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martes, 9 de noviembre de 2021

EL CHICO DE LA FLECHA

 


Enviado por Javier

El joven Marco  vive en Emerita Augusta en el siglo I d. C.. Tiene una hermana menor, Junia, y ambos viven con su tío, que viaja constantemente a Córdoba, donde ostenta un cargo público. El compañero inseparable del protagonista es Aselo, un esclavo de la familia que fue recogido cuando era un bebé. Juntos protagonizan todo tipo de gamberradas y peripecias domésticas.

Tras una de sus trastadas, Marco se herirá una pierna gravemente y Cornelio, el liberto encargado de la administración de la casa, como compensación regala Aselo a Superstes.

Cuando vuelve su  tío, informado por las cartas de Junia, despide a Cornelio y le pide a Superstes que le devuelva el niño, pero resulta que ya ha sido vendido y está en alguna cantera de la Bética. Tío y sobrino deciden ir a buscarlo.

                Con esta novela, la primera de una saga, Espido Freire nos acerca a la Hispania romana, a través de unos personajes que se caracterizan por sus rasgos humanos, trabajando valores como el amor, la amistad, el aprendizaje y la justicia.

miércoles, 27 de octubre de 2021

LA SANTA COMPAÑA

 

Acabada la cena, se reunieron casi todos frente al fuego, pues por la noche refrescaba bastante, a pesar de estar ya casi en verano, y más ese día. Según les dijo el hospitalero, en esa alberguería existía la costumbre de contar historias sobre el Camino en torno a la lareira o cocina de leña, sentados en los escaños con un vaso de orujo o de vino caliente con miel en la mano.

—A esto lo llaman en esta tierra el filandón, ya que en las casas suele hacerse mientras se fila o hila la lana de oveja o se lleva a cabo alguna tarea parecida —les explicó el hospitalero (...)

Tras esa historia milagrera, que complació mucho a la concurrencia, tomó la palabra un peregrino de origen berciano, si bien vivía en Segovia. Era casi un anciano, con la piel muy curtida y llena de cicatrices, al que todos llamaban el Gato, porque parecía tener siete vidas. Este les contó que había hecho varias veces el Camino y que no le tenía miedo a nada, salvo a una cosa, añadió con tono de misterio. Hacía ya muchos años, en el sendero que iba de Triacastela a Sarria, se le hizo de noche, por haberse distraído con una moza. No obstante, no se preocupó, pues llevaba una antorcha consigo y conocía bien la senda. Pero, al llegar a una especie de encrucijada, surgió una espesa niebla que le impedía distinguir nada más allá de un palmo. Así que se detuvo en medio del camino a esperar a que la bruma se disipara. Mas de pronto vio unas luces que se dirigían hacia él de manera pausada por uno de los ramales. Al principio pensó que podía tratarse de un grupo de peregrinos, pero enseguida se dio cuenta de que estaba equivocado.

—Yo, que he estado en la guerra de Granada y me he enfrentado muchas veces a fieras salvajes y a bandidos más fieros todavía, jamás he sentido tanto pavor como esa noche —continuó el hombre con tono lúgubre—. Cuando las luces llegaron a la encrucijada, comencé a vislumbrar a una persona con una cruz y un caldero lleno de agua bendita. Detrás iba una comitiva que no se podía percibir, salvo por el airecillo frío que producía a su paso y que a mí me hizo estremecer. Cada miembro portaba un cirio que parecía incombustible. El que iba en cabeza me ofreció la cruz y el caldero, que según los curas son símbolos de la salvación eterna. Yo me sentía tan aterrado que a punto estuve de aceptarlos. Pero, entonces, me acordé de lo que mi santa madre, que en paz descanse, me decía cuando era niño: «Si alguna vez se te aparece la Santa Compaña, no tomes nada de lo que te den, pues el que camina delante solo puede librarse de la muerte cediéndosela a otro. Y recuerda que, para protegerte de ella, habrás de trazar un círculo en la tierra a tu alrededor». Y así lo hice aquel día; con el bordón a modo de compás hice un redondel y los aparecidos pasaron de largo sin verme. Por eso ahora puedo contarlo —añadió, tras apurar con ganas su vaso de orujo.

La historia fue acogida con gran júbilo y algo de miedo, todo hay que decirlo, por parte de los presentes. Uno de ellos, sin embargo, puso en cuestión la existencia de la Santa Compaña, diciendo que eso eran supersticiones y cosas de viejas, historias que se contaban al amor de la lumbre, como en ese momento estaban haciendo ellos (…)

Después intervino un hombre mucho más joven, que hablaba con acento gallego y al que apodaban el Estudiante, porque sabía leer y escribir. No tendría más de veinticinco años. Era alto de estatura y de complexión fuerte, con el pelo negro y lacio, los ojos grandes y la nariz roma.

—Yo no soy un caminante tan experimentado como nuestro amigo el Gato. Pero sé de buena tinta que hay una hora en la noche, la más triste y fatídica de todas, en la que los espíritus y fantasmas dejan sus ocultas moradas y vienen a este mundo a expiar sus culpas. Suele ser a medianoche o poco después de ocultarse el sol, momento en el que se levanta una espesa niebla y empiezan a distinguirse en lontananza multitud de luces que, pausada y majestuosamente, caminan sin rumbo fijo, así como ruidos misteriosos, de cadenas y campanillas, acompañados de susurros ululantes y rumor de viento. También se escuchan lamentos o quejidos que parecen salir del cementerio, como si fueran una bandada de pájaros que volaran cerca del suelo, impregnando el aire con la humedad de los sepulcros. Son las ánimas de los difuntos, os espíritus da noite, como dicen en mi pueblo. El nombre es lo de menos, lo importante es que existen; por lo general, son seres andariegos y nocturnos que traen la desgracia a todos aquellos que tienen la desdicha de verlos aparecer. Algunos entran en la iglesia, de donde toman la cruz, y luego empiezan a deambular por los contornos y a penetrar en las casas, donde se apoderan de las personas dormidas, las sacan por el ojo de la cerradura y, entregándoles un hacha de cera, las incorporan a su lúgubre procesión. El que lleva la cruz suele ser muy delgado, con la piel macilenta y amarilla y los ojos hundidos en las cuencas, pues apenas duerme ni descansa. Si el camino es estrecho y, por casualidad, coinciden los vivos y los muertos, los primeros tienen que apartarse y ceder el paso si no quieren ser arrastrados por tan triste cortejo. Y aquellos que sobreviven a tan fatídico encuentro lo hacen con el permiso de la Muerte, pero algún día tendrán que pagar por ello. Eso es todo lo que puedo decir.

—Que no es poco, y lo habéis contado de tal forma que, por un momento, he sentido su presencia aquí dentro —comentó el hospitalero—. ¿Y vos qué pensáis? —le preguntó a Rojas.

—Yo soy de La Puebla de Montalbán y vivo en Talavera de la Reina —explicó el pesquisidor, al que le costaba un poco hablar con soltura, a causa del orujo que había bebido—, y allí no tenemos esta clase de procesiones. Yo, al menos, no me he tropezado nunca con ellas, ni conozco a nadie que las haya visto ni de lejos ni de cerca, ni de día ni de noche… Preguntadle mejor a mi compañero, que de esto sabe mucho más que yo, ya que es gallego y buen caminante.

—Y bien, ¿qué tenéis que decir? —inquirió el hospitalero, dirigiéndose a Elías.

—En efecto, soy gallego y ya sabéis lo que se dice en mi tierra de las meigas y de otras criaturas no menos extrañas, que haberlas haylas. Y si existen las meigas, ¿por qué no va a existir también la Santa Compaña? Yo hasta la fecha no he tenido la desgracia de toparme con nada parecido, pero recuerdo que mi madre, poco antes de morir, me contó que ella, de moza, sí que la había visto al lado de la iglesia de su pueblo, Liñares, y que una de las ánimas le había ofrecido una vela para que la cogiera y se sumara a la procesión, pero que ella no había obedecido porque tenía las dos manos ocupadas, pues venía de coger agua de la fuente. De modo que me aconsejó que hiciera lo mismo si alguna vez me encontraba con la estadiña.

—¿Lo veis? Tenía yo razón: cosas de viejas que amamantan y educan a sus hijos con estas creencias —concluyó el que se había mostrado más escéptico.

—Lo que no quita para que tales cosas existan —replicó Elías con vehemencia—, ¿o es que vais ahora a dudar de la palabra de mi madre?

Luis García Jambrina, El manuscrito de barro

viernes, 15 de octubre de 2021

LA LEYENDA DEL LADRÓN

 

Andalucía, 1587. En un pueblo arrasado por la peste, Miguel de Cervantes, comisario de abastos del rey Felipe II encuentra a un niño, Sancho, que aún se aferra a la vida. Arriesgando su carrera, lo rescata de las garras de la muerte y lo lleva a un hospicio de Sevilla, sin poder imaginar lo que acabará suponiendo ese acto.

Años más tarde, el joven Sancho trabajará como criado en una fonda, donde se aloja un tal William Shakespeare. Tras abandonar a su amo, se unirá a Bartolo, un enano que le enseñará las artes del robo y el engaño.

A partir de aquí, comienzan las peripecias de Sancho: palizas de muerte, galeras, venganzas,  amenazas… lo que le va a permitir a Juan Gómez Jurado adentrarse en diferentes géneros: la novela histórica, la de aventuras, la picaresca, la amorosa, la de intriga…

A Sancho, el protagonista, lo vemos crecer, y está muy bien trazado. En sus peripecias le van a acompañar: Clara, la esclava, que el destino le hace aprendiz de un médico, y lucha por su libertad;  Bartolo, el maestro de Sancho en la picaresca y el engaño; Josué, el negro compañero de galeras de Sancho, que se convertirá en su sombra; Dreyer, el herrero alemán que le enseña a Sancho el manejo de la espada; Monipodio, jefe del hampa sevillana, que se mueve por dinero; Francisco de Vargas, comerciante sin escrúpulos, dueño de Clara, que piensa enriquecerse cada día más a costa de lo que sea; el capitán Groot, lugarteniente de Vargas.

El libro nos atrapa enseguida con un lenguaje sencillo, con un ritmo que va a más hasta llegar a ese enfrentamiento final, donde esperamos que venzan los buenos, que lo tienen difícil, y se haga justicia.

viernes, 1 de octubre de 2021

EL DIABLO Y EL MAR OSCURO

 

Un crimen imposible, un demonio y un viaje maldito

Corre el año 1634 y Samuel Pipps, el detective más famoso del mundo, está prisionero en el Saardam, un gran navío que parte de las Indias Orientales rumbo a Ámsterdam, donde se enfrenta a un juicio y a la horca. Junto a él viajan su fiel amigo, Arent Hayes, decidido a probar la inocencia de Pipps, y Sara Wessel, la esposa del gobernador general de Batavia, en las Indias Orientales.

Súbitamente, una serie de misteriosos sucesos desconcierta a la tripulación y a los pasajeros: poco antes de zarpar, un leproso que muere a lo bonzo lanza una maldición contra la nave y su espíritu rondará por el barco; el símbolo del viejo Tom, un ente diabólico que asoló Países Bajos unos años antes, aparece en una vela; varios animales aparecen sacrificados. Y, por si fuera poco, una voz aterroriza a los pasajeros entre las sombras con una terrible profecía: van a ser testigos de tres milagros diabólicos. El primero, una persecución inverosímil; el segundo, un robo inconcebible; el tercero, un asesinato imposible de cometer.

Con Pipps entre rejas, Arent y Sara tendrán que resolver solos el misterio que amenaza con enviarlos a todos a las profundidades del océano.

                En esta novela de Stuart Turton se mezclan diversos géneros: la de aventuras (la travesía y posterior amotinamiento de la tripulación), la de intriga y misterios (el robo y el asesinato del gobernador), la de detectives (en varios momentos veremos actuar a Pipps como Sherlock Holmes), la de terror (el viejo Tom que les persigue, el barco misterioso que aparece y desaparece por la noche, los cazadores de brujas).  

.              Un ritmo ágil, que progresa en parte gracias a las diversas subtramas que se van abriendo y a los secretos que guardan todos los personajes. Con respecto a los personajes, me quedaría con los femeninos que se van a hacer dueñas de la historia: Sara Wessel (que ha tenido que soportar los malos tratos de su marido, inteligente y decidida), su hija Lia (que destaca por su mente científica y su inventiva tecnológica), Creesjie Jens (amiga de Sara y amante oficial de su marido) e Isabel (la aprendiz del predicador Sander Kers, el último cazador de brujas).

viernes, 24 de septiembre de 2021

EL SILENCIO DE LAS MUJERES


Enviado por Pedro

Pat Barker nos ofrece las últimas semanas de la guerra de Troya desde una perspectiva muy distinta, la de Briseida, antes reina de Limeso, ahora esclava concubina de Aquiles, tras haber visto como este mata a su marido y a sus hermanos; la joven deberá adaptarse para sobrevivir a una vida distinta a la que había llevado, la de las mujeres cautivas que sirven al ejército griego. Así que la historia nos la va a contar una mujer, una de los vencidos, una de los no combatientes

Cuando Agamenón, el rey de todos los griegos, exige que le den a Briseida, la joven se ve atrapada entre los dos aqueos más poderosos. A modo de protesta, Aquiles se niega a luchar y los griegos empiezan a perder terreno frente al enemigo troyano. Briseida no se arredra ante los horrores cotidianos de la guerra y observa a los dos hombres al frente de las tropas griegas.

A través de Briseida conocemos el desenlace de la historia y a sus protagonistas; vemos a un Aquiles muy pagado de sí mismo en su condición de héroe, pero a la vez se nos muestra su lado más humano en diversos momentos… Agamenón, el malo malísimo, ávido de poder y riquezas, borracho y cobarde pues evita la lucha en primera línea y teme a Aquiles, aunque este haya muerto… Patroclo, el amigo que sigue a todas partes a Aquiles y el que más le comprende…  Pirro, que no le llega a la suela de las sandalias a su padre, a quien desea imitar y superar… Y tras los héroes tenemos a Briseida, Hecamede, Políxena, Ritsa, Criseida, Hécuba, Tecmesa, Andromaca….

domingo, 25 de julio de 2021

AL LLEGAR A COMPOSTELA

 


Para no darle más vueltas al asunto, se dirigieron al Pórtico de la Gloria, con el fin de que el pesquisidor pudiera admirarlo de cerca. El clérigo le contó que la catedral se mantenía abierta todo el día, debido a que muchos peregrinos querían visitarla nada más llegar a Santiago, fuera la hora que fuera, y pasar la noche en ella. También le dijo que, en la víspera de la fiesta de Santiago, se peleaban con el bordón por quitarse los unos a los otros la guardia nocturna del altar, llegando a haber heridos y hasta algún que otro homicidio. Mientras escuchaba a su amigo, Rojas pudo contemplar las riñas de algunos romeros por ser los primeros en acceder a la catedral.

El clérigo le explicó que, a su llegada a la basílica de Santiago, los peregrinos realizaban un curioso ritual, dirigido a conseguir el perdón de los pecados y la purificación de su alma. «Todo gira aquí en torno a ese asunto», recalcó. Se trataba de un itinerario simbólico en el que estaban representados el principio y el fin, el Génesis y el Juicio Final. Los romeros que venían de hacer el Camino Francés solían entrar por la puerta del Paraíso o Francígena o de Azabachería, situada en el norte, cuyo pórtico mostraba escenas de la creación, del pecado original y de la expulsión del Paraíso, con la intención de recordarles que todos eran pecadores. Ya en el interior, hacían entrega de cera y aceite para las lámparas en su nombre o en el de otros que se lo habían encomendado. Había tantos cirios encendidos que el templo resplandecía como si fuera pleno día.

Muchos donaban también dinero u otras ofrendas de valor, y todo ello se iba guardando en unas arcas de madera vigiladas por un guardián o arqueiro, que anunciaba en varias lenguas las indulgencias concedidas por la peregrinación y por las correspondientes dádivas.

Después, los peregrinos recorrían las capillas del crucero rezando a los distintos santos. Tras confesarse y comulgar en alguna de ellas, cada peregrino recibía, a cambio de unas monedas, la llamada compostela, un documento que acreditaba que había realizado la peregrinación. Continuaban luego por la puerta de Platerías, orientada hacia el sur, donde se mostraba la muerte de Jesús para redimir a los hombres de sus pecados. El ritual culminaba con el abrazo corporal a la figura del santo o apretá, que se completaba con un ruego en voz baja: «Amigo, encomiéndame a Dios», y que simbolizaba la unión con el apóstol, que se encontraba en un camarín al que se subía por unas escaleras que había detrás del altar. Por último, se salía por el Pórtico de la Gloria, donde podía contemplarse el juicio final, según el Evangelio de San Juan. Una vez conseguido el perdón, gracias a Jesucristo, el peregrino ya podía comparecer ante el Juez Supremo sin miedo alguno.

Los dos amigos se dirigieron a la fachada este, donde se encontraba la puerta Santa o puerta del Perdón, que se había construido no hacía mucho y que tan solo se abría en los años santos jacobeos. Para ello tuvieron que pasar por la plaza de Platerías, llamada así por los talleres de orfebrería en los que se vendía, como recuerdo de haber estado en Santiago, toda clase de objetos de plata con motivos relacionados con el Camino. En el atrio o paraíso de la fachada norte, estaban, por otro lado, las tiendas de azabache, muy apreciado por los romeros, así como los puestos de conchas, naturales o de metal, botas de vino, zapatos, escarcelas de piel de ciervo, cinturones, correas, amuletos y figas para combatir el mal de ojo, bordoncillos de hueso, hierbas medicinales…

Luis García Jambrina, El manuscrito de barro

jueves, 1 de julio de 2021

EL TERROR

Enviado por Pedro:

En 1847, dos barcos de la Armada británica, el HMS Erebus y el HMS Terror, que navegaban bajo el mando de sir John Franklin, están atrapados en el hielo del Ártico. En su anhelada busca del paso del Noroeste, parecen haber fracasado. Sin poder hacer nada por continuar su marcha y completar su expedición, rodeados del frío polar y de inminentes peligros, sólo pueden esperar a que llegue el deshielo que les permita escapar.

Poco a poco, los días van pasando y las condiciones de supervivencia se vuelven más extremas; temperaturas que superan los cincuenta grados bajo cero, provisiones de comida escasas, el deterioro de los barcos o la llegada de enfermedades van mellando la esperanza de la tripulación Por si fuera poco, la extraña presencia de una criatura bestial y misteriosa hace que los hombres crean que se enfrentan no sólo a las condiciones naturales más adversas, sino también a fuerzas sobrenaturales que superan, por momentos, sus creencias y su razón. Con el tiempo y la llegada de las primeras muertes, fantasmas como el de la rebelión, el motín o el canibalismo hacen su entrada en escena, en un panorama desolador.

Basada en hechos reales, El Terror es una magnífica novela en la que Dan Simmons consigue que el lector se sienta, aterido, uno más de los tripulantes extraviados en el Polo.

Tras un trabajo previo de documentación e investigación, Simmons construye una inquietante novela histórica de terror, con algunos elementos de literatura fantástica, que ayudan a crear la agobiante atmósfera que impregna el libro. Tal vez, uno de los aspectos más complicados que tenía era transmitirnos toda esa sensación de agobio, de desesperanza que siente la tripulación de los dos barcos en esa situación inhóspita y terrible: hambre, hacinamiento, frio, el egoísmo y la traición…

 La perspectiva desde la que nos cuentan los hechos en cada capítulo va variando según el personaje principal que tomamart el autor (algo parecido a lo que ocurre en Juego de Tronos, de G. R. R. Martin), así los de Crozier, el Capitán del HMS Terror, o los del doctor Goodsir. De esta forma, el autor se adentra en la psicología y en las motivaciones de los personajes.

                Toda la trama de novela histórica, la expedición en el Ártico, podría ser propia de las novelas de Patrick O’Brian, pero todos los elementos fantásticos y esa sensación de agobio y terror nos recuerda la Narración de Arthur Gordon Pym, de Poe. Pero también encontramos referencias a la propia obra de Simmons, pues ese monstruo de ojos inquietantes, enorme estatura y garras como cuchillos con su comportamiento nos trae a la memoria el Alcaudón, la criatura de  la mítica serie Hyperion (Premio Locus y Hugo 1991).


viernes, 18 de junio de 2021

SIDI

 

                Enviado por Manuel

No tenía patria ni rey, sólo un puñado de hombres fieles. No tenían hambre de gloria,  sólo hambre. Así nace un mito. Así se cuenta una leyenda.

Arturo Pérez-Reverte nos lleva al siglo XI para ofrecernos la aventura de un guerrero desterrado que viaja con una hueste que lo respeta y lo sigue; es una historia de exilio y frontera, de lucha por sobrevivir en un territorio hostil, indeciso y de fuerzas encontradas. El libro recoge más o menos el primer cantar, desde que es desterrado por el rey Alfonso VI hasta que,  trabajando como mercenario al servicio del rey mulsuman de Zaragoza, derrota al conde de Barcelona, Ramón Berenger.

 Reverte desmitifica al personaje, haciéndolo humano. Vemos al caballero que sufre la injusticia real y, en compañía de sus deudos, afronta una vida de penurias. Inteligente, perspicaz y bravo, tiene primero que solventar el presente. Permite el engaño a unos judíos avariciosos. Pelea con ejemplar denuedo. Y es tentado por la hermana del rey moro de Zaragoza, seducción que no figura en el Cantar.

Vemos las incursiones de moros y cristianos donde se saqueaba, robaba y asaltaba a los pocos que en ella vivían, donde se luchaba hasta la muerte por conquistar un territorio para algún señor por una soldada y un botín que poder repartir. Con Sidi y sus hombres, sentiremos el calor, la sed, la fatiga, el polvo, el peso, el dolor, el sudor, el sabor y el olor de la batallas.

lunes, 14 de junio de 2021

UN ANTECESOR DE DON QUIJOTE

 


Estaban a punto de llegar a la aldea de Puente de Órbigo cuando vieron venir corriendo hacia ellos un grupo de peregrinos asustados.

—¡Lo ha matado, Dios mío, lo ha matado! —gritaban algunos con el gesto desencajado o echándose las manos a la cabeza.

—No sigáis si no queréis salir malparados —les avisaban otros sin dejar de huir.

Elías y Rojas se miraron con gesto de sorpresa y, sin necesidad de decirse nada, siguieron adelante, con la intención de ver qué había pasado y socorrer a la víctima, si es que aún seguía con vida. Tan pronto llegaron a una floresta que había al lado del camino, lo primero que se encontraron fue a un hombre encaramado a un rocín y vestido con una extraña armadura, ya que las piezas estaban abolladas y no encajaban bien entre sí, y hasta puede que faltara alguna. Parecía de complexión delgada, seco de carnes y, por lo que dejaba ver la celada, enjuto de rostro. A pocos pasos de tan atrabiliario caballero había un peregrino tirado en el suelo que apenas podía moverse; junto a él yacía su bordón y, algo más allá, estaba su mula pastando, ajena a todo.

—Alto ahí —les gritó el de la armadura con aire retador—. Si queréis cruzar el puente en compañía de tan bella dama, tendréis que justar conmigo. Si no lo hacéis, deberéis daros la vuelta, como unos cobardes, o vadear el río, que os advierto viene muy crecido a causa de las lluvias y podríais perecer ahogados.

—¿Pensáis que se trata del asesino? —le preguntó el clérigo en voz baja al pesquisidor.

—No lo creo, pero ya veis cómo se las gasta —comentó Rojas, haciendo un gesto hacia el hombre que estaba en el suelo.

—¿A qué esperáis? —los apremió el otro.

—Muy bien —aceptó el pesquisidor, dirigiéndose al estrafalario caballero—. Justaré con vos si me prestáis una lanza y un escudo y dejáis que la dama y mi amigo pasen ya al otro lado del río, como un gesto de buena voluntad.

—Ella puede pasar, mas no así vuestro amigo. En cuanto a la lanza, podéis usar la suya —añadió el hombre, señalando el bordón que estaba junto al herido—. Por el escudo no os preocupéis, que yo me desharé del mío —añadió, arrojándolo al suelo.

—Pero ¿qué es lo que vais a hacer? —le recriminó Elías a Rojas.

—Tratar de derrotarlo —contestó el pesquisidor con naturalidad—, para que deje de provocar más daño, sea o no el asesino.

—¿Sin armadura ni lanza ni escudo? —objetó el clérigo.

—Sabré arreglármelas, no os preocupéis. A juzgar por su aspecto, no parece estar en sus cabales.

—Por eso mismo; un loco con un arma puede ser más peligroso que un criminal —le advirtió Elías.

—En todo caso, ya no hay vuelta atrás. En cuanto a vos —dijo, dirigiéndose a Marcela—, os ruego que nos esperéis en el hospital de peregrinos que hay al otro lado del río. Y no dejéis de pedirle al hospitalero que avise a los alguaciles, por lo que pudiera pasar.

—Preferiría quedarme junto a vos —se ofreció ella—. Por otra parte, no hace falta que peleéis por mí; algún sitio habrá más adelante por donde cruzar el río.

—Haced lo que os pido, es lo mejor.

—De acuerdo —concedió la mujer—. Pero tened cuidado, os lo ruego.

Cuando Marcela se fue, Elías le alargó a Rojas el bordón que había en el suelo y le preguntó:

—¿Estáis seguro de lo que pretendéis? ¿No lo estaréis haciendo para impresionar a Marcela?

—De ningún modo —rechazó Rojas—. Y ahora retiraos.

—¿Preparado? —gritó el de la armadura.

—Cuando queráis.

Después de persignarse, el caballero miró al cielo y balbuceó unas palabras incomprensibles. Luego, sin más preámbulos, se bajó la visera de la celada y se lanzó a toda prisa sobre Rojas con la intención de cogerlo por sorpresa, despojarlo de su supuesta arma y tirarlo del caballo. Rojas, al ver lo que se le venía encima, trató de apartarse un poco con el bordón en ristre, mas no lo consiguió y el otro lo derribó. El pesquisidor cayó de espaldas sobre el duro suelo, lo que le produjo un gran dolor. Pero lo peor no fue el golpe, sino la vergüenza que sintió por verse mancillado de esa forma delante de la gente por alguien que parecía un orate. Y menos mal que Marcela ya había cruzado el puente.

—Y ahora os toca a vos —proclamó el caballero, muy ufano, dirigiéndose a Elías, que se había acercado a Rojas, para ver cómo se encontraba—, pues no os creáis que por ir vestido de clérigo os vais a librar de mi reto. De sobra sé que hay caballeros que, debido a su cobardía, fingen ser otra cosa para eludir el combate.

—Os aseguro que yo no soy de esa ralea. Por eso os digo que, si me tocáis un solo pelo de la ropa, os juro por mi honor que acabaréis en manos del Santo Oficio —le advirtió Elías, con tono airado.

—Yo soy cristiano viejo. Así que no me dan miedo vuestras amenazas ni menos aún los tormentos de la Inquisición. Justad conmigo o arrojad el guante al suelo y volved por donde habéis venido, noramala —replicó el caballero con firmeza.

Elías se detuvo sin saber qué hacer, ya que, por su condición de clérigo, no podía aceptar el reto, pero tampoco estaba dispuesto a quedar como un cobarde y abandonar a Rojas a su suerte, dado que eso no era algo propio de un buen cristiano, ni menos aún dejar a ese malnacido sin castigo. Por suerte, en ese momento llegaron varios alguaciles, acompañados del alcalde mayor.

—Perdonen vuestras mercedes por el percance que han sufrido —les dijo este muy solemne, mientras los alguaciles se dirigían a detener al hombre de la armadura—. Pero se trata de un vecino del pueblo que perdió el juicio de tanto oír hablar del célebre Paso Honroso del caballero leonés Suero de Quiñones y, desde entonces, cuando se acerca el verano se escapa del convento en el que unos frailes lo tienen recogido, regresa a casa de sus padres con el fin de recuperar su caballo y su armadura, cada vez más maltrechos, y se planta junto al puente para tratar de emular la famosa gesta.

—Pero ¿de qué habláis? ¿A qué Paso Honroso os referís? —quiso saber el pesquisidor, tras ponerse en pie con gran esfuerzo y comprobar que, de puro milagro, no tenía nada roto.

—Se trata de un reto realizado en nombre de Santiago por el tal Suero de Quiñones hace cosa de un siglo —explicó el alguacil mayor—. El desafío consistía en romper una lanza a los caballeros que, acompañados de sus respectivas damas, pretendieran cruzar el puente camino de Compostela. Al parecer, lo hizo con el fin de poder liberarse de una argolla de hierro que se había comprometido a portar al cuello todos los jueves como muestra de devoción hacia su amada, por la que estaba dispuesto a arriesgar su vida y también la de los nueve compañeros que lo secundaban. Y, como era necesario pasar por este puente para hacer el Camino Francés y, además, era año santo jacobeo, fueron muchos los que se vieron obligados a hacerles frente en tales justas. Así que, al cabo de las treinta jornadas que duró aquello, concretamente desde el 10 de julio hasta quince días después de la fiesta del apóstol, Suero de Quiñones y los suyos llegaron a romper hasta trescientas lanzas y fueron tantos los muertos que la Iglesia tuvo que prohibir enterrar en sagrado a los que perecieran en tan cruel y desigual combate. Entre los derrotados, había españoles, franceses, italianos, alemanes y portugueses. A los causantes de todo, sin embargo, no les pasó nada, pues contaban con el permiso del rey para llevar a cabo semejante reto. Para que veáis cómo ha cambiado el mundo: hoy se tiene por locura lo que hace un siglo era considerado una hazaña caballeresca.

—Tenéis razón —concedió el clérigo—. Precisamente, hace poco me contaron el caso de un estudiante que había perdido la cabeza de tanto escuchar romances y le dio por dejar su casa para ir a luchar contra los moros de Andalucía, sin ser consciente de que el reino de Granada ya había sido conquistado.

—Pues otro que tal baila. El imitador, por cierto, es descendiente, por la rama bastarda, de Gutierre de Quijada, que fue quien, años después del Paso Honroso, mató a Suero de Quiñones de manera harto alevosa, con la ayuda de varios de sus hombres, por no sé qué rivalidades y celos que había entre ellos —les informó el alcalde mayor.

Aclarado el asunto, los alguaciles se llevaron al pobre loco, que aún porfiaba por seguir justando con todos. Por su parte, varios peregrinos atendieron al herido del anterior combate, que en ese momento comenzó a recobrar la conciencia y a preguntar dónde estaba, qué había ocurrido y quién era toda esa gente que lo rodeaba.

—¿Podéis andar? —le dijo el clérigo a Rojas.

—Creo que sí, tan solo estoy un poco dolorido. Afortunadamente, no me ha quebrado nada, salvo el honor —añadió este con tono burlón.

—Eso en el suponer de que lo tuvierais —bromeó el clérigo—. Por cierto, debéis aprender a utilizar mejor el bordón; si no lo hacéis, no duraréis mucho tiempo en el Camino si tenemos que ir a pie.

—Espero que eso nunca suceda —suspiró el pesquisidor—. En cuanto al cayado, ojalá no tenga que volver a usarlo, aunque sí que me vendría bien uno ahora para poder caminar.

—Según sabemos por algunos milagros, hasta el propio apóstol suele hacer buen uso del suyo cuando se le aparece a algún peregrino con la intención de protegerlo de los malhechores, de los lobos o del propio Diablo, pues lo maneja casi tan bien como su espada de matar moros. Pero, como habéis visto ahora, no siempre se puede contar con su ayuda, ya que está muy solicitado —le explicó el clérigo con algo de sorna.

Luis García Jambrina, El manuscrito de barro

martes, 1 de junio de 2021

PÁJARO BLANCO

 

Enviado por Pilar

Julián tiene que hacer un trabajo para el instituto, y busca la ayuda de su abuela, quien le contará cómo fue su adolescencia.

Sara, su abuela, se remonta, durante la Segunda Guerra Mundial, al pueblecito francés en el que era feliz. Como vive en la Francia libre, ella y su familia creen que están libres del antisemitismo que recorre muchas zonas de Europa avivado por los nazis. Pero un día todo cambia, será discriminada y despreciada por un chico, y su vida cambiará por el simple hecho de ser judía.

Cuando peor está la situación, Julián, un chico humilde afectado por la polio, le ayudará.

                Esta es la primera novela gráfica de R. J. Palacio, la autora de Wonder, y es un spin off de La historia de Julián; nos sumerge en una historia donde vemos cómo la amistad, la valentía, la esperanza pueden superar cualquier situación y nos hace reflexionar pues "aquellos que no recuerdan su pasado, están condenados a repetirlo." Toda la historia se centra en dos personajes: Sara, que lo perderá todo, incluso, a las que creía sus amigas; Julián, su compañero de pupitre, quien usa muletas para caminar y es acosado por este motivo.


                La novela retrata la dura realidad vivida en la Francia ocupada, pero nos ofrece mensajes sobre la amistad, el amor, la bondad y la esperanza y temas actuales como el acoso escolar, el racismo, la individualidad del ser humano y el ponerse en el lugar del otro. A través de las ilustraciones somos testigos de una historia cargada de emociones que no nos deja indiferentes.

martes, 27 de abril de 2021

TODO ES MÁSCARA

 

Enviado por María

Madrid, 1835.

Eugenia, una joven de buena familia madrileña, desaparece tras un baile de máscaras en las fiestas de Carnaval. Teresa, su gran amiga, empieza a sospechar y decide buscar información por su cuenta; pero el que una mujer haga demasiadas preguntas no está bien visto. Con ayuda de su hermano decide disfrazarse de hombre y continuar sus pesquisas. Conocerá a Lucas, amigo de su hermano, que no descubrirá su secreto, y la tratará como a otro camarada. Juntos recorrerán la ciudad buscando a Eugenia, y gracias, entre otros, al escritor Mariano José de Larra irán encajando las piezas del puzle.

Rosa Huertas, a partir de temas como la falta de libertad de las mujeres, la lucha política, las desamortizaciones o los carlistas, conforma en esta novela histórica el escenario por el que se mueven los personajes, entre los que aparecen Larra o Mesonero Romanos.

Nos habla de las limitaciones de la mujer en el S. XIX, de sus problemas por pensar de forma diferente o tener ideas propias respecto al amor, la política y la sociedad en la que le tocó vivir . Teresa, en ese sentido, es una adelantada a su época que no duda en vestirse de hombre para conseguir sus objetivos, aunque termina congraciándose con su femineidad. La novela también alude a algunas costumbres o usos de la época, como puede ser el duelo, las tertulias literarias, los mentideros e, incluso, a las diversiones comunes, presentándonos de esta forma un Madrid vivo.

Los personajes como Teresa o Lucas son seres que evolucionan conforme avanza la historia. Lo vemos a través de sus cartas, de sus diálogos. Teresa al final del relato ya no es la joven asustadiza y con baja estima que veíamos al principio, sino una mujer consciente de sus ideas, con voluntad firme. Lucas, por su parte, ya no es el joven despreocupado del principio, algo frívolo, que se fijaba más en la belleza que en el interior, sino un hombre que ha pasado por situaciones límite, que ha estado al punto de perder la vida y que, sin saber muy bien qué le deparará su condición, es consciente del amor que le tiene a Teresa.

lunes, 26 de abril de 2021

LA TARDE DEL ESTRENO

 

Tito Macio Plauto corría frenético de un lado a otro del escenario. Aún faltaban varias horas para la representación pero él se había presentado allí mismo con el alba. Quería supervisar cada mínimo detalle, tenía que estar seguro de que todo saldría bien. Si fracasaba, que fuera porque sus palabras, porque su obra no mereciera el éxito, pero no quería que su gran oportunidad se desmoronara ante sus ojos por culpa de unos malos actores, por el exceso de un borracho, por un escenario endeble o a causa de un público hostil manipulado. Eso último era lo que más le preocupaba. Sabía que la otra compañía de teatro de la ciudad se había visto perjudicada en la asignación de representaciones por parte de los ediles, mientras que la compañía de Casca había salido muy favorecida. Casca parecía que había sabido hacer valer sus contactos con el nuevo edil de Roma encargado de estos asuntos para las Saturnalia de aquel final de año. Un edil joven, Publio, de la gens Cornelia de la familia de los Escipiones, hijo y sobrino de los procónsules de Roma en Hispania; poderoso pero joven y seguramente influenciable, pensaba Tito, por alguien tan manipulador como Casca. O quizá no. Casca le había vuelto a repetir por enésima vez aquella mañana que la selección se ganó porque él ofrecía más comedias mientras que la otra compañía sólo presentaba una larga serie de tragedias y el edil de Roma también compartía la visión de Casca de que el pueblo necesitaba algo más catártico que las desgracias ajenas (...)

—Has sufrido mucho, lo sé —empezó Casca buscando animarle—, no creo que nada de lo que pueda acontecer hoy pueda ser peor que las muchas penurias que has padecido, ¿no crees? Ánimo. El texto es bueno, la obra está bien. He visto los ensayos y es divertida, muy entretenida. Gustará.

—Eso si los actores que tienes recuerdan los diálogos y si el que hace de Líbano está medianamente sobrio.

—Bueno, eso es cierto en parte; en cuanto a ese actor, el que actúa como Líbano, tampoco te interesa que esté completamente abstemio. En el fondo es un gran tímido. Necesita beber para salir a escena. Si te da problemas, dale un par de vasos de vino y empújalo al escenario. En cuanto el licor haga su efecto, las palabras fluirán por su boca como un torrente. Luego, claro, hay que controlar que no beba más de la cuenta durante el resto de la obra.

Con esto Casca lo dejó para atender a unos patricios que se acercaban curiosos al recinto del teatro para ver cómo era todo aquel bullicio unas horas antes de que empezase la representación.

Quedaban quince minutos para el comienzo. El teatro estaba prácticamente lleno y seguía entrando gente. Las Saturnalia llegaban a su fin y el pueblo quería aprovechar cualquier evento que le hiciese sentir el carácter festivo de aquellos días, que lo alejase de sus preocupaciones diarias y, sobre todo, que lo hiciese olvidar el continuo estado de guerra que soportaba desde hacía ya más de seis años. Roma había estado en guerra con frecuencia; de hecho, apenas había estado en paz y pocas veces se podía cerrar la puerta del templo de Jano para indicar tal estado de tranquilidad; pero aquélla era una guerra que se luchaba en su propio territorio y en donde sólo unas pírricas victorias se veían sazonadas con flagrantes derrotas. Se había conseguido enderezar ligeramente un poco el rumbo de la guerra en la península itálica, pero la presencia de Aníbal seguía pesando sobre el ánimo de todos los romanos, cercana, como una espada de Damocles a punto de caer sobre ellos. Las festividades y, muy en especial, las Saturnalia con su carácter descontrolado, eran un tiempo especialmente apetecido en aquellos momentos y el teatro, si se presentaba una comedia, un lugar apropiado para disfrutar de aquel ambiente de olvido y enajenación colectiva. La obra era de un desconocido, pero Roma estaba dispuesta siempre a conceder oportunidades. Nadie se había presentado por primera vez siendo famoso. Eso sí, el juicio sería implacable: éxito y una carrera como comediógrafo durante años para el autor, o fracaso y ostracismo, soledad y, con mucha probabilidad, miseria para el escritor poco favorecido por el público. El punto medio no era algo muy apreciado por el pueblo romano: éxito o fracaso, victoria absoluta o derrota, vida o muerte.

Tito Macio sabía de todo aquello: si su primera obra era despreciada por los espectadores, ése era el principio y el fin de su carrera como autor teatral y su regreso inexorable a la mendicidad y la podredumbre. Roma agasajaba a sus ídolos de igual forma que usaba como carnaza fresca a los caídos. En Sicilia estaban desterrados los legionarios supervivientes del desastre de Cannae, las legiones malditas, los vencidos por antonomasia. A un autor de teatro fracasado no hacía falta que se le desterrara: la miseria y el hambre, una muerte humillante y lenta sería su condena. Tito ya había saboreado bastante de aquellos platos de la pobreza y el sufrimiento. La obra estaba escrita. Ya no se podía cambiar nada ni corregir una coma. Sólo le restaba volcar sus esfuerzos en sostener el montaje en el endeble entramado de aquella compañía de actores inseguros, la mayoría esclavos, algunos borrachos y todos igual de atemorizados que él. Habían presenciado el desastre del montaje de la obra de Livio con los ataques y abucheos promovidos por los actores y tramoyistas de la otra compañía y eso no había hecho sino acrecentar su pavor. Su futuro también dependía de la obra que representaban. Todos se salvaban o todos se hundían. Iban en un mismo barco que Tito Macio intentaba pilotar en medio de una mar revuelta.

—¿Y Líbano y Deméneto? —preguntó Tito. Se dirigía a los actores por el nombre del personaje que representaban para ver si así cada uno se identificaba al máximo con su personaje, o el mínimo suficiente para que no olvidaran en escena el papel que les tocaba representar.

—Aquí —dijo un joven actor junto a otro mayor, de unos cincuenta años, ambos con sus pelucas correspondientes y ya maquillados.

—Bien, bien. Estad listos. En unos minutos salgo a escena para presentar la obra y entráis vosotros. Haced bien vuestro papel y seré generoso con vosotros. Hundidme y os acordaréis de mí.

Y antes de que el joven actor, cuyas rodillas temblaban, pudiera decir nada, Tito desapareció. Iba en busca de su propia peluca y su toga para salir a escena.

—¡Un minuto! —era Casca, gritando desde un extremo del escenario—. ¡El teatro está lleno! ¿Dónde está Tito?

Le indicaron un lugar cubierto con telas que a modo de tienda hacía de vestidor justo detrás del escenario. Tito, en su interior, estaba terminando de ponerse la toga ayudado por un joven mozalbete que le recordaba los tiempos en los que él se había dedicado a ayudar a otros a vestirse para salir a escena. Él también salió alguna vez a escena, pero ni había tanta gente como hoy ni el teatro había alcanzado la popularidad de ese momento, ni la obra que se representaba era la suya. No acertaba a ponerse bien la peluca. Casca entró en la tienda.

—Ánimo, Tito —dijo Casca—, el propio edil está sentado en la primera fila. Ha venido con su mujer y su familia. Parece que está celebrando el nacimiento de su primogénita. Eso nos favorece. Está de buen humor y bien predispuesto a pasar un buen rato. Y tengo a mis hombres acechando para echar a todos los miserables de la otra compañía. Ya hemos atrapado a dos y hemos dado buena cuenta de ellos; ésos no vuelven ni esta noche ni en un mes. Al menos hasta que se les recompongan los huesos.

Tito asentía mientras se ajustaba la toga. Dos. Se habían deshecho de dos, pero la otra compañía contaba con más de treinta personas entre actores fijos y colaboradores. Y el edil. Bien. En primera fila. Celebrando el nacimiento de su hija. ¿O hijo? ¿Qué había dicho Casca? No importaba eso ahora. Bien. Asentía con la cabeza.

—Te toca. Te veré desde el público —Casca se volvió para salir, se detuvo un instante y de nuevo mirándole concluyó con una idea que le bullía en la mente—. Tito Macio, no sé si triunfarás esta noche o no, pero lo que has escrito está bien. Por si te vale de algo —y se fue.

El muchacho que le ayudaba a vestirse también salió. Tito Macio se quedó a solas. Cerró los ojos. Inspiró profundamente una vez, dos, tres, cuatro, cinco. Abrió los ojos. Se levantó y, como disparado por un resorte, sorteando al resto de los actores, sin mirar a nadie, con paso firme sobre sus pies planos que tantos estadios habían recorrido ya por el mundo, llegó junto a los peldaños de la escalera que conducía al escenario; subió por ellos y, sin detenerse en el extremo de la tarima, avanzó a grandes zancadas hasta situarse en el centro del escenario del teatro que Roma había levantado a las afueras del foro. Alzó sus ojos al cielo. Era una tarde fresca y el cielo de diciembre se dibujaba con nubes oscuras que presagiaban lluvia, pero éstas eran frecuentes en aquella época del año y quizá no descargasen o esperasen a que cayera la noche. Faltaban unas horas para el atardecer. Eran sus horas, su tiempo, unas horas durante las que Roma estaría con sus ojos fijos en su obra. Bajó su mirada y ante él el público: miles de personas de pie, por todas partes, llenando el amplio recinto rodeado por una pequeña empalizada de madera: soldados, muchos, legionarios en servicio y hombres que habían servido en alguna o varias de las campañas contra Aníbal; bastantes heridos, algunos mutilados; libertos, comerciantes, mercaderes, jóvenes, algunos niños y esclavos con sus amos y esclavos solos, atrienses en su mayoría, con la confianza de sus amos para conducirse a su albedrío por la ciudad, y más aún durante las Saturnalia, donde los valores y las costumbres de Roma se revertían: los que mandaban servían y los servidores eran libres; muchos bebidos, otros bebiendo. Se veían vasijas de vino y vasos de mano en mano. Había mujeres, muchas también, con sus maridos, matronas, lenas, prostitutas de calle y cortesanas caras, amantes de patricios, senadores, ex cónsules. Y unas pocas filas al principio, junto al escenario con las autoridades de Roma: el edil, Publio Cornelio Escipión en el centro, a su lado una joven y hermosa mujer, su esposa sin duda, y al otro lado una distinguida patricia, ¿su madre? Alrededor amigos y otros patricios, tribunos de la plebe, un pretor, otros ediles, senadores. Roma a sus pies, pero no en silencio. Una algarabía general de miles de conversaciones cruzadas, risas y gritos surgía de toda aquella muchedumbre haciendo imposible que se oyera otra cosa que no fuera aquel enorme tumulto de voces entremezcladas.

Tito avanzó unos pasos hasta situarse al borde de la escena. Abrió la boca. No le salieron las palabras. La cerró. La volvió abrir.

—Ahora, espectadores, prestad atención… por favor… espectadores….

La algarabía, el ruido y la indiferencia permanecían adueñadas del lugar. Tito elevó su voz con fuerza.

—¡Ahora, espectadores, prestad atención, por favor! ¡ Y que todo sea para bien mío y vuestro, de esta compañía, de sus directores y de los contratistas! —dijo mirando al edil que había contratado aquella obra, su obra. Publio levantó la mirada. Tito vio los ojos oscuros, intensos de aquel joven fuerte, bien vestido, rodeado de amigos, poderoso. No leyó rencor ni odio. Algo de interés, mucha curiosidad. Sin condescendencia. Estaba feliz. Eso era evidente. Tito se volvió hacia un heraldo.

—Tú, pregonero, haz que el público sea todo oídos.

El heraldo subió al escenario por la misma escalera por la que había accedido Tito y a voz en grito pidió silencio de mil formas distintas, por favor, con educación y con amenazas y hasta imprecaciones a los dioses. Muchos rieron, pero poco a poco, si bien no un silencio, al menos sí se estableció una algarabía significativamente más reducida que la anterior, de forma que un actor con potentes cuerdas vocales podría hacerse oír, al menos, unos minutos. De la agudeza de sus palabras y del interés que éstas despertaran en el público dependería que aquel estado tornase a un tumulto ensordecedor o se encaminase hacia un silencio poco frecuente en aquellas representaciones.

Tito volvió e intentó apoderarse de la escena.

—¡Anda, vuelve a sentarte! ¡Que tu trabajo no haya sido en balde! ¡Ahora… ahora os voy a decir a qué he salido! ¡ Y qué es lo que deseo! ¡Quiero que sepáis el título de esta comedia!

Y así Tito presentó su obra: La Asinaria; se refirió al autor griego en el que se había basado y al título de la pieza en la lengua helena. Aquellos datos no parecieron cautivar al auditorio que asistía con bastante indiferencia a su parlamento.

—¡Tened la bondad de estar atentos y que Marte…! —concluía ya Tito elevando aún más su voz— Y que Marte, como en tantas otras ocasiones, también ahora os sea propicio!

Santiago Posteguillo, Africanus, el Hijo del Cónsul

viernes, 9 de abril de 2021

EL MANUSCRITO DE BARRO

 

29 de mayo de 1525. Un peregrino es asesinado poco antes de llegar a la ciudad de Burgos; se trata de una más de una serie de extrañas muertes que se vienen produciendo en las diferentes etapas del Camino Francés. El arzobispo de Santiago le pide a Fernando de Rojas que se haga cargo de la investigación del caso: cada jornada del camino muere un peregrino, con los brazos en cruz, y a su lado, en el suelo, aparece dibujada una enigmática Y.

El célebre pesquisidor tendrá que hacer el Camino de Santiago en pos de las huellas del criminal y para ello contará con la ayuda de Elías do Cebreiro, clérigo y archivero de la catedral compostelana. En su recorrido se encontrarán con toda clase de retos y peligros, se adentrarán en lugares recónditos y misteriosos y conocerán a numerosos viajeros, cada uno con su secreto a cuestas.

                Muchos de los muertos son peregrinos que no se arrepienten de sus pecados y que a lo largo del camino siguen cometiéndolos; son borrachos, jugadores, se acuestan con mujeres… Pronto se darán cuenta que no hay un solo asesino, y que están jugando con los dos investigadores. Sus compañeros de camino son de lo más variopinto: algunos son penitentes; otros, falsos peregrinos; Marcela, una joven viuda disfrazada de hombre; Rosalía, una joven novicia, que no quiere encerrarse en las cuatro paredes del convento; Suero de Quiñones, un hidalgo leonés que se ha vuelto loco por leer libros de caballerías (¿os suena de algo?); frailes alemanes que plantean una ruta alternativa más suave… También se habla del poder de las reliquias y de la fe de los creyentes; de que los huesos de la catedral son los de Prisciliano, obispo gallego decapitado por agnóstico; de que, siguiendo la doctrina de Lutero, el peregrinaje no reporta beneficios para la salvación del alma; de aquellos que hacen del camino una forma de vida; nos encontraremos con un hombre lobp y la santa compaña, esa procesión de fantasmas. A ello, tenemos que añadir la recuperación de los huesos del apóstol Santiago que han sido robados.

                Con esta novela García Jambrina comienza los manuscritos secretos, nuevos casos del investigador Fernando de Rojas: cuidada ambientación histórica, una trama que enseguida nos atrapa y que se va a ir complicando, las diferencias y recelos entre los dos compañeros que desembocarán en una entrañable amistad, el recorrido por un camino ya mítico…

 

jueves, 8 de abril de 2021

¿POR QUÉ ODIO LA POESÍA?


—¿Cuál fue la palabra que gozó del honor infame de inaugurar vuestro diccionario? —preguntó al fiscal.

—Poesía —contestó Rafael con voz ronca—. Dícese de la lujuria del alma por lo bello o melancólico. O febril potro de versos. A veces me pregunto si aniquilando toda pasión capaz de engendrar un poema, acabaríamos también con el sufrimiento.

—Quizá el hombre sufriría entonces por no sufrir. Yo a veces prefiero ser cautivo del dolor que de la nada. Pero ahora soy yo quien quiere saber. Contadme por qué aborrecéis tanto la poesía. Por qué cada noche la quemáis en la hoguera de la chimenea como a hereje.

—¿Corresponderéis después a mi historia con la vuestra? —le preguntó Rafael.

—Si para entonces el vino no ha dormido mi memoria y mi lengua —respondió Íñigo.

—Tengo la esperanza de que así sea. Comenzaré pues por la mía.

Rafael dio un sorbo al vino, arrellanándose en el butacón y en sus orígenes.

—Mi padre fue un hidalgo que dedicó toda su vida al ejército, como lo había hecho antes mi abuelo. Apenas pasaba tiempo en casa, su hogar era el campo de batalla. Mi madre se acostumbró pronto a sus prolongadas ausencias, entregándose a un vicio más voraz que los dados o los naipes, la poesía. Era una mujer obsesionada con los versos y las rimas, una depredadora de la belleza. Pasé mi infancia asistiendo a justas poéticas y juegos florales, soportando delirios y éxtasis de los llamados poetas, de librería en librería comprando cuanto libro de poemas encontrábamos, porque ella engullía desde Homero hasta los nuevos amantes de la pluma, desde los sonetos más excelsos hasta la estrofa más indigna, todo le servía a su apetito insaciable. Pero como no teníamos muchos posibles y los libros son caros —en verdad que hubo ocasiones que creí que acabaríamos alimentándonos de metáforas y ripios despreciables—, mi madre resolvió adquirirlos en las subastas de los bienes de difuntos, así que siempre estábamos pendientes de si había muertos en la ciudad. Crecí con alma de buitre, entre lágrimas de viudas y lamentos de huérfanos de los que ella se servía para acometer la rapiña literaria. Llegó a tal extremo su obsesión que en cuanto aprendí a escribir, a muy temprana edad, me sometió a la tortura de dictarme los poemas una y mil veces. De cada libro que adquiríamos había lo menos tres copias por si se extraviaba, rompía, mojaba o daba cuenta de él la carcoma o las ratas. Sólo así descansaba su avaricia. La casa estaba infectada de manuscritos con mi letra infantil, que a los doce años ya gozaba de la calidad de cualquier copista de abadía. Aprendí a soportar el dolor que me resquebrajaba los dedos al cabo de las horas de fervorosa escritura.

»Cuando salíamos a la calle a hacer cualquier recado, nos llevábamos todos los libros y papeles que éramos capaces de cargar en unas bolsas, incluso nos los metíamos entre las ropas como si fuéramos bibliotecas vivientes. Mi madre temía que durante nuestra ausencia un incendio o cualquier otra desgracia destruyera la casa, y con ella su preciado tesoro. La deformidad con la que me había alumbrado (este pecho hundido que deja cóncavo mi vientre y echa mis hombros hacia delante, cargando mi espalda con la vergüenza de una chepa) ella osaba llamarlo “la cueva de mis versos”. Ajena a mi sufrimiento por soportar aquel defecto físico, lo rellenaba de manuscritos regocijándose del espacio que le proporcionaba para poner a salvo su locura. Y yo lo permitía, incluso hundía más mi vientre para que ella lo hinchara de sonetos y liras, de romances y silvas, de la agonía de mis dedos encallecidos por el uso de la pluma.

»Pero la hacienda familiar comenzó a mermar y mi padre le prohibió adquirir más de un libro por año. Mi madre, en vez de desalentarse, resolvió convertirse en la amante de un noble que poseía una de las mejores bibliotecas de Toledo. A cambio de los gozos carnales que ella le otorgaba sacrificando su honra en aras del orgasmo poético, él nos prestaba libros que yo debía copiar no una sino, como era costumbre, infinidad de veces. La luz del día no me bastaba para terminar tan engorroso trabajo, necesitaba para ello de las noches con su silencio y su tiempo inmortal. Así comencé a dormir poco, así el insomnio fue apoderándose de mí.

»Y así pasé mi más tierna juventud, hasta que un día a mi madre se le vino encima una de las librerías donde atesoraba sus amados libros y manuscritos. El mueble no aguantó la sobrecarga de poesía, y ella murió aplastada por el peso de su pasión.

»Yo tenía quince años. Mi padre, consciente de que jamás llegaría a ser un soldado, se resignó a entregar a las letras a su único hijo. Me envió a la Universidad de Alcalá de Henares y a mi regreso a Toledo me convertí en oficial de la Santa Inquisición, pues había adquirido una rapidez y destreza tal en la caligrafía que me fue sencillo hacerme con el puesto. La lástima es que quemamos herejes y no poetas. Os aseguro que muchas veces prefiero escribir los horrores que salen de la boca de prisioneros o delatores, antes que copiar soporíferos endecasílabos. Y ésta es la historia de mi aversión y de mi insomnio.

Cristina López Barrio, El Cielo en un Infierno Cabe

viernes, 5 de febrero de 2021

NECIOS Y MORTALES

 

Bernard Cornwell nos lleva al Londres del siglo XVII, en el que nos presenta unos personajes inolvidables y un maravilloso retrato del Londres de la época: el lector podrá recorrer y empaparse del ambiente de sus calles, visitar los palacios de la nobleza, vivir en persona escándalos, rivalidades y ambiciones y ser un personaje más en la sociedad isabelina de la época.

En el corazón de la Inglaterra isabelina, el joven Richard Shakespeare sueña con una brillante carrera en los teatros londinenses, dominados por su hermano mayor, William Shakespeare. Aunque este le da trabajo en su compañía, los papeles son mínimos, y Richard está sin un céntimo y tiene que buscarse la vida para sobrevivir. La gratitud que siempre ha sentido hacia William comienza a resquebrajarse, y una compañía rival le plantea robar los manuscritos de su hermano y vendérselos, lo cual va a rechazar.

Mientras ensayan El Sueño de una Noche de Verano, desaparece el manuscrito de Romeo y Julieta, obra que todavía no ha sido representada. Todas las sospechas recaen sobre Richard en un primer momento. Este arranca a William la promesa de obtener papeles de hombre, si consigue recuperar el manuscrito. Para ello se verá forzado a penetrar en los bajos fondos del Londres más pendenciero para recuperarlo. Súbitamente se ve enredado en un doble juego de apuestas y traiciones, del que solo podrá escapar aplicando todo lo que ha aprendido como actor en los mejores escenarios londinenses…

                El eje central de la historia es Richard, y, a través de él, nos acercamos al mundillo de los actores, nos metemos en los vestuarios, ensayos y representaciones, vemos cómo envidias y rencillas marcan sus relaciones, aparte del fervor puritano de la época que quiere prohibir las representaciones teatrales por considerarlas inmorales (recordemos que algo parecido veíamos en la novela de Blas Malo: Lope. La Furia del Fénix).

La novela nos atrapa enseguida con las peripecias y desventuras de Richard, es  entretenida, con una trama divertida, llena de humor.

miércoles, 27 de enero de 2021

MI EJEMPLAR DEL PRINCIPITO

 

 

Robert abrió un cajón de un armario, desplazó algunas prendas y sacó el ejemplar.

-Aquí está... Ven, te lo enseñaré.

Los dos amigos se situaron sobre el borde de la cama, uno al lado del otro.

-¿Un libro? -dijo Isabelle, con cierta decepción.

-Si, es un libro prohibido. Nadie más que yo lo tiene en toda Francia.

-¿Un libro prohibido por los alemanes? ¿Por qué está prohibido?

-Lo escribió un piloto francés y cuenta la historia de un niño que vive solo en un asteroide... Un niño que se llama Principito. Mira, es este -dijo enseñándole la portada, donde se veía a un niño rubio sobre un pequeño asteroide.

-¿Principito? Me gusta... ¿Y qué hace?

-Ve cosas que nadie más ve, como lo que le pasa a la gente o... Fíjate en este dibujo: parece un sombrero, ¿verdad?, pero en realidad es una serpiente que se acaba de comer a un elefante...

Isabelle abrió los ojos al ver los dos dibujos.

-Vaaayaaa -musitó alargando mucho las sílabas, estaba impresionada-. Creía que los dibujos de Alicia en el País de las Maravillas eran los mejores, pero estos ganan.

-Hay más, mira, mira...

Robert iba pasando las hojas y mostrando los grabados que dejaron maravillada a Isabelle.

-Todos son de Saint-Exupéry -explicó Robert.

-¿Dónde está?

-Nadie sabe nada de él... Es un misterio... Solo se sabe que este libro está prohibido en Francia y en los países invadidos por Alemania... Dicen que el mismísimo Hitler ha mandado que lo quemen.

-¿Cómo habéis conseguido este?

-Es un secreto -alegó Robert-. He prometido que no se lo diría a nadie. Lo siento.

Santiago García Clairac, El Principito se Fue a la Guerra

miércoles, 20 de febrero de 2019

CAMBIANDO EL MUNDO


Durante todo el mes de septiembre, tras el éxito de nuestro robo, fuimos tentados, invadidos, conquistados por el misterio del mundo exterior, sobre todo el de la mujer, el del amor, el del sexo, que los escritores occidentales nos revelaban día tras día, página tras página, libro tras libro. El Cuatrojos no sólo se había marchado sin atreverse a denunciarnos sino que, por fortuna, el jefe de nuestra aldea había ido a la ciudad de Yong Jing para asistir a un congreso de los comunistas del distrito. Aprovechando estas vacaciones del poder político y la discreta anarquía que reinaba momentáneamente en la aldea, nos negamos a ir a trabajar a los campos, algo que a los aldeanos, ex cultivadores de opio reconvertidos en custodios de nuestras almas, les importó un pimiento. Me pasaba así los días, la puerta más herméticamente cerrada que nunca, con las novelas occidentales. Dejaba de lado los Balzac, pasión exclusiva de Luo, y me enamoraba sucesivamente, con la frivolidad y la seriedad de mis diecinueve años, de Flaubert, de Gogol, de Melville e, incluso, de Romain Rolland.

Hablemos de éste. La maleta del Cuatrojos sólo contenía uno de sus libros, el primero de los cuatro volúmenes de Jean-Christophe. Puesto que se trataba de la vida de un músico, y yo mismo era capaz de tocar al violín piezas como Mozart piensa en el presidente Mao, me sentí tentado a hojearlo, al modo de un coqueteo sin consecuencias, tanto más cuanto que había sido traducido por Fu Lei, el traductor de Balzac. Pero en cuanto lo abrí, ya no pude soltarlo. Mis libros preferidos eran, normalmente, las colecciones de cuentos, que narran una historia bien compuesta, con ideas brillantes, a veces divertidas o que te dejan sin aliento, historias que te acompañan toda la vida. Por lo que a las novelas largas se refiere, salvo por algunas excepciones, me mostraba bastante desconfiado. Pero Jean-Christophe, con su empecinado individualismo, sin mezquindad alguna, fue para mí una saludable revelación. Sin él, nunca hubiera conseguido comprender el esplendor y la amplitud del individualismo. Hasta aquel encuentro robado con Jean-Christophe, mi pobre cabeza educada y reeducada ignoraba, sencillamente, que fuera posible luchar en solitario contra el mundo entero. El coqueteo se transformó en un gran amor. Ni siquiera el énfasis excesivo en el que había caído el autor me parecía perjudicial para la belleza de la obra. Me zambullí literalmente en el poderoso río de aquellos centenares de páginas. Era para mí el libro soñado: al acabar de leerlo, ni la maldita vida ni el maldito mundo volvían a ser como antes.

martes, 15 de enero de 2019

UN BALCÓN A LA LIBERTAD



Elena vive con sus padres y su hermano mayor. Parecen una familia normal, pero la comunicación entre ellos no existe. Un día descubre que un tío abuelo suyo, Liberto Guerra, al que no conocía, ha muerto. En su entorno, nadie había hablado nunca de él y parece que el tema es tabú para sus padres. La única respuesta que obtiene de su padre es que era un delicuente, un vago y un maleante.

El anciano, un fotógrafo testigo de nuestra historia, vivía en plena Puerta del Sol, y amaba ese sitio porque siempre fue un lugar de reivindicación de la libertad. A esa casa, a hurtadillas, entrará Ele. Allí encuentra una caja con fotografías, cartas y una nota que cree que está dirigida a ella y podrá averiguar los secretos ocultos. ¿Qué esconde el pasado oculto y maldito de Liberto Guerra? ¿Qué hizo para que su familia lo abandonase?

Rosa Huertas utiliza dos elementos que aparecen en otros libros suyos. Por una parte, el escenario, ese Madrid castizo, en este caso la Puerta del Sol, testigo de la historia de nuestro país, como podemos observar en la novela. Por otra parte, el recurrir a un muerto que nos cuenta su historia y la de su época (recordad Mala Luna, entre otros libros de la autora). El libro es corto y nos atrapa enseguida cuando vemos cómo Elena quiere averiguar quién era su tío: las fotografías, lo que le va contando Toni, el joven vecino… Pero todo son medias verdades, y Elena y su familia se van a encontrar con lo que no esperan. De esta forma, la autora nos introduce en uno de los temas que está de moda últimamente y que muchos opinan que hay que darle una mayor visibilización: la homosexualidad.

jueves, 3 de enero de 2019

DEL DIARIO SECRETO DE GALENO


Mi nombre es Elio Galeno, educado en Pérgamo y Alejandría. He sido el médico de la familia imperial de Roma durante años y he asistido como testigo a numerosos acontecimientos notables en mi larga vida. Así, a modo de ejemplo, puedo mencionar que he presenciado la caída de una estirpe de emperadores y el ascenso de otra. También he acompañado a las legiones de Roma a varias campañas contra los bárbaros, ya fuera en el norte, más allá del Rin o el Danubio, o en las remotas tierras de Oriente. He visto dos cruentas guerras civiles, mucha sangre derramada en combates en los anfiteatros de medio mundo y en infinidad de campos de batalla. Por fin, seguramente la más terrible de mis experiencias, he asistido a los devastadores efectos de la peste. Muchos son, pues, los sucesos de renombre que he presenciado en mi existencia. Entiendo que los historiadores oficiales del Imperio y otros que se ocupan del recuerdo de lo que acontece en la existencia de los hombres tomarán debida cuenta de cada uno de estos eventos, quedando, de ese modo, todos ellos convenientemente reflejados por escrito para la posteridad. Pero siempre me asalta una duda: ¿y Julia? ¿Se acordará alguien de su historia? En solo diez años pasó de ser una desconocida adolescente de la ciudad de Emesa2 en su Siria natal a la augusta emperatriz de Roma en lo que supone un deslumbrante cursus honorum sin parangón.

En mi caso, por gratitud y por justicia, me he asignado un cometido inaudito en mi persona: he decidido contar su historia desde el principio, al menos, desde el momento en el que Julia Domna llegó a Roma. Pero en mí no habita ni el sentimiento ni la pericia de las palabras de un poeta ni de un autor de teatro popular y, aunque he escrito mucho, siempre han sido tratados de medicina, de plantas y pócimas, de anatomía, de enfermedades y tratamientos. Huelga decir que esta circunstancia me situaba ante un problema nunca antes considerado por mi intelecto: ¿cómo se cuenta la historia de una persona? ¿En qué orden? ¿En una sucesión cronológica de acontecimientos u organizando estos según temáticas afines?

Esto es algo nuevo para mí y confieso que me he sentido perdido durante meses en este punto.

Es complejo decidir cómo se va a contar una historia. Esto es, si se quiere hacer bien, tal y como se deben acometer todos los empeños en los que uno se embarca. Lo que implica, en el caso que nos ocupa, evitar ser uno de esos que se aventuran al relato sin antes considerar bien cómo organizar las ideas. Si uno va a ser proclive a semejante desatino entonces es mejor que ni tan siquiera empiece la empresa. Por eso he dedicado tiempo, esfuerzo e ingenio a pensar sobre esta cuestión: ¿cómo contar la historia de Julia Domna, la emperatriz más poderosa de Roma?

Estuve ponderando acerca de qué elementos o rasgos definen a una persona: unos dicen que su carácter, que tan relacionado está con los humores y su salud, pero estas características técnicas son las que nos interesan a los médicos. Yo no escribo ahora esta historia para otros cirujanos. A ellos les dejo mis manuales y tratados del arte de Asclepio, detallados y extensos. Limitados también. Solo yo sé cuánto me duele eso, mas empiezo a dispersarme. Luego volveré sobre este punto, sobre las fronteras impuestas a mi medicina, sobre la ceguera de conocimiento en la que me han obligado a trabajar.

Pero volvamos a Julia.

¿Qué define a una persona además de su carácter y sus humores? Sus amigos, aquellos a quienes uno considera merecedores de ser depositarios de su confianza. A la luz de las amistades de las que alguien se rodea a lo largo de su vida se puede entrever con claridad qué tipo de persona es la que está en el centro de ese núcleo. Aristóteles ya hablaba de esto, pero también advertía de que las amistades que surgen del interés no son realmente tales, pues en esas circunstancias lo que promueve nuestro acercamiento a la otra persona es conseguir algo, por lo general un beneficio. De esta forma, en el caso de una emperatriz tan poderosa como la augusta Julia, si bien podemos encontrar alrededor de ella un círculo cercano de amistades, en el que yo mismo me incluyo, cabe también preguntarse: ¿quién de nosotros se ha acercado a la emperatriz solo por auténtica amistad sin perseguir un privilegio, un regalo, una ayuda? Hasta yo mismo me aproximé a ella en un inicio para obtener cosas que anhelaba. Luego aprendí a respetarla e incluso a sentir admiración, pero ¿es esa una relación de amistad?

Emperatriz y poder. Eso me dio finalmente la clave para poner en marcha mi narración y articular mi discurso de forma coherente: es muy complejo discernir los amigos auténticos de alguien poderoso, pero es mucho más sencillo, y me atrevo a decir que hasta más objetivo, determinar quiénes fueron sus enemigos. Resulta, por cierto, indiscutible que la emperatriz Julia Domna tuvo enemigos formidables, oponentes mortíferos, y comprender quiénes fueron puede hacernos entender con precisión quién, en verdad, fue la persona a la que tanto mal intentaron hacer estos. En consecuencia, ante la incapacidad de definir bien a los amigos reales de la emperatriz, he decidido narrar su historia organizándola en cinco secciones, en cinco libros de acuerdo con los cinco grandes enemigos a los que se ha enfrentado la augusta Julia hasta ahora: nada más y nada menos que cinco emperadores de Roma. Es un listado imponente que creo que puede trasladar al lector de este relato la dimensión de la personalidad de Julia. La augusta nunca se arredró ante nadie.

Eso siempre me admiró de ella.

Pero vayamos al principio

Santiago Posteguillo, Yo, Julia
PREMIO PLANETA 2018