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martes, 4 de septiembre de 2018

EL GUARDIÁN DE LOS OBJETOS PERDIDOS



Tenía ya la historia ideal y nadie podía decir que el argumento estuviera demasiado «trillado». Era una historia arrolladora de amor y pérdida, de vida y muerte, y por encima de todo, de redención. Era la historia de una pasión grandiosa que se prolongaba durante más de cuarenta años…

Ruth Hogan nos trae una bella historia sobre objetos perdidos y segundas oportunidades a partir de dos tramas distintas:

La primera, la historia de Laura, que trabaja como asistente personal de Anthony Peardew, célebre autor de relatos que se acerca al final de sus días, quien ha pasado la mitad de su vida coleccionando objetos extraviados, tratando de expiar una promesa rota años atrás. Tras la muerte del  escritor, Laura heredará su casa y todos los tesoros perdidos (los cuales han inspirado muchos de sus cuentos que podremos leer; al principio con finales felices, luego no), para que cumpla su promesa y reúna los objetos perdidos con sus legítimos dueños. Con la casa, en el mismo paquete, vienen Freddy, un atractivo jardinero, que le hará romper su soledad como divorciada, Sunshine, la joven vecina con síndrome de Down e ideas muy curiosas, y las maledicencias de las vecinas del pueblo.

La segunda es la historia de Eunice, la ayudante de Bomber, un editor londinense, que se convertirá en el amor de su vida, un amor inalcanzable. Junto a ellos, los perros de este y su hermana Portia, personaje que se nos hace odioso por la forma en que trata a los demás y por sus ínfulas en querer ser un gran novelista cuando, más que homenajear, plagia a los grandes de la literatura inglesa (Orgullo y Perjuicio de Jane Austen, Jane Eyre de Charlotte Bronte, entre otros; curiosamente alcanza el éxito, gracias a un editor rival de Bomber, con su obra Harriet Hotter y el teléfono de las peladillas, que sería una parodia de nuestro mago preferido).

Con estas dos tramas, Ruth Hogan escribe una historia arrolladora de amor y pérdida, de vida y muerte y, sobre todo, de redención. Es una historia intrascendente, que nos atrapa enseguida con pequeños detalles que la autora va dejando caer a lo largo del libro; sería una historia tipo feelgood, tal y como lo define Mónica Gutiérrez en su novela La Librería del Señor Livingstone. El libro está lleno de humor, y de referencias literarias (esos plagios de Portia, ¡son divinos) y cinematográficos (por ejemplo, Cuatro Bodas y un Funeral presente en el entierro-boda de Anthony y Therese, con el inolvidable poema de W. H.Auden en labios de Sunshine, o en el funeral de Bomber).

martes, 28 de agosto de 2018

EL TROVADOR OSCURO



Un talentoso trovador llamado Arnaut Daniel es apresado sin motivo aparente por el rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de León, quien pone a prueba su honor y su lealtad.  El trovador demostrará sus valores con un respeto reverencial por la sobrina del rey, Edith, y por su madre, Leonor.

Más allá de eso, el monarca lo traicionará, Arnaut deberá escapar, pero volverá para salvarlo de una conspiración en su contra. El trovador volverá a dar muestras de su lealtad y conocerá a Robin Hood, quien colaborará con él para que Ricardo Corazón de León siga siendo el rey de Inglaterra.

                Curioso libro el de Carlo Frabetti para un público joven. Por una parte, es una novela histórica centrada en el reinado de Ricardo Corazón de León (vemos la III Cruzada como telón de fondo y la disputa del trono de Inglaterra con su hermano Juan sin Tierra). Pero también se nos habla de matemáticas (esos números arábigos), y de literatura.

                Esta novela de aventuras contiene varios de los tópicos de la literatura europea medieval: el amor cortés, las cruzadas, los torneos, el héroe… que en este caso no es un caballero, sino un  trovador cuyo mérito se basará en la sabiduría y la palabra. Y aquí encontramos un homenaje a sir Walter Scott, pues por las páginas del libro pasean Ivanhoe o el escoces sir Kenneth con su mastín (el protagonista de la novela El Talismán) junto con Robin Hood.

                Además Arnaut Daniel es un personaje real, y Dante y Petrarca lo consideraron uno de los grandes poetas. En el libro podemos encontrar varios de sus poemas, una curiosa definición de poesía (invitar a quien la escucha a que componga en su corazón su propio poema). Pero también asistimos a la creación de la sextina, su famosa composición poética a partir de la disposición de los números que lleva el talismán que le entrega Sir Kenneth:

1 6 3 5 4 2
2 1 6 3 5 4
3 5 4 2 1 6
4 2 1 6 3 5
5 4 2 1 6 3
6 3 5 4 2 1

                Curioso, ¿verdad? ¿a qué parece un sudoku? Si quieres la explicación tendrás que leer el libro.

                La novela es fresca, ágil, divertida, sabe engancharte. Y Arnaut es un personaje encantador, una mezcla de ingenio e ingenuidad increíble (las que le gastan los Plantagenet).

                También Carlo Frabetti nos trae en la novela valores actuales: Ricardo y sir Kenneth son gays (no os equivoquéis, que no son pareja); vemos como Arnaut detiene una presunta violación, a pesar de que sabe que lleva las de perder; o Melisa, la juglaresa, que proclama su libertad y es capaz de tomar iniciativas.

martes, 24 de julio de 2018

LA DESAPARICIÓN DE STEPHANIE MAILER


                En la fiesta de despedida de Jesse Rosenberg, capitán de la policía, en junio de 2014, se le acerca una joven periodista, Stephanie Mailer, que le insinúa que su primer caso se cerró en falso, que el verdadero culpable sigue suelto porque no supo ver algo evidente.

                La noche del 30 de julio de 1994, la apacible población de Orphea, en la región de los Hamptons, asiste a la gran apertura del festival de teatro. Pero el alcalde se retrasa... Mientras tanto, un hombre recorre las calles vacías buscando a su mujer, hasta hallar su cadáver ante la casa del alcalde. Dentro, toda la familia ha sido asesinada.

           Este caso que le catapultó le va a costar su equilibrio psicológico, su novia Natasha, la amistad con su compañero; unos hechos que ha preferido sepultar en lo más hondo de su conciencia.

              A los pocos días es denunciada la desaparición de Stephanie por sus padres. A partir de este suceso, Jesse decide reabrir el caso, contando con la ayuda de Derek Scott, su antiguo compañero, y de Anna Kanner, la actual subjefa de la policía de Orphea, que viene huyendo de un pasado tormentoso en Nueva York, y es mal vista por sus compañeros por ser mujer.

                Joël Dicker nos ofrece un thriller que se mueve en dos planos temporales, por los que se mueven diferentes personajes, en un principio inconexos entre sí, que se alternan para irnos dando su punto de vista sobre los acontecimientos que ocurrieron y los secretos que prefirieron ocultar en su momento (poco a poco, los iremos descubriendo todos), lo que nos permite introducirnos en la personalidad de los narradores.

                Todos los elementos están tan perfectamente engranados, aunque a veces nos parezcan previsibles, que nos recuerdan al cineasta inglés Alfred Hitchcock y una de sus películas, basada en la novela de la americana Patricia Highsmith, Extraños en un Tren (entenderéis esta referencia conforme vayáis leyendo la novela).

                Hay más referencias literarias en la novela, aparte del festival de teatro que se celebra en Orphea. Así nos encontramos con Meta Ostrovski, ese feroz crítico literario que se considera un divo, a pesar que está en horas bajas. Las aspirantes a escritoras, así Stephanie o Alice Filmore (la rubia “tonta” de Hitchcock). La librería de Cody en Orphea, donde trabajaba la víctima inocente de los asesinatos de 1994. O la obra de teatro La Noche Negra, escrita por Harvey Kirk, el sheriff de la localidad en los primeros asesinatos, que desapareció de repente y en cuyo libreto se encuentra la solución del enigma.

                A pesar de que la novela no está a la altura de El Libro de los Baltimore, Dicker ha encontrado una fórmula que nos atrapa desde las primeras páginas, queriendo averiguar los secretos que nos esconden los distintos personajes.


jueves, 21 de junio de 2018

ACERCA DE LA LITERATURA Y EL ESCRITOR



Desde mi punto de vista, la tarea del que se dedica a introducir a los adolescentes en el reino de los libros es la de enseñarles que éstos no son monumentos intocables o residuos sagrados, sino testimonios cálidos de la vida de los hombres, palabras que nos hablan con nuestra propia voz y que pueden darnos aliento en la diversidad y entusiasmo en la desgracia. Decía Ortega y Gasset que los grandes escritores nos plagian, porque al leerlos descubrimos que están contándonos nuestros propios sentimientos. En este sentido, yo no creo que el escritor sea alguien aislado de los otros y singularizado por el genio o por el talento. El escritor, más bien, es el que más se parece a cualquiera, porque es aquel que sabe introducirse en la vida de cualquier hombre y contarla como si la viviera tan intensamente como vive la suya propia. La literatura, pues, no es aquel catálogo abrumador y soporífero de fechas y nombres con que nos laceraba aquel profesor del que les hablé antes, sino un tesoro infinito de sensaciones, de experiencias y vidas que están a nuestra disposición igual que lo estaban a la de Adán y Eva las frutas de los árboles del Paraíso. Gracias a los libros nuestro espíritu puede romper los límites del espacio y del tiempo, de manera que podamos vivir al mismo tiempo en nuestra propia habitación y en las playas de Troya, en las calles de Nueva York, en las llanuras heladas del Polo Norte, y podemos conocer a amigos tan fieles y tan íntimos como los que no siempre tenemos a nuestro lado pero que vivieron hace cincuenta años o veinticinco siglos. La literatura nos enseña a mirar dentro de nosotros y mucho más lejos del alcance de nuestra mirada. Es una ventana y también un espejo. Quiero decir: es necesaria. Algunos puritanos la consideran un lujo. En todo caso, un lujo de primera necesidad.

Antonio Muñoz Molina, La Disciplina de la Imaginación

martes, 29 de mayo de 2018

UN PINGÜINO EN GULPIYURI


 Javier García Rodríguez nos trae una corta y peculiar novela, que nos trae aventuras, humor, mil y una referencias literarias y audiovisuales, una tipografía que va cambiando según quien vaya hablando (emoticonos incluidos), y nos explica qué es el narrador, qué es la descripción, cómo se construye un diálogo, cómo se lee y se escribe…

TSO, el narrador deshilachado, empieza a contar la misteriosa aparición de un pingüino en la playa asturiana de Gulpiyuri, pero la sabihonda o sabionda lectora, alias la Pepito Grillo de esta historia, lo interrumpe una y otra vez. Entre los dos, junto con una voz en off (un wikipédico Vladimir Mijaíl VOZENOFF de origen ruso) y el propio protagonista de la historia, el pingüino Gundemaro, se establece un diálogo a cuatro voces que es, al mismo tiempo, un viaje literario a los distintos aspectos de la construcción de un relato como hemos señalado antes. Toda una alegoría acerca de la magia de la literatura.

      Según la editorial y el autor, Un Pingüino en Gulpiyuri es una novela juvenil posmoderna. El objetivo de este proyecto es promover formas de ficción innovadoras entre los jóvenes que les permitan explorar y experimentar la narración de una manera individual y creativa, y desarrollar nuevas sensibilidades y otras capacidades de análisis en un mundo de permanente cambio

                La historia en si es solamente uno de los capítulos: un día aparece, tras una larga tormenta, un pingüino en la playa de Gulpiyuri, que nos va a contar su historia. Culpable de ello es Aureliano, un niño que sueña con ver el hielo, (el futuro coronel Aureliano Buendía, de Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez). Los primeros capítulos nos pueden parecer raros con esas cuatro voces que se entremezclan: el narrador que cuenta la historia y contestar al lector que interrumpe su relato; el lector, que intenta sabotear al narrador; la voz en off, que intenta dar explicaciones y que no se  interrumpa la historia; y el pingüino, que será el quien nos cuente su historia.

El libro, indica el autor en una entrevista, “comienza cuatro veces de la misma manera pero desde perspectivas distintas. Juega con diferentes tipografías. Al final del primer capítulo aparece una lectora, que además es una sabihonda, poniendo en tela de juicio esa idea que se tiene acerca del lector. Interviene y dice: oye, que no soy lector, soy lectora. Y obliga así a parar a quien lee y preguntarse qué está leyendo. O te hace dejar de creer en lo que cuenta el narrador cuando surge otra voz que sugiere que miremos desde otro punto de vista. Y que reflexiones sobre el propio discurso. Todos esos detalles son posibilidades. Pero el caso es disfrutar de ella.”

viernes, 20 de abril de 2018

EL SÉPTIMO CÍRCULO DEL INFIERNO


El KGB, el régimen nazi, la Inquisición, las guerras, el FBI, el gobierno chino, el hambre, la pérdida de un ser querido, la enfermedad, el exilio, la censura... Muchos son, en efecto, los infiernos de la literatura a los que se han tenido que enfrentar escritores y escritoras de todos los tiempos.

Este el tercer libro donde Santiago Posteguillo nos contagia su amor por los libros y en especial por los autores cuyo genio y talento hizo que del infierno salieran con obras que nos acompañan en muchos momentos. Antes fueron La Noche en que Frankenstein Leyó el Quijote o La Sangre de los Libros, donde nos contaba la historia oculta de los libros o de sus autores.

El título del libro viene del interrogatorio a Vera Caspary, autora de novela negra, por el Comité de Actividades Antiamericanas al acusadanrla de ser comunista: le amenazaron con convertir su vida en un infierno, y ella les replicó que la dejaran en el séptimo infierno (el círculo donde Dante en La Divina Comedia sitúa a los asesinos).

                Ya en el prólogo Posteguillo nos advierte:

Muchas son las circunstancias terribles en las que se generan los libros. Esto no es porque a los autores les gusten los problemas, las dificultades y las penurias. Es simplemente porque los libros, desde siempre, ya sean poemas, obras de teatro, ensayos o novelas, han sido perseguidos, y los que persiguen son muy buenos en crear infiernos perfectos, totales, completos para los creadores a los que buscan acorralar. Lo que les duele a los perseguidores, lo que no terminan de entender es cómo es posible que incluso en esos infiernos se escriba tanto y tan bien (...)

El séptimo círculo del infierno intenta mostrar algunos de estos mundos terribles, de estos momentos duros, y cómo grandes escritores y autoras de todos los tiempos supieron superarlos, doblegarlos, romperlos y, al hacerlo, regalarnos maravillosas obras de la literatura.

                Y el autor, cual nuevo Virgilio, con su prosa amena nos acompaña en este viaje a los infiernos, y nos va mostrando anécdotas y curiosidades sobre diversos escritores. Y de esta manera, por sus páginas se pasean Safo, Rustichello da Pisa (con Los Viajes de Marco Polo), Cristina de Pizán (que a finales del siglo XIV en La ciudad de las damas escribe un manifiesto en favor de los derechos de la mujer), sor Juana Inés de la Cruz, Kipling, Zenobia Camprubí, Saki, Concha Espina, Pearl S. Buck, Carson McCullers, Imre Kertész, Mijaíl Bulgákov, Julia de Burgos, entre otros muchos.

                Es de agradecer que, hasta bien entrado el capítulo, en ningún momento Posteguillo desvele de quién está hablando, lo cual favorece la intriga y el interés del lector.


miércoles, 31 de enero de 2018

LOS ERRORES DEL QUIJOTE


El que hablaba era Baltasar Elisio Medinilla, poeta, a veces corrector, igual que yo, y supongo que algo más, porque decir poeta es decir pretendiente, y de eso, que yo sepa, no vive nadie. Yo lo conocía porque había coincidido con él en la imprenta de Juan de la Cuesta cuando Lope de Vega, del que era amigo y seguidor devoto, le pidió que se encargara personalmente de las pruebas de su Jerusalén conquistada, obra que dedicó al conde de Saldaña.
Compartía Baltasar la mesa con oíros tres tipos que yo no conocía más que de vista de otras academias y que se giraron en nuestra dirección al oler que había tema.
—¿Por qué lo dices? —pregunté inocentemente.
—¿No es ése el autor de la segunda parte del Quijote que acaban de publicar?
—En efecto —respondí.
Medinilla se sonrió, y al hacerlo guiñó tanto los ojos que casi desaparecieron entre los pliegues de sus párpados. Baltasar era un tipo simpático, irónico, socarrón. Tenía la boca grande, los ojos como ojales y la mandíbula de cuchara, pero era el descaro de su verbo, y no su aspecto, lo que captaba la atención.
—Pues por eso. Ya era hora que alguien le dijera cuatro cosas a Cervantes.
—¿Pero lo has leído?
—No hace falta. A poco empeño que haya puesto el autor será mejor que el original.
—¿Tan poco te gustó la primera parte?
—¡Por favor! Menuda chapuza, no conozco historia peor trabada.
—¿A qué te refieres?
—Hombre, pero si parece escrito a saltos. Lo que escribía un martes, el miércoles lo había olvidado. Por ejemplo, en una ocasión don Quijote niega saber latín, y poco después traduce un párrafo con soltura. ¿Es o no absurdo? En otra unos cabreros le arrancan de una pedrada cinco muelas de arriba y dos de abajo y luego se pone a cenar como si nada. ¿Se puede escribir mayor insensatez?
—Otra vez hace que los personajes cenen dos veces seguidas —dijo uno de sus acompañantes.
—O lo del estudiante —dijo otro—, que se va con la pierna quebrada después de pelear con don Quijote y en la página siguiente interviene en la conversación como si no se hubiera movido del sitio.
—¿Y lo del burro? —apuntó el tercero.
—¡Eso! —exclamó Medinilla—. ¿Qué me dices de lo del robo del burro?
—No recuerdo… —dije, aunque no sé por qué, porque sí me acordaba perfectamente de aquella historia, había dado mucho que hablar y provocado una enorme bronca en la imprenta, pero dejé que Medinilla lo contara.
—Cómo no te vas a acordar. Sancho empieza el viaje en burro, de repente se queja de que se lo han robado, luego sale otra vez montado y después desaparece. Ridículo, vamos.
—Si no recuerdo mal, eso sí que lo intentó arreglar don Miguel —dije yo.
—Por desgracia. Y lo lió todavía más. ¿Os acordáis de la segunda edición que sacó Robles a los pocos meses de la primera? —preguntó a la concurrencia. Todos cabecearon asintiendo—. Pues efectivamente, en ésa Cervantes intentó corregir el error. Para ello escribió un párrafo contando cómo uno de los galeotes…, ¿cómo se llamaba?…
—Ginés de Pasamonte —respondió Luís Vélez.
—Eso es, cómo Ginés de Pasamonte había robado el burro una noche mientras dormían y otro describiendo la escena en la que Sancho reconoce a su rucio y el ladrón, al verse descubierto, se da a la fuga. En principio todo bien, pero luego va y coloca los añadidos en donde no les corresponde, creando ya el auténtico caos en la historia. Excuso decir lo que nos reímos.
Yo también recordaba aquello, recordaba la bronca y al pobre Matías, que era el cajista que al final pagó el pato y fue despedido de la imprenta.
—Eso son detalles sin importancia —dijo alguien a mi espalda. Al volverme, lo primero que vi fue una sotana y luego al dueño, el rostro quiero decir, de don José de Valdivielso—. No se puede juzgar una obra por esas minucias —añadió el sacerdote con voz grave.
—Adelante, don José, siéntese —dije yo dispuesto a cederle el sitio, pero él me retuvo poniéndome la mano en el hombro y se quedó firme de pie a mi espalda.

Aquello se ponía interesante. Don José de Valdivielso era capellán del arzobispo de Toledo. Contaba, pues, con gran influencia, vaya eso por delante, y un gusto refinado. Había estado con él hacía apenas una semana para entregarle una copia del Viaje al Parnaso (de su firma depende la oportuna licencia de edición), y ya entonces me había manifestado su admiración por don Miguel, a quien decía tener el honor de contar entre sus amigos…
—¿Detalles sin importancia? —se defendió Medinilla abandonando el tono burlesco que había mantenido hasta el momento.
Se notó que hacía un esfuerzo para medir sus palabras, lo cual es lógico, siempre hay que tener cuidado cuando se lleva la contraria en público a un miembro de la curia.
—Una pequeña distracción —sentenció Valdivielso—. Pienso que don Miguel cambió de sitio los capítulos que tratan de la historia de Crisóstomo y Marcela, no sé si se acuerdan ustedes, una historia bien triste, y al hacerlo alteró el hilo narrativo anterior y causó el problema del robo del rucio.
—Pues ya ve usted, me está dando la razón. Un libro escrito a trompicones.
—Un lapsus razonable que, por otra parte, a lo mejor no hay que achacar al autor.
—¿A quién entonces? —preguntó Medinilla.
—El impresor también puede tener responsabilidad en eso.
—¡Oh! ¡Vamos! Si Cervantes no hubiese tenido la manía de intercalar novelitas…
—No se le puede culpar también de eso, señor mío —replicó Valdivielso frotándose las manos—. Cualquier autor sabe que es casi imposible mantener demasiado tiempo la atención del lector sobre una única historia. Léase a López Pinciano y ya verá cómo me da la razón. La variedad es lo que otorga calidad a una obra de estas características.
—Yo estoy de acuerdo —dijo un desconocido—. Lo mejor del Quijote son precisamente sus novelitas cortas, especialmente la de El cautivo.
—¡Sí!, ¡precisamente! —exclamó Medinilla—. Pero a mí eso de que con la misma historia escriba una novela y una obra de teatro, lo que me parece es falta de ingenio.
—¿A qué obra de teatro se refiere?
—A Los baños de Argel —puntualizó Medinilla—. No se extrañe, es normal que no la conozca. Ni siquiera sé si se ha estrenado.
—Por eso se decidió a escribir la novelita —apostilló uno de sus amigos—, como nadie se había enterado de la historia…
Todos soltaron unas risitas para celebrar la ocurrencia.
—Ya veo que no están ustedes dispuestos a concederle ningún mérito —dijo don José con semblante sombrío—, pero convendrán conmigo en que al menos ese juego del hallazgo del manuscrito arábigo…
—Alto, alto, alto —le interrumpió Medinilla en un tono cada vez más resuelto—, que eso ya lo he oído antes. ¿Es que no conoce usted Las guerras civiles de Granada? Pues ahí Ginés Pérez de Hita ya usa el truco del manuscrito arábigo. Aben Hamim se llamaba su árabe, ¡menuda novedad!
—Pérez de Hita se limita a citar a un árabe como autor de su obra —protestó Valdivielso—, pero don Miguel da vida al suyo, establece con él un diálogo…
—¿Y eso a quién le interesa? —le cortó Medinilla.
Todos contuvimos la respiración. Hasta el mismo Medinilla se dio cuenta de que había sido demasiado brusco, pero se quedó atascado, sin saber qué hacer. Por suerte llegó la camarera con un par de azumbres de vino y un plato de queso, y en el rato que le llevó identificar a los destinatarios y espantar a los aprovechados, se desdibujó el inciso.
—Lo que a mí me gustaría saber es qué hizo Sancho con los escudos que halló en la maleta —comentó uno de los acompañantes de Baltasar como si no hubiera pasado nada.
—¿Qué maleta? —pregunté yo despistado.
—Sí hombre, la que encuentran en Sierra Morena —aclaró Medinilla.
—Buena memoria tienes.
—En el libro no se vuelve a hablar de la maleta —insistió el otro.
—Pero bueno —intervino Valdivielso—, se dice que don Quijote le da los escudos que contiene a Sancho como pago de sus servicios. ¿Qué más quiere que diga?
—Pues qué hace Sancho con el dinero, y bien lo merece porque era una buena cantidad.
—Al autor corresponde decidir qué es lo importante para su historia.
—Caballeros, creo que nos estamos yendo por las ramas —dije yo intentando reconducir la conversación—. Algo bueno tendrá el libro cuando tanta gente lo ha leído con la atención que ustedes demuestran, sin mencionar que hay quien lo ha considerado merecedor de una segunda parte. Pero volviendo al tema inicial, ¿alguien conoce a Avellaneda?
Nadie contestó.
—¿Es posible que nadie de esta sala sepa quién es Alonso Fernández de Avellaneda? —insistí.
—Es la primera vez que oigo hablar de él —dijo Luís Vélez.
—Tal vez sea un seudónimo —apuntó Valdivielso.
—Es posible.
—Puede ser cualquiera con buen gusto —insistió Medinilla.

Alfonso Mateo-Sagasta, Ladrones de Tinta

lunes, 6 de noviembre de 2017

SHAKESPEARE


Lo sé, lo sé, Shakespeare gusta a todos. Pero ¿cómo podría no gustar? Vamos que… Mercucio y Bottom y «Es el ruiseñor» y el bosque de Birnam y «¡Nuestra banda de hermanos!» y La ratonera y «¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!» y Dogberry y «Bésame, Kate» y la pobre Cordelia. ¿Qué podría no encantarnos? Mi obra favorita es Noche de reyes, que logra ser hilarante y emotiva a un tiempo. (Recomiendo la versión de Imogen Stubbs y Ben Kingsley). Tom Stoppard tiene razón: Viola es la mejor heroína de la literatura.

También odio a Shakespeare. Se le da todo tan bien: personajes, tramas, diálogos, la comedia, la tragedia, el suspense, el romance, las réplicas ingeniosas, la ironía. Está claro que todas las hadas madrinas asistieron a su bautizo. (Evidentemente, la maldición del hada malvada fue más o menos: «Nadie creerá que un chico de Stratford-on-Avon pueda escribir algo así, y te volverán loco afirmando que tus obras fueron escritas por Christopher Marlowe, la reina Isabel o un comité»).

La mayoría de los autores se defienden con uno o dos talentos, o se limitan a contar la misma historia una y otra vez, como F. Scott Fitzgerald con Zelda, o sólo escriben un libro, como Margaret Mitchell o Harper Lee. Pero Shakespeare escribió un montón de cosas, todas geniales. Podía escribir vodevil, luchas a espada, escenas amorosas y filosofía. Sus personajes secundarios son geniales —Feste, Puck, Polonio y Falstaff— y sus mujeres son las mejores de la literatura: Beatriz, Porcia, Helena, lady Macbeth y Rosalinda. Su estructura narrativa es deslumbrante, sus escenas de muerte son inolvidables. Lear diciendo: «Tan cierto estoy de ser un hombre como de que esta dama es mi hija Cordelia» y «Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca». Podía tomar exactamente la misma historia de amantes desventurados y contarla en clave de tragedia (Romeo y Julieta), luego en clave de farsa (la obra de Píramo y Tisbe en El sueño de una noche de verano), en clave de comedia romántica (Mucho ruido y pocas nueces) y en clave de tragicomedia (Cuento de invierno), y en cada ocasión transmitir algo nuevo y original. Y, por si eso no fuese suficiente, inventó toda la lengua inglesa. Es por completo injusto.

Incluso se le dan bien las comedias alocadas.

Connie Willis, Lo Mejor de Connie Willis I

viernes, 29 de septiembre de 2017

LOPE: LA FURIA DEL FÉNIX


No os cuento esto por otros, sino que lo sé por mí mismo. Dejad que os hable de Lope, de su espada y de la armada, de sus amoríos escandalosos, de sus galopadas en la noche. Dejad que hable de sus idas y venidas, de sus bastardos, de sus ansias de fama, y también de mentiras. ¿No llenaréis otra vez mi copa? Dejad que os hable de las envidias. De los teatros de la corte, de las rencillas entre escritores, de la triste España de nuestro rey Felipe, del desastre de las finanzas. De las cuchilladas y duelos a espada, de sangre y honor, de manuscritos y de impresores. De las tertulias literarias, de ajusticiamientos de poetas, de corrupción, de nobles y damas, de lances de honor. Que os hable de Valencia, de Madrid, de Sevilla del Siglo de Oro, de Granada de los Mendoza, de la Alhambra. De la gloria del teatro y del aplauso del público.

Dejad que os hable de Lope y de sus ansias de vivir y de su temor a la soledad y al olvido. Y de sus muchas miserias. ¿No merece mi relato un vino? Y después, juzgad si tenéis razón o no para envidiarle.

La novela de Blas Malo abarca la vida de Lope desde el Madrid de diciembre de 1587, cuando Elena Osorio rompe con él, lo que desencadena su  destierro de Madrid y el matrimonio con Isabel de Urbina, hasta su estancia en Granada en 1603, pasando por la boda con Juana de Guardo y sus relaciones con Micaela de Luján, aunque la acción comienza en  Lisboa, cuando Lope embarca en la Armada Invencible.

                El autor nos ofrece un acertado panorama de nuestro Siglo de Oro, donde se reflejan tanto las clases como distintos conflictos sociales (por ejemplo, la pugna entre el estamento religioso y la necesidad de evasión y diversión que necesitaba el pueblo que desemboca en el cierre de los corrales de comedias).

                La novela es amena y ágil; en ella se entremezclan personajes ficticios e históricos, todos ellos perfectamente trazados, como Juan de Dios de Belloso, Isabel de Urbina, Claudio Conde, Micaela de Luján, y por encima de ellos Lope, un Lope mujeriego (pues el está enamorado de la idea del amor) y ambicioso que quiere triunfar en las letras y en la escena (aparecen sus pullas con Góngora o Cervantes), revolucionando el teatro ofreciendo lo que la gente quería ver.

martes, 19 de septiembre de 2017

LA CARNE


«La carne está triste y ya he leído todos los libros», decía Mallarmé.

Qué acertada es esta cita que encontramos en la novela de Rosa Montero.

Una noche de ópera, Soledad, que acaba de cumplir 60 años y teme la vejez, contrata a un gigoló, el ruso Adam, para que la acompañe a la función y así poder dar celos a un examante. Pero, a la salida, el atraco y el navajazo a unos comerciantes chinos conocido de Soledad trastornará sus planes con Adam, dando comienzo a una relación, por una parte peligrosa, pues el ruso, aparte de cobrarle, va a sacar todo el beneficio que pueda en forma de regalos, incluso exige que le le busque un buen trabajo o le preste dinero; por otra parte, Soledad, queriendo huir de la vejez y del temor a la soledad, va a caer en una inquietante tela de araña de la que ni puede ni quiere escapar.

Además, Soledad está preparando una exposición, Arte y locura, para la Biblioteca Nacional. Una exposición en la que los autores están marcados por el abandono paterno en la infancia o la búsqueda del amor, hechos que han marcado la vida de Soledad. Una exposición, que una joven arquitecta, Marita Kemp, le quiere arrebatar.

La historia entre Soledad Alegría (nombre y apellido simbólico, igual que el de su hermana Dolores) y Adam, es previsible, y en cierta manera es lo que menos nos importa de la novela. Nos atraen más esos recuerdos de Soledad, donde muestra una aparente rebeldía ante la sociedad imperante: no tiene pareja estable, la mayoría de sus relaciones son clandestinas o ilícitas, no ha querido tener hijos, parece que es la vida que le gusta… pero es sobre todo un canto vitalista de una persona que teme envejecer, envejecer en soledad (Necesitaba estar enamorada. Amaba el amor, como decía san Agustín. Era una adicta a la pasión y, como buena adicta, sin eso no le interesaba vivir).

Conforme avanza la trama, se van hilvanando anécdotas de esos autores que Soledad ha elegido como malditos, todos reales salvo uno, Josefina Aznárez. Así nos vamos enterando de historias de Philip K. Dick, Guy de Maupassant, María Lejárraga, Pedro Luis de Gálvez, María Luisa Bombal, María Carolina Geel, Anne Perry, Willian Burroughs, Thomas Mann… Y junto a ello la música, especialmente el liebestod, la muerte de amor, de la opera Tristan e Isolda de Richard Wagner.

Es memorable, el capítulo donde Soledad se entrevista con la propia Rosa Montero.

Os dejo con dos videos, una entrevista a la autora, y el liebestod:




martes, 29 de agosto de 2017

MUJER MIRANDO AL MAR


                A partir del recurso del manuscrito encontrado, Ricardo Gómez nos cuenta dos historias diferentes.

                Una en verso, la historia pasada que nos lleva a la guerra civil y especialmente a la posguerra, donde Elena nos cuenta sus relaciones con Pablo: una pareja que va a vivir una situación límite, que se nos va contando a lo largo de la novela. Hay que señalar que muchas de estas páginas se nos muestran como si fuera un facsimil.

                Otra escrita en prosa, la historia actual, donde el autor nos hace reflexionar sobre el proceso de escritura, como la historia va tomando forma, como se apropia de esa trama que no es suya (“Casi al final de la lectura el argumento me estalló en la cara: una mujer confiesa haber asesinado a su marido, de quien está profundamente enamorada, y es juzgada por ello”), como reconstruye esa historia de amor, junto con todo el proceso de investigación y documentación que ello implica. Y todas sus reflexiones sobre la literatura:  “Una novela, un cuento, un poema…, son el rastro petrificado de algo que estuvo vivo durante tiempo en un cerebro: minúsculas porciones de sangre y linfa cargadas con intenciones, pasiones, dudas y deseos que acaban por cuajar en signos. Son algo parecido a un yacimiento rico en fósiles; sin la imaginación de la lectora, del lector, es imposible reconstruir la vida en aquel paisaje.”

La historia del libro es un poco peculiar; al principio fue un relato (lo podéis encontrar aquí) premiado en el concurso Ciudad de Mula, el año 1998. Y a partir de aquí:

Ya lo he contado en otras ocasiones. El personaje de Elena fue tan poderoso, y me resultó tan intenso imaginar el mundo desde la perspectiva de una mujer, que este cuento siguió vibrando durante años, en los que consideré escribir una novela. No sucedió así. Con el tiempo, ese poema dio lugar a un poema con el mismo tema, escrito como un experimento narrativo. Y, con los años, el cuento y el poema se fundieron en otra experiencia metaliteraria, un libro que obtuvo el premio Gran Angular de SM…

Parte del relato se incluye hacia el final del libro (hay que advertir que las fechas cambian), pero el final es distinto y nos acerca al motivo que le lleva a escribir. Y, sin embargo, esa última carta…

PREMIO GRAN ANGULAR 2010

viernes, 4 de agosto de 2017

BALZAC Y LA JOVEN COSTURERA CHINA


Luo y el narrador, cuyo nombre no llegamos a conocer, son dos adolescentes chinos enviados a una aldea perdida en las montañas del Fénix del Cielo, cerca de la frontera con el Tíbet, para cumplir con el proceso de «reeducación» implantado por Mao Zedong a finales de los años sesenta.

 Soportando unas condiciones de vida infrahumanas, con unas perspectivas casi nulas de regresar algún día a su ciudad natal, todo cambia cuando, al descubrir que nadie en el pueblo ha visto una película, Luo, un experto narrador, les cuenta diferentes películas que ha visto. As, o las que el jefe del poblado les encarga ver en la ciudad más cercana que está a dos días de camino. Así saldrán de la aldea y conocerán a Sastrecilla, una joven hermosa, de la que se enamoran.

Más tarde robaran a otro joven que se está reeducando una maleta llena de libros prohibidos, de obras emblemáticas de la literatura occidental. Así pues, gracias a la lectura de Balzac, Dumas, Stendhal o Romain Roland, los dos jóvenes descubrirán un mundo repleto de poesía, sentimientos y pasiones desconocidas, y aprenderán que un libro puede ser un instrumento valiosísimo a la hora de conquistar a la atractiva Sastrecilla.

Con la cruda sinceridad de quien ha sobrevivido a una situación límite, Dai Sijie ha escrito este relato autobiográfico que sorprenderá al lector por la ligereza de su tono narrativo, casi de fábula, capaz de hacernos sonreír a pesar de la dureza de los hechos narrados. Además de valioso testimonio histórico, Balzac y la Joven Costurera China es un conmovedor homenaje al poder de la palabra escrita y al deseo innato de libertad.

                Podemos considerar la novela de Dai Sijie como una novela de iniciación, pues vemos como los protagonistas van madurando, conocen el amor y a través de los libros podrán superar los estrechos límites fijados por la política de reeducación: Durante todo el mes de septiembre, tras el éxito de nuestro robo, fuimos tentados, invadidos, conquistados por el misterio del mundo exterior, sobre todo el de la mujer, el del amor, el del sexo, que los escritores occidentales nos revelaban día tras día, página tras página, libro tras libro.

                Con respecto a los personajes, destacan tres: el narrador, que poco a poco va adquiriendo protagonismo en la novela, sobre todo a partir del robo de los libros. Luo, su amigo, posee unas dotes excepcionales para relatar historias y, enamorado de La Sastrecilla, será quien, a través de las historias que le va contando, haga que tome conciencia del valor de su belleza. Sastrecilla, cuya belleza la convierte en el objeto de deseo de todos los jóvenes de la comarca; las historias de Luo harán que tome conciencia del valor de su belleza; reveladora es su última entrevista con Luo, cuando se va de casa, pues ella le dice que Balzac le ha hecho comprender algo: la belleza de una mujer es un tesoro que no tiene precio.

lunes, 13 de marzo de 2017

LA GRAMÁTICA DEL AMOR

                Enviado por Pilar (S3B):

Tras el divorcio de sus padres, Irene es enviada a un internado del sur de Inglaterra al borde de un acantilado.

Allí vivirá con gran dolor su primer desengaño amoroso con Liam, el tío bueno del internado, cuando se burla en clase de una nota que ella ha escrito. Dolida, abandona la clase  de Peter Hugues y corre hasta el acantilado.

Allí, creyendo que va a suicidarse, la detiene Peter, quien le  castiga a correr todos los días y a enseñarle la «gramática del amor» a través de siete grandes novelas del género, que irá sacando de la biblioteca del centro. En esos ejemplares, encuentra anotaciones y comentarios de dos personas.

Poco a poco, se irá enamorando de su profesor. Pero también se siente atraída por otros jóvenes de su edad como Marcelo, Josh...

                La novela de Rocío Carmona me ha gustado mucho, porque parece el típico libro de amor, pero tiene muchas idas y venidas.

                Me ha gustado ver cómo al principio Marcelo es un pesado , pero luego, poco a poco, cuando no estaba, ella lo extrañaba. O también tras esa breve encuentro con Josh, al  estar él arrepentido,  ella se comporta como si no hubiera pasado nada, y tan normal.

                Hay partes que te dan pena: el divorcio de sus padres; que tenga que pasar la Navidad lejos de casa, o que se comuniqué con su madre con un triste e-mail. Pero todo esto queda superado con ese cambio de look y de ropa tras la excursión, o cuando Irene le echa dos narices y se declara a su profesor aunque éste la rechace.

                Pero sobre todo me gusta Martha, porque le encanta la fiesta y es igual que yo.

                Da gusto leerlo.

jueves, 2 de marzo de 2017

DETECTIVES


En 1841 Edgar Allan Poe le encomendó a Auguste Dupin, el primer detective moderno de ficción, la resolución del brutal asesinato de una madre y su hija. Esto ocurría en un relato titulado Los crímenes de la calle Morgue. Desde entonces hemos conocido a infinidad de detectives, desde el inmortal Sherlock Holmes (del que siguen apareciendo aventuras apócrifas que no suelen ser ni muy inspiradas ni muy necesarias), hasta Robert Langdom, ese profesor de Harvard que se embarca en la búsqueda del grial en la novela de Dan Brown. Precisamente de esta última variedad detectivesca podemos constatar una auténtica avalancha en las mesas de novedades de las librerías. Y me refiero al prototipo del intelectual que es también hombre de acción (al estilo de Indiana Jones), inmerso en la búsqueda de reliquias del cristianismo, entre templarios, sectas herméticas y demás parafernalia pseudo-mística. Son novelas que suelen pecar de fantasiosas y poco imaginativas, y que sufren sus carencias literarias a base de acumular datos históricos traídos por los pelos, de inventar otros y de tergiversar aquellos que no cuadran con la trama. Sus autores, sin embargo, olvidan que todo género tiene sus códigos, y que los de la novela detectivesca ya los expuso con gran acierto el autor norteamericano S. S. Van Dine a finales de la década de los veinte del pasado siglo. Veamos:
  1. El lector debe tener las mismas oportunidades que el detective para resolver el misterio, y por tanto están prohibidos los trucos y los engaños deliberados. No vale que la muerte resulte ser por accidente o por suicidio.
  2. Quedan asimismo prohibidas las tramas amorosas. Se trata de llevar a un criminal ante la justicia, y no a una novia al altar.
  3. El detective no puede ser el culpable. Tampoco un criado o mayordomo o cualquiera que no haya desempeñado un papel relevante en la trama.
  4. Al culpable se ha de llegar a través de la deducción lógica, y no por accidente, por coincidencia o por una confesión inmotivada.
  5. En una novela detectivesca debe haber un detective, y un detective no es tal a menos que «detecte». Su labor es reunir las pistas que finalmente conducirán a la persona que cometió el crimen en el primer capítulo. Si el detective no alcanza sus conclusiones a través del análisis de las pruebas, no habrá resulto el problema mejor que el escolar que aprueba un examen copiando o contestando al azar.
  6. En toda ficción detectivesca debe haber al menos un cadáver, y cuanto más muerto esté, mejor. No bastará con ningún crimen de menor gravedad que el asesinato. Trescientas páginas son demasiadas para un delito que no sea el máximo. A fin de cuentas, las molestias que se toma el lector y su gasto de energía deben ser recompensados.
  7. No se admiten sociedades secretas ni camorras ni mafias ni conspiraciones de ningún tipo.
  8. Una historia detectivesca debe prescindir de pasajes descriptivos o «atmosféricos». Quedan prohibidas asimismo las tramas secundarias y los análisis psicológicos de los personajes, por sutiles que sean.
Y así hasta completar una veintena de reglas que todos esos clones de Dan Brown (y también el propio Dan Brown) no harían mal en observar. Y dicho esto, confesaré que dentro de poco voy a publicar mi propia novela de género detectivesco, y que en ella no he respetado ni uno solo de estos mandamientos. Pero ¿para qué están las reglas sino es para saltárselas? Pues eso, que les deseo muchas y felices lecturas.

Eloy Cebrián, La Tribuna de Albacete, 12/11/2012

lunes, 30 de enero de 2017

TRAZADO: UN ATLAS LITERARIO

Este libro de Andrew DeGraff (ilustraciones) y Daniel Harmon (textos) es una increíble recopilación gráfica de los escenarios en que se desarrollan obras como la Odisea, Cuento de Navidad, Hamlet, Orgullo y prejuicio o Moby Dick.

En él encontramos mapas llenos de detalles e inspirados en grandes novelas y relatos de la literatura, por lo que podremos seguir los pasos de algunos de nuestros personajes favoritos: acompañaremos a Huck Finn por el río Mississippi; navegaremos con Ulises por el Mediterráneo, lo que nos permitirá conocer a Calipso, Polífemo o las sirenas, entre otros personajes; visitaremos con Borges la Biblioteca de Babel; competiremos con Phileas Phog en su vuelta al mundo; seremos náufragos con Robinson Crusoe en la isla de la Desesperanza; Hamlet nos invitará a recorrer su castillo en Elsinor; el Londres de Dickens en Cuento de Navidad; pasearemos por las campiñas inglesas cogidos de la mano de Lizzy Bennet, emulando al señor Darcy; veremos el “idílico” pueblecito de La lotería, de Shirley Jackson, (¡Juegos del hambre, ja!; por desgracia, se me olvido subir este magnífico relato el último 22 de diciembre, se quedará para otro sorteo);  averiguaremos el secreto de la utópica y feliz Omelas, una ciudad descrita por la Gran Maestra Ursula K. Le Guin.



Ilustración y texto se unen de una manera magnífica: el texto nos acerca y aconseja la obra; las ilustraciones nos desvelan la trama de las historias. 

miércoles, 7 de diciembre de 2016

¿POR QUÉ LEER A LOS CLÁSICOS?


Siempre he sentido inclinación a leer a los clásicos y he pasado ratos memorables con los textos de Homero, Platón, Virgilio, Dante y Shakespeare. He encontrado en ellos una profundidad y una compresión de la naturaleza humana que me han ayudado a entenderme a mí mismo.Pero aprecio a estos autores no sólo por lo que transmiten, sino también por cómo lo transmiten. Nada más placentero que la métrica de La Eneida, un libro que me gusta leer en voz alta. En su testamento, Virgilio ordenó que se destruyesen sus versos, pero su protector Octavio Augusto no sólo lo prohibió sino que contrató a dos escribas para que copiasen la obra sin la más mínima alteración.

La Eneida tiene fragmentos maravillosos como cuando Eneas, fundador de Roma, se topa con su madre Venus, disfrazada de ninfa, tras su llegada a las costas de Libia después de perder parte de su flota. Si uno lee este largo poema épico, inevitablemente encuentra hexámetros que parecen sacados de La Ilíada o La Odisea. El mismo Eneas, que sobrevive de la guerra de Troya, viaja por el Mediterráneo hasta llegar a las playas de Roma, al igual que Ulises retorna a Ítaca tras sufrir penalidades sin cuento.

Estos libros se han convertido en clásicos porque han tocado la fibra más sensible de los lectores de diferentes generaciones. Es imposible no conmoverse con la desesperación de Eneas al perder sus barcos en la tormenta provocada por Eolo o por el llanto de Príamo al pedir a Aquiles que le entregue el cadáver de su hijo Héctor.

En ese sentido, es imposible que la obra de Homero fuera la recopilación anónima de una serie de relatos míticos porque sus libros tienen vida, han sido escritos por una persona con una gran empatía hacia los sentimientos humanos hasta el punto de que cualquier lector de hoy puede reconocerse en sus personajes. El dolor de Aquiles por la pérdida de Patroclo es auténtico, no es una mera creación literaria, como sabe cualquier conocedor de La Ilíada.

Creo que quien no es capaz de leer a estos autores se pierde una dimensión de la existencia humana que sólo se puede percibir en estas grandes obras, que, al fin y a la postre, transmiten una acumulación de experiencia. Cuando uno lee a Shakespeare se puede dar cuenta de que los sentimientos de los hombres no han cambiado en cuatro siglos y que la tecnología es un barniz que apenas cubre una fractura interior que todos llevamos dentro.

No podría vivir sin estos libros porque sería como perder una parte esencial de mí mismo. En cierta forma, tengo la impresión de que somos depositarios de ese inmenso legado cultural del que formamos parte activa. Los clásicos no son ellos, somos nosotros. Yo soy Hamlet, Eneas, Don Quijote, Madame Bovary y Aquiles. Todos viven en mi interior y he sido un poco de todos ellos mientras leía estas obras.

Por eso me gusta tanto el final de Fahrenheit 451, la película de François Truffaut, cuando los personajes pasean por el bosque y recitan en voz alta los libros prohibidos que sobrevivirán en su memoria porque nadie podrá matar jamás a Homero.

Pedro G.Cuartango

miércoles, 14 de septiembre de 2016

EL GRAN LABERINTO


En una ciudad se está celebrando un partido de fútbol anunciado como el partido del siglo, pero su duración excede lo habitual, ya que los asistentes llevan una semana en el estadio, sin intención de salir.

Fisco y Jaiko, dos amigos, preocupados por la situación de sus familiares y por la extrañeza del caso deciden acudir a su librería preferida “El Pozo y el Péndulo” en busca de consejo, y el propietario les propone que vayan a buscarlos.

La gente parece hipnotizada y no quiere salir, olvidándose de lo que han dejado fuera. En el estadio conocen a dos hermanos, Sara y Arno, que también pretenden buscar ayuda, entonces una vendedora ambulante les da una cajita metálica para que la rellenen con ocho letras que serán las que abran la puerta principal y liberarán a la gente atrapada. Consiguen escapar del campo de fútbol y vuelven a la librería.

El librero les relata una extraña historia sobre un habitáculo de la librería que llama “El laberinto de las sirenas”, y que a Fisco y Jaiko les había llamado siempre la atención. Tenía un gato que se metió allí y volvió con una rosa en la boca y no se sabe de dónde procedía, animándoles así a buscar las letras en el laberinto para poder salvar a sus familiares.

A través del “laberinto de las sirenas” emprenderán diversos viajes por el espacio, el tiempo y la literatura y conseguirán las letras con ayuda de personajes como Don Quijote, Sherlock Holmes, Frankestein, Leonardo da Vinci, Oscar Wilde, Jan Patocka, etc...

En esta novela el filósofo y escritor Fernando Savater nos habla de la libertad y de las
facultades que sirven para alcanzar la felicidad del alma. Para ello, se va a servir de los viajes que realizan los muchachos, abarcando su arco temporal desde el siglo V a. C, donde encuentran una caravana con el pensador Lao Zi, hasta el siglo XX con el filósofo Jan Patocka, aunque el orden de estos viajes no responde a ningún criterio de tipo cronológico. El librero Don Pantaleón y la vendedora ambulante serán los guías de los muchachos, además de los personajes que van encontrando en los distintos viajes.

La novela se rige por un lenguaje sencillo, de fácil lectura, a excepción de algunos cultismos y léxico especializado. La voz del narrador intenta llegar al lector sin ninguna dificultad con el fin de que este no abandone la lectura. El estilo, aunque sencillo, cambia en conforme los personajes que surgen a lo largo de la novela: cervantino en los diálogos de Don Quijote y Sancho; un estilo típico de Conan Doyle con Holmes. 

martes, 14 de junio de 2016

EL POETA Y LA CARCEL


En mayo de 1941 yo me pudría en el reformatorio de adultos de Alicante, cuarta galería, celda número cien. Mi delito era haber defendido la República, pero yo sólo era un soldado más, asustado y perdido, en una lucha desigual. No tenía unas férreas ideas políticas, como muchos de mis compañeros, pero creía en la libertad y en la paz que nos querían arrebatar y luché por ellas. Lo único que deseaba era que todo acabase para volver a mi pueblo con Aurora. Y acabó, si, de la peor manera posible: con la derrota de la libertad, de la mía y de la de todos. Me encontré en la cárcel, con las esperanzas frustradas, los sueños rotos y el terror instalado en el aire que respirábamos. No sabía cuánto tiempo duraría mi condena, ni si cualquier día decidirían fusilarme sin explicaciones. Mi juventud se evaporaba entre el hambre y la ausencia. Las condiciones eran durísimas, si afuera se pasaba hambre, imagínate dentro de la prisión. Las enfermedades se llevaron a miles de prisioneros mal nutridos y maltratados.

Pero con todo, los viernes eran hermosos dentro del infierno. Era el día de visitas, y tu abuela Aurora se las arreglaba para acercarse desde Orihuela y verme aunque sólo fueran unos escasos minutos en medio del barullo de los otros visitantes. Como todavía no estábamos casados, teníamos prohibido hablar en lo que se llamaba comunicación extraordinaria, que solía ser algo más cercana e íntima. De todas formas, tu abuela se las ingeniaba para colarme alguna carta personal entre la comida que me traía. Creo que sin ese alimento suplementario me habría muerto de hambre. No había leche, pero yo la tomaba porque ella me la llevaba cada viernes.

En julio, Miguel Hernández llegó a la misma cárcel. Venía del penal de Ocaña: Lo reconocí enseguida, a pesar de que había pasado bastante tiempo desde la última vez que lo vi y, sobre todo, porque estaba muy desmejorado: extremadamente delgado, con profundas ojeras y el rostro muy blanco; luego supe que padecía tuberculosis. No me reconoció, aunque nos habíamos encontrado varias veces en Orihuela, casi siempre en actos culturales en los que él era el centro y yo un simple oyente, pero se alegró de encontrar un paisano en la celda. A pesar de la enfermedad se le veía animado, llevaba meses pidiendo que lo trasladasen a Levante, Valencia o Alicante, para estar cerca de su familia y del mar. Me contó que había pasado por cárceles terribles en las que había padecido un frío espantoso. Me habló de cómo en Palencia a los presos se les quedaban congeladas hasta las lágrimas, me habló de los vientos helados y el hambre atroz de Ocaña, de las ratas y, sobre todo, de cuánto había echado de menos el aire cálido de su Mediterráneo, ese olor del mar que de vez en cuando saltaba los muros de la prisión para alimentar nuestra nostalgia.

Rosa Huertas, Mala Luna

martes, 10 de mayo de 2016

EDGAR ALLAN POE


Cuando me ofrecieron prologar estas narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, rechacé de plano. Rechacé porque se ha analizado, se ha profundizado en su vida y su obra hasta tal punto, que es prácticamente imposible añadir algo más. Baudelaire prologó la primera edición francesa de las obras del genial escritor americano y desde entonces han sido centenares las plumas de valía que se ocuparon de él. Sí, rechacé encargarme de estas líneas, pero luego, cuando me aclararon que la presente edición tenía por objeto hacer llegar al gran público la obra de Edgar Allan Poe y que lo que de mí se solicitaba no era un estudio profundo, que no estoy preparado para llevar a cabo, sino más bien unas palabras sencillas que sirviesen de presentación de la obra de Poe a aquellos que aún la desconocen, acepté el hacerlo.

Edgar Allan Poe nace por accidente en los Estados Unidos de América en 1809. Digo por accidente porque Poe vivió y murió en su patria sin tener jamás ningún punto de contacto espiritual con el mundo que le rodeaba. Nadie más alejado de aquella «América en marcha», de aquellos pioneros de manos rudas, sonrisas limpias y francas, llenos de simplicidad. No, nada más lejos de todo esto que Edgar Allan Poe. Su obra, hasta su propia persona, parecen impregnadas del aroma nocivo y atrayente que despedía la exquisita podredumbre de la Europa romántica. El romanticismo que imperaba en el viejo continente llegaba a América como un débil eco. Sólo Poe enarboló su bandera, siendo tal vez por eso, por su soledad, por lo que su figura se agiganta mucho más.

Poe es un coloso. Fue principio y fin de un género literario. Su mano trémula de alcohólico abrió una nueva puerta en la literatura universal: la puerta del terror. Con Poe, lo extraordinario, lo sobrehumano, lo espantoso, alcanzan sus más altas cimas. Luego de Poe, sólo una secuela de imitadores que jamás alcanzaron la calidad del maestro. Al igual que las pinturas negras de Goya, los relatos de Poe siguen siendo hoy obra de vanguardia. El ejército de los románticos hizo historia en la literatura, pero pasó. Todos han pasado; sus estilos, sus temas, sus personajes, hoy nos resultan falsos, carentes de vida, de fuerza, anticuados. Poe no, su obra sigue palpitando, sigue siendo un autor «de mañana».

Profundo conocedor del idioma, como poeta hace que las palabras adquieran en sus versos vibraciones insospechadas. Sus poemas, más que rimar, resuenan.

Al leer a Poe intuimos que el fin que persigue con sus narraciones no es el de interesarnos por una trama, ni el de hacer gala de su calidad literaria, ni de su fluidez, ni de la pureza de su idioma. No, lo que Poe persigue es impresionar al lector. En sus narraciones no hay lección moralizante ni mensaje alguno. Sólo hay colores fuertes, sensaciones extremas. Poe intenta y logra aterrar, entristecer, desesperar.

Su agudo sentido crítico, su cinismo, su extraordinaria inteligencia, su inmensa soberbia, le granjean la enemistad de cuantos le tratan. Su obra se yergue solitaria en medio del vacío literario de su época. Como ser humano, es también un hombre solo, rodeado de una masa gris y vulgar que no sabe comprenderle.

Una madrugada de 1849 fue encontrado en un callejón de Nueva York, a pocos metros de una taberna, un borracho semiinconsciente, descuidado y sucio. Era Poe. Pocas horas después moría en un hospital. Su fallecimiento pasó inadvertido. Ninguno de los pocos amigos con los que aún contaba se molestó en pagar su entierro. Fue una muerte más entre las que se producían a diario en la gran ciudad. Nadie en América lo advirtió, en esa América confiada y sonriente que amasaba su futuro; no, América no supo que con la muerte de ese borracho había perdido la figura cumbre de su literatura.

Personalmente, debo mucho a Poe. Cuando contaba pocos años, sus narraciones me robaron el sueño más de una vez, dejándome una huella imborrable.

En una ocasión una persona me preguntó, refiriéndose a una serie de la televisión que tenía por base precisamente los relatos de Poe: «¿Encuentra usted algún valor positivo en esos cuentos de miedo que nos ofrece a través de la televisión? ¿Cree usted sinceramente que la literatura de terror tiene algún mérito?». Contesté que sí, que creía que los hombres necesitábamos del terror. Nadie es tan impresionable como los niños, que en la oscuridad de la noche se asustan de los ruidos, los murmullos, las sombras, hasta del mismo silencio. No, nadie se asusta más que un niño; por eso creo que los hombres a veces necesitamos del terror para asustarnos y sentirnos niños otra vez.

Narciso Ibáñez Serrador