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martes, 2 de noviembre de 2021

EL DON DE ARIADNA

 

Ypsilon, año 10 del Nuevo Orden.

El país se prepara para el Aniversario del Incendio que lo cambió todo.

Diez años de censura, represión y felicidad impuesta.

Diez años huyendo de los Cíclopes y siguiendo las huellas de los Dos Ejes.

Pero ahora los Rebeldes cuentan con un arma secreta.

Su nombre es Ariadna. Y tiene un don.

                Nando López nos presenta la primera parte de una trilogía sobre un mundo distópico donde la tecnología ha avanzado a niveles aún desconocidos para nosotros. En esta sociedad, toda muestra de cultura (libros, películas...) ha sido eliminada, y todo aquel que guarde una copia de manera clandestina, será juzgado como un rebelde, y, por si fuera poco, la censura y la manipulación de la información.

Ariadna, la protagonista, es una niña de 12 años que posee un ejemplar muy especial de La Odisea y, al concentrarse, es capaz de invocar a las criaturas que habitan en sus páginas. Esto es descubierto por los mandamases de El Nuevo Orden, por lo que deberá huir para evitar ser capturada y ejecutada. Cuando sus padres son encarcelados, Ariadna decide buscar a Dédalo, uno de los jefes rebeldes y conocido de su familia.

En esta búsqueda le ayudará T, un misterioso joven, que posee otro enigmático don, que no termina de controlar. Con él se introduce en la novela el componente LGTB, pues vive con sus padres adoptivos, Orión y Layo.

Frente a ellos, tenemos a Némesis, la gobernante de Ypsilon, hija de los antiguos gobernantes  Pigmalión y Galatea, contra cuyo recuerdo quiere competir. Está secundada por Argos, que controla los ejércitos de robots (rastreadores, cazadores, ejecutores...), y Moira, la Arquitecta, que crea los prodigios tecnológicos; entre ellos existe bastante rivalidad y cada uno disfruta con el fracaso del otro.

En la novela, el autor combina la ciencia ficción con la mitología griega en un resultado sorprendente. A todo esto hay que añadir las ilustraciones de David Benzal,

martes, 14 de septiembre de 2021

EN LAS REDES DEL MIEDO

 

Una noche de junio, apenas unos días antes del final de curso, se declara un incendio en el Valdés, el instituto donde estudian Laia y Joel. Juntos han construido una estrecha amistad gracias a las redes, donde guardan más heridas y secretos de los que su entorno puede imaginar. Pero todo cambia cuando Laia, preocupada el silencio de Joel, decide salir en su busca: ¿y si fuera una de las víctimas que, según se cuenta en Twitter, han hallado en el fuego? Ya nada volverá a ser igual tras esa madrugada que amenaza con sacar su pasado a la luz. Esa madrugada en la que ambos deberán enfrentarse a quienes son si quieren tener una oportunidad de salvarse de las llamas que amenazan, dentro y fuera de las redes, con devorarlo todo.

                Nando López nos vuelve a ofrecer una novela que conecta con las inquietudes y los problemas de los adolescentes, gracias al carácter de sus dos protagonistas: Laia, que tuvo que ser internada por sus problemas de anorexia, y Joel, que utiliza la violencia para desfogarse. Ambos asisten a la misma clase, al mismo instituto, pero su relación comienza a forjarse en las redes sociales donde se muestran de una forma diferente.

                A lo largo de la búsqueda nocturna de Laia, asistimos a la historia anterior de los protagonistas y a sus reflexiones, sus secretos… Vemos como a veces se comunican a veces con canciones, y muchas otras son incapaces de comunicarse entre ellos y arreglar sus desavenencias. Por medio, referencias literarias y musicales, y temas como el acoso, racismo, anorexia, autolesiones, redes sociales, ansiedad... De esta forma, el autor logra trabajar la psicología de sus personajes y empatizar con los lectores jóvenes.

                La historia, como es habitual en Nando, es de las que enganchan desde el principio, que hace que queramos seguir leyendo un poco más esa noche.

jueves, 17 de junio de 2021

UNA NOCHE DE FIN DE CURSO

 

Ya son casi las doce y, como todas las malditas noches de junio en los últimos años, estoy encerrada en casa, intentando memorizar cientos de datos estúpidos para un examen, hasta que las sirenas y el ruido de la calle me interrumpen.

Abandono los apuntes, resignada a que jamás conseguiré hacerme con ellos, y me asomo a la ventana para averiguar qué sucede. Abajo, en mi portal, comienzan a reunirse algunos vecinos con esa misma intención. Desde aquí no puedo oírlos bien, así que recurro al móvil para informarme.

El InstaStories de la gente de mi clase está lleno de imágenes del incendio que, según parece, acaba de producirse en nuestro instituto. Alguien ha empezado a postear fotos con #ArdeElValdés, y el resto lo ha seguido inmediatamente, así que a lo mejor acabamos convirtiendo en trending topic este triste punto y final para uno de los peores cursos que recuerdo. Despedir junio con un fuego que, según veo en los vídeos, ha devorado el módulo donde se encuentra el gimnasio, es una forma tan pésima como coherente de acabar este curso.

Pienso si debo o no bajar yo también, si quiero acercarme hasta el edificio para enterarme algo mejor de lo que ha sucedido e incluso si tengo que seguir estudiando para un examen que, después de esto, quizá se suspenda. Imagino que la policía y los bomberos habrán acordonado la zona y dudo que nos dejen pasar. Además, tampoco sé si quiero ver a quienes andarán por allí ahora mismo.

Entre los tuits y los pies de foto del Insta, #ArdeElValdés se hace cada vez más popular, incluso entre gente que no estudia con nosotros, pero que sí se imaginan lo que pasaría si su instituto se incendiara en plena semana de exámenes.

«Qué suerte, ¿no? Me pido uno igual en el mío. #ArdeElValdés».

«Siempre dije que este insti era un infierno #ArdeElValdés».

«¿Y ahora qué hacemos con el baile de graduación? #ArdeElValdés».

Confieso que, en medio de las bromas macarras y de algún que otro selfie que, la verdad, no entiendo, yo también lo he pensado. Qué hacemos con el baile de la semana que viene… Pero no con interrogaciones, sino con alivio. Que no se celebre esa americanada que se les había ocurrido hacer este año es una gran noticia. Al menos para mí. Con que nos graduemos, nos den el diploma o lo que nos tengan que dar y nos dejen salir de una vez, ya me conformo. Solo tengo ganas de dejar esto atrás, de salir de este lugar donde todo se me hace pequeño, minúsculo, donde siento que en vez de diecisiete sigo teniendo nueve, diez, once años, porque todo sigue bajo el mismo control, bajo esa continua vigilancia que te impide tomar tus decisiones. No necesito que nadie organice un baile ni una fiesta ridícula, lo único que quiero es que me digan que ya se ha terminado, que no voy a tener que convivir más entre estas cuatro paredes con gente con la que, al menos este curso, he sentido que no tenía absolutamente nada que ver.

Nando López, En las redes del miedo

miércoles, 12 de mayo de 2021

LA CAMISA AZUL

 

El día que mi padre nos abandonó, yo llevaba una camisa suya.

Era una de esas tardes sofocantes de agosto, en medio de un verano que parecía que no iba a acabarse nunca.

—¿Hoy tampoco bajas? —me preguntó mi madre, empeñada en que me relacionase con los demás críos de la urbanización—. En la piscina seguro que se está bien.

Negué con la cabeza.

La piscina era uno de los lugares prohibidos. Resultaba imposible no verse en el reflejo de esa agua que parecía acusarme. Que me recordaba que había algo en mí que, a mis nueve, todavía no era capaz de expresar. Algo que no me atrevía a decir, aunque sabía que me molestaba. Y en el agua, en medio de ese azul cruel y transparente, era imposible esconderlo con las mismas tácticas que había aprendido a desarrollar, de manera inconsciente, fuera de ella.

—¿Estás segura, Alicia?

Entonces todavía respondía a mi deadname y, aunque no me reconocía en él, me dolía tanto escribirlo como ahora.

Ni siquiera se me había ocurrido aún elegir Eric.

Mi verdadero nombre vendría poco después, en casa del abuelo, gracias a una de esas historias que él me contaba —aquel amigo, aquella vez en que consiguieron huir juntos, aquellas revoluciones universitarias de las que ambos fueron parte en tiempos más oscuros— y que luego, cuando ya no estuviera junto a mí, tanto echaría de menos.

—Seguro que en la piscina estarías mucho mejor —mi madre es incansable cuando se le mete una idea en la cabeza.

—No me apetece.

—Tan cabezota como tu padre…

No sé en qué momento ellos dos decidieron rendirse, ni por quépensé aquella tarde que era buena idea entrar en su dormitorio y coger una de sus camisas.

Elegí una azul, de un azul casi negro, mucho más intenso que el de la piscina a la que me negaba a bajar y en la que se oían las voces de decenas de niños con los que, de repente, se había vuelto más complicado saber cómo relacionarme.

Hacía tiempo que mi padre no se la ponía. Entonces aún era un hombre fuerte, bastante atlético —no sé cómo lo habrá tratado el tiempo en estos años: la última vez que nos vimos fue poco después de mi segundo ingreso—, aunque hacía demasiado que había dejado de entrenar y su cuerpo había iniciado una decadencia prematura con la que era fácil intuir que tampoco él se encontraba satisfecho.

En realidad, no había nada en nuestra familia que pareciera gustarle demasiado.

Ni nuestra casa.

Ni mi madre.

Ni las visitas de mi abuelo.

Ni yo.

Ni siquiera su propio cuerpo.

Tal vez por eso había dejado de mirarnos. De mirarse.

Nada de lo que hacíamos le importaba mucho.

Así que debí de imaginar que tampoco le molestaría que tomase prestada aquella camisa para uno de los juegos en que me creía director, actor, guionista y hasta escenógrafo al mismo tiempo. Había empezado a imitar una escena de Wall-E, que aquel año se había convertido en mi película favorita. Uno de mis muñecos, sentado a mi lado, era la robot Eva, y yo, el protagonista que trataba de conquistarla (…)

Aquella camisa azul, casi negra, me quedaba muy grande. Me sobraban unos cinco centímetros en cada manga y el faldón bajaba tanto que llegaba a cubrirme las rodillas. Me miré en el espejo que había en la puerta de mi armario, un lugar que se había convertido poco a poco en uno de los rincones más siniestros de mi habitación, y sentí algo que entonces no supe explicar.

No tenía las palabras, a pesar de que mi madre insistía en que mi vocabulario era muy avanzando para mi edad —ese afán por convertirme en alguien excepcional—, pero sí era capaz de interpretar mis emociones.

Entonces se me quedó pequeño el lenguaje.

Hoy no.

Hoy sí puedo traducir lo que viví en ese mismo instante.

Porque lo que pasó se resume en una única acción.

En un único verbo: me reconocí.

Por eso, porque acababa de verme por primera vez debajo de una camisa que no era mía, supongo que no escuché las llaves girar en la cerradura.

Ni sentí sus pasos hasta mi habitación.

No me di cuenta de que mi padre ya estaba en casa hasta que entró en mi cuarto y me sorprendió en el momento más importante de mi vida.

El momento en que acababa de descubrir quién era.

Me miró.

Y no dijo nada.

Tampoco era necesario: la repugnancia que latía en sus ojos no precisaba ni una sola palabra que la acompañase.

Nunca sabré si se debió a la particular manía que le tenía a mis juegos teatrales.

O si, por un instante, solo por un instante, fue capaz de verme con la misma rotundidad con que lo había hecho yo.

Sentí una vergüenza abrumadora y lo miré con una candidez que hoy, de puro indefensa, me resulta estúpida.

Casi hiriente.

Me mantuve firme en mi ingenuidad —a lo mejor no le importa, a lo mejor él también lo sabía, a lo mejor me abraza— durante unos segundos.

Quizá fueran minutos.

Él permaneció inmóvil. De pie, junto al quicio de la puerta, observándome con severidad mientras yo me empeñaba en creer que aquella escena podría terminar bien. Con un final tan feliz como el de las películas de dibujos que me gustaban. Como el de los cuentos que mi madre e incluso él mismo me habían leído algunas noches cuando era más pequeño. Así que me quedé quieto, confiando en que aquello acabara con un gesto tan simple como un abrazo.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Tampoco recuerdo en qué momento me di cuenta de que lo que esperaba de mi padre era un imposible.

Lo único que sé es que aquel abrazo no llegó.

—¿Por qué te molesta todo lo que hago, papá?

Le habría preguntado mi yo de ahora.

—¿Por qué no me abrazas?

Habría querido preguntarle mi yo de entonces.

Pero ninguno de los dos habló.

Ni el Eric de hoy, porque todavía no había encontrado mi nombre: apenas acababa de encontrar mi mirada.

Ni el niño asustado de entonces, porque temía que ese abrazo no sucediera justo cuando más lo necesitaba: el mismo día en que por fin había entendido que todos llevaban años llamándolo de la forma equivocada.

Nando López, La versión de Eric

PREMIO GRAN ANGULAR 2020

martes, 26 de enero de 2021

LA VERSIÓN DE ERIC

  


Eric tiene 20 años, es trans y protagoniza la famosa serie Ángeles, que le ha lanzado a la fama. La madrugada del 13 de julio aparecen dos cadáveres, uno de ellos él de Rex, un compañero de reparto,  y Eric va a una comisaría de policia diciendo que cree que ha matado a alguien. Busca encubrir a su amiga Tania, que se ha visto envuelta en una secta, el Círculo, cuyos miembros asesinan a los que fueron sus acosadores. A medida que avanza la historia, pasado y presente se entrecruzan de tal forma que conocemos la infancia y la adolescencia de Eric, la relación con su familia y su amistad con Tania.

                Nando López nos presenta un trepidante thriller que nos atrapa desde la primera página, dónde pronto nos importará más conocer la infancia y la adolescencia de Eric, que saber los detalles del crimen, pues queremos saber lo que ha pasado antes. Lo que importa es conocer quién es Eric, cómo se reconoce a los nueve años al verse reflejado en un espejo tras ponerse una camisa de su padre, el mismo día que este se va de casa; cómo encuentra su verdadero nombre, el de Eric, y abandona el de Alicia; cómo cierra lo más íntimo de su personalidad ante psicólogos; como… Todo con un ritmo rápido, ágil, que mantiene el suspense del crimen

                Los personajes son reales, no responden a arquetipos: ese padre, que ha rehecho su vida y que en momentos puntuales, a espaldas de su madre, va a verlo; la madre, quien al principio cree que el problema es que sus altas capacidades no son reconocidas; su abuelo, quien siempre le ha aceptado tal y como es; Tania, a la que conoce en uno de sus ingresos en el hospital y lleva tiempo acosada por su físico y unas fotos subidas a la red; Julia, la psicóloga y vecina de su abuelo, quien le ayuda con su construcción social; Hugo, su representante, quien teme que el escandalo arrastre a Eric y se cancele la serie de éxito con las pérdidas económicas que conllevaría…   

                Se suceden temas cercanos a nuestros días, unos más evidentes que otros: la identidad de género; el acoso, donde la víctima puede olvidar y perdonar, o hundirse en el rencor llegando a la venganza; las relaciones familiares e interpersonales; la violencia;  la presión mediática…

                Y esos versos de Lorca, que marcan un antes y un después en la vida de Eric, acompañándonos en el relato:

Hoy siento sobre el pozo

profundo de mi pena

una herida en la sombra

que hace tiempo se abrió.

PREMIO GRAN ANGULAR 2020

lunes, 26 de noviembre de 2018

UN DÍA CUALQUIERA


Hace tiempo que nos odiamos.
Es mutuo, supongo. A él nunca le he gustado. La diferencia es que ahora, desde que mi madre no está, ya ni siquiera lo disimula. Yo tampoco lo hago, la verdad. Pero por lo menos intento controlarme. Sé que, a las malas, llevo las de perder, porque ser menor de edad limita mucho, así que me trago la rabia y me aguanto. Aunque controlarme me cuesta casi tanto como escribir en esta mierda. Una Olivetti que debería estar en un museo y que, sin embargo, mi padre me obliga a usar cada vez que tengo que entregar un trabajo de clase. Como el que supuestamente estoy escribiendo ahora.
¿Que describa cómo es un día con mi familia? ¿Otra vez? Llevo escribiendo sobre los mismos temas desde que empecé el colegio. Siempre lo mismo, aunque los de literatura le den alguna que otra vuelta para que suene diferente. Total, luego sólo buscan las faltas y nadie lee una mierda entre líneas. Pongas lo que pongas… Esta vez se supone que nos toca construir una corriente de conciencia, algo que no tengo muy claro en qué consiste y que, según el de lengua, se resume en «dejarse llevar». Lo malo es que, si me dejo llevar, puede que me rinda y acabe estallando. Eso es lo que pasarla, que no contendría ni un minuto más las ganas de decirle a mi padre cuánto lo detesto, cuánto daño me hace, cuántas ganas tengo de perderlo de vista para siempre.
Cuando le conté a Raúl que en esta redacción iba a pasar de los topicazos habituales, se sorprendió. Normalmente, en un trabajo así, evitaría ser honesto y me limitaría a hablar de lo estupendos que son mis hermanos, de lo mucho que echo de menos a mi madre, de lo que nos gustaba hacer a todos juntos cuando ella seguía aquí. Si ésta fuera la misma redacción de los demás cursos, dibujaría de nuevo el retrato de la familia hiperfeliz que todos ven en nosotros. Todos menos yo, claro, que debo de ser un asocial y un raro, pero que de hiperfeliz no tengo nada. De todos modos, no creo que sincerarse aquí sirva de mucho. Mientras que las tildes estén en su sitio, seguro que lo demás no importa demasiado. Raúl dice que no, que el de lengua de este año es diferente —en eso tiene razón: no entendemos nada de lo que nos cuenta— y que hasta puede que le mole lo de mi experimento literario. ¿O es biográfico? Joder, qué difícil es poner las interrogaciones con este trasto.
Me canso. Es un rollo tener que golpear las teclas con tanta furia para que se marque la tinta sobre el papel. Y eso que a mí, furia hoy no me falta. Ni hoy ni casi nunca… Echo de menos la línea roja esa tan cómoda del Word, la que te avisa cuando cometes un error y evita que el profesor de turno te baje la nota. «Así aprendes a escribir como Dios manda», dice mi padre, que cada vez que pronuncia esa palabra parece que se hubiera comprado a Dios para él solito. Y no sé cómo coño escribe Dios, pero seguro que no lo hace como yo, peleándose con una Olivetti del siglo pasado… Claro que Dios no tiene a mi padre encima todo el día, dándole la brasa con lo que debe y lo que no debe hacer. Con lo que está bien y con lo que está mal. Con lo que le gusta (casi nada) y lo que no le gusta (casi todo) Dios, a su lado, debe de ser un liberal de la hostia. Fijo.
A mi madre también la sacaba de quicio, aunque ella no lo expresara demasiado. O tal vez sí lo hacía y yo no me di cuenta hasta muy tarde, no sé, es que la infancia es una mierda, no te enteras de nada y luego, de repente, te salta todo a la cara, como si con los quince te dieran una entrada gratis para el infierno. Toma, aquí la tienes: la puta realidad. Lo que me cabrea es no haberme despertado antes, cuando ella todavía estaba viva y sí tenía sentido ponerse de su lado, darle la razón en los combates que imagino que tuvo que librar sola. Porque yo era un crío bobo y tontorrón —inocencia, lo llaman— que no se enteraba de nada de lo que sucedía en su propia casa. Ignacio sí que se daba cuenta de todo, claro, porque siendo el mayor de los cuatro tuvo que despertarse mucho antes, aunque estuviera demasiado ocupado deslumbrando a todo el mundo con sus dieces como para prestarnos atención a los demás.
—¿Vas a parar o no? Venga, tío, déjalo ya, que mañana tengo un examen importante.
Está intentando estudiar —cómo no— y le molesta el ruido de la máquina. Desde que ha empezado la universidad se ha vuelto aún más insufrible que de costumbre… Sólo por eso merece la pena seguir escribiendo, para evitar que mi hermano, el hombre diez, conquiste su nueva mención de honor en ese palmarés que mi padre nos restriega tan a menudo. «Eso sí que son unas notas como Dios manda» y de nuevo me pregunto si Dios tendrá un baremo de calificaciones o si por allá arriba no le preocuparán lo más mínimo mis boletines de la ESO. «El Bachillerato ya no es un juego, Marcos. Recuérdalo», me dijo mi padre al empezar este curso, y luego me dio una palmada supuestamente amistosa para jugar por una décima de segundo al viejo severo pero enrollado. El padre que sabe cómo tienes que ser, porque se ha agenciado una línea directa con Dios desde la que le dan todos los datos. Una especie de GPS bíblico que nadie debería saltarse nunca. Ignacio, desde luego, cumple bien el modelo. Yo, me temo, ni siquiera me acerco.
¿Los otros? Bueno, los otros dos no son geniales, pero tampoco molestan demasiado. Adolfo todavía es un crío. Con doce años está a un paso de darse de bruces con la realidad, pero de momento sigue creyéndose el buenrollismo dictatorial de mi padre. Y Sergio, no sé, a Sergio sólo le llevo un año y es un tío callado, muy discreto, nunca se puede adivinar qué está pensando. Pero estar en silencio no molesta, y ser un crío tampoco, así que mi padre no se mete demasiado con ellos. Con joderme a mí, él y su Dios ya tienen suficiente.
—¿Lo dejas de una vez?
Ignacio sube el tono —siempre lo hace: le encanta provocar la tensión hasta hacerla estallar— y yo, fingiendo no oírle, escribo cada vez más deprisa. Las teclas suenan brutales sobre el papel. Golpean. Hieren. Humillan. La tinta casi hace sangrar el folio mientras mi hermano, cada vez más rayado, exige silencio.
—Tengo que estudiar. —Intenta quitarme los dedos del teclado, pero me basta un solo manotazo para apartarlo—. ¿No me escuchas o qué?
Mi padre, con su radar habitual para las broncas, viene hasta mi cuarto y le da la razón. Se planta junto a mí mientras Ignacio sigue gritándome. Está rabioso. Mucho. Le ha dolido comprobar que sigo siendo más fuerte que él. Que no me aguantaría ni medio asalto. Al fondo, mis hermanos se asoman desde sus cuartos para saber qué ocurre. Acojonados, claro. Como siempre. Pero hoy ya me da igual. Hoy todo me da igual.
—¿No has oído a tu hermano, Marcos?
Asiento sin abrir la boca mientras continúo peleándome con la Olivetti para acabar esta maldita redacción en la que se supone que tenía que contar cómo era mi familia. ¿Que cómo somos? Somos como Dios manda. Eso seguro… Si no sintiera tanta rabia creo que hasta me reiría. ¿No te hace gracia a ti también, papá?
La bronca —gracias a las voces de ambos— es ya monumental. El ruido de las teclas, ensordecedor. Cada letra suena como si fuera una bala. Un disparo. Un maldito disparo con el que me encantaría poder mandarlo todo a la mierda de una vez. Mi padre me da un ultimátum y yo accedo a dejar de escribir. Me trago la bilis y le digo que vale, que se espere un segundo, que sólo me queda cerrar este trabajo con una línea más. Sólo una línea más.
—¡Que dejes de ya de provocarme, joder!
La bofetada de mi padre me para en seco. Contundente. Brutal. Como a él le gustan. Me aguanto las lágrimas —no pienso dejar que me vea llorar— y, mientras me imagino el placer de estallar y devolverle el golpe, pongo el punto final a este maldito texto.

Trabajo para la asignatura de Lengua
Castellana y Literatura I
Alumno: Marcos Álvarez
Curso y grupo: 1.º Bachillerato E
(IES Rubén Darío)

Fernando J. López, La Edad de la Ira

FINALISTA PREMIO NADAL 2010

martes, 25 de septiembre de 2018

NADIE NOS OYE


         Este apasionante thriller de Nando López nos sumerge con realismo en algunos de los conflictos más acuciantes de nuestra sociedad.

Tras perder el partido más importante de su vida, un joven de diecisiete años aparece muerto a causa de una terrible paliza.

No hay testigos ni pruebas que señalen a los culpables, aunque los recientes enfrentamientos entre el Zayas y el Távora, los dos institutos de la zona, apuntan a que se trata de un nuevo episodio en la escalada de violencia entre ambos centros por motivos xenófobos, pues la mayoría de los estudiantes del Távora son de origen magrebí.

Sólo dos personas próximas a la víctima poseen las claves para desentrañar lo sucedido: Quique, uno de sus compañeros de clase y miembro de su mismo equipo de waterpolo, el Stark; y Emma, una psicóloga contratada por el club para asesorar a sus jugadores adolescentes. A partir de ellos comprenderemos unos hechos sobre los que pesan demasiados miedos, demasiados fantasmas, demasiados silencios

                Llamativo el título que alude a esa falta de comunicación por la que se pueden agravar los problemas: por una parte, que nadie de nuestro entorno sea capaz de interesarse por nuestras inquietudes, nuestras dudas; por otra, nuestra incapacidad de manifestarlas en voz alta, de gritarlas, de proclamarlas; o guardar en silencio aquello que nos atormenta y que no somos capaces de asimilar o comprender. Pues con esos silencios es muy fácil que los demás tengan una idea equivocada de lo que somos, de lo que nos gusta, de los valores en los que creemos.

                Nando nos devuelve a un entorno educativo como en Los Nombres del Fuego o La Edad  de la Ira, y en él los personajes de la novela con sus silencios y sus palabras nos transmiten su realidad: el machismo, la violencia de género, el racismo, la traición al amigo, la homofobia, el temor a ser rechazado o quedarse solo, la incomprensión, la amistad…

                Tenemos tres personajes centrales: los dos narradores, Emma y Quique, y la víctima, Asier, y es la investigación de su muerte la que hace que los secretos afloren; los latentes, los que estaban a la vista, primero (machismo, racismo, amistad); luego, los ocultos, los que los personajes intentan esconder. Con un ritmo ágil, dinámico, gran parte de la novela avanza, más que por la acción, por las constantes reflexiones que se hacen los narradores.

                Emma, la psicóloga, que viene huyendo de su pasado, pues uno de los casos que llevaba en su punto de violencia de género ha terminado con tres muertos. Quique, cuyo padre es jefe de estudios en el Távora, el instituto rival, y cuya madre murió en el 11-M, no para de rayarse y ve cómo sus mejores amigos le ocultan lo que hacen y se muestran fríos y distantes. Javi, cuya actitud a veces chulesca esconde sus inseguridades, sus miedos y su determinación. Vero, que hasta su llegada al Zayas y al Stark ha querido pasar desapercibida, pero ahí es una de las estrellas, aunque en realidad está destrozada por dentro por lo ocurrido el último verano. Izan, una de las estrellas del equipo masculino, que quiere manipular a los demás con su rabia desenfrenada. Marta, la recién llegada, por cuyos huesos Quique suspira… Esos son algunos de los personajes, de los cuales es difícil hablar sin soltar algún spoiler.

                ¡Ah, por cierto! El nombre del equipo no tiene nada que ver con la saga Juego deTronos de G. R. R.  Martin, aunque hay bastantes referencias (Emma esperando el fuego purificador de un dragón, por ejemplo).

                Leed el libro y sabréis de dónde viene ese Stark.

jueves, 8 de febrero de 2018

ENCUENTRO CON NANDO J. LÓPEZ


                Esta mañana, a pesar de ser Jueves Lardero, del frío y la nieve, el escritor madrileño Nando J. López has estado charlando con nuestros alumnos del IES Octavio Cuartero, de Villarrobledo. Dos obras suyas, La Edad de la Ira y El Reino de las Tres Lunas, han sido la excusa perfecta para hablar sobre educación, creación literaria, adolescencia.

                Hemos comenzado con los bachilleratos, B1CH y B2CH, que leyeron el trimestre pasado La Edad de la Ira, obra finalista del Premio Nadal 2010. Lo que más les interesaba saber es hasta qué punto la historia se basaba en hechos reales, pues, a pesar de lo comentado en clase, no terminaban de creerse que todo eso se pudiera dar en un centro de enseñanza.

                Nando les ha comentado que parte de un hecho real, aunque ahí no se llegó al asesinato, y de lo que vivió cuando comenzó a trabajar como profesor; que llevando escritas dos terceras partes de la obras, ésta no le convencía, pues sólo se veía desde el punto de vista de Álvaro, lo que podía darle cierto aire petulante y una perspectiva un tanto maniquea. En este momento comienza a entrevistar a profesores y alumnos, entresacando anécdotas, e introduce en la novela esa polifonía de voces que la va a caracterizar: Alex, Gema, Santiago, Sonia… La dificultad de escribir una novela donde el protagonista no tiene voz propia, sino que lo conocemos mediante lo que nos cuentan otros personajes. Como a pesar de lo que hemos avanzado en nuestra sociedad, enseguida nos encontramos con la desigualdad, el machismo, la homofobia… Como todos los personajes tienen sus problemas, sus claros y oscuros, pero que siempre tiene que haber un malo malísimo (Daniel).

                Después han pasado los primeros de la ESO con El Reino de las Tres Lunas. Su argumento
es el siguiente: A tan solo unos días de cumplir los dieciséis y de su nombramiento como heredero a la corona del reino de las Tres Lunas, Malkiel necesita descubrir la verdad sobre la muerte de su madre. Sin embargo, su padre no permite que viaje hasta donde la reina perdió la vida y la única concesión que hará a su cumpleaños es que la música, prohibida desde la muerte de su esposa, invada las puertas de palacio durante la semana de celebración. Desobedeciendo las ordenes de su padre, Malkiel se embarcara en una búsqueda que le de respuesta de un pasado que le atormenta y se verá envuelto en una serie de acontecimientos que ponen en peligro no solo su vida, sino también el reino.

                Enseguida les ha preguntado si el libro les había enganchado, a lo que han contestado que sí, aunque al principio esa forma de escribir, que les parecía antigua, se les había hecho difícil, pero que habían seguido con la lectura, que querían saber quién había matado a la reina, si las historias de amor tenían un final feliz (aviso a navegantes: va a haber una segunda parte para el año que viene). Nando les ha comentado que eso le agradaba, que a él no le gusta esa literatura fácil de leer, donde todo está mascado y lleno de moralina. A partir de aquí les ha hablado del poder de la literatura, de la lectura, de la palabra, que es importante leer para tener opiniones propias y no ser manipulados.


               Luego les ha revelado uno de sus secretos: cómo escribe, cómo realiza su obra. Siempre comienza en un cuaderno que le han regalado, y en él va esbozando la historia que tiene que contar, cómo pueden ser los personajes que quiere desarrollar, apuntes y recortes de prensa que se refieren al tema que quiere tratar… Como alguno de los alumnos quiere ser escritor, hemos hablado de la importancia de los premios literarios para darse a conocer….

                También de las dificultades que le entrañó una de sus obras favoritas, Los Nombres del Fuego, cómo unir esas dos tramas separadas 500 años, lo que le impedía cerrar la novela.

                Gracias, Nando, por esta mañana, y hasta otra. 

viernes, 28 de julio de 2017

LOS NOMBRES DEL FUEGO


Abril y Xalaquia tienen mucho en común, a pesar de que una vive en el Tenochtitlan del siglo XVI, cuando la conquista española de México, y la otra en el Madrid del siglo XXI. A sus 16 años, las dos quieren ser dueñas de su futuro, y ambas están a punto de ver cómo su vida cambia para siempre.

Xalaquia ansía escapar del destino que le viene impuesto, pues, al ser mujer, su padre ha concertado un matrimonio que no está dispuesta a aceptar y su comunidad no le permite conocer el lenguaje oculto de la magia, que aprenderá a escondidas. Lo que no esperaba era descubrir por sí misma la enorme amenaza que está a punto de alcanzar a su pueblo, que intentará impedir con la ayuda de Ocelotl, un guerrero de una tribu rival.

Cinco siglos más tarde, Abril trata de buscar su sitio en el mundo. Sus padres se han separado hace poco, y ella está a punto de descubrir que sus orígenes no son los que había dado por ciertos desde niña. Tampoco sus amigos pasan por su mejor momento: Marina mantiene una relación que la está alejando de ella misma; Nico continúa esperando que Hugo dé el paso y admita sus sentimientos hacia él, mientras se niega a tolerar la «normalidad» de una guerra no siempre encubierta. Y luego está Iván, el chico nuevo, que trata de superar el suicidio de su hermano mayor, más presente incluso ahora que antes de su ausencia. Todo se complica cuando Abril empieza a recibir extraños mensajes llegados de ninguna parte: misteriosos anónimos en su WhatsApp con las tres mismas palabras: raíz, fuego y arena.

¿Qué está pasando? La respuesta a esta pregunta sacudirá los cimientos de su identidad: quién es ella; quiénes, sus padres; y cómo engarza su historia con la de alguien nacido hace siglos y a miles de kilómetros.

Esta novela de Fernando J. López está formada por dos historias que se intercalan y confluyen en un único relato, combinando una ficción realista (la historia contemporánea, donde se retrata el mundo de un adolescente del siglo XXI, con Abril y sus amigos, con sus problemas, reflexiones, dudas y sentimientos) y otra histórica y fantástica (la de Xalaquia, quien para salvar a su mundo, sabiendo que morirá en el intento, no dudará en adentrarse en la magia y enfrentarse a los suyos, al escaparse y no aceptar un matrimonio impuesto). Llama la atención, además, dos técnicas no propias de la literatura juvenil: que la historia de Abril está contada en 2ª persona, que muchos capítulos comienzan in medias res.

En la novela se abordan temas de plena actualidad: el sexismo y la lucha por la igualdad (se ve en ambas tramas),  el bullying y la homofobia (a través de la historia de Nico y sus relaciones con Hugo y Ángel),  la violencia de género, tanto física como verbal, con la historia de Marina;  el suicidio de un adolescente, a través de la historia de Iván, que debe aprender a reconstruir su vida tras la muerte de su hermano. 

La editorial tiene una página web donde se ahonda en determinados aspectos de la novela:

jueves, 9 de marzo de 2017

LA EDAD DE LA IRA

Marcos, un adolescente de clase media, asesina a su padre y deja malherido a uno de sus cuatro hermanos.
Amigos, familiares, profesores de Marcos: nadie se explica lo sucedido.
Nadie pudo preverlo. Las imágenes del crimen acaparan los medios.
La violencia adolescente se adueña, de nuevo, de la actualidad.
El crimen de Marcos no es un suceso aislado. Demasiados casos en los últimos años de menores envueltos en situaciones de extrema violencia. Bullying. Acoso cibernético. Ataques racistas. Trapicheos con drogas. Vídeos en YouTube con humillaciones a profesores. Docentes deprimidos. Fracaso escolar... ¿La culpa es de los adolescentes? ¿De sus profesores? ¿De sus padres? ¿Hay en verdad culpables o somos todos víctimas?
                Santiago, un periodista, impulsado por estos interrogantes, decide adentrarse en el entorno del asesino. ¿Qué sucedió el día del crimen? ¿Cómo fue la semana anterior a los hechos?
En el instituto en el que Marcos cursa el Bachillerato, entre apuntes, pizarras y claustros, El reportero buscará la verdad, recopilando los testimonios de quienes formaron parte del mundo de Marcos durante aquellos días. Un mundo en el que sólo parece regir una única ley y una única edad: la edad de la ira.

Fernando J. López nos ofrece una obra, en cierta manera, dura. Nos introduce en temas como la homosexualidad, la homofobia, el acoso, el racismo, las relaciones padres-hijos, el desencanto del profesorado, el fracaso escolar.

Al supuesto protagonista, Marcos, no se le da la palabra en ningún momento del libro (salvo en par de trabajos que ha hecho para el instituto), sino que mediante los relatos de diferentes profesores, padres, compañeros y amigos obtenemos distintas versiones sobre quién es este adolescente problemático. Toda esta información la vamos obteniendo poco a poco, lo que nos va enganchando al relato, pues al principio a Santiago le ocultan hechos y nadie tiene todas las piezas del puzzle, y puede que tampoco nosotros lleguemos a saber qué pasó ese fatídico domingo, pues sólo tenemos hipótesis y los autores y testigos de los hechos no van a hablar, no dirán la verdad, sino que la volverán a ocultar, nos la omitirán.

A partir de aquí vamos a conocer a diferentes personajes: Santiago, el periodista que recuerda su adolescencia y sus miedos en ese mismo instituto; Sonia, la jefa de estudios, responsable con su trabajo, bordeando la depresión, tras cierto caso el curso anterior (Eduardo, el profesor que acosa cibernéticamente y chantajea a las alumnas) y el hecho de que el cariño de su hija sea comprado por el padre divorciado;  Álvaro, profesor de literatura y tutor de Marcos, que por ser homosexual tiene muchos problemas; Gema, la cínica profe de informática, que huye de la empresa privada para disponer de horas para vivir y que no quiere implicarse, sino cumplir su trabajo con lo mínimo; Gerardo, el director, un burócrata a la antigua usanza; Alex, el profe pasota y coleguilla de inglés, que terminará asqueado e implicándose a su pesar; Ahmed, el inmigrante, que sufre acoso y algunos profesores quieren echarlo del centro, y al final se revuelve contra las amenazas e insultos de su principal acosador; su supuesto novio o corruptor, según el punto de vista, que lo considera como un amigo con derecho a roce;  esa profesora de religión tan poco caritativa; o ese profesor de lengua que Alvaro denomina el innombrable, que se dedica a denigrar e insultar a los alumnos...

Y de fondo, James Dean, en su mítica película Rebelde sin causa, junto a Natalie Wood y Sal Mineo, que nos ayuda a entender la relación de Marcos con Sandra, su exnovia y mejor amiga, y Raúl, su mejor amigo desde que llegó al instituto, que ahora son pareja .

Todos ellos, entre otros, en diferentes momentos toman la palabra bien mediante charlas, entrevistas, informes, relatos, correos… y a partir de aquí reconstruyen el carácter y la personalidad de Marcos, y con ellos nos preguntamos cómo pudo machacar a su padre con la vieja Olivetti y clavar unas tijeras al hermano que le adoraba, si eso no es propio de él.

Si quieres la respuesta, ésta no está en el viento, sino en el libro, y, ojo, que puede estar donde menos te lo esperas.

FINALISTA DEL PREMIO NADAL 2010

                Por cierto Fernando J. López ha preparado una versión teatral de esta obra, que La Joven Compañía representará en Madrid durante la segunda quincena de abril; os dejo con un tráiler de esta representación.



lunes, 20 de febrero de 2017

#MALDITOS16


A veces necesitamos volver a los lugares donde nos rompemos. Recorrer el camino de regreso al adolescente que fuimos y mirar de frente nuestras heridas, las que se abren cuando nos vemos abocados a elegir quiénes deseamos ser.

#malditos16 emprende ese viaje hacia la identidad a través de las historias de Ali, Dylan, Naima y Rober, cuatro jóvenes que se conocieron en el peor momento de su vida: justo después de querer quitársela. Todos ellos intentaron suicidarse cuando rondaban los dieciséis y ahora, a sus veintipocos, el hospital donde estuvieron internados les propone colaborar en un taller con adolescentes en su misma situación. Acuden con ganas de ser útiles y, a la vez, con miedo de que las grietas se abran y se liberen de nuevo los fantasmas. Monstruos cotidianos de los que apenas se habla. Vidas invisibles –las suyas y las nuestras– que no protagonizan titulares ni ocupan espacio en los medios. Realidades que no existen porque no se nombran y que, sin embargo, todos compartimos. Y es que, aunque nos empeñemos en negarlo, aquellos #malditos16 siguen viviendo bajo el adulto que fingimos ser.

Fernando J. López

                Esta obra de Fernando J. López, y dirigida por Quino Falero, ha sido seleccionada por el Centro Dramático Nacional como un proyecto de Escritos en la Escena: partiendo de un primer borrador, el autor desarrolla y finaliza el texto en el ámbito escénico, trabajando estrechamente con un grupo de intérpretes durante un tiempo determinado.

Algunos de los temas que se abordan, a través de los conflictos y vivencias de los protagonistas, son  acoso escolar, trastornos alimenticios, violencia e identidad de género,  autoestima, falta de expectativas, suicidio, presión familiar… Para abordarlos, cuatro psicólogos expertos participaron en el desarrollo del guion con el afán de crear un texto con realismo absoluto. “Hay que dar recursos a las familias para que interpreten las señales, y a los adolescentes para que tengan agarre, enganches a la vida”, considera el escritor

                Gracias a los flashbacks, donde se recrea la adolescencia de los personajes, vemos una historia en dos tiempos: esa adolescencia (cuando tenían 15 y 16 años) y su juventud (cuando acaban de cumplir 20 y 21), teniendo cada uno de ellos su propia apertura y su propio final. Son cuatro historias de lucha y de superación donde se impone la fuerza de la vida, de la rebeldía y, a través del dolor de las historias de sus personajes, se construye un canto a la vida y a la lucha por encontrar nuestra identidad. Todas las historias de los personajes están basadas en circunstancias reales y son casos de superación de situaciones que, por desgracia, resultan demasiado cotidianas. Con ellas, la obra intenta dar voz a las vidas invisibles, que no aparecen reflejadas en los medios de comunicación:

 Ni una mención en los medios y aun así, el suicidio sigue siendo la segunda causa de muerte entre adolescentes. Lo mismo no hablarlo no está ayudando mucho…

jueves, 12 de enero de 2017

DIEZ MIRADAS, PARA QUIENES NOS ENSEÑAN A AMAR LOS LIBROS


Esta semana he recibido este libro del sello Loqueleo de la editorial Santillana  que pretende ser un homenaje a todos los maestros, en su sentido más afectivo e integro de la palabra, que con su dedicación, creatividad y entusiasmo hacen posible que tantos niños y jóvenes crezcan confiando en sus propias capacidades. Y muy especialmente, está dedicado a todos esos docentes que han transmitido su amor por la Literatura…

Lo cierto es que ha sido una gozada ver esas Diez Miradas, mejor dicho, leer esos diez relatos de esos  magos de las palabras y maestros en el arte de contar historias: Maite Carranza, Jordi Sierra ¡ Fabra, César Mallorqui, Concha López Narváez, Rafael Salmerón Alfredo Gómez Cerdá, Mª Isabel Molina, Fernando J López, Care Santos, Joan Manuel Gisbert y mi paisano Fernando Lalana.

Algunos de ellos inciden más en el aspecto docente en general o la influencia del maestro en el alumno: delicioso ese Blanca y los Plátanos, de Maite Carranza, donde de forma sorprendente se reencuentran la vieja maestra y un viejo discípulo (por cierto, que sentimientos tan contradictorios cuando ves que tienes un discípulo: alegría, al ver que alguien ha seguido tus pasos; por otra parte, te sientes viejo, se te cae el mundo encima); la búsqueda de ese reconocimiento, que todos anhelamos (y quien diga lo contrario, miente cual bellaco) lo podemos ver en El Cerebro del Profesor Vázquez, de César Mallorqui, donde irónicamente el profesor no recuerda a su antiguo alumno. Emotivo me ha resultado el de Alfredo Gómez Cerdá, El Único Trabajo de mi Vida, tal vez por la reciente jubilación de una amiga y compañera. Jordi Sierra ¡ Fabra, con su Un Mundo bajo el Cielo, a través de ese maestro sudamericano nos recuerda a nuestros viejos maestros de escuela que iban a un pueblo cargados de sueños.  Concha López Narváez y Rafael Salmerón, con En busca del Tesoro, nos hacen ver lo que disfrutamos cuando un alumno coge un libro motu propio o nos pide nuestra opinión sobre una novela. La flamante Premio Nadal Care Santos nos emociona con ese homenaje a Shakespeare (si, también los grandes tuvieron maestros, ¿qué os pensabais?) en Tarde de Teatro. Fernando Lalana, con Fin del Luto, nos trae al alumno enamorado de su profesora (podéis pensar mal, pero os vais a equivocar). La influencia sobre el futuro del niño nos la presentan en sus relatos tanto Mª Isabel Molina como Fernando J López que sigue trabajando su línea temática sobre el suicidio en adolescentes, pero muy logrado ese acercamiento al muchacho mediante el poema de Luis Cernuda en El Mar no Tiene Sueño; si queréis leer este relato, lo tenéis aquí.

De Joan Manuel Gisbert, ¿qué podemos decir?. Mejor le dejamos hablar con este microcuento que nos trae en su cuento:

EL GRAN ANFITRIÓN

Uno de sus mayores placeres es ir abriendo los espacios de su inmensa casa a sus invitados y dejarlos moverse libremente por ellos. Es entonces cuando lo invisible sale a la luz. Del silencio brotan ríos de palabras, seres muy diversos pueblan las estancias, mundos cercanos y remotos toman forma, asombrosos lugares se desarrollan y se producen en ellos vivencias de muchas clases.

El Gran Anfitrión, propicio y acogedor, los guía y acompaña por un tiempo y, luego, muy despacio, va retirándose a sus aposentos y los deja a su aire, creciendo y disfrutando por sí mismos.