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miércoles, 6 de octubre de 2021

¿SUCEDIÓ ASÍ?

 


Después de beber un sorbo de vino para aclararse la garganta, el aedo pulsó las cuerdas, carraspeó y emprendió una nueva tirada de versos (...)

»Gritaron los pretendientes al verlo así abatido y aterrados de susasientos saltaron. Y con una torva mirada les dijo el sagaz Odiseo:

»—¡Ah, perros viles! ¿Creíais que nunca volvería de Troya y por eso devorabais mi hacienda, os acostabais con mis criadas y pretendíais a mi esposa? ¡Pues ya la muerte se cierne sobre vuestras cabezas!» (...)

Tapando las cuerdas con la mano izquierda, el cantor buscó el rostro de su solitaria audiencia allí donde había escuchado su voz la última vez y preguntó:

—¿El poema va bien así, wánax?

—Muy bien, mi joven cantor. Tienes un gran talento. Aunque las cosas no sucedieron exactamente así, me gusta cómo suena el conjunto. ¿Cuántos pretendientes has dicho que había reunidos?

—Ciento dos, mi señor.

—¡Ciento dos! —Odiseo, sentado a horcajadas sobre su silla favorita, palmeó el respaldo, divertido—. ¿Y contra esos ciento dos cuántos luchamos?

—Tú, tu hijo el noble Telémaco, el leal porquerizo Eumeo y el irreprochable boyero Filetio.

A Odiseo, aunque la vista le fallaba para distinguir objetos cercanos y a veces se descubría en alguno de los almacenes del palacio sin saber qué había ido a buscar, aún se le daban bien los números.

—Veinticinco pretendientes para cada uno, y todavía nos habrían sobrado dos. ¡Una batalla digna de culminar un poema épico!

—Así es, señor —respondió el aedo con una sonrisa y un brillo de entusiasmo en sus ojos invidentes.

—Ciento dos —repitió Odiseo para sí, pensativo.

Ocho años habían transcurrido tan sólo y los pretendientes ya se habían multiplicado por cinco. ¿En cuántos los convertirían las generaciones venideras?

Aquel joven aedo quería completar la magna obra que había empezado con los cantos que había aprendido de Demódoco, ciego como él, y que no eran otra cosa que la versificación del relato que en aquella noche hiciera Odiseo ante la corte de los feacios. Para mantener el tono, y ya que ni el joven ni mortal alguno que pisara la tierra conocían lo que de verdad había acontecido en el brumoso Tártaro, ¿qué mejor culmen que una gloriosa matanza de pretendientes?

Había detalles del poema que a Odiseo le gustaban más y otros menos. No le agradaba, por ejemplo, que, al llegar a Ítaca, Atenea lo convirtiera mágicamente en un anciano pordiosero. ¡Siempre los dioses arreglándolo todo! La verdad era que él se había camuflado por sus propios medios con ropa vieja y había deformado sus rasgos, como en otras ocasiones, remetiéndose pulpa de hojas bajo las mejillas y entre las encías y los labios. De ese modo había visitado de incógnito su propio palacio fingiéndose un buhonero, como ya hiciera en el pasado para desenmascarar a Aquiles y llevárselo a la guerra de Troya. Así pudo reconocer el terreno antes de actuar contra los pretendientes —que no eran más de dos docenas— que le tenían invadida la casa y no dejaban de comerse sus cochinillos, sus corderos y sus terneras, de acosar a sus esclavas, de mirar con lujuria a su mujer y de hacerle la vida imposible a su hijo.

Una vez que comprobó que aquellos mozos insolentes eran más pendencieros y fanfarrones que valientes, Odiseo no esperó ni un solo día para actuar. Tras revelar su identidad a su hijo, a Eumeo, a Filetio —en eso acertaba el poema— y a unos cuantos hombres de confianza más, se las arregló para que desde el mediodía se dedicaran a cebar y emborrachar a aquella caterva de parásitos.

Después, por la noche, cuando todos los pretendientes se hallaban dentro del mégaron, pesados y somnolientos por el vino y la pingüe carne, Odiseo se plantó en el umbral ataviado con una coraza de bronce y unas grebas de estaño. A su vera estaban Telémaco, sujetándole el escudo, y Eumeo, encargado de sostenerle el yelmo y la lanza. Detrás de él había más criados con antorchas, de tal modo que la sombra de Odiseo, tal como había planeado, se proyectaba amenazadora y gigantesca en la pared del fondo.

En sus manos empuñaba su arco favorito, el mismo que había olvidado al partir a Troya. Telémaco se lo había traído del almacén a escondidas de Penélope, ignorante todavía de que su esposo había retornado.

—Entonces —preguntó el aedo—, ¿no es verdad que te las ingeniaste para que la discreta Penélope propusiera un certamen en el que quien consiguiera tensar y disparar tu arco se casaría con ella?

—¿Permitir que esos patanes me mancharan el arco con la grasa de sus manazas? ¡Jamás! Lo que sí es verdad es que le disparé una flecha a Antínoo y le atravesé el gaznate de parte a parte. Era el cabecilla de esa patulea y, cuando uno pelea contra un grupo de enemigos más numeroso, lo primero que tiene que hacer siempre es descabezarlo matando al más decidido.

—¿Y cómo es que mientras les advertías de lo que ibas a hacer él fue tan imprudente de seguir bebiendo?

—Es que no les advertí. En la vida he aprendido que lo mejor es actuar primero y amenazar después. Así que maté a ese rufián sin avisar, tal como se merecía.

—¿Y no dijiste nada?

Odiseo pensó un instante. Lo cierto era que le habría gustado pronunciar aquellas palabras. «¡Ah, perros viles! ¡Ya la muerte se cierne sobre vuestras cabezas!». Sonaban realmente rotundas. Pero en su momento no se le habían ocurrido.

—Creo que me limité a decir: «La fiesta ha terminado».

El aedo parecía sorprendido, sus ojos mirando sin ver las vigas enceradas del techo del pórtico bajo el que se encontraban.

—¿Y con eso bastó? ¿Salieron huyendo como conejos asustados?

—Como conejos asustados y muy borrachos —precisó Odiseo.

Aquellos pretendientes estaban acostumbrados a peleas de bravucones, a alardear entre ellos y a amedrentar a criadas y sirvientes, pero carecían de agallas para enfrentarse a un guerrero de verdad, armado de bronce y con la violencia pintada en los ojos. Por eso ver muerto al que parecía más valiente fue más que suficiente para que todos huyeran despavoridos. Los que eran de Ítaca pasaron meses encerrados en sus casas, y a los que procedían de las islas vecinas nadie los volvió a ver por allí.

—Pero me gusta más tu versión, hijo —dijo Odiseo—. Continúa, por favor.

El aedo volvió a pulsar la lira, en tono algo más inseguro. Conforme entonaba los versos, sin embargo, fue cobrando de nuevo confianza en su historia. Así cantó cómo, tras masacrar a los pretendientes, Odiseo y sus fieles se habían vengado a conciencia de la servidumbre que había fraternizado con ellos. A las criadas que les habían entregado sus favores, nada menos que doce, las ahorcaron en el patio; después, eso sí, de obligarlas a limpiar a fondo la sangre, las vísceras y los sesos derramados por el suelo y las paredes del mégaron.

—Siempre he sido un hombre práctico, eso no se puede negar —reconoció Odiseo (...)

—Mi señor —dijo el aedo, interrumpiendo su canto—. ¿Te estás burlando de mí?

—¡Líbrenme los dioses, amigo! Continúa, que me place mucho tu historia (...)

—¿Has llegado al final, hijo? No me lo había parecido.

—No del todo, wánax. Conozco la materia de ese final, pero me falta todavía hilar los hexámetros.

—Aunque no me los cantes, me gustaría saber qué historia te han contado.

—Pero, señor, si es verdad que no mataste a ciento dos pretendientes, sino sólo a uno…

—Imaginemos que fue así, que di muerte a ciento dos jóvenes de estos pagos. —Cavilando sobre ello, Odiseo se rascó la cabeza—. ¿Te imaginas cuántos familiares se habrían plantado en mi palacio para vengar su sangre derramada? ¡Un ejército entero!

—¡Y precisamente eso fue lo que ocurrió, señor! —El joven se quedó callado, confuso—. Bueno, lo que me dijeron que ocurrió.

—Pues sigue, háblame de ese ejército.

—Guiados por Eupites, el padre del insolente Antínoo, cientos de familiares, unos de Ítaca y otros llegados de las islas vecinas, se presentaron armados y con antorchas para tomar venganza y quemar tu palacio.

—Eso suena bien —reconoció Odiseo—. ¿Cómo lo solucioné?

El padre de Antínoo se llamaba en verdad Eupites, un cobarde que, cuando partieron los doce barcos a Troya, enfermó de forma sospechosa por unos cólicos de orina. Era el único al que Odiseo había tenido que compensar por la muerte de su hijo. Había tasado a este en diez bueyes no demasiado cebados, de los que le había descontado nueve como gastos de manutención por el tiempo que Antínoo pasó instalado en su palacio.

Eupites se había llevado el buey que quedaba sin poner la menor objeción.

El aedo, que se había emocionado pensando en el desenlace, elevó el tono de su voz.

—¡Tú pediste amparo a tu protectora, Palas Atenea, y ella te infundió tal fuerza que desde cien pasos arrojaste tu lanza de bronce y acertaste a Eupites en pleno rostro, entre las dos carrilleras del yelmo! Y entonces todos los demás se detuvieron acobardados mientras tú, Telémaco, tu padre Laertes…

—¡Esto sí que es bueno! —aplaudió Odiseo—. ¡Mi pobre padre metido en combate a sus años! Pero continúa (...)

El poeta se quedó pensativo un instante. Después, al parecer inspirado por su propio entusiasmo, volvió a tañer las cuerdas e improvisó unos hexámetros (…)

—¿Y ya está? —preguntó Odiseo al ver que el aedo había apagado el sonido de la lira con la palma de la mano.

—Así es, wánax. Gracias a la diosa Atenea hubo paz para siempre entre aquellas dos partes contrarias y la concordia reinó en Ítaca.

Odiseo se levantó por fin de la silla. Tenía las rodillas anquilosadas, pero consiguió no emitir ningún gruñido.

—Me gusta. Me gusta, sí. Tienes mis bendiciones, hijo. Aunque las cosas no sucedieran del todo así, tus versos las hacen parecer más grandiosas y al mismo tiempo más emocionantes.

—Gracias, señor —respondió el joven con una enorme sonrisa de felicidad.

Javier Negrete, Odisea

viernes, 14 de mayo de 2021

ODISEA

 

          Javier Negrete se sumerge en los poemas homéricos y nos va a volver a contar la historia de Ulises, de Odiseo, a quien acompañamos durante los episodios más conocidos de la legendaria guerra de Troya y de su regreso a casa, a Itaca; pero hay un pequeño y sorprendente cambio: una vez que parte del reino de los feacios, tras su encuentro con Nausicaa, no regresa a su tierra para enfrentarse a los pretendiente, sino que se dirige una vez más al Hades, a una nueva batalla, donde con otros seis héroes de la guerra de Troya, que regresan de la tierra de los muertos, para enfrentarse a los dioses del Olimpo por la supervivencia de la raza humana.

Tras todo esto se encuentran las Moiras, que quieren escapar de su destino, y sus oscuras profecías, pues le han dicho a Atenea que será la señora de los dioses cuando Zeus caiga humillado. Y hay que recordar que los dioses pueden manipular a su antojo a los hombres, para que estos hagan o recuerden lo que la divinidad quiera; y sólo unos pocos no pueden ser manejados, entre ellos Odiseo, quien desea vengarse de los dioses especialmente de Atenea por la muerte de su hermano Medón. Estas dos tramas se unirán, y veremos como los planes esconden planes que esconden otros planes que nos conducirán a un final sorprendente.

Los personajes están muy bien trabajados, sobre todo Odiseo, Atenea y Nausicaa, con sus luces y sombras, ateniéndose al mito, pero complicándolo. Ese Aquiles que no quiere ser rey de los muertos, y que anhela esa última batalla, aunque luego su alma y su cuerpo desaparezcan. Hefesto, el dios del que toda su familia se burla, temeroso, que intenta evitar la ira de Zeus…

Una escena genial es el epílogo, donde un aedo le canta a Odiseo el final del poema homérico, y este, cada dos por tres, le interrumpe con un irónico ¿de verdad que ocurrió así? No hay nada como cuestionar lo que creemos conocer.

jueves, 12 de julio de 2018

LAS TERMÓPILAS


—Sé que, como espartanos, no precisáis arengas que os infundan valor.
El pecho de Leónidas y su poderoso cuello formaban una caja de resonancia tan ancha y profunda que no necesitaba desgañitarse como otros generales para que su voz llegara a todos sus hombres.
Por eso y porque, contando con los cincuenta sirvientes que completaban las filas de su pequeña falange, tan sólo tenía trescientos hombres a los que dirigirse.
Desde la época de las guerras contra los arcadios, se había extendido la costumbre de que, antes de la batalla, el enomotarca de cada sección formara un corro con sus hombres —treinta o cuarenta a lo sumo— con el fin de impartirles alguna consigna final, o simplemente para recordarles el código de honor espartano. Ahora Leónidas decidió olvidar por un momento que era rey —cargo que nunca había deseado—, recordar su pasado como simple oficial y compartir aquel instante decisivo con sus hombres.
Puesto que un corro de trescientos habría sido demasiado grande, los soldados formaron varios anillos concéntricos ordenados por alturas. Leónidas se colocó en el del centro, abriendo los brazos para enlazarse por los hombros con los guerreros que tenía al lado. Los demás, desde el círculo interior hasta el exterior, hicieron lo propio. Ahora todos formaban un gran organismo, un único cuerpo alimentado por los latidos de trescientos corazones.
El rey se puso en cuclillas y los hombres del círculo interior lo imitaron. Los músculos de las piernas de Leónidas y las articulaciones de sus rodillas se quejaron amargamente por lo incómodo de la posición, pero era el modo de que los soldados de atrás pudieran verlo todo.
—No, no necesitáis arengas —repitió—. Pero quiero daros las gracias, porque ha sido un honor combatir a vuestro lado.
Todos ellos estaban ya armados, con los yelmos colgados de los barbuquejos o a medio embutir sobre la frente, los escudos apoyados en el suelo. Las lanzas las habían dejado fuera de la formación, apoyadas unas con otras en grupos de tres, formando un pequeño bosque de madera y hierro. Cada uno sabía bien cuál era la suya, ya que los nombres de los dueños estaban grabados a cuchillo en las astas de fresno.
—Sabéis que hoy no va a ser un día como los anteriores —dijo Leónidas. «Porque vamos a morir todos», añadió para sí, pero sabía que no era necesario decirlo—. Por eso, hoy no vamos a defender la posición. Hoy no vamos a aguardar al enemigo en el muro focense. ¡Hoy, espartanos, vamos a atacar!
—Eleléeeuuuu!!!
—¿Qué vamos a hacer espartanos?
—¡Atacar! (…)

—¿Qué es lo que pide el espartano? —preguntó Leónidas.
—¡Siempre combatir! —respondió el corro de guerreros.
—¿Le importa al espartano si es viejo?
—¡No!
—¿Le importa si está enfermo?
—¡No!
—¿Le importa si acaba de luchar y está malherido?
—¡No!
—¿Qué es lo que pide?
—¡Luchar, luchar y luchar! (…)

—Recordad nuestro código, espartanos. ¡No hay emblema más glorioso…!
—¡Que el escudo de Esparta!
—¡Mi escudo no me protege a mí…!
—¡Sino a mi compañero!
—¡Jamás abandonaré el escudo…!
—¡A no ser que ya no me quede otra arma y lo rompa aplastando a mi enemigo! (…)

—¿Le importa al espartano quiénes son los enemigos?
—¡No!
—¿Le importa cuáles son los enemigos?
—¡No!
—¿Qué es lo único que le importa de ellos?
—¡Dónde están! (…)

—¿Qué busca siempre el espartano?
—¡Acortar la distancia con el enemigo!
—¡Mejor que la flecha…!
—¡La lanza!
—¡Mejor que la lanza…!
—¡La espada!
—¡Y cuando toda arma se haya roto…!
—¡A puño y a pie, a uña y a diente! (…)

—Hasta ahora os habéis contenido, habéis guardado energías para aguantar y combatir al día siguiente. Hoy no tenéis que reservar nada. ¡Hoy tenéis que darlo todo!
—¡Hoy lo daremos todo! —clamó el corro de guerreros.
—¡No os vayáis a la otra orilla de la Estigia lamentando haberos guardado fuerzas, pues de nada os van a valer en el infierno! (…)


Tras disolver el corro, con los corazones enardecidos por las palabras de Leónidas, los guerreros embrazaron los pesados escudos de roble, empuñaron las lanzas y ocuparon sus puestos en la formación. En la primera fila sólo se veían las lambdas de Laconia, y lo mismo sucedía en la segunda, pero en la tercera y última los broqueles espartanos alternaban con otros arrebatados en el campo de batalla a los soldados griegos de Artemisia, la reina guerrera, e incluso con algunos escudos persas de mimbre y cuero.
Esas armas abigarradas las habían dejado para los cincuenta ilotas que rellenaban la última fila y que —más por azar que por intento— completaban el número de trescientos hoplitas, los mismos que habían partido de Esparta. Si esos hombres estaban allí era por propia voluntad: por orden de Leónidas, todos los guerreros espartanos habían firmado documentos para emancipar a sus criados y los habían despachado de regreso a Laconia. En agradecimiento a los servicios prestados en las Termópilas, a partir de ese momento se habían convertido en hombres libres. No espartiatas, por supuesto, no miembros de la élite de los Iguales: ciudadanos de segunda fila, mas al menos ya no serían siervos de nadie.

Javier Negrete, El Espartano

martes, 2 de enero de 2018

EL ESPARTANO


Año 480 a. C. antes de morir en las Termópilas, el rey Leónidas entrega una carta sellada al oficial Perseo y le ordena que regrese a Esparta y se la entregue a su esposa, Gorgo.

¿Por qué decide que el mejor guerrero de la ciudad abandone la batalla, cuando la ley espartana prohibía retirarse o rendirse?

Esta es la historia del hombre que nació y se crió como Perseo, hijo del rey Damarato. Víctima de conjuras palaciegas, perdió el derecho al trono y debió aprender a sobrevivir como un simple guerrero. Mientras se olvidaba de quién había sido y quién estaba destinado a ser, soportó mil pruebas que lo convirtieron en otra persona: Perseo, un espartano más... y a la vez un campeón entre campeones.

Y mientras tanto tuvo que ver cómo Gorgo, la mujer que amaba, se casaba con un miembro de la familia que había hundido su vida.

                Javier Negrete nos introduce en las Guerras Médicas (asistimos a las batallas de Maratón,  Termopilas, Salamina) y en las costumbres de Esparta: su sistema político con los dos reyes y los cinco éforos, la agogé, su cultura que gira en torno a la batalla y el honor de la guerra… siguiendo bastante las Historias del griego Heródoto.

                Todo ello se centra en la figura de Perseo, quien, según una profecía, será el último entre los espartanos y, cuando llegue la hora decisiva, será el primero de los espartanos. Desde pequeño muestra valentía y decisión, y pronto su maestro de armas descubrirá que de los impulsos que los humanos comparten con los animales cuando se enfrentan a un peligro —esconderse como los conejos, huir como los ciervos o atacar como los leones—, Perseo únicamente parecía tener uno. Atacar. Su abuela Ferenice, mediante cuentos y leyendas, le alecciona, por ser descendiente de Heracles, a defender a los débiles y poner orden en el mundo. Muchos le ven como el mejor guerrero de Esparta. Pronto conocerá la pasión amorosa en brazos de Gorgo, la hija de Cleómenes, el otro rey de Esparta. Pero no todo es de color de rosa: su hermano le envidia y le odia; sus padres no le muestran el menor afecto; la derrota a manos de Bagabigna, el general persa, y su posterior traición; la humillación, cuando su familia es desposeída de la realeza; la tortura a manos de Cleómenes; el ver cómo sus sueños se le van escapando…. Y cree que Las Termopilas es el lugar donde pienso cobrarme mis últimas cuentas pendientes.

                Aparte de él, la galería de personajes es amplía y Negrete nos descubre perfectamente la personalidad de cada uno: su mellizo Nabis, su padre Damarato, Leónidas, Cleómenes, Ferenice, Gorgo, Jerjes, Temístocles, Pausanias, el espartano tullido Escaleno, Mardonio, Bagabigna, el adivino Tisameno...

                Me ha encantado, cuando Perseo sufre ese episodio de amnesia, ese homenaje a Gene Wolfe y su Soldado de la Niebla (Premio Locus 1987), pues ambos protagonistas han perdido la memoria, y cada día leen un registro para recordar quienes son.

lunes, 8 de junio de 2015

LA COMUNIDAD DEL ANILLO

               
Enviado por Alejandro, B2C

Es el primero de los tres volúmenes que forman la novela El Señor de los Anillos, secuela de El Hobbit, del escritor británico J. R. R. Tolkien. La obra fue escrita para ser publicada en un solo tomo, pero debido a su longitud y coste, la editorial decidió dividirla. Recibió críticas variadas aunque bastante mejores de las que se esperaba el propio autor. Está dividida a su vez en dos más, los libros I y II, precedidas de un prólogo y de un escrito titulado Nota sobre los Archivos de la Comarca, donde Tolkien enumera las fuentes usadas a la hora de escribir el libro, ya que pretende dar a entender que la historia ocurrió en realidad.

Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.
Siete para los Señores Enanos en palacios de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.
Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

Esta saga empieza con el 111º cumpleaños del hobbit Bilbo Bolsón, que desaparece tras su fiesta.

Cuando Frodo, heredero de Bilbo, vuelve a casa se encuentra con Gandalf, quien le dice que su tío se ha ido y le ha dejado todas sus pertenencias, incluido cierto anillo. Pero este anillo es el Anillo Único, el Anillo perdido de Sauron, el Señor Oscuroa, con un terrible poder destructor, hay que evitar que este objeto vuelva a caer en manos de Sauron.

Más tarde, Frodo inicia un camino que le llevará hasta los elfos, en compañía de Pippin, Merry y Sam, y en Bree se le une Aragorn. Pero una noche se encuentran con los Espectros del Anillo que hieren a Frodo con una espada morgul. Esta herida les retrasa hasta que el elfo Glorfindel lo lleva hasta el río que rodea Rivendell.

Allí se celebra un concilio para decidir quien llevará el anillo a Mordor, pues sólo puede destruirse en el Monte del Destino. Al final será Frodo, ayudado por ocho compañeros: Aragorn, Legolas, Boromir, Gandalf, Gimli, Pippin, Merry y Sam. Ellos forman la Comunidad del Anillo, y tienen que superar numerosos peligros donde dos de sus compañeros caen, Gandalf en Moria y Bóromir en un río llamado Anduin.

Después Frodo y Sam parten solos a Mordor porque al igual que Boromir había intentado arrebatarle el anillo a Frodo no quería que los demás pudieran caer en la misma tentación. Horas después, Aragorn, Legolas y Gimli van tras los Huruk hai que llevan secuestrados a Merry y a Pippin, para intentar liberarlos.

Lo primero que tengo que decir es que es bastante difícil, mejor dicho, imposible, leer el libro y no comparar todo lo que lees con la película, pero lo bueno es que hay algunas diferencias. El libro es bastante interesante porque la historia es muy entretenida, aunque quizás si empiezas a leerlo sin saber de qué va se te hace muy pesado, porque no entenderías a ningún personaje. A mí me ha gustado, sobre todo en la segunda parte cuando ya están en Rivendel y van hacia Mordor. Creo que el principio del libro es la parte más aburrida porque describe muchísimo los paisajes y se centra más en los lugares que en la historia. No obstante, conforme se va acercando a la parte decisiva, el libro se va centrando en lo interesante y engancha más. Al leer parece que te olvidas de todo y por un momento es como si estuvieses dentro de la Tierra Media, como si compartieses el sufrimiento de Frodo, o como si disfrutaras de la vida de Rivendel. Es un libro maravilloso, y me arrepiento de no haberme dado cuenta años antes

Os recuerdo el homenaje que hace Javier Negrete a éste y otros libros en su novela corta, Los Centinelas del Tiempo.  
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martes, 11 de noviembre de 2014

LOS CENTINELAS DEL TIEMPO

Esta novela corta de Javier Negrete la encontramos en la antología Mañana Todavía. Con ironía recrea en su distopía el mundo de lo políticamente correcto en educación, y consigue que saboreemos la pasión por los libros, mientras realiza una defensa de la lectura libre (la cual pocas veces se lleva a cabo en nuestros centros), pasando por los homenajes a Poul Anderson, Bradbury (con una quema de libros digna de los compañeros de Montag), Tolkien…

Os dejo con el sorprendente fragmento relativo al Señor de los Anillos, no tiene desperdicio.

Tres anillos para las personas que gobiernan al grupo étnico élfico.
Siete para las personas del grupo étnico que tallan la piedra en viviendas también de piedra.
Nueve para las personas humanas con un destino propio.
Uno para el Señor imperialista sobre el trono imperialista.
Un anillo para gobernarlos a todos, un anillo para encontrarlos,
un anillo para atraerlos a todos y atarlos en algún sitio,
en la tierra de Mordor donde ocurren cosas injustas.

                Como siempre que Pablo abría la cubierta, en el metapapel apareció el poema con el que empezaba El señor de los anillos. Por alguna razón, el dichoso libro se empeñaba en que leyera aquellos versos una y otra vez. Cuando llegó al último, las letras se borraron y se convirtieron en los párrafos de la página donde se había quedado en la última sesión. 228. Ya estaba muy cerca del final. ¡Menos mal!

                Estaban en AnimaLec, la clase semanal de Animación a la Lectura, dentro del currículo de Comunicación Humana Articulada. Para el compañerado del propio Pablo era simplemente CHA, mientras que su progenitora femenina solía decirle: «Eso ha sido Lengua Española de toda la vida». Yoni, la persona docente que impartía la asignatura, paseaba entre las filas de mesas con las manos a la espalda y el ceño levemente fruncido que caracterizaba su gesto cuando se aburría, como si el mero hecho de aburrirse ya supusiera un esfuerzo intelectual para él. Curiosamente, a Yoni no se le ocurría leer un libro jamás. Al parecer, ni a él le convencían demasiado los carteles de enormes letras y vivos colores que se alternaban en la pizarra digital y las pantallas laterales para ilustrar la «AnimaLec».

                Leer te hace más respetuos@ con l@s dem@s.
                Los libros es el mejor aparato de cultura.
                La lectura, te descubre nuevos mundos.

                El libro captó que Pablo estaba apartando las pupilas demasiado a menudo. El texto de la novela desapareció de la página por unos segundos, sustituido por un breve párrafo:

                La lectura es una cuestión de concentración. No te distraigas, persona alumna Pablo Colmenero. Te sugerimos que, disfrutes desde la libertad y la responsabilidad de esta apasionante actividad.

                Pablo volvió a su lectura. Había escogido El señor de los anillos porque su progenitor masculino, cuando todavía vivía con él y con su progenitora femenina, le había dicho: «Es una obra maestra. Cuando lo leí de niño, me tiré despierto hasta las cuatro de la madrugada para acabarlo. ¡Y eso que tenía clase al día siguiente!».

                Pablo no se imaginaba leyendo aquel tostón ni siquiera hasta la doce de la noche. El mapa del principio, que sugería la promesa de un mundo diferente y emocionante, le había hecho concebir ciertas expectativas. Sin embargo, a la hora de la verdad el argumento no tenía nada de especial. Como en cualquier otro libro de lectura aparecían grupos étnicos diversos, pero todos acababan siendo casi iguales y comportándose de idéntico modo.

                El primer grupo étnico del que hablaba la persona autora eran las personas hobbits, que se diferenciaban de las humanas porque andaban descalzas y les crecían matojos de pelos en los pies. Eran vegetarianas, abstemias, y vivían en comunidad con la naturaleza haciendo ejercicio saludable todos los días. Pero eso, al fin y al cabo, lo hacían todas las demás, tanto las personas de las casas de piedra (en ningún momento se explicaba en qué se distinguían de las otras), como las humanas o las élficas (estas tenían las orejas puntiagudas y poco más).

                Un poder maligno llamado Sauron pretendía esclavizar a todos los grupos étnicos libres de la Tierra Media. Para lograrlo, había corrompido con propaganda imperialista a otro grupo, el de los orcos, que además eran más violentos por su naturaleza de género, ya que se reproducían por una especie de partenogénesis y entre ellos no se encontraban personas femeninas. La única forma de evitar que Sauron dominara el mundo era destruir el llamado Anillo Único arrojándolo a un volcán. Con tal objetivo se había organizado una compañía de personas heroicas. La hobbit femenina Froda era la encargada de llevar el Anillo junto con su persona amiga masculina Sam (que no era inferior en clase social a Froda; por alguna razón, el libro hacía mucho hincapié en este punto). La compañía la completaban diversas personas más de diversos grupos étnicos y tendencias sexuales, incluyendo una con poderes especiales llamada Gandalf que cada dos por tres decía: «Lo mejor que he hecho en mi vida ha sido dejar de fumar».

                «Verás cuando llegues a las minas de Moria y al Balrog, el monstruo de fuego», le había avisado su progenitor masculino. «¡No sé si pasé más miedo leyendo el libro o viendo la película!».

                La película ya no la ponían en la tele, y además era antigua, pero al parecer pronto se iba a estrenar un virturemake. Mientras tanto, Pablo no había encontrado en el libro ni minas ni monstruos de ningún tipo, salvo las «entrañables» personas trolls (así las definía la persona responsable de la autoría). Solo bosques y prados, más bosques, más prados, una persona ecologista llamada Tom Bombadil que vivía en total comunidad con la naturaleza formando una unidad familiar de tres personas con Baya y con Oro, y después más bosques y más prados.    

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                ¡Libros de verdad, no de metapapel! Muchos de ellos eran bastante voluminosos, algunos con lomos de más de tres dedos de grosor, e incluso como la palma de la mano. Abrió al azar uno, Los papeles del club Pickwick de un tal Charles Dickens, y comprobó que tenía más de mil páginas. ¡Cualquiera se leía eso! El señor de los anillos era uno de los libros más largos que le habían ofrecido a Pablo para leer, y no llegaba a trescientas. Se preguntó si tendrían El señor de los anillos en papel. ¿Cómo averiguarlo? Por fin encontró lo que buscaba: una versión en papel de El señor de los anillos. ¡Caramba, qué gorda era! Al abrir el libro comprobó que sobrepasaba las mil páginas, impresas con letras que parecían hormigas. «Qué cosa más primitiva», pensó. ¿De dónde había sacado la persona autora material para rellenar tantas páginas? ¿Había introducido más escenas de prados y bosques hasta destruir el maldito anillo? Al principio del libro se hallaba el poema. Cuando lo leyó, Pablo se llevó una sorpresa mayúscula.

Tres anillos para los reyes elfos bajo el cielo.
Siete para los señores enanos en palacios de piedra.
Nueve para los hombres mortales condenados a morir.
Uno para el Señor Oscuro sobre el trono oscuro,
en la tierra de Mordor donde se extienden las sombras…

                ¿Reyes elfos? ¿Cómo podía ser que un grupo étnico se dejara gobernar por un régimen tan retrógrado? Enanos habitando en moradas de piedra… Pero «enano» era un insulto grave, una de esas palabras en Proceso De Erradicación. ¡Menos mal que no le había dado por leer los versos en voz alta, porque su propio móvil lo habría delatado! Y lo de los hombres mortales… ¿Acaso no había mujeres entre ese grupo étnico, o es que la persona autora las había invisibilizado a propósito para cosificarlas?

                Pablo pasó páginas, leyó aquí y allá y eso le bastó para descubrir que aquel libro no tenía nada que ver con el que estaba usando en AnimaLec. Sintió un escalofrío. Aquella novela prometía encerrar mucho más; amenazas oscuras (sí, la oscuridad aparecía por todas partes y era chunga), temores inciertos de los que siempre se le había protegido. Por otra parte, en su estremecimiento se mezclaba algo de revulsión. El lenguaje en que estaba escrito el libro contradecía una línea sí y otra también todos los principios que le habían inculcado. En cualquier caso, aquel tomo tan gordo prometía ser infinitamente más interesante que la versión de AnimaLec. Pablo pensó en llevárselo, pero se había dejado en clase la mochila donde traía el bocadillo para el primer recreo, y el libro era demasiado voluminoso para esconderlo debajo de la ropa.

lunes, 1 de septiembre de 2014

MAÑANA TODAVÍA

Doce distopías para el siglo XXI.

Doce destacados autores españoles ante el género fantástico más en boga: las distopías o antiutopías, relatos sobre futuros inciertos, admoniciones políticas y medioambientales, abusos de la tecnología y cualquier tipo de mañana inquietante que nos recuerde por qué todavía estamos a tiempo de no acabar así.

Hoy ya no, pero tal vez mañana o pasado mañana… los clásicos podrían reescribirse a conveniencia, las redes sociales podrían marcar la vida de un bebé, la maternidad podría convertirse en una forma de condena, la casta política podría borrar a determinados ciudadanos, la altura de un edificio podría definir nuestra longevidad, los teléfonos móviles podrían empezar, de tan inteligentes, a rebelarse y todo intento de evitarlo, todo asomo de revolución, podría acabar pareciendo un esperpento.

Sería un mañana inquietante, sí, pero posible. Demasiado posible.

En la mejor línea de 1984, Un mundo feliz y Fahrenheit 451, pero también en esa nueva ola que va desde Los Juegos del Hambre hasta la serie de televisión Black Mirror, doce referentes de la distopía en nuestro país han aceptado el reto de imaginar futuros para un siglo XXI que se presenta cada año más incierto. A veces desde el humor, a veces desde una fuerte conciencia política o medioambiental, aunando a menudo originalidad y respeto a la tradición y siempre desde una pasión literaria cargada de ambición, las doce narraciones aquí reunidas configuran una antología llamada a marcar un hito en la historia española del género.

Porque las distopías no son solo otra moda literaria.
Son alarmas, denuncias, sátiras del abismo.
Son las armas del hoy contra el mañana.
Son las ficciones de la crisis.
Todavía.

Esos doce autores son: José Miguel Aguilera, Elia Barceló, Emilio Bueso, Laura Gallego, Rodolfo Martínez, José María Merino, Rosa Montero, J. J. Muñoz Rengel, Javier Negrete, Félix J. Palma, Marc Pastor y Susana Vallejo

martes, 15 de abril de 2014

SEÑORES DEL OLIMPO

Enviado por Manuel:

Una novela de aventuras que nos adentra en el fabuloso mundo de los dioses griegos. 

El clima está cambiando y son muchos los que lo achacan a la impiedad de los hombres, protegidos de Zeus. Pero el rey de los dioses, se enfrenta a sus propios problemas. Los gigantes amenazan con marchar desde el lejano Norte sobre las tierras de los humanos. Éstos, cada vez más numerosos, ponen en peligro la existencia de sátiros, centauros y otras razas antiguas a las que hostigan en sus bosques ancestrales. Por si las intrigas y rencillas entre los mismos dioses fueran pocas, una criatura llamada Tifón, que asegura ser hijo de Cronos, amenaza con convertirse en el nuevo señor del Olimpo. 

Negrete se adentra en la mitología griega revisando los mitos clásicos grecolatinos para crear una novela que abarca desde la narración de aventuras al relato de un viaje a un mundo nebuloso y arcaico en el que los hombres coexistían con los dioses y se veían arrastrados por sus intrigas, sus odios y sus devaneos amorosos. Encontramos toques de fantasía y ciencia ficción modernas que nos aleja de la tradición homérica (el rayo de Zeus, el final de Atenea).

Muy interesante es su epilogo:


“No soy muy amigo de abrir la puerta de la cocina donde se guisan los libros, pero creo que esta ocasión es diferente. Sin duda, muchos lectores están bastante familiarizados con la mitología griega. Lo más probable es que, al avanzar por las páginas de Señores del Olimpo, hayan esbozado una sonrisa al reconocer este o aquel mito y comprobar cómo los he adaptado para mis propios usos. Pero sé que también hay bastantes lectores más jóvenes cuyo conocimiento de la mitología será más escaso, a no ser que ellos mismos hayan procurado informarse por su cuenta; pues todo lo relacionado con la cultura clásica ha quedado muy disminuido en los planes de enseñanza desde hace años. Incluso el estudio de la literatura española, muy influida por la mitología al menos hasta el siglo XVIII, ha sido drásticamente reducido al mezclar esta materia con la asignatura de Lengua. Por eso he querido desbrozar en este apéndice lo que hay en esta novela de mitología griega, de adaptación, de invención mía o de influencia de otras mitologías.

PREMIO MINOTAURO 2006

sábado, 15 de marzo de 2014

SALAMINA

Ya que estamos en los cines con la continuación de 300, para inaugurar este blog os voy a recomendar SALAMINA, la novela que escribió hace unos años Javier Negrete.

Año 480 antes de Cristo: el Imperio persa declara la guerra a los estados griegos que no se rinden ante el emperador Jerjes, hijo del gran Darío. El general Temistocles, demócrata convencido, comanda la flota que luchará en el estrecho entre Salamina y Atenas para frenar los planes expansionistas de Jerjes, el temible emperador persa que aspira a dominar todo Oriente. La flota que crea Temístocles, formada por bravos soldados atenienses y espartanos, derrota al enemigo, muy superior en número, tras una jornada de lucha descarnada. 

Es una apasionante crónica novelada, fiel a los hechos que rodearon a la batalla naval de Salamina y a los hombres que lucharon en ella.

Me gustaría destacar el personaje de Artemisia, la tirana de Halicarnasio, la primera mujer en la historia según se cuenta en luchar y dirigir a sus soldados en batalla, que jugará un importante papel entre Jerjes y Temístocles, formando un triángulo amoroso entre los dos bandos.

Premio Espartaco 2009 (novela histórica) de la Semana Negra de Gijón.

Os dejo con un comentario del autor



2009 PREMIO ESPARTACO (NOVELA HISTÓRICA) DE LA SEMANA NEGRA DE GIJÓN