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lunes, 25 de octubre de 2021

LA TUMBA

 


La tumba volvía a estar llena.

Casi parecía mentira.

Flores, botellas de todo tipo —especialmente de cerveza a medio consumir—, fotografías, pulseras y collares hechos a mano, juguetes, como osos de peluche o pequeñas naves espaciales de Star Trek y Star Wars, pósteres, un par de cómics...

Cada semana era lo mismo, y cada semana Grace alucinaba.

No tanto por el fanatismo o la devoción de los fans, sino por la clase de objetos que dejaban en la tumba. Por ejemplo, él ya no tomaba alcohol. Por ejemplo, él nunca había llevado pulseras o collares. Por ejemplo, lo de los osos de peluche, que había sido una invención o una de esas frases típicas del estilo: «A mi hija le gustan los osos de peluche». Cuando un famoso soltaba algo así, para los seguidores era como un mandamiento.

Y eso que él nunca había sido famoso.

Al menos en vida.

Grace empezó a recoger todas aquellas cosas.

Llevaba una bolsa para las botellas siempre medio vacías y otra para el resto de objetos. Las botellas y latas primero las vaciaba a un lado de la tumba. Era el trabajo más lento y pesado. Con la parte dura acabada, llegaba la fácil. Recogía los regalos, pero sin acritud ni violencia. De hecho lo hacía con mimo. Por lo menos respetaba el fervor de las personas que habían viajado hasta allí, tan lejos seguramente de su casa, para rendirle el último tributo al héroe caído, a la leyenda.

Porque ahora sí era eso: una leyenda.

Lo que más le impactaba eran las fotos.

Sobre todo las de ellas.

Desde chicas jóvenes, de su misma edad, hasta mujeres ya mayores, como su madre. Dos estaban desnudas, una en una posición recatada y otra, más explícita. En la parte posterior de la primera se leía: «Espérame en el paraíso». En la de la segunda, el texto era: «¡Mira lo que te perdiste!».

A veces no sabía si reír o llorar.

Por lo menos, esta vez no había pintadas en la sencilla lápida asentada a ras de suelo, con el nombre y las fechas de nacimiento y muerte. Habían tenido que construir un sarcófago de cemento para introducir en él el ataúd porque al comienzo algún loco o loca había escarbado incluso la tierra. Grace se alegró de no verse obligada a ponerse los guantes de goma y empezar a rascar la pintura o el tipo de tinta, a veces indeleble, que algunos empleaban para dejar sus mensajes, siempre del tipo: «¡Vive!» o «Long Live Rock».

Era un cantautor, un cruce de Dylan, Springsteen, Stephen Stills o Tom Waits en sus respectivas épocas puristas, pero bastaba una guitarra eléctrica para que los rockeros se lo apropiaran.

¿Qué más daba?

Cuando un artista se exponía al público, todo era interpretable.

Él siempre decía: «Yo soy músico, no sé hacer nada más».

Estaba acabando de acomodar en el fondo de la bolsa las naves de juguete cuando apareció él.

No era normal ver a un fan entre semana. Las peregrinaciones solían hacerse en grupo, en manada, de viernes a domingo. Claro que, aunque uno llegara en plan solitario, quedaba automáticamente hermanado con el resto. Todos estaban allí por lo mismo, para rendirle tributo a Leo Calvert. Los viernes y los sábados por la noche era normal que alrededor de la tumba se organizaran fiestas, se cantaran sus canciones y se bebiera hasta quedarse dormidos. También se había hecho amargamente popular hacer el amor sobre la tumba, como ofrenda o como si el espíritu del muerto pudiera bendecirles.

En aquellos años, ¿cuántos hijos se habrían engendrado así, allí mismo?

Grace prefería no pensarlo.

Salvo que electrificaran la tumba, o la vallaran, o... ¿o qué?

El aparecido y ella se quedaron mirando.

Era alto, quizá un poco desgarbado, o tal vez fuera por la mochila que cargaba sobre el hombro derecho y la guitarra que colgaba del izquierdo. Llevaba su cabello negro revuelto, un poco caído sobre la frente, y tenía unos ojos claros y limpios. Vestía de manera informal: zapatillas deportivas, vaqueros gastados y una camisa roja arremangada. Pese a todo no parecía un vagabundo ni un sucedáneo de hippy renacido del pasado. Iba limpio. Incluso se diría que cuidado. Le calculó veintiuno o  veintidós años, quizá veintitrés. De no haber sido por su seriedad, su cara habría resultado agradable.

Grace lo esperaba todo menos aquello:

—¿Qué haces? —le espetó el chico.

Ella se quedó quieta.

—¿Perdón? —dijo.

—¿Estás robando las cosas? —continuó él—. ¡Joder!, ¿no te da vergüenza?

La parálisis provocada por el desconcierto duró menos de tres segundos. Le lanzó una última mirada, mitad agotada, mitad resignada, y acabó de meter los últimos juguetes en la bolsa. Quedaba tan solo el cómic de los mutantes de X-Men.

—¡Oye, te estoy hablando! —gritó el joven.

Grace no le hizo caso.

Ni se lo hubiera hecho de no ser porque él dio un par de pasos hacia ella, tal vez para sujetarla, tal vez para detenerla.

Entonces sí, se volvió.

Lo fulminó con la mirada.

—Como te acerques te hago una cara nueva —le previno.

—¡Pues deja eso donde estaba!

Entonces ya sí, se lo dijo:

—¡Es mi padre, idiota! ¡Limpio la tumba para que no se amontone la mierda que tarados como tú dejáis en ella cada semana! ¿De acuerdo?

Luego se dio media vuelta, cargó los dos sacos y echó a andar sin volver la vista atrás.

El silencio de la tarde habría sido agradable de no ser porque ahora estaba furiosa.

Jordi Sierra I Fabra, Como lágrimas en la lluvia

PREMIO LAZARILLO 2019

jueves, 12 de abril de 2018

GOLPES


Ramiro, deberíamos dejarlo.
¿Dejar qué?
Lo nuestro.
¿Lo nuestro?
Ser novios, sí.
Silencio.
Mirada.
Ramiro...
No te he oído.
Sí, sí me has oído.
Pues haré como si no.
Escucha...
No hace nada. Ni un gesto. Solo la mira.
Y sus ojos lo dicen todo.
Hablan por él.
Ojos como cárceles, ojos como pantanos, ojos oscuros, ojos herméticos, ojos implacables, ojos más que duros, ojos gélidos, ojos de luna muerta.
Ojos.
Ramiro, esto no puede seguir así.
¿Así, cómo?
Me estoy ahogando.
¿Te estás ahogando?
Sí.
Vaya.
Crees que me quieres, pero no es así. Te... te has obsesionado.
Me he obsesionado contigo, repite él despacio.
Sí. Ni siquiera me ves como soy, solo como quieres que sea.
¿Es malo querer que seas perfecta?
¿Perfecta para quién? ¿Para ti?
Yo quiero ser perfecto para ti.
Pues no lo eres.
Mejorará.
No, ya no, por favor...
No quiere llorare Tiene las manos unidas, forman una bola. Nudillos blanqueados. 0 es fuerte, o...
¿Quieres dejarlo?
Sí.
¿Me quieres y vas a dejarlo?
Ramiro...
¿Qué, Marga?
Hablémoslo.
No hay nada de que hablar.
No vas a dejarme, cariño.
Por favor, no lo hagas más difícil.
¿Quieres dejarme y tengo que ponértelo fácil, sonreír, darte una palmada de ánimo en la espalda, desearte suerte, ser amigos y todo eso?
Sería lo mejor.
Los ojos de Ramiro pasan del hielo al fuego.
Su cuerpo, de la calma al vértigo.
Su mente estalla.
El primer puñetazo es en el estómago.
Se le corta la respiración, se dobla sobre sí misma, dilata los ojos.
Tan inesperado
¡Coño; Marga, coño, joder!
El segundo golpe, en la cabeza, la derriba.
Todo muy rápido.
Y la voz.
¡Coño, coño, coño, joder, joder, joder, Marga!
Llega la patada.
Le da de lado, porque instintivamente ya se está protegiendo. De lo contrario le habría alcanzado el pecho.
El pecho que tanto adora él.
¡Te quiero, mierda! ¡Te quiero...! ¡Mira lo que me estás obligando a hacer! ¡Te quiero y me vuelves loco!
Espera más, y más, y más.
Pero lo que hace Ramiro es echársele encima y empezar a besarla por todas partes.
Jadea.
No me hagas eso... No me provoques... Te quiero más que a nada en el mundo, más que... Por eso me pongo así. Yo... te quiero, te deseo... Solo te pido que lo entiendas.

Jordi Sierra i Fabra, Desnuda

lunes, 2 de abril de 2018

A VIRGILIO NO LE GUSTABA LEER


Más aún: Virgilio odiaba leer. Cierto que la palabra «odiar» es fuerte, espantosa, pero... era la realidad. Lo decía y reconocía él mismo, sin tapujos:
–Odio leer.
Y se quedaba tan campante.
De hecho todo había comenzado un día, mucho antes, cuando apenas salía de párvulo, y su profesora le había dicho:
–Virgilio, vas a leerte este libro.
Él preguntó:
–¿Por qué?
Y la profesora le soltó un grito:
–¡Porque te lo digo yo y se acabó!
Por lo que podía recordar, ese fue el origen, pero desde luego no todo residía en su rebeldía natural. No le gustaba que le dijeran que hiciera las cosas porque sí. Quería que le dieran un motivo lógico. Es cierto que la idea de leer nunca le había cautivado, pero solo le faltó que la maestra le diera aquella orden: cogió manía a los libros. Eran gordos –hasta los más finos le parecían gordos, como si tuviera anorexia en la vista–, estaban llenos de letras, de palabras que no entendía –y como no leía, aún las entendía menos, por supuesto–, y contaban historias que no le interesaban lo más mínimo. Tampoco le interesaban las historias de las películas que veía por la tele, pero al menos en las películas no tenía que imaginarse nada; allí se lo daban todo hecho, y encima se oían tiros y había persecuciones y...
Leer era como estudiar.
Y estudiar había que hacerlo, aunque fuese por necesidad, para aprender, no ser un ignorante, sacarse un diploma para encontrar un trabajo y todas esas cosas. Vale. Pero leer no era ninguna necesidad. Su padre no leía libros. Su madre no leía libros. Y estaban tal cual, ¿no? Trabajaban como locos para sacar la casa adelante como cualquier familia, y ya está.
Cierto que su padre le decía aquello de:
–Estudia, Virgilio, estudia, o serás un burro como yo, que no tuve tus oportunidades. ¡Ah, si pudiera volver atrás y empezar de nuevo!
Virgilio estaba seguro de que eso lo decían todos los mayores. ¿Volver atrás? ¿Empezar de nuevo? ¿Tener que ir a la escuela? ¡Ni locos, seguro!
Ser pequeño era un latazo.
Todo el mundo gritaba, ordenaba, mandaba, y tú ¡a callar y a obedecer!
Si no fuera porque era muy larga y estaba seguro de que no la comprendería, se habría leído la Declaración de Derechos Humanos para enterarse de si lo que le obligaban a hacer era legal o no. Como por ejemplo lo de leer. Semejante tortura mental no podía ser buena.
Y no era el único que pensaba así, por lo cual deducía que tampoco iba desencaminado del todo. Salvo algunos listillos, en su clase al menos un tercio opinaba lo mismo de forma más o menos velada.
Así que cuando la profesora, la señorita Esperanza, les dijo aquello, se armó la revolución.
–Este trimestre vamos a leer este libro, y después vendrá el autor a hablar con nosotros.
Media docena de chicos y chicas de la clase se emocionaron mucho. Iban a ver a un escritor de carne y hueso.
Virgilio creía que todos los escritores estaban muertos, o si no, que eran muy viejos, viejísimos, y tenían ya un pie en el otro barrio. O sea, que se sorprendió por la noticia. Le provocó cierta curiosidad que disimuló. En su mismo caso estaban otra docena de chicos y chicas. Se miraron entre sí sin decir nada. El resto protestó. Habrían protestado igual aunque la maestra les acabase de anunciar cualquier otra cosa, por llevar la contraria e incordiar.
Luego, al salir de clase, hubo comentarios para todos los gustos.
–Será un muermo, seguro.
–Sí, un señor mayor, calvo, barrigón, con un bastón, cara de pocos amigos, y nos soltará el rollo de siempre.
–¡Qué aburrimiento!
María, como era habitual, fue positiva.
–Pero nos saltaremos una clase, ¿no?
Tuvieron que reconocer que eso era cierto.
El libro que tenían que leer era de los «gordos». Y sin dibujos. Un peñazo. A Virgilio le molestó incluso tener que ir a la librería y comprarlo. Estuvo a punto de proponerle a su compañero del alma, Tomás, que se compraran uno y lo compartieran. Pero la señorita Esperanza, que se las sabía todas, les dijo que quería verlos con sus respectivos libros en la mano. No había escape.
Tenían tres meses para leerlo. Todo el tiempo del mundo.
A los pocos días, la media docena de entusiastas que esperaba la visita del escritor como agua de mayo, ya comentaban y discutían entre sí aspectos de la novela, lo mucho que les había gustado, lo bien que escribía el escritor, lo fascinante de la historia.
Virgilio los contemplaba como si fueran de otro mundo.
Un mes después, el libro seguía sobre su mesa de trabajo, en casa. La profesora les preguntaba a los reticentes y ellos decían que «lo estaban leyendo».
–Pero ¿cómo puede tardarse un mes en leer un libro?
–A una página por día...
La señorita Esperanza se ponía pálida.
–¿Una pa... pa... página por día?
Dos meses después, Virgilio seguía sin tocar el libro. Era de los pocos que aún no lo habían terminado.
Y cada vez más compañeros y compañeras, cuando concluían su lectura, se manifestaban entusiasmados y emocionados con ella.
Le picaba la curiosidad, pero nada más.
Así, sin darse cuenta, comenzó a transcurrir el tercer mes.
El escritor daría su charla una semana después.
Aquella misma noche, acorralado, furioso, lleno de amargura porque tenía cosas más importantes e interesantes que hacer, Virgilio cogió la dichosa novela y empezó a leerla.
Una página.
Dos.
Ni siquiera se dio cuenta. A la tercera, ya estaba enganchado.
Algunas palabras no las entendía, pero no perdió el tiempo en buscarlas en el diccionario. Prefería subrayarlas y ya las buscaría después. No podía dejarlo. Era trepidante, divertido, frenético, excitante, y además la historia le pareció fascinante. Muy bien pensada, y aún mejor contada.
Aquel escritor era un genio.
Solitario, seguro. Pero un genio al fin y al cabo.
La excepción que confirmaba la regla, porque el resto, el resto de autores, Virgilio continuaba pensando que eran espantosamente aburridos, como los libros que escribían.
Cuando su madre le vino a buscar para cenar, le dijo que no tenía hambre.
Su madre le puso la mano en la frente al momento, dispuesta a comprobar si tenía fiebre.
Cenó a regañadientes, pero después pasó de ver la tele. Volvió a su habitación para seguir leyendo la novela. En esta oportunidad fue su padre el que le preguntó si pasaba algo, si tan mal iba en los estudios que se portaba bien de pronto para que no le castigaran en junio. Cuando le dijo que estaba leyendo un libro genial, su padre se quedó boquiabierto.
–Este chico... –comentó exhibiendo una sonrisa en dirección a su mujer–. Aún haremos algo con él.
Aquella noche tuvieron que apagarle la luz y quitarle el libro de las manos, porque no dejaba de leer ni un solo segundo. Acababa una página y empezaba la siguiente con avidez. Concluía un capítulo y se zambullía en el inmediato dispuesto a saber cómo proseguía la historia. Se daba cuenta de la agilidad del relato, de lo bien descritos que estaban los personajes, de lo excitante que era la progresión de la trama, y de que los capítulos, al ser muy cortos, incitaban a no parar. ¡Ah, sí, el escritor se las sabía todas, pero era un tipo genial! ¡Genial!
Seguro que tenía todos los premios habidos y por haber, incluido el Nobel.
¿Por qué no hacían películas de novelas como aquella, en lugar de las tonterías que se tragaba a diario por la tele?
Al día siguiente se llevó el libro al cole.
Continuó leyéndolo a la hora del patio.
Y por la noche, en casa, se repitió el numerito del día anterior. Su padre incluso cogió el libro para mirar el título, no fuera a tratarse de algo malo. Se quedó bastante impresionado.
–Pues vaya –suspiró–. Y pensar que solo vale un poco más que dos paquetes de tabaco, que es lo que me fumo al día.
Lo catastrófico fue que, justo antes del último capítulo, le obligaron a apagar la luz. No sirvieron de nada sus protestas. De nada.
Por eso esperó un ratito y, cuando sus padres se hubieron acostado, encendió de nuevo la luz y devoró las últimas cinco páginas de la novela, aquellas en las que todo se resolvía, todo cuadraba, todo encajaba.
Al cerrar el libro, tuvo un extraño sentimiento de pena.
Por haberlo terminado.
Claro que siempre podía volver a leerlo.
Virgilio se tendió en la cama, de nuevo a oscuras, y su mente se llenó de imágenes, recapitulando cada acción, los diálogos, la intensidad de aquella estupenda novela.
Estaba muy excitado.
Pese a lo cual, se durmió inmediatamente.
Soñó que él era el protagonista de la historia.
Los días que transcurrieron entre eso y la llegada del escritor, los vivió con mayor expectación. Quería conocer a la persona que había sido capaz de escribir algo como aquello. Eso sí, para salvaguardar su imagen, no le dijo ni a Tomás que ya había leído la novela. No fuera a pensarse nada raro.
En parte... le molestaba tener que reconocer que el libro era muy bueno.
Aunque por un libro...

Jordi Sierra i Fabrá, El Fabuloso Mundo de las Letras

jueves, 23 de noviembre de 2017

ACOSO EN LA BIBLIOTECA


La musiquita rompe el silencio.
Más bien es un silbido agudo de cinco notas.
Marga deja el libro. En la biblioteca hay dos, tres miradas.
Móvil. Pantalla. WhatsApp.
«Dónde estás?».
Y escribe:
«En la biblioteca».
Lo deja y vuelve al libro. Tiene que meterse eso en la cabeza. Estudiar, estudiar, estudiar. En casa es más difícil. En casa no lo consigue. ¿Cómo concentrarse en medio de...?
Otra vez el aviso.
Más miradas.
Coge el móvil y, lo primero, elimina el sonido.
Luego lee el nuevo mensaje.
«De verdad?».
Se siente irritada.
Celos, celos, celos.
Primero le gustaba. Ramiro celoso. Bien. Comía de la palma de su mano. A más amor, más celos.
Ahora ya no está tan segura.
¿Tanto la quiere?
«Pues claro. Dónde quieres que esté?».
Tercer intento de concentración, pero ahora pendiente del teléfono porque sabe que él insistirá.
Ahí está.
«Haz una foto».
Se irrita más. El amor es posesión. ¿No debería ser libertad? No lo entiende. Cada vez es peor.
No, no hará la foto.
¿Es que no la cree?
Ese es su problema.
No, no, no, no la hará.
Un minuto. Dos. Tres.
Nuevo WhatsApp.
«Marga?».
No la dejará en paz. No podrá estudiar. Es un agobio.
Peor aún la llamará por teléfono, y no podrá hablar si está en la biblioteca.
Aprieta las mandíbulas y hace la foto.
Se la manda.
Espera.
«Has tardado. Has ido corriendo a hacerla, o ya la tenías en el móvil?».
Siente deseos de llorar.
Tantos mensajes, todos los días.
Y tantas discusiones.
«Capullol», escribe.
«Guapa!», le contesta.
Se acabó. No le quita ojo a la pantalla y ya no hay más.
Pero no consigue concentrarse en el libro. No puede. No después de la maldita foto.
Cierra los ojos y le recuerda como era antes, o al menos como le hizo ver y creer que era.
Tan diferente...
Aquel primer día, en la discoteca...

Jordi Sierra i Fabra, Desnuda

viernes, 17 de marzo de 2017

DÍA DE LA ENSEÑANZA

        
         Siempre me ha llamado la atención la figura del biblioburro, aprovechando la conmemoración del día de hoy, quiero unirla con la enseñanza, en homenaje a muchos de mis compañeros:

UN MUNDO BAJO EL CIELO

Gabito estaba habituado a que le hablara.
Pero, a veces, incluso parecía responderle.
Soltaba un rebuzno.
-¿Verdad que sí, amigo mío? -Sonreía entonces él palmeándole el flanco.
Así llegaban a la cresta. Y así descendían al valle. Y así volvían a trepar por el serpenteante camino que se retorcía escalando la montaña.
Algún amanecer alumbraba blanco.
La neblina lo cubría todo.
Luego, un poco más arriba, veía las nubes formando un manto entre las cumbres.
-¿Sabes, Gabito? Hace cientos, quizá miles de años, por esta misma senda caminaban nuestros antepasados. Y seguro que lo hacían a pie. Entonces no había burros. Ya ves cómo cambian las cosas.
Así que Gabito era un lujo, aunque él no lo supiera.
De noche, instalaba la pequeña tienda de campaña que se abría sola lanzándola al aire -un toque de modernidad- y encendía una fogata.
Al amparo de las llamas, que danzaban en el aire tan bellas como efímeras, diseminando sombras móviles por los árboles que le envolvían, sacaba un libro de uno de los dos zurrones.
¿Cuántas veces había leído Moby Dick?
¿Cuántas Las mil y una noches o Robinson Crusoe?
¿Y qué importaba?
Siempre era diferente, como si otra voz lo narrase en su mente.
-Me gustaría ver una ballena -suspiraba.
Bueno, una ballena, y un tigre, y un elefante.
Gran mundo, pequeño ser humano.
Leía y leía, hasta que el fuego se extinguía y apenas si quedaban algunas brasas. Entonces le dolían los ojos y guardaba el libro.
Después se cobijaba en la pequeña tiendecita de campaña, no fuera a llover y se empapara. Aunque lo más importante fuesen los libros.
Sí, los protegía con plásticos, pero aun así...
-Buenas noches, Gabito.
Otra noche, otro amanecer.
Otra jornada.
Ningún valle era igual a otro. Ningún río se parecía al anterior o al siguiente. Ningún cielo mostraba siempre las mismas nubes. El mismo paisaje, sí, pero con nuevas sensaciones. O sería que él, de año en año, más viejo, más cargado de recuerdos, lo veía o interpretaba todo con otros ojos.
¿Cuántas miradas puede trenzar un ser humano a lo largo de su vida?
¿Cuántas miradas de las de ver, no de las de simplemente pasar?
-Sí, me hago viejo, Gabito. Me estoy poniendo sentimental.
Tal vez fuera la soledad, el silencio roto únicamente por su voz o algún rebuzno de Gabito.
La última montaña.
Desde ella, a lo lejos, muy a lo lejos todavía, se veía el pueblito.
-Allá vamos.
Gabito también lo veía.
Solo era burro por naturaleza.
Agitó la cabeza y la movió de arriba abajo.
La última noche, en el risco, en la Cueva de la Soledad, llamada así porque en ella solo se refugiaban los solitarios que se movían por las montañas, leyó poesía.
Poesía romántica.

Grítale mi nombre al viento,
y lo hará su prisionero.
Yo gritaré el tuyo hacia dentro,
para que me abrase entero.

Ah, los poetas...
Tan locos, tan sublimes, tan especiales...
Se durmió con el libro en las manos, bañado por los rescoldos finales de la fogata. La cueva entera pareció arder, cárdena y luminosa con las ascuas enrojecidas.
El último amanecer.
El mejor de los ánimos.
-Vamos allá, Gabito.
Sentía el mejor de los ánimos. La espera tocaba a su fin. La fiesta sería cuando llegase, a primera hora de la tarde como mucho. Así que le dio por cantar.
Total, nadie le oía.
Luego siguió hablándole a Gabito, para que compartiera con él la alegría.
-Si pudieras entenderme, sabrías lo chistoso que es esto: un burro llevando libros, cultura, para que otros no sean eso mismo, burros.
Soltó una carcajada.
Ya ni se paró a comer. Siguió. Siguió. Cuando los campos labrados surgieron en la lejanía, también lo hicieron las voces.
-¡Ya está aquí!
-¡Ha llegado!
-¡Avisen a los niños!
Los primeros vecinos le rodearon. Las primeras sonrisas le dieron la bienvenida. Las primeras manos tocaron las alforjas. Luego, al enfilar la senda que desembocaba en las casas de adobe y madera, vio la placita a lo lejos.
La plaza, con la iglesia, el ayuntamiento y la escuela. Por la calle polvorienta aparecieron los niños y las niñas.
Aquel maravilloso enjambre...
-¡Ya está aquí el maestro!
-¡Por fin!
-¿Qué libros trae este curso?
-¡Maestro, maestro!
-¿Empezaremos mañana?
Pasaban los años, pero el momento era siempre irrepetible, mágico. El momento en que el soplo de la vida reaparecía y se hacía palabra.


El maestro llegó a la plaza.
Bajó de su montura.
Y se abrazó a las tres docenas de manos que querían saludarlo y tocarlo.
Su gente.
Después de todo no había ningún camino mejor, aunque fuera a través de las montañas y lejos del otro mundo.

Jordi Sierra i Fabra

jueves, 12 de enero de 2017

DIEZ MIRADAS, PARA QUIENES NOS ENSEÑAN A AMAR LOS LIBROS


Esta semana he recibido este libro del sello Loqueleo de la editorial Santillana  que pretende ser un homenaje a todos los maestros, en su sentido más afectivo e integro de la palabra, que con su dedicación, creatividad y entusiasmo hacen posible que tantos niños y jóvenes crezcan confiando en sus propias capacidades. Y muy especialmente, está dedicado a todos esos docentes que han transmitido su amor por la Literatura…

Lo cierto es que ha sido una gozada ver esas Diez Miradas, mejor dicho, leer esos diez relatos de esos  magos de las palabras y maestros en el arte de contar historias: Maite Carranza, Jordi Sierra ¡ Fabra, César Mallorqui, Concha López Narváez, Rafael Salmerón Alfredo Gómez Cerdá, Mª Isabel Molina, Fernando J López, Care Santos, Joan Manuel Gisbert y mi paisano Fernando Lalana.

Algunos de ellos inciden más en el aspecto docente en general o la influencia del maestro en el alumno: delicioso ese Blanca y los Plátanos, de Maite Carranza, donde de forma sorprendente se reencuentran la vieja maestra y un viejo discípulo (por cierto, que sentimientos tan contradictorios cuando ves que tienes un discípulo: alegría, al ver que alguien ha seguido tus pasos; por otra parte, te sientes viejo, se te cae el mundo encima); la búsqueda de ese reconocimiento, que todos anhelamos (y quien diga lo contrario, miente cual bellaco) lo podemos ver en El Cerebro del Profesor Vázquez, de César Mallorqui, donde irónicamente el profesor no recuerda a su antiguo alumno. Emotivo me ha resultado el de Alfredo Gómez Cerdá, El Único Trabajo de mi Vida, tal vez por la reciente jubilación de una amiga y compañera. Jordi Sierra ¡ Fabra, con su Un Mundo bajo el Cielo, a través de ese maestro sudamericano nos recuerda a nuestros viejos maestros de escuela que iban a un pueblo cargados de sueños.  Concha López Narváez y Rafael Salmerón, con En busca del Tesoro, nos hacen ver lo que disfrutamos cuando un alumno coge un libro motu propio o nos pide nuestra opinión sobre una novela. La flamante Premio Nadal Care Santos nos emociona con ese homenaje a Shakespeare (si, también los grandes tuvieron maestros, ¿qué os pensabais?) en Tarde de Teatro. Fernando Lalana, con Fin del Luto, nos trae al alumno enamorado de su profesora (podéis pensar mal, pero os vais a equivocar). La influencia sobre el futuro del niño nos la presentan en sus relatos tanto Mª Isabel Molina como Fernando J López que sigue trabajando su línea temática sobre el suicidio en adolescentes, pero muy logrado ese acercamiento al muchacho mediante el poema de Luis Cernuda en El Mar no Tiene Sueño; si queréis leer este relato, lo tenéis aquí.

De Joan Manuel Gisbert, ¿qué podemos decir?. Mejor le dejamos hablar con este microcuento que nos trae en su cuento:

EL GRAN ANFITRIÓN

Uno de sus mayores placeres es ir abriendo los espacios de su inmensa casa a sus invitados y dejarlos moverse libremente por ellos. Es entonces cuando lo invisible sale a la luz. Del silencio brotan ríos de palabras, seres muy diversos pueblan las estancias, mundos cercanos y remotos toman forma, asombrosos lugares se desarrollan y se producen en ellos vivencias de muchas clases.

El Gran Anfitrión, propicio y acogedor, los guía y acompaña por un tiempo y, luego, muy despacio, va retirándose a sus aposentos y los deja a su aire, creciendo y disfrutando por sí mismos.

jueves, 28 de abril de 2016

¿QUÉ ES EL ROCK?


Aprovechando que hoy comienza oficialmente el Viña Rock 2016

¿Qué es el rock?

Simplemente, esto: A-wop-bop-a-loo-bop-alop-bam-boom.

Y es que más de treinta años después de que Little Richard grabara Tutti frutti, sigue sin existir una definición más válida y al mismo tiempo más reveladora, por lo menos en la síntesis musical. En el otro extremo, en los márgenes de la Gran Verdad, el Dogma Único será siempre el mismo, mientras el rock sea rock y mantenga su espíritu. Me refiero a la frase que da título a este libro.

Soy de los que cree que el rock (y al decir esta palabra me refiero a toda la música surgida en las cuatro últimas décadas) ha sido el fenómeno social más importante de la segunda mitad del siglo XX, en tanto que el cine lo fue en la primera mitad. La diferencia entre uno y otro género artístico, y entre una y otra forma de vida, se concreta en la evolución de ambos fenómenos. Mientras el cine ha pasado su etapa álgida, de rompimiento, para vivir de la misma progresión que le impulsó y le mantiene, el rock todavía sufre las convulsiones de su rápido crecimiento, tras la explosión de los años 60, la crisis de los 70 y la diáspora inquietante y furtiva de los 80.

Escudriñar en los entresijos de la historia de la música rock ha sido momento a momento un pasatiempo tan mágico como fascinante. Cuando vemos una película estamos contemplando en menos de dos horas el trabajo de muchos meses de un equipo de personas. Cuando oímos una canción, de tres, cuatro o cinco minutos, nos estamos asomando muchas veces al alma de su autor o de su intérprete. Cuando asistimos a un gran concierto de rock, somos testigos de lo más externo y superfluo. Recibimos descargas decibélicas, adrenalina en dosis total, participamos del shock y de la comunión como acólitos fieles y somos parte del gran espectáculo. Pero hemos de saber que el espectáculo no siempre está de cara al escenario, sino a espaldas de éste. La vida de las estrellas del rock no es fácil, y sin embargo nueve de cada diez jóvenes firmaría ahora en blanco por llegar a lo más alto, sin importarles las consecuencias.


Se ha escrito mucho sobre el poder destructivo del rock, en torno al síndrome de autodestrucción que genera. Sin embargo el rock no es ni destructivo ni violento, o cuanto menos, no lo es más que otras formas de vida, aunque sí sea cierto que el rock las agrupe a todas, porque no en vano vivimos en la Era del Rock y desde mitad de los años 50 cada nueva generación se ha sumergido en la música a la búsqueda de su identidad, buceando en todas direcciones. La realidad y principal verdad, sin pretender decir que sea una verdad absoluta, es que desde el primer momento la música de la segunda mitad del siglo XX ha sido un espejo social. El rock es el estilo sónico de las últimas cuatro décadas, pero los fuertes cambios sociales, a modo de seísmos imparables, de esas mismas décadas, han ondeado para los jóvenes… y menos jóvenes cada vez, la bandera del rock como gran evasión.

Cuando dentro de cien años se hable de nuestro presente, no podrá obviarse al rock, porque él es la mayor y mejor definición de cuanto somos y de cuanto hacemos, y también de cual es nuestro estilo de vida. La música de nuestro tiempo es la más genuina expresión de la rapidez con que vivimos. Ninguna forma artística ha evolucionado tanto ni tan furiosamente, ni es en la actualidad más rápida y contundente. Una película necesita un largo proceso de preparación, búsqueda de actores, rodaje, montaje y distribución. Un libro requiere otro proceso igualmente lento de edición.

Para que esa película o ese libro lleguen a otros países, la máquina, el engranaje industrial, precisa de unos cauces y unos sistemas casi siempre distintos a tenor de factores geográficos, comerciales o dependientes de simples intereses económicos. Un disco, por contra, puede grabarse hoy y ser radiado inmediatamente, a las pocas horas, lanzando su mensaje a los cuatro vientos. Ese mismo disco puede aparecer en medio mundo en un tiempo relativamente corto.

A partir de aquí es cuando las diferencias entre una película, un libro o un disco, se manifiestan con meridiana claridad. La película podrá permanecer en cartel tanto como dure su éxito, y quedar en el fondo del videoclub de turno otro largo período de tiempo. Más tarde será ofrecida por televisión, y aún, años después, habrá ciclos que la incluyan. El libro, mucho más oscuro a no ser que se convierta en un best-seller, vivirá junto al polvo de las estanterías de una librería, una biblioteca, una casa… Pero el disco será todo lo contrario. El disco, salvo que sea el álbum de un monstruo sagrado y quede como pieza de catálogo, tendrá una efímera vida que puede resumirse en el ejemplo de la mayoría de éxitos de los últimos años: edición, promoción, ascensión a los cielos de los rankings, donde puede ser número 1 o un simple Top-10, y en uno o dos meses… pasar al olvido. Otros cien mil discos esperan su oportunidad.


El rock por lo tanto es rapidez, nervio, un desgarro automático que puede conducir al éxtasis o a la derrota, y también a las dos cosas a la vez. Durante años, el tipo medio de artista triunfador ha sido el del muchacho que ha buscado su propio Xanadu, sufriendo más o menos en el camino, para encontrarse de la noche a la mañana con el éxito, la fama y un millón de dólares en el bolsillo. Ayer no era nadie pero en un mes su disco ha sido número 1. ¿Qué pasa cuando al otro mes el sueño se desvanece? La historia del rock está llena de casos extremos, de éxitos prematuros y tardíos, de jóvenes que con veinte años ya lo han hecho todo y no han sabido qué hacer después con sus vidas y de «viejos» de treinta o cuarenta años que no han resistido el paso del tiempo ni el olvido. Pero en ningún caso es el rock el culpable, sino el medio. El rock es la fantasía más extraordinaria de nuestro tiempo, el escape y la respuesta. Cuando en 1976 el número de parados en Gran Bretaña se disparó, una generación rebelde miró a su alrededor y se encontró con unas pobres alternativas a su futuro: ser parados, obreros con miedo al paro como sus padres, o coger una guitarra y probar fortuna en el Olimpo Rock. Y en 1976 nació el punk y cientos, miles de grupos, se refugiaron en la música como única salida. Los que fueron destruidos, no lo fueron por el rock, sino por su misma desesperación.

Ser una estrella del rock, no es fácil. Millones de ojos están pendientes de los ídolos, de sus canciones, de sus gestos, de lo que dicen y de cómo visten. En torno al mundo del rock giran una docena de submundos que van desde los más habituales a los más oscuros. Vicio, drogas, sexo, corrupción y demás componentes extras, no son privativos de esas estrellas, pero sí más fácilmente relacionables entre sí, como la miel que atrae a las moscas. Desde las fans que sueñan con ser violadas por sus mitos, hasta la droga que muchos utilizan para seguir y seguir, porque ya no pueden parar, lo que esconde la vida de muchas estrellas es tanto un infierno como un paraíso.

Después de veinte años de conocer a la mayoría de grandes artistas de este tiempo, de admirar y respetar a unos y de rechazar y considerar meros objetos del show-business a otros, lo que sé, a favor y en contra, carece de importancia frente a lo que siento y lo que pienso de cada historia. No se puede juzgar nada desde el exterior. Es más, ni siquiera hay por qué juzgar. Pero lo evidente es que hay una historia que contar, la de todos aquellos que no lo lograron, o cayeron para lograrlo. Tal vez la perspectiva global de esa crónica negra del rock, con sus escándalos y sus muertes, sirva para aprender algo. En todo caso, conocer ya es saber, y vivir.

Este libro podría haber tenido un capítulo único, pero he creído más importante parcelarlo, agrupar hechos y fenómenos, formas y aspectos globales en unos casos o generales en otros. Es curioso ver cómo todos los pioneros del rock and roll, cayeron por escándalos que les costaron el éxito… y a veces la vida. Es curioso comprobar cómo quienes rompieron el fuego, sentando las bases de un género y de un estilo de vida, pagaron muy alto su arrojo. Es curioso descifrar las pautas de los años 60 y ver cómo los más importantes innovadores fueron destruidos o rozaron la sima abierta del fin igual que si caminaran sobre el filo de la navaja. La historia tiende a mitificar más a los muertos que a los vivos, y la única justificación es recurrir a uno de los más recónditos y secretos placeres del ser humano: el morbo.

Cuando un ídolo del rock muere de la misma forma que ha vivido, automáticamente puebla las mentes de sus seguidores de miles de respuestas. Es como si les diera la razón. Aunque la frase no era suya, Mick Jagger popularizó en los 60 lo de «Vive deprisa, muérete joven, y así tendrás un cadáver bien parecido», y en los 70 los punks dijeron lo de «No hay futuro». Así que cada muerte en el rock es una clave. Para los que viven de cerca el fenómeno esa muerte es el chispazo que electrifica su propia vida. Para los que del rock no saben nada, esa muerte es la confirmación de sus más recónditas sospechas sobre la peligrosidad social de la música, pero también el sorprendente descubrimiento de que su interés crece en proporción a su bien considerado espanto. ¿Quién era el muerto? ¿Por qué lo hizo? ¿Qué le sucedió?

Tal vez se haga una película y TODOS lo sepamos.


Este libro, que en ningún momento busca el morbo sino la exposición de unos hechos y unas realidades, investiga y muestra las vidas, los entornos, las causas y los porqués, de las más importantes estrellas de la Era Rock que cayeron con las botas puestas. Junto a casos muy conocidos popularmente, habrá otros de único acceso a los amantes de la música, y que sólo las revistas musicales ofrecieron como noticia en su momento. Sea como sea y por numerosos que parezcan, no son más que la punta del iceberg, un simple esbozo. Los periódicos no hablan de los chicos jóvenes que por ignorancia mueren en sus propias habitaciones, al tocar una guitarra o un micrófono con las manos húmedas, ni de los candidatos a estrellas que imitan a sus ídolos en todo menos en la música, y mueren con la sangre repleta de heroína. Tampoco hablan de quienes escapan de sus casas, chicos y chicas, soñando con cantar en un escenario, y acaban en las trastiendas de locales baratos prostituyéndose para poder comer. Sólo sabemos que a Lennon le asesinaron y que Hendrix se ahogó en su vómito, y a veces ni siquiera eso porque el tiempo ha distorsionado aquella realidad.

Tal vez esta crónica negra de la trastienda rock aclare algunas ideas trasnochadas o dé luz a una historias desfiguradas.

En todo caso siempre quedará como recurso final y manual de supervivencia.

Jordi Sierra I Fabra, Cadáveres Bien Parecidos. La Crónica Negra Del Rock

lunes, 4 de abril de 2016

UNA (ESTUPENDA) HISTORIA DE DRAGONES Y PRINCESAS (...MÁS O MENOS)


El argumento de esta novela es sencillo, la conocida historia de la princesa y el dragón. Pero Jordi Sierra i Fabra le va a dar una vuelta de tuerca:

Según relatan las crónicas, en el Viejo Reino una princesa (BRUNILDA) ha sido secuestrada por un dragón (ZURG). El Rey busca un Héroe capaz de enfrentarse al dragón por la mano de la princesa y la mitad del Reino. No hay ningún candidato hasta que aparece EZAEL, que es todo excepto un HÉROE. No desea la mano de la princesa, ni la mitad del reino, y, por si fuera poco, se enamora de MILEYA, la hermana pequeña de BRUNILDA. EZAEL emprende su búsqueda para salvar a la princesa y se encuentra con distintos personajes que le ayudan en el camino. Al llegar a su destino, se da cuenta de que BRUNILDA y el dragón están enamorados y viven en pareja. De esta manera el HÉROE respeta los deseos de los personajes, toma sus decisiones respetando siempre las de los demás y acaba casándose con MILEYA.

Sierra i Fabra juega con dos voces narrativas, que se complementan y contradicen a la hora de ofrecer al receptor la narración que desean transmitir: el autor, conocedor de la historia, y su sentido común que le ayuda en su elaboracióny a la vez adelanta ciertos aspectos al lector. Todo esto no adentra en la parodia, pues el autor trata con toda la ironía el típico y tópico cuento de hadas: princesas, dragones, brujas, héroes… ya que ni la princesa está secuestrada y, además, está enamorada del dragón, que no es terrorífico; y el héroe no responde a los patrones, sino que es un joven delgaducho, torpe, que quiere cumplir con su deber sin sin esperar nada a cambio. 

lunes, 23 de marzo de 2015

DESNUDA

Enviado por Belen:

Si hay miedo no es amor.

¿Cuándo dejó Ramiro de ser tierno, dulce y amable? ¿En qué momento exacto empezó a... sí, a maltratar a Marga?

Marga no lo sabe. Tal vez fuera desde el mismo principio; quizás las llamadas constantes, los mensajes inacabables, la demanda de atención, ese amor total y absoluto que Ramiro decía sentir por ella... Sí, tal vez todas esas cosas ya contuvieran una semilla de violencia. Y si Marga se hubiera dado cuenta a tiempo, las cosas habrían sido mucho más fáciles.

Desnuda es un libro duro, cortante, directo como un puñetazo en el estómago. Un libro necesario. Esta novela de Jordi Sierra i Fabra es muy dura; habla de la violecia de género entre adolescentes: Marga es una joven que cree estar enamorada de Ramiro, pero a medida que transcurre el tiempo, este empieza a controlar cada uno de sus movimientos y Marga empieza a sentirse incómoda.

Sus protagonistas son personajes reales, y con una personalidad bastante definida. Marga es una víctima de la violencia de género aunque ella no lo sepa. Se convence de que su relación va mal por su culpa. Ramiro, su novio, siente más que obsesión por ella, la controla en todo y casi no la deja ni respirar.

                La historia es simple, contada de forma especial: los diálogos no se diferencian de la narración, y con eso el autor ha logrado trasmitir la historia de una forma directa y sobre todo dura. Los capítulos son muy cortos y están formados por frases cortas
.
Aborda, de forma directa, la violencia machista a través de la experiencia de una adolescente acosada por su pareja, favoreciendo que el lector se ponga en el lugar de la protagonista y comprenda en primera persona qué siente una víctima de maltrato: sus dudas, sus miedos, su dolor, su soledad y el valor que requiere enfrentarse a esa situación

PREMIO CERVANTES CHICO 2012

lunes, 2 de febrero de 2015

EL DELITO

       
        -Póngase en pie la acusada.
                Obedeció la orden del juez. Desparramó un haz de luces blancas a su alrededor y su cuerpo perdió el contacto con el módulo de reposo. Era la primera vez que los espectadores del juicio podían verla con claridad, así que algunos estiraron el cuello. Apenas si hubo rumores. La máxima autoridad de la sala había dejado bien claro que expulsaría a los que no respetaran las normas.
                -Acércate al estrado
                Dio uno, dos, tres pasos, muy breves, hasta quedar enmarcada por la pequeña tribunita metálica en la que podría apoyarse si lo deseaba. Ese era el límite. En el centro de la sala.
                El juez la cubrió con una mirada acerada, exenta de nada que no fuera rigor. Era un humano implantado, es decir, un cerebro humano con cuerpo sintético e interior formado por sistemas de última tecnología. Sus rasgos tenían todos los atributos de una persona, incluída la facultad de la expresión. Al contrario que ella.
                -Dínos tu nombre. –inició el interrogatorio.
                -Yadia 9-527
                -¿Cuál es tu ocupación, Yadia?
              -Intendente de segunda en el Nucleo Corporativo del sector 72, Área de Servicios Integrales, Sección Tercera. Mi trabajo consiste en…
                -No es necesario que especifiques tus funciones –la detuvo el juez-. No son relevantes.
                El hombre la evaluó desde la breve distncia que los separaba. Apenas cinco metros. en la sala, la expectación había creado ahora un silencio absoluto. Lo insolito del caso había llevado hasta el Palacio de Justicia a muchos curiosos, sin olvidar los medios de comunicación. El Panel Comunitario grababa todo el proceso para emitirlo en un programa especial. A veces, pese a la tecnología, los avances, el progreso, sucedian cosas como aquella. Nada era perfecto. El Sistema siempre tenía algún pequeño fallo. ¿O no era un fallo?
                -¿Conoces la envergadura de tu delito, Yadia?
                La hora de la verdad. Se enfrentó a ella con decisión. Ya no tenía nada que perder.
                -Yo no lo considero un delito –se atrevió a decir.
                -Responde con un si o un no –fue tajante el juez.
                -No.
                -¿No la conoces?
                -No. –se mantuvo firme, casi desafiante.
-¿Tienes algún proceso degenerativo, un sistema desconectado, niveles de energía limitados, funciones sinápticas anómalas…?
-No. El procesador médico que me examinó dejó constancia de que estoy operativa al cien por cien.
-¿Te consideras, pues, normal?
-Sí.
-¿Entonces porque lo hiciste?
-Curiosidad.
La expectación subió de tono. La palabra llenó de conmoción a algunos de los asistentes.
-¡Silencio! –ordenó la máxima autoridad de la sala.
Yadia llenó sus micropuntos oculares de luces anaranjadas.
-Curiosidad –repitió despacio el juez.- Define la palabra curiosidad.
-Interés por algo. También… excitación, inquietud, ansiedad.
-¿Qué sientes al tener curiosidad?
-Un hormigueo en mi núcleo cuántico, una vivificnte corriente de energía recorriéndome los sistemas inductivos, una necesidad… más bien un impulso…
-¿Necesidad? ¿Impulso? –el juez frunció el ceño.
  A Yadia las expresiones faciales de los humanos, aunque fueran implantados, siempre le habían parecido hermosas. Una facultad única. Por más que la cara del hombre que tenía delante fuese terrible.
-Si. –un haz de luces blancas titiló en sus micropuntos oculares,
-Eres una máquina, Yadia.
-Lo sé.
-Las máquinas no tienen necesidades, ni impulsos.
-Yo tuve todo eso.
-¿No te pareció raro?
-No.
-¿Lo lamentas?
-¡No!
-¿No estás arrepentida?
-¡No!
-¿Sabes que te estás condenando a ti misma? Este tribunal sería indulgente si mostraras un mínimo arrepentimiento. En tal caso bastaría con reprocesarte.
Yadia se estremeció. Todos sus circuitos alcanzarón niveles de saturación. El leve zumbido interior fue como una sacudida, una descarga eléctrica negativa. Era una máquina de quinta generación, con todas la facultades desarrolladas aunque con cuerpo humanoide metálico. Ella odiaba la palabra robot. Los robots, antaño, eran autómatas, simples esclavos. Cien años antes. Otro tiempo, otro mundo. La invadió una oleada de tristeza.


-Cuéntanos lo que sucedió, Yadia. –la invitó el juez.
-¿Todo?
-Queremos ser justos.
Consideró la clase de justicia que podïa esperar y las luces de su rostro cambiaron de amarillo a rojo, y después a un suave tono añil que fue desvaneciéndose despacio.
-Fue una conmoción –ahora sí miró con fijeza, casi desafiante al juez del tribunal-. El día que entré en aquel lugar…
-¿Qué clase de lugar?
-La vieja biblioteca del Museo de Arte del Siglo XXI.
-¿Nunca habías visto un libro?
-Al natural, no.
-¿Qué estabas haciendo allí?
-Fui a examinar unos componentes estructurales de fines de siglo.
-¿Por qué entraste en la biblioteca?
-Sentí… algo. Una llamada. Era como si miles de voces me gritaran desde los estantes. Y entonces…
-Sigue –la alentó el juez al ver que se detenía.
-¿Ha tocado uno, señoría?
-¿Un libro? –pareció sonprenderse-. No.
-Claro. Casi nadie lo ha hecho, y menos una máquina.
-Los libros son residuos cien por cien humanos. Ellos los gozan todavía.
-Los libros son hermosos.
-Todo lo del pasado nos lo parece. Es la historia.
-Pero ellos son más que la historia, porque además de serlo la contienen. Su belleza reside tanto en lo que contienen como en su aspecto externo.
-Una belleza deteriorable, con esas hojitas delicadas y débiles, que se amarillean y destruyen con el paso de los años.
-Pero el conocimiento…
-El conocimiento se implanta. ¿Para qué tenemos sino los receptores cerebrales? Todos llevamos uno, ¿lo olvidas? Humanos y máquinas. Las capsulas de información hacen el resto. ¿Quieres aprender a volar en una nave urbana? Se te implantan los códigos operativos. ¿Quieres conocer una vieja historia como El Quijote o Hamlet? Ningún problema. Se te implanta al completo. ¿Quieres visualizar una obra, holográfica o no? Lo mismo. Eso es el conocimiento. Y para eso tenemos el progreso, la tecnología.
De pronto parecía un padre reprendiéndola.
-No es igual que leer. –Las luces de Yadia eran ahora de un hermoso color verde.
-Leer no es algo que necesite una máquina –insistió el humano.
-Porque ninguna lo ha probado.
-Probar es un término muy poco lógico.
-Si la humanidad no hubiera probado cosas no estaríamos aquí.
-Se te valora y juzga a ti, no a la humanidad. Ciñete al tema. ¿Qué experimentabas al leer?
-El mundo desaparecía por completo.
-¿Este mundo?
-Sí, porque penetraba en otro, aún más hermoso.
-¿Imaginario? ¿Asi que dejabas de ser tú? ¿Pasabas a formar parte del libro?
-Sí.
-¿¿Todas tus funciones?
-Eran una con el libro.
-¿Y no veías el peligro en eso?
-¿Qué clase de peligro?
-Todos tenemos una misión en la Comunidad, y dependemos los unos de los otros. Si perdemos esa disciplina caminamos directos a la anarquía.
-¿Es peligroso ser mejor?
-¿Crees que los libros te han hecho… mejor?
-He aprendido muchas cosas.Sí.
El rostro del magistrado reveló cansancio. La miró como a una enferma sin solución, mitad triste mitad resignado. Era un caso cerrado. Y aún asi…
-¿Cuántos libros leíste antes de ser descubierta?
-Ciento noventa y siete y medio. De todo tipo, novelas poesía, íncluso un manual de jardinería.
-Ahora no hay jardines.
-Pero los hubo. Y resulta agradable imaginar como los cuidaban.
-¿Leías con tu facultad de comprensión rápida?
-No, despacio, para llenarme mejor de lo que asimilba.
- -Yadia –el juez parecía no entender nada-. ¿Te das cuenta de lo absurdo de tu proceder?
-¿Es absurdo despreciar la belleza?
-¡Es absurdo desafiar la lógica! ¡No tiene sentido! ¿Qué pasaría si a todas las máquinas les diera… por leer –lo pronunció con estupefacción-, o por hacer cualquier otra cosa irrelevante en términos sociales? ¡Fuiste creada para un fin! ¡Todos tenemos uno! ¡Si cambiamos eso, cambiamos el equilibrio! ¡La humanidad ya fue dispar en otro tiempo, pero hoy no; hoy tenemos principios fundamentales, la razón la lógica! ¡No se puede hacer lo que a uno le apetezca, sin más! ¡Tú leíste ciento noventa y siete libros sin motivo alguno, sin estar preparada ni programada para ello! ¡Es inadmisible!
-Volvería a hacerlo, porque fue lo más hermoso que me ha sucedido en la vida, y lo más grande que siento haber hecho. Todas esas historias… todas esas personas navegando libremente por mi interior… todos esos sentimientos…


-¿Sentimientos? ¡Las máquinas tenéis sentimientos porque se os implantaron células capaces de desarrollarlos, para que os asemejaráis a los humanos, para que no os sintierais inferiores ni recelarais creando el germen de la disconformidad! ¡Pero esto no tiene nada que ver con los sentimientos de que me hablas! ¡Esos no son sentimientos inductivos, sino espontáneos, provocados por causas externas y por lo tanto peligrosos! ¡Veneno! –elevó la voz al máximo-. ¡Te lo repito: eres una máquina! ¡Te has contaminado y no dejas ninguna alternativa a este tribunal!
-Sé que voy a ser reprogramada –sus luces fueron blancas.
-No voy a ordenar reprogramarte, Yadia –manifestó con hermética sequedad el magistrado-. Quedaría algún residuo. Siempre queda alguno. Un pequeño átomo, por infinitesimal que parezca, , y en unos años volverías a las andadas, se reproducirían los patrones de conducta. No, no puedo reprogramarte. Y tampoco puedo pasar por alto tu acción, porque podría ser contaminante, extenderse. Hay un delito. Ha de existir un castigo. La ley es la ley, por la Lógica y la Razón.
-Entonces…
El magistrado sostuvo por unos instantes la coloración arco iris de sus micropuntos oculares. Luego endureció la resignación de sus facciones.
No la hizo regresar a su módulo. ya no.
Lo meditó muy poco. Le bastaron diez segundos. Cuando pronunció su sentencia, su voz volvió a mostrarse serena, fuerte, directa. En la sala el silencio era absoluto. Todos le miraban a él, porque Yadia, de espaldas, no era más que una estatua a la espera del veredicto.
-Yadia 9-527 –dijo el magistrado despacio-, este tribunal te condena a ser desconectada en la noche de hoy, y tus piezas, a excepción de los sistemas inductivos, que serán destruidos por estar contaminados, se entregaran a los Equipos de Reciclaje como componentes de futuras intervenciones de intercambio de materiales –dejo que sus palabras cayeran sobre todos los asistentes como una losa antes de agregar-: Lo siento, Yadia. ¡Cúmplase la sentencia!
El revuelo fue ya imparable. La vista llegaba a su fin. Iban a llevarse a la máquina a las dependencias de la Fábrica de Conexiones. El magistrado se levantaría de su módulo de un momento a otro.
Entonces se escuchó de nuevo la voz de Yadia.
-Señoría…
-El veredicto…
-Todo condenado tiene derecho a una última voluntad –le cortó ella.
Se aplicaba a los humanos. Era la primera máquina que iba a ser desconectada. El juez se detuvo.
-¿Y cuál sería tu última voluntad? –preguntó el humano implantado.
Los micropuntos oculares de Yadia brillaron con tonos azules.
-Terminar el libro que estaba leyendo cuando me detuvieron, por favor. Quiero saber cómo acaba.
Jordi Sierra i Fabra

PRECMIO CERVANTES CHICO 2012