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viernes, 14 de diciembre de 2018

CUENTOS VICTORIANOS DE NAVIDAD



El extenso periodo victoriano fue, por diversas y variadas circunstancias, quien dio carta de naturaleza al "espíritu navideño" y consolidó buena parte de la imagen y el carácter que asociamos a estas festividades hoy en día.

Fue, asimismo, la edad de oro del cuento de Navidad, del que dejaron muestras los más destacados autores de la época, siendo los de miedo y los de misterio los que gozaron de más aceptación. En esta recopilación antológica no falta, como es natural, Charles Dickens, y junto a los suyos se recogen también magníficos relatos de Anthony Trollope, Charlotte Riddell, Arthur Conan Doyle (uno de ellos protagonizado por Sherlock Holmes), Juliana Ewing y Wilkie Collins, que, aunque no sean todos cuentos de Navidad, si que ocurren en esta época del año.

Los relatos son de géneros muy distintos, desde el típico cuento de fantasía de Navidad hasta el cuento de fantasmas o el de intriga con detectives, y alguno de ellos con cierta dosis de humor. Encontramos los siguientes títulos:

·         La historia de los duendes que robaron un sacristán y Los siete viajeros pobres de Charles Dickens. La primera es un borrador de lo que sería Canción de Navidad, mientras que la segunda es una historia que sirve de marco al relato de varias narraciones

·         Navidad en Thompson Hall y La rama de muérdago de Anthony Trollope. El primero son las peripecias de una señora inglesa una aciaga noche en un hotel parisino

·         Un extraño juego navideño de Charlotte Riddell, sería el cuento de fantasmas victoriano.

·         Una nochebuena trepidante o Mi conferencia sobre la dinamita y La aventura del carbúnculo azul de Arthur Conan Doyle. En el primero, un timorato científico alemán que se cree gafado por el destino ha de enfrentarse a un peculiar grupo de anarquistas; en el segundo, tenemos la pareja Holmes-Watson.

·          Dragones: un cuento de Nochebuena de Juliana Erwing; cuento infantil donde se mezcla lo costumbrista con lo fantástico.  Geniales las discusiones del matrimonio.

·         La máscara robada o El misterio de la cajade caudales de Wilkie Collins. Una mezcla de humor, misterio y melodrama junto a un homenaje a Shakespeare.

miércoles, 7 de febrero de 2018

SOBRE LOS RELATOS DE MISTERIO


En su introducción a una antología de relatos cortos de misterio publicada en 1934, Dorothy L. Sayers escribió: «Al parecer, para la raza anglosajona la muerte constituye una fuente más abundante de inocente diversión que cualquier otro tema.» No se refería, claro está, a los horripilantes, truculentos y en ocasiones desastrosos asesinatos de la vida real, sino a las invenciones misteriosas, elegantemente artificiosas y populares de los autores policiacos. Tal vez «diversión» no sea la palabra justa; «entretenimiento», «distracción» o «emoción» resultan más apropiadas. Y, a juzgar por la afición universal al género de misterio, los anglosajones no son los únicos que muestran entusiasmo por los asesinatos más abyectos. Millones de lectores de todo el mundo se sienten como en casa en el claustrofóbico santuario de Sherlock Holmes en el 221b de Baker Street, la encantadora casita de Miss Marple en Saint Mary Mead y el elegante apartamento de lord Peter Wimsey en Piccadilly.

En el período anterior a la Segunda Guerra Mundial, gran parte de la ficción policiaca se escribía en forma de relatos cortos. Edgar Allan Poe y sir Arthur Conan Doyle, a quienes podemos considerar padres fundadores del género detectivesco, dominaban los secretos del formato, y el primero esbozó los rasgos distintivos, no solo del relato corto, sino también de la novela policiaca: el personaje menos sospechoso que resulta ser el asesino, el espacio cerrado en que se desarrolla el misterio, el detective que resuelve el caso desde su sillón, el estilo epistolar. En palabras de Eric Ambler: «La narrativa policiaca quizá nació en la mente de Edgar Allan Poe, pero Londres la alimentó, la vistió y la llevó a la madurez.» Aludía, claro está, al genio de Conan Doyle, creador del detective más célebre de la literatura. Conan Doyle dotó al género de respeto por la razón, un intelectualismo en absoluto abstracto, confianza en la preeminencia de la mente sobre la fuerza física, aversión por el sentimentalismo y la capacidad de crear una atmósfera de misterio y terror gótico, pero firmemente asentada en la realidad. Por encima de todo, más que ningún otro autor, instituyó la figura del gran detective, ese aficionado omnisciente cuya excéntrica, y a veces estrafalaria, personalidad contrasta con la racionalidad de sus métodos y que transmite al lector la reconfortante idea de que, pese a nuestra aparente impotencia, habitamos un universo inteligible.

Aunque las aventuras de Sherlock Holmes son las más famosas de dicho período, hay otras que también merecen una relectura. Julian Symons, respetado crítico de la ficción policiaca, señaló que los máximos exponentes del arte del relato recurrían a las historias de detectives para distraerse de las otras obras que escribían, disfrutando con un género que aún estaba en pañales y les ofrecía incontables oportunidades en lo referente a la originalidad y la variedad. G. K. Chesterton es un ejemplo de escritor que centra su interés en otros campos, pero cuyos cuentos sobre el padre Brown aún se leen con fruición. Y, como él, una cantidad sorprendente de autores distinguidos probó suerte con los relatos de misterio. La segunda antología de Great Stories of Detection, Mystery and Horror, publicada en 1931, contaba entre sus colaboradores con H. G. Welles, Wilkie Collins, Walter de la Mare, Charles Dickens y Arthur QuilleCouch, además de los nombres de rigor.

Pocos autores policiacos actuales escapan a la influencia de los padres fundadores, pero la mayoría cultiva la novela, más que el cuento. Esto se debe en parte a que el mercado del relato es bastante reducido en general, pero el motivo principal radica quizás en que las historias de detectives se han acercado más a las corrientes dominantes en la ficción, y los escritores necesitan espacio para explorar a fondo las sutilezas psicológicas de los personajes, la complejidad de las relaciones y la manera en que un asesinato y una investigación policial afectan a la vida de dichos personajes.

El relato, por su propia naturaleza, está sujeto a una serie de limitaciones, por lo que resulta más eficaz cuando gira en torno a un único incidente o idea principal. La originalidad y la fuerza de esta idea determinan en buena medida el éxito del relato. Pese a su estructura, mucho menos compleja que la de una novela y basada en un concepto más lineal que conduce de forma implacable al desenlace, el relato permite construir, a una escala reducida, un mundo creíble en el que el lector puede sumergirse en busca de los mismos placeres que encuentra en la narración policiaca de calidad: un misterio verosímil, tensión y emoción, personajes con los que nos identificamos aunque no siempre empaticemos con ellos y un final que no defraude. Hay algo satisfactorio en el arte de condensar en pocos miles de palabras todos aquellos elementos de la trama, ambientación, caracterización y sorpresa que conforman un buen relato policiaco.

Aunque yo misma me he dedicado sobre todo a la novela, he disfrutado mucho con el desafío que plantea el cuento: el de conseguir mucho con pocos medios. A pesar de que no hay espacio para descripciones largas y detalladas, los lugares donde se desarrolla la acción han de cobrar vida ante los ojos del lector. El retrato de los personajes es tan importante como en la novela, pero los rasgos de carácter esenciales deben trazarse con una esmerada economía de palabras. El argumento tiene que ser intrigante, pero no demasiado complicado, y el desenlace, al que cada oración ha de conducir de forma inexorable, debe sorprender al lector sin dejarle la sensación de que lo han engañado. Todos los elementos deben contribuir a la característica más ingeniosa del cuento: el impacto de la sorpresa. Por consiguiente, escribir un buen relato es difícil, pero en estos tiempos ajetreados puede proporcionarnos una de las experiencias de lectura más satisfactorias.

P. D. James

domingo, 13 de diciembre de 2015

LA MÁSCARA ROBADA

Enviado por José María:

Reuben Wray, actor retirado de los escenarios, es un fanático del estudio de las obras de Shakespeare que se gana la vida dando lecciones de oratoria.

Al llegar a un nuevo hogar con su familia en Tidbury-on-the-Marsh, Reuben atrae la atención de algunos de los habitantes del lugar a causa de una caja de caudales que ven bajo su capa cuando llega a su nueva casa. La gente del pueblo supone que Wray y su familia son ricos, sin embargo, la caja contiene solo «la máscara robada», una réplica de yeso del busto de Shakespeare que se encuentra en la iglesia de Stratford-upon-Avon, lugar del que la familia ha tenido que huir precepitadamente, máscara que para Wray vale más que cualquier tesoro.

El secreto de la máscara conducirá al viejo actor y a su familia a un desenlace totalmente inesperado para ellos durante la víspera de las Navidades.

Inspirado por el éxito de obras como Cuento de Navidad, de su amigo Charles Dickens, Wilkie Collins, con su habitual ironía, decidió publicar La máscara robada, en diciembre de 1851, para regalar a sus lectores su particular y diferente cuento de Navidad lleno de misterio e intriga.

El libro presenta una mezcla de géneros: el homenaje a William Shakespeare, el cuento de navidad victoriano, el relato policíaco.

Toda la trama descansa en tres sencillos personajes: Reuben Wray, un actor sin talento que a sus sesenta años ha de dar clases de oratoria; Martin Blunt, solo tuvo una gran experiencia en el escenario y con ella se ganó el sobrenombre de Julio César; Annie; la hija de  Wray, de quien se tiene que ocupar.

Wilkie Collins emplea una prosa muy estilizada, diálogos muy vivos, con cierta ironía y algunos guiños o llamadas de atención al lector a través de los cuales se dirige directamente a él o incluso propone sus propias ideas sobre la historia como si esta tuviese una entidad propia y él fuera un mero narrador que nos la hace llegar. Crea tensión en el lector a través de las descripciones tanto de acciones como de los escenarios en que se desarrolla e infundir la intriga.

miércoles, 8 de abril de 2015

MI NOMBRE ES WILKIE COLLINS

y supongo, ya que pienso postergar la publicación de este documento hasta por lo menos un siglo y cuarto después de la fecha de mi muerte, que no reconocerán mi nombre. Algunos dicen que soy un jugador empedernido, y los que aseguran tal cosa están en lo cierto; de modo que apuesto, querido lector, a que ni ha leído ni ha oído hablar jamás de ninguno de mis libros ni obras de teatro. Quizás ustedes, británicos o norteamericanos que están en el futuro, dentro de ciento veinticinco años, ni siquiera hablen ya inglés. Quizá vistan como hotentotes, vivan en cuevas iluminadas por gas, viajen por el mundo en globos y se comuniquen mediante pensamientos telegrafiados sin verse entorpecidos por lenguaje hablado o escrito alguno.

Aun así, apuesto toda mi fortuna actual, al día de hoy, y los futuros derechos que devenguen de mis obras y mis novelas, sean cuales sean, a que sí recuerdan el nombre, los libros, las obras y los personajes inventados por mi amigo y antiguo colaborador, un tal Charles Dickens.

De modo que esta historia real tratará de mi querido amigo (o al menos del hombre que en tiempos fue amigo mío) Charles Dickens, y del accidente de Staplehurst, que acabó con su paz mental, su salud e incluso, como murmuran algunos, con su cordura. Esta historia real tratará de los últimos cinco años de la vida de Charles Dickens y de su creciente obsesión durante esa época por un hombre, si es que se trataba de un hombre, llamado Drood, así como de asesinatos, muertes, cadáveres, criptas, mesmerismo, opio, fantasmas y todas las calles y callejones de ese vientre de Londres, lleno de negra bilis, que el escritor llamaba siempre «mi Babilonia» o «el Gran Horno». En este manuscrito (que, como he explicado, por motivos legales, así como por motivos de honor, me propongo apartar de todos los ojos durante más de cien años después de su muerte y la mía), responderé la pregunta que quizá nadie más que viva en nuestra época sabe responder: ¿conspiró el famoso, querido y honorable Charles Dickens para asesinar a una persona inocente y disolver su carne en un pozo de sosa cáustica, y enterró en secreto lo que quedaba de él, unos simples huesos y una calavera, en la cripta de una antigua catedral que formó parte importante de la propia niñez de Dickens? ¿Tramó Dickens echar las gafas, anillos, alfiler de corbata, gemelos y reloj de bolsillo de la víctima en el río Támesis? Y si lo hizo así, o simplemente «soñó» que hacía tales cosas, ¿qué papel representó un fantasma muy real llamado Drood en el inicio de esa locura?

lunes, 26 de enero de 2015

EL CUENTO NÚMERO TRECE

Enviado por Lucía.

Margaret Lea es hija de un librero de libros viejos. Viven juntos en el segundo piso de la tienda donde Margaret aprendió a leer y ahora trabaja con su padre. Margaret cada noche antes de dormir lee tres o cuatro horas. Una noche encuentra una carta dirigida a ella, y cuando comienza a leerla se da cuenta que es de la famosa y anciana escritora Vida Winter, quien  le pide que se encargue de escribir su biografía y que le cuente la verdad, lo cual es extraño porque cuando alguien trata de  descubrir su pasado, ella inventa historias... Un día decía que era hija de gente famosa y rica, otro día resultaba ser hija de una prostituta y algunas otras veces casi decía que era la hija de Zeus.

Así que Margaret, para conocer algo sobre la escritora, decide buscar un libro, y encuentra Trece Cuentos de Cambios y Desesperación; le resultó tan interesante que lo leyó en una noche, pero cuando terminó el cuento número doce sólo encontró páginas en blanco: el cuento número trece no existía. Margaret le pregunta a su padre e investiga sobre ello, pero no encuentra nada ¿Y si quizás sólo es un error del libro?

Intrigada por el misterio acude con Vida Winter que le comienza a contar su historia, pero con sus reglas y cuando ella decide, una historia llena de intriga, fantasmas, asesinatos, desapariciones, amoríos y personalidades confusas. Y lo que más alimenta este misterio es una pareja de gemelas formada por la escritora y su hermana que nadie conoce. Esto despierta el interés de la biógrafa, pues ella tuvo una hermana gemela que no conoció que murió después de nacer y sus padres nunca hablaban sobre ella.

Cuando la vieja escritora acostumbrada a mentir y la joven librera empeñada en saber la verdad se encuentran, regresan los fantasmas del pasado, los secretos de una familia marcada por el exceso, las cenizas de un incendio memorable y el perfil de un ser extraño que aparece y desaparece tras las cortinas de una mansión. Entre mentiras, recuerdos e imaginación se teje la vida de la señorita Winter. "Cuéntame la verdad", le pide a Margaret, pero la verdad duele, y solo el día en que Vida Winter muere sabremos qué secretos encerraba El cuento número trece, una historia que nadie se había atrevido a escribir.

El Cuento Número Trece es un espléndido homenaje a la mejor literatura del siglo XIX, desede La Mujer de Blanco, de Wilkie Collins, a Rebeca, de Daphne du Maurier, y muy especialmente Jane Eyre, de Charlotte Bronte: todos los elementos de la novela gótica y de misterio están ahí, y Diane Setterfield ha sabido combinarlos con maestría.  Es un libro dotado de un ritmo rápido que facilita su lectura, te atrapa con su historia y el misterio que encierra el cuento número trece. Su prosa es delicada, los personajes muy humanos, con una historia familiar que nos atrapa desde el primer momento.

Los personajes principales, Margaret y Vida, están bien trazados, con unas personalidades muy marcadas. Margaret tiene una personalidad sombría y algo apática. Al criarse sola en una casa llena de libros y por el escaso afecto de su madre, es introvertida. Posee carácter; es sincera y amante absoluta de las buenas historias. Vida Winter es una escritora egocéntrica, de fuerte carácter y con mucho amor por los libros. Siempre ha rehuido la verdad, especialmente la que tiene relación con ella. Vida Winter ni siquiera es su verdadero nombre, y la mayor parte de su vida se ha refugiado en las historias que escribe para huir del pasado. Por su enfermedad, contrata a Margaret, ya que necesita contarle la verdad a alguien, y así redimir su pasado.

La novela se estructura en dos momentos temporales que se alternan. En el primero tenemos a Magaret, con sus problemas y un pasado que la atormenta desde niña (la hermana gemela muerta de la que nadie le ha habladio), y en el segundo a Vida Winter, narrando su vida cada vez que cita a Margaret en la biblioteca para continuar donde habían quedado. Tanto los secretos de Margaret como de la señorita Winter se desvelan, y observamos la similitud que hay entre ambas, que, conforme sacan a la luz su pasado, aprenden a respetarse y apreciarse.

Toda la sabiduría está en la lectura, con todas sus verdades y mentiras. Sólo se requiere mucha práctica para saber diferenciarlas.

miércoles, 26 de marzo de 2014

LA SOLEDAD DE CHARLES DICKENS, de Dan Simmons

El 9 de junio de 1865, mientras viajaba en tren a Londres con su amante secreta, Charles Dickens -que entonces contaba con 53 años y se hallaba en la cúspide de su carrera literaria- se vio envuelto en un accidente ferroviario que cambió su vida para siempre. 

Dan Simmons narra esos últimos años de la vida de Dickens, mediante la voz del amigo y a la vez rival del gran escritor, Wilkie Collins. Explora los enigmas que Dickens se llevó a la tumba y que aun hoy siguen sin respuesta, deteniéndose en los relacionados con su última e inconclusa obra: El misterio de Edwin Drood. De la mano de Collins, el lector descubre la oscura y doble vida que Dickens llevó tras el accidente, sus incursiones nocturnas en los peores tugurios de Londres y su creciente obsesión por la muerte.

A lo largo de la novela se va haciendo evidente que la amistad entre los dos escritores no es tan perfecta como parece, es más ni siquiera el mismo Dickens parece ser el caballero victoriano que aparenta. La rivalidad disimulada entre los dos se manifiesta en unos debates muy interesantes, dispersos a lo largo de la narración.