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viernes, 20 de abril de 2018

EL SÉPTIMO CÍRCULO DEL INFIERNO


El KGB, el régimen nazi, la Inquisición, las guerras, el FBI, el gobierno chino, el hambre, la pérdida de un ser querido, la enfermedad, el exilio, la censura... Muchos son, en efecto, los infiernos de la literatura a los que se han tenido que enfrentar escritores y escritoras de todos los tiempos.

Este el tercer libro donde Santiago Posteguillo nos contagia su amor por los libros y en especial por los autores cuyo genio y talento hizo que del infierno salieran con obras que nos acompañan en muchos momentos. Antes fueron La Noche en que Frankenstein Leyó el Quijote o La Sangre de los Libros, donde nos contaba la historia oculta de los libros o de sus autores.

El título del libro viene del interrogatorio a Vera Caspary, autora de novela negra, por el Comité de Actividades Antiamericanas al acusadanrla de ser comunista: le amenazaron con convertir su vida en un infierno, y ella les replicó que la dejaran en el séptimo infierno (el círculo donde Dante en La Divina Comedia sitúa a los asesinos).

                Ya en el prólogo Posteguillo nos advierte:

Muchas son las circunstancias terribles en las que se generan los libros. Esto no es porque a los autores les gusten los problemas, las dificultades y las penurias. Es simplemente porque los libros, desde siempre, ya sean poemas, obras de teatro, ensayos o novelas, han sido perseguidos, y los que persiguen son muy buenos en crear infiernos perfectos, totales, completos para los creadores a los que buscan acorralar. Lo que les duele a los perseguidores, lo que no terminan de entender es cómo es posible que incluso en esos infiernos se escriba tanto y tan bien (...)

El séptimo círculo del infierno intenta mostrar algunos de estos mundos terribles, de estos momentos duros, y cómo grandes escritores y autoras de todos los tiempos supieron superarlos, doblegarlos, romperlos y, al hacerlo, regalarnos maravillosas obras de la literatura.

                Y el autor, cual nuevo Virgilio, con su prosa amena nos acompaña en este viaje a los infiernos, y nos va mostrando anécdotas y curiosidades sobre diversos escritores. Y de esta manera, por sus páginas se pasean Safo, Rustichello da Pisa (con Los Viajes de Marco Polo), Cristina de Pizán (que a finales del siglo XIV en La ciudad de las damas escribe un manifiesto en favor de los derechos de la mujer), sor Juana Inés de la Cruz, Kipling, Zenobia Camprubí, Saki, Concha Espina, Pearl S. Buck, Carson McCullers, Imre Kertész, Mijaíl Bulgákov, Julia de Burgos, entre otros muchos.

                Es de agradecer que, hasta bien entrado el capítulo, en ningún momento Posteguillo desvele de quién está hablando, lo cual favorece la intriga y el interés del lector.


domingo, 1 de abril de 2018

EL CONTADOR DE CUENTOS


Era una tarde calurosa y, como correspondía, en el vagón del tren hacía un calor sofocante; la siguiente parada era Templecombe, aproximadamente a una hora de viaje. El departamento estaba ocupado por una niña pequeña, una niña más pequeña y un niño pequeño. Una tía de los niños se sentaba en una esquina y, enfrente, en la esquina opuesta, el asiento estaba ocupado por un hombre soltero que no tenía nada que ver con el grupo, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño se habían adueñado por completo del departamento. Tanto la tía como los niños mantenían una conversación limitada pero persistente, recordándonos las atenciones de una mosca casera inasequible al desaliento. La mayoría de las frases de la tía parecían empezar por un: «No…», y casi todas las contestaciones de los niños comenzaban por un: «¿Por qué?» El hombre soltero no decía nada en voz alta.
—¡No!, Cyril, ¡no! —exclamó la tía cuando el niño pequeño empezó a dar golpes en los cojines de los asientos, levantando una nube de polvo con cada golpe.— Ven aquí y mira por la ventanilla —añadió.
El niño se acercó remiso a la ventana.
—¿Por qué están sacando a aquellas ovejas de ese campo? —preguntó.
—Supongo que las están llevando a otro campo donde haya más hierba —dijo la tía con voz débil.
—Pero hay un montón de hierba en este campo —protestó el niño. —Allí no hay nada más que hierba. Tía, hay montones de hierba en ese campo.
—Tal vez la hierba sea mejor en el otro campo —sugirió la tía torpemente.
—¿Por qué es mejor? —fue la inmediata e inevitable pregunta.
—¡Oh! ¡Mira esas vacas! —exclamó la tía. En casi todos los campos que corrían a lo largo de la vía había vacas o novillos, pero hablaba como si estuviera viendo algo excepcional.
—¿Por qué es mejor la hierba del otro campo? —insistió Cyril.
Poco a poco, el ceño del hombre soltero se iba frunciendo cada vez más profundamente. Se trataba de un hombre severo e impasible, había decidido la tía en su mente. Pero ella era del todo incapaz de llegar a ninguna explicación satisfactoria sobre la hierba en el otro campo.
La niña más pequeña introdujo una variación cuando empezó a recitar «Por el camino a Mandalay». Sólo sabía el primer verso, pero estaba dispuesta a hacer el uso más largo posible del mismo. Lo repetía una y otra vez con una voz soñadora pero decidida y perfectamente audible. Al hombre le parecía como si la niña hubiera apostado con alguien a que era capaz de repetirlo dos mil veces sin parar. Pero, fuera quien fuera el que hubiera apostado, parecía que estaba perdiendo la apuesta.
—Venid aquí y escuchad un cuento —dijo la tía, momento en que el hombre dirigió dos veces la mirada hacia ella y una al cable de alarma.
Los niños se acercaron con desgana hacia la tía en el extremo del compartimiento. Era evidente que no la tenían en mucha estima como contadora de cuentos.
En voz baja y con un tono confi dencial, interrumpido con frecuencia por las ruidosas y malhumoradas preguntas de sus oyentes, comenzó a relatar una sosa y lamentable historia sobre una niña pequeña que era buena y se hacía amiga de todos por su bondad, y que al final era salvada de un toro malvado por un montón de gente que admiraba su carácter moral.
—¿No la habrían salvado si no hubiera sido buena? —preguntó la mayor de las niñas pequeñas. Esa era precisamente la pregunta que el hombre hubiera deseado hacer.
—Bien, sí… —admitió, insegura, la tía. —Pero pienso que no hubieran corrido tan deprisa para socorrerla si no la hubieran querido tanto.
—Es el cuento más tonto que he oído nunca —dijo, totalmente convencida, la mayor de las niñas.
—Dejé de escuchar desde la primera frase. Es tan tonto —dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario, pero ya hacía un rato que había vuelto con el repetido murmullo de su verso favorito.
—No parece que tenga usted mucho éxito como contadora de cuentos —dijo inesperadamente el hombre soltero desde su esquina.
La tía saltó al instante para defenderse de ese ataque inesperado.
—Contar cuentos a niños que no pueden entenderlos ni apreciarlos, es algo muy difícil —dijo con frialdad.
—No estoy de acuerdo con usted —dijo el hombre.
—Quizá a usted le gustaría contarles uno —replicó la tía.
—Cuéntanos un cuento —pidió la mayor de las niñas.
—Érase una vez —empezó el hombre soltero— una niña pequeña que se llamaba Berta y que era extraordinariamente buena.
El interés de los niños, momentáneamente despertado, empezó en seguida a vacilar; todos los cuentos se parecían terriblemente entre sí, de manera independiente de quien los contara.
—Hacía todo lo que se le decía; siempre decía la verdad; mantenía limpias sus ropas; se comía los pasteles de leche como si fueran tartas de mermelada; se aprendía perfectamente las lecciones y tenía buenos modales.
—¿Era guapa? —preguntó la mayor de las niñas.
—No era tan bonita como vosotras —dijo el hombre—; pero era horriblemente buena.
Se produjo una ola de reacción a favor del cuento. La palabra horrible ligada a bondad era algo novedoso que la hacía encomiable. Parecía introducir un punto de verdad que no se hallaba en las historias sobre la vida infantil que les contaba su tía.
—Era tan buena —continuó el hombre soltero— que había ganado varias medallas por su bondad y siempre las llevaba prendidas en su vestido. Una medalla era por obediencia, otra medalla era por puntualidad, y la tercera era por buen comportamiento. Eran grandes medallas de metal que tintineaban una con otra cuando andaba. En la ciudad donde ella vivía no había ningún otro niño que tuviera tres medallas, así que todos sabían que debía ser una niña superbuena.
—Horriblemente buena —repitió Cyril.
—Todos hablaban de su bondad y hasta el Príncipe del país llegó a oír hablar de ella; y dijo que, ya que era tan buena, la permitía ir a pasear un día a la semana por el parque del Príncipe, que se encontraba en las afueras de la ciudad. Era un hermoso parque y a ningún niño se le había permitido eso nunca, de forma que para Berta era un gran honor poder ir allí.
—¿Había ovejas en el parque? —preguntó Cyril.
—No —dijo el hombre soltero—; allí no había ovejas.
—¿Por qué allí no había ninguna oveja? —era la inevitable pregunta como consecuencia de tal respuesta.
La tía se permitió una sonrisa que casi podría haber sido descrita como burlona.
—No había ovejas en el parque —dijo el hombre soltero— porque la madre del Príncipe había tenido una vez un sueño en el que su hijo era o bien asesinado por una oveja, o bien por un reloj de pared que le caía encima. Por esa razón, el Príncipe no dejó que nunca hubiera una oveja en su parque o un reloj de pared en su palacio.
La tía inhibió un gritito de admiración.
—¿Al Príncipe lo mató una oveja o un reloj? —preguntó Cyril.
—Él vive todavía, de modo que aún no podemos saber si el sueño se hará realidad —dijo el soltero despreocupadamente—. De cualquier forma no había ninguna oveja en el parque, pero sí había montones de cerditos correteando por todos los sitios.
—¿De qué color eran?
—Eran negros con la cara blanca; blancos con manchas negras; totalmente negros; grises con manchas blancas y algunos eran blancos del todo.
El contador de cuentos hizo un alto para facilitar que una idea precisa de los tesoros que albergaba el parque se abriera camino en la imaginación de los niños.
Entonces continuó:
—Berta se puso bastante triste cuando vio que no había fl ores en el parque. Con lágrimas en los ojos había prometido a sus tías que no cortaría ninguna de las flores del Príncipe, y estaba dispuesta a cumplir su promesa, de forma que, al ver que allí no había flores que cortar, se sintió tonta.
—¿Por qué no había flores allí?
—Porque los cerdos se las habían comido todas, dijo el hombre a bote pronto. Los jardineros le habían dicho al Príncipe que no podía tener fl ores y cerdos a la vez, así que decidió tener cerdos y no flores.
Se produjo un murmullo de aprobación por la excelente decisión del Príncipe; muchos otros habrían decidido lo contrario.
—En el parque había otras muchas cosas maravillosas. Había estanques con peces verdes, dorados y azules; árboles con loros preciosos que decían palabras inteligentes cuando se les hablaba, y pájaros cantores que tarareaban todas las canciones populares del momento. Berta iba de aquí para allá; disfrutaba inmensamente y pensaba para sí: «Si yo no fuera tan extraordinariamente buena, no se me habría permitido venir a este parque tan hermoso y disfrutar de todo lo que hay en él», y sus tres medallas tintineaban entre sí cuando andaba y la ayudaban a recordar cuán maravillosamente buena era. Precisamente en ese momento, un lobo enorme vino a rondar por el parque para ver si podía atrapar un cerdito rollizo para la cena.
—¿De qué color era? —preguntaron los niños, en medio de un interés que iba a más rápidamente.
—Todo él era de color del barro, con una lengua negra y unos ojos gris claro que destellaban con una ferocidad inenarrable. Lo primero que vio en el parque fue a Berta; su delantal era tan inmaculadamente blanco y estaba tan limpio que podía verse a una gran distancia. Berta vio que el lobo se dirigía con sigilo hacia ella y empezó a desear que nunca la hubieran permitido entrar en el parque. Corrió todo lo que podía y el lobo se acercó a ella a grandes saltos. Logró alcanzar un macizo de arbustos de mirto y se escondió en una de las partes más espesas. El lobo empezó a olfatear entre las ramas; su lengua negra colgaba fuera de la boca y sus ojos gris claro brillaban furiosos. Berta estaba terriblemente asustada y se decía: «Si yo no hubiera sido tan extraordinariamente buena, en este momento estaría segura en la ciudad». Sin embargo, el olor del mirto era tan fuerte que el lobo no podía localizar el lugar donde se escondía Berta; y los arbustos estaban tan tupidos que hubiera podido pasar mucho tiempo sin que pudiera atraparla, así que pensó que sería mejor dejarla y cazar un cerdito en su lugar. Berta temblaba mucho al sentir que el lobo estaba rondando y husmeando tan cerca de ella; y cuando temblaba la medalla de obediencia chocaba con las medallas de buen comportamiento y puntualidad. En el momento en que el lobo empezaba a alejarse oyó el sonido de las medallas y se detuvo a escuchar. Volvieron a chocar otra vez en un matorral muy próximo. Se precipitó en los arbustos y sus pálidos ojos grises destellaron con el brillo de la ferocidad y el triunfo. Arrastró a Berta y la devoró hasta el último bocado. Sólo dejó sus zapatos, algunos trozos de ropa y las tres medallas por su bondad.
—¿Mató a alguno de los cerditos?
—No, todos escaparon.
—El cuento empezó mal —dijo la más pequeña de las niñas pequeñas—, pero tiene un final muy bonito.
—Es el cuento más bonito que he oído nunca —dijo la mayor de las niñas pequeñas con fi rme determinación.
De la tía partió una opinión discordante.
—¡Es una historia inadecuada para ser contada a niños pequeños! Usted ha minado el resultado de años de una enseñanza cuidadosa.
—De cualquier forma —dijo el hombre soltero, mientras recogía sus pertenencias preparándose para dejar el compartimiento—, los he tenido callados durante diez minutos, que es mucho más de lo que usted fue capaz.
¡Pobre mujer —pensó para sí mientras caminaba a lo largo del andén de la estación de Templecombe—, durante los próximos seis meses, más o menos, los niños la acosarán en público pidiéndole que les cuente una historia inadecuada!

Saki

viernes, 12 de agosto de 2016

ALICIA EN WESTMINSTER


Saki presentó al director del periódico The Westminster Gazette el proyecto de publicar unos artículos de sátira política ilustrados por Gould y utilizando los personajes de Alicia en el País de las Maravillas. La serie vio la luz entre julio de 1900 y enero de 1902. El éxito fue inmediato.

La serie de Alicia le ayudó a encontrar una voz narrativa propia, que luego desarrollaría, en la que sobresalen la ironía y la precisión de los diálogos. La ingenuidad de Alicia contrasta con la mordacidad del narrador. Saki refleja a la perfección la perplejidad de Alicia, pero el lector posee las claves de ese mundo extraño en el que el objeto del maravillarse es la realidad de los acontecimientos políticos contemporáneos. El resultado es una serie de viñetas que captan el espíritu de la obra original y desvían de forma muy lograda los materiales carrollianos hacia los fines de la sátira política.

La sátira de Saki y de Gould está dirigida ante todo contra la incompetencia gubernamental en la dirección de la segunda guerra contra los bóers y contra algunos de los principales protagonistas de la vida política inglesa del cambio de siglo, con referencias ocasionales a otros asuntos de actualidad política.

Las ilustraciones de Gould se basan en las que aparecían en los libros originales de Alicia, firmadas por Tenniel. Los personajes de los dibujos adoptan los rostros y actitudes de personalidades políticas, intelectuales o religiosas de la escena británica del momento. 

domingo, 21 de septiembre de 2014

¿POR QUÉ ME GUSTAN LOS CUENTOS?

Cuando era niño, una etapa de mi vida que aún sigo sintiendo muy cercana, me encantaban los relatos breves. Me gustaban porque me daba tiempo a leerlos de principio a fin en los ratos que podía dedicar a la lectura en aquella época: el recreo, la hora de la siesta o los trayectos en tren. Nada más empezar, la historia me atrapaba y me transportaba a un mundo nuevo y desconocido y, en cosa de media hora, me encontraba de nuevo sano y salvo en mi casa, o en el colegio.

Hay historias que, si las lees a la edad apropiada, te acompañarán el resto de tu vida. Puede que olvides el título, o quién las escribió; puede que con el paso del tiempo no recuerdes con claridad los detalles de la trama, pero si un relato te conmueve en cualquier sentido, pasará a formar parte de ti y se instalará para siempre en algún remoto rincón de tu mente.

El miedo es la emoción más intensa y la que deja una huella más profunda. Si un escalofrío te recorre el cuerpo, si al terminar de leer te encuentras cerrando el libro despacito, como con temor y, a continuación, apartándote de él con cuidado, puedes estar seguro de que esa historia permanecerá en tu cabeza para siempre. A los nueve años leí un cuento que terminaba en una habitación con las paredes y el suelo cubiertos de caracoles. Creo recordar que los caracoles en cuestión eran carnívoros y que reptaban lentamente hacia alguien con la intención de devorarlo. Todavía hoy, con sólo recordarlo, siento los mismos escalofríos que sentí al leerlo por primera vez.

La fantasía te cala hasta los huesos. Hay una curva en una carretera por la que paso de vez en cuando desde la cual se divisa un pueblecito situado más allá de unas verdes lomas; por detrás del pueblo asoman unos montes parduscos y de aspecto escabroso y, al fondo del todo, unas montañas cubiertas de niebla. Siempre que paso por allí, recuerdo cuando leí El Señor de los Anillos. Ese libro forma parte de mí, sus personajes y la historia que relata se quedaron grabados en algún lugar de mi mente y, cada vez que contemplo ese paisaje, la fantasía de Tolkien vuelve a cobrar vida en mi imaginación como por arte de magia.

Y la ciencia ficción te lleva más allá de las estrellas y te transporta a otras épocas y otras maneras de concebir el mundo. No hay nada mejor que introducirse durante un rato en la cabeza de un ser de otro mundo para recordar lo mucho que tenemos en común con nuestros semejantes.

Los cuentos son como ventanas diminutas que nos permiten asomarnos a otros mundos, a otras formas de pensamiento, a otros sueños. Son vehículos que nos transportan hasta los confines del universo y nos traen de vuelta a casa a tiempo para cenar.

Llevo ya casi un cuarto de siglo escribiendo relatos cortos. Al principio me fueron muy útiles para aprender el oficio y empezar a desarrollar mi estilo. Lo más difícil cuando eres un escritor novato es terminar algo, y eso fue lo que aprendí escribiendo cuentos. Ahora, la mayor parte de las cosas que escribo son historias bastante largas —cómics largos, libros largos o películas largas —, y escribir un relato breve, algo que puedo terminar en un fin de semana o, como mucho, en una semana, es una auténtica gozada.

Muchos de mis autores favoritos de cuando era niño siguen estando entre mis preferidos ahora que soy adulto; escritores como Saki o Harlan Ellison, John Collier o Ray Bradbury. Hechiceros que practican la magia de cerca, que, con tan sólo veintisiete letras y unos cuantos signos de puntuación, pueden hacerte reír o romperte el corazón; y todo, en unas pocas páginas.


Neil Gaiman