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domingo, 30 de mayo de 2021

MISTER HYDE APARECE

 

Volvía yo a casa desde el quinto pino, una oscura madrugada de invierno, a eso de las tres, y mi camino me llevó por una zona de la ciudad donde no había literalmente nada más que farolas. Calle tras calle, y todo el mundo durmiendo. Calle tras calle, decía, y las farolas iluminadas como si fuera a pasar una procesión, aunque todo estaba desierto como una iglesia. Bueno, pues me sumí en ese estado en el que uno escucha y escucha y empieza a tener ganas de encontrarse con un policía. De repente vi dos figuras: la de un hombre pequeño que andaba con mucho brío y la de una niña de unos ocho o diez años que corría con todas sus fuerzas por una calle transversal. Pues bien, amigo mío, al llegar a la esquina chocaron el uno con la otra, como es lógico. Y aquí viene la parte horrorosa, y es que el hombre, después de arrollarla, la pisoteó, sin inmutarse, y la dejó gritando en el suelo. Así contado no parece nada, pero verlo fue espeluznante. Más que un hombre parecía un Juggernaut. Di la voz de alarma, salí corriendo, agarré del cuello a mi caballero y lo llevé de nuevo donde la niña seguía gritando, para entonces rodeada de un buen grupo de personas. El desconocido estaba completamente tranquilo y no opuso resistencia, pero me dirigió una mirada terrorífica y me puse a sudar a chorros. Resultó que aquellas personas eran la familia de la niña, y poco después llegó el médico al que habían avisado. Bueno, la niña no había sufrido daños graves, aparte del susto, según el matasanos. Y quizá creas que ahí acabó todo, pero no fue así. Se dio una curiosa circunstancia. El caballero me había parecido repugnante a simple vista. Y lo mismo le ocurrió a la familia de la niña, como es natural. Pero fue la reacción del médico lo que me llamó la atención. Era el clásico curalotodo normal y corriente, de edad y aspecto indefinidos, con marcado acento de Edimburgo y la misma sensibilidad que un trozo de madera. Era como cualquiera de nosotros, pero cada vez que miraba a mi prisionero, veía yo que el matasanos se ponía enfermo y blanco, de las ganas de matarlo que tenía. Cada uno de nosotros sabía lo que pensaba el otro, pero, como matarlo era impensable, hicimos cuanto pudimos dadas las circunstancias. Amenazamos al individuo con organizar un escándalo capaz de arrastrar su nombre por el fango de punta a punta de Londres. Le dijimos que, si aún conservaba alguna amistad o algún prestigio, ya nos encargaríamos nosotros de que los perdiera. Y, a la vez que le poníamos de vuelta y media, hacíamos lo posible por tranquilizar a las mujeres, que querían atacarlo como arpías. En la vida había visto yo un círculo de rostros más llenos de odio, y en su centro aquel hombre, con una especie de frialdad honda y despectiva (aunque se le veía también asustado), pero sobrellevando la situación como un verdadero Satán.

»—Si lo que quieren es sacar partido de este accidente —dijo—, naturalmente me tienen en sus manos. Un caballero siempre procura evitar el escándalo. Díganme cuánto quieren.

»Así que le apretamos las tuercas hasta que le sacamos cien libras para la familia de la niña. Era evidente que no le hacía ninguna gracia, pero vio que podíamos hacerle daño y terminó por acceder. Lo siguiente era darnos el dinero. Y ¿qué crees que hizo entonces? Pues nos llevó precisamente a esa puerta: sacó una llave, entró y salió poco después con diez libras en monedas de oro y un cheque extendido contra la banca Coutts, por valor de la cantidad restante, al portador y firmado con un nombre que no puedo decir, aun cuando esta sea una de las claves de mi historia, porque se trata de un personaje muy conocido y frecuente en los medios impresos. La cifra era alta, pero la firma, si es que era auténtica, valía mucho más. Me tomé la libertad de señalar al caballero en cuestión que todo aquel asunto me parecía sospechoso y que un hombre, en la vida real, no entra por la puerta de un sótano a las cuatro de la madrugada y sale con un cheque que lleva estampado el nombre de otro por un valor cercano a las cien libras. Pero se mostró de lo más tranquilo y desdeñoso.

»—No se preocupen —dijo—. Me quedaré con ustedes hasta que abran los bancos y yo mismo cobraré el cheque.

»Conque nos marchamos los cuatro: el médico, el padre de la niña, nuestro amigo y yo, y pasamos lo que quedaba de la noche en mis habitaciones. Ya de día, después de desayunar, fuimos todos al banco. Yo mismo entregué el cheque diciendo que tenía fundadas razones para creer que era falso. Ni muchísimo menos. El cheque era auténtico.

»Es una historia sin pies ni cabeza. Porque mi hombre era un tipejo con el que nadie querría relacionarse, un hombre en verdad muy dañino, mientras que quien había extendido el cheque es un dechado de virtudes, famoso además, y (para colmo de males) una de esas personas que se dedican a hacer lo que llaman el bien. Un chantaje, me figuro; un hombre honrado obligado a pagar por algún desliz cometido en su juventud. (…)


»El caballero que arrolló a la niña se llamaba Hyde. No es fácil describirlo. Hay algo raro en su apariencia, algo desagradable, algo directamente detestable. Nunca he visto un hombre que me pareciera tan repulsivo, y, al mismo tiempo, no sé por qué. Debe de tener alguna deformidad. Da la sensación de que tiene alguna deformidad, pero no sabría decir cuál. Tiene un aspecto muy extraño y al mismo tiempo en realidad no puedo señalar nada que se salga de lo normal. No, señor. No veo por dónde cogerlo. No puedo describirlo. Y no es por falta de memoria, pues te aseguro que ahora mismo lo estoy viendo.

Robert Louis Stevenson, El Doctor Jeckyll y Mister Hyde

domingo, 24 de marzo de 2019

UN LIBRO Y UN MISTERIO



—¡La Flecha Negra! Es estupendo. ¡La Flecha Negra! Este fue uno de los primeros libros que yo leí. ¿Lo conoce usted, Albert? Piense que yo estaba leyendo cuando usted no había nacido todavía. A ver… Déjeme pensar. La Flecha Negra. Sí, desde luego… Había una pintura en la pared, con unos ojos a través de los cuales miraban otros auténticos. Un argumento espléndido, interesante. Imponía, ¿eh? Daba miedo. ¡Oh, sí! La Flecha Negra. Giraba en torno… ¿al gato, al perro? Bueno, esto era así: El gato, la rata y «Lovell», el perro, rigen Inglaterra bajo el cerdo. El cerdo era Ricardo III, por supuesto. Aunque ahora se escriben libros en que los autores afirman que fue un rey verdaderamente maravilloso. No era un villano, en absoluto, dicen. Pero yo no les creo. Shakespeare no era de tal parecer. Recuerdo que al principio de una de sus obras teatrales hizo decir a Ricardo: «Estoy decidido a demostrar que soy un villano». ¡Oh, sí! La Flecha Negra.
—¿Desea algún otro libro, señora?
—No, gracias, Albert. Me siento demasiado fatigada para continuar ya.
—Perfectamente. Debo comunicarle, señora, que el señor telefoneó para decir que se retrasaría media hora.
—Bueno, no importa —contestó Tuppence.
Esta se sentó en un sillón, abriendo La Flecha Negra y enfrascándose en la lectura del libro.
—Esto es maravilloso —comentó en voz alta—. Como lo he olvidado en su casi totalidad, disfrutaré lo mío leyéndolo de nuevo. Hace años me proporcionó muchas emociones.
Se hizo el silencio a su alrededor. Albert regresó a la cocina. Tuppence fue recostándose en el sillón. El tiempo fue pasando. Acurrucada en aquel sillón, un tanto desvencijado, la esposa de Thomas Beresford buscaba gozos del pasado, aplicándose a la lectura de La Flecha Negra, de Robert Louis Stevenson (…)
Arriba, Tuppence continuaba sentada en el sillón medio desvencijado, leyendo La Flecha Negra. Habían aparecido unos pliegues en su frente. Acababa de dar con algo sumamente curioso: en una de aquellas páginas habían sido subrayadas algunas palabras. Tuppence se había pasado los últimos quince minutos estudiando aquel curioso fenómeno. No acertaba a ver la razón de aquel subrayado. No formaban los vocablos una secuencia completa; no se trataba de ninguna cita. Alguien había querido aislar aquellas palabras de las demás subrayándolas con tinta roja. Leyó una vez más, en voz baja: «Matcham no pudo reprimir un grito y miró a Jack, quien hizo un movimiento de sorpresa, escapándosele la ventana de las manos. Todos avanzaban a pie, con las espadas y dagas a punto. Ellis levantó una mano. Le brillaban los ojos»… Tuppence movió la cabeza, dudosa. Aquello carecía de sentido.
Se acercó a la mesa, donde había unas cuantas hojas de papel, enviadas por la imprenta para que los Beresford escogieran el modelo que más les gustara, a fin de confeccionar las cartas con membrete que llevarían su nueva dirección: «Los Laureles».
—¡Qué nombre tan tonto! —exclamó Tuppence—. Ahora, si andamos cambiando nombres a cada paso lo único que podemos conseguir es que se extravíen las cartas que nos dirijan.
Se aplicó a la tarea de copiar algunas letras. Fue entonces cuando se dio cuenta de una cosa que no había advertido antes.
—Esto ya cambia —consideró Tuppence.
De repente, oyó la voz de Tommy.
—¿Todavía con eso? —inquirió aquel—. La cena está lista, prácticamente. ¿Cómo marchas con tus libros?
—Este lote me está dando trabajo —contestó Tuppence—, mucho trabajo.
—¿Por qué?
—Aquí tienes La Flecha Negra, de Stevenson. Tuve el capricho de emprender su lectura de nuevo… Todo iba bien, hasta que de pronto me he encontrado con un montón de palabras subrayadas con tinta roja.
—¿Y qué tiene eso de particular? Muchas veces, mientras uno lee un libro, subraya palabras y frases que le han llamado la atención. Son cosas que uno quiere recordar. En ocasiones, es una cita, un pensamiento atinado… Bueno, tú me entiendes.
—Te entiendo, pero esto de que te hablo no tiene nada que ver con lo que tú dices. Además, se trata de letras, solamente.
—¿De letras? —preguntó Tommy.
—Acércate. Mira…
Tommy se dejó caer sobre uno de los brazos del sillón, procediendo a leer el texto que tanto había llamado la atención a Tuppence.
—Esto no tiene sentido —opinó Tommy.
—Es lo que yo misma me dije al principio, pero la verdad es que sí que lo tiene.
Sonó el timbre en la planta baja.
—La cena está lista.
—No importa —repuso Tuppence—. Quiero explicarte esto antes de que nos sentemos a la mesa. Hablaremos de ello más tarde, pero… Resulta algo extraordinario, realmente. Quiero que lo veas ahora mismo, Tommy.
—Está bien. ¿Qué pasa, Tuppence? ¿Has dado con alguna adivinanza?
—No, no es una de mis adivinanzas. Verás que en este papel he ido anotando unas letras… Fíjate. La M de «Matcham» está subrayada, así como la a. A continuación vienen otras letras. El autor de esto ha ido aislándolas sucesivamente. Después tienes la r de «reprimir», la y que une dos frases, la j de «Jack» la o de «hizo», la primera r de «sorpresa», la d de «de», la primera a de «avanzaban», la n y la o de «levantó», la m de «mano»…
—Ya está bien, Tuppence, ¡por el amor de Dios!
—Espera, espera… Tengo que llegar hasta el final. Ahora hay que ir colocando esas letras sobre el papel, una tras otra, lo que he hecho con las primeras. Ahí tienes: M-A-R-Y. Estas cuatro letras estaban subrayadas.
—¿Qué has compuesto entonces?
—Un nombre: Mary.
—Muy bien. Aquí debió vivir alguien que se llamaba así. Una chiquilla dotada de bastante imaginación. Supongo que se propondría hacer saber a todo el mundo que este libro era de su propiedad. La gente es muy aficionada a escribir sus nombres en las páginas de los libros y otras cosas.
—De acuerdo. Ya tenemos el nombre: Mary —dijo Tuppence—. Después, si colocamos las letras que vienen a continuación una tras otra tendremos una nueva palabra: J-o-r-d-a-n.
—¿No ves? Mary Jordan. Muy natural. Ya conoces el nombre completo de la chica. Se llamaba Mary Jordan.
—Bueno, ocurre que este libro no era de su propiedad. Al principio, escrito con una letra infantil, se lee un nombre masculino: Alexander. Alexander Parkinson, creo.
—¿Tiene eso realmente alguna importancia?
—Desde luego que la tiene —manifestó con énfasis Tuppence.
—Vámonos, querida. Tengo hambre.
—Aguántala por unos instantes. Voy a leerte lo que viene después. Las letras están cogidas en varias páginas, conforme las necesitaba el autor de todo esto. Las letras es lo que interesa, no las palabras que las proporcionan. Veamos… Ya tenemos Mary Jordan… Juntemos las que vienen luego: n-o m-u-r-i-ó d-e m-u-e-r-t-e n-a-t-u-r-a-l, es decir, Mary Jordan no murió de muerte natural. ¿Qué te parece? Vamos con otras palabras, puesto que las hay —hubo una pausa, añadiendo finalmente Tuppence—: Ya estamos en lo último: Fue uno de nosotros. Yo creo saber quién. Eso es todo. Ya no he podido localizar nada más. Pero resulta muy intrigante, ¿eh?
—Bueno, Tuppence —dijo Tommy—, espero que no vayas a inventarte ahora una historia fantástica acerca de esto.
—No te entiendo. ¿Qué quieres decirme con esas palabras?
—Que no vayas a pensar que se trata de un misterio…
—Es un misterio realmente para mí, claro —afirmó Tuppence—. Mary Jordan no murió de muerte natural. Fue uno de nosotros. Yo creo saber quién. ¡Oh, Tom! Tienes que reconocer que estamos ante un enigma de lo más intrigante.

Agatha Christie, La Puerta del Destino

martes, 25 de diciembre de 2018

NAVIDAD EN EL MAR


Las velas se habían congelado y herían a la mano desnuda que las rozaba,
la cubierta era una capa de hielo en la que un hombre de mar apenas podía sostenerse;
el viento soplaba por el nornoroeste, desde el mar bruñido de borrasca,
y sólo los acantilados y los borbollones nos resguardaban a sotavento.

Antes de que rompiera el alba, se escuchó el bramido de las olas,
mas fue sólo con la irrupción de la luz que descubrimos la gravedad de nuestra situación.
Al instante, en un alarido, enclavamos nuestras manos en cubierta,
sujetamos la cofa y nos mantuvimos alertas para dirigir el navío.

Todo el día viramos y viramos entre el Cabo Sur y el Cabo Norte,
todo el día tiramos de las velas congeladas, sin resultado.
Todo el día, frío como la caridad, con gran dolor y con temor,
a fin de asirnos a la vida, por instinto, viramos de un Cabo a otro.

Intentamos eludir el derrotero del Cabo Sur, pues hacia allá la marea se avenía más calma,
pero cada golpe de timón más nos acercaba al Cabo Norte.
Así, pues, vimos el acantilado y las casas, y a las imponentes olas elevarse hasta las nubes,
y al guardacostas en su jardín, siguiéndonos con su catalejo.

La escarcha cubría los techos de la villa, blanca como la espuma del mar,
y el fuego, rojo y reconfortante, ardía luminoso en cada hogar a lo largo de la costa;
las ventanas titilaban con claridad, las exhalaciones de las chimeneas no cesaban,
y juro que percibimos el aroma de las viandas, conforme el navío cambiaba de curso.

Con regocijo sonaron las campanas de la iglesia, hasta el estremecimiento...
pues es justo que les diga que, de todos los días del año,
aquel día de nuestra desventura no fue sino la sagrada mañana de Navidad,
y aquella casa apenas más allá del hogar del guardacostas, el hogar en el que yo nací.

Bien atendí la calidez de la habitación, y la calidez de los rostros que me recibían:
los plateados anteojos de mi madre, el plateado cabello de mi padre;
y atendí también al fogón y sus brasas, un revoloteo de espíritus hogareños
que danzaba hacia la valija china, que descansaba solemnemente en la repisa.

Y bien supe de qué hablaban: no hablaban sino de mí,
de la sombra en el hogar y del hijo que se hizo a la mar,
y del inquieto rapaz, el perfecto idiota que debí parecerles, por innúmeras razones,
al estar allí, estrujado por mis ropas congeladas en el sagrado día de Navidad.

El faro se encendió, la oscuridad comenzó a instalarse en la costa.
“¡Todas las manos, a aligerar las gavias!”. Escuché el llamado del capitán.
“¡Por Dios, el navío no lo soportará!”, replicó Jackson, nuestro primer oficial.
“No hay alternativa. O salimos a flote o nos hundimos, oficial Jackson”, el capitán replicó.

En un vaivén, el navío se tambaleó... pero las velas eran nuevas, y eran las mejores...
y el navío se orientó a barlovento, como si nos hubiera comprendido;
y conforme la invernal jornada llegaba a su fin, a las puertas de la noche,
despejamos la agreste lengua de tierra, y una luz nos arropó.

Y cuando la proa apuntaba, nuevamente, hacia el próvido sendero del mar,
toda la tripulación dejó escapar un lánguido suspiro de alivio. Todos menos yo.
Pues lo único en lo que podía pensar, bajo el frío y la oscuridad,
era que, una vez más, me alejaba de mi hogar... y que mis padres... que mis padres envejecían.

Robert Louis Stevenson

martes, 17 de abril de 2018

LA ISLA DE LOS LIBROS ANDANTES


                Londres, siglo XVIII

Cuando el capitán Lemuel Gulliver vuelve de sus largos viajes, le habla a su hijo de tierras remotas gobernadas por caballos parlanchines, de unas tierras habitadas por gigantes o de otras habitadas por enanos, de hombres que nunca envejecen ni mueren, de vacas gigantescas que pueden alimentar ejércitos, de sedas de araña más fuertes que las sogas de los barcos.

Fascinado por estas historias, John le arranca a su padre la promesa de que le acompañará en su próximo viaje. Al irse sin él, John, que apenas tiene diez años, decide escaparse de casa y enrolarse con engaños en el Antílope, un mercante que va rumbo a la India.

Llevando en su equipaje un libro de Shakespeare, John parte en busca de su padre. En su viaje se encontrará con piratas, tormentas, extrañas costumbres y gentes (pero menos extrañas que las que le ha contado su padre de sus viajes). En su travesía por medio mundo, naufraga en una isla donde los libros andan y se comportan como seres vivos.

Vicente Muñoz Puelles con esta novela hace un homenaje a las aventuras clásicas en el mar. Partiendo de Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, traza una trama que nos recuerda en muchos momentos otras historias contadas por R. L. Stevenson, Defoe, Sabatini, Verne, etc.. Pero este homenaje a la lectura no termina ahí: tenemos esa extraña isla a la que va a llegar nuestro protagonista, o, cuando al comienzo de la obra, nos cuenta cómo aprendió a leer.

Es una historia corta, que te atrapa desde las primeras páginas, con letra grande, lo que facilita la lectura a los pequeños lectores. El lenguaje es sencillo, con frases cortas. Resulta llamativa la fe que tiene el niño en las aventuras que le cuenta su padre frente a las burlas de los marineros cuando John les pregunta por tierras como Liliput, Brobdingnag, Laputa, Luggnagg…

viernes, 1 de diciembre de 2017

CUENTOS DE NAVIDAD DE LOS HERMANOS GRIMM A PAUL AUSTER


La Navidad, siempre muy presente en la literatura, ha inspirado relatos magníficos, y son muchos los grandes escritores que se han acercado a ella. En esta antología se refleja la alegría, el sentido de comunidad, la excitación espiritual, la oportunidad de cambio, los deseos, la nostalgia e incluso el rechazo que estas fechas despiertan en muchos de nosotros, porque, si bien es cierto que la tradición invita a los buenos sentimientos, no lo es menos que se presta a una variedad sorprendente de estilos y de tonos: no faltan aquí ni el humor, ni la oscuridad, ni la crítica social, ni la fantasía, ni la tragedia. De Berlín a Brooklyn, de un pueblecito sardo a un rancho del Lejano Oeste, de la Provenza a Nueva Zelanda, de un aristocrático salón a un pueblo de mineros, de Dublín a un cohete espacial…: en todos esos lugares veremos celebrar la Nochebuena, la Navidad, el día de San Esteban, la Nochevieja o el día de Reyes, y en todos ellos ocurrirá algo que ilustre el espíritu navideño… o bien lo desmienta.

Los 38 Cuentos de Navidad seleccionados por Marta Salís proceden de distintas tradiciones occidentales (anglosajona, germánica, nórdica, mediterránea, eslava). De los hermanos Grimm y E. T. A. Hoffmann hasta Joyce, Capote o Auster, y alternando clásicos con piezas poco conocidas e inéditas, este volumen abarca dos siglos de literatura navideña desde los ángulos más distintos y con las más diversas intenciones.

Veamos algunos de los cuentos que ha publicado  Alba Editorial en esta antología.

Encontramos cuentos clásicos, como Canción de Navidad de Dickens o La Niña de los Fósforos de Andersen. Arthur Conan Doyle nos trae un relato de Holmes: La Aventura del Carbunclo Azul.  De Robert Louis Stevenson tenemos Markheim, un relato inquietante sobre la predestinación y la libertad humana para evitar el mal ambientado día de Navidad. Fiódor M. Dostoievski nos trae Un Árbol de Navidad y una Boda, donde el espíritu social de las fiestas navideñas destaca las diferencias de clase y propicia ocasiones para los más mezquinos cálculos. ¿Qué decir de Ray Bradbury con El Regalo? Simplemente, muchas noches me asomó a la ventana para contemplar su  fascinante árbol de Navidad. O. Henry nos habla del sacrificio personal en El Regalo de los Magos. O el inolvidable Los Muertos de James Joyce. También tenemos a tres autores españoles: Emilia Pardo Bazán, Valle Inclán y Clarín.

domingo, 11 de junio de 2017

ME LEEN UNA HISTORIA


Éste es el libro que más me gusta de todo el mundo, aunque nunca lo he leído.
¿Cómo puede ser semejante cosa? Haré lo imposible por explicarlo. Cuando era niño, los libros no me interesaban nada. Detestaba leer, no se me daba nada bien, y, además, ¿cómo dedicarse a la lectura cuando había montones de juegos que esperaban ser jugados? El baloncesto, el béisbol, las canicas: era incansable. Incluso llegué a ser bastante bueno, pero si me daban una pelota y un patio vacío, era capaz de inventarme triunfos en el último segundo, triunfos que hacían saltar las lágrimas. El colegio era una tortura. La señorita Roginski, que fue mi maestra desde los cursos tercero al quinto, no paraba de decir a mi madre: «Tengo la impresión de que Billy no se esfuerza todo lo que debiera». O: «Cuando le pongo un examen, Billy lo hace realmente muy bien, sobre todo si tenemos en cuenta su actitud en la clase». O, con más frecuencia: «Señora Goldman, no sé qué vamos hacer con Billy».
¿Qué vamos a hacer con Billy? Esa pregunta me persiguió durante aquellos primeros diez años. Fingía que no me importaba, pero en el fondo, me sentía petrificado. Todo el mundo y todas las cosas me dejaban de lado. No tenía amigos de verdad, ni una sola persona que compartiera conmigo mi desmesurado interés por los deportes. Parecía ocupado, muy ocupado, pero supongo que, de apurarme, habría reconocido que, a pesar de tanto frenesí, me encontraba muy solo.

**********************

Las pulmonías de ahora no son lo que eran antes, sobre todo cuando yo la tuve. Estuve como diez días ingresado en el hospital y después me enviaron a casa para el largo período de convalecencia. Me parece que me pasé otras tres semanas más en cama, un mes quizá. No me quedaban energías, ni siquiera para mis juegos. No era más que un pelmazo en período de recuperación de fuerzas. Punto.
Así es como tenéis que imaginarme cuando me encontré con La Princesa Prometida.
Era la primera noche que pasaba en casa después de salir del hospital. Exhausto; seguía siendo un enfermo. Entró mi padre, supuse que a darme las buenas noches. Se sentó al pie de mi cama.
—Capítulo uno. La prometida —dijo.
Sólo entonces levanté la vista y vi que llevaba un libro. Eso, por sí solo, era sorprendente. Mi padre era casi, casi, analfabeto. En inglés. Venía de Florin (donde se desarrolla La Princesa Prometida) y allí no había sido ningún tonto. En cierta ocasión dijo que habría acabado siendo abogado, y puede que fuera cierto. La cuestión es que a los dieciséis años probó suerte y se vino a América, apostó por la tierra de las oportunidades y perdió. Aquí nunca encontró nada que le viniera bien. No era de aspecto atractivo: muy bajito, calvo desde joven, y le costaba mucho aprender. Una vez que captaba una idea, se le quedaba grabada, pero las horas que tardaba en metérsele en la cabeza eran algo increíble. Su inglés siempre fue ridículamente inmigrante, y eso tampoco le ayudó mucho. Conoció a mi madre durante un viaje en barco; más tarde se casaron y cuando creyó que podían permitirse el lujo, me tuvieron a mí. Trabajó toda la vida como segundo barbero en la barbería de menos éxito de Highland Park, Illinois. Hacia el final, solía dormitar todo el día sentado en su silla. Y así fue como murió. Llevaba muerto una hora cuando el otro barbero se dio cuenta; hasta ese momento, había creído que mi padre estaba echando una buena siesta. Tal vez fuera así. Tal vez todo se reduzca a eso. Cuando me lo dijeron me sentí terriblemente afectado, pero al mismo tiempo pensé que aquella forma de marcharse era casi como una prueba de cómo había sido su existencia.
En fin, que entonces le dije:
—¿Eh? ¿Cómo? No te he oído.
Estaba muy débil y terriblemente cansado.
—Capítulo uno. La prometida. —Entonces levantó el libro—. Te lo voy a leer para que te relajes. —Prácticamente me metió el libro en la cara—. De S. Morgenstern. Un gran escritor florinés. La princesa prometida. Él también se vino a América. S. Morgenstern. Murió en Nueva York. Lo escribió en inglés. Hablaba ocho lenguas. —A estas alturas mi padre dejó el libro y me enseñó los dedos—. Ocho. Una vez, en la ciudad de Florin, estuve en su café. —Meneó la cabeza; mi padre siempre meneaba la cabeza cuando decía algo mal—. No era su café. Él estaba en el café, y yo también, al mismo tiempo. Lo vi. A S. Morgenstern. Tenía una cabeza así de grande —y colocó las manos como para formar un globo enorme—. Gran hombre en la ciudad de Florin. No tanto en América.
—¿Trae algo de deportes?
—Esgrima. Lucha. Torturas. Venenos. Amor verdadero. Odio. Venganzas. Gigantes. Cazadores. Hombres malos. Hombres buenos. Las damas más hermosas. Serpientes. Arañas. Bestias de todas clases y aspectos. Dolor. Muerte. Valientes. Cobardes. Forzudos. Persecuciones. Fugas. Mentiras. Verdades. Pasión. Milagros.
—Pinta bien —dije, y medio cerré los ojos—. Haré lo posible por no dormirme…, pero tengo muchísimo sueño, papá…
¿Quién puede saber cuándo su mundo va a cambiar? ¿Quién es capaz de decir antes de que ocurra, que todas las experiencias anteriores, todos los años, fueron una preparación para… nada? Imaginaos lo siguiente: un anciano casi analfabeto que luchó con un idioma enemigo, un niño casi exhausto que lucha contra el sueño. Y entre ambos sólo las palabras de otro extranjero, traducido con dificultad de los sonidos nativos a los extranjeros. ¿Quién podía sospechar que por la mañana ese niño se despertaría siendo distinto? De lo único que me acuerdo es de que traté de vencer la fatiga. Incluso al cabo de una semana no me había dado cuenta de lo que había comenzado aquella noche, de las puertas que se cerraban de golpe mientras otras salían a la luz. Tal vez debí haber presentido algo, o tal vez no; ¿quién puede presentir la revelación en el aire?
Lo que ocurrió fue simplemente esto: la historia me enganchó.
Por primera vez en mi vida, sentía un interés activo por un libro. Yo, el fanático de los deportes; yo, el enloquecido por los partidos; yo, el único niño de diez años de Illinois que odiaba el alfabeto pero que quería saber qué ocurría después.
¿Qué fue de la hermosa Buttercup y del pobre Westley y de Íñigo, el más grande espadachín de la historia mundial? ¿Y cuan fuerte era en realidad Fezzik? ¿Tendría límites la crueldad de Vizzini, el endiablado siciliano?
Cada noche mi padre me leía un capítulo tras otro, luchando siempre para que las palabras sonaran correctamente, para atrapar el sentido. Y yo yacía allí tumbado, con los ojos entrecerrados, mientras mi cuerpo recorría lentamente el largo camino que le devolvería las fuerzas. Como ya he dicho, la convalecencia duró aproximadamente un mes, y en ese tiempo, mi padre me leyó dos veces La princesa prometida. Aunque podía leer yo solo, este libro era suyo. Jamás se me habría ocurrido abrirlo. Quería la voz de mi padre, sus sonidos. Más tarde, incluso muchos años más tarde, en ocasiones solía decir: «¿Qué tal si me lees el duelo que Íñigo y el hombre de negro sostienen en el acantilado?». Y mi padre solía gruñir y mascullar, se iba a buscar el libro, se humedecía el pulgar con la lengua, y volvía las páginas hasta que empezaba la fantástica batalla. Me encantaba. Incluso hoy, cuando surge la necesidad, así es como evoco el recuerdo de mi padre. Encorvado, esforzando la vista y deteniéndose ante una palabra difícil, tratando de ofrecerme la obra maestra de Morgenstern lo mejor que podía. La Princesa Prometida le pertenecía a mi padre.
Todo lo demás era mío.
No hubo historia de aventuras que se salvara de mí.
«Pero vamos —le decía a la señorita Roginski cuando me restablecí—. Sigue recomendándome a Stevenson cuando ya me lo he leído todo. ¿A quién leo ahora?».
«Prueba con Scott —me sugería ella—, y vamos a ver si te gusta».
Y yo probaba con el viejo sir Walter y me gustaba lo suficiente como para tragarme media docena de libros en diciembre (gran parte del mes eran las vacaciones de Navidad, por lo tanto, no tenía que interrumpir la lectura nada más que de vez en cuando para comer algo).
«¿Y ahora quién más?».
«Tal vez Cooper —me decía ella». Y yo venga a leer El cazador de ciervos y todo lo demás sobre los rastreadores, y un buen día, por mi cuenta me topé con Dumas y D’Artagnan y esos dos tíos me tuvieron entretenido gran parte de febrero.
«             Te has convertido en un adicto a la novela ante mis propios ojos —me dijo la señorita Roginski—. ¿Sabes que ahora te pasas más tiempo leyendo del que solías pasarte jugando? ¿No te das cuenta de que están empeorando tus notas de matemáticas?».
No me importaba cuando me criticaba. Estábamos solos en la clase, y la perseguía para que me sugiriese a alguien interesante que devorar. Meneó la cabeza y me dijo: «Billy, no cabe duda de que estás floreciendo. Delante de mis propios ojos. La cuestión es que no sé en qué te convertirás».
Yo me quedé ahí esperando a que me dijera el nombre de algún autor.
«Eres insoportable, mira que quedarte ahí esperando… —se detuvo un segundo para pensar—. Está bien. Prueba con Hugo. El Jorobado de Notre Dame».
«Hugo —dije yo—. El Jorobado. Gracias». —Me volví dispuesto a salir corriendo hacia la biblioteca. Mientras me iba, la oí suspirar lo siguiente:
«Esto no durará. No puede durar».
Pero duró.
Y dura. Soy tan fanático de las aventuras ahora como lo era entonces, y esto nunca tendrá fin. Aquel primer libro mío que mencioné, El templo del oro, ¿sabéis de dónde saqué el título? De la película Gunga Din; la he visto dieciséis veces y sigo pensando que es la película más estupenda de aventuras que jamás, repito, que jamás se haya filmado.
William Goldman, La Princesa Prometida



jueves, 21 de julio de 2016

CALLEJEANDO POR LONDRES


             Ya hemos vuelto de vacaciones.

El dónde lo vais a poder ver enseguida. Lo bueno es que, sin buscarlo, muchas calles me recordaban libros y lecturas, como podéis comprobar. También recordaba viejas canciones, que me asaltaban en determinadas esquinas:

Escríbeme, por favor, y cuéntame cosas de Londres. Vivo esperando el día en que pueda bajar del ferry y sentir bajo mis pies sus sucias aceras. Quiero ir caminando hasta Berkeley Square, bajar luego por Wimpole Street, estar un rato en el interior de la catedral de San Pablo, donde predicaba John Donne, sentarme en el escalón donde Isabel se sentó cuando se negó a entrar en la Torre, v cosas así. Un periodista que conozco, que estuvo destinado en Londres durante la guerra, dice que los turistas viajan a Inglaterra con ideas preconcebidas y que por eso encuentran exactamente lo que buscan. Yo le expliqué que me gustaría ir en busca de la Inglaterra de la literatura inglesa, y me respondió: «Pues está allí, sí.»
Helene Hanff, 84 Charing CrossRoad



         Sucedió que una de estas caminatas llevó a los dos amigos hasta una callejuela de un barrio muy concurrido de Londres. La calle era pequeña y estaba lo que se dice tranquila, aunque los días laborables desplegaba una próspera actividad comercial. Al parecer a sus vecinos les iban bien las cosas y todos tenían la ambición de que les fueran todavía mejor para gastar en coqueterías el excedente de sus ingresos; de ahí que los escaparates se sucedieran con un aire tentador como filas de sonrientes dependientas. Incluso los domingos, cuando un velo cubría sus más floridos encantos y estaba casi desierta en comparación con el resto de la semana, la calle relucía en contraste con la suciedad del barrio como una hoguera en mitad de un bosque y, con sus contraventanas recién pintadas, sus bronces bien pulidos y su nota general de alegría y limpieza, al instante captaba y complacía la mirada de los transeúntes.

A dos puertas de una esquina, a mano izquierda yendo hacia el este, interrumpía la línea de las fachadas la entrada a un patio y, justo en este punto, un edificio algo siniestro invadía la calle con su portal. Era una construcción de dos pisos, sin ventanas, con una sola puerta en la planta baja y un muro ciego y deslucido en la planta superior, que en todos sus detalles llevaba impresa la sórdida marca del abandono. La pintura de la puerta, desprovista de campana o llamador, formaba burbujas en unas partes y se había desprendido en otras. Los vagabundos se acurrucaban en el quicio y prendían sus fósforos en los cuarterones; los niños montaban tiendas en los peldaños; algún colegial había probado su navaja en los marcos, y por espacio de casi una generación no parecía que nadie hubiese ahuyentado a estos visitantes fortuitos ni reparado en los destrozos que causaban.

Robert Louis Stevenson, El Doctor Jeckyll y Mister Hyde

martes, 21 de junio de 2016

TERROR EN EL LABORATORIO: DE FRANKENSTEIN AL DR MOREAU


                Esta exposición del Espacio Fundación Telefónica profundiza en los experimentos científicos y las creaciones arquetípicas del S.XIX, así como en las derivas iconográficas de Frankenstein y otros seres como Mr. Hyde, el Hombre invisible o las criaturas del doctor Moreau.
El verano de 1816, los escritores Lord Byron, Mary y Percy Shelley y John Polidori, entre otros, se reunieron en Villa Diodati, cerca del lago Leman, en Suiza, para pasar sus vacaciones. El mal tiempo por la erupción del volcán Tambora, en Indonesia, provocó grandes anomalías climáticas en todo el mundo y obligó a los escritores a encerrarse en la villa. Para entretenerse, decidieron contar historias de terror y de este encuentro surgió la que hoy es una de las mejores obras literarias de terror de la historia: Frankenstein de Mary Shelley, un clásico de la literatura del siglo XIX y un pilar de la cultura occidental.

El Espacio Fundación Telefónica conmemora los 200 años de este encuentro con  una exposición que reflexiona sobre la época en la que diferentes personajes ideados por escritores tan reconocidos como Stevenson, Wells, Hoffmann o Villiers de L`Isle-Adam, se convirtieron en iconos de la literatura de ciencia ficción.


Una literatura que está representada en la exposición a través de seis grandes obras: Frankenstein o el Moderno Prometeo, de Mary Shelley, La Isla del Doctor Moreau, de H. G. Wells, El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, de R. L. Stevenson, El Hombre Invisible, de H. G. Wells, El Hombre de la Arena,  de E. T. A. Hoffmann o La Eva Futura, de Auguste Villiers de L`Isle-Adam. Obras que trataban temas tan atemporales que siguen teniendo vigencia hoy como la genética, la robótica o la inteligencia artificial. Estos asuntos polémicos hunden sus raíces, en muchos casos, en esa imagen fáustica del científico como imagen última de Adán que, por buscar el conocimiento, recibió el castigo de la expulsión del Paraíso.

La muestra analiza también los antecedentes reales que van más allá de la propia historia literaria y el contexto que los rodeaba a finales del XIX. Un contexto en el que se parte del laboratorio como lugar de creación donde el científico, enajenado, juega a ser Dios con resultados terroríficos encarnados en una criatura antropomorfa que puede ser un monstruo, su doble o un autómata.



EL DOBLE es el primer bloque de la exposición y aborda la materialización del lado oscuro o la invisibilidad como método de refracción. El romanticismo se interesa especialmente por el fenómeno del doble como materialización del lado oscuro y misterioso del ser humano (lo que Jung llamará la Sombra). De este interés surgen icónicos protagonistas en varias obras literarias de ciencia ficción y literatura fantástica. Robert Louis Stevenson publica en 1886 El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Quizás uno de los ejemplos literarios más brillantes de doble fantasmagórico generado por la escisión del individuo y la encarnación de su ego reprimido. Stevenson se hizo eco de la doble moral propia de la sociedad victoriana, cuyos destacados miembros podían dejarse llevar por los vicios nocturnos (alcohol, violencia, juego, prostitución o drogas). H.G. Wells publica por su parte en 1897 El Hombre Invisible, una de las principales novelas de ciencia ficción, donde intenta esbozar un método “realista”: no se limita sólo a la transparencia, sino que también manipula la refracción.

El segundo de los bloques, el dedicado a EL AUTÓMATA, realiza un recorrido por la invención de criaturas mágicas y carentes de alma como las máquinas capaces de reproducir a la perfección el aspecto y comportamiento humano. Las obras literarias que lo escenifican son El Hombre de la Arena, el relato más popular de E.T.A. Hoffmann, en el que narra el enamoramiento de un joven hacia una autómata carente de alma que le lleva a locura. Otra de las obras destacadas es La Eva Futura, de Auguste Villiers de L`Isle-Adam, en la que el autor crea una bella mujer androide causante de un amor espiritualmente superior.



     El último está dedicado al personaje de EL MONSTRUO, cuyo principal ejemplo es Frankenstein o el Moderno Prometeo, de Mary Shelley, obra de terror gótico de la que una figura esencial en la literatura y la cultura popular. La novela pionera de Shelley planteaba la analogía entre científico y creador divino, combinando el terror gótico con planteamientos propios de la ciencia ficción moderna. Con Frankenstein nació una figura esencial en la literatura y la cultura popular: la del científico loco, el doctor chiflado. La novela de Mary Shelley se inspiró tanto en el mito de Prometeo, en El Paraíso Perdido de Milton, en los experimentos de Luigi Galvani con la electricidad en los músculos y en las especulaciones de Erasmus Darwin sobre la reanimación de microorganismos muertos. Sin embargo, la novela tiene un trasfondo es profundamente moralista, ya  que la osadía prometeica de Victor Frankenstein le acarrea terribles consecuencias. La creación de seres artificiales es una invención tan prodigiosa para unos como ofensiva para otros.

La vivisección fue también otra gran protagonista de la crónica científica del siglo XIX. Las prácticas de François Magendie y Claude Bernard provocaron protestas, pero sus descubrimientos sentaron las bases de la fisiología experimental. Pensadores como Jeremy Bentham o Schopenhauer manifestaron su rechazo, mientras que Darwin declaró sus dudas sobre si la vivisección podría ser tolerada. La Isla del Doctor Moreau, de H. G. Wells, cuyo hilo argumental está basado en los experimentos de un científico a caballo entre animales y seres humanos, demuestra que no lo consiguieron y ese debate sigue candente hoy en día.

lunes, 14 de marzo de 2016

¿DE DÓNDE SACA USTED SUS ARGUMENTOS?

Ésta es la pregunta que suele hacérsele a todo escritor.

Para contestarla, el autor corriente puede acudir a una explicación sencilla y plausible; como por ejemplo, diciendo que es «un observador de la vida diaria», o «un interesado en la naturaleza humana», o bien, que tiene afición a la investigación histórica… o que se basa en su propia experiencia.

En contraste, el que escribe otras de tipo «fantástico» no puede fundamentar sus argumentos en hechos de la vida real, puesto que se ocupa de asuntos relativos al más allá. Tampoco puede afirmar que se interesa exclusivamente en la naturaleza humana, ya que la naturaleza «inhumana» es objeto, muy a menudo, de su atención y consideración. Y en cuanto a sus investigaciones históricas, quedan casi siempre relegadas a lo referente a la leyenda y a la mitología.

El prólogo normal de una colección de cuentos de ficción consiste en una disertación sobre literatura imaginativa; con abstracción de cualquier consideración sobre los motivos que impulsan al autor para crear sus propias obras. En efecto: tan reacio es el autor de cuentos fantásticos a explicar el origen de su inspiración, que nunca he tenido ocasión de leer una explicación sobre tal tema. Por eso se me ocurre sugerirle al lector la idea de que un autor de relatos de fantasía puede ser considerado como si estuviera representando el doble papel del doctor Jekyll y míster Hyde.

El doctor Jekyll, o sea, el autor en su vida corriente, es un hombre completamente normal. Su esposa no le teme, sus hijos no chillan, horrorizados, cuando él entra en casa, y sus amigos y compañeros de trabajo no tiemblan nunca en su presencia; pero cuando este apacible individuo se recluye en la intimidad de su estudio y empieza a escribir… entonces, y al conjuro del papel y de la máquina de escribir, se transforma en una especie de monstruoso «míster Hyde». Al igual que ocurría en el famoso relato de Stevenson, desaparece la máscara de humanidad con que se envuelve diariamente, para mostrar otro aspecto muy distinto de su personalidad. Y allí, encerrado a solas en su gabinete de trabajo, se olvida del mundo exterior, del que le rodea constantemente, y piensa tan solo en los mundos que existieron, en los que existirán… y en los que podrían coexistir con el verdadero y actual.

Pavorosa sabiduría, en verdad, la del autor de cuentos fantásticos, que está enterado de a favor de qué vientos cabalgan las brujas sobre sus escobas, y de qué artes se valen los hechiceros para maquinar sus encantamientos; que ha tenido tratos con los inquilinos de las tumbas, y que ha yacido en un sepulcro, junto al horrendo Vampiro. El cráneo de un demente no encierra ningún secreto que él no conozca. Sus ojos pueden mirar de frente y sin pestañear a la terrible Medusa; sus oídos perciben el rumor que producen las larvas en sus festines; sus fosas nasales están saturadas del hediondo olor procedente de las cárcavas; y su boca se halla conformada para dar satisfacción a muy extraños apetitos.

Esencialmente, el autor de cuentos fantásticos está empeñado en la composición de una especie de conferencia ilustrada con proyecciones: la historia de un viaje en los dominios de la imaginación; algo así como una incursión en los entresijos de un cerebro. Y cada uno de sus relatos viene a ser un capítulo de su interminable odisea.

Es posible que todo esto parezca muy pueril, e incluso excesivamente melodramático. En caso de que así suceda, acháquese a la falta de franqueza que hace tiempo se advierte en las declaraciones del autor con destino al lector. De modo particular, el creador de obras fantásticas procura ocultar enteramente el fundamento emotivo de su impulso literario. Recuérdese que el doctor Jekyll trataba de negar, también, la existencia de míster Hyde; pero a pesar de su empeño, éste existía.

Por lo tocante a mí mismo, he de decir que mi vida como Jekyll ha sido y es extremadamente vulgar. Tengo hogar, familia, amigos, y un trabajo constante y regular, así como un conjunto de distracciones y entretenimientos nada diferentes de los de cualquier otro hijo de vecino; pero hay que tener en cuenta que pese a la delatora evidencia de un sentido del humor un tanto extraño, sigo convencido de que los que conocen al doctor Jekyll lo consideran como un tipo más bien insulso y prosaico.

Por el contrario, míster Hyde es muy listo, muy activo. Su asociación con Jekyll ha resultado, a la vez, grata y provechosa. Y sería yo muy injusto si permitiese que el segundo recibiera todos los honores, todo el mérito que se deriva de sus obras, sin agradecérselo deriva de sus obras, sin agradecérselo a su «alter ego».

En la mayoría de los cuentos seleccionados en este libro, Jeckyll desempeña el papel de narrador consciente. Su estilo es a menudo seudoculterano; y sus productos de su imaginación, espeluznantes y artificiosos. Es un apasionado de las palabras polisílabas; y su técnica narrativa debe mucho a la influencia y dirección del difunto H. P. Lovecraft; pero la inspiración proviene de míster Hyde. Éste es el verdadero responsable del tema básico de todos los relatos… y de las ingratas consecuencias que acechan a todo aquél que hurga en asuntos que deberían asuntos que deberían dejarse sin remover.

De cualquier forma que sea, temo que Hyde pueda ser objeto de reproches, a causa de errores de juicio o de muestras de mal gusto. Con su prisa para efectuar algunas revelaciones particularmente espantosas, ha pasado por alto muchas amenidades literarias. Sobre esto, sólo puedo decir que se trata de una cuestión ajena a mi control. Si alguna vez escribo un cuento que sea dictado enteramente por la consciente personalidad del doctor Jekyll, el resultado será, sin duda, muy diferente del que se registra en los relatos que aquí se presentan; pero aparte esta posibilidad, los trabajos que se publiquen con mi firma llevarán siempre la hórrida impronta de Hyde.

Y cuando alguien me pregunte de dónde obtengo los temas para mis narraciones, sólo me quedará el recurso de encogerme de hombros y responder: «De mi colaborador… míster Hyde».

Robert Bloch

domingo, 6 de marzo de 2016

¡OH, OH, OH Y UNA BOTELLA DE RON!

          
             Retrocedo al tiempo en que mi padre regentaba la posada Almirante Benbow y en que el viejo y atezado marinero, con la cicatriz causada por un sablazo, por primera vez se alojó bajo nuestro techo.

Le recuerdo como si hubiese sido ayer mismo. Entró en la posada con paso cansino, seguido por una carretilla de mano en la que iba su cofre de marinero. Era un hombre alto, fuerte, macizo, tostado; su embreada coleta caía sobre las hombreras de su sucia casaca azul; las manos eran rugosas y estaban llenas de cicatrices; las uñas, negras y quebradas, y el sablazo que le cruzaba una mejilla de parte a parte era de un blanco lívido y sucio. Recuerdo cómo echó una mirada a su alrededor, silbando mientras lo hacía, y luego entonó la vieja canción marinera que tan a menudo cantaría después:

Quince hombres tras el cofre del muerto,
¡oh, oh, oh y una botella de ron!

Cantaba con voz aguda y vacilante que parecía haber sido afinada y quebrada en las barras del cabrestante. Luego llamó a la puerta con un trozo de bastón que llevaba en la mano y que parecía un espeque y, al aparecer mi padre, pidió ásperamente un vaso de ron. Cuando se lo trajeron, se lo bebió lentamente, como un buen catador, saboreándolo bien, sin dejar de examinar los acantilados de la caleta y la muestra de nuestro establecimiento. (…)

Y en verdad que a pesar de la pobreza de sus vestimentas, y a su tosco modo de hablar, no se parecía en nada a un simple marinero, sino más bien tenía aspecto de ser oficial o patrón acostumbrado a ser obedecido o a soltar algún que otro golpe en caso contrario. El hombre que empujaba la carretilla nos dijo que la diligencia le había dejado ante la posada del Royal George el día antes por la mañana; que había preguntado qué posadas había por aquella parte de la costa y, habiendo recibido buenas referencias de la nuestra, la cual, supongo yo, le había sido descrita como solitaria, la había elegido entre todas para fijar en ella su residencia. Y eso fue todo lo que pudimos averiguar de nuestro huésped.

Era hombre de pocas palabras. Se pasaba el día entero merodeando por la caleta o subiendo a los acantilados con un catalejo de latón; por la noche se sentaba cerca del fuego en la sala de estar, y bebía una fuerte mezcla de ron y agua. Casi nunca contestaba cuando le hablaban, limitándose a alzar la vista bruscamente y a resoplar por la nariz haciendo un ruido que recordaba al de una sirena; y nosotros, así como las demás personas que frecuentaban nuestra casa, no tardamos en aprender que lo mejor era dejarle en paz. Cada día, al regresar de su paseo, preguntaba si por el camino había pasado algún marinero. Al principio creímos que lo que le impulsaba a preguntarlo era el deseo de gozar de la compañía de gentes de su propia condición; pero a la larga nos dimos cuenta de que lo que quería era evitar a tales personas. Cuando algún marinero se hospedaba en el Almirante Benbow (cosa que de vez en cuando hacían algunos que iban de paso para Bristol, siguiendo el camino de la costa), él le espiaba desde detrás de las cortinas de la puerta antes de entrar en la estancia; e, invariablemente, permanecía mudo como un muerto cuando alguno de tales marineros se hallaba presente. Para mí, al menos, en su conducta no había ningún secreto, pues, en cierto modo, yo compartía su inquietud.

Un día me había llamado aparte para prometerme una moneda de plata el primer día de cada mes si mantenía los ojos bien abiertos, por si se presentaba algún marinero con una pata de palo, en cuyo caso debía avisarle a él sin perder un segundo. A menudo, al llegar el primer día del mes y acudir yo en busca de mi sueldo, por toda respuesta recibía uno de sus resoplidos, acompañado por una mirada despreciativa; mas, antes de que hubiese transcurrido una semana, a buen seguro se lo pensaba mejor y me traía mi moneda de cuatro peniques, repitiéndome sus órdenes de vigilar si venía «el marinero de la pata de palo».

No hace falta que os diga de qué modo ese personaje me perseguía en mis sueños. En las noches de tormenta, cuando el viento sacudía la casa por sus cuatro lados, y el mar rugía en la caleta, estrellándose contra los acantilados, le veía de mil formas distintas y con un millar de expresiones diabólicas. Ora la pierna estaba cortada a la altura de la rodilla; ora por la cadera; a veces era una criatura monstruosa que nunca había tenido más de una pierna, y esta en la mitad del cuerpo. Verle saltar y correr, persiguiéndome a campo traviesa, saltando setos y zanjas, era la peor de las pesadillas. Y, bien mirado, con todas estas fantasías abominables, me ganaba mi moneda mensual de cuatro peniques.


Pero, si bien me causaba gran pavor la idea del navegante de la pata de palo, lo cierto es que, en lo que al propio capitán se refería, a mí me infundía mucho menos miedo que al resto de las personas que le conocían. Había noches en que tomaba mucho más ron con agua del que su cabeza era capaz de soportar; y entonces, algunas veces, se sentaba en un rincón y entonaba sus viejas canciones marineras, picarescas y salvajes, sin hacer caso de nadie; pero otras veces pedía una ronda para todos y obligaba a los temblorosos presentes a escuchar sus historias o a corear sus canciones. A menudo he oído estremecerse toda la casa con el «¡oh, oh, oh, y una botella de ron!» al unir todos los parroquianos sus voces para salvar el pellejo, temerosos por su vida y para no hacerse notar, tratando cada uno de cantar más fuerte que el vecino. Pues hay que decir que, cuando le daba uno de esos arrebatos, el capitán era uno de los peores déspotas que jamás se han visto; descargaba fuertes golpes sobre la mesa, con la palma de la mano, para imponer silencio; montaba en cólera cuando le hacían alguna pregunta, o a veces porque no le hacían ninguna, lo cual, a su entender, era señal de que los demás no prestaban atención a lo que les decía. Ni tampoco permitía que nadie abandonase la posada hasta que él, a fuerza de beber, se sentía soñoliento y se dirigía tambaleándose a la cama.

Sus historias eran lo que más aterraba a la gente. Historias de las más horribles eran las suyas; acerca de ahorcamientos; del castigo consistente en hacer que el condenado camine sobre un tablón atravesado sobre la borda, hasta caer al mar; de tempestades en alta mar y en el estrecho de la Tortuga; de hechos descabellados y lugares salvajes en las costas de Venezuela y Colombia. A juzgar por lo que decía, debía de haberse pasado la vida entre los hombres más malvados a quienes haya permitido Dios surcar los mares; y el lenguaje que empleaba para contar sus historias escandalizaba a nuestras sencillas gentes campesinas casi tanto como los crímenes que narraba. Mi padre iba siempre diciendo que aquello acabaría por causar la ruina de la posada, pues la gente no tardaría en dejar de acudir a ella para verse tiranizados y vejados y luego, estremeciéndose de terror, regresar a dormir a sus casas; pero yo creo que, en realidad, su presencia nos favorecía. En el momento la gente se asustaba, pero después, ya en sus casas, se alegraban de haber estado presentes, ya que todo aquello era una excelente fuente de emociones en sus plácidas vidas de campesinos, y había incluso un grupo de jóvenes que decían admirarle, llamándole «verdadero lobo de mar», y cosas parecidas, y diciendo que eran los hombres como él los que habían hecho que Inglaterra fuese temida en los mares.

Robert Louis Stevenson, La Isla del Tesoro

viernes, 19 de febrero de 2016

SUEÑO DE ROBERT LOUIS STEVENSON, ESCRITOR Y VIAJERO.

Una noche de junio de 1865, cuando tenía quince años, mientras se encontraba en una habitación del hospital de Edimburgo, Robert Louis Stevenson, futuro escritor y viajero, tuvo un sueño. Soñó que se había convertido en un hombre maduro y que se hallaba en un velero. El velero tenía las velas hinchadas por el viento y navegaba a través del aire. él estaba a cargo del timón y lo pilotaba como se pilota un globo aerostático. El velero pasó sobre Edimburgo, después atravesó las montañas de Francia y comenzó a sobrevolar un océano azul. Sabía que había tomado aquella nave porque sus pulmones no conseguían respirar, y necesitaba aire. Y ahora respiraba perfectamente bien, los vientos le llenaban de aire limpio los pulmones y su tos se había calmado.

El velero se posó sobre el agua y comenzó a avanzar velozmente. Robert Louis Stevenson había desplegado todas las velas y se dejaba guiar por el viento. En un momento determinado vio una isla en el horizonte, y numerosas canoas alargadas, conducidas por hombres oscuros, le salieron al encuentro. Robert Louis Stevenson vio cómo las canoas se ponían a su flanco y le indicaban la ruta a seguir; y mientras lo hacían, los indígenas entonaban cantos de alegría y lanzaban al puente de la nave coronas de flores blancas.

Cuando llegó a cien metros de la isla, Robert Louis Stevenson arrojó el ancla y descendió por una escala de cuerda hasta la canoa principal, que lo esperaba al pie de las amuras. Era una canoa majestuosa, con un tótem gigantesco en la proa. Los indígenas lo abrazaron y lo abanicaban con anchas hojas de palmera, mientras le ofrecían fruta dulcísima.

Esperándolo en la isla había mujeres y niños que danzaban riendo y que le pusieron guirnaldas de flores al cuello. El jefe del poblado se le acercó y le señaló la cumbre de la montaña. Robert Louis Stevenson comprendió que debía llegar hasta allí, pero no sabía por qué. Pensó que con su mala respiración no conseguiría nunca llegar hasta la cumbre, e intentó explicárselo a los indígenas por señas. Pero éstos ya lo habían comprendido y le habían preparado una silla entrelazando juncos y hojas de palmeras. Robert Louis Stevenson se acomodó en ella y cuatro robustos indígenas se colocaron la silla sobre los hombros y comenzaron a ascender hacia la montaña. Mientras subían, Robert Louis Stevenson veía un panorama inexplicable: veía Escocia y Francia, América y Nueva York, y toda su vida pasada que aún debía suceder. Y a lo largo de las laderas de la montaña, árboles benéficos y flores carnosas llenaban el aire de un perfume que le abría los pulmones.

Los indígenas se detuvieron frente a una gruta y se sentaron en el suelo cruzando las piernas. Robert Louis Stevenson comprendió que debía penetrar en la cueva, le dieron una antorcha y entró. Hacía fresco, y el aire olía a musgo. Robert Louis Stevenson avanzó por el vientre de la montaña hasta una habitación natural que lejanos terremotos habían excavado en la roca y de la que colgaban enormes estalactitas. En medio de la habitación había un cofre de plata. Robert Louis Stevenson lo abrió de par en par y vio que dentro había un libro. Era un libro que hablaba de una isla, de viajes, de aventuras, de un niño y de piratas; y en el libro estaba escrito su nombre. Entonces salió de la cueva, ordenó a los indígenas que volvieran al poblado y ascendió hasta la cumbre con el libro bajo el brazo. Después se tumbó sobre la hierba y abrió el libro por la primera página. Sabía que se iba a quedar allí, en aquella cumbre, leyendo aquel libro. Porque el aire era puro, la historia era como el aire y abría el alma; y allí, leyendo, era hermoso aguardar el final.

Antonio Tabucchi, Sueño de Sueños

jueves, 7 de enero de 2016

TUSITALA A UN COMPRADOR INDECISO


Si los cuentos que narran los marinos,
Hablando de temporales y aventuras, de sus amores y sus odios,
De barcos, islas, perdidos Robinsones
Y bucaneros y enterrados tesoros,
Y todas las viejas historias, contadas una vez más
De la misma forma que siempre se contaron,
Encantan todavía, como hicieron conmigo,
A los sensatos jóvenes de hoy:
-¿Qué más pedir? Pero si ya no fuera así,
Si tan graves jóvenes hubieran perdido
La maravilla del viejo gusto
Por ir con Kingston o con el valiente Ballantyne,
O con Cooper y atravesar bosques y mares:
Bien. ¡Así sea! Pero que yo pueda
Dormir el sueño eterno con todos mis piratas
Junto a la tumba donde reposan ellos y sus sueños.

Robert Louis Stevenson, La Isla del Tesoro


Os dejo con un flashmob del tema principal de la película Piratas del Caribe, para comenzar a navegar juntos este año:

domingo, 19 de julio de 2015

CALVINA

            Enviado por Pilar, S3C:

Lucrecio entra a robar en una casa, donde hay un niño, Calvino, que le pide que se quede para hacer de su padre. Junto a él, visita el manicomio biblioteca, donde además de libros pueden encontrar a los personajes de estos e incluso a los autores haciendo de las suyas: el Sastrecillo Valiente probándole un traje al pirata John Silver; Silver usando parlamentos parecidos a los del lobo de la Caperucita Roja (“Para patearte mejor”)... De nuevo en la casa, una sucesión de personajes, situaciones y descubrimientos a cual más extraños, van generando una tensión que se resolverá en el último capítulo: el epílogo prólogo. En este libro todo puede ser una cosa, su contrario u otra cosa distinta. La identidad es algo relativo: un niño puede ser una niña; un manicomio, una biblioteca; una librería, una farmacia; un enano, un gigante; una muerta, una viva...

Frabetti nos contagia ansiedad por saber qué va a ocurrir, debido a la carga de misterio, al uso de los diálogos, a la facilidad para transmitir ideas profundas y antiformalistas. Frabetti entreteje sus historias convirtiendo cada capítulo en piezas de un puzzle, en cuyo interior se nos develan sucesos como la muerte y su repercusión en adultos y niños, el aislamiento unido al temor de no ser aceptado por el hecho de ser diferente, desdoblamientos de la personalidad, la violencia, entre otros temas que oculta utilizando recursos que transitan por un camino de aparentes situaciones absurdas, donde si miramos bien lo inverosímil se torna verosímil, y los verdaderos conflictos pueden estar ocultos.

Pienso que es un libro muy entretenido y divertido, adictivo, vamos, donde misterio y diversión se combinan para que tengas que pensar las cosas y tengas imaginación. Lo que más me ha gustado es que cada capítulo es como las piezas de un puzzle, que aparentemente tiene cosas sin sentido, pero al final todo va cobrando sentido y te quedas alucinado con lo que ocurre. Lo que pretende el libro es que desafies tu inteligencia.

Calvina es una historia envuelta en un ambiente fantasmagórico, construida con oposiciones (femenino/masculino, cordura/locura, muerte/vida) que introducen una cierta inquietud o inestabilidad en una acción situada en el terreno de la literatura y los libros. Se trata de una historia que hace referencia a otros títulos de la literatura infantil (algo muy frecuente en el autor: Las Crónicas de Narnia, La Isla del Tesoro, Alicia en el País de la Maravillas, entre otros) a través de personajes.

El mundo literario que despliega el libro se disfruta al máximo y te das cuenta de que  conoces a muchos de los personajes que allí aparecen.

PREMIO BARCO DE VAPOR 2007