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martes, 6 de abril de 2021

EL DESVÁN DE TESLA

Antes del incendio, Nick Slate era un chico feliz en Tampa, Florida. Tenía una familia normal, una casa normal, unos amigos normales y una vida que no se salía en absoluto de lo común. Después del incendio, Nick Slate no tiene madre, y la casa que ha heredado, sus recién conocidos amigos y su nueva vida en Colorado Springs son de todo menos normales.

En cuanto llega allí, Nick sube al desván y se encuentra con unos viejos objetos que van desde una tostadora cromada hasta un guante de béisbol desgastado. Teniendo en cuenta que su padre aún no ha encontrado trabajo y que cualquier ingreso viene bien a la familia, a Nick se le ocurre montar un mercadillo con estos trastos inútiles.

Es entonces cuando conoce a Caitlin, Mitch, Vince y Petula, algunos de los muchos compradores que, por alguna razón, dejan completamente vacío el desván. Al principio, Nick no entiende por qué alguien querría con tanto entusiasmo alguno de esos trastos, pero empieza a darse cuenta de que, quizás, sean inventos más útiles de lo que parecían en un principio. Útiles, poderosos... pero también peligrosos. Y hay personas que harían cualquier cosa por conseguirlos. Así, Nick y sus amigos se lanzan a una carrera contrarreloj para recuperar los extraños artefactos antes de que caigan en malas manos... o el mundo acabe. Lo que ocurra primero.

 En El Desván de Tesla, primer volumen de la Trilogía de los Accelarati, nos encontramos con una aventura entretenida, rebosante de acción, que engancha y se lee con facilidad. A esto contribuyen los diálogos, ágiles y divertidos, que en ocasiones parecen sacados de una secuencia cinematográfica; no se queda atrás la narración, simple pero cuidada, que cuenta con los típicos párrafos introductorios, explicativos y reflexivos a los que Neal Shusterman nos tiene acostumbrados.

Una de las cosas que más llaman la atención de la historia son los inventos del desván: tienen propiedades de lo más originales, y la forma en la que cada uno afecta al desarrollo de su respectivo personaje es verdaderamente interesante. Los personajes en sí parecen esconder mucho más de lo que muestran, pues no nos da tiempo a conocerlos en profundidad. Al ser una novela middle-grade y el primer tomo de una trilogía, es probable que los autores se reserven los detalles para las próximas entregas.

También hay que resaltar la multitud de referencias a otras historias, desde Harry Potter hasta Frankenstein, que hará las delicias de los lectores más avispados.

Eric Elfman y Neal Shusterman han creado una novela amena, interesante y divertida que, como si de un alocado invento de Tesla se tratara, mantendrá a cualquier lector pegado a sus páginas hasta el final por arte de ciencia.


miércoles, 10 de marzo de 2021

LA DIMENSIÓN HELADA

Deseaba entregar mi ser a la dimensión helada, corno los animales del frío cuando dan el último suspiro entre aguas heladas y flores árticas. Más de pronto, una osa blanca de aire feroz alcanzó el iceberg donde me hallaba y me miró amablemente, ¿Por qué aquel animal de ojos salvajes y sabios se reconoció en mí? ¿Por qué consintió que me subiese a su lomo y alcanzase la costa cuando el pedazo de hielo que nos sustentaba empezaba a oscilar peligrosamente? No lo sé. Solo sé que con ella viví aquella primavera y que, gracias a los rudimentos de medicina que había aprendido junto a mi padre, le ayudé a traer al mundo a su primer osezno, que llegaba atravesado y cuyo parto pudo haberle costado la vida.

Pasé tres lustros en la región de hielo, empleando mi tiempo en leer el diario de mi padre que llevaba conmigo, y ayudando en sus cuitas y sus enfermedades a todos los animales que me salían al paso: focas, osos, zorros del ártico, si bien mis preferidos eran los lobos, animales sumamente sociales con los que llegué a entablar una profunda amistad. Según pude observar sus manadas las conformaban clanes familiares gobernados por los padres: un lobo y una loba de edad rasadura, que se repartían la gobernanza de los suyos con mucho tacto y -mucha sabiduría.

Hasta que una mañana quiso la desgracia que me alejase del Polo, arrastrado por la nostalgia y el deseo de ver a mi padre, el doctor Frankenstein. Tras un viaje de más de un año, llegué finalmente a Suiza, donde supe que mi padre había muerto en el viaje en el que me iba persiguiendo, y me sumí en la desolación. Creyéndome el culpable de su fallecimiento, decid¡ hacer honor a su nombre y gracias al saber que me aportaba su diario, fui retocando mi cuerpo hasta convertirme en un hombre de apariencia normal. Fue entonces cuando inicie mis estudios de medicina en la facultad. Siete décadas después, me veía convertido en un inmortal, viajando por las ciudades de Europa. Mi cuerpo, que había sido elaborado con la más corruptible de las materias, era, para mi gran sorpresa, inmune al paso tiempo, y las mujeres acudían a mí anhelantes y enloquecidas, pues me creían en posesión del elixir de la inmortalidad.

Mi fama de cirujano milagroso no me hacía más feliz, y según pasaban los años crecía mi angustia existencial. Los que habían estudiado conmigo ya estaban muertos, y me veía rodeado de vejez y decrepitud. El género humano se me antojaba el más odioso y deforme de la Tierra, y me espantaban la fealdad de las almas y la deformidad de los cuerpos que se hacinaban en las grandes ciudades ahogadas por el hollín.

Una noche, hallándome en Berlín, bajo una luna más roja que mí desesperación, vi de pronto la luz y comprendí por qué en otro tiempo me había fugado a las comarcas frías. Huía de los humanos, de mí padre, de la crueldad y la desdicha. ¿Por qué había tenido la mala idea de regresar al infierno después de haber vivido tres lustros en los paraísos helados?

Al amanecer, tras una noche de agitación y de locura, lo vi claro y opté por regresar a mi antiguo reino. Esa misma mañana me subí a un tren en la estación de Friedriclrstrasse, y dos días después ya me hallaba en Estocolmo, donde me enrolé en un barco de pescadores de focas que se dirigía a Groenlandia. Era ya primavera y comenzaba la época del deshielo cuando volvía verme en el corazón de mi antigua comarca. Los osos corrían a lo lejos, las ballenas entornaban su asombrosa melodía, y los lobos aullaban bajo la luna roja, que proyectaba su luz, de cinabrío sobre la llanura más blanca y más hermosa que me había dado a conocer la vida.

Desee que a mis verdaderos hermanos no les parezca monstruoso mi aspecto humano.

Irene Gracia, Frankenstein resuturado

viernes, 11 de enero de 2019

FRANKENSTEIN RESUTURADO


Enviado por Lourdes:

Al cumplirse 200 años del nacimiento de la criatura de Mary Shelley, en este proyecto dirigido por Fernando Marías, se homenajea a un personaje que cambió la literatura y que se convirtió en un referente tanto de la novela romántica inglesa como de la novela de terror.

¿Cuál habría sido el periplo de la criatura de Frankenstein si hubiese vivido las veinte décadas transcurridas desde su nacimiento oficial hasta hoy? Esta reflexión se la hace Fernando Marías en el prólogo al contemplar a un viejo solitario y la  traslada a veintiún autores y otros tantos ilustradores para que visualicen a la criatura en ese eslabón concreto de la cadena del tiempo: 1818-2018. En los relatos, la criatura sigue sola, con su apariencia terrible, pero sabiendo que el mal no está en ella.

21 relatos, 21 ilustraciones, 2 propuestas musicales incluidas también en el libro.

Y la traducción de la novela por Lorenzo Luengo, que acerca al lector actual la creación del mito de Frankenstein pero sin abandonar el tono romántico que su autora le dio.

                Algunos de los relatos: 

«La dimensión helada» de Irene Gracia: Tras un intento de confundirse entre los hombres y, tras ser aceptado por ellos, la criatura vuelve al Polo huyendo otra vez.

«Descendencia» de Jacinto Muñoz Rengel: ¿Si Frankenstein no creó una compañera para la criatura para evitar su monstruosa descendencia, no sería la esterilización la solución?

«Es imposible que estemos escuchando un columpio en la buhardilla» de Juan Ramón Biedma: Unos niños se refugian en una casa abandonada huyendo del horror de la guerra civil con su maestra. Cada uno representa una parte de la futura sociedad. Encuentran en el desván a la criatura. Solo una niña es capaz de mirarlo a los ojos.

«Victoria» de Elia Barceló: Victor Frank sueña mirando las estrellas con un cohete que lo lleve lejos, a las estrellas, con su ansiada compañera.

«El hijo del agente naranja» de Clara Peñalver: En un Vietnam regado por el agente naranja, la criatura se da cuenta de que no es peor que el resto de seres humanos.

«16 de julio de 1974» de Espido Freire: Ese día nace una niña que buscará durante toda su vida, al mito, al hombre, a la criatura…

viernes, 28 de abril de 2017

LOS MONSTRUOS DE MIDWAY


¿SORPRESAS EN PERSPECTIVA?

12 de julio de 2037 (UN). El entrenador Rattler Renfro, en su primera conferencia de prensa, ha prometido a la afición que los Chicago Bears, después de 15 temporadas sin conseguir el Campeonato, ofrecerán una nueva imagen en la Liga que se avecina. Cuando se le preguntó la razón por la que, durante los entrenamientos, el estadio permanece cerrado tanto para la prensa como para el público, Renfro se limitó a sonreír y responder escuetamente: «Sin comentarios».

LOS BEARS DEBUTAN CON UN 76-O

4 de septiembre de 2037 (AP). La «nueva imagen» de los Chicago Bears se reveló esta tarde con una victoria sobre los ganadores de la Super Bowl del año pasado, los North Dakota Timberwolves, por un tanteo que supone el récord absoluto de la Liga; 76-0. Los Timberwolves partían como favoritos en los pronósticos con 22 puntos de ventaja.
El entrenador Rattler Renfro puso en juego una línea delantera totalmente renovada, consistente en cinco novatos, ninguno de los cuales había jugado anteriormente al fútbol americano. Son el extremo derecho Jumbo Smith (dos metros veintitrés centímetros, 225 kilos de peso), el interior derecho Willie «Ballena» McPherson (dos treinta y nueve, 211 kilos), el centro Hannibal Cohen (dos cincuenta y dos, 232 kilos), el interior izquierdo «Montaña» O'Mara (dos treinta y cuatro, 209 kilos), y el mayor de todos, el extremo izquierdo «Enano» Tackenheim (dos metros sesenta y dos de estatura, y 262 kilos de peso).
 «Diablos, hasta yo podía haber pasado por los huecos que abrían esos tipos en nuestra línea defensiva», dijo el entrenador de los Timberwolves, Rocket Ryan. «No sé dónde los encontró Renfro, pero son sencillamente terroríficos.»
 Después de tres décadas de eclipse, parece que los Bears vuelven a ser los Monstruos de su estadio de Midway.

88-7, CUARTA VICTORIA CONSECUTIVA DE LOS BEARS

2 de octubre de 2037 (AP). «¡Esos tipos no son humanos!», dijo el zaguero de los Montana Buttes Jocko Schmidt desde su lecho en el hospital, después de que su equipo perdiera por un humillante 88-7 a manos de los Chicago Bears. «¡Ese Tackenheim debería estar en un zoo, y no en un campo de fútbol!»

LA NFL INVESTIGA ACUSACIONES

24 de octubre de 2037 (UN). La National Football' League ha anunciado que se está investigando una presunta conexión entre el ganador del Premio Nobel, doctor Alfredo Rathermann, y los Chicago Bears. Rathermann, que obtuvo el galardón por sus experimentos sobre reanimación de tejidos orgánicos muertos, declinó hacer comentarios.
George Halas VI, propietario y gerente general de los Bears, que lideran su división con siete victorias y sin derrota, calificó de «ridículas» las acusaciones.

LOS BEARS SE ASEGURAN EL TÍTULO Y PIENSAN YA EN LA SUPER BOWL

25 de diciembre de 2037 (UPI). Los Chicago Bears celebraron la Navidad arrasando a los Mississippi Riverboats por un resultado de 68-3, convirtiéndose así en el primer equipo de la NFL en el presente siglo que concluye la temporada regular sin ninguna derrota ni empate. Los Monstruos de Midway sembraron el terror, y su línea delantera abrió hueco tras hueco, por los que penetraron los zagueros de Chicago.
El entrenador Rattler Renfro, en la rueda de prensa posterior al encuentro, alabó a los Riverboats y dijo que pensaba ya en los playoffs. Al ser preguntado sobre la investigación en curso respecto a tratos entre los Bears y el doctor Alfredo Rathermann, se encogió de hombros y respondió: «Eh, yo sólo soy el entrenador. Sobre ese tema deberían preguntar al presidente».

¡RATHERMANN CONFIESA!

28 de diciembre de 2037 (UPI). El laureado Nobel Alfredo Rathermann celebró una conferencia de prensa conjunta con Roger Jamison, presidente de la National Football League, y admitió que los cinco nuevos fichajes de la delantera de los Chicago Bears son en realidad estructuras científicas creadas con fragmentos y tejidos de otros seres humanos.
Esta revelación valdrá con seguridad un nuevo Premio Nobel al doctor Rathermann, pero hasta el momento sigue sin conocerse un dato más trascendental: si se permitirá a los jugadores Smith, McPherson, Cohen, O'Mara y Tackenheim participar en los próximos playoffs de la NFL. El presidente Jamison prometió una normativa nueva antes del enfrentamiento de los Bears con Las Vegas Gamblers, dentro de once días.

LA NFL LEGISLA SOBRE LOS «MONSTRUOS»

3 de enero de 2038 (AP). El presidente Roger Jamison celebró una conferencia de prensa esta mañana para explicar la decisión de la NFL sobre la línea delantera de los Chicago Bears.
 «Después de exhaustivas reuniones con nuestros asesores jurídicos y con el Sindicato de jugadores de la NFL, hemos enmendado las reglas para señalar que el fútbol es un deporte jugado por seres humanos naturales», señaló el presidente Jamison. «Sí permitiéramos la participación de una interminable serie de creaciones del doctor Rathermann, pronto llegaría el día en que en la lista de jugadores de la NFL no habría ni un solo ser humano natural, y aunque es cierto que los partidos ganarían notablemente en interés, nos preguntamos si el público está preparado en los momentos actuales para un cambio de esa envergadura.»
 «Sin embargo -añadió-, nuestros asesores nos informan de que no existe base legal suficiente para negar a Smíth, McPherson, Cohen, O'Mara y Tackenheim, el derecho a jugar en la competición post-Liga de este año, puesto que las reglas se han cambiado después de que la lista de jugadores de los Bears recibiera la conformidad oficial.»
 Los propietarios de los restantes 47 clubs de la NFL han presentado una protesta formal, y exigen que se impida a los jugadores en cuestión participar en los inminentes playoffs.

LOS BEARS VENCEN POR 77-10 Y SE CLASIFICAN PARA LA FINAL

15 de enero de 2038 (UPI). Los Chicago Bears vencieron a los Hawai Volcanos por 77-10 esta tarde y se clasificaron para la final de la Super Bowl. Para ello debieron remontar un 10-0 adverso en el primer cuarto, después de que el Tribunal Supremo revocara el interdicto que impedía jugar a los delanteros Smíth, McPherson, Cohen, O'Mara y Tackenheim. El veredicto se hizo público a la 1.37 de la tarde, y a la 1.43 los Bears tomaron la delantera en el marcador, para no perderla ya en el resto del partido.

«LOS MONSTRUOS NO NOS ASUSTAN», DICE MCNAB

22 de enero de 2038 (UPI). A tan sólo una semana vista de la final de la Super Bowl, y con los Chicago Bears como favoritos en los pronósticos con 45 puntos de ventaja, Terry McNab, el entrenador de los Alaskan Malamutes, ha declarado que su equipo no teme a los Monstruos de Midway, y se manifestó optimista respecto al resultado del encuentro.
Cuando se le preguntó cómo podrá frenar su línea defensiva, con una media de 122 kilos por hombre, a los delanteros de los Bears, se limitó a sonreír y dijo que estaba preparando una estrategia especial.
Los Bears podrían alcanzar 50 puntos de ventaja en los pronósticos, en el momento del comienzo del partido.

MCNAB NO ASISTE A LOS ENTRENAMIENTOS

24 de enero de 2038 (UN). El entrenador Terry McNab faltó esta tarde a los entrenamientos de los Alaskan Malamutes. Los responsables del club han declinado hacer ningún comentario.

RATHERMANN REAPARECE

26 de enero de 2038 (UN). El Nobel Alfredo Rathermann, que había permanecido oculto en paradero ignorado desde el pasado 28 de diciembre, fue visto en las instalaciones del estadio de los Alaskan Malamutes, observando los entrenamientos del equipo ante su encuentro de la Super Bowl frente a los Chicago Bears.
Cuando se le preguntó si estaba interesado de forma especial en el encuentro, Rathermann respondió que su interés era «estrictamente profesional». Más tarde se le vio almorzando con el entrenador McNab y los propietarios de los Malamutes.

LOS BEARS ACUDEN A LOS TRIBUNALES
PARA IMPEDIR LA PRESENCIA DE MCNAB EN LA SUPER BOWL

28 de enero de 2038 (AP). Después de la revelación de que el cráneo del entrenador Terry McNab alberga ahora dos cerebros -el suyo propio y el del profesor Steven Hawking, conservado en hibernación desde su fallecimiento en 1998-, los Chicago Bears han acudido a los tribunales en un intento de impedir la presencia de McNab en la banda, en la final de mañana de la Super Bowl.
El médico de McNab, doctor Alfredo Rathermann, calificó de «malos deportistas» a los propietarios de los Bears, y señaló que, como McNab no jugará, su presencia no supone ningún quebrantamiento de la controvertida nueva regla de la NFL.
«Por lo demás -señaló McNab en una rueda de prensa convocada a última hora-, sigo siendo el mismo hombre de 57 años de edad y 68 kilos de peso de la semana pasada. ¿Qué amenaza puede significar para los Bears el hecho de que comparta el cerebro del difunto doctor Hawking? ¿Me parezco yo a uno de los Monstruos de Midway?»

EL TRIBUNAL FALLA EN FAVOR DE MCNAB

28 de enero de 2038 (UN). El Tribunal de Distrito ha fallado que la presencia del entrenador Terry McNab no entra en conflicto con las nuevas normas de la NFL, y se le permitirá estar presente en la campo cuando los Alaskan Malamutes, en desventaja de 53 puntos en los pronósticos, se enfrenten a los Chicago Bears mañana en el Super Bowl.

LOS MALAMUTES DERROTAN CONTRA PRONÓSTICO A LOS BEARS, POR 7-3

29 de enero de 2038 (AP). En uno de los resultados más sorprendentes de todos los tiempos, los Alaskan Malamutes han vencido a los Chicago Bears por 7-3 en la LXXIII Final de la Super Bowl.
Mediante el empleo de formaciones no ortodoxas y con ataques desde ángulos extraños, la nueva «Defensa Vector» consiguió quebrar la presuntamente imparable racha victoriosa de los Bears. El zaguero Pedro Cordero, tras recibir un pase de Bennie Philander en la esquina, desde una distancia de nueve metros, obtuvo el ensayó decisivo a los 3 minutos y 12 segundos del último cuarto.
Al ser preguntado sobre cómo había conseguido penetrar en la tan alabada linea delantera de los Bears, el único comentario del entrenador Terry McNab fue: «E = MC2».

IMPORTANTE REESTRUCTURACIÓN DE LOS BEARS

19 de febrero de 2038 (UN). Tras su devastadora derrota en la final de la Super Bowl, los Chicago Bears han cesado al entrenador Rattler Renfro, y dado la carta de libertad sin condiciones a los delanteros Jumbo Smith, Willie «Ballena» McPherson, Hannibal Cohen, «Montaña» O'Mara y «Enano» Tackenheim.
Los cinco jugadores han expresado su esperanza de iniciar una nueva carrera en la Federación Mundial de Lucha Libre.

Mike Resnick

miércoles, 14 de septiembre de 2016

EL GRAN LABERINTO


En una ciudad se está celebrando un partido de fútbol anunciado como el partido del siglo, pero su duración excede lo habitual, ya que los asistentes llevan una semana en el estadio, sin intención de salir.

Fisco y Jaiko, dos amigos, preocupados por la situación de sus familiares y por la extrañeza del caso deciden acudir a su librería preferida “El Pozo y el Péndulo” en busca de consejo, y el propietario les propone que vayan a buscarlos.

La gente parece hipnotizada y no quiere salir, olvidándose de lo que han dejado fuera. En el estadio conocen a dos hermanos, Sara y Arno, que también pretenden buscar ayuda, entonces una vendedora ambulante les da una cajita metálica para que la rellenen con ocho letras que serán las que abran la puerta principal y liberarán a la gente atrapada. Consiguen escapar del campo de fútbol y vuelven a la librería.

El librero les relata una extraña historia sobre un habitáculo de la librería que llama “El laberinto de las sirenas”, y que a Fisco y Jaiko les había llamado siempre la atención. Tenía un gato que se metió allí y volvió con una rosa en la boca y no se sabe de dónde procedía, animándoles así a buscar las letras en el laberinto para poder salvar a sus familiares.

A través del “laberinto de las sirenas” emprenderán diversos viajes por el espacio, el tiempo y la literatura y conseguirán las letras con ayuda de personajes como Don Quijote, Sherlock Holmes, Frankestein, Leonardo da Vinci, Oscar Wilde, Jan Patocka, etc...

En esta novela el filósofo y escritor Fernando Savater nos habla de la libertad y de las
facultades que sirven para alcanzar la felicidad del alma. Para ello, se va a servir de los viajes que realizan los muchachos, abarcando su arco temporal desde el siglo V a. C, donde encuentran una caravana con el pensador Lao Zi, hasta el siglo XX con el filósofo Jan Patocka, aunque el orden de estos viajes no responde a ningún criterio de tipo cronológico. El librero Don Pantaleón y la vendedora ambulante serán los guías de los muchachos, además de los personajes que van encontrando en los distintos viajes.

La novela se rige por un lenguaje sencillo, de fácil lectura, a excepción de algunos cultismos y léxico especializado. La voz del narrador intenta llegar al lector sin ninguna dificultad con el fin de que este no abandone la lectura. El estilo, aunque sencillo, cambia en conforme los personajes que surgen a lo largo de la novela: cervantino en los diálogos de Don Quijote y Sancho; un estilo típico de Conan Doyle con Holmes. 

jueves, 25 de agosto de 2016

EL APRENDIZ DE DIOS


Este mes se han cumplido 200 años de cierta reunión que tuvo lugar en Suiza y que dio origen a una variante del mito de Prometeo, que se rebela contra Dios, al crear el personaje de Frankenstein.



Todos conocernos la historia del aprendiz de brujo, el joven que estudiaba para ser un mago e intentó utilizar la magia de su amo para ahorrarse trabajo..., pero luego se dio cuenta de que no podía controlar la magia, El poema original es obra del escritor alemán Wolfgang von Goethe. El músico francés Paul Dukas se inspiró en él para escribir en 1897 una encantadora composición, que más tarde fue adaptada, de forma todavía más encantadora, por Walt Disney, en su película de dibujos animados Fantasía.
La historia resulta muy divertida, sobre todo porque el pobre aprendiz es rescatado finalmente por el mago, y todos podemos reír a gusto de sus desgracias; pero en el fondo sentimos cierta intranquilidad al verla, porque muy bien podría ocurrir que la hurnanidad estuviera desempeñando el papel de aprendiz de Dios.
Hemos aprendido mucho sobre el Universo y somos capaces de hacer cosas que parecerían magia a nuestros antepasados. Sin duda, si un cruzado del siglo XII apareciera en nuestro mundo sin previo aviso y viera los aviones a reacción, la televisión y las máquinas computerizadas, creería que todo aquello era brujería y, casi con toda probabilidad, magia negra; y se santiguaría mil veces para encomendar su alma a Dios y pedir su protección.
Casi podemos llegar a convencernos de que hemos usurpado los poderes divinos de creación, o al menos los hemos tomado a préstamo para establecer nuestro propio dominio de la naturaleza; y del mismo modo que le ocurrió al aprendiz de brujo, somos lo bastante listos para utilizar esos poderes, pero no lo bastante sabios para controlarlos. Si miramos hoy el mundo que nos rodea, ¿no vemos acaso que la tecnología se ha hecho independiente de nosotros y, lenta pero inexorablemente, ha empezado a destruir el medio ambiente y la habitabilidad del planeta?
Tal vez el ejemplo más claro del sueño de la humanidad de usurpar los poderes de Dios sea la creación de un ser humano artificial. En el relato bíblico de la Creación, el nacimiento de la humanidad constituye el remate de toda la historia. ¿Puede la humanidad creada dedicarse a continuación a crear por sí misma una humanidad subsidiaria? ¿No sería ése el ejemplo extremo del presuntuoso orgullo del aprendiz de Dios, y no merecería el hombre ser castigado por ello?
Profundicemos un poco más en el tema.
Se han empleado varios términos para referirse a los seres humanos artificiales. Por ejemplo, autómata (que se mueve por sí mismo), homúnculo (ser humano pequeño), androide o humanoide (parecido al hombre). En 1921, el escritor checo Karel Capek introdujo en su obra teatral R.U.R. el término robot, una palábra checa que significa «esclavo».
Los dos términos que mayor difusión han tenido para designar a los seres humanos artificiales han sido, por encima de todos los demás, robot, y en segundo lugar, a considerable distancia, androide. En las historias modernas de ciencia-ficción, existe una diferencia entre los dos términos: se llama robot al ser humano artificial construido en metal, en tanto que androide es el fabricado con una sustancia orgánica que tiene la apariencia externa de la carne y de la sangre.
Curiosamente, en R. U.R., el drama en el que Chapek acuñó la voz robot, los seres humanos artificiales así llamados eran, de hecho, androides.
Pero, a despecho de la incomodidad que sentimos los humanos ante el hecho de la creación de otros seres humanos artificiales (los viejos relatos de ciencia-ficción solían afirmar: «existen cosas que los humanos no deben conocer»), el sueño de una creación de ese género es tan antiguo como la literatura.



En la Ilíada se describe cómo el dios herrero de los griegos, Hefesto, tenía unas muchachas de oro que le ayudaban en su trabajo, podían desplazarse a voluntad y tenían inteligencia. Robots perfectos.
También en la isla de Creta se suponía que existía un gigante de bronce, Talos, que daba vueltas sin cesar por las costas de la isla, dispuesto a combatir contra cualquier enemigo quese aproximara a ella. En este caso, Talos era seguramente una metáfora para designar a la flota cretense (la primera que el mundo conoció), cuyos guerreros armados con espadas de bronce protegían la isla de los invasores.
Esos robots míticos eran creaciones divinas y podían ser utilizados sin inconvenientes, tanto por los propios dioses como por los humanos, bajo la dirección de los dioses. Sin embargo, llegó un momento en que se empezó a hablar de humanos como creadores de una vida pseudobumana.
En las leyendas judías se habla de robots llamados golems (término hebreo que significa «masa informe», para significar que no fueron formados con la precisión que cabe esperar de la creación divina). Los golems eran de arcilla y cobraban una especie de vida a la mención del Santo Nombre de Dios. El golem más famoso es el que se afirma que fabricó, hacia el año 1500, el rabí Judá Loew, en Praga. Como cabía esperar, se convirtió en un peligro, y hubo de ser destruido.
Pero también el golem es una creación pseudodivína, bastante peligrosa pero aún no enteramente construida por el hombre. Mientras tanto, se iba desarrollando poco a poco una ciencia secular, y corrían rumores sobre alquimistas medievales que habían intentado crear vida sin ninguna clase de ayuda divina. El caso más famoso fue el de Alberto Magno, en el siglo XIII. Naturalmente, a pesar de los rumores, ninguno de ellos tuvo éxito.
En 1771 se produjo un punto de inflexión. En ese año, el anatomista italiano Luigi Galvani experimentó con músculos extraídos de las ancas de ranas, por supuesto muertas, y descubrió que una corriente eléctrica podía hacer contraerse aquellos músculos muertos como si estuvieran dotados de vida. (Todavía hoy hablamos de que algo ha sido «galvanizado» cuando se pone subitamente en acción a partir de un estado inerte.)
La electricidad constituía aún una fuerza nueva, de propiedades desconocidas en buena parte, y fácilmente pudo creerse que en ella'se encontraba la auténtica esencia de la vida. Empezó a parecer concebible que un cadáver, si se le infundía electricidad con la intensidad adecuada, pudiera revivir.
Las investigaciones relativas a la electricidad se galvanizaron (dicho sea con perdón), y en 1800 el físico italiano Alessandro Volta inventó la primera batería química, el primer instrumento capaz de producir una corriente eléctrica continuada, y no tan sólo chispas ocasionales. La posibilidad de la creación de vida parecía más próxima que nunca.
El poeta George Gordon (Lord Byron) se interesaba por las novedades científicas del momento, y conoció la existencia del fenómeno del galvanismo. Uno de sus mejores amigos era otro gran poeta lírico, Percy Shelley, y los dos pasaron juntos una temporada en Suiza, en 1816, con otras personas. También les acompañaba la joven esposa de Shelley, recién casada con él tras la muerte (por suicidio) de la primera mujer del poeta.
Esa joven era Mary Wollstonecraft; su madre, que llevaba el mismo nombre, era una famosa feminista, y su padre, William Godwin, un filósofo y novelista. Mary Shelley, como solemos conocerla, tenía diecinueve años en aquella época.
Una noche, en el curso de la conversación, Byron propuso que cada uno de ellos escribiera una especie de relato de fantasmas, sobre las bases que podía sugerir la «ciencia moderna». Lo que planteaba era que escribieran lo que hoy llamaríamos un «relato de ciencia-ficción»..
La propuesta no pasó adelante, salvo en el caso de Mary Shelley. Inspirada por la posibilidad de la creación de vida por medio de la electricidad, escribió Frankenstein, o el moderno Prometeo, que se publicó en 1818, cuando ella tenía veintiún años de edad.
El título es significativo. En los mitos griegos no son los dioses olímpicos quienes crean a los
humanos, sino Prometeo («el Previsor», una personificación de la inteligencia), un titán perteneciente a una generación de dioses más antiguos. Prometeo no sólo modelaba en barro á los seres humanos (como hace Dios en el libro del Génesis; porque en los tiempos de los viejos mitos, el barro era el material universal para la confección de la cerámica, y los dioses eran alfareros divinos) sino que introdujo en la humanidad el fuego del Sol, inaugurando de ese modo la tecnología.
El protagonista de Frankenstein era un científico suizo, Frankenstein, que aspiraba a ser un nuevo Prometeo y crear un nuevo género de seres vivientes por el procedimiento de galvanizar tejidos orgánicos muertos. Lo hizo, pero el resultado fue tan horripilante que abandonó a su destino al ser que babía creado, y sólo se refería a él llamándole «el Monstruo». El Monstruo, indignado ante la crueldad de aquel trato, mató a Frankenstein y a toda su familia, y al terminar la novela huía hacia el misterioso Ártico.
Es interesante destacar el aspecto «aprendiz de brujo» de la narración. Frankenstein podía crear la vida, pero no controlar su creación. Aunque no podemos estar seguros de lo que pensaba al respecto Mary Shelley, parece insinuarse una comparación con la Creación original. Dios creó la humanidad, pero sin duda ha perdido el. control de sus criaturas, porque éstas pecan de modo incesante. Puede parecer incluso que Dios se ha desentendido de la Creación, disgustado con nosotros, y nos ha dejado abandonados a nuestro sino.
Lo importante de Frankenstein es que se trata del primer cuento en el que la vida se crea sin intervención divina, únicamente por medios materiales. Por esa razón, algunos críticos la han llamado la primera novela de ciencia ficción.
Conviene recordar que la novela fue escrita por una mujer de veintiún años, inmersa en las convenciones de la literatura romántica. El estilo es florido y retórico y contiene internminables descripciones de viajes. A pesar de todo, su popularidad fue enorme desde el mismo momento de su aparición.
No cabe duda, con todo, de que para la mayoría de las personas la popularidad de la historia se basa en la película inspirada en ella, del año 1931. Yo mismo vi la película muchos años antes de leer el libro, y quedé asombrado al ver las diferencias existentes entre ambos.
En la película, se coloca en el cuerpo el cerebro de un crirninal, algo que no ocurre en el libro y que, de haberse suprimido de la película, no habría causarlo el menor trastorno a la historia. En el libro, el Monstruo es un ser culto e inteligente, plenamente capaz de expresarse con el mismo romanticismo que cualquier otro personaje; en la película, el Monstruo únicamente habla por medio de gruñidos. Además, en la película, aunque Frankenstein era asesinado igual que en el libro, los productores cambiaron el guión antes del estreno y dieron a la historia un final feliz, al menos para Frankenstein. En cuanto al Monstruo, en lugar de escapar al Artico al final, en la película muere, aunque más tarde fue resucitado para protagonizar un gran número de secuelas, de las que tan sólo una, La novia de Frankenstein, tenía algún valor. A pesar de algunas torpezas, la película Frankenstein sigue siendo la película de horror de mayor éxito de todos los tiempos, con la única competencia de King Kong, producida en 1933.
El éxito de Frankenstein se debió además a la espléndida caracterización de Boris Karloff, que a partir de ese papel ascendió de inmediato y para muchos años al estrellato. Karloff compuso un Monstruo atemorizador, sin resultar grotesco ni repulsivo; de hecho, representó con tal habilidad su papel que era imposible no sentir simpatía por el personaje. Resultaba evidente que su intención era buena, y sólo su ignorancia del mundo hizo que matara a la pequeña. Creyó que flotaría en el agua: igual que las flores.



En este aspecto la película seguía el libro, porque en el libro el Monstruo era enteramente inocente desde el principio. Traído a la vida por la acción de Frankenstein, el Monstruo fue abandonado debido únicamente a su peculiar aspecto, que no era culpa suya. De hecho, en el libro el Monstruo es tratado de forma tan indigna que uno no puede dejar de.pensar que el asesinato de Frankenstein está justificado. (Y de nuevo no podemos dejar de preguntarnos si Mary Shelley -recordemos que fue educada por un padre que era un filósofo racionalista, poco propenso a la piedad irreflexiva- pretendía expresar la idea de que Dios ha tratado injustamente a la humanidad a lo largo de toda la historia, y que ha añadido el insulto a la injuria, de creer a sus representantes en la Tierra, al cargar todas las culpas sobre la víctima y liberarse a sí mismo de toda responsabilidad.)
Es interesante observar que. en King Kong el monstruo es presentado también bajo una luz simpática. De hecho, con tanta simpatía que al final, en la inolvidable escena en que lucha contra los aviones desde su atalaya en la punta del Empire State Building, cuando consigue derribar a uno de sus atacantes y dar muerte a un piloto americano, el público aplaude. Al parecer, la reacción cogió a los productores totalmente por sorpresa y les forzó a cortar algunas escenas en las que King Kong resultaba bastante menos simpático.
No debe suponerse que aquellos productores fueran unos cerebros privilegiados que captarán al vuelo la posibilidad de amasar millones presentando a los «villanos» en tres dimensiones y bajo una luz más o menos favorable. Desde entonces se ha producido un número increíble de películas en las que los buenos y los malos aparecen dibujados con trazos tan gruesos y contrastados que nadie, que tenga una edad mental superior a los doce años, puede encontrar en ellas ninguna diversión. Y, sin embargo, se espera que den dinero.
Por favor, lea Frankenstein insólito como una alegoría y medite sobre su significación para la historia del hombre, y sobre cómo afecta a la situación de la humanidad en este mismo instante; si en efecto «hay ciertas cosas que la humanidad nunca debía conocer», y si existe alguna forma de escapar de la desafortunada posición de aprendices de Dios. En definitiva, si después de haber adquirido la inteligencia suficiente para desarroliar la tecnología avanzada de que disponemos, podremos tener además la sabiduría necesaria para hacer un buen uso de ella.

Isaac Asimov, prólogo a Frankenstein insólito

martes, 21 de junio de 2016

TERROR EN EL LABORATORIO: DE FRANKENSTEIN AL DR MOREAU


                Esta exposición del Espacio Fundación Telefónica profundiza en los experimentos científicos y las creaciones arquetípicas del S.XIX, así como en las derivas iconográficas de Frankenstein y otros seres como Mr. Hyde, el Hombre invisible o las criaturas del doctor Moreau.
El verano de 1816, los escritores Lord Byron, Mary y Percy Shelley y John Polidori, entre otros, se reunieron en Villa Diodati, cerca del lago Leman, en Suiza, para pasar sus vacaciones. El mal tiempo por la erupción del volcán Tambora, en Indonesia, provocó grandes anomalías climáticas en todo el mundo y obligó a los escritores a encerrarse en la villa. Para entretenerse, decidieron contar historias de terror y de este encuentro surgió la que hoy es una de las mejores obras literarias de terror de la historia: Frankenstein de Mary Shelley, un clásico de la literatura del siglo XIX y un pilar de la cultura occidental.

El Espacio Fundación Telefónica conmemora los 200 años de este encuentro con  una exposición que reflexiona sobre la época en la que diferentes personajes ideados por escritores tan reconocidos como Stevenson, Wells, Hoffmann o Villiers de L`Isle-Adam, se convirtieron en iconos de la literatura de ciencia ficción.


Una literatura que está representada en la exposición a través de seis grandes obras: Frankenstein o el Moderno Prometeo, de Mary Shelley, La Isla del Doctor Moreau, de H. G. Wells, El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, de R. L. Stevenson, El Hombre Invisible, de H. G. Wells, El Hombre de la Arena,  de E. T. A. Hoffmann o La Eva Futura, de Auguste Villiers de L`Isle-Adam. Obras que trataban temas tan atemporales que siguen teniendo vigencia hoy como la genética, la robótica o la inteligencia artificial. Estos asuntos polémicos hunden sus raíces, en muchos casos, en esa imagen fáustica del científico como imagen última de Adán que, por buscar el conocimiento, recibió el castigo de la expulsión del Paraíso.

La muestra analiza también los antecedentes reales que van más allá de la propia historia literaria y el contexto que los rodeaba a finales del XIX. Un contexto en el que se parte del laboratorio como lugar de creación donde el científico, enajenado, juega a ser Dios con resultados terroríficos encarnados en una criatura antropomorfa que puede ser un monstruo, su doble o un autómata.



EL DOBLE es el primer bloque de la exposición y aborda la materialización del lado oscuro o la invisibilidad como método de refracción. El romanticismo se interesa especialmente por el fenómeno del doble como materialización del lado oscuro y misterioso del ser humano (lo que Jung llamará la Sombra). De este interés surgen icónicos protagonistas en varias obras literarias de ciencia ficción y literatura fantástica. Robert Louis Stevenson publica en 1886 El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Quizás uno de los ejemplos literarios más brillantes de doble fantasmagórico generado por la escisión del individuo y la encarnación de su ego reprimido. Stevenson se hizo eco de la doble moral propia de la sociedad victoriana, cuyos destacados miembros podían dejarse llevar por los vicios nocturnos (alcohol, violencia, juego, prostitución o drogas). H.G. Wells publica por su parte en 1897 El Hombre Invisible, una de las principales novelas de ciencia ficción, donde intenta esbozar un método “realista”: no se limita sólo a la transparencia, sino que también manipula la refracción.

El segundo de los bloques, el dedicado a EL AUTÓMATA, realiza un recorrido por la invención de criaturas mágicas y carentes de alma como las máquinas capaces de reproducir a la perfección el aspecto y comportamiento humano. Las obras literarias que lo escenifican son El Hombre de la Arena, el relato más popular de E.T.A. Hoffmann, en el que narra el enamoramiento de un joven hacia una autómata carente de alma que le lleva a locura. Otra de las obras destacadas es La Eva Futura, de Auguste Villiers de L`Isle-Adam, en la que el autor crea una bella mujer androide causante de un amor espiritualmente superior.



     El último está dedicado al personaje de EL MONSTRUO, cuyo principal ejemplo es Frankenstein o el Moderno Prometeo, de Mary Shelley, obra de terror gótico de la que una figura esencial en la literatura y la cultura popular. La novela pionera de Shelley planteaba la analogía entre científico y creador divino, combinando el terror gótico con planteamientos propios de la ciencia ficción moderna. Con Frankenstein nació una figura esencial en la literatura y la cultura popular: la del científico loco, el doctor chiflado. La novela de Mary Shelley se inspiró tanto en el mito de Prometeo, en El Paraíso Perdido de Milton, en los experimentos de Luigi Galvani con la electricidad en los músculos y en las especulaciones de Erasmus Darwin sobre la reanimación de microorganismos muertos. Sin embargo, la novela tiene un trasfondo es profundamente moralista, ya  que la osadía prometeica de Victor Frankenstein le acarrea terribles consecuencias. La creación de seres artificiales es una invención tan prodigiosa para unos como ofensiva para otros.

La vivisección fue también otra gran protagonista de la crónica científica del siglo XIX. Las prácticas de François Magendie y Claude Bernard provocaron protestas, pero sus descubrimientos sentaron las bases de la fisiología experimental. Pensadores como Jeremy Bentham o Schopenhauer manifestaron su rechazo, mientras que Darwin declaró sus dudas sobre si la vivisección podría ser tolerada. La Isla del Doctor Moreau, de H. G. Wells, cuyo hilo argumental está basado en los experimentos de un científico a caballo entre animales y seres humanos, demuestra que no lo consiguieron y ese debate sigue candente hoy en día.

jueves, 14 de abril de 2016

LOS RESTOS DE LA HOGUERA


Los libros volaban abiertos como pájaros asustados, tratando de escapar de las llamas. Uno tras otro, los arrojé con furia a la parte más caliente de la hoguera y contemplé cómo empezaban a arder antes incluso de aterrizar en ella.
Habíamos sacado todo lo que había en la Biblioteca Oscura, todos los tratados de alquimia, los grimorios, los frascos de cristal y los morteros de greda. Mi padre había ordenado que todo fuera destruido y, para ello, había pedido que nos ayudaran tan solo nuestros sirvientes más leales. Sin embargo, incluso con su ayuda nos había llevado muchas horas transportar todo su contenido al patio.
Era bien pasada la medianoche. No había más libros con que alimentar la combustión, pero mi cuerpo aún ansiaba tener a mano algo que arrojar, que destrozar. Merodeé por las orillas de la hoguera con una pala, arrojando los restos a medio quemar al centro de aquel infierno. Estaba ávido de destrucción. Miré a mi padre, a los sirvientes, sus rostros pálidos y aterradores en medio de aquel baile de luces y sombras.
Los muñones de los dos dedos que había perdido me palpitaban de dolor. El calor me abrasaba la cara y me llenaba los ojos de lágrimas. Aquella hoguera no tenía nada de particular, ni luces espectrales, ni siquiera el aroma demoníaco del azufre. Tan solo cristales rotos y papel quemado y tinta y cuero hediondo. El humo se elevó hacia el cielo otoñal, llevándose consigo todas las mentiras y las falsas promesas que tan estúpidamente creí que salvarían a mi hermano.
A la mañana siguiente desperté al alba con los cánticos de los pájaros y disfruté de un pequeño instante de dicha —brevísimo, como siempre— antes de recordar.
Está muerto. Realmente ha muerto.
Apenas había un atisbo de luz tras las cortinas, pero supe al instante que el sueño me había abandonado; así que me incorporé, con el cuerpo rígido por el esfuerzo de la noche anterior. El aroma del humo aún permanecía en mis cabellos. Posé los pies descalzos sobre el suelo frío y me quedé mirándome fijamente los pulgares. Los amortiguados latidos de dolor en mi mano derecha eran el único recordatorio de que el tiempo seguía pasando.
En las tres semanas que habían transcurrido desde la muerte de mi hermano gemelo, no había conseguido dormir profundamente, pero tampoco estar despierto por completo. Los acontecimientos se sucedían a mi alrededor, mas no me sucedían a mí. Konrad había compartido mis experiencias durante tanto tiempo que, sin él de confidente, nada parecía del todo real. Mi pena se había plegado sobre sí misma como si fuera una gran hoja de papel, tornándose cada vez más gruesa, más dura, hasta llenar mi cuerpo entero. Había estado evitando a todo el mundo y refugiándome en los lugares en los que sabía que podía estar solo.
La nuestra era una casa de cuervos, vestidos del luto más riguroso.
Cerré los ojos con fuerza durante un momento, pero luego me incorporé y me apresuré a vestirme. Quería salir. La casa aún dormía mientras yo caminaba hacia la gran escalera y abría la puerta que daba al patio. El cielo comenzaba a iluminarse sobre las montañas, el aire era cristalino y apacible. La hoguera se había extinguido y había dado paso a un pequeño montículo irregular de cenizas que ya apenas humeaban, y de greda hecha añico

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Se diría que había pasado una eternidad, pero hacía apenas tres meses que Konrad, Elizabeth y yo habíamos descubierto el pasadizo secreto a la Biblioteca Oscura. Era un almacén oculto de libros antiguos recopilados por nuestro antepasado, Wilhelm Frankenstein. Nuestro padre nos había prohibido terminantemente volver a ella y había dicho que aquellos libros estaban llenos de peligrosos disparates, pero cuando Konrad cayó enfermo y ningún médico se mostró capaz de sanarlo, me propuse encontrar una cura por mis propios medios. Uno de los libros de la biblioteca contenía la receta del legendario Elixir de la Vida. Con ayuda de nuestro querido amigo Henry Clerval, y bajo la guía de un alquimista llamado Julius Polidori, había emprendido la búsqueda de los tres ingredientes del elixir, cada uno más peligroso de obtener que el anterior. Miré mi mano derecha, mis dos dedos amputados. Pero, incluso después de todo lo que habíamos arriesgado, no había servido de nada.
Mientras contemplaba los patéticos restos de la hoguera, por primera vez sentí una punzada de arrepentimiento. Cuántas recetas y teorías durante largo tiempo deseadas…

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Recogí del suelo uno de los últimos restos humeantes de la Biblioteca Oscura. De entre el montón de escombros grises, algo de un rojo intenso resplandeció de pronto bajo la luz del sol. Entrecerré los ojos para ver mejor. Seguramente no fuera más que un trozo de cristal, pero cuando me acerqué me di cuenta de que era el lomo de un libro rojo, intacto por completo.
Con gran resolución, me obligué a dar media vuelta y dirigirme al castillo. Sin embargo, a mitad de camino mis pasos titubearon.
Ninguna clase de papel podría haber resistido el calor abrasador de aquellas llamas. ¿Cómo podía no arder un libro?
Tragué para deshacer el pesado nudo que me oprimía el corazón. Unos cuantos pájaros trinaron mientras volaban en las alturas. El patio seguía vacío, pero no pasaría mucho tiempo antes de que los sirvientes vinieran a limpiar los escombros.
Tomé una pala, me adentré entre las cenizas y con cuidado la deslicé bajo el objeto rojo. Lo elevé y lo deposité sobre el suelo de cantos rodados. Me arrodillé y contemplé su cubierta, maravillosamente decorada con volutas, pero en la que no se leían ni títulos ni nombres. Un libro que no ardía.
Aléjate.
Pero no pude resistirme. Me estiré para alcanzarlo y, tan pronto toqué la cubierta, una oleada de dolor me abrasó los dedos. Me retiré ahogando un grito. ¿Qué tipo de objeto demoníaco era aquel? Entonces, sintiéndome ridículo, me di cuenta de que el libro estaba hecho de metal y aún conservaba el calor del fuego.
Me lamí los dedos y agaché un poco más la cabeza. La ilusión óptica era muy astuta. En los cantos metálicos se habían grabado con mucha precisión unas líneas que asemejaban el borde de las páginas. Y, al entrecerrar los ojos, ahora pude ver que había una única junta que recorría todo el perímetro del libro, con dos bisagras ingeniosamente incrustadas en el lomo. Era, de hecho, un delgado contenedor de metal construido para asemejarse, y abrirse, justo como lo haría un libro.
Otro libro extraño de una sala llena de ejemplares extravagantes.
Me incorporé y le di un puntapié despectivo con la punta del zapato. ¿Por qué se molestaría nadie en fabricar un libro de metal…? A no ser que sus contenidos fueran de una importancia tal que tuvieran que sobrevivir al fuego.
No lo hagas.
Me apresuré a tomar un cubo de agua que había allí cerca y verter un poco sobre el libro de metal. Emitió un breve siseo. Luego saqué mi pañuelo, levanté con su ayuda el delgado libro y me lo metí en el bolsillo.
Ya en la intimidad de mis aposentos, abrí el libro de metal. Contenía unos compartimentos poco profundos tanto en el lado izquierdo como en el derecho.
En este último había unos cuantos bultitos enrollados en tela. Desenvolví el primero a toda prisa y contemplé lo que parecía una especie de colgante: un fino lazo de un metal delgado pero robusto con un adorno con forma de estrella en un extremo.
En el resto de paquetitos hallé unas piezas de metal más pequeñas, a todas luces forjadas por encargo, dada su complejidad. Una de ellas era una especie de pivote esférico articulado, y las demás se dirían piezas en miniatura del aparejo de un caballo. Estaban rígidos a causa del óxido pero, en cuanto los moví, se volvieron flexibles. Lo único que necesitaban era un poco de aceite aunque no tenía ni idea de para qué servían exactamente.
En el compartimento de la izquierda había un delgado pliego de páginas que habían sido arrancadas de un libro antiguo. La primera estaba impresa con una florida tipografía gótica. En lo alto, se leía:
Instrucciones del Tablero de Espiritismo
¿Qué demonios era un tablero de espiritismo? Hojeé las páginas y vi una serie de planos detallados para la construcción de una especie de aparato que precisaba de las piezas más extrañas que había visto en mi vida. En el centro de la máquina había un péndulo cuya plomada era el adorno con forma de estrella. Pasé las páginas hacia delante con impaciencia y encontré algunas inscripciones bajo el título «Conversar con los muertos».
Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Cuántas veces había deseado que aquello fuera posible, aunque fuera tan solo durante unos instantes? De repente, me descubrí leyendo con avidez. Sin embargo, apenas conseguí completar un par de líneas antes de apartar la vista, asqueado de mí mismo.
¿Por qué había rescatado aquel libro de la hoguera? No era más que un disparate medieval y, a diferencia del volumen alquímico en el que tanta fe había puesto, aquel ni siquiera pretendía aparentar el más mínimo barniz de ciencia o veracidad.
Con gran determinación, doblé el pliego de páginas arrugadas y las introduje de nuevo en su compartimento. Luego me apresuré a envolver una vez más las piezas metálicas. El péndulo con forma de estrella fue la última, y, en mi violenta premura, me pinché con una de sus puntas afiladas. Una gota de sangre se deslizó desde mi dedo al adorno y, en ese instante, fue como si el objeto cobrara vida en mi mano. Apenas experimentó un débil temblor, pero lo solté, asustado.
Ahora en su caja metálica, de nuevo era un objeto inerte…
… mas un objeto que albergaba un extraño poder en su interior.

Kenneth Oppel, Un Objetivo Perverso (El Aprendizaje de Victor Frankenstein, II)

jueves, 21 de mayo de 2015

LA GESTACIÓN DE UN MITO


Los rayos de sol habían empezado a entrar por la ventana del oeste. Mary Godwin dejó su pluma, apoyó la espalda en el asiento y se volvió hacia la ventana para contemplar las fachadas de las casas, los jardines y los gatos que paseaban sobre las verjas de Abbey Churchyard Lane.

[...] Mary agitó una página de su manuscrito en el aire para secar la tinta. Al parecer era la única que había recogido el guante del desafío lanzado por Byron aquella noche lluviosa hacía casi exactamente seis meses antes cuando ella, Claire, Polidori, Shelley y Byron estaban sentados en la gran sala del segundo piso de Villa Diodati, a orillas del lago Leman, después de que Shelley hubiera sufrido su ataque de nervios y hubiese salido corriendo de la estancia.

—¡Bien, creo que cada uno debería escribir una historia de fantasmas! —había dicho Byron cuando Shelley volvió a entrar en la sala y el momento de incómoda tensión se hubo desvanecido—. Averigüemos si somos capaces de hacer algo con esa criatura de barro que ha estado siguiendo al pobre Shelley de un lado para otro.

Mary había tenido una pesadilla poco tiempo después. Una silueta parecía estar inmóvil junto a su cama, y al principio creyó que era Shelley, pues se le parecía mucho, pero no había sido él y cuando el horror la hizo erguirse en el lecho la silueta se esfumó tan bruscamente como había aparecido.

Había utilizado aquella visión como base de la novela donde narraba la historia de un estudiante de ciencias naturales que creaba un hombre a partir de miembros sin vida, y lograba dotar a la criatura de una vida antinatural usando medios científicos.

Shelley había mostrado mucho interés por la historia. La animó a escribirla, y le dio plena libertad para que la ampliara utilizando incidentes de su propia vida. Mary le tomó la palabra y la historia casi había acabado convirtiéndose en una biografía de Shelley, así como en una crónica del miedo que le inspiraba la idea de estar siendo perseguido por alguna especie de doble de sí mismo, un gemelo temible que estaba destinado a terminar con las vidas de todos aquellos que amaba.

Shelley incluso le había sugerido el nombre del protagonista, una palabra alemana cuyo significado era algo así como la piedra cuya tarifa de viaje está pagada de antemano. Mary habría querido utilizar un apellido algo más inglés, pero Shelley parecía dar mucha importancia al que le había propuesto y, obedientemente, había acabado bautizando a su protagonista como Frankenstein.
La historia se desarrollaba en los lugares de Suiza donde él y Mary habían vivido, y el nombre del hermano pequeño del protagonista asesinado por el monstruo era William, el mismo del hijo que Mary había concebido de Shelley; las áreas de la ciencia relacionadas con el proceso de dar vida al monstruo eran aquellas con las que Shelley estaba familiarizado, y los libros que leía eran los que Shelley había estado leyendo por aquella época.

Mary se basó en la descripción del intruso al que había herido en su casa de Escocia el año 1813 para escribir una escena en la que el rostro del monstruo era visto al otro lado de la ventana de una posada observando a su creador, quien más tarde intentaba matarle de un disparo sin conseguirlo; aunque cuando Mary solicitó su ayuda Shelley pareció vacilar y acabó pidiéndole que omitiera ciertos detalles. La descripción física del monstruo no podía ser la de la criatura contra la que Shelley había disparado en aquella ocasión —Mary recordaba el dibujo de memoria que había hecho aquella noche en Suiza, y cómo había trastornado a Claire y Polidori—, y por alguna razón inexplicable no podía mencionar el hecho de que durante el encuentro Shelley había sufrido una luxación muscular en el costado, allí donde estaba la cicatriz que corría por debajo de sus costillas.

Albergaba la esperanza de que el libro acabaría siendo publicado, pero ya tenía la impresión de que había cumplido el objetivo principal que se propuso al escribirlo. El libro parecía haber servido para exorcizar los extraños temores de Shelley. Desde que habían vuelto a Inglaterra y había puesto la historia por escrito Shelley estaba mucho más tranquilo. Era como si Mary hubiera ido sacando uno por uno los temores de Shelley del interior de su cabeza y los hubiese transferido a la novela.

viernes, 13 de marzo de 2015

EL QUIJOTE Y EL MOLINO DE VIENTO

EL primer robot del Mundo iba caminando sobre verdes colinas, destellante su bruñida metálica envoltura por los rayos del Sol. Su andar tenía una gracia casi felina, y sus pasos eran silenciosos... si bien se podía sentir vibrar la tierra desvanecidamente, bajo el impacto de aquella formidable masa, y estremecerse tenuemente el aire por el latido del gran motor que le marcaba el compás.
ÉL. No se podía pensar en el robot como en un ser neutro. Tenía la brutal virilidad de un fusil naval o de un alto horno. Toda la suave elegancia del perfecto diseño y construcción no ocultaban el peso y la fuerza de una estatura de dos metros y medio. Sus ojos fulguraban, como por brasas interiores de incandescentes átomos; podían ver en cualquier gama de frecuencia que escogiera; podía dirigir a un cuerpo un haz de rayos X y registrarlo por completo con aquellos terribles ojos. Lo habían construido humanoide, pero habían tenido el buen gusto de no darle un rostro; tenía los ojos, con sus cuencas para lentes extra cuando necesitaba una visión microscópica o telescópica, y otros pequeños orificios sensoriales y vocales, pero por lo demás su cabeza era una máscara de reluciente metal.
Humanoide, mas no humano –creación del hombre pero más que el hombre, la primera máquina independiente, volitiva, no especializada-, pero habían soñado en ella hacía tiempo; antes había sido el genio en la botella o El Golem, la cabeza de bronce de Bacon, o el monstruo de Frankenstein, la trascendente criatura del hombre, que podía servir o destruir con la misma facilidad despectiva.
Caminaba bajo un límpido y destellante cielo estival, sobre campos luminosos y a través de bosquecillos que danzaban y susurraban al viento. Las casas de los hombres estaban esparcidas aquí y allá, casas que prácticamente cuidaban de sí mismas; allá en el horizonte se encontraba una gigantesca, que era una fábrica casi automática de artículos alimenticios; la sobrevolaban unos cuantos vehículos de pilotaje automático. Se divisaban seres humanos, hombres atezados por el Sol. Sus mujeres e hijos iban a hacer sus recados, con holgadas vestiduras de vivos colores que flotaban a la brisa. Unas cuantas personas parecían estar trabajando: había un colorista experimentando una nueva armonía cromática; un compositor sentado en su porche que arrancaba notas a un instrumento omnimusical, y un grupo de ingenieros dentro de un laboratorio de muros transparentes probando algunos mecanismos. Pero con el período de trabajo normativo de aquellos días, la mayoría descansaba. Una partida de campo, un baile bajo los árboles, un concierto, una pareja de enamorados, un grupo de niños entregados a uno de los inmemorialmente antiguos juegos de su edad, un viejo en feliz reposo con un libro y una botella de cerveza... la raza humana andaba despreocupada.
Veían pasar al robot, y a menudo se hacía un gran silencio al paso de su tremenda sombra. Sus detectores electrónicos captaban los apresurados latidos que significaban nerviosismo, y leve desasosiego... oh, ellos confiaban en los hombres cibernéticos, no los consideraban monstruos devoradores, pero se interrogaban. Sentían la vieja inseguridad del hombre ante lo ajeno y desconocido; en lo profundo de sus mentes se preguntaban qué buscaba el robot, y qué podía significar su nueva e invencible raza para los moradores de la Tierra... y luego, quizá, cuando su destellante masa se retiraba sobre las colinas, reían y lo olvidaban. El robot siguió su camino.

No había muchos clientes en el Casanova a aquella hora. Después de la puesta del Sol la taberna se llenaría y los autodistribuidores funcionarían ininterrumpidamente, pues presentaba un espectáculo viviente y la televisión estaba ya pasando de moda. Pero en aquellos momentos sólo estaban presentes quienes al paso tomaban algún trago por la tarde, y algunos recalcitrantes bebedores.
El establecimiento estaba apartado, en una boscosa ladera y rodeado por jardines con un amplio aparcamiento. Su porche encolumnado era largo, bajo y gracioso; en el interior se estaba a la fresca sombra y en un ambiente muy tranquilo; y el aire general de decoro, debido por entero a la momentánea falta de clientela, duraría probablemente hasta el anochecer. El encargado, se había ido a sus asuntos, y las muchachas no consideraban que mereciera la pena andar rondando hasta más tarde, por lo que el Casanova se encontraba ahora completamente a cargo de sus máquinas.
Dos hombres estaban dando un buen trabajo a su autodistribuidor. Apenas acababa de servir una bebida, le era introducida una nueva moneda para otra. El hombre más pequeño estaba bebiendo whisky con soda, y el de mayor estatura se servía de la cerveza más fuerte, y ambos estaban ya poco menos que trompas.
Estaban sentados en una esquina desde la cual podían mirar a través de la puerta abierta, pero su atención estaba dirigida a las bebidas. Era una de esas curiosas amistades de bar que brotan entre los más diversos tipos. Al día siguiente apenas se recordarían, pero en la ocasión se contaban sus cuitas.
El tipo pequeño de cabello negro, Roger Brady, acabó su bebida y manipuló en la máquina para otra.
-¡Batido! -dijo triunfalmente.
-Dame tiempo -dijo el grandote pelirrojo, Pete Borklin-. Esto baja más despacio.
-¿Por qué diablos no funcionará al instante este artefacto? -murmuró con voz estropajosa-. Tiene diez segundos de demora. ¡Diez secas eternidades! Exijo combinados instantáneos, servidos más rápidos que una centella.
-Temo -dijo con la precisión de un borracho- que voy a cogerla llorona. Preferiría que me diera por una peleona. Pero por desgracia no hay nadie aquí con quien engancharse.
-Yo me pelearé contigo -se ofreció Borklin cerrando sus enormes puños.
-Ah.,., ¿y por qué? No sería de todos modos una pelea. Me dejarías en seguida para el arrastre. ¿Y por qué habríamos de pelearnos? Los dos estamos en el mismo saco.
-Tienes razón -Borklin se miró los puños-. No serviría de mucho. Alguien podría hacerlo mejor con una automática que yo con esto.
Abrió los puños, lentamente, como con esfuerzo, y tomó otro trago de su vaso.
-Lo que debemos hacer –dijo Brady- es luchar contra un mundo. Volar toda la Tierra y desperdigar los pedazos desde aquí a Plutón. Pero tampoco serviría de nada. Aparecería alguna máquina para juntarlos de nuevo.
-Yo sólo quiero emborracharme -dijo Borklin-. Mi mujer me abandonó. ¿Te dije eso? Me abandonó mi mujer.
-Sí, ya me lo dijiste.
-Dijo que yo era un borracho. Hizo que acudiese a un médico, pero no sirvió de nada. Dijo... olvidé lo qué dijo. Pero de todos modos tuve que seguir bebiendo. No había nada que
hacer.
-Lo sé. La psiquiatría ayuda a la gente a resolver problemas, pero no es capaz de resolver un problema que empuja a un hombre a la locura. ¿Pues qué pasa cuando el problema es intrínsicamente insoluble? No queda sino beber, y tratar de olvidar.
-Mi mujer quería que me ocupase en algo -dijo Borklin-. Quería que consiguiese un trabajo.. Pero, ¿qué podía hacer yo? Lo intenté. Sinceramente, lo intenté. Lo intenté por... bueno, lo he estado intentando toda mi vida, de verdad. Pero se daba el caso de que no había ningún trabajo. Ninguno que pudiese hacer yo.
-Afortunadamente el subsidio básico del ciudadano es suficiente para emborracharse -dijo Brady-. Sólo que las bebidas no llegan lo bastante rápidas. Voy a pedir un autoservicio instantáneo.
-Yo he sido siempre fuerte -dijo-. Sé que no soy muy inteligente, pero soy fuerte, y soy bueno trabajando con máquinas y todo eso. Pero nadie quiso contratarme -separó sus gruesos dedos de obrero-. Era muy mañoso en casa. Teníamos una pequeña casita en Alaska, y mi padre no la había provisto de muchos artilugios, pero yo me las apañaba. Pero él murió ya, se vendió la casita, ¿y para qué sirven ahora mis manos?
-El Paraíso de los obreros –los delgados labios de Brady se contrajeron-. Desde el final de la Transición, la Tierra ha sido Utopía. Las máquinas hacen todo el trabajo rutinario, todo él, y producen tanto que las necesidades básicas de la vida están cubiertas.
-¡Narices! Quieren dinero para todo.
-No mucho. Y hay el subsidio de ciudadano que es justamente el medio de cubrir las necesidades. Si se quiere más dinero, para lujos extras, se trabaja de ingeniero, o músico, o pintor, o tabernero, o astronauta, o... de cualquier cosa que tenga demanda. Y no se trabaja demasiado. Lo dicho, ¡el Paraíso!
-Pues yo no puedo encontrar trabajo. No me quieren en ninguna parte.
-Desde luego que no. ¿Para qué diablos vale el trabajo manual en estos días? Las máquinas lo hacen todo. Oh, están los técnicos, por supuesto, una gran cantidad de ellos..., pero son sumamente hábiles, con años de entrenamiento. El hombre que no tiene nada más que ofrecer sino su fuerza y un conocimiento empírico no consigue trabajo. ¡No hay sitio para él! –Brady tomó otro trago de su vaso-. El genio humano ha eliminado la necesidad del obrero manual. Ahora ya sólo le queda eliminar al propio obrero.
Los ojos de Borklin volvieron a entornarse peligrosamente.
-¿Qué quieres decir? –preguntó agriamente-. ¿Qué quieres decir en resumen?
-Nada personal. Pero tú ya lo sabes por propia experiencia. Tu tipo no encaja ya en la sociedad humana. Y así los especialistas en genética están tratando de extirparlos gradualmente de la raza. La población se mantiene estática, relativamente pequeña, y está evolucionando lentamente a un tipo que pueda adaptarse al actual am... ambiente. Y ése no es nuestro tipo, Pete.
La cólera del hombrón se redujo a la nada, y se quedó con la vista clavada inexpresivamente en su vaso.
-¿Qué hacer? -murmuró-. ¿Qué puedo hacer?
-Nada en absoluto. Sólo beber, y tratar de olvidar a tu mujer. Sólo beber.
-Quizá quieran irse a las estrellas.
-No en nuestros años de vida. Y en tal caso, se llevarían sus máquinas consigo. Y nosotros seguiremos siendo tan inútiles. Ea, bebe, amigo. ¡Alégrate! ¡Estás viviendo una Utopía!
Hubo un prolongado silencio. El día era radiante afuera. Brady estaba agradecido a la obscuridad que reinaba en la taberna.
-Lo que no puedo imaginarme eres tú -dijo por fin Brady-. Pareces listo. Tú puedes encajar en... ¿o no?
Brady esbozó una sonrisa que más bien parecía una mueca triste.
-No, Pete -respondió-. Tuve un trabajo. Era un mediocre servotécnico. El último día no pude soportarlo más, y le dije al patrón lo que podía hacer con sus servos. Desde entonces he estado bebiendo, y no deseo dejarlo. Hastío, monotonía, rutina... lo odiaba. Algo insoportable. Preferí estar borracho. Estuve bajo tratamiento psiquiátrico, desde luego, y no me hizo nada. Realmente, el mismo problema que el tuyo.
-No lo entiendo.
-Mira, yo soy un tío inteligente, Pete. ¿Por qué ocultarlo? Mi cociente de inteligencia me sitúa en la clase de los genios. Pero... no lo suficientemente inteligente -Brady hurgó su bolsillo en busca de otra moneda; sólo encontró un billete, pero la máquina le dio el cambio-. Quiero una instantánea auto... ¿o lo dije ya antes? No importa. Eso no importa.
-¿Qué quieres decir con eso de no soy lo bastante inteligente? –insistió Borklin; tenía una vaga noción de que un nuevo sesgo de su propio problema podría posiblemente ayudarle a ver una solución-. Eso es lo que me dijeron a mí. Pero tú...
-Yo lo soy demasiado para ser un técnico corriente. No por mucho. Y no tengo ningún talento artístico o literario, que tanto cuenta hoy. Lo que yo deseaba era ser matemático. Y me empeñé en serlo. Estudié con afán. Aprendí todo cuanto podía contener una mente humana, y sé dónde buscar el resto -sonrió melancólicamente-. ¿Y cuál es el resultado final? Que las máquinas lo han asumido todo. No sólo todo el cálculo rutinario, sino hasta la investigación independiente. Y a un nivel más elevado del que puede operar el cerebro humano. Todavía tienen humanos trabajando en ello. Desde luego. Hombres que esbozan los problemas, controlan y chequean las máquinas, hombres que son... el alma de la ciencia, aún hoy. Pero sólo los genios supremos, las eminencias. Las mentes realmente brillantes y originales con destellos de pura inspiración. Ellos son necesarios todavía. Pero las máquinas hacen todo lo demás. Pero yo no soy un genio de primera fila, Pete. Yo no puedo hacer nada que no consiga un cerebro electrónico con mayor rapidez y mejor. Así, tampoco conseguí mi trabajo.
-Por lo menos puedes divertirte un poco. A mí no me gustan todos esos conciertos y pinturas y todas esas fantasías. Yo no tengo más que la bebida, las mujeres y algún estereofilm.
-Supongo que tienes razón –dijo Brady con indiferencia-. Pero no estoy hecho para ser un hedonista. Ni tampoco tú. Ambos queremos trabajar. Queremos sentir que tenemos alguna importancia y validez... que contamos algo. Nuestros amigos... tu mujer... yo tuve una novia, Pete... se espera que hagamos algo.
-Sólo que no hay nada que podamos hacer...
Un destello cegador le hirió la vista. Miró a través de la puerta, y dio tal respingo que volcó su vaso.
-¡Gran Universo! -jadeó-. ¡Pete... Pete... mira, es el robot! ¡Es el robot!
-¿Eh? -Borklin giró en redondo, tratando de mirar a través de la puerta-. ¿Qué es eso?
-¡El robot... ya has oído de él, hombre! -la embriaguez de Brady se había transformado en una súbita intensidad estremecida, y su voz resonó como el metal-. Lo construyeron hace tres años en los Laboratorios de Cibernética. Semejante al hombre, con un cerebro volitivo, no especializado... semejante al hombre, ¡pero más que hombre!
-Sí... sí, ya lo oí -Borklin alzó la vista y vio a la gran forma reluciente atravesando los jardines, en marcha hacia algún desconocido lugar que le hacía pasar ante la taberna-. Lo estaban probando. Pero ha estado andando suelto por ahí durante un año o cosa así... ¿Adonde irá?
-No lo sé -respondió Brady con la vista clavada en el robot, como hipnotizado-. No lo sé... -su voz se arrastró pero de súbito se puso en pie y exclamó con firmeza restallante-: ¡Pero lo descubriremos! ¡Ven, Pete!
-¿Adonde... un... por qué...? -respondió Borklin levantándose lentamente, y con aire desconcertado-. ¿Qué quieres decir?
-¿Es que no lo ves, no lo ves? Es el robot... el hombre después del hombre... todo lo que es el hombre, y mucho más de lo que ni siquiera podemos imaginarnos. Pete, las máquinas han estado reemplazando al hombre, aquí, allí, en todas partes. ¡Ésta es la máquina que reemplazará al hombre! Claro... ¿por qué no? El hombre es simplemente carne y sangre. Los humanos son sólo humanos. No son lo bastante eficientes para nuestro nuevo resplandeciente Mundo. ¿Por qué no desechar a toda la raza humana? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que no tengamos sino hombres de metal en un insensato hormiguero metálico? Vamos, Pete. El hombre está descendiendo a la obscuridad. ¡Pero podemos descender luchando!
Algo de ello penetró en la mente de Borklin. Vio la gigantesca máquina frente a él, y súbitamente fue como si encarnase cuanto le había destruido. La última máquina, la arrogancia final de la eficiencia, remota y endiosada, e indiferente cuando le destrozó a él... Se sintió agitado por un odio tan violento que pareció estallarle el cráneo. Tambaleándose torpemente al lado de Brady, ambos se acercaron al robot.
-¡Vuélvete! -vociferó Brady-. ¡Vuélvete y pelea!
El robot hizo una pausa en su caminar. Brady cogió una piedra del suelo y se la arrojó. La piedra rebotó en la coraza con opaco sonido. El robot miró en derredor. Borklin corrió a él, lanzando maldiciones. Sus zapatones se abatieron en patadas contra los tobillos del robot, mientras que le golpeaba a puñetazos el pecho. Sin embargo, nada dio resultado.
-Estate quieto -dijo el robot; su voz apenas tenía una variación tonal, pero con la resonancia de una gran campana-. Estate quieto. Vas a hacerte daño.
Borklin se retiró, jadeando por el dolor de la carne magullada y de la sofocada impotencia. Brady se puso, haciendo eses, ante el robot. El alcohol le cantaba y zumbaba en la cabeza, pero su voz sonó fríamente clara.
-No podemos hacerte daño -dijo-. Somos Don Quijote embistiendo a los molinos de viento. Pero tú no sabrías de eso. No sabrías de ninguno de los viejos sueños del hombre.
-Soy incapaz de explicarme vuestras actuales acciones -dijo el robot. Sus ojos fulguraron con sus profundas brasas, escudriñando a los hombres. Inconscientemente, ellos dieron un paso atrás.
-Sois desgraciados -decidió el robot-. Habéis estado bebiendo para escapar a vuestra infelicidad, y en vuestra actual intoxicación me identificáis con las causas de vuestra desgracia.
-¿Y por qué no? -espetó Brady-. ¿Acaso no lo eres? Las máquinas lo están asumiendo todo en la Tierra con su orgullosa eficiencia... y ahora vienes tú, el último modelo, el que va a reemplazar al mismo hombre.
-Yo no tengo ninguna intención beligerante -dijo el robot-. Debieras saber que fui condicionado contra tales tendencias, cuando todavía se hallaba mi cerebro en proceso de construcción -algo como una ahogada risita vibró en la profunda voz metálica-. ¿Qué razón tendría para luchar con alguien?
-Ninguna -dijo Brady melifluamente-. Ninguna en absoluto. Sólo os imponéis, y cuantos más y más de vosotros se hacen, y vuestro poder sin emociones comienza a...
-¿Comienza a qué? -preguntó el robot-. ¿Y cómo sabes que no tengo emociones? Cualquier psicólogo te dirá que la emoción, aunque no necesariamente del tipo humano, es una base de pensamiento. ¿Qué razón lógica tiene un ser para pensar, para trabajar, y hasta para existir? Yo no puedo racionalizar que lo haga así; simplemente lo hace debido a su sistema endocrino, su planta de energía que rige sus emociones... Y una mentalidad capaz de ser consciente de sí, sentirá una gama tan amplia de emociones como tú... será tan feliz o tan interesado... o tan desgraciado como tú.
Era fantástico, hasta en un Mundo acostumbrado a máquinas, que lo eran todo menos vivientes, estar así discutiendo con una viviente masa de metal y plástico, de vacío y energía. La rareza de ello impresionó a Brady, quien se dio cuenta inmediatamente de lo borracho que estaba. Pero tenía aún que soltar frases de odio y desesperación que le aliviaran la restallante tensión que le agitaba.
-No me importa lo que sientas o no sientas -dijo tartajeando un poco-. Es porque representas el futuro, el insensato futuro en que todos los hombres serán tan inútiles como lo soy yo ahora; y por eso te odio, y lo peor de ello es que no puedo matarte.
El robot permaneció inmóvil, semejante a una pulida estatua de algún antiguo dios no antropomórfico, pero su voz hizo temblequear el aire en calma:
-Tu caso -dijo- es muy corriente. Has sido relegado a la obscuridad por una avanzada tecnología. Pero no te identifiques con toda la humanidad. Siempre habrá hombres que piensen y sueñen y canten y lleven adelante todo cuanto ha amado siempre la raza. El futuro pertenece a ellos, y no a ti... o a mí. Me sorprende que un hombre de tu aparente inteligencia no se dé cuenta de mi situación. Pues... ¿para qué diablos sirve un robot? Para cuando la ciencia avanzó al extremo de que pude ser construido, ya no había ninguna razón para ello. Piénsalo... tenéis una máquina especializada para realizar o ayudar al hombre a ejecutar todas las tareas concebibles. ¿Qué utilidad posible existe para que lo haga todo una máquina no especializada? El propio hombre colma esa función, y las máquinas no son sino sus herramientas. ¿Desea acaso un ama de casa un servidor robot cuando necesita tan sólo controlar la docena de máquinas que hacen ya todo el trabajo?. ¿Por qué desearía un científico un robot que pudiese, pongamos por caso, penetrar en peligrosas estancias radiactivas, si ya ha instalado aparatos automáticos y de control remoto que lo hacen todo allí? La máquina para todo propósito es y será por siempre... el propio hombre. Mira, yo fui hecho para un estudio puramente científico. Al cabo de un par de años supieron todo cuanto tenían que saber sobre mí... ¡Y ya no tenía yo otro propósito! Me dejaron convertirme en un inofensivo vagabundo que camine sin objetivo, sólo para que pudiese estar haciendo algo... ¡Y mi vida se calcula en quinientos años! No tengo ningún propósito, ninguna utilidad. No tengo ninguna razón real para la existencia. No tengo ningún compañero, ningún lugar en la sociedad humana, ni empleo alguno para mi fuerza y mi cerebro. Hombre, hombre, ¿te piensas que yo soy feliz?


El robot se volvió para marcharse. Brady se había sentado sobre la hierba, sosteniendo su cabeza con las manos para que no se le escapase remolineando hacia el espacio. Pero captó las últimas palabras del robot, y advirtió una especie de impresionante amargura en la átona voz metálica. Ya nunca olvidaría lo que le había dicho.
-¡Hombre, tú eres el afortunado. Tú puedes emborracharte!

Poul Anderson