al rato se retiró y volvió a entrar en la casa.

—¡Qué contraste! —exclamó—. ¡Fuera el huracán y yo acá dentro! ¿Cuál de las dos tempestades es más terrible?

Se quedó un rato escuchando por la puerta entreabierta, y por fin salió a toda prisa hacia el extremo de la roca.

A la rápida claridad de un relámpago vio un barco pequeño con las velas casi amainadas, que entraba en la bahía.

—¡Es él! —murmuró emocionado—. Ya era tiempo.

Cinco minutos después, un hombre envuelto en una capa que estilaba se le acercó.

—¡Yáñez! —dijo el del turbante, abrazándolo.

—¡Sandokán! —exclamó el recién llegado, con marcadísimo acento extranjero—. ¡Qué noche infernal, hermano mío!

Entraron en la habitación. Sandokán llenó dos vasos.

 —¡Bebe, mi buen Yáñez!

—-¡A tu salud, Sandokán!

Vaciaron los vasos y se sentaron a la mesa.

El recién llegado era un hombre de unos treinta y tres años, es decir, un poco mayor que su compañero, y de estatura mediana, robusto, de piel muy blanca, facciones regulares, ojos grises y astutos, labios burlones, que indicaban una voluntad de hierro.

—¿Viste a la muchacha de los cabellos de oro? —preguntó Sandokán con cierta emoción.

—No, pero sé cuanto quería saber.

—¿No fuiste a Labuán?

—Sí, pero ya sabes que esas costas están vigiladas por los cruceros ingleses y se hace difícil el desembarco para gentes de nuestra especie. Pero te diré que la muchacha es una criatura maravillosamente bella, capaz de embrujar al pirata más formidable. Me han dicho que tiene rubios los cabellos, los ojos más azules que el mar y la piel blanca como el alabastro. Algunos dicen que es hija de un lord, y otros, que es nada menos que pariente del gobernador de Labuán.

El pirata no habló. Se levantó bruscamente, presa de gran agitación. Su frente se había contraído, de sus ojos salían relámpagos de luz sombría, tenía los labios apretados. Era el jefe de los feroces piratas de Mompracem; era el hombre que hacía diez años ensangrentaba las costas de la Malasia; el hombre que libraba batallas terribles en todas partes; el hombre cuya audacia y valor indómito le valieron el sobrenombre de Tigre de la Malasia.

—Yáñez —dijo—, ¿qué hacen los ingleses en Labuán?

—Se fortifican.

—Quizás traman algo contra mí.

—Eso creo.

—¡Pues que se atrevan a levantar un dedo contra mi isla de Mompracem! ¡Que prueben a desafiar a los piratas en su propia madriguera! El Tigre los destruirá y beberá su sangre. Dime, ¿qué dicen de mí?

—Que ya es hora de concluir con un pirata tan atrevido.

—¿Me odian mucho?

—Tanto que perderían todos sus barcos con tal de poder ahorcarte. Hermanito mío, hace muchos años que vienes cometiendo fechorías. Todas las costas tienen recuerdos de tus correrías; todas sus aldeas han sido saqueadas por ti; todos los fuertes tienen señales de tus balas, y el fondo del mar está erizado de barcos que has echado a pique.

—Es verdad, pero ¿de quién ha sido la culpa? ¿Es que los hombres de raza blanca han sido menos inexorables conmigo? ¿No me destronaron con el pretexto de que me hacía poderoso y temible? ¿No asesinaron a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas? ¿Qué daño les había causado yo? ¡Los blancos no tenían queja alguna contra mí! ¡Ahora los odio, sean españoles, holandeses, ingleses o portugueses, tus compatriotas, y me vengaré de ellos de un modo terrible! Así lo juré sobre los cadáveres de mi familia y mantendré mi juramento. Sí, he sido despiadado con mis enemigos. Sin embargo, alguna voz se levantará para decir que también he sido generoso.

—No una, sino cientos; con los débiles has sido quizás demasiado generoso —dijo Yáñez—. Lo dirán las mujeres que han caído en tu poder y a quienes, a riesgo de que echaran a pique tu barco, llevaste a los puertos de los hombres blancos. Lo dirán las débiles tribus que defendiste contra los fuertes; los pobres marineros náufragos a quienes salvaste de las olas y colmaste de regalos, y miles de otros que no olvidarán nunca tus beneficios, Sandokán.

Emilio Salgari, Sandokán

domingo, 26 de septiembre de 2021

NO TIENE IMPORTANCIA

Fue particularmente lamentable para la señora de Christopher Molesworth tener ladrones la noche del domingo de lo que fue, quizá, el triunfante fin de semana que coronaba su carrera de anfitriona.

Como anfitriona, la señora Molesworth era una experta. Elegía a sus invitados con escrupulosa discriminación, despreciándolo todo excepto lo más raro. La simple notoriedad no era un pasaporte para acudir a Molesworth Court.

Tampoco la simple amistad conseguía muchas migas de la mesa de los Molesworth, aunque la habilidad para complacer y representar la pieza de uno tendría posibilidades de lograr una cama cuando la celebridad del momento prometiera ser monótona, incómoda y probablemente aburrida.

Así fue como el joven Petterboy llegó a estar allí en el gran fin de semana. Era diplomático, presentable, abstemio casi lo suficiente para ser absolutamente digno de confianza, incluso al final de la velada, y hablaba un poco de chino.

Esto último apenas le había servido de nada hasta entonces, salvo con las chicas muy jóvenes en las fiestas, que aliviaban su incomodidad por no tener conversación persuadiéndole de que les dijera cómo se pedía que bajaran el equipaje a tierra en Hong Kong, o cómo se pedía para ir al cuarto de baño en un hotel de Pekín.

Sin embargo, en esa ocasión su habilidad le resultó realmente útil, ya que le hizo conseguir una invitación a la más grandiosa fiesta de fin de semana organizada por la señora Molesworth.

Esta fiesta era tan selecta, que sólo asistían a ella seis personas. Estaban los propios Molesworth; Christopher Molesworth era diputado, cazaba a caballo y apoyaba a su esposa igual que un marco negro decente apoya a un cuadro de colores.

Después estaba el propio Petterboy, los hermanos Feison, que parecían muy sosegados y sólo hablaban si era necesario, y finalmente el invitado de todos los tiempos, la joya de una magnífica colección, la pieza de la vida: el doctor Koo Fin, el científico chino; el doctor Koo Fin, el Einstein del este, el hombre de la Teoría. Después de abandonar su Pekín natal, sólo había salido de su casa de Nueva Inglaterra en una ocasión memorable, cuando dio una conferencia en Washington ante un público que era incapaz de comprender una sola palabra. Sus palabras eran traducidas, pero como se referían a altas matemáticas, esa tarea era comparativamente sencilla.

La señora Molesworth tenía todas las razones del mundo para felicitarse por su captura. «El Einstein chino», como le apodaban los periódicos, no era una persona sociable. Su timidez era proverbial, igual que su desagrado y desconfianza hacia las mujeres. Esta última fobia es lo que explicaba la ausencia de feminidad en la fiesta de la señora Molesworth. Su propia presencia era inevitable, por supuesto, pero vestía su traje más serio e hizo el juramento mental de hablar sólo lo necesario. Es muy posible que de haber podido cambiar de sexo, la señora Molesworth lo hubiera hecho para aquel fin de semana solo.

Había conocido al sabio en una cena muy selecta después de la única conferencia que él dio en Londres. Era la misma conferencia que había sumido a Washington en un estado de perplejidad. Desde que había llegado, el doctor Koo Fin había sido fotografiado más a menudo que cualquier estrella de cine. Su nombre y su redondo rostro chino eran más conocidos que los de los protagonistas de la última cause célebre, y los cómicos de televisión ya aludían a su gran teoría de la objetividad en sus programas.

Aparte de esta única conferencia, sin embargo, y la cena que le ofrecieron después, no había sido visto en ningún otro sitio salvo en su suite, celosamente protegida, del hotel.

Cómo consiguió la señora Molesworth ser invitada a esa cena, y cómo, una vez allí, persuadió al sabio de que consintiera en visitar Molesworth Court, es uno de esos pequeños milagros que a veces se producen. Sus enemigos hicieron muchas conjeturas indignas, pero, como los profesores universitarios encargados del acto en aquella ocasión no era muy probable que se hubieran dejado sobornar por dinero o amor, seguramente la señora Molesworth movió la montaña sólo mediante la fe en sí misma.

La cámara de invitados preparada para el doctor Koo Fin era la tercera habitación del ala oeste. Esta monstruosidad arquitectónica contenía cuatro dormitorios, provistos cada uno de ellos con puertas vidrieras que daban a la misma terraza.

El joven Petterboy ocupaba la habitación del final del pasillo. Era una de las mejores de la casa, en realidad, pero no tenía cuarto de baño anexo, ya que éste había sido convertido por la señora Molesworth, que tenía la segunda cámara, en una gigantesca prensa para ropa. Al fin y al cabo, como dijo ella, era su casa.

El doctor Koo Fin llegó el sábado en tren, como una persona de inferior categoría. Estrechó la mano a la señora Molesworth, a Christopher, al joven Petterboy y a los Feison como si compartiera su inteligencia, y les sonrió de ese modo blando, absolutamente demasiado chino.

Desde el principio fue un éxito tremendo. Comió poco, bebió menos, no habló sino que asentía apreciativamente al chino titubeante del joven Petterboy, y gruñó una o dos veces, de la manera más encantadora, cuando alguien sin darse cuenta se dirigió a él en inglés. En conjunto, era la idea que la señora Molesworth tenía de un invitado perfecto.

El domingo por la mañana, la señora Molesworth recibió un cumplido de él, y en un breve destello se vio a sí misma como la mujer más comentada en las fiestas de la semana próxima.

El encantador incidente se produjo poco antes del almuerzo. El sabio se encontraba en el césped y se levantó de pronto de la silla; y, ante la mirada sobrecogida de todo el grupo, ansioso por no perderse nada del incidente para poder contarlo después, se dirigió con pasos decididos al macizo de flores más cercano, pisoteando violetas y coronas de rey con el desprecio del visionario por los obstáculos físicos, cortó una enorme rosa de la variedad favorita de Christopher, volvió triunfante sobre sus pasos y la dejó sobre el regazo de la señora Molesworth.

Luego, mientras ella permanecía en éxtasis, él volvió en silencio a su asiento y se la quedó mirando con aire afable. Por primera vez en su vida, la señora Molesworth estaba realmente emocionada. Eso dijo después a numerosas personas.

Sin embargo, el sábado por la noche hubo ladrones. Fue asquerosamente inoportuno. La señora Molesworth poseía un destacado juego de brillantes, dos juegos de pendientes, un brazalete y cinco anillos, todo montado en platino, que guardaba en una caja de caudales de pared, debajo de un cuadro de su dormitorio. El sábado por la noche, después del incidente de la rosa, abandonó el programa de autoanulación y bajó a cenar con todas sus pinturas de guerra. Los Molesworth siempre se vestían de gala el domingo, y ella, sin lugar a dudas, tenía un aspecto devastadoramente femenino, toda en azul pálido y diamantes.

Fue la velada más satisfactoria de las dos. El sabio demostró poseer un gran talento para hacer castillos de naipes, y también interpretaba ejercicios de cinco dedos en el piano. La gran sencillez de aquel hombre jamás había estado mejor exhibida. Finalmente, deslumbrados, honrados y felices, los miembros del grupo se fueron a la cama.

La señora Molesworth se quitó las joyas y las metió en la caja fuerte, pero desgraciadamente no la cerró enseguida. Descubrió que se le había caído un pendiente, y bajó a buscarlo al salón. Cuando por fin volvió con él, la caja fuerte se hallaba vacía. En verdad fue muy inoportuno, y el ingenioso Christopher, llamado enseguida a su habitación del ala principal, confesó encontrarse en un apuro.

Los criados, a los que se despertó con discreción, dijeron en susurros que no habían oído nada y dieron coartadas intachables. Quedaban los invitados. La señora Molesworth lloraba. Que una cosa semejante ocurriera era ya algo terrible, pero que ocurriera en aquella ocasión era más de lo que ella podía soportar. En una cosa coincidieron ella y Christopher: el sabio jamás debía adivinar… jamás debía soñar…

Quedaban los Feison y el infortunado joven Petterboy. Los Feison fueron eliminados casi enseguida. Era evidente que el ladrón había entrado por la ventana, pues el cierre de la ventana de la habitación de la señora Molesworth estaba roto; por lo tanto, si alguno de los Feison hubiera salido de su habitación, habría tenido que pasar por delante de la del sabio, que dormía con la ventana abierta de par en par. O sea que sólo estaba el joven Petterboy. Parecía muy evidente.

Por fin, tras muchas consultas, Christopher fue a hablar con él de hombre a hombre, y regresó al cabo de quince minutos acalorado y nada comunicativo.

La señora Molesworth se secó los ojos, se puso su bata más nueva, y, sin hacer caso de sus temores y las objeciones de su esposo, fue a hablar con el joven Petterboy como una madre. El pobre joven Petterboy dejó de reírse de ella al cabo de diez minutos, se encolerizó de repente y pidió que también se preguntara al sabio si había «oído algo». Luego, se olvidó completamente de los buenos modales y sugirió con toda vulgaridad que avisaran a la policía.

La señora Molesworth casi perdió la cabeza, se recuperó a tiempo, se disculpó por la insinuación y volvió desconsolada a su dormitorio.

La noche transcurrió de un modo horrible.

Por la mañana, el pobre joven Petterboy acorraló a su anfitriona y repitió la petición de la noche anterior. Pero el sabio partía hacia las once y doce minutos y la señora Molesworth iba a acompañarle a la estación en coche. En aquel momento, los diamantes le parecían relativamente poco importantes a Elvira Molesworth, que había heredado la fortuna Cribbage un año antes. Besó al pobre joven Petterboy y le dijo que en realidad no importaba, y ¿no habían disfrutado de un maravilloso fin de semana? Y que el joven debía volver en otra ocasión, pronto.

Los Feison se despidieron del sabio, y, como la señora Molesworth iba con él, también se despidieron de ella. Una vez cumplidas todas las formalidades, parecía que no tenía sentido quedarse, y Christopher les vio partir en su coche, mientras el pobre joven Petterboy encabezaba la marcha con el suyo.

Cuando se hallaba aún de pie en el césped, saludando con la mano algo someramente a los que se marchaban, llegó el correo. Una carta para su esposa ostentaba el blasón del hotel del doctor, y Christopher, con una de esas intuiciones que le hacían ser tan buen esposo, la abrió.

Era muy breve, pero dadas las circunstancias, maravillosamente instructiva:

Distinguida señora:

Al repasar los memorandos del doctor Koo Fin veo con horror que prometió visitarles este fin de semana. Sé que perdonarán al doctor Koo Fin cuando sepan que él nunca participa en actos sociales. Como usted sabe, su arduo trabajo le ocupa el tiempo entero. Sé que es inexcusable por mi parte no habérselo comunicado antes, pero hace sólo un momento que he descubierto que el doctor se comprometió.

Espero que su ausencia no le haya puesto a usted en ningún apuro, y que perdonará este atroz desliz.

Con todas mis disculpas, señora, la saludo atentamente,

Lo Pei Fu

Secretario

P.D. El doctor habría escrito él mismo, pero, como sabe usted, su inglés no es muy bueno. Me ruega que le dé recuerdos y espera que le perdone.

Cuando Christopher levantó los ojos de la nota, su esposa regresó. Detuvo el coche en el sendero y cruzó corriendo el césped hacia él.

—¡Querido, qué maravilla! —dijo, arrojándose a sus brazos con un abandono que no le mostraba con frecuencia—. ¿Qué hay en el correo? —preguntó, soltándose.

Christopher se metió la carta que había estado leyendo en el bolsillo con discreción y habilidad.

—Nada, cariño —dijo galante—. Nada en absoluto. —Era extremadamente afectuoso con su esposa.

La señora Molesworth frunció su blanca frente.

—Querido —dijo—, respecto a mis joyas… ¿no ha sido odioso que sucediera una cosa así cuando ese dulce anciano se encontraba aquí? ¿Qué haremos?

Christopher la cogió del brazo.

—Creo, querida —dijo con firmeza— que será mejor que me lo dejes a mí. No debemos armar un escándalo.

—¡Oh, no! —exclamó ella, abriendo los ojos alarmada—. No, eso lo estropearía todo.

*******************

En un compartimiento de primera del tren de Londres, el anciano chino se inclinó sobre la variada colección de joyas que se encontraban en un gran pañuelo de seda sobre sus rodillas. Sonrió como un niño, con blandura y levemente maravillado. Al cabo de un rato, dobló el pañuelo sobre su tesoro y se metió el paquete en el bolsillo del pecho.

Entonces se recostó en el asiento tapizado y miró por la ventanilla. El paisaje verde y ondulante era agradable. Los campos estaban bien cuidados y labrados. El cielo era azul, la luz del sol, hermosa. Era una tierra hermosa.

Suspiró y se maravilló de que pudiera ser el hogar de una raza de bárbaros cultos para los que, mientras la altura, el peso y la edad fueran relativamente los mismos, todos los chinos eran iguales.

Margery Allingham


domingo, 19 de septiembre de 2021

ESCAPANDO DEL GUSANO

 


La noche es un túnel, pensó. Un agujero hacia el mañana... siempre que exista un mañana para nosotros. Agitó la cabeza. ¿Por qué estos morbosos pensamientos? ¡Estoy mejor adiestrada que eso!

Paul regresó, tomó la mochila y abrió camino hacia la primera duna, donde se detuvo para escuchar mientras su madre le alcanzaba. Oyó su suave avanzar y el gélido caer de los granos de arena... el código del desierto marcando la defensa de sus secretos.

—Debemos avanzar sin ningún ritmo —dijo, y reclamó a su memoria la imagen de hombres andando en la arena... a su memoria real y a su memoria presciente—. Observa cómo lo hago —dijo—. Así caminan los Fremen por la arena.

Avanzó por el lado de la duna expuesto al viento, siguiendo su curva, arrastrando los pies.

Jessica estudió su avance durante diez pasos, y le siguio imitándole. Captó el sentido de todo aquello: sus sonidos debían ser iguales que los de la arena en su caída natural... como el viento. Pero los músculos protestaban ante aquel cortado e innatural movimiento: paso... deslizamiento... deslizamiento... paso... paso... pausa... deslizamiento... paso...

El tiempo se dilataba a su alrededor. La roca frente a ellos parecía no acercarse nunca: La que quedaba a sus espaldas seguía viéndose enorme.

¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!

El rítmico pulsar surgió de las rocas, a su espalda.

—El martilleador —susurró Paul.

El batir continuó, y encontraron difícil sustraerse a su ritmo mientras avanzaban.

Bum... bum... bum... bum...

Se movían en una hondonada iluminada por la luna, perseguídos por aquel batir. Arriba y abajo, duna tras duna: paso... deslizamiento... pausa... paso... La arena aglomerada rodaba bajo sus pies: deslizamiento... pausa... pausa... paso... Y no dejaban de escuchar ni un solo instante, esperando oír en cualquier momento aquel silbido especial.

El sonido, cuando llegó, fue tan suave que el ruido de sus pasos lo cubrió. Pero creció en intensidad... más y más... desde el oeste.

Bum... bum... bum... bum... repetía el martilleador.

El silbido se aproximó, extendiéndose en la noche a sus espaldas. Giraron sus cabezas, sin dejar de andar, y vieron la ola del gusano avanzando.

—Sigue moviéndote —murmuró Paul—. No mires hacia atrás. Un ruido terrible, furioso, estalló en las rocas que habían abandonado. Una ensordecedora avalancha de sonido.

—Sigue moviéndote —repitió Paul.

Observó que habían alcanzado el punto teórico desde el cual las dos caras, la de delante y la de atrás, parecían estar a idéntica distancia.

Y, tras ellos, sonó de nuevo el retumbar de rocas despedazadas dominando la noche.

Siguieron avanzando y avanzando... Sus músculos alcanzaron el estado de dolor mecánico que parecía prolongarse hasta el infinito, pero Paul vio que la escarpadura rocosa ante ellos parecía mucho más grande.

Jessica se movía en un vacío de concentración, consciente tan sólo de una voluntad desesperada que la empujaba a seguir caminando. Su boca era una llaga reseca, pero los ruidos a su espalda anulaban cualquier esperanza de poder detenerse, aunque sólo fuera para beber un sorbo de agua de los bolsillos de recuperación de su destiltraje.

Bum... Bum...

Un nuevo paroxismo de furor hizo erupción en la lejana escarpadura, sofocando cualquier martilleo.

¡Silencio!

—¡Aprisa! —susurró Paul.

Asintió, aún sabiendo que él no podía ver su gesto. Pero necesitaba efectuarlo para exigir aún un poco más a sus músculos que habían superado todo límite en aquel movimiento innatural...

La pared rocosa y la seguridad que representaba se erguían ante ellos recortándose contra las estrellas, y Paul vio una llana extensión de arena entre ellos y su base. Penetró en ella, tropezando a causa de la fatiga e irguiéndose en un movimiento instintivo al siguiente paso.

Un ruido resonante se elevó de la arena a todo su alrededor.

Paul dio dos vacilantes pasos.

¡Booom! ¡Booom!

—¡Un tambor de arena! —gimió Jessica.

Paul recuperó su equilibrio. Barrió la arena a su alrededor con una ojeada: la escarpadura no estaría a más de doscientos metros de ellos.

Tras ellos sonó un silbido... como el viento, como la resaca en un lugar donde no había agua.

—¡Corre! —gritó Jessica—. ¡Paul, corre!

Corrieron.

El tambor batía bajo sus pasos. Luego estuvieron fuera de él, y continuaron corriendo sobre arena más gruesa. Por un tiempo, el correr fue un alivio para sus músculos doloridos a causa de la arrítmica y poco familiar marcha. Ahora existía un movimiento al que estaban acostumbrados. Ahora había ritmo. Pero la arena y la grava dificultaban su marcha. Y el silbido del gusano acercándose era como una tempestad a sus espaldas.

Jessica cayó sobre sus rodillas. Consiguió pensar tan sólo en su fatiga y en aquel sonido y en el terror.

Paul la levantó, tirando de ella.

Corrieron juntos, mano contra mano.

Una pequeña estaca surgió de la arena ante ellos. La rebasaron, y vieron otra.

La mente de Jessica no se dio cuenta de ello hasta que la hubieron pasado.

Más adelante había otra... una estaca de roca con la superficie corroída por el viento.

Y otra.

¡Roca!

La sintieron bajo sus pies, el impacto de una superficie dura que no frenaba sus movimientos, y aquello les dio un renovado vigor.

Una profunda hendidura se abría ante ellos, proyectando su sombra vertical en el macizo rocoso. Corrieron hacia ella, sumergiéndose en la reconfortante oscuridad.

A sus espaldas, el sonido del avanzar del gusano se detuvo.

Jessica y Paul se volvieron, oteando el desierto.

Donde se iniciaban las dunas, a una cincuentena de metros de distancia, a los pies de una playa rocosa, una cúpula gris plateada se elevó en el desierto, chorreando ríos y cascadas de arena a su alrededor. Se elevó más y más arriba, hasta definirse en una enorme boca anhelante. Era un agujero redondo y negro, cuyos contornos relucían al claro de luna.

La boca se contorsionó hacia la estrecha fisura donde se habían refugiado Paul y Jessica. El olor a canela inundó su olfato. El reflejo de la luna destelló en los dientes de cristal.

La gran boca osciló, avanzando y retrocediendo.

Paul contuvo la respiración.

Jessica se acuclilló, mirando fascinada.

Necesitó toda la concentración de su adiestramiento Bene Gesserit para dominar su terror primordial, para vencer el miedo atávico que amenazaba con destruir su mente.

Paul experimentaba una especie de embriaguez. En un instante muy reciente, había franqueado alguna barrera temporal, penetrando en un territorio que le era desconocido. Sentía las tinieblas ante él, nada se revelaba a su ojo interior. Era como si sus últimos pasos le hubieran arrastrado hacia un pozo sin fondo...o en el seno de una ola donde el futuro era algo invisible. Todo el paisaje ante él se había visto profundamente sacudido.

Lejos de aterrarle, aquella sensación de tinieblas temporales desencadenó una hiperaceleración en sus otros sentidos. Se descubrió a sí mismo registrando los más ínfimos detalles de la cosa que, ante ellos, surgía de la arena en su busca. Su boca tendría unos ochenta metros de diámetro... los dientes cristalinos con la forma curvilínea del crys brillando a su alrededor... el rugiente aliento a canela y a sutiles aldehidos... ácidos...

El gusano oscureció la luna mientras escrutaba las rocas sobre sus cabezas. Una lluvia de guijarros y arena se abatió en la Paul arrastró a su madre hacia atrás dentro del refugio.

¡Canela!

El olor lo invadía todo.

¿Qué relación hay entre el gusano y la melange?, se preguntó a sí mismo. Y recordó que Liet-Kynes había hecho una velada insinuación acerca de una asociación entre el gusano y la especia.

¡Barrroooouuuum!

Fue como un violento trueno, en alguna parte a su derecha.

Y luego: ¡Barrroooouuuum!

El gusano se aplastó contra la arena y permaneció unos instantes inmóvil, con la luz destellando en sus dientes cristalinos.

¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!

¡Otro martilleador!, pensó Paul.

El ruido se repitió a sú derecha.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo del gusano. Se alejó por entre la arena. Sólo su mitad superior surgía de ella, como la cúpula de una campana, la bóveda de un túnel trazando su camino entre las dunas.

La arena crujió. La criatura se hundió más, retrayéndose, girando. Se convirtió tan sólo en una amplia curva entre las dunas, alejándose.

Paul salió de la hendidura y contempló la ola de arena que avanzaba a través del desierto, hacia el reclamo del nuevo martilleador.

Jessica acudió a su lado, escuchando: Bum... bum... bum... bum... bum...

Poco después, el ruido cesó. Paul tomó el tubo de su destiltraje, aspirando una bocanada de agua reciclada. Jessica centró su atención en aquel acto, pero su mente aún inmovilizada por la fatiga y el terror estaba como vacia.

—¿Se ha ido realmente? —jadeó.

—Alguien lo ha llamado —dijo Paul—. Los Fremen.

Frank Herbert, Dune

domingo, 5 de septiembre de 2021

GULL COTTAGE

Se trataba de una casa pequeña de piedra gris situada a cierta distancia de su vecina, que era bastante más grande. Un muro de piedra gris se curvaba hacia afuera en forma de bastión redondeado, separando la casa y el jardín de la carretera. Una gran ventana mirador con venecianas de color azul desvaído se asomaba desde la planta alta al mar, como si fuera una trampa para pescar los rayos del sol desde todos los ángulos del día.

—Me gusta —dijo Lucy impulsivamente, asomándose por la ventanilla del coche—. Me gusta muchísimo.

—Es imposible —dijo con un tono casi agresivo— juzgar algo por el exterior. —Y no hizo ademán de apearse del coche para enseñarle el interior de la propiedad—. Creo que debería hacerle notar —continuó— que está muy aislada para una mujer soltera.

—Pero yo no estoy soltera —dijo Lucy mirándolo atónita, ya que, por fuerza, tenía que saltarle a la vista a cualquiera que ella, con su recargado vestido de mil capas, su cabritilla negra y sus azabaches, y su innegable aspecto de vivir rodeada de tarjetones de reborde negro y lirios marchitos, era viuda (…)

El señor Coombe murmuró algo ininteligible, pero se apeó del coche y lo rodeó a toda prisa para ofrecerle su brazo a Lucy, que no le soltó mientras abría la verja y la conducía por el caminito enlosado. Era obvio que también él estaba pensando «pobrecita» cuando desenredó del botón de su abrigo el largo velo negro de ella y lo sujetó para que no se le volara con el vendaval.

La enorme llave giró herrumbrosa en el anticuado cerrojo y las bisagras de la deslucida puerta de color azul rezongaron cuando el señor Coombe la abrió de un empujón. Frente a la entrada, una escalinata ascendía en curva hasta el piso de arriba, y tres puertas de desaliñado color blanco se abrían al vestíbulo cuadrado, que recibía la luz a través de una ventana redonda como un ojo de buey. Las puertas estaban abiertas, y Lucy podía ver la cocina al fondo y el comedor que había junto a esta. En el salón, a la derecha, había una chimenea de mármol negro y, sobre ella, un retrato al óleo de un capitán de barco vestido de uniforme. La pintura no era buena; se percibía una rigidez de madera en la mano que sostenía el doradísimo catalejo, un rubor casi de color fresa en las mejillas del cuadrado mentón, una cualidad de cables retorcidos en el oscuro pelo rizado… En contraste con todo ello, sin embargo, unos vivaces ojos azules la miraban desde lo alto con tan intensa vitalidad que Lucy creyó por un momento que uno de ellos le había lanzado un guiño; un gesto que, en cualquier situación, resultaría del todo indecoroso viniendo de un extraño, y que resultaba abiertamente indecente cuando la destinataria del guiño era una viuda tan enlutada de negro.

—¿Qué es este retrato? —le preguntó al señor Coombe al entrar en la habitación. Y, lanzando una mirada fulminante al cuadro, esperó que la neutralidad con la que acababa de referirse al retratado consiguiera apagar el brillo de aquellos ojos azules, devolviéndolos a un estado más acorde con la pintura sin vida a la que pertenecían.

—Ese —dijo el señor Coombe, y su voz sonó curiosamente estrangulada— es el difunto dueño de la propiedad, el capitán Daniel Gregg. La vista desde esta habitación es maravillosa —prosiguió apresuradamente casi arrastrándola hasta la ventana, y era sorprendente que el joven dijera algo así, pensó Lucy, puesto que lo único que se divisaba desde allí era una descuidada maraña de jardín dispuesto en torno a una feísima araucaria y con el muro de piedra gris al fondo.

Dio media vuelta, tan pronto como le pareció educado hacerlo, y paseó la mirada por la habitación. Tenía buen tamaño, pero contenía la combinación más estrambótica de belleza y mediocridad burguesa que Lucy había visto jamás.

Sobre la robusta repisa de mármol negro de la chimenea descansaba un reloj a juego, flanqueado por dos exquisitos jarrones Ming; una alfombra persa de un diseño y un colorido impecables frotaba sus flecos contra una alfombrilla barata de chimenea de color rojo; un sofá de felpa roja aparecía tapado en uno de sus extremos por un chal indio delicadamente bordado, y un antiquísimo armario chino lacado en rojo albergaba en su interior una mezcla también de lo más variopinta de piezas de porcelana blasonada de Blackpool, Cardiff y Southampton, y un juego de té Satsuma y una delicada cristalería de Waterford; en un rincón, sobre una mesita de bambú reposaba un viejo ajedrez de marfil; y en el papel estampado de rosas de las paredes fotografías y litografías compartían espacio con kakemonos, bordados florentinos y bellos grabados antiguos. El conjunto se encontraba en su totalidad cubierto por una capa tan espesa de polvo y festoneado por tantas telas de araña que hasta el aire mismo parecía amortajado por un velo.

Qué habitación tan extraña, pensó Lucy, pero podría quedar preciosa, y al instante empezó a reformarla en su mente, pintando las paredes de dorado mate, recortando sin piedad los bajos de sus propias cortinas de brocado, deshaciéndose de todos los muebles e instalando en su lugar un puñado de antigüedades predilectas, los cómodos sofás y las sillas que había heredado de su padre.

Y tú serás el primero en salir por la puerta, se dijo a sí misma, lanzando una mirada desafiante al retrato del capitán; pero tuvo que ser algún efecto de la luz el que hizo que pareciera que este había movido los ojos, porque ahora le devolvieron una mirada sin brillo, apagada y, por extraño que parezca, menos azul.

—El comedor necesita algunos retoques —dijo el señor Coombe con pesimismo mientras lideraba el paso a la siguiente estancia.

El comedor, antes que unos retoques, necesitaba que le dieran la estocada para empezar de nuevo. El empapelado, superada su fase de deslucida agonía, estaba muerto, habiendo mudado en el proceso de un tono azul violáceo, que todavía podía verse en los rincones oscuros, a un malva mortecino que, en contraste con la descascarillada pintura blanca, parecía una cosa con lepra. Los barnizados muebles de comedor, un juego compuesto por mesa, aparador y sillas, habían perdido todo su lustre, y la película de polvo gris que los cubría se asemejaba también a alguna otra enfermedad infecta.

—Aquí no puede haber vivido nadie en años —dijo la señora Muir.

—Exacto —dijo el señor Coombe—, la cocina está aquí al lado.

También allí el polvo y la suciedad lo envolvían todo como una mortaja, otorgando a las bolsas verdes de peltre que almacenaban los cubreplatos, y que estaban colgadas de las paredes en cuatro tamaños escalonados, la apariencia de enormes frutas mohosas, mientras que la olla conservera de cobre y las cazuelas parecían haberse vuelto de cara a la pared avergonzadas por su aspecto deslustrado.

—Ah, ahora entiendo por qué se resistía a que entrase aquí —dijo Lucy con voz triunfal—. Su intención era que limpiaran la casa primero, no quería que nadie la viera en semejante estado.

Pegado contra la pared del fondo había un fogón de gas con un hervidor de agua y una sartén encima. Dentro de la sartén había un par de lonchas de beicon sin freír. En la mesa, junto a la ventana, una tetera, una lecherita, una taza con su platillo, un plato, media hogaza de pan y una pequeña fuente con mantequilla reposaban sobre una hoja de periódico. Lucy, echando un vistazo al periódico, reparó en que la fecha era de solo una semana antes.

—Creí que me había dicho que la casa llevaba años desocupada —dijo señalando la fecha.

—Y así es —contestó el señor Coombe—. La asistenta se pasó por aquí para hacer un poco de limpieza.

—¿Para hacer qué? —preguntó Lucy levantando las cejas.

—El vestíbulo y las escaleras sí que las limpió —dijo el señor Coombe a la defensiva.

—¿Tuvo que salir corriendo por alguna urgencia? —preguntó Lucy—. Es raro que se dejara aquí este rico desayuno y no volviera a por él.

—Puede que esté enferma —dijo el señor Coombe.

—Pero ¿cómo? ¿Es que no lo sabe? —dijo Lucy.

—O puede que le pareciera demasiada faena —dijo el señor Coombe—. Encontramos la llave en el buzón de la oficina, pero nunca pasó a cobrar sus honorarios.

—Empiezo a pensar que en esta casa pasa algo muy raro —dijo Lucy pronunciando las palabras muy despacio.

—Pues, en ese caso, no tiene sentido subir a la planta de arriba —dijo el señor Coombe con tono aliviado—. Ya sabía que no le iba a encajar.

—¡Cómo! ¡Por supuesto que me encaja! —dijo Lucy—. Es justo la casa que buscaba. Pero aquí pasa algo, y pienso descubrir qué es, por mucho que usted se niegue a contármelo.

Sin decir esta boca es mía, claro, el señor Coombe dio media vuelta y la condujo escaleras arriba. Un cuarto de baño y tres dormitorios se abrían al rellano cuadrado de la planta superior. Los dormitorios de atrás estaban amueblados con sencillez bajo la omnipresente capa de polvo, y el dormitorio principal con la ventana mirador presentaba una decoración igual de simple. Había alfombrillas azules en el suelo de madera lleno de manchas, una cama de armazón de hierro, una cómoda con cajones, un armario, un enorme butacón de mimbre delante de la estufa de gas y tres cuadros de barcos de vela en la pared encalada. En aquella estancia, lo que más llamaba la atención era el telescopio de latón con trípode que, plantado delante de la ventana, lanzaba destellos a la luz del sol vespertino.

Lucy miró y volvió a mirar aquel objeto. Ya había visto otros antes. Pero este telescopio en particular tenía algo extraño, ¿qué podía ser? Efectivamente, no era la clase de elemento que una considerara necesario incorporar al mobiliario de un dormitorio, pero, después de todo, su difunto ocupante había sido capitán de barco, y un telescopio podía resultar tan reconfortante para un capitán, incluso estando retirado, como su violín preferido podía serlo para un viejo violinista. No, aquel telescopio en concreto tenía algo que le había saltado a la vista con una violencia casi física nada más entrar en la habitación.


—¡Claro! —dijo en voz alta—. ¡Estás limpio!

—Disculpe, ¿cómo dice usted? —dijo un sobresaltado señor Coombe.

Lucy apenas le oyó. Otro sonido pareció llenar la estancia y sus oídos: una carcajada sonora y profunda. Miró con los ojos muy abiertos al señor Coombe, pero era evidente que aquel joven no estaba para risas. Se había sonrojado hasta la raíz de su fino cabello rubio y la miraba con cara de espanto; sus ojos claros parecieron salírsele de las órbitas y nadar hacia ella más que nunca como peces en una pecera de cristal desde detrás de sus gruesas lentes.

—Venga —dijo con voz ronca y, agarrándola del brazo, la sacó precipitadamente del dormitorio, tiró de ella escaleras abajo y se plantó con ella fuera de la casa antes de que Lucy tuviera tiempo de protestar.

—¡Me lo imaginaba! —dijo Lucy mientras él la ayudaba a subir al coche y se acomodaba delante del volante—. La casa está encantada.

—Yo no se la quería enseñar, pero usted se empeñó en verla —dijo el señor Coombe, que pisó el acelerador a fondo, haciendo que el coche saliera despedido hacia adelante.

—¡Oh! —dijo Lucy, sofocando un grito, mientras el vehículo bajaba la colina dando bandazos—. ¿Conduce usted siempre tan rápido?

—No; discúlpeme —contestó él, aminorando la marcha al adentrarse en el paseo marítimo y la apacible estampa que presentaba de bebés en carritos, ancianos inválidos bañándose en sillas y niños jugando—. A decir verdad, no me encuentro demasiado bien.

—Sí que es verdad que está usted pálido —dijo Lucy—. ¿No deberíamos pasar por una farmacia y conseguir unas sales para que se las tome? (…)

—¡Esa casa! —bramó el señor Coombe—. La he alquilado cuatro veces en los diez años que llevo en la compañía. Lo más que ha durado un inquilino en ella han sido veinticuatro horas. He escrito, he telegrafiado al dueño, pero se niega a ayudarme. «Confío en usted», eso me dice en sus telegramas, y yo no quiero que confíen en mí.

—Pero ¿qué me dice de los otros agentes? —preguntó Lucy—. ¿Por qué no se la pasa a ellos?

—¡Oh, no, imposible! —dijo el señor Coombe—. Sería como reconocer mi fracaso. Y ellos ni siquiera han sido capaces de alquilarla una sola vez. Supongo que ser honesto da sus frutos; me refiero a que si hubiese intentado imponerle la casa a toda costa usted no se habría interesado por ella, la naturaleza humana es así. Gregson y Pollock siempre fingen que a la propiedad no le ocurre nada, pero nunca han sido capaces de que uno solo de sus candidatos pasara más allá del salón; y aunque yo sí he logrado alquilarla, al final la gente se acaba marchando, lo que me convierte en el hazmerreír de esos dos todas las veces. Si no fuera porque soy un hombre casado y con familia, estoy convencido de que le prendería fuego a la casa aprovechando una noche bien oscura. Me está desquiciando; hasta sueño con ella. ¡Malditos sean el capitán Daniel Gregg y todas sus chifladuras! Oh, le ruego que me disculpe.

—¿Por qué ronda la casa? —preguntó Lucy—. ¿Acaso lo asesinaron?

—No. Se suicidó —dijo el señor Coombe.

—Oh, pobre hombre, ¿tan infeliz era? —dijo Lucy.

—¿A usted esa carcajada le ha sonado infeliz? —preguntó el señor Coombe.

—Pues no, la verdad —admitió Lucy—. Pero si no era desdichado, ¿por qué puso fin a su vida?

—Para fastidiar todo lo posible a los demás —dijo el señor Coombe.

—Vaya, pues es muy egoísta por su parte —dijo Lucy—, además de totalmente incoherente. Porque si quería estar muerto, ¿por qué no quedarse muerto?

—Exacto —corroboró el señor Coombe.

—Alguien debería echarlo —dijo Lucy—. ¿Cómo se echa a un fantasma?

—No tengo la menor idea —dijo el señor Coombe—. Yo que usted lo dejaría estar… No es problema suyo.

—Por supuesto que lo es —dijo Lucy—. Me ha encantado Gull Cottage y quiero instalarme en ella.

—Pues ya ha visto que no puede vivir en esa casa —dijo el señor Coombe —, y ahora la llevaré a Beau Sejour (...)

—Tengo una idea —dijo de repente, enderezándose en el asiento—, ¿no podría usted alquilarme Gull Cottage a modo de prueba por una noche?

—¡De prueba! —repitió el señor Coombe—. ¡Jamás había oído nada semejante!

—Oh, ya sé que es de lo más irregular —dijo Lucy—, pero la casa tampoco es que sea muy normal, ¿verdad? ¿No lo ve? —continuó, cada vez más entusiasmada con la idea—, podría pasar allí una noche y averiguar si de verdad hay algo que pueda asustar a los niños. Podría incluso echar al capitán Gregg, si es que es verdad que su fantasma ronda la casa. Es decir —prosiguió, al ver que el señor Coombe no decía una palabra—, si todo el mundo sale despavorido al menor ruido, la casa lógicamente coge mala fama. En serio, es completamente ridículo que en el siglo XX pueda nadie creer en apariciones y todas esas tonterías propias de la Edad Media. Hay toda clase de cosas ocultas que hacen ruido en las casas. Fíjese, si no, en cómo crujen y gruñen a veces los muebles por las noches ellos solos o en el silencioso correteo y roer de las ratas tras los paneles de madera de las paredes.

—No puede atribuir esa carcajada al crujir de los muebles ni al correteo de las ratas —dijo el señor Coombe.

—Bueno, quizá fuese el viento rugiendo por el tiro de la chimenea —dijo Lucy—. Sea como sea, no pienso renunciar a Gull Cottage tan fácilmente, y si usted no permite que vaya y pase una noche allí, quizá Gregson y Pollock sí lo hagan.

R. A. Dick, El fantasma y la señora Muir


viernes, 27 de agosto de 2021

BRISA MARINA

 

 

¡La carne es triste! Y leí todos los libros.

¡Huir! Huir allá. Siento a los pájaros ebrios

De vagar entre espuma ignota y cielos. Nada,

ni los antiguos jardines reflejados por los ojos,

retendrá a este corazón fraguado en mar.

¡Oh noches!, ni la claridad desierta de mi lámpara

sobre el papel vacío que la blancura defiende,

ni la joven que amamanta a su hijo.

¡Yo partiré! Vapor que balanceas tu arboladura,

¡Leva el ancla hacia tierras exóticas!

 

Mi hastío, desolado por esperanzas crueles,

todavía cree en el supremo adiós de los pañuelos.

Y puede ser que los mástiles, que invitan a la tormenta,

sean de los que un viento sobre el naufragio

inclina, perdidos, sin mástiles, sin mástiles ni fértiles islotes…

Pero oye, corazón: ¡el canto de los marineros!

Stéphane Mallarmé

domingo, 15 de agosto de 2021

THÉODEN ATACA EN EL ABISMO DE HELM

 


-Me muero de impaciencia en esta prisión -dijo Théoden-. Si hubiera podido empuñar una lanza, cabalgando al frente de mis hombres, habría sentido quizás otra vez la alegría del combate, terminando así mis días. Pero de poco sirvo estando aquí.

-Aquí al menos estáis protegido por la fortaleza más inexpugnable de la Marca –dijo Aragorn-. Más esperanzas tenemos de defendemos aquí en Cuernavilla que en Edoras y aun allá arriba en las montañas de El Sagrario.

-Dicen que Cuernavilla no ha caído nunca bajo ningún ataque -dijo Théoden-; pero esta vez mi corazón teme. El mundo cambia y todo aquello que alguna vez parecía invencible hoy es inseguro. ¿Cómo podrá una torre resistir a fuerzas tan numerosas y a un odio tan implacable? De haber sabido que las huestes de Isengard eran tan poderosas, quizá no hubiera tenido la temeridad de salirles al encuentro, pese a todos los artificios de Gandalf. El consejo no parece ahora tan bueno como al sol de la mañana.

-No juzguéis el consejo de Gandalf, señor, hasta que todo haya terminado –dijo Aragorn.

-El fin no está lejano -dijo el rey-. Pero yo no acabaré aquí mis días, capturado como un viejo tejón en una trampa. Crinblanca y Hasufel y los caballos de mi guardia están aquí, en el patio interior. Cuando amanezca, haré sonar el cuerno de Helm, y partiré. ¿Cabalgarás conmigo, tú, hijo de Arathorn? Quizá nos abramos paso, o tengamos un fin digno de una canción... si queda alguien para cantar nuestras hazañas.

-Cabalgaré con vos -dijo Aragorn.

Despidiéndose, volvió a los muros, y fue de un lado a otro reanimando a los hombres yprestando ayuda allí donde la lucha era violenta. Legolas iba con él. Allá abajo estallaban fuegos que conmovían las piedras. El enemigo seguía arrojando ganchos y tendiendo escalas. Una y otra vez los orcos llegaban a lo alto del muro exterior y otra vez eran derribados por los defensores.

Por fin llegó Aragorn a lo alto de la arcada que coronaba las grandes puertas, indiferente a los dardos del enemigo. Mirando adelante, vio que el cielo palidecía en el este. Alzó entonces la mano vacía, mostrando la palma, para indicar que deseaba parlamentar.

Los orcos vociferaban y se burlaban.

-¡Baja! ¡Baja! - le gritaban-. Si quieres hablar con nosotros, ¡baja! ¡Tráenos a tu rey! Somos los guerreros Uruk-hai. Si no viene, iremo s a sacarlo de su guarida. ¡Tráenos al cobardón de tu rey!

-El rey saldrá o no, según sea su voluntad -dijo Aragorn.

-Entonces ¿qué haces tú aquí? - le dijeron-. ¿Qué miras? ¿Quieres ver la grandeza de nuestro ejército? Somos los guerreros Uruk-hai.

-He salido a mirar el alba -dijo Aragorn.

-¿Qué tiene que ver el alba? -se mofaron los orcos-. Somos los Uruk-hai; no dejamos la pelea ni de noche ni de día, ni cuando brilla el sol o ruge la tormenta. Venimos a matar, a la luz del sol o de la luna. ¿Qué tiene que ver el alba?

-Nadie sabe qué habrá de traer el nuevo día -dijo. Aragorn-. Alejaos antes de que se vuelva contra vosotros.

-Baja o te abatiremos - gritaron-. Esto no es un parlamento. No tienes nada que decir.

-Todavía tengo esto que decir -respondió Aragorn-. Nunca un enemigo ha tomado Cuernavilla. Partid, de lo contrario ninguno de vosotros se salvará. Ninguno quedará con vida para llevarlas noticias al Norte. No sabéis qué peligro os amenaza.

Era tal la fuerza y la majestad que irradiaba Aragorn allí de pie, a solas, en lo alto de las puertas destruidas, ante el ejército de sus enemigos, que muchos de los montañeses salvajes vacilaron y miraron por encima del hombro hacia el valle y otros echaron miradas indecisas al cielo. Pero los orcos se reían estrepitosamente; y una salva de dardos y flechas silbó por encima del muro, en el momento en que Aragorn bajaba de un salto.

Hubo un rugido y una intensa llamarada. La bóveda de la puerta en la que había estado encaramado se derrumbó convertida en polvo y humo. La barricada se desperdigó como herida por el rayo. Aragorn corrió a la torre del rey.

Pero en el momento mismo en que la puerta se desmoronaba y los orcos aullaban alrededor preparándose a atacar, un murmullo se elevó detrás de ellos, como un viento en la distancia, y creció hasta convertirse en un clamor de muchas voces que anunciaban extrañas nuevas en el amanecer. Los orcos, oyendo desde el Peñón aquel rumor doliente, vacilaron y miraron atrás. Y entonces, súbito y terrible, el gran cuerno de Helm resonó en lo alto de la torre.

Todos los que oyeron el ruido se estremecieron. Muchos orcos se arrojaron al suelo boca abajo, tapándose las orejas con las garras. Y desde el fondo del Abismo retumbaron los ecos, como si en cada acantilado y en cada colina un poderoso heraldo soplara una trompeta vibrante. Pero los hombres apostados en los muros levantaron la cabeza y escucharon asombrados: aquellos ecos no morían. Sin cesar resonaban los cuernos de colina en colina; ahora más cercanos y potentes, respondiéndose unos a otros, feroces y libres.

-¡Helm! ¡Helm! - gritaron los caballeros-. ¡Helm ha despertado y retorna a la guerra! ¡Helm ayuda al Rey Théoden!

En medio de este clamor, apareció el rey. Montaba un caballo blanco como la nieve; de oro era el escudo y larga la lanza. A su diestra iba Aragorn, el heredero de Elendil, y tras él cabalgaban los señores de la Casa de Eorl el joven. La luz se hizo en el cielo. Partió la noche.

-¡Adelante, Eorlingas!

Con un grito y un gran estrépito se lanzaron al ataque. Rugientes y veloces salían por los portales, cubrían la explanada y arrasaban a las huestes de Isengard como un viento entre las hierbas. Tras ellos llegaban desde el Abismo los gritos roncos de los hombres que irrumpían de las cavernas persiguiendo a los enemigos. Todos los hombres que habían quedado en el Peñón se volcaron como un torrente sobre el valle. Y la voz potente de los cuernos seguía retumbando en las colinas.

Avanzaban galopando sin trabas, el rey y sus caballeros. Capitanes y soldados caían o huían delante de la tropa. Ni los orcos, ni los hombres podían resistir el ataque. Corrían, de cara al valle y de espaldas a las espadas y las lanzas de los jinetes. Gritaban y gemían, pues la luz del amanecer había traído pánico y desconcierto.

Así partió el Rey Théoden de la Puerta de Helm y así se abrió paso hacia la empalizada. Allí la compañía se detuvo. La luz crecía alrededor. Los rayos del sol encendían las colinas orientales y centelleaban en las lanzas. Los jinetes, inmóviles y silenciosos, contemplaron largamente el Valle del Bajo.

El paisaje había cambiado. Donde antes se extendiera un valle verde, cuyas laderas herbosas trepaban por las colinas cada vez más altas, ahora había un bosque. Hileras e hileras de grandes árboles, desnudos y silenciosos, de ramaje enmarañado y cabezas blanquecinas; las raíces nudosas se perdían entre las altas hierbas verdes. Bajo la fronda todo era oscuridad. Un trecho de no más de un cuarto de milla separaba a la empalizada del linde de aquel bosque. Allí se escondían ahora las arrogantes huestes de Saruman, aterrorizadas por el rey tanto como por los árboles. Como un torrente habían bajado desde la Puerta de Helm hasta que ni uno solo quedó más arriba de la empalizada; pero allá abajo se amontonaban como un hervidero de moscas. Reptaban y se aferraban a las paredes del valle tratando en vano de escapar. Al este la ladera era demasiado escarpada y pedregosa; a la izquierda, desde el oeste., avanzaba hacia ellos el destino inexorable.

De improviso, en una cima apareció un jinete vestido de blanco y resplandeciente al sol del amanecer. Más abajo, en las colinas, sonaron los cuernos. Tras el jinete un millar de hombres a pie, espada en mano, bajaba de prisa las largas pendientes. Un hombre recio y de elevada estatura marchaba entre ellos. Llevaba un escudo rojo. Cuando llegó a la orilla del valle se llevó a los labios un gran cuerno negro y sopló con todas sus fuerzas.

-¡Erkenbrand! -gritaron los caballeros-. ¡Erkenbrand! ¡Contemplad al Caballero Blanco! -gritó Aragorn Gandalf ha vuelto!

-¡Mithrandir, Mithrandir! -dijo Legolas-. ¡Esto es magia pura! ¡Venid! Quisiera ver este bosque, antes que cambie el sortilegio.

Las huestes de Isengard aullaron, yendo de un lado a otro, pasando de un miedo a otro. Nuevamente sonó el cuerno de la torre. Y la compañía del rey se lanzó a la carga a través del foso de la empalizada. Y desde las colinas bajaba, saltando, Erkenbrand, señor del Folde Oeste. Y también bajaba Sombragris, brincando como un ciervo que corretea sin miedo por las montarías. Allá estaba el Caballero Blanco y el terror de esta aparición enloqueció al enemigo. Los salvajes montañeses caían de bruces. Los orcos se tambaleaban y gritaban y arrojaban al suelo las espadas y las lanzas. Huían como un humo negro arrastrado por un vendaval. Pasaron, gimiendo, bajo la acechante sombra de los árboles; y de esa sombra ninguno volvió a salir.

J R R Tolkien, Las dos torres

viernes, 30 de julio de 2021

CONOCIENDO A SHERLOCK HOLMES

 

—Busco alojamiento —respondí—. Intento resolver el problema de conseguir habitaciones confortables a un precio razonable.

—Qué curioso —observó mi acompañante—. Es usted la segunda persona que me habla hoy en estos términos.

—¿Y quién ha sido la primera? —pregunté.

—Un colega que trabaja en el laboratorio químico del hospital. Se lamentaba esta mañana de no encontrar a nadie con quien compartir unas bonitas habitaciones que había encontrado, y que eran demasiado caras para su bolsillo.

—¡Por Júpiter! —grité—. ¡Si está buscando de verdad a alguien con quien compartir las habitaciones y los gastos, yo soy su hombre! Prefiero tener un compañero a vivir solo.

El joven Stamford me miró de un modo raro por encima de su vaso de vino.

—Usted no conoce todavía a Sherlock Holmes —dijo—. Tal vez no le guste tenerlo constantemente de compañero.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

—¡Oh, yo no he dicho que tenga nada malo! Alimenta ideas un poco raras, le entusiasman determinadas ramas de la ciencia. Pero, que yo sepa, es un tipo decente.

—Estudia Medicina, supongo.

—No. No tengo la menor idea de lo que pretende hacer. Creo que domina la anatomía, y es un químico de primera, pero, que yo sepa, nunca ha seguido cursos sistemáticos de Medicina. Sus estudios son poco metódicos y muy excéntricos, pero ha acumulado gran cantidad de conocimientos insólitos que asombrarían a sus profesores.

—¿No le ha preguntado usted nunca a qué piensa dedicarse?

—No, no es hombre que se deje llevar fácilmente a confidencias, aunque puede mostrarse comunicativo cuando le da por ahí.

—Me gustaría conocerlo —dije—. Si he de compartir alojamiento, prefiero a un hombre estudioso y de costumbres tranquilas. No estoy lo bastante fuerte todavía para soportar mucho ruido y barullo. Tuve bastante de ambas cosas en Afganistán para lo que me resta de vida. ¿Cómo podría conocer a ese amigo suyo?

—Seguro que está en el laboratorio —respondió mi compañero—. A veces pasa semanas sin asomar por allí, y otras veces trabaja allí desde la mañana hasta la noche. Si usted quiere, podemos ir en coche después del almuerzo.

—Claro que sí —contesté.

Y la conversación tomó otros derroteros.

Mientras nos dirigíamos al hospital tras abandonar el Holborn, Stamford me informó de otras peculiaridades del caballero con quien me proponía yo compartir alojamiento.

—No me eche a mí la culpa si no se llevan bien —me dijo—. Sólo sé de él lo que he averiguado en nuestros ocasionales encuentros en el laboratorio. Ha sido usted quien ha propuesto este arreglo, de modo que no me haga responsable.

—Si no nos llevamos bien, será fácil separarnos —respondí—. Pero me parece, Stamford —añadí, mirándole Ajamente—, que debe de tener usted alguna razón concreta para lavarse las manos en este asunto. ¿Tan insoportable es ese individuo? Hable sin rodeos.

—No es fácil explicar lo inexplicable —respondió, riendo—. Holmes es un poco demasiado científico para mi gusto… Raya en la falta de humanidad. Puedo imaginarlo ofreciéndole a un amigo una pizca del más reciente alcaloide vegetal, no por malevolencia, entiéndame, sino simplemente porque su espíritu curioso quiere formarse una idea clara de sus efectos. Para hacerle justicia, creo que ingeriría él mismo la droga con idéntica tranquilidad. Parece sentir pasión por los conocimientos concretos y exactos.

—Lo cual está muy bien.

—Sí, pero puede alcanzar extremos excesivos. Si llega hasta el punto de golpear con un palo los cadáveres de la sala de disección, toma una forma ciertamente chocante.

—¡Golpear los cadáveres!

—Sí, para verificar qué magulladuras se pueden producir en un cuerpo después de la muerte. Se lo vi hacer con mis propios ojos.

—¿Y dice usted que no estudia Medicina?

—No. Sabe Dios cuál será el objetivo de sus estudios. Pero ya hemos llegado, y usted podrá formarse su propia opinión.

Mientras él hablaba, doblamos por un estrecho callejón y traspusimos una puertecilla lateral, que daba a un ala del gran hospital. El terreno me era familiar, y no necesité guía para subir la lúgubre escalera de piedra y recorrer el largo pasillo de paredes encaladas y puertas color pardusco. Casi al final se abría un bajo pasadizo abovedado que llevaba al laboratorio de química. Era una sala de techo muy alto, con hileras de frascos por todas partes. Sobre varias mesas, bajas y anchas, se agolpaban retortas, tubos de ensayo y pequeñas lámparas Bunsen de vacilantes llamas azules. En la habitación sólo había un estudiante, que se inclinaba sobre una mesa apartada, absorto en su trabajo. Al oír el sonido de nuestros pasos, dio media vuelta y se levantó de un salto con una exclamación de alegría.

—¡Lo he encontrado! ¡Lo he encontrado! —le gritó a mi compañero, corriendo hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano—. He encontrado un reactivo que se precipita con la hemoglobina y sólo con la hemoglobina.

Si hubiese descubierto una mina de oro, su rostro no hubiera reflejado mayor satisfacción.

—El doctor Watson, el señor Sherlock Holmes —nos presentó Stamford.

—¿Cómo está usted? —me dijo Holmes cordialmente, estrechándome la mano con una fuerza que yo habría estado lejos de atribuirle—. Veo que ha estado en Afganistán.

—¿Cómo diablos lo sabe? —pregunté atónito.

—Carece de importancia —dijo, sonriendo para sí mismo—. Ahora se trata de la hemoglobina. Sin duda usted percibe la importancia de mi descubrimiento, ¿verdad? (…)

—Hemos venido para tratar un asunto —dijo Stamford, sentándose en un alto taburete de tres patas y empujando otro con el pie hacia mí—. Mi amigo anda buscando alojamiento y, como usted se lamentó de no encontrar a nadie con quien compartir un alquiler, pensé que lo mejor sería ponerlos en contacto.

A Sherlock Holmes pareció encantarle la idea de compartir su alojamiento conmigo.

—Tengo echado el ojo a unas habitaciones de Baker Street que nos vendrían que ni pintadas. Espero que no le moleste el olor del tabaco fuerte.

—Yo mismo fumo siempre tabaco de la Marina —respondí.

—Vamos bien. Suelo llevar conmigo sustancias químicas y a veces hago experimentos. ¿Le molestará esto?

—En absoluto.

—Veamos qué otros defectos tengo. A veces me deprimo y no abro la boca durante días. Cuando esto ocurra, no debe pensar que estoy enfadado. Déjeme solo y pronto se me pasará. Y ahora, ¿qué tiene que confesarme usted a mí? Es conveniente que dos individuos conozcan lo peor del otro antes de ponerse a vivir juntos.

Este interrogatorio de segundo grado me arrancó una sonrisa.

—Tengo un cachorro —dije—, y me molesta el barullo porque tengo los nervios deshechos, y me levanto a las horas más intempestivas, y soy extremadamente perezoso. Tengo un surtido de vicios distintos cuando me encuentro bien de salud, pero en el presente estos son los principales.

—¿Incluye usted el violín en la categoría de barullo? —me preguntó con ansiedad.

—Depende de quién lo toque —respondí—. Cuando el violín se toca bien, es un placer de dioses…, cuando se toca mal…

—De acuerdo, pues —exclamó, con una alegre sonrisa—. Creo que podemos considerar zanjado el asunto. Si las habitaciones le gustan, claro.

—¿Cuándo las veremos?

—Venga a recogerme mañana a las doce del mediodía. Iremos juntos y cerraremos el trato —me respondió.

—De acuerdo, a las doce en punto —le dije, estrechándole la mano.

Le dejamos trabajando con sus productos químicos, y regresamos caminando a mi hotel.

—Por cierto —pregunté de repente, parándome y dirigiéndome a Stamford—, ¿cómo demonios supo que vengo de Afganistán?

Mi compañero sonrió con una enigmática sonrisa.

—Esta es precisamente su pequeña peculiaridad —dijo—. Mucha gente se ha preguntado cómo descubre ese tipo de cosas.

—Vaya, ¿se trata de un misterio? —exclamé, frotándome las manos—. Es muy excitante. Le estoy reconocido por habernos puesto en contacto. «El más apropiado tema de estudio para la humanidad es el hombre», usted ya sabe.

—Entonces estudie a Holmes —dijo Stamford, al despedirse de mí—.

Me parece que le va a resultar un problema peliagudo. Apuesto a que él averiguará más cosas de usted que usted de él. Adiós.

—Adiós —le respondí.

Y seguí caminando hacia mi hotel, muy intrigado por el individuo al que acababa de conocer.

Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata