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jueves, 22 de noviembre de 2018

CUÉNTAME UNA HISTORIA


Las historias que no se cuentan caen en el olvido y horadan la memoria. Eso lo sabía bien Heródoto de Halicarnaso, «el padre de la historia», como lo llamó Cicerón. El primer historiador publicó sus «investigaciones» con el fin de que «no llegue a desvanecerse con el paso del tiempo la memoria de las gestas de los hombres». Viajó por todo el mundo conocido, indagando, preguntando, observando… y recopiló sus «historias», es decir, el informe de sus indagaciones —según la traducción fiel del griego—, en una obra grandiosa que ha pasado a la posteridad con el desnudo título de Historia.

Ante la obra de Heródoto, las diferentes ediciones titubean entre llamarla Historia o Historias. A mi juicio, aquí el número gramatical es indiferente, pues el infatigable viajero de Halicarnaso quiso hacer las dos cosas: contar historias e interpretar la historia. La primera tarea lleva a la segunda y la segunda ayuda a entender la primera. Las historias conforman la historia y ésta da sentido a aquéllas. El plural y el singular se necesitan mutuamente.

Muchos han criticado el método utilizado por Heródoto. Lo consideran poco científico, poco histórico, poco profesional. Pero lo hacen a toro pasado, no tienen en cuenta que el que abre camino no dispone del mapa de carreteras que está confeccionando, que, como decía el historiador italiano Arnaldo Momigliano, «no hubo ningún Heródoto antes de Heródoto». Yo, sin embargo, admiro profundamente al pionero de Halicarnaso porque supo conjugar el trabajo de campo con la reflexión histórica, porque fue honesto presentando las pruebas como pruebas y las habladurías como tales, y porque te hace, en fin, admirar la historia. En este sentido, Heródoto es más que un historiador; es un historiófilo, un amante de la historia, como un filósofo es un amante de la sabiduría o un filólogo lo es de la palabra.

El amante de la historia se echa a los caminos. Así, el «Marco Polo de la antigüedad», como lo llamará el helenista Jaime Berenguer, viaja hasta los confines del mundo, desde Iberia hasta Babilonia y desde el Alto Nilo hasta el norte del mar Negro, para investigar, preguntar, indagar las historias de los diferentes pueblos, sus costumbres, sus creencias, sus construcciones, sus formas de vida, sus victorias y sus derrotas… con tal de entender por qué los bárbaros lucharon contra los griegos, por qué entraron en liza Oriente y Occidente, por qué la paz se cobra tanta violencia, por qué los hombres se empeñan en ser como dioses.

Contar historias llevará a Heródoto a intentar formular una ley general de la Historia. Los acontecimientos parecen ir a la deriva, incluso, muchas veces, resultan contradictorios; no obstante, siempre tienden al equilibrio. Se trata de la «ley del ciclo» que el historiador pone en boca del rey Creso: «en el ámbito humano existe un ciclo que, en su sucesión, no permite que siempre sean afortunadas las mismas personas» (I, 207). A un momento de esplendor le sigue tarde o temprano la desgracia; la soberbia, la altanería, el exceso, la prepotencia (hybris, en griego) provocan lo celos o «envidia divina» (theios phthónos). La desmedida del hombre soberbio le lleva irremediablemente a caer en el error, la ceguera y sordera de espíritu (ate) y, como consecuencia, es castigado por los dioses, porque existe una ley transhistórica, que rige la historia, cuyo cometido es poner las cosas en su sitio cuando los hombres sobrepasan los límites. Esta norma no escrita se puede formular de una manera más cercana: la felicidad humana no dura para siempre porque la divinidad envidia al hombre excesivamente feliz.

Para exponer esa ley universal e inquebrantable Heródoto echa mano de un concepto que sus contemporáneos entendían bien: el Destino. El equilibrio, por lo general en forma de castigo, se impone siempre valiéndose de pretextos aparentemente nimios. El Destino utiliza hombres particulares para provocar enfrentamientos entre pueblos, para desatar enemistades entre naciones, para hacer saltar la chispa de la guerra. Frecuentemente se manifiesta en un oráculo o un sueño; cuando eso ocurre, la historia alcanza un momento crítico que se resuelve, como en las obras de Sófocles, de forma trágica.

La guerra suele ser el medio tanto de desequilibrar los acontecimientos como de generar el equilibrio; sin ella, probablemente, no habría historia; sin ella, probablemente, Heródoto no habría escrito su Historia, en la que, como seguimos leyendo en el Proemio, quiere «exponer con esmero las causas y motivos de las guerras que se hicieron mutualmente» los griegos y los bárbaros. La guerra obedece a la ley de la historia, pero su origen hay que buscarlo en un deber sagrado inscrito en el corazón humano: la venganza.

Tres siglos antes, Homero había explicado estas mismas ideas componiendo una gran epopeya: la Ilíada, donde los griegos se embarcan contra Troya por desquite de una afrenta sufrida por uno de los suyos. Heródoto lo va a intentar de forma no poética, sino racional, aportando datos, investigando, escribiendo historias que demuestren que existe una Historia, por eso, es a él a quien con todos los honores le corresponde el título con que le bautizó Cicerón.

Sea o no válida la ley que establece Heródoto, lo que no puede someterse a discusión es que su obra tiene un gran atractivo. Ya lo tuvo para los antiguos, quienes la dividieron en nueve libros y pusieron a cada uno el nombre de una Musa (lo que denota su inestimable carga literaria), y lo tiene también para nosotros, más necesitados que ellos de que nos cuenten historias. Ellas nos llevarán hasta nuestros orígenes y harán que no se nos olvide quiénes somos.

Leer a Heródoto no es únicamente mera curiosidad —y, por supuesto, un gran placer—, sino también una necesidad de nuestro tiempo; no sólo porque, como dice Alain Minc, «la historia nos tiene cogidos por la garganta», sino porque no podemos dejar que nos ahogue. El olvido, contra el que lucha la disciplina que cultivó el de Halicarnaso, nos devuelve a un estadio prehumano, mientras que la memoria nos hace humanos porque ella conforma el alma de la humanidad.

Heródoto es un contador de historias. Nos ofrece un mosaico precioso compuesto de narraciones o logoi, cuya base histórica a veces no está muy clara. Pero eso no importa; lo que importa es que el indagador ha registrado lo que ha visto con sus propios ojos (autópsia) y lo que han referido las personas con las que ha hablado: todo ello conforma lo que ha quedado en la memoria de las gentes y eso constituye la verdadera historia. Hemos de tener en cuenta que, en ocasiones, la memoria desdibuja la realidad y da lugar a leyendas o mitos, cuya relación con la historia nadie es capaz de ponderar en su justa medida.

Digámosle a Heródoto: «Cuéntame una historia», y vayamos de su mano a recorrer el mundo antiguo, tan lejano y tan cercano, tan viejo y tan nuevo, tan asombroso y tan bello. Después de cada historia intentemos sacar alguna enseñanza de la que es, una vez más en palabras de Cicerón, «magistra vitae», maestra de la vida.

Carlos Goñi

martes, 20 de marzo de 2018

EL DIARIO DE ANNE FRANK


                Enviado por Sergio

Espero poder confiártelo todo como aún no lo he podido hacer con nadie, y espero que seas para mí un gran apoyo.

                Con estas palabras comenzaba Ana Frank su diario, que Ari Folman y David Polonsky, han adaptado al cómic. Se trata de una de las obras más populares —y trágicas— de la historia contemporánea: el relato juvenil del encierro en Holanda de una familia judía que trata de salvarse del nazismo.

Tras la invasión de Holanda, la familia Frank se ocultó de la Gestapo en una buhardilla anexa al edificio donde el padre de Anne tenía sus oficinas. Allí permaneció recluida desde junio de 1942 hasta agosto de 1944, fecha en que sus miembros fueron detenidos y enviados a campos de concentración. En ese lugar y en las más precarias condiciones, Anne, una niña de trece años, escribió su estremecedor Diario: un testimonio único sobre el horror y la barbarie nazi, y sobre los sentimientos y experiencias de la propia Anne y sus acompañantes.


Los autores han querido adoptar el punto de vista de Ana, que se basaba en utilizar el sentido del humor y la capacidad de observación aun en las condiciones más horribles que se puede uno imaginar. Su trabajo se ha orientado en encontrar el lenguaje adecuado sin hacer concesiones al texto original. Para ello tuvieron que sintetizar y recurrir a imágenes fantásticas u oníricas, con el objetivo de abarcar todos los temas que refleja Ana Frank en su diario. Por ejemplo, la treintena de páginas dedicadas a la relación entre Ana y su hermana, Margot, se resumen en una sola en la que una serie de retratos yuxtapuestos de ambas, sin texto, muestran las diferencias abismales de carácter entre ambas. Les parecía inconcebible que una chiquilla de 13 años tuviera una mirada de tal madurez, tal poesía y tal lirismo sobre el mundo que la rodeaba, y que hubiera logrado expresarlo en textos concisos que desbordaban compasión, humor y una lucidez raramente vista en adultos, y menos en niños.


El resultado: 150 páginas de viñetas de línea clara que condensan las 300 páginas del diario de Ana Frank, esos dos años que ella y su familia pasaron escondidos en una buhardilla hasta que fueron delatados y detenidos por la policía alemana. Las ilustraciones a veces exageran el texto, lo hacen emocionalmente tangible y retratan lo que Ana Frank escribía entre líneas. 

jueves, 3 de agosto de 2017

LOS AMANTES DE TERUEL


El suceso acaeció en el año 1217, cuando era juez de Teruel Domingo Celada. Un joven llamado Juan Martínez de Marcilla (más adelante se le llamó Diego, equivocadamente, así como Marsilla en vez de Marcilla, también por error), que tenía veintidós años, se enamoró de Isabel Segura, hija de Pedro Segura; el padre no tenía otra hija y era muy rico. Los jóvenes se amaban desde niños y veíanse continuamente, pues las casas eran vecinas. Ya mayores, el joven dijo que deseaba tomarla por mujer y ella respondió que su deseo era el mismo pero que nunca lo haría sin que su padre y su madre se lo mandasen. Pidió el joven a Pedro Segura la mano de su hija y la respuesta fue que, si bien era de buena familia, no tenia bienes de fortuna, pues era segundón y el padre tenía otros hijos con derecho a la herencia. Pedro Segura añadió que daría a su hija treinta mil sueldos de dote y la casa en que vivía.
El joven dijo a Isabel que pues su padre no le despreciaba sino por el dinero, que esperase cinco años en que él se iría a la guerra, ya por mar ya por tierra, hasta tener el dinero necesario. Ella consintió en el plazo, y Juan se ausentó por espacio de cinco años y luchando contra los moros ganó empleos y dinero.
Durante este tiempo la doncella fue muy acosada por el padre para que tomase marido; la respuesta de ella fue que había votado virginidad hasta los veinte años diciendo que las mujeres no debían casarse sin que pudiesen y supiesen regir su casa. El padre, como quiera que la amaba, la quiso complacer, pero cumplidos los cinco años le dijo:
—Hija mía, es mi deseo que tomes esposo.
Y ella, viendo que los cinco años habían pasado y que en este tiempo nada había sabido del enamorado, decidió obedecer a su padre y éste la desposó con Azagra y a poco tiempo hicieron las bodas.
Los desposorios antes del matrimonio eran cosa corriente y normal en aquellos tiempos, figuraban como sacramental y precedían al auténtico matrimonio y no podían romperse fácilmente. Por otro lado, el nombre de Azagra figura en relaciones posteriores a la auténtica que existía en un papel llamado «De letra antigua», en el que se basaron los siguientes narradores de la historia.
La novia dio en estar de allí en adelante melancólica y pensativa; no trataba ya de nada sino ponerse de negro. Y, por fin, se celebró el matrimonio. A esta sazón entró por la sala donde estaba Segura un paje con un recado y dice que Marcilla el viejo le da noticias de que su hijo viene con salud y muy rico, de lo que tuvieran gran regocijo. Llegó el joven Marcilla a su casa y le dieron la noticia de haberse desposado Isabel; con todo, disimuló delante de su padre porque su gozo no se enturbiase con su pena.
Acostose Marcilla pero no reposó; dejó la cama y embozado se pasó al convite o danza del casamiento de Isabel y, en cuanto comenzaron los instrumentos a tocar, salió Isabel a danzar pero Marcilla, con más dolor que si viera un cuchillo en su garganta, dando rienda al furor dejó aquel sitio y se metió dentro del aposento que estaba aparejado para el tálamo de los novios, que como la casa andaba tan revuelta lo pudo hacer sin que lo vieran.
Concluye el festín al tiempo que aunque quisiera salir no pudo. Oye que las visitas se van y a su aposento se recogen los novios y queriendo el marido usar del derecho que el matrimonio le concede, Isabel le ruega que se abstenga de ello por aquella noche porque es la única que le falta para cumplir un voto prometido. Azagra insiste pero ella vuelve a negarse replicando que no es justo gozar contra su gusto a ninguna mujer, principalmente siendo la propia, y se lo ruega vertiendo lágrimas y entre sollozos. Acostáronse con eso entrambos juntos y él, de cansado, se quedó dormido mientras ella despierta, aunque estaba casada con Azagra, tenía en su pecho a Martilla.
Juan, en este punto muy osado y atrevido como amante, salió silenciosamente de detrás de las cortinas y cogiendo a Isabel con entrambas manos le dijo quién era y cómo había llegado allí. Isabel quedó muda de espanto y temor, no sabiendo si gritar o estarse callada, momento que aprovechó Juan diciéndole:
—Escúchame, Isabel, no te espantes que no es mi intento atentar contra tu honor. Tu padre no me quiso por ser pobre y te casas con un hombre rico, pero te digo que es imposible que él te quiera como yo te quiero pues sabes que por ti padezco y muero. Prefiero morir a perderte. Sólo te pido un beso en premio a mi fe y mis servicios por el presente dolor y el bien pasado.
—Te confieso, Juan, que del mismo modo que te amaba te amo ahora, pero puesto que ya me casé ya no soy mía, estoy, aunque no muerta, ya enterrada y no te puedo dar lo que es de otro. Besándote te daría lo que pertenece ya a mi esposo, haciéndole agravio y padeciendo mi castidad.
En este sentido siguió la breve conversación que en voz baja sostenían los dos enamorados, él insistiendo y ella negando, y dando un suspiro Juan dijo:
—Bésame, que sin remedio me muero.
Y negándoselo ella, él dijo:
—Adiós, Isabel.
Y dio consigo en el suelo. Isabel le llama y viendo que no contesta se da cuenta de que no respira y ha muerto. Quedó la muchacha sin habla y sin aliento y llamando a su marido le dice:
—Perdona, estaba soñando que una amiga siendo pequeña quiso bien a un galán y no quisieron sus padres que se casasen por no tener igual hacienda, con lo que él partió a la guerra prometiéndose mi amiga que estaría cinco años esperándole y, sea por lo que fuere, casó con otro, y cumplido el término llegó el galán, que pudo verse con ella a solas antes que el esposo lograse el fruto del matrimonio. Él, desesperado, pidió a mi amiga un solo beso y ella se lo niega diciendo que ha de guardar a su esposo la fe de puro honrada. Por tres veces él se lo suplica y ella firme se lo niega diciendo que antes prefiere morir que faltar a la fe del matrimonio y en diciendo esto ve con espanto que su enamorado cae al suelo entregando su alma a Dios. Esta tragedia vi entre sueños cuando tú oíste las voces que daba, y ahora dime, pues te precias de discreto, si la dama pudiera darle el beso al galán sin faltar a su deber o bien permitir que muriera.
Azagra se rió y le dijo:
—Esta dama fue necia, impertinente y melindrosa sobre ser muy cruel con quien la amaba, y ya que en vida no le dio el beso al galán en peligro de muerte debía darle uno y dos mil de sentimiento. Éste es mi parecer.
A esta respuesta se deshizo Isabel en lágrimas y suspiros y llevándole al lugar donde Martilla estaba muerto le dijo:
—Yo soy la impertinente, la necia y la melindrosa, pero honrada.
El marido se quedó pasmado viendo un espectáculo tan lastimoso; perplejos no acertaban a resolver el conflicto; por un lado temían la justicia si hallaban el muerto en su casa, por otro lado el temor a que la familia de Marcilla pudiese creer en una muerte alevosa. Al fin se resolvieron a llevarlo y ponerlo delante de la puerta de la casa de su padre, lo que hicieron sin ser vistos pues ambas casas eran vecinas.
Llegó el día y las gentes que por allí pasaban conocieron que era el joven Marcilla el que estaba cadáver frente a su domicilio; avisaron a su padre, que vio a su hijo rodeado de amigos y deudos llorando todos el desgraciado acontecimiento. El padre, sin que nadie lo pudiese estorbar, se arrojó sobre el difunto bañándole con lágrimas el rostro y estando abrazado con él a ambos juntos les entraron en la casa.
Acudió la justicia y también Azagra haciendo ver que no conocía el hecho. Y determinaron todos a hacerle las exequias y darle sepultura y por su alma mil sufragios.
El entierro fue solemne, porque Teruel era entonces plaza de armas en la empresa que el rey don Jaime quería hacer contra los moros de Valencia, y había diez banderas de soldados.
Como la casa estaba próxima a la de Isabel de Segura, ésta oyó el lamentoso canto del entierro y desde una ventana vio al difunto metido en unas andas y un sudor frío le invadió el cuerpo. Presurosamente se despojó de sus galas y vistió un traje monjil de basta tela y bajó apresurada y afligida a la calle y se metió en medio de las mujeres.
La procesión con el cuerpo llegó a la parroquia de San Pedro en donde colocaron el cuerpo de Martilla sobre un grande túmulo y, empezando el oficio, Isabel, muy cubierta, se llegó a donde estaba el féretro suspirando:
—¿Es posible que estando tú muerto tenga yo vida? No tengas de mi fe duda que pueda vivir un solo punto, perdona mi tardanza que al instante contigo me tendrás.


E inclinándose sobre el difunto le besó en los labios quedando inmóvil. Los asistentes quieren retirarla del féretro y al hacerlo se dan cuenta de que había muerto y reconocen en la mujer difunta a Isabel de Segura.
Azagra, al contemplar el espectáculo, no pudo contenerse y relató lo que había sucedido en su casa la noche anterior y, de acuerdo con la familia de Martilla, decidieron que supuesto era verdad cierta que Juan e Isabel desde niños se tuvieron entrañable amor y los dos habían muerto de puro enamorados, era razón que se enterrasen los dos en un sepulcro. Lo que hicieron solemnemente.

Carlos Fisas, Historia de las Historias de Amor

lunes, 15 de mayo de 2017

VENCERÉIS, PERO NO CONVENCERÉIS


Apenas nos queda una semana de curso en 2º de Bachillerato, y esta mañana, trabajando textos de Unamuno, ha salido lo de Venceréis, pero no convenceréis. Muchos de ellos no sabían en ese momento de que estábamos hablado. Para ellos, la versión que recoge Hugh Thomas en La Guerra Civil Española.

Situaros. 12 de Octubre de 1936, Se va a inaugurar el  curso en la Universidad de Salamanca, de la que Unamuno es rector. El tema principal del acto era la exaltación nacional, el Imperio, la raza y la Cruzada. Las críticas y amenazas proferidas a todos los que no compartían los ideales de la sublevación, suscitaron el rechazo de Miguel de Unamuno.  Las frases de este discurso improvisado difieren según los distintos testigos, cronistas e historiadores, ya que no se dispone de ningún registro grabado o escrito del mismo:

Estáis esperando mis palabras.

Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia.

Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito, “Viva la muerte”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor.

Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España.

 He dicho.

Miguel de Unamuno

martes, 6 de diciembre de 2016

POR LA CONSTITUCIÓN


DISCURSO FÚNEBRE DE PERICLES
(FRAGMENTOS)

En ese mismo invierno los atenienses, siguiendo la costumbre tradicional,hicieron las ceremonias fúnebres en honor de los que primero habían muerto en esta guerra. (…) En honor de estos primeros muertos fue elegido para hablar Pericles, el hijo de Jantipo, y una vez que IIegó el momento oportuno, avanzando desde el sepulcro a la tribuna que se había hecho muy elevada para que pudiera ser oído por la multitud a la mayor distancia posible, habló así:

La mayoría de los que han pronunciado discursos en este lugar elogian al que añadió a la costumbre tradicional esta oración fúnebre, por ser hermoso que fuera pronunciada en honor de los soldados muertos en la guerra que reciben sepultura. A mí, en cambio, me parecería suficiente que ya que han sido de hecho unos valientes, les honráramos también de hecho, de la manera que veis ahora mismo en esta ceremonia fúnebre celebrada públicamente; (…)

 Y el estado, en su mayor parte, lo hemos engrandecido nosotros mismos, los que vivimos todavía, y sobre todo los de edad madura; y hemos hecho nuestra ciudad muy poderosa en la guerra y en la paz en todos los aspectos. (…) Mostraré, lo primero, la política mediante la cua Ilegamos a adquirirlas, y el sistema de gobierno y la manera de ser por los cuales crecieron, y pasaré después al elogio de nuestros muertos, pues creo que en la ocasión presente no es inadecuado que estas cosas sean expuestas, y es conveniente que todo esta reunión de ciudadanos y extranjeros las escuche.

Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia; respecto a las leyes, todos gozan de iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares; en lo relativo a los honores, cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de hacerlo.

Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos públicos como en las rivalidades diarias de unos con otros, sin enojarnos con nuestro vecino cuando él actúa espontáneamente, ni exteriorizar nuestra molestia, pues ésta, aunque innocua, es ingrata de presenciar. Si bien en los asuntos privados somos indulgentes, en los públicos, en cambio, ante todo por un respetuoso temor, jamás obramos ilegalmente, sino que obedecemos a quienes les toca el turno de mandar, y acatamos las leyes, en particular las dictadas en favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que, aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso infringir.

Y además nos hemos procurado muchos esparcimientos del espíritu, pues tenemos juegos y sacrificios anuales y hermosas casas particulares, cosas cuyo disfrute diario aleja las preocupaciones; y a causa del gran número de habitantes de la ciudad, entran en ella las riquezas de toda la tierra, y así sucede que la utilidad que obtenemos de los bienes que se producen en nuestro país no es menos real de la que obtenemos de los demás pueblos. (…)

                Amamos el arte y la belleza sin desmedirnos, y cultivamos el saber sin ablandarnos. La riqueza representa para nosotros la oportunidad de realizar algo, y no un motivo para hablar con soberbia; y en cuanto a la pobreza, para nadie constituye una vergüenza el reconocerla, sino el no esforzarse por evitarla. Los individuos pueden ellos mismos ocuparse simultáneamente de sus asuntos privados y de los públicos; no por el hecho de que cada uno esté entregado a lo suyo, su conocimiento de las materias políticas es insuficiente. Somos los únicos que tenemos más por inútil que por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la comunidad.

Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre el estado, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer. Y esto porque también nos diferenciamos de los demás en que podemos ser muy osados y, al mismo tiempo, examinar cuidadosamente las acciones que estamos por emprender; en este aspecto, en cambio, para los otros la audacia es producto de su ignorancia, y la reflexión los vuelve temerosos. Con justicia pueden ser reputados como los de mayor fortaleza espiritual aquellos que, conociendo tanto los padecimientos como los placeres, no por ello retroceden ante los peligros.

También por nuestra liberalidad somos muy distintos de la mayoría de los hombres, ya que no es recibiendo beneficios, sino prestándolos, que nos granjeamos amigos. El que hace un beneficio establece lazos de amistad más sólidos, puesto que con sus servicios al beneficiado alimenta la deuda de gratitud de éste. El que debe favores, en cambio, es más desafecto, pues sabe que al retribuir la generosidad de que ha sido objeto, no se hará merecedor de la gratitud, sino que tan sólo estará pagando una deuda. Somos los únicos que, movidos, no por un cálculo de conveniencia, sino por nuestra fe en la liberalidad, no vacilamos en prestar nuestra ayuda a cualquiera. (…)

                He dicho, cumpliendo la Ley, lo que era pertinente, y los que enterramos han recibido ya los honores funerarios. (…)Y ahora, una vez que habéis hecho las lamentaciones funerarias en honor de los suyos cada uno, podéis marcharos.

Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso

lunes, 22 de agosto de 2016

EL ALGORITMO DE ADA


Llevábamos un tiempo sin tocar temas científicos

Enviado por Julia:

150 años después de su muerte, un conocido programa informático recibió el nombre de Ada en homenaje a Ada Lovelace, la única hija legítima de lord Byron. Desde que matemáticos como Alan Turing empezaron a reconocer su contribución, decisiva pero olvidada, hoy se la considera pionera de la era del ordenador.

Su madre, Annabella Milbanke, después de abandonar a su marido en 1816, estaba decidida a alejarla de la «locura Byron», atestiguada desde varias generaciones, y quiso darle una educación severa, centrada en las matemáticas y que no alentase su imaginación. Sin embargo, a los trece años, la niña ya pensaba en una máquina de volar; y, a los diecinueve, cuando conoció a Charles Babbage, inventor de un proyecto de «máquina analítica» (una sofisticada calculadora), vio las infinitas posibilidades del nuevo hallazgo. Su aportación, de hecho, fue fundamental: fue ella quien estableció la diferencia entre datos y procesamiento, esencial para la computación.

James Essinger cuenta con detalle y amenidad en El algoritmo de Ada las circunstancias y el desarrollo de este inusitado talento en medio de los miedos de una madre obstinada y el legado de un padre tempestuoso.

domingo, 7 de agosto de 2016

OPERACIÓN «PADRE DE LOS JUEGOS»


El 1 de septiembre de 2026, Sellig Reidrassam se teletransportó a la sala de las Decisiones. Estaba deseando comunicar al Consejo lo que había descubierto. En sus manos estaba evitar el estallido de la Última Guerra Mundial de 2022. Conocía el medio para superar el Gran Enterramiento nuclear que desde hacía cuatro años los tenía condenados a vivir en búnkers. Y es que, allá arriba, la superficie de la Tierra no era más que un desierto de cenizas radioactivas.
El Consejo lo aguardaba alrededor de una mesa redonda. El presidente de lo que quedaba de las Naciones Humanas se levantó para recibirlo en el momento en que Sellig se materializaba, con su portafolios en la mano; los demás, un consejero y un científico como él, se limitaron a hacer un ligero movimiento de cabeza.
—Querido Sellig, ¿qué ha descubierto? —le preguntó el presidente—. ¡Díganoslo! Estoy harto de vivir bajo tierra, como un topo.
—Presidente, la solución depende de estas dos palabras: «Juegos Olímpicos».
El presidente, que se había vuelto a sentar, se rascó la cabeza.
—¿Y eso qué es?
—Sería más exacto decir «¿y eso qué era?», pues ya no existen. Mire usted, aquí tiene los detalles: según nuestras indagaciones, las ciudades griegas de la Antigüedad se enfrentaban cada cuatro años en competiciones deportivas —los Juegos— en la ciudad de Olimpia.
—¿Y en qué consistían esas competiciones deportivas? —preguntó el consejero.
La noción de deporte les resultaba completamente desconocida, incluso Sellig tenía una idea un tanto confusa de la misma, a pesar de las muchas horas de investigación que le había dedicado. Sellig trató de explicarles lo que eran esas competiciones:
—Eran unas pruebas en las que se rivalizaba en destreza, rapidez o fuerza, saltando obstáculos, corriendo, levantando o lanzando pesos...
Tras aquella aclaración básica, Sellig prosiguió:
—Mientras duraban los Juegos, las ciudades, que solían estar en guerra, observaban una Tregua sagrada. El sistema funcionó durante cuatro siglos. Lo malo es que, con el tiempo, las pruebas se convirtieron en simples entretenimientos y se olvidó la Tregua. Más tarde, en el año trescientos noventa y cuatro, el emperador romano Teodosio I, que era el nuevo dueño de Grecia, los prohibió. En cuanto a la ciudad de Olimpia, fue destruida y luego quedó sepultada. Los hombres se olvidaron de los deportes y los Juegos no se volvieron a celebrar.
El consejero intervino, diciendo en tono cortante:
—No entiendo a dónde quiere ir a parar. No nos habrá convocado para darnos una
clase de historia, ¿verdad?
Sellig le fulminó con la mirada.
—¡Pues claro que no! Imagínense que lográsemos recuperar los Juegos que nuestros antepasados honraban; que pudiésemos evitar la agresividad gracias al deporte. ¡Consigamos que, en lugar de luchar entre sí, los hombres corran, salten, naden! Podríamos cambiar el CURSO de la Historia: ¡Si la Última Guerra Mundial no hubiera estallado, nuestros seres queridos que desaparecieron a lo largo del conflicto se habrían salvado!
Al presidente, que nunca se había recuperado de la trágica muerte de su esposa, le entusiasmó la perspectiva. El propio Sellig había perdido a su hijita, Ada, y soñaba con ella todas las noches.
—¿Está usted proponiendo un viaje en el tiempo? —preguntó el científico—. ¿Acaso no habíamos prohibido su uso? Es muy peligroso manipular el pasado: las consecuencias pueden ser... imprevisibles.
Sellig alzó la voz:
—¡Más no se puede perder! ¡En la actualidad, la humanidad, o lo que queda de ella, está escondida en las profundidades de la Tierra para evitar las radiaciones! ¡El respeto que usted manifiesta por unas leyes de tres al cuarto, sus miramientos, a mí, me importan un comino!
El científico alzó la mano en ademán apaciguador.
—Vale, vale. Si le he entendido bien, pretende usted que alguien vaya a... a asesinar a Teodosio antes de que prohíba los Juegos.
La propuesta sorprendió a Sellig, que no se había planteado semejante medida.
—¿Es que no tiene usted bastante con los muertos de la Última Guerra? Mi método no es tan brutal. Basta con que sembremos un par de semillas en el pasado y recojamos sus frutos.
—¿Y cómo piensa usted suscitar entre nuestros antepasados el interés por el deporte? —preguntó el presidente.
—Bueno, eso es sencillísimo. He redactado una descripción de Grecia, en la que, naturalmente, se incluyen la ubicación de Olimpia y parte de la historia de los Juegos, así como una relación detallada de lugares realizada sobre el terreno. La he firmado con un nombre griego: Pausanias. ¡Tenía que utilizar un seudónimo!
—Pero... pero, se ha trasladado usted a...
Al consejero se le atragantaron las palabras.
—A la Grecia clásica, naturalmente —concluyó Sellig—. Soy un perfeccionista.
—Sin autorización. Eso es, es...
El presidente le indicó por señas que se callara y animó a Sellig a que prosiguiera.
—Voy a introducirme en épocas fundamentales, desde la Antigüedad hasta principios del siglo XXI, para divulgar mi obra —dijo sacando de la cartera unos rollos de pergamino y todo tipo de libros—. Pretendo perpetuar así el ideal olímpico. Cuento con que algunos eruditos se interesen por el tema (espero que no lo hagan demasiado tarde) y que, gracias a estos documentos, consigan descubrir la ciudad sagrada y restablecer los Juegos. Instalaré en mi laboratorio un observatorio del pasado de la humanidad para estar al corriente de los avances de nuestro proyecto.
El presidente consultó con la mirada al Consejo .
—¿Tienen algo que objetar?
Nadie respondió. Se acababa de dar carta blanca a Sellig Reidrassam.
—Dígame, Sellig, ¿qué nombre le ha puesto al proyecto?
—Operación «Padre de los Juegos».
La intrusión de Sellig en el pasado fue todo un éxito. Había conseguido situar un ejemplar de su Descripción de Grecia en muchas bibliotecas de Europa.
Delante de la pantalla, Sellig observaba los datos informáticos que le llegaban. En el siglo XVII, continuaba leyéndose a Pausanias, pero a nadie se le había ocurrido pensar en el restablecimiento de los Juegos.
—¡Más aprisa, más aprisa! —dijo Sellig impaciente, haciendo tamborilear sus dedos.
«1723: Gracias a la Descripción de Grecia de Pausanias, Bernard de Montfaucon, benedictino francés, miembro de la Academia de inscripciones y bellas letras, encuentra el emplazamiento de Olimpia».
¡Por fin, la Historia reaccionaba!
«1829: El francés Abel Blouet lleva a cabo las primeras excavaciones en Olimpia. Allí descubre el templo de Zeus y otros vestigios, entre ellos, una gran piedra de ciento cuarenta y tres kilos con la siguiente inscripción: “Soy la piedra que el atleta Bibon levantó con una sola mano, lanzándola luego por encima de su cabeza”».
«1832: Alumnos del colegio “Rondeau”, seminario católico situado en las inmediaciones de Grenoble, organizan una competición tomada exactamente de los Juegos».
—¡Parece que esto marcha! —exclamó Sellig
—. ¡Todo se acelera y se encadena!
Las fechas y los acontecimientos desfilaban sobre la pantalla-holograma:
«1850: W. P. Brookes crea en el País de Gales unos Juegos que se inspiran tanto en las Olimpiadas griegas como en los torneos a caballo».
«1859, 1870, 1875 y 1889: Se celebran Juegos en Grecia».
«De 1875 a 1891: Arqueólogos alemanes descubren lo que quedaba por excavar en Olimpia».
«1892: En París, en el gran anfiteatro de la Sorbona, Pierre Frédy, Barón de Coubertin, ferviente impulsor del deporte en la escuela e incondicional admirador de la Grecia Clásica, anuncia en el transcurso de una conferencia su deseo de restablecer los Juegos Olímpicos».
¡Y, de repente, nada! La pantalla-holograma se había quedado totalmente bloqueada en la fecha de 25 de noviembre de 1892. Sellig se preguntaba qué es lo que había fallado. Tenía que averiguarlo. Así que se teletransportó a la Sorbona, en la fecha del último intento.


Sellig se materializó en los lavabos, pues este era el único lugar en el que podía aparecer sin llamar la atención, ya que, en ningún caso, debía manifestar su presencia en una época en la que se suponía que él no existía. Pulsó el seleccionador de vestimentas y optó por un traje negro e impersonal, compuesto por un chaleco, una camisa blanca de cuello corto y una corbata ancha de seda negra. Luego salió de los lavabos y se dirigió al anfiteatro.
Había gran afluencia de público en la sala en la que acababa de comenzar la conferencia. En la tribuna, Pierre de Frédy, barón de Coubertin, pronunciaba las siguientes palabras:
— …Hay personas a las que ustedes consideran utopistas porque hablan de la desaparición de la guerra, y, en cierto modo, no les falta a ustedes razón; pero hay otras personas que creen en la progresiva disminución de las posibilidades de guerra, y yo en esto no veo ninguna utopía.
—¡Bravo, bravo! —exclamó Sellig sin poderse contener.
—El día en el que el deporte triunfe por todas partes, en la vieja Europa y en el resto del mundo, ese día, la causa de la paz habrá logrado un nuevo y potente respaldo. Pero para ello, es preciso llevar a cabo una obra grandiosa y beneficiosa: el restablecimiento de los Juegos Olímpicos.
Este anuncio fue acogido con algunos aplausos de cortesía y ciertas risas.
—¡No puede ser! Estos imbéciles se lo están tomando a broma —exclamó Sellig.
Después de la conferencia se acercó al orador, que estaba visiblemente desanimado. De repente, Sellig comprendió por qué se había bloqueado su perfecto engranaje: ¡Por culpa de la indiferencia de unos y de la renuncia del barón! Tenía que animarlo.
—Barón, perdone que me dirija a usted. ¡No se dé por vencido! ¡Si se empeña, logrará imponer sus maravillosas ideas! ¡Siga luchando en favor del deporte y de la paz, se lo ruego! El futuro depende de ello.
Sus palabras reconfortaron al barón. Por fin había alguien que parecía que le comprendía, y se juró que haría todo lo posible por recuperar los Juegos.
De vuelta a «su» presente, Sellig Reidrassam consultó la pantalla-holograma, en la que habían vuelto a aparecer muchos más datos:
«23 de junio de 1894: Por fin se adopta la propuesta de Coubertin de restablecer los Juegos».
«Abril de 1896: Se celebran en Grecia, lugar donde habían nacido, los primeros Juegos Olímpicos modernos».
Luego apareció en la pantalla un torrente de información. Sellig se estremeció al leer uno de los datos:
«1912, 1916, 1940 y 1944: Los Juegos no se celebran por culpa de las guerras».
No le cabía la menor duda: su hermoso sueño de anular el conflicto de 2022, salvar a su hija y poder vivir de nuevo al aire libre, estaba tristemente destinado al fracaso. Hundió la cabeza entre sus manos y se echó a llorar. Había creído fervientemente que el deporte bastaría para apaciguar los ardores bélicos de la humanidad.
—¡Sellig, es increíble!
El consejero acababa de irrumpir en su laboratorio. Sellig alzó la cabeza.
—Los sensores indican que han desaparecido todas las radiaciones de la superficie de la Tierra.


Sellig se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano. Volvió a mirar la pantalla. En el apartado correspondiente al año 2022, en lugar del siniestro titular «Declaración de guerra» aparecían las palabras «Hoy se inauguran los Juegos Olímpicos».
—Además hemos recibido un mensaje de su hija: le espera en el estadio para asistir a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de 2026.

Gilles Massardier, Cuentos y Leyendas de los Juegos Olímpicos

lunes, 15 de febrero de 2016

JULIO VERNE: LOS LÍMITES DE LA IMAGINACIÓN


Puedo decirle que nunca he estudiado Ciencias, aunque gracias a mi hábito de leer he podido adquirir conocimientos que me han sido útiles (…)  Me han preguntado a menudo que fue lo que me dio la idea de escribir lo que se puede llamar novelas científicas. Realmente pienso que mi amor por los mapas y los grandes exploradores me llevaron a componer la primera de la larga serie de novelas geográficas

                Hasta el día 28 podéis contemplar en la Fundación Telefónica de Madrid esta exposición dedicada a la obra de Verne y a los descubrimientos y avances científicos que aparecen en su obras.


Julio Verne está en el origen de la curiosidad, la aventura, el descubrimiento y el conocimiento de muchos lectores que, al llegar a la edad adulta, quisieron acometer lo que el autor imaginó. Sus novelas, perfectamente documentadas, cartografiaron el mundo conocido y abrieron las puertas de otros mundos fantásticos o intuidos. Esta exposición busca sumergir al espectador en el imaginario creado por Verne, así como reflejar el papel de estímulo que supusieron sus obras para muchos de sus coetáneos.

El visitante, convertido en explorador, atravesará las obras de Verne más representativas y los distintos ámbitos en que transcurren sus novelas: la tierra, el aire, el hielo, el agua, el espacio y el tiempo, de la mano de contemporáneos españoles y extranjeros.


                Algunos de los ámbitos expositivos que podemos recorrer son:

GABINETE VERNE

                Aquí se disecciona la imaginación del autor a través de sus novelas, personajes, seres fantásticos y animales, medios de transporte e ingenios que coparon su obra. Entre otros objetos encontraremos una serie de 44 ilustraciones de personajes de Verne, desde Phileas Fogg hasta el capitán Hatteras; o inventos e ingenios presentes en sus novelas, como la linterna mágica. Por último, una instalación audiovisual nos descubre el bestiario que aparece a lo largo de su vasta creación literaria.



LA TIERRA CONOCIDA Y DESCONOCIDA

En este apartado, el visitante se topa con la biblioteca de Verne, una selección de libros que el autor manejaba y consultaba para cartografiar sus novelas. Destaca una instalación audiovisual con seis proyecciones que reproducen y conceptualizan los fenómenos que los protagonistas de Viaje al Centro de la Tierra (1864) encontraron en su periplo: la cueva, teatro de sombras, un volcán o el fuego como luz primigenia. Un mapping recrea además las rutas geográficas alrededor de los cinco continentes de las principales novelas de Verne.

TROTAMUNDOS

Este apartado es un homenaje a los viajeros y exploradores de mundo y a todos los escenarios que descubrió Fogg en La Vuelta al Mundo en Ochenta Días (1872).



MOBILIS IN MOBILI

La pasión por el mar es uno de los temas recurrentes de Verne, siendo Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino su mejor creación. Podremos ver maquetas y carteles de los primeros paquebotes comerciales del siglo XIX. Esta sección se completa con las primeras fotografías submarinas realizadas a más de 50 metros de profundidad por el biólogo Louis Marie Auguste Boutan o extractos de las películas subacuáticas del pionero del cine científico, Jean Painlevé.

DESIERTOS DE HIELO

En la época de Verne, los polos representaban el límite entre lo conocido y lo desconocido y fascinaban a muchos lectores. Verne anticipó e imaginó es curiosidad en La Esfinge de los Hielos (1897) o Las Aventuras del Capitán Hatteras (1886). En esta sección se muestran imágenes de expediciones polares, que acabaron en fracaso, como la del irlandés Shackleton, que quiso ser el primero en cruzar la Antártida de punta a punta.



FLOTAR O VOLAR

Esta sección está dedicada a la disyuntiva entre los defensores de los vuelos más ligeros que el aire, representados por los globos y los que apostaban por los más pesados, es decir, los primeros aviones. Es un recorrido por la conquista del aire. La muestra recoge esta polémica a través de diagramas, ilustraciones y grabados de la época de diferentes máquinas voladoras.



ALREDEDOR DE LA LUNA

La fascinación por viajar a la Luna está representada con las novelas De la Tierra a la Luna (1865) y su continuación Alrededor de la Luna (1870), que calaron profundamente en el imaginario colectivo y hoy en día revelan asombrosas coincidencias con la llegada real del hombre a este satélite en 1969. Una instalación geodésica muestra veinte formas de viajar a la Luna representadas en la literatura universal. La fiebre lunar queda además recogida a través de una serie de carteles relacionados con la Luna, que representan desde espectáculos de la época a imágenes de películas de George Méliès o las óperas inspiradas en Verne que Jacques Offenbach. También se muestra la pieza creativa documental “Vivir en una bala”, que recrea De la Tierra a la Luna, un viaje que Verne imaginó en un proyectil lunar disparado por un cañón.


Para terminar, lo que podemos leer en un espacio de la exposición:

jueves, 24 de diciembre de 2015

LA NOCHEBUENA MÁS HERMOSA (1914)


Es uno de los nombres con los que se conoce a la Tregua de Navidad, un breve alto el fuego no oficial que ocurrió entre el Imperio alemán y las tropas británicas estacionadas en el frente occidental de la Primera Guerra Mundial durante la Navidad de 1914. La tregua comenzó en la víspera de la Navidad, el 24 de diciembre de 1914 cuando las tropas alemanas comenzaron a decorar sus trincheras, luego continuaron con su celebración cantando villancicos, concretamente Noche de Paz. Las tropas británicas en las trincheras al otro lado respondieron entonces con villancicos en inglés.

Ambos lados continuaron gritando saludos de Navidad los unos a los otros. Pronto ya había llamadas a visitas en la tierra de nadie, donde pequeños regalos fueron intercambiados: whisky, cigarrillos, etc.

La artillería en esa región permaneció silenciosa esa noche. La tregua también permitió que los caídos recientes fueran recuperados desde detrás de las líneas y enterrados. Se condujeron ceremonias de entierro con soldados de ambos lados del conflicto llorando las pérdidas juntas y ofreciéndose su mutuo respeto.

La tregua fue también recordada en el vídeo de Paul McCartney, Pipes of Peace, de 1983.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

LA GUERRA CIVIL CONTADA A LOS JÓVENES

Enviado por Sergio:

Todas las guerras son malas, pero la guerra civil es la peor de todas, pues enfrenta al amigo con el amigo, al vecino con el vecino, al hermano contra el hermano. Hace casi ochenta años, entre 1936 y 1939, en tiempos de nuestros abuelos y bisabuelos, una espantosa guerra civil tuvo lugar en España. Causó miles de muertos, destruyó hogares, arruinó el país y llevó a mucha gente al exilio. Para evitar que tan desoladora tragedia vuelva a repetirse nunca, es conveniente recordar cómo ocurrió. Así, de aquella desgracia podrán extraerse conclusiones útiles sobre la paz y la convivencia que jamás se deben perder. Lecciones terribles que nunca debemos olvidar.

La Guerra Civil Contada a los Jóvenes es un ambicioso trabajo que surge por iniciativa de la editorial Alfaguara con la intención de acercar a los jóvenes lectores la historia de la Guerra Civil Española explicándola de forma concisa, objetiva y rigurosa, sin clichés partidarios ni etiquetas simples. Durante meses, Arturo Pérez-Reverte y Fernando Vicente han trabajado mano a mano para dar lugar a este único y excepcional libro que ahora se presenta –con los dibujos originales– en formato exposición. Se trata de un relato cronológico de la Guerra Civil que se estructura en treinta breves capítulos (en los que Pérez-Reverte da una lección de síntesis y depuración).

Reverte confiesa que la idea para este trabajo le vino a la cabeza cuando: "Leí en un libro de
texto la siguiente descripción de la muerte de Antonio Machado: “Poeta español, académico de la lengua, al cabo de un tiempo se fue a Francia, donde murió. Y con Lorca me pasó algo parecido.Entonces me dí cuenta de que había un afán de hiperprotección a los jóvenes sobre este tema, que los estaba dejando huérfanos de memoria y por tanto los hacía fácilmente manipulables".

El libro no pretende sustituir a los manuales de historia -asegura Reverte- sino que quiere ser una primera toma de contacto que incite a los jóvenes a interesarse por el tema. Que ofrezca una visión objetiva, limpia y sin clichés, para que ellos después puedan ampliar ese territorio consultando otros libros. He tratado de contar la Guerra Civil de forma escueta y objetiva, sin opiniones. Y para ello he buscado en historiadores españoles y extranjeros los elementos coincidentes".

Hasta el día 8 de diciembre, podemos ver en el Museo ABC treinta y dos dibujos originales que Fernando Vicente ha realizado para este libro. El ilustrador madrileño, inspirado en carteles de la época, penetra en el alma del personaje retratado o en la situación recreada. Sus ilustraciones son una suma de realismo más sentimientos y psicología. La generosidad en los detalles está siempre presente en su trabajo que realiza en acrílico sobre papel. El uso del ordenador sólo esta permitido, en algunas ocasiones, en la fase final. El propio ilustrador indica que "lo que he pretendido es huir de las películas a color y de las fotos coloreadas para retratar la Guerra Civil en blanco y negro, como yo siempre la he imaginado. Uso muchos colores en las ilustraciones pero todas remiten a esos colores grises o sepias que yo creo que son fundamentales para situarnos en la época. Sin colorines añadidos que no me gustan nada".


miércoles, 21 de octubre de 2015

EL PAPIRO DEL CÉSAR

           
Enviado por Pedro

Mañana, jueves, se publica una nueva aventura de Astérix y Obélix, junto con el resto de los irreductibles galos; en ella encontraremos a César, jabalíes que cazar y comer, menhires que repartir, la poción mágica de Panoramix que no podía faltar, romanos a los que sacudir, y, por supuesto, la fiesta final. Y tendremos nuevos y curiosos personajes de los que hablaremos más adelante.

Este álbum es el número 36 de la serie creada en 1959 por el dibujante Albert Uderzo y el guionista René Goscinny, fallecido en 1977, quienes ya fueron relevados en el anterior volumen de la colección, Astérix y los Pictos, del 2013, por el guionista Jean-Yves Ferri y el dibujante Didier Conrad.

La aventura toma como referencia el libro histórico escrito
por Julio César, La Guerra de las Galias, donde se narra la campaña llevado a cabo por el militar romano entre el año 58 y el 51 a.C. Pero César pudo haber exagerado y desvirtuado algunos de los hechos, como podemos leer una de las viñetas: “¿Quiénes de ellos van a protestar? ¡Son todos analfabetos! Tu libro dará fe de que has conquistado toda la Galia y el Senado aceptará financiar tus otras conquistas…”, palabras pronunciadas por un personaje que no aparece en ese momento, un malo malísimo, Bonus Promoplús, un experto en los ámbitos del marketing, la publicidad, la comunicación... Este personaje es un consejero personal, que se desenvuelve cómodamente en la sociedad y sabe progresar en los círculos de influencias. Promoplús es el hombre en la sombra del César, el que se lleva las tortas por él. Está inspirado en el publicista francés Jacques Séguela, que dirigió la campaña presidencial de Mitterand en 1981.


 Y aquí entra un nuevo personaje, Doblepolémix, un periodista combativo de un diario galo, El Eco de Condate, que aspira a hacer estallar la verdad. Este personaje tiene como modelo a Julian Assange, y, cuentan las malas lenguas, en un principio su nombre iba a ser Wikilix. Pues César se vanagloria de haber conquistado tada la Galia, pero…

Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor...

Aún queda una aldea al noroeste de la Galia, la única parte del país que no ha sido conquistada aún por Julio César, rodeada por cuatro campamentos romanos: Babaórum, Acuárium, Láudanum y Petibónum.

¡Por Tutatis, estos romanos están locos!

martes, 18 de noviembre de 2014

LA HISTORIA EMPIEZA EN SUMER

La historia empieza en Sumer, de Samuel Noah Kramer, es un clásico de la historiografía moderna, un libro semejante a otras obras que aúnan amenidad y y rigor, como Dioses, tumbas y sabios, de Ceram, la Historia de Roma de Montanelli o El otoño de la Edad Media de Huizinga.

Publicada por primera vez en 1956, esta obra de Samuel N. Kramer conoció un éxito y un reconocimiento fulminantes en todo el mundo. La edición de 1981 recoge 39 primeros testimonios de la historia escrita, pues no en vano fue el pueblo sumerio el primero que desarrolló, más de cuarenta y cinco siglos atrás y en el sur del actual Iraq, un sistema de escritura denominado cuneiforme y que es sin duda su principal aportación a la historia de la humanidad.

Kramer, a partir de los testimonios que azarosamente han llegado hasta nosotros, traza un completo y fascinante panorama del país de Sumer, en la antigua Mesopotamia: la primera civilización que dejó constancia de sus asuntos políticos, de su instrucción y su literatura, de su filosofía y su ética, de sus leyes y su justicia, de su agricultura y su medicina, e incluso de su vida sentimental. Intenta responder a las preguntas que se plantea en la introducción: ¿Cuáles fueron, por ejemplo, las primeras ideas morales y los primeros conceptos religiosos que el hombre haya fijado por medio de la escritura? ¿Cuáles fueron sus primeros razonamientos políticos, sociales, incluso filosóficos? ¿Cómo se presentaron las primeras crónicas, los primeros mitos, las primeras epopeyas y los primeros himnos? ¿Cómo fueron formulados los primeros contratos jurídicos? ¿Quién fue el primer reformador social? ¿Cuándo tuvo lugar la primera reducción de impuestos? ¿Quién fue el primer legislador? ¿Cuándo tuvieron lugar las sesiones del primer parlamento bicameral y con qué objeto? ¿Cómo eran las primeras escuelas y sus maestros? ¿Qué se enseñaba, y a quién?

domingo, 9 de noviembre de 2014

25 ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN


LA FUGA DE TRES HERMANOS 
DE ALEMANIA ORIENTAL

Los dos aviones ultraligeros surcaron el cielo a tan sólo 250 metros de altitud, siguiendo el Muro de Berlín. A la izquierda estaba Occidente, de donde habían despegado unos minutos antes, y a la derecha el Oriente, la zona de peligro en donde se disponían a entrar.

El piloto de la primera nave, Ingo Bethke, se sentía tan tenso como durante su propia fuga de la RDA, pero sonrió al no ver señales de actividad de los guardias fronterizos; además, estos no podían disparar sin permiso a los aviones. Para confundirlos aún más, las alas de las naves tenían diseño de camuflaje y llevaban pegadas grandes estrellas rojas al estilo soviético. Ingo y el otro piloto, su hermano Holger, usaban abrigos del Ejército y cascos con estrellas rojas.

Abajo, en espera de que aterrizaran, estaba el tercer hermano, Egbert, escondido entre los arbustos.

Los hermanos Bethke se criaron en el sudeste de Berlín. Eran chicos muy unidos, alegres y llenos de vida, y sus padres, ambos policías de alto rango, eran comunistas de línea dura.

Ingo, el mayor, tenía siete años de edad cuanto levantaron el Muro. Su sueño era ver el mundo, pero eso no sucedería jamás mientras estuviera atrapado en el Este. Hizo su servicio militar en un regimiento que vigilaba la frontera a lo largo de un tramo de 80 kilómetros del río Elba, al norte de Berlín. Llegó a conocer bien la zona, y se trazó un plan para escapar que mantuvo en estricto secreto.

En mayo de 1975, cuando ya tenía 21 años y un trabajo de barrendero, consiguió alquilar un auto por un fin de semana luego de haber esperado cuatro meses. Sin decirle a nadie su plan, se dirigió con un amigo a la zona fronteriza del Elba donde había patrullado. Allí no había muro, pero sí muchos peligros: primero, una ancha franja de arena cuidadosamente rastrillada; luego, una fuerte valla metálica rematada con alambre de púas y una cuerda de trampa que activaba los reflectores al ser tocada. Y más allá había una zona de minas. Lograron pasar. Agazapados en la orilla del río, inflaron una colchoneta y remaron 150 metros en silencio hasta llegar al otro lado.

Camino arriba, había una camioneta estacionada de la policía fronteriza de Alemania Occidental.

—Es una noche muy fría para nadar —le dijo el agente a Ingo cuando este golpeó la ventanilla.

—No cuando uno nada para salir del Este —repuso él sonriendo.

La fuga de Ingo desató mucha presión sobre su familia. Sus padres perdieron su trabajo, y su hermano menor, Holger, era vigilado todo el tiempo. En marzo de 1983, la noche en que este cumplió 30 años, decidió huir también. Tomó una última copa y se despidió sollozando de Egbert, la única persona que conocía su plan.

Durante varias semanas, Holger y un amigo habían practicado el tiro con arco a escondidas y hecho ensayos en el bosque. Holger había encontrado una calle cerca del parque Treptow donde la Franja de la Muerte era angosta, con casas altas en ambos lados. Subió sigilosamente a un desván con su arco y trepó al techo por un tragaluz.

Allí, disparó una flecha que voló unos 40 metros por encima del Muro y más allá de la casa opuesta. La flecha llevaba atada una cuerda de nailon, en cuya cola Holger había atado un cable largo. Del otro lado estaba su hermano Inge, quien tiró de la cuerda para alcanzar el cable. Holger ató su extremo del cable alrededor de la chimenea de la casa; Ingo amarró el suyo al paragolpes de su auto y movió este marcha atrás; algunos metros para tensar el cable. Entonces llegó el momento de extremo peligro.

Holger había fabricado un arnés con una polea de metal atornillada a un marco de madera provisto de dos agarraderas y una correa para atarse la muñeca. Colocó la polea sobre el cable, se asió de las agarraderas y se lanzó al vacío. Con un leve chirrido, se deslizó por encima del Muro hasta alcanzar un balcón de la casa opuesta. Ahora, dos de los hermanos se encontraban en el Oeste.

Ingo y Holger vivían en Colonia, donde abrieron un bar, y sólo pensaban en cómo ayudar a su otro hermano. La policía hostigaba a Egbert, e incluso llegó a ofrecerle un pasaje gratis a otro país, pero él lo rechazó porque sabía que era una trampa. “Me gusta la RDA y aquí me quedo”, replicó.

Cierto día Ingo vio una foto de un minihelicóptero en una revista, y fue a una feria en Hannover para verlo; sin embargo, era sólo un prototipo. Luego él y Holger conocieron por casualidad a dos pilotos franceses que les hablaron de los aviones ultraligeros. Los hermanos viajaron a Francia y volaron en uno de ellos. “Esta es la solución”, dijo Ingo. “Ahora podremos sacar a Egbert del Este”.

Las pequeñas naves carecían de protección para los tripulantes: eran sólo dos asientos juntos, unas ruedas diminutas y el motor de un cañón de nieve artificial. Se podían desarmar y transportar en un remolque.

En mayo de 1989, luego de cuatro años de preparativos, Ingo y Holger fueron hasta Berlín Occidental y allí le enviaron un mensaje en clave a Egbert: “Ulrike está bien”. Era la señal para que estuviera listo.

A la medianoche del 25 de mayo, Ingo y Holger armaron los aviones en una cancha del parque Britzer Mühle. Si uno de ellos fallaba, tratarían de despegar en el otro con los tres a bordo; sin embargo, no estaban seguros de que fuera posible.

Ingo revisó los cables de control para asegurarse de que estuvieran bien afianzados. A las 4:15 de la mañana, Egbert se escondió entre los arbustos del parque Treptow.

Minutos después, los dos pilotos encendieron los motores y despegaron. Pronto divisaron el parque. Ingo perdió altura mientras Holger volaba en círculos más arriba, listo para aterrizar si surgían problemas; luego bajó un poco y mantuvo la altitud.

—Bien, aterriza ahora —le dijo Holger a Ingo por radiotransmisor.

Egbert salió de su escondite, corrió hacia el avión mientras este tocaba el suelo y de un salto subió al asiento vacío. Hacía 14 años que los hermanos no se veían, pero no había tiempo para charlar. Ingo le dio a Egbert un casco y aceleró el motor.

Con una persona más a bordo, el avión aumentó de velocidad lentamente. Alzó el vuelo y apenas libró los árboles. Ingo dobló de nuevo hacia el Muro, y lo siguió con rumbo al norte. Cinco minutos después, divisó la silueta del Reichstag más adelante, en el lado oeste de la ciudad.

El extenso prado situado enfrente de él se convirtió en su pista. Los dos aviones se detuvieron dando tumbos, y los tres hermanos bajaron de un salto dando gritos de alegría.

Varios amigos que los esperaban los llevaron a un bar a tomar una cerveza. “Fue el mejor trago que he bebido en mi vida”, dice Egbert. “Pensé que jamás volvería a ver a mis hermanos, pero bajaron del cielo como ángeles y me llevaron al paraíso”.

Selecciones Reader's Digest

99 LUFTBALLONS

La cantante alemana Nena, en 1983, popularizo la canción protesta 99 Luftballons (en español: 99 globos). La letra es una crítica a la situación política imperante durante la Guerra Fría. Originalmente cantada en alemán, con posterioridad fue traducida al idioma inglés como 99 Red Balloons (99 globos rojos). Es una de las canciones pop de un cantante alemán con más éxito en el mundo.

Carlo Karges, el guitarrista de la banda de Nena, se encontraba en un concierto de los Rolling Stones, donde vio cómo soltaban unos globos. Al moverse estos hacia el horizonte notó como cambiaban la forma del conjunto, y en lugar de parecer globos le parecieron una especie de nave espacial, y se preguntó qué pasaría si éstos flotaran a través del Muro de Berlín hacia el lado comunista de Alemania. Tras esta experiencia escribió 99 Luftballons.

Tanto la versión alemana como la inglesa cuentan la historia de 99 globos que flotan en el aire. Las fuerzas militares se confunden al detectar los objetos que vuelan, se asustan, sobrerreaccionan y lanzan un ataque nuclear apocalíptico. Uwe Fahrenkrog-Petersen compuso la música. Kevin McAlea escribió la letra de la versión inglesa, titulada 99 Red Balloons, que tiene un tono más satírico que la original. El título original se traduce como 99 globos. El color rojo se añadió en la versión inglesa; muchos suponen que esto se refiere a la percepción de la amenaza comunista, a pesar de que esta no aparece en la canción original.