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miércoles, 4 de agosto de 2021

POR UN POCO DE BELLEZA

        Ven, te invito a visitar una exposición. Veremos los cuadros pintados por una mujer excepcional, se llamaba María Blanchard y su obra está a la altura de otros grandes y conocidos pintores como Pablo Picasso o Diego Rivera. Convivió con ellos a comienzos del siglo XX, pintó con ellos, expuso en las mismas galerías que ellos y no les debe nada a ninguno. Ella creó su propio estilo, sin imitar ni ser deudora de nadie.

¿Empezamos? ¡Vamos allá! El primer cuadro, lleno de color, que vemos en esta exposición se titula Gitana, es el retrato de una mujer sonriente. Lo firma como María Gutiérrez Cueto, su nombre auténtico. Con él, en 1906, participó por primera vez en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Tenía entonces veinticinco años, empezaba a pintar y la pintura sería su gran válvula de escape, la manera de huir de sí misma, de los espejos y de las fotografías.

María tenía joroba y mucha miopía. Ella, tan amante de la belleza, sufría con su deformidad hasta un grado impresionante. Desde pequeña se acostumbró a las miradas ajenas. Los niños la señalaban y la llamaban bruja. En aquella época, la sociedad no se mostraba nada caritativa con los que padecían una discapacidad física; más bien, la conducta popular predominante era cruel hacia ellos. En el tiempo de María, tener una deformidad era como llevar una diana para ser el blanco de burlas y crueldades.

Nació en Santander, en el seno de una familia acomodada, culta y refinada que creía en la educación igualitaria. Su padre la animó a formarse como pintora y acudió en Madrid a los talleres de los mejores pintores del momento, donde comenzó su andadura. Pero María quería más, quería ir al lugar donde el mundo del arte estaba cambiando la historia, y ese lugar era París.

Consiguió una beca y pudo ver realizado su sueño en 1909. París era entonces una ciudad donde la gente se relacionaba con una filosofía muy particular: vivir y dejar vivir. Enseguida quedó deslumbrada por la libertad parisina. Eran los tiempos de Monet, Degas, Cézanne o Manet en pintura, de Rodin en escultura o de Fauré y Debussy en música. La capital francesa atraía a artistas de todos los países que buscaban una nueva libertad de expresión. María Blanchard se integró en poco tiempo en la corriente de pintores que pululaba por los ambientes de la ciudad: nadie reparaba en su aspecto físico. Con la pequeña beca que recibía compraba las pinturas, pagaba el taller donde se formaba, vivía en un cuartito y comía poco.

De esta época es el siguiente cuadro, se titula La bretona. Se inspiró en alguna de las mujeres que vio durante su viaje por Bretaña. María siempre pintaba en el interior de su taller, nunca al aire libre, ni usaba modelos. Tenía una gran memoria visual: retrataba gente que vio un momento, alguien con quien se cruzó. Buscaba en sus recuerdos y extraía con su sensibilidad tan fina la expresión de sus personajes.

Veamos el tercero, se titula Ninfas encadenando a Sileno, también lo presentó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1910 y obtuvo una nueva medalla. Fíjate, los contornos se desdibujan, el color prevalece sobre la forma, y el tema mitológico la acerca a la pintura clásica.

En los siguientes lienzos comprobaremos su mayor cambio, su etapa cubista. Comenzó a orientar su trabajo hacia el color y la expresión, dejando atrás las restricciones de la pintura académica con la que había iniciado su carrera. María asimiló la obra de otros grandes artistas, pero supo añadir su toque personal sin copiar a nadie y su obra supera a la de conocidos coetáneos. María Blanchard fue admitida por el importante grupo de artistas de París, convirtiéndose en amiga personal de algunos de ellos, con los que llegó a compartir estudio y vivienda, como es el caso de Diego de Rivera o Juan Gris. Su fuerte personalidad y su dura existencia forjaron el respeto de sus compañeros, quienes llegaron a aceptarla como una más, en un medio culturalmente dominado por los hombres.


Mira, en esta Composición cubista utiliza la técnica del collage, como solía hacer su amigo Juan Gris, donde se superponen los planos de la figura representada. O esta Mujer con abanico, donde los rojos, los amarillos, los verdes y los ocres se colocan como fichas de dominó. Muchas veces Blanchard no firmaba sus cuadros e, incluso, algunas de sus obras fueron atribuidas a otros autores, como este Bodegón rojo con guitarra, que se pensó que había sido pintado por Juan Gris. Fíjate en el dominio del color, en las formas que se intuyen, en la descomposición de los objetos. Es más libre en la interpretación de los temas que otros artistas. Se trata de un cubismo muy personal que se distingue por la forma en que usa y domina los colores, la precisión en el trazo, la emoción que transmite.


¿Y este Hombre tocando la guitarra? ¿No te recuerda a las obras de Picasso? Pues ella no le imitó, pintó al mismo tiempo y con su propio sello. En los cuadros cubistas de María aparecen personajes, no son solo bodegones, guitarras o botellas. La figura humana prevalece en ellos. Como en este Pianista, trazado con líneas verticales y diagonales, que nos mira con su ojo de perfil y casi podemos escuchar su música.

Vivir en París era caro y a María se le acabó el dinero de la beca. Volvió a España y en 1915 asistió al fracaso de la exposición «Pintores íntegros», organizada en Madrid por Ramón Gómez de la Serna. La muestra, que incluía obras de la propia Blanchard, de Diego Rivera o de Luis Bagaría, fue acogida con burlas por el público y la crítica, incapaz todavía de asimilar el aire nuevo de las vanguardias. No entendían estos cuadros tan distintos, tan especiales, tan coloristas. No la entendían a ella.

Blanchard se instaló en Salamanca, donde se mantenía dando clases de pintura. Otro fracaso. Sus propios alumnos se burlaban de su estilo, de ella, de su deformidad. María percibió la diferencia con el París que la valoraba por su capacidad intelectual y por su talento. Eligió renunciar a la plaza de profesora, con la que se aseguraba económicamente el futuro, a cambio de una vida llena de estrecheces, pero en la que se sentía un ser humano digno. Así, en 1915, regresó a Francia. Nunca más volvería a pisar España.

María ya conocía lo que era pasar hambre y frío en París y tener que seguir pintando con la esperanza de conseguir destacar en un mundo de artistas muy concurrido en el que para todos, no solo para ella, era muy difícil hacerse un sitio.

En su regreso a la capital francesa, malvivió pero resplandeció. En 1916, el marchante más importante, Léonce Rosenberg, la contrató para su galería. Hay constancia de que participó en todo acontecimiento, por insignificante que fuera, que incumbía a la élite de los artistas de vanguardia. Y en este mundo mayoritariamente de hombres, María Blanchard se abrió camino con una personalidad pictórica definida y fue invitada a contribuir en una importante muestra. Ya no se llamaría más María Gutiérrez, firmará con el apellido de su madre, Blanchard, de origen francés.

Rosa Huertas, Mujeres de la cultura

martes, 27 de abril de 2021

TODO ES MÁSCARA

 

Enviado por María

Madrid, 1835.

Eugenia, una joven de buena familia madrileña, desaparece tras un baile de máscaras en las fiestas de Carnaval. Teresa, su gran amiga, empieza a sospechar y decide buscar información por su cuenta; pero el que una mujer haga demasiadas preguntas no está bien visto. Con ayuda de su hermano decide disfrazarse de hombre y continuar sus pesquisas. Conocerá a Lucas, amigo de su hermano, que no descubrirá su secreto, y la tratará como a otro camarada. Juntos recorrerán la ciudad buscando a Eugenia, y gracias, entre otros, al escritor Mariano José de Larra irán encajando las piezas del puzle.

Rosa Huertas, a partir de temas como la falta de libertad de las mujeres, la lucha política, las desamortizaciones o los carlistas, conforma en esta novela histórica el escenario por el que se mueven los personajes, entre los que aparecen Larra o Mesonero Romanos.

Nos habla de las limitaciones de la mujer en el S. XIX, de sus problemas por pensar de forma diferente o tener ideas propias respecto al amor, la política y la sociedad en la que le tocó vivir . Teresa, en ese sentido, es una adelantada a su época que no duda en vestirse de hombre para conseguir sus objetivos, aunque termina congraciándose con su femineidad. La novela también alude a algunas costumbres o usos de la época, como puede ser el duelo, las tertulias literarias, los mentideros e, incluso, a las diversiones comunes, presentándonos de esta forma un Madrid vivo.

Los personajes como Teresa o Lucas son seres que evolucionan conforme avanza la historia. Lo vemos a través de sus cartas, de sus diálogos. Teresa al final del relato ya no es la joven asustadiza y con baja estima que veíamos al principio, sino una mujer consciente de sus ideas, con voluntad firme. Lucas, por su parte, ya no es el joven despreocupado del principio, algo frívolo, que se fijaba más en la belleza que en el interior, sino un hombre que ha pasado por situaciones límite, que ha estado al punto de perder la vida y que, sin saber muy bien qué le deparará su condición, es consciente del amor que le tiene a Teresa.

martes, 15 de enero de 2019

UN BALCÓN A LA LIBERTAD



Elena vive con sus padres y su hermano mayor. Parecen una familia normal, pero la comunicación entre ellos no existe. Un día descubre que un tío abuelo suyo, Liberto Guerra, al que no conocía, ha muerto. En su entorno, nadie había hablado nunca de él y parece que el tema es tabú para sus padres. La única respuesta que obtiene de su padre es que era un delicuente, un vago y un maleante.

El anciano, un fotógrafo testigo de nuestra historia, vivía en plena Puerta del Sol, y amaba ese sitio porque siempre fue un lugar de reivindicación de la libertad. A esa casa, a hurtadillas, entrará Ele. Allí encuentra una caja con fotografías, cartas y una nota que cree que está dirigida a ella y podrá averiguar los secretos ocultos. ¿Qué esconde el pasado oculto y maldito de Liberto Guerra? ¿Qué hizo para que su familia lo abandonase?

Rosa Huertas utiliza dos elementos que aparecen en otros libros suyos. Por una parte, el escenario, ese Madrid castizo, en este caso la Puerta del Sol, testigo de la historia de nuestro país, como podemos observar en la novela. Por otra parte, el recurrir a un muerto que nos cuenta su historia y la de su época (recordad Mala Luna, entre otros libros de la autora). El libro es corto y nos atrapa enseguida cuando vemos cómo Elena quiere averiguar quién era su tío: las fotografías, lo que le va contando Toni, el joven vecino… Pero todo son medias verdades, y Elena y su familia se van a encontrar con lo que no esperan. De esta forma, la autora nos introduce en uno de los temas que está de moda últimamente y que muchos opinan que hay que darle una mayor visibilización: la homosexualidad.

lunes, 15 de octubre de 2018

PENNY LANE


Oigo golpes de pronto, me sobresalto y me quito los auriculares: alguien aporrea la puerta:
-¡Penyl -Es la voz de Quique.
Abro y me encuentro a los dos plantados ahí, con cara de susto:
-Estaba a punto de echar la puerta abajo -dice mi padre-. Como no abrías.
-Lo siento -me disculpo-. Tenía los auriculares puestos.
-Pues si que está preocupado tu padre contigo -comenta Quique cuando nos quedamos solos.
-Está algo neurótico, no se ha movido de casa en todo el día, no quiere dejarme sola por si me vuelvo a marear.
-¿Y has vuelto a marearte?
-No, estoy perfectamente.
-Me ha hecho gracia, tu padre iba silbando la canción de Penny Lane por el pasillo.
-Le encanta silbar y yo lo odio --confieso-. El otro día le pregunté por esa canción y me llevé un chasco. Resulta que Penny Lane es el nombre de una calle.
-Ya, pero la canción dice cosas que están muy bien. Tú eres mi Penny Lane. Penny Lane is in my ears and in my eyes. There beneath the blue suburban slzies.
Se ha acercado hasta casi tocarme y me canta despacio al oído. Su voz suena prodigiosa, nunca he escuchado a un chico cantar así, o será que la canción va dirigida a mí y me parece música celestial. Nadie me había dicho que estoy en sus ojos y en sus oídos. Él también está en mis ojos y en mis oídos, aunque no me había dado cuenta basta ahora.
Me da corte mirarle, no sé qué decir y me temo que el tampoco. Espero que no se arrepienta, quiero volver a oír esa canción en mi oído otra vez,

Rosa Huertas, Prisioneros de lo Invisible

martes, 18 de septiembre de 2018

AURORA O NUNCA

En las peores noches de tormenta un misterioso navío emerge de las profundidades del mar y aparece en las costas de Aurora. Esta tenebrosa leyenda ha marcado la historia del pueblo y está asociada a una larga cadena de sucesos trágicos de la que ningún habitante consigue zafarse.

En esta obra han participado diez prestigiosos autores del panorama de la literatura infantil y juvenil: Ana Alcolea, Jesús Díez Palma, David Fernández Sifres, Alfredo Gómez Cerdá, Jorge Gómez Soto, Paloma González Rubio, Daniel Hernández Chambers, Rosa Huertas, Gonzalo Moure y Mónica Rodríguez. Todos ellos aúnan sus esfuerzos para dar vida a Aurora y conformar un puzle tan enigmático como asombroso.

                La primera impresión es que estaba ante una serie de relatos que ocurrían en el mismo escenario. Nada más lejos de la realidad. Aurora o Nunca es, en realidad, una magnífica novela, una novela escrita a diez manos. Cada capítulo se centra en uno de los habitantes del pueblo, y explora en cada uno de ellos el sentimiento de culpa, culpa por algo que hicieron y no tenían que haber hecho, culpa por algo que no hicieron y tenían que haber hecho. Esa culpa es, según Alfredo Gómez Cerdá, lo que va a vertebrar el libro; una culpa que se viene arrastrando desde tiempo atrás, desde el naufragio del Livjatan. También se logra dar unidad al conjunto a través de los personajes, pues un personaje secundario de un capítulo es el protagonista o personaje central del siguiente.

                Algunos de los personajes son inolvidables: Agustín Fóquel, un músico casi retirado, que abre y cierra la historia y a quien los lugareños le cuentan la leyenda del Livjatan; Tesifonte, el industrial arruinado y abandonado por su novia y su mejor amigo, que se va a refugiar en la locura; Sandra, la adolescente que ronda la rebeldía, pues se siente ignorada y menospreciada por Laura, la madre divorciada, y acosada por Abel, el nuevo novio de su madre; Blanca, que convive con el fantasma de su hermana gemela, muerta nada más nacer; Martín Cepeda, el vidente, y Braulio, el dueño del tanatorio, que rivalizan por el amor de la misma mujer; o Eze, el adolescente subsahariano, rebelde e inadaptado, que quiere volver a su África natal, y que, aunque no tiene un capítulo propio, está presente en varias de las historias…

                Todo rodeado por la niebla, la lluvia, las tormentas con sus truenos y relámpagos, los acantilados, el mar que dicta sus propias leyes, creando una atmósfera que agobia y encierra a los habitantes de Aurora.

PREMIO WHITE RAVENS 2018

jueves, 14 de septiembre de 2017

COMIENZA EL CURSO

La ventana del aula de 3.° C me hipnotiza. Parezco una mosca de hierro pegada al cristal, que me atrae como un poderoso imán. El primer día de clase elegí uno de los pupitres con vistas al patio y la tutora aún no me ha cambiado de sitio, a pesar de que no atiendo nada. Será que no se ha dado cuenta de que existo.

Estaba muy enfadada ese primer día de clase. Me habían separado de todas mis amigas y el grupo donde había caído no me gustaba nada: unas cuantas niñas monas, dos o tres pesados de esos que no dejan dar clase, Prieto (el matón oficial del instituto, al que tengo pavor desde primero) y una masa de seres invisibles entre los que me encuentro yo.

El panorama a través de la ventana es tan desolador que el mundo dentro del aula parece menos temible, menos amenazador. Me habría gustado que se viera un parque lleno de árboles y de gente paseando, pero las vistas no producen alegría, sino más bien inquietud.

Una vez, alguien me contó que su clase daba a un cementerio y podían contemplar las lápidas, los nichos y las cruces, grises como un día de lluvia. No es un cementerio lo que se ve desde el aula de 3.° C, pero la imagen me parece más desoladora que la de un entierro.

Os preguntaréis qué demonios se ve a través del ventanal.

-¡Quieres hacer el favor de atender! -me grita la profe de Lengua.

Entre los que andamos en las nubes, los que no paran de hablar y la gente que interrumpe constantemente, no hace más que llamarnos la atención. No es la única a la que tenemos desesperada, pero esta se empeña en que aprendamos algo a pesar de la falta de interés de la mayoría. No es que yo no tenga interés... es que lo que veo por la ventana me tiene hipnotizada. ¿Seré víctima de un hechizo?

Se trata de un edificio abandonado que se está cayendo a trozos dentro del patio. Es un viejo palacio que se encuentra pegado a nuestro instituto, el San Isidro, en pleno centro de Madrid, al lado de la Plaza Mayor. El edificio pertenece al Ayuntamiento pero, como no hay dinero para arreglarlo y no pueden tirarlo porque es un inmueble histórico, están dejando que se caiga. Encima de nosotros.

Antes del verano colocaron unos andamios, pero después de las vacaciones nos encontramos con que una parte se había derrumbado y mostraba paredes desoladas, ladrillos rotos, trozos de escaleras que no llevan a ninguna parte, puertas desvencijadas y piedras colgando de cables pelados. Y esa parte del patio, cerrada a cal y canto para los alumnos.

Mirarlo me pone triste, muy triste, pero no puedo evitar hacerlo y, cuando la vista se concentra en esas paredes destrozadas, parece que los sonidos de la clase desaparecen. Aunque mis compañeros no paran de hacer ruido.

Ahora la profe se pone a gritar para que nos callemos. Las monisimas no dejan de charlar, Prieto suelta una tontería de las suyas, sin venir a cuento, y el resto le ríe la gracia. Miro alrededor y compruebo que solo hay un alumno que permanece serio y en silencio, aunque juraría que tampoco está atendiendo a la explicación de sintaxis.

Rosa Huertas, Prisioneros de lo Invisible

lunes, 21 de agosto de 2017

LA LEYENDA DE LOS PECES DE PIEDRA


En realidad estos cuatro peces no eran peces, eran pescadores. Todos los días salían a echar las redes al mar en busca de buenas capturas y llegaban a puerto con el barco cargado. Eran los cuatro pescadores más famosos del pueblo. Así era un día y otro día, hasta que dejó de ser. Una tarde regresaron con el barco vacío, ni una mísera sardina había caído en sus redes. El desastre se repitió a lo largo de varios meses: mientras que otros pescadores atracaban en el puerto con los barcos llenos, ellos seguían sin capturar nada. Un día, algo grande cayó en la red, algo tan grande que los arrastró y acabaron hundidos en el fondo del mar. Pero en lugar de morir, se convirtieron en cuatro peces de las profundidades abisales, de esa zona tan profunda a la que apenas llega la luz. Cuatro peces de enormes bocas y ojos saltones en busca de un débil rayo que iluminase aquella masa de agua negra.

El caso es que no podían soportar tanta oscuridad y rogaron al rey del mar para que los librase de aquel suplicio. Neptuno solo les dio una opción: les cambiaba la vida por la luz. Aceptaron sin pensar: no deseaban seguir viviendo en las tinieblas. Se convirtieron en cuatro peces de piedra pero a plena luz del día y rodeados de gente. Por eso sonríen.


XIV PREMIO ANAYA DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL, 2017

martes, 25 de abril de 2017

YO NACÍ EN BUENA LUNA


Le he robado un verso al poeta y lo he convertido en su antítesis para definir mi vida. El poeta, al contrario que yo, nació en mala luna. EI no mereció esa corta vida que padeció y yo no merezco ésta larga que no he sabido disfrutar. La vida no es justa y está mal que lo diga yo que, sin haber hecho méritos para ello, he gozado de todo lo que cualquier hombre haya podido desear. Quizá mi castigo sea darme cuenta ahora de que, en realidad, y a pesar de todos los logros, no he sido feliz.

Deseo que mi plan haya funcionado y que mi lector seas tú, mi nieto Víctor. Durante los últimos anos he pretendido crear entre ambos un rincón secreto, una complicidad que alejase de esta historia a tu padre. Con esos sobrecitos misteriosos en cada regalo de cumpleaños quería que llegases hasta aquí por tus propios medios: «De esto ni una palabra a tu padre». Me consta que lo has cumplido. Espero que al tener en tu poder la llave misteriosa hayas sabido seguir guardando nuestro secreto. Sé que podía haber sido más explícito, ponerte en el sobre la dirección exacta o decirte qué escondía este trastero, pero he querido dejar la resolución del asunto a tu ingenio y al azar. Supongo que habrás leído con detenimiento el libro que te he regalado (se que siempre los lees, cada ano he procurado asegurarme de ello) y te habrás percatado de las letras subrayadas que espero que te hayan traído hasta aquí. Si no es así, el destino habrá convertido en receptor de este documento a alguien anónimo cuyo nombre jamás conoceré.

Quiero creer que eres tú, Víctor, quien me estará leyendo en un tiempo impreciso que ya no viviré, y con esa idea voy a redactar estas páginas. Con esa idea y con la celeridad que me impone un futuro incierto y una muerte que presiento cercana. No es sólo un presentimiento, es el diagnóstico de mi médico. Me da pavor nombrar la enfermedad que sé que me matará sin estar muerto, que me convertirá en un hombre sin memoria. ¿Qué somos si nos borran los recuerdos de nuestra vida? Te lo diré, Víctor, no somos nada. Por eso hoy, que todavía recuerdo, quiero rellenar cuanto antes este cuaderno negro, tan negro como ese otro que quizá tu padre te haya contado que existe y que no sé si te ha traído hasta aquí en su búsqueda infructuosa. Pero no te apures, hablaré de ese cuaderno, más tarde, cuando llegue el momento.

Mi infancia fue una sucesión de paseos de la huerta a casa y viceversa. Era un niño un tanto flojo. Padecí todas las enfermedades típicas de la época y no sé cómo logré sobrevivir en unos años en los que el indice de mortalidad infantil era altísimo. El campo me agotaba, en invierno las manos se me helaban desbrozando matas y en verano me desvanecía con el calor Tampoco me mostré muy apto para el estudio. Mi padre me animaba, yo creo que con la idea de que, si no podía ayudarlo en el campo, quizá podría labrarme un futuro aunque fuese en el seminario. Seguramente no le habría sido difícil conseguirme una beca o una ayuda si yo hubiese manifestado inclinación o aptitudes para el estudio, pero no fue así, y no te imaginas lo que me arrepentí de mi desidía años después.

Miguel Hernández, que sí tenia estas cualidades, que llevaba un tesoro dentro, se encontró de frente con la oposición de su padre para estudiar Supongo que lo sabes o, al menos, deberías saberlo. Su padre, un hombre cerril, lo sacó de Santo Domingo, el colegio en el que estudiaba con éxito (el mismo en el que estudias ahora) para dedicarlo a pastorear cabras. A pesar de ello, ya ves dónde llegó.

Rosa Huertas, Mala Luna

viernes, 7 de abril de 2017

LA SONRISA DE LOS PECES DE PIEDRA


La luz de la mañana entra en la habitación,
tus cabellos dorados parecen el sol.
Luego por la noche al Penta a escuchar
canciones que consiguen que te pueda amar.
Me asomo a la ventana, eres la chica de ayer.
Demasiado tarde para comprender.
Mi cabeza da vueltas persiguiéndote.
Mi cabeza da vueltas...

                Esa vieja canción de Nacha Pop podría ser perfectamente la banda sonora de esta novela, pues Julia, la madre de Jaime, va a ser la chica de ayer para sus amigos en plena movida madrileña. Los ambientes, los lugares que ella recorre, las canciones y grupos que escucha, me han hecho recordar los años que estuve estudiando en Madrid, y, si, en algún momento, al cruzar una esquina en Malasaña, al entrar en La Vía Lactea me la encontré.

                Lo primero que me ha llamado la atención ha sido la ilustración de la portada (luego, las interiores han corroborado esa impresión); esa forma de dibujar me ha recordado los comics de El Víbora, Bésame Mucho, Cairo… donde publicaban Ceesepe, El Hortelano, Daniel Torres… los dos primeros aparecen nombrados en el libro.

Escucha bien, mi viejo amigo
No sé si recordarás
Aquellos tiempos ahora perdidos
Por las calles de esta ciudad
Leímos juntos libros prohibidos
Creímos que nada nos haría cambiar

Jaime, al limpiar la tumba de su abuelo recién enterrado, encuentra a su madre llorando frente a la lapida de un desconocido, Santiago Muñoz. Ante su insistencia, Julia le revela que Santiago fue alguien muy importante para ella y que podría ser su padre.  Jaime queda consternado, y quiere saber más, pues siempre ha pensado que él era resultado de una inseminación artificial. Su madre le pide tiempo, y en un cuaderno le va escribiendo cartas, que Jaime leerá a escondidas, donde le cuenta su juventud en plena movida madrileña de los 80, donde conocerá a Santi y a Manu, y cómo formarán un trío de amigos, donde subyacen amores y desamores entre ellos. Mientras se nos va contando esta historia, Jaime ha vuelto al cementerio de San Isidro para averiguar quién ha estado comiendo pipas en la tumba del que cree su padre; allí conoce a una muchacha de una edad parecida a la suya, a Ángela, la hija de Santiago, y mediante ella, sin revelarle que podrían ser hermanos, Jaime intentará averiguar cómo era Santiago como padre.

Déjame, no juegues más conmigo,
esta vez, en serio te lo digo
tuviste una oportunidad,
y la dejaste escapar.
Déjame, no vuelvas a mi lado,
una vez, estuve equivocado,
pero ahora todo eso pasó,
no queda nada de ese amor.

Sobre la novela en sí, he vuelto a encontrar a la mejor Rosa Huertas, muy en la línea de El Blog de Cyrano, las dos tramas que se entrecruzan, la actual, la de los dos jóvenes, la pasada o histórica, la de los padres en la época de la movida madrileña. A todo esto, hay que añadir las partes sobre nuestra literatura: el romanticismo, que lo defiende Ángela, que no quiere alejarse de la tumba de su padre, con la rima de Bécquer o el fragmento de las Noches Lúgubres de Cadalso, o esas Palabras para Julia, de José Agustín Goytisolo.

¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?
¿qué clase de aventura has venido a buscar?
los años te delatan, nena, estás fuera de sitio.
vas de caza ¿a quién vas a cazar?
no utilices tus juegos conmigo.

Los narradores de cada parte son madre e hijo, y ambos nos van mostrando sus sentimientos que los llevan a flor de piel, a la vez que juegan con mentiras y con medias verdades… Así Jaime ocultando lo que sabe a Ángela y temiendo que está pueda ser su hermana; Julia pensando en su antiguo amor, en el hombre que quiso como padre para su hijo.

                Los cinco personajes están muy bien trazados, tanto Ángela y Jaime, como Julia, Santi y Manu, y entendemos lo que piensan, lo que sienten, cómo reaccionan (llego  a ser Ángela, y me deja Jaime de esa manera…). Lo que nos sorprende es ver cómo Julia, la enfermera responsable, la maniática de la limpieza, abandonó los estudios, cuando era joven y sólo le importaba salir de noche, de marcha.

Y a lo largo de todo el libro esa metáfora sobre la vida y los peces de piedra, los peces que serán la firma de Santi y de Ángela en sus trabajos, en su dibujos.

Se me olvidaba, en Anaya ha subido una playlist a Spotify con las canciones que van apareciendo a lo largo de las páginas del libro; y en el blog de Rosa Huertas podéis encontrar Canción para Julia, la canción que Manu compondrá para Julia. Y muchos de los títulos de los capítulos se corresponden con canciones de la época de la movida.

Para ti, que sólo tienes quince años cumplidos.
para ti que naciste en tiempos asesinos
para ti que te llevas a las nenas de calle
para ti en cuyo placer aún hay ambigüedades
Para ti que vas a caballo del fin del mundo
para ti que les das cortes como un cine mudo
para ti que comprobarás lo que otros han dicho
para ti queremos otear el paraíso

XIV PREMIO ANAYA DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL, 2017



martes, 14 de junio de 2016

EL POETA Y LA CARCEL


En mayo de 1941 yo me pudría en el reformatorio de adultos de Alicante, cuarta galería, celda número cien. Mi delito era haber defendido la República, pero yo sólo era un soldado más, asustado y perdido, en una lucha desigual. No tenía unas férreas ideas políticas, como muchos de mis compañeros, pero creía en la libertad y en la paz que nos querían arrebatar y luché por ellas. Lo único que deseaba era que todo acabase para volver a mi pueblo con Aurora. Y acabó, si, de la peor manera posible: con la derrota de la libertad, de la mía y de la de todos. Me encontré en la cárcel, con las esperanzas frustradas, los sueños rotos y el terror instalado en el aire que respirábamos. No sabía cuánto tiempo duraría mi condena, ni si cualquier día decidirían fusilarme sin explicaciones. Mi juventud se evaporaba entre el hambre y la ausencia. Las condiciones eran durísimas, si afuera se pasaba hambre, imagínate dentro de la prisión. Las enfermedades se llevaron a miles de prisioneros mal nutridos y maltratados.

Pero con todo, los viernes eran hermosos dentro del infierno. Era el día de visitas, y tu abuela Aurora se las arreglaba para acercarse desde Orihuela y verme aunque sólo fueran unos escasos minutos en medio del barullo de los otros visitantes. Como todavía no estábamos casados, teníamos prohibido hablar en lo que se llamaba comunicación extraordinaria, que solía ser algo más cercana e íntima. De todas formas, tu abuela se las ingeniaba para colarme alguna carta personal entre la comida que me traía. Creo que sin ese alimento suplementario me habría muerto de hambre. No había leche, pero yo la tomaba porque ella me la llevaba cada viernes.

En julio, Miguel Hernández llegó a la misma cárcel. Venía del penal de Ocaña: Lo reconocí enseguida, a pesar de que había pasado bastante tiempo desde la última vez que lo vi y, sobre todo, porque estaba muy desmejorado: extremadamente delgado, con profundas ojeras y el rostro muy blanco; luego supe que padecía tuberculosis. No me reconoció, aunque nos habíamos encontrado varias veces en Orihuela, casi siempre en actos culturales en los que él era el centro y yo un simple oyente, pero se alegró de encontrar un paisano en la celda. A pesar de la enfermedad se le veía animado, llevaba meses pidiendo que lo trasladasen a Levante, Valencia o Alicante, para estar cerca de su familia y del mar. Me contó que había pasado por cárceles terribles en las que había padecido un frío espantoso. Me habló de cómo en Palencia a los presos se les quedaban congeladas hasta las lágrimas, me habló de los vientos helados y el hambre atroz de Ocaña, de las ratas y, sobre todo, de cuánto había echado de menos el aire cálido de su Mediterráneo, ese olor del mar que de vez en cuando saltaba los muros de la prisión para alimentar nuestra nostalgia.

Rosa Huertas, Mala Luna

jueves, 12 de mayo de 2016

MI VECINO CERVANTES


Lucas vivía en un viejo edificio de un antiguo barrio del centro de la ciudad. Su casa se construyó en el mismo solar donde estuvo la vivienda de Miguel de Cervantes. Pero de eso han pasado varios siglos y ya no queda ni rastro del escritor. Eso creía todo el barrio, menos Lucas.
Una mañana, en clase de Lengua, Lucas se dio cuenta de que su vecino del segundo se parecía mucho a Cervantes. La maestra les acababa de hablar del escritor y habían visto un retrato suyo que venía en el libro.
—Es el autor de Don Quijote de la Mancha —explicó—, la novela más famosa de todos los tiempos.
—Entonces, ¿él también es famoso? —preguntó Lucas.
—Claro, famosísimo. En todo el mundo se conoce su libro —aseguró la maestra.
—¡Yo lo conozco! —saltó—. ¡Es mi vecino!
Todos en clase rieron a carcajadas.
—¡Pero, Lucas! —rio también la maestra—. No estabas atento. Eso que dices es imposible, acabo de contar que Cervantes murió hace cuatrocientos años.
El niño miró de nuevo el retrato del libro de Lengua y volvió a ver el rostro exacto de su vecino del segundo: la misma frente despejada, las mismas orejas grandes, la boca pequeña y escondida bajo el bigote, la barba blanca y la cara alargada. Eran iguales.
Aquella tarde, cuando Lucas salía a jugar a la calle, oyó la llave que el vecino del segundo hacía girar en la cerradura. Corrió escaleras abajo dispuesto a comprobar si realmente era quien sospechaba. Tanto corrió que acabó tropezando y rodó por los peldaños, hasta quedar a los pies del hombre, que lo miró sorprendido.
—¿Te has hecho daño? —le preguntó.
Se había hecho un rasguño en la mano, aunque parecía que el resto de su cuerpo no había sufrido.
—Vaya, te has hecho sangre. Ven, te curaré...
Mientras le curaba con agua oxigenada, el vecino le dijo, convencido:
—No es nada. Peores son las heridas de guerra.
Lucas se dio cuenta de que el hombre lo hacía todo con la mano derecha y la otra apenas la movía, la tenía paralizada.
—La perdí de una manera heroica —dijo el hombre con orgullo—. Y nunca me ha impedido llevar una vida normal. ¿Sabes? Mi padre era practicante en Alcalá de Henares, donde nací. Yo aprendí de él.
—Gracias, señor… —Lucas no sabía el nombre del vecino.
—Me llamo Miguel. Espero que tengas una buena tarde. A pesar de que no haya empezado muy bien.
El chico no supo qué decir porque no salía de su asombro. Una nueva pista le decía que sí era Cervantes: los dos se llamaban Miguel.

Rosa Huertas


jueves, 4 de febrero de 2016

BAILE DE MÁSCARAS


Madrid bullía, alegre y despreocupada, como una bella incauta que olvida, irresponsable, la verdad de su destino aciago. Todavía continuaban abiertas las heridas de una guerra devastadora y de un nefasto reinado absolutista, que la habían dejado llena de escombros, de pobreza y de hambre atroz.

Pero la noche de carnaval, los madrileños, cómplices de su insensata ciudad, se escondían tras las máscaras y el brillo para ocultar sus miserias y su miedo.

Una fina capa de hielo hacía resbalar los cascos de los caballos en la plaza del Ángel. El carruaje se detuvo ante la puerta del palacio en el que se celebraba el baile más solicitado de la ciudad, aquel al que todos querían acudir pero que solo unos pocos privilegiados gozarían: el precio del billete sobrepasaba la cantidad de dinero que la mayoría de sus habitantes ganaba en todo un año. La recaudación, eso sí, iría en parte a la beneficencia: la inclusa de la Puerta del Sol o San Bernardino.

Un chapín de tela rosada descendió lentamente del carruaje; un abultado vestido dieciochesco del mismo tono precedía a la aparición de su dueña: una jovencita de largos tirabuzones cuyo rostro se escondía tras una máscara veneciana auténtica. Su padre, un acaudalado comerciante de sedas, había mandado traerla de la ciudad de los canales.

Eugenia, que así se llamaba la joven, puso su delicado pie en el suelo al tiempo que un solícito lacayo la ayudaba a alcanzar la cercana puerta del palacio de Santoña, en el número nueve de la calle de las Huertas. La entrada rebosaba de damas ataviadas con sus mejores galas y caballeros impecables, todos ellos escondidos tras las máscaras, a cual más vistosa y original. Pero ella permanecía ajena al bullicio y parecía buscar entre el gentío a una persona en particular. El padre, don Onofre, la seguía a poca distancia y no quitaba los ojos del vuelo de su vestido.

Sería fácil escabullirse de la vigilancia paterna en medio de tamaño gentío, pensó Eugenia, y dirigió sus pasos al centro del salón de baile, tropezando con unos y con otros y riendo a carcajadas ante cualquier encontronazo. Se sentía feliz, incauta y despreocupada, como la ciudad que albergaba sus sueños de adolescente. Eugenia buscaba a aquel hombre, misterioso y arrolladoramente atractivo que llevaba meses siguiéndola, entre las máscaras y los disfraces. Días antes, él le había dado una pista sobre su atuendo: «Me verás entonando cantares dirigidos a tu belleza, mi deseada Eugenia». Aquellas palabras provocaron que su corazón se alterase hasta sentirse mareada, era osado el caballero expresando su deseo con tal claridad, y no fue capaz de contestar ni un monosílabo. Solo pudo imaginarlo disfrazado de cantaor de flamenco provisto de una guitarra española. Pero no veía a nadie con sombrero cordobés ni instrumento de cuerda, que no fuesen los músicos de la orquesta que tocaban en ese momento los acordes de un rigodón.

Recordó fugazmente a su amiga Teresa. «¡Qué boba!», pensó, «¡Lo que se está perdiendo por su cabezonería! Esa manía suya de no fiarse de ningún hombre y a la vez querer ser igual que ellos le costará cara. De momento ha conseguido discutir conmigo y quedarse sin baile».

Decidió no regalarle ni un solo pensamiento más a la arisca Teresa; sabía que no le iba a costar demasiado recuperar su amistad, porque no era la primera vez que se producía un desencuentro entre ambas y siempre lo arreglaban entre lágrimas y abrazos.

—¿Vienes dispuesta a convertirte en otra, escondida tras la máscara?

La pregunta sobresaltó a Eugenia, que sintió el aliento de aquella voz masculina desconocida en su oído como un vendaval inesperado.

—Tu belleza no se puede disimular ni ocultándola tras un rostro ficticio —insistió el hombre.

—¿Quién sois? —La chica no se atrevió a volverse.

—Soy el trovador que canta sus penas de amor en cuanto te alejas, adorada Eugenia.

—¡Eres tú! —exclamó feliz—. Déjame que te vea. ¿Cómo te has disfrazado?

Cuando Eugenia se volvió, el hombre había desaparecido. Las estancias del palacio, abarrotadas de madrileños disfrazados, se convirtieron para Eugenia en el escenario de un juego con el trovador. Le parecía entreverlo al fondo de una sala, pero cuando llegaba, él ya se había escabullido por la puerta hasta el siguiente salón.

Don Onofre había desistido de perseguirla. Rendido, se sentó en uno de los sillones en el salón menos bullicioso.

Entre tanto, Eugenia continuaba su persecución. De nuevo, la voz del trovador la sorprendió a su espalda, esta vez acompañada del tacto de unas manos que agarraron con fuerza su cintura.

—No te vuelvas —ordenó la voz—. Ya casi has llegado al final de laberinto. Cierra los ojos y cuenta hasta diez.

El hombre tomó las manos de la joven y tapó con ellos sus ojos por encima de la máscara. Antes de escabullirse de nuevo, susurró en su oído:

—No hagas trampa y cuenta.

Ella, divertida, comenzó a contar en alto: uno, dos, tres… cada vez más deprisa.

—Y diez.

Apartó las manos y abrió los ojos, justo a tiempo para descubrir que su presa se escapaba tras una pequeña puerta camuflada al fondo del salón.

Eugenia llegó hasta la puerta y la abrió, detrás reinaban un silencio y una oscuridad extrañas en medio de tanta fiesta. A punto estaba de dar media vuelta para regresar al baile cuando unas manos enguantadas la asieron por la cintura.

Luego, más silencio.

************************

Ya amanecía cuando los últimos invitados abandonaron la fiesta, desprovistos de sus máscaras, descubriendo sus rostros al nuevo día. Don Onofre buscaba inútilmente a su hija entre aquellos pocos espectros borrachos. Para tranquilizarse quiso pensar que, al no encontrarle, ella se había marchado sola a casa. Pero el cochero seguía en la puerta, cabeceando sobre el pescante, y el carruaje vacío solo mostraba la verdad: Eugenia había desparecido.

Rosa Huertas, Todo Es Máscara

lunes, 1 de febrero de 2016

MALA LUNA

Yo nací en mala luna. 
Tengo la pena de una sola pena 
que vale más que toda la alegría.
Miguel Hernández

Clara y Víctor son dos jóvenes que estudian en un instituto de Orihuela, y el azar los acaba uniendo, pues sus abuelos están relacionados por una historia que les lleva a descubrir los últimos años de  Miguel Hernández. El abuelo de Clara estuvo con él en la cárcel los últimos tiempos y sabe del dolor que sufrió el poeta, aunque no ha querido compartirlo con nadie hasta que la propia Clara ha tirado del ovillo. El abuelo de Víctor, por su parte, Aurelio, ya ha muerto y no goza de las simpatías del Sr. Castillo, el abuelo de Clara, recién operado y convaleciente.

Víctor y Clara se alían para encontrar algo de lo que hablan los dos abuelos, el cuaderno de tapas negras en el que Miguel Hernández escribió sus últimos versos y que le fue requisado, a traición, por Aurelio Sánchez-Macías, el abuelo de Victor, cuando murió en la cárcel de Alicante. Castillo ha vivido con la pena de saber que esos poemas están en malas manos y ahora, con Clara y Víctor implicados, parece que llega al final de la historia.

Aurelio Sánchez-Macías, el Chino, arrastra un pasado lleno de contradicciones que lega a su nieto en forma de memorias, donde se entremezcla la amistad y la desconfianza. Aurelio fue amigo de Miguel Hernández, siempre a su sombra. Al estallar la guerra, Aurelio supo estar del bando de los vencedores y no ayudó a su amigo, al contrario. Aurelio acabó medrando, amasando una gran fortuna y viviendo, en su interior, en una perpetua contradicción, entre la lealtad y la traición.

Los personajes están muy bien trabajados, tanto por las descripciones de Rosa Huertas como por lo que los propios personajes muestran de sí mismos o cuentan de otros. Por un lado, los dos abuelos, sobre todo Aurelio, un personaje redondo, torturado por su pasado, que no somos capaces de juzgar. Clara y Víctor los dos adolescentes, llenos de vida, de proyectos, pero también de pesares y contradicciones. La acción se desarrolla entre Madrid (pasado) y Orihuela (presente). Entre los temas encontramos la amistad, la lealtad y la traición, el amor, las relaciones familiares, la literatura… En definitiva, es una obra entretenida, que nos introduce en la obra y vida de Miguel Hernández.

lunes, 16 de noviembre de 2015

LOS FANTASMAS NO EXISTEN. ¿O SI?


La experiencia nos confirma la evidencia de su naturaleza ficticia: nadie ha podido comprobar de forma convincente su pertenencia al plano de lo real.

Sin embargo, hoy apelo a la complicidad de quien lea estas páginas: no podrás entender la historia que sigue si, al menos, no crees mínimamente en su existencia. Si no es así, resultará inútil que continúes leyendo.

Yo misma, si hubiese encontrado esta advertencia al comienzo de un libro unos meses atrás, lo habría cerrado en la primera página y lo habría devuelto a la biblioteca. 0 se lo habría regalado a mi prima Marina, tan aficionada a las novelas de jóvenes magos y de adolescentes vampiros, cuyas peripecias me han resultado siempre tan absurdas como prescindibles.

Pero nada es igual que hace unos meses, ni yo misma lo soy ni el mundo que me rodea. Ahora sé que no es más que un decorado ficticio, bajo el cual palpita lo que no se deja ver: algo que se presiente y, a veces, se nos presenta como si los espejismos hubiesen saltado al otro lado de sus reflejos.

Así irrumpió en mi presente el espectro de un habitante del pasado, arrastrando hacia mí y en tropel a un ejército de sombras que se convirtieron en mis peores pesadillas.

Los recuerdos se me agolpan hoy sin orden ni concierto. Las notas que fui tomando desde que comprendí que aquella experiencia demoledora podía acabar difuminándose en el olvido tienen un preludio que aún me cuesta ordenar. Qué ocurrió antes y qué después, ya casi no importa. Lo cierto e importante fue que sucedió, más o menos, como lo.cuento. Por mucho que se quiera es imposible reproducir fidedignamente los hechos pasados, siempre añadiremos algún detalle que no estaba u omitiremos una frase que para siempre quedará oculta en el tiempo. Solo la realidad es la verdad absoluta; lo demás, lo narrado, no deja de ser ficción.

Mis recuerdos borrosos se desdibujan pero no dejo de relacionar el pistoletazo de partida de mi desazón con la noche en que mi hermana Carmen gimoteaba en su habitación a las tantas porque no se sabía la lección de Literatura. Podría asegurar que la escena ocurrió la noche antes de escuchar por primera vez aquella voz: «Ayúdame a recordar». La primera piedra de la enorme torre que se fue construyendo en mi vida la puso mi hermana una noche de invierno.

Rosa Huertas, Tuerto, Maldito y Enamorado

PREMIO ALANDAR 2010

jueves, 24 de septiembre de 2015

CÓMO CREÉ EL BLOG DE CYRANO

La soledad me devolvió la cara amarga del día. Quise pensar solamente que había encontrado un buen amigo con el que compartir estudios y aficiones, alguien que se refugiaba en los libros, como yo. No pude. Sabía que no me conformaría con palabras que no fuesen pronunciadas cerca de mi oído y que su compañía acabaría avivando unos sentimientos que aún eran insignificantes para lo que podrían llegar a ser.

Me conocía bien: presa fácil de amores imposibles.

Muy parecida a Cyrano.

Habría sido más sencillo digerir esas tres palabras, «es mi novía», si Pablo hubiese resultado ser un tipo superficial o con intereses muy diferentes de los míos. Pero no, parecía inventado para mí por una mano perversa, dispuesta a observar con curiosidad científica los avatares de mi maltrecho amor no correspondido.

También podía huir, aún estaba a tiempo: salir corriendo en dirección contraria, rechazar su propuesta de estudiar juntos, perderme el intercambio de poetas y desplazarme a tomar apuntes a la primera fila de la clase. Pero habría sido como renunciar al postre, como devolver las entradas para un estreno, como no abrir la puerta del salón el día de Reyes.

No me lo quería perder, aunque presumía que el proceso me resultaría doloroso.
En estas cavilaciones andaba, sentada ante mi escritorio, cuando mis ojos se posaron sobre el libro de Cyrano, que aún no había devuelto a Segis. Dudaba si aquel sería el mejor momento para sumergirme en sus páginas y leer las cuitas de un amante desengañado, presa de un amor imposible.

En esa página del libro, Cyrano de $ergerac también aventaba su desventura, transformada en versos dodecasílabos:

Hacia vos mi corazón va como un grito,
y si los besos se enviaran por escrito,
leeríais mi carta con los labios.

Los envidié. A Cyrano y a Segis, capaces de convertir su amor no correspondido en palabras de desahogo. sedantes contra la melancolía. Las frases no pronunciadas se habían convertido en su refugio. Una vez leí que los refugios no valen de mucho, pero no se puede vivir siempre al raso.

Pensé que yo tampoco debía permanecer a la intemperie, con la que me estaba cayendo. Mejor imitar a mis amigos, uno real y otro de ficción, y refugiarme en un espacio solo mío. Yo también escribiría a mi amor imposible.

Era consciente de que, en los tiempos que corren, tiene poco sentido escribir cartas que se van a quedar guardadas para siempre en un cajón olvidado. Adernás, seguro que mi madre las localizaba y se las leía, menuda vergüenza.

Entonces se me ocurrió: lanzar mis cartas al infinito universo de internet, donde hay espacio para casi todo, incluso para crear un refugio personal y privado que en cualquier momento podemos convertir en público.

Crearía un blog. Y eso hice: El blog de Cyrano. Pasé el resto de la tarde escribiéndolo. No le daría a nadie la dirección, aunque quizá alguien entrase allí por casualidad y lo leyese. Era una posibilidad, remota, pero una posibilidad. Desde luego, no sería la persona para quien escribí esas cartas, pero podría ser también un interlocutor válido. Escribiría sin la esperanza de que los ojos de Pablo se posasen en mis palabras. Representaría el papel de amiga fiel y me guardaría para el blog todo lo inconfesable.

Querido Pablo:

Me gusta tu nombre. Suena como el agua cuando cae en los charcos y la tierra comienza a oler con la humedad del verano. Estoy soñando, imagino que eres como yo te he pintado: alegre y tierno, cómplice y enamorado. Si quisieras coger mi mano, te enseñaría los atardeceres desde el templo de Debod y te pasearía por las noches llenas de luces de Alcalá; te llenaría las manos de recuerdos y los pies de pasos perdidos por calles trazadas con abrazos. Pero no sé quién eres, querido Pablo, y por eso esta carta dormirá en este blog para siempre: no podría enviártela, ni tan siquiera sin firma.

Tu amiga, hoy,

Sofía

Rosa Huertas, El Blog de Cyrano

martes, 7 de abril de 2015

EL BLOG DE CYRANO

Sofía, el fin de semana antes de comenzar Periodismo, en el Retiro conoce a un actor, Segis, disfrazado de Cyrano de Bergerac, y como él no puede mostrar sus sentimientos a la persona que ama.

Ya en la facultad conoce a Pablo, joven con gustos parecidos a los suyos (pasear, leer, etc…), por el que se siente atraída. Pero el chico tiene novia. Y Sofía decide esconder sus sentimientos y volcarlos en un blog, donde cree que nadie leera las cartas que escribe a Pablo, como las que Cyrano escribe a Roxanne a través de la figura de Christian. pero una voz anónima le va a responder.

Los muchachos tienen que preparar un trabajo de investigación sobre un Boletín del Sindicato de Actores que se publicaba en la guerra civil española, pero encuentran dificultades para conseguir información. Pablo da con un anciano que les entrega unos documentos en los que se cuenta una historia de amor, anterior a la guerra civil, que terminó trágica y misteriosamente por el asesinato de ella,  y que tiene como protagonistas a los actores de la compañía teatral de Margarita Xirgu que estrenaba las obras de García Lorca.. Por fin tienen algo interesante que contar.

El libro de Rosa Huertas es una historia romántica clásica, de amor y de sentimientos que nadie se atreve a confesar por no salir herido, algo con lo que muchos lectores se sentirán identificados. Las dos historias se van a entrelazar en una trama que nos va atrayendo y donde la autora va mezclando realidad y ficción: por una parte, el blog de Sofia y sus cartas a Pablo; por otra, la triste historia de amor en el mundo del teatro del Madrid de los años treinta.

                Por cierto, seguid el enlace si quereis ver El Blog de Cyrano
                Y un fragmento de la novela aquí