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domingo, 15 de agosto de 2021

THÉODEN ATACA EN EL ABISMO DE HELM

 


-Me muero de impaciencia en esta prisión -dijo Théoden-. Si hubiera podido empuñar una lanza, cabalgando al frente de mis hombres, habría sentido quizás otra vez la alegría del combate, terminando así mis días. Pero de poco sirvo estando aquí.

-Aquí al menos estáis protegido por la fortaleza más inexpugnable de la Marca –dijo Aragorn-. Más esperanzas tenemos de defendemos aquí en Cuernavilla que en Edoras y aun allá arriba en las montañas de El Sagrario.

-Dicen que Cuernavilla no ha caído nunca bajo ningún ataque -dijo Théoden-; pero esta vez mi corazón teme. El mundo cambia y todo aquello que alguna vez parecía invencible hoy es inseguro. ¿Cómo podrá una torre resistir a fuerzas tan numerosas y a un odio tan implacable? De haber sabido que las huestes de Isengard eran tan poderosas, quizá no hubiera tenido la temeridad de salirles al encuentro, pese a todos los artificios de Gandalf. El consejo no parece ahora tan bueno como al sol de la mañana.

-No juzguéis el consejo de Gandalf, señor, hasta que todo haya terminado –dijo Aragorn.

-El fin no está lejano -dijo el rey-. Pero yo no acabaré aquí mis días, capturado como un viejo tejón en una trampa. Crinblanca y Hasufel y los caballos de mi guardia están aquí, en el patio interior. Cuando amanezca, haré sonar el cuerno de Helm, y partiré. ¿Cabalgarás conmigo, tú, hijo de Arathorn? Quizá nos abramos paso, o tengamos un fin digno de una canción... si queda alguien para cantar nuestras hazañas.

-Cabalgaré con vos -dijo Aragorn.

Despidiéndose, volvió a los muros, y fue de un lado a otro reanimando a los hombres yprestando ayuda allí donde la lucha era violenta. Legolas iba con él. Allá abajo estallaban fuegos que conmovían las piedras. El enemigo seguía arrojando ganchos y tendiendo escalas. Una y otra vez los orcos llegaban a lo alto del muro exterior y otra vez eran derribados por los defensores.

Por fin llegó Aragorn a lo alto de la arcada que coronaba las grandes puertas, indiferente a los dardos del enemigo. Mirando adelante, vio que el cielo palidecía en el este. Alzó entonces la mano vacía, mostrando la palma, para indicar que deseaba parlamentar.

Los orcos vociferaban y se burlaban.

-¡Baja! ¡Baja! - le gritaban-. Si quieres hablar con nosotros, ¡baja! ¡Tráenos a tu rey! Somos los guerreros Uruk-hai. Si no viene, iremo s a sacarlo de su guarida. ¡Tráenos al cobardón de tu rey!

-El rey saldrá o no, según sea su voluntad -dijo Aragorn.

-Entonces ¿qué haces tú aquí? - le dijeron-. ¿Qué miras? ¿Quieres ver la grandeza de nuestro ejército? Somos los guerreros Uruk-hai.

-He salido a mirar el alba -dijo Aragorn.

-¿Qué tiene que ver el alba? -se mofaron los orcos-. Somos los Uruk-hai; no dejamos la pelea ni de noche ni de día, ni cuando brilla el sol o ruge la tormenta. Venimos a matar, a la luz del sol o de la luna. ¿Qué tiene que ver el alba?

-Nadie sabe qué habrá de traer el nuevo día -dijo. Aragorn-. Alejaos antes de que se vuelva contra vosotros.

-Baja o te abatiremos - gritaron-. Esto no es un parlamento. No tienes nada que decir.

-Todavía tengo esto que decir -respondió Aragorn-. Nunca un enemigo ha tomado Cuernavilla. Partid, de lo contrario ninguno de vosotros se salvará. Ninguno quedará con vida para llevarlas noticias al Norte. No sabéis qué peligro os amenaza.

Era tal la fuerza y la majestad que irradiaba Aragorn allí de pie, a solas, en lo alto de las puertas destruidas, ante el ejército de sus enemigos, que muchos de los montañeses salvajes vacilaron y miraron por encima del hombro hacia el valle y otros echaron miradas indecisas al cielo. Pero los orcos se reían estrepitosamente; y una salva de dardos y flechas silbó por encima del muro, en el momento en que Aragorn bajaba de un salto.

Hubo un rugido y una intensa llamarada. La bóveda de la puerta en la que había estado encaramado se derrumbó convertida en polvo y humo. La barricada se desperdigó como herida por el rayo. Aragorn corrió a la torre del rey.

Pero en el momento mismo en que la puerta se desmoronaba y los orcos aullaban alrededor preparándose a atacar, un murmullo se elevó detrás de ellos, como un viento en la distancia, y creció hasta convertirse en un clamor de muchas voces que anunciaban extrañas nuevas en el amanecer. Los orcos, oyendo desde el Peñón aquel rumor doliente, vacilaron y miraron atrás. Y entonces, súbito y terrible, el gran cuerno de Helm resonó en lo alto de la torre.

Todos los que oyeron el ruido se estremecieron. Muchos orcos se arrojaron al suelo boca abajo, tapándose las orejas con las garras. Y desde el fondo del Abismo retumbaron los ecos, como si en cada acantilado y en cada colina un poderoso heraldo soplara una trompeta vibrante. Pero los hombres apostados en los muros levantaron la cabeza y escucharon asombrados: aquellos ecos no morían. Sin cesar resonaban los cuernos de colina en colina; ahora más cercanos y potentes, respondiéndose unos a otros, feroces y libres.

-¡Helm! ¡Helm! - gritaron los caballeros-. ¡Helm ha despertado y retorna a la guerra! ¡Helm ayuda al Rey Théoden!

En medio de este clamor, apareció el rey. Montaba un caballo blanco como la nieve; de oro era el escudo y larga la lanza. A su diestra iba Aragorn, el heredero de Elendil, y tras él cabalgaban los señores de la Casa de Eorl el joven. La luz se hizo en el cielo. Partió la noche.

-¡Adelante, Eorlingas!

Con un grito y un gran estrépito se lanzaron al ataque. Rugientes y veloces salían por los portales, cubrían la explanada y arrasaban a las huestes de Isengard como un viento entre las hierbas. Tras ellos llegaban desde el Abismo los gritos roncos de los hombres que irrumpían de las cavernas persiguiendo a los enemigos. Todos los hombres que habían quedado en el Peñón se volcaron como un torrente sobre el valle. Y la voz potente de los cuernos seguía retumbando en las colinas.

Avanzaban galopando sin trabas, el rey y sus caballeros. Capitanes y soldados caían o huían delante de la tropa. Ni los orcos, ni los hombres podían resistir el ataque. Corrían, de cara al valle y de espaldas a las espadas y las lanzas de los jinetes. Gritaban y gemían, pues la luz del amanecer había traído pánico y desconcierto.

Así partió el Rey Théoden de la Puerta de Helm y así se abrió paso hacia la empalizada. Allí la compañía se detuvo. La luz crecía alrededor. Los rayos del sol encendían las colinas orientales y centelleaban en las lanzas. Los jinetes, inmóviles y silenciosos, contemplaron largamente el Valle del Bajo.

El paisaje había cambiado. Donde antes se extendiera un valle verde, cuyas laderas herbosas trepaban por las colinas cada vez más altas, ahora había un bosque. Hileras e hileras de grandes árboles, desnudos y silenciosos, de ramaje enmarañado y cabezas blanquecinas; las raíces nudosas se perdían entre las altas hierbas verdes. Bajo la fronda todo era oscuridad. Un trecho de no más de un cuarto de milla separaba a la empalizada del linde de aquel bosque. Allí se escondían ahora las arrogantes huestes de Saruman, aterrorizadas por el rey tanto como por los árboles. Como un torrente habían bajado desde la Puerta de Helm hasta que ni uno solo quedó más arriba de la empalizada; pero allá abajo se amontonaban como un hervidero de moscas. Reptaban y se aferraban a las paredes del valle tratando en vano de escapar. Al este la ladera era demasiado escarpada y pedregosa; a la izquierda, desde el oeste., avanzaba hacia ellos el destino inexorable.

De improviso, en una cima apareció un jinete vestido de blanco y resplandeciente al sol del amanecer. Más abajo, en las colinas, sonaron los cuernos. Tras el jinete un millar de hombres a pie, espada en mano, bajaba de prisa las largas pendientes. Un hombre recio y de elevada estatura marchaba entre ellos. Llevaba un escudo rojo. Cuando llegó a la orilla del valle se llevó a los labios un gran cuerno negro y sopló con todas sus fuerzas.

-¡Erkenbrand! -gritaron los caballeros-. ¡Erkenbrand! ¡Contemplad al Caballero Blanco! -gritó Aragorn Gandalf ha vuelto!

-¡Mithrandir, Mithrandir! -dijo Legolas-. ¡Esto es magia pura! ¡Venid! Quisiera ver este bosque, antes que cambie el sortilegio.

Las huestes de Isengard aullaron, yendo de un lado a otro, pasando de un miedo a otro. Nuevamente sonó el cuerno de la torre. Y la compañía del rey se lanzó a la carga a través del foso de la empalizada. Y desde las colinas bajaba, saltando, Erkenbrand, señor del Folde Oeste. Y también bajaba Sombragris, brincando como un ciervo que corretea sin miedo por las montarías. Allá estaba el Caballero Blanco y el terror de esta aparición enloqueció al enemigo. Los salvajes montañeses caían de bruces. Los orcos se tambaleaban y gritaban y arrojaban al suelo las espadas y las lanzas. Huían como un humo negro arrastrado por un vendaval. Pasaron, gimiendo, bajo la acechante sombra de los árboles; y de esa sombra ninguno volvió a salir.

J R R Tolkien, Las dos torres

miércoles, 19 de mayo de 2021

GUSTOS

 

Lytten miró de reojo a sus compañeros y sonrió brevemente. Al igual que él, la mayoría rondaba los cincuenta; todos ellos tenían ese aspecto cansado y desaliñado característico de su profesión. A ninguno le preocupaba mucho la elegancia en el vestir; preferían los trajes de tweed desgastados por el uso y los zapatos cómodos. Tenían el cuello de la camisa deshilachado, salvo aquéllos a los que su esposa le daba la vuelta antes de admitir que no se podía hacer nada más. A las americanas les cosían coderas de piel para alargarles la vida; la mayoría lucía unos calcetines que habían sido zurcidos con cuidado y de manera repetida. Lytten suponía que eran sus mejores amigos, gente a la que, en algunos casos, conocía desde hacía décadas. Sin embargo, no los consideraba amigos, ni siquiera colegas. La verdad es que no sabía qué eran. Simplemente formaban parte de su vida: las personas con las que pasaba el sábado, después de que algunos acudiesen a la biblioteca y otros dedicaran una o dos horas a la enseñanza.

Todos ellos tenían una pasión secreta, que ocultaban bien a la mayor parte del mundo. Les gustaban los relatos. Algunos sentían debilidad por las historias de detectives y poseían montones de Penguin de lomo verde escondidos tras libros encuadernados en piel de historia anglosajona o filosofía clásica. Otros sentían un amor igual de ardiente e ilícito por la ciencia ficción, y nada les agradaba más que aovillarse con un relato de una exploración interestelar entre las clases sobre la evolución y la acogida que tenía la novela rusa del siglo XIX. Unos cuantos preferían los libros de espías y las novelas de aventuras, ya fuesen de Rider Haggard o Buchan o (para los más disolutos) James Bond.

Lytten mostraba una inclinación por las historias fantásticas de tierras imaginarias, habitadas (si es que ésta era la palabra) por dragones y trols y trasgos. Había sido eso lo que lo había movido, hacía ya muchos años, a buscar la compañía de Lewis y Tolkien.

Se trataba de un interés que se había apoderado de él cuando tenía trece años, cuando se vio postrado en la cama durante cuatro meses con sarampión, luego paperas y después varicela. De manera que leyó. Y leyó y leyó. No había otra cosa que hacer; ni siquiera contaba aún con un aparato en el que pudiera escuchar la radio. Si su madre no paraba de llevarle obras respetables y edificantes, su padre le pasaba de tapadillo cosas disparatadas. Historias de caballeros y bellas doncellas, de dioses y diosas, de búsquedas y aventuras. Él leía y después se acostaba y soñaba, mejorando los relatos allí donde pensaba que el autor se había quedado corto. Los dragones se tornaban más desagradables; las mujeres, más avispadas; los hombres, menos aburridos y virtuosos.

Al final acabó escribiendo él las historias, pero siempre se mostraba reticente a enseñarlas. Fue a la guerra, después entró a formar parte del mundo académico, un intelectual sobresaliente, y las historias quedaron sin terminar. Además, resultaba muy sencillo criticar el trabajo de los demás, pero descubrió que en realidad era bastante arduo contar una historia. Sus primeras tentativas no fueron mucho mejores que aquéllas a las que sacaba faltas con tanta facilidad.

Poco a poco fue forjando una nueva ambición, y ésa era la que en ese momento, un tranquilo sábado de octubre de 1960, se disponía a revelar en todo su esplendor a sus amigos en el pub. Se había pasado años analizando las obras de los demás; ahora, después de que lo pincharan tanto, le había llegado su turno.

Confiaba en que reaccionaran con interés. A lo largo de los años, los miembros habían ido yendo y viniendo, y los mejores se habían ido: Lewis estaba enfermo en Cambridge, Tolkien se había jubilado, demasiado famoso y demasiado mayor para escribir más. Los echaba de menos, le habría gustado ver la cara que ponía Lewis.

—Muy bien, caballeros, si tienen la amabilidad de dejar lo que están bebiendo y prestar atención, les contaré.

Iain Pears, Arcadia

domingo, 24 de enero de 2021

T. S. ELIOT Y CATS


               Tras cerca de casi dos años de inactividad, la Biblioteca vuelve a abrir sus puertas.

               T. S. Eliot, poeta estadounidense e inglés, premio Nobel de Literatura, escribió durante la década de 1930 a sus ahijados varios poemas sobre gatos. Posteriormente reunió estos poemas en El libro de los gatos sensatos de la vieja zarigüeya. (Algo parecido a lo que hizo Tolkien con sus hijos en Cartas de Papá Noel).

La editorial Nórdica ha publicado estos poemas y los acompaña de las ilustraciones originales de Edward Gorey. Los quince poemas en castellano que integran el libro son versiones del escritor y poeta Juan Bonilla, y se incluye los poemas de T. S. Eliot en su versión original.

Lo curioso de estos poemas es que en ellos se basan las letras de las canciones del musical Cats, de Andrew Lloyd Weber, (sí, ese que este año pasado llevaron al cine)


Os dejo con algunos de estos poemas gatunos y el número correspondiente del musical:


CANCIÓN DE LOS MELIFLUOS

Salen de noche los gatos melifluos,

cuando sale uno luego salen todos,

la luna meliflua fulgiendo su brillo.

Melifluos, venid al Baile de Melifluos.

Los gatos melifluos son blancos y negros,

los gatos melifluos son muy diminutos,

los gatos melifluos siempre están contentos

y maúllan en dulces susurros.

Los gatos melifluos de rostro agradable,

los gatos melifluos, de negra mirada,

les gusta ensayar sus cantes y bailes

mientras a la meliflua luna aguardan.

Los gatos melifluos crecen lentamente,

los gatos melifluos nunca crecen tanto,

los gatos melifluos más bien son rollizos

y saben bailar el hip-hop y el tango.

Dedican el día a aseo y descanso,

se secan las patas con mucho cuidado,

lavan sus orejas hasta que en el cielo

asoma la luna meliflua brillando.

Los gatos melifluos son blancos y negros,

los gatos melifluos de poco tamaño,

los gatos melifluos, la luna en sus ojos,

los gatos melifluos brincando en sus zancos.

Siempre de mañana están sosegados,

por las tardes no hacen tarea ninguna,

reservan su terpsicórea energía

para bailar a la luz de la luna.

Los gatos melifluos son negros y blancos,

los gatos melifluos —repito— son chicos.

Si resulta que hay noche muy tormentosa

en el hall se ponen a dar unos brincos.

Pero si resulta que anda el sol brillando,

estate seguro, no se moverán:

descansan, se guardan para por la noche

con luna meliflua salir a bailar.


  

UNA GATA CHICLOSA

Me acabo de acordar de una gata chiclosa,

Jenny, con sus lunares, sus manchas de leopardo,

con sus rayas de tigre, y más vaga que un bardo,

todo el día tirada, ya sea sobre una losa,

o sobre un escalón,

sobre la alfombra, sobre un edredón,

tirada y estirándose tirada, no estoy de broma,

era una gata de goma…

Ahora bien, cuando se termine el día

y la casa se amuerme,

y toda la familia ya se duerme,

Jenny comienza entonces su faena,

se baja al sótano y compone una cadena

de ilícitos, solícitos ratones

a los que trata sin educación.

Los hace colocar en formación

y los adiestra con croché y canciones.

Jenny, con sus lunares, en toda la jornada se menea.

No hay otra igual, tirada junto a la chimenea,

o acurrucada en mi sombrero,

o puesta al sol sin dar ni golpe… Pero

cuando se acaba el día

y el trajín de la casa languidece,

entonces Jenny se incorpora y crece.

Un respiro no tienen los ratones

—su dieta irregular les da razones—

y para que no pierdan peso

ella asa y fríe sin parar un rato:

hace pastel-ratón —entre otros platos—,

prepara un gril con bacon y con queso.

Jenny, con sus lunares, qué gata tan chiclina,

hacía nudos marineros con la cuerda de la cortina

y junto a la ventana se estaba todo el día

sin dar ni golpe, pero en cuanto anochecía…

y el trajín de la casa va a acabar

Jenny se pone pronta a trabajar.

Ha decidido que las cucarachas

se pueden transformar en vivarachas

exploradoras y les da un argumento

para que no se paren ni un momento.

Con esa tropa forma un batallón.

Jenny ha hecho de los bichos su legión.

Termino ya por Jenny lanzando un triple hurra:

si las cosas funcionan es porque ella se lo curra.

 



       La mejor canción de este musical es sin duda Memory, pero no pertenece al libro que hemos comentado, sino que se inspira en el siguiente poema de T. S. Eliot

 

RAPSODIA DE UNA NOCHE DE VIENTO

Las doce.

A lo largo de los cauces de la calle

sostenidos en síntesis lunar,

susurrando encantamientos lunares,

se disuelven los suelos de la memoria

y todas sus claras relaciones,

sus divisiones y precisiones,

cada farol que dejo atrás

resuena como un tambor fatalista,

y a través de los espacios de lo oscuro

la medianoche sacude la memoria

como un loco agitando un geranio muerto.

La una y media,

el farol rociaba,

el farol mascullaba,

el farol decía: “Observa a esa mujer

que vacila hacia ti en la luz de la puerta

que se abre hacia ella como una mueca.

Ves que el borde de su vestido

está desgarrado y sucio de arena,

y ves que el rabillo del ojo

se le retuerce como un alfiler torcido”.

La memoria arroja y deja en seco

una multitud de cosas retorcidas;

una rama retorcida en la playa,

devorada, lisa, y pulida

como si el mundo rindiera

el secreto de su esqueleto,

rígido y blanco.

Un muelle roto en el solar de una fábrica,

óxido que se agarra a la forma que la fuerza ha dejado

dura y enroscada y dispuesta a dispararse.

Las dos y media.

El farol dijo:

“Observa al gato que se aplana en el arroyo,

saca la lengua furtiva

y devora un bocado de manteca rancia”.

Así la mano del niño, automática,

salió furtiva y se embolsó un juguete que corría por el muelle.

No vi nada tras los ojos de ese niño.

He visto ojos en la calle

tratando de escudriñar a través de postigos con luz,

y un cangrejo una tarde en un charco,

un viejo cangrejo con lapas en la espalda,

agarró el extremo de un palo que le tendí.

Las tres y media,

el farol espurreaba,

el farol mascullaba en lo oscuro.

El farol canturreaba:

“Observa la luna,

la lune ne garde aucune rancune,

guiña un débil ojo,

sonríe a los rincones.

Alisa el pelo de la hierba.

La luna ha perdido la memoria.

Una desvaída viruela le agrieta la cara,

su mano retuerce una rosa de papel,

que huele a polvo y agua de colonia.

Está sola

con todos los viejos olores nocturnos

que cruzan y cruzan por su cerebro”.

Viene la reminiscencia

de secos geranios sin sol

y polvo en grietas,

olores de castañas en las calles,

y olores femeninos en cuartos de ventanas cerradas,

y cigarrillos en pasillos

y olores de cócteles en bares.

El farol dijo:

“Las cuatro.

Aquí está el número en la puerta.

¡Memoria!

Tienes la llave,

la lamparilla extiende un círculo en la escalera, sube.

La cama está abierta: el cepillo de dientes cuelga en la pared,

deja los zapatos a la puerta, duerme, prepárate para la vida.”

El último retorcimiento del cuchillo.



PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1948

viernes, 25 de mayo de 2018

LA LIBRERÍA DEL SEÑOR LIVINGSTONE



Pocas veces hemos comentado aquí libros que hayan sido autoeditados, pero esta novela de Mónica Gutiérrez es una pequeña joya que vale la pena.

Agnes Marti, arqueóloga barcelonesa en paro, se ha mudado a Londres en busca de una oportunidad laboral.

Una tarde, desanimada y triste por su poco éxito profesional, tropieza en el corazón del barrio del Temple con el pomo de una puerta en forma de pluma, el sonido de unas lúgubres campanillas y el hermoso rótulo azul de Moonlight Books. La librería, regentada con encantador ceño fruncido por Edward Livingstone, debe su nombre a un espectacular techo de cristal que permite contemplar la luna y las estrellas en las noches despejadas.

Intrigada por la personalidad y el sentido del humor del señor Livingstone, Agnes decide aceptar la oferta de convertirse en ayudante del librero mientras continúa su búsqueda de trabajo. El té de la tarde en el rincón de los románticos, las visitas de Mr. Magoo, las conversaciones con la bella editora de Edward, las cenas junto a la chimenea del Darkness and Shadow y la buena lectura convencerán a Agnes de que la felicidad está en los pequeños detalles cotidianos.

Por medio, el robo del manuscrito del Dr. Samuel  Livingstone; las relaciones entre el librero y Sioban, su editora; los “excéntricos” clientes o los personajes habituales de la librería; el ansiado fallo de un premio para libreros; los paseos por esos rincones de Londres que nos encantan; el inspector John Lockwood, que... Es una trama sencilla en la que no ocurre nada, pero suceden muchas cosas.

                La autora señala que su novela es un pequeño homenaje a sus novelas y autores preferidos (lo podemos observar en las citas y en las referencias, y aquí no hay un género o autor menor, pues nos podemos encontrar a Shakespeare, junto a Tolkien –“¿morirá Frodo?”, es la duda de esa anciana y extravagante clienta-, G. R. R. Martin, Edmund Crispin, Virginia Woolf, entre otros muchos). La propia Mónica Gutiérrez califica su novela como feelgood, ¿y qué es esa palabreja? os preguntaréis muchos; veamos como lo explica la autora en la novela:

—¿Qué es eso del feelgood?
—Novelas en las que los protagonistas jamás comen acelgas —resumió ella pensando en todos los títulos que le había descubierto su amiga—. Historias en las que apenas ocurre nada extraordinario, cuyos protagonistas no son grandes héroes. Historias en las que la felicidad se mide en pequeños momentos y se halla en los gestos más cotidianos...    
 
                Los personajes son entrañables: Edward Livingstone, el culto y viejo librero, que hace honor al refrán “perro ladrador…” por su forma de comportarse; Agnes, ese hada con los pies descalzos, que cautiva al librero y al policía; Sioban, la novia que no quiere casarse; el inspector Lockwood, que, en su presentación, nos recuerda a un elefante en una cacharrería; Oliver, Oliver Twist, ese niño “abandonado” en la librería y aficionado a la astronomía…

                Un consejo, dejadlos entrar en vuestra casa.

domingo, 19 de noviembre de 2017

LA ÚLTIMA CANCIÓN DE BILBO



El día ha terminado,
mis ojos se cierran,
pero largo es el viaje
que me espera.
Adiós, amigos.
Oigo la llamada.
Junto al malecón de piedra
la nave aguarda.
Blanca la espuma,
grises las olas;
más allá del ocaso
mi rumbo lleva.
Sal es la espuma,
y libre es el viento;
oigo como ruge
el mar intenso.
Adiós, amigos.
Izadas las velas,
el viento del este
las amarras tensa.
Sombras alargadas
ante mí se extienden,
bajo la inabarcable
bóveda celeste;
Pero hay unas islas
más allá del Sol,
y las alcanzaré
antes de que todo acabe.
Tierras hay
al oeste del Oeste,
donde la noche es quietud,
el sueño, reposo.
Guiado por
la Estrella Solitaria,
más allá
del último puerto
Encontraré refugio,
hermoso y libre,
y las playas
del Mar Estrellado.
Nave, nave mía.
El Oeste busco,
y campos
y montañas
siempre benditos.
Adiós al fin
a la Tierra Media.
¡Sobre tu mástil
diviso ya la Estrella!
J. R. R. Tolkien


BILBO’S LAST SONG

Day is ended,
dim my eyes,
but journey long
before me lies.
Farewell, friends!
I hear the call.
The ship’s beside
the stony wall.
Foam is white
and waves are grey;
beyond the sunset
Foam is salt,
the wind is free;
I hear the rising
of the Sea.
Farewell, friends!
The sails are set,
the wind is east,
the moorings fret.
Shadows long
before me lie,
beneath the
ever-bending sky,
But islands lie
behind the Sun
that I shall raise
ere all is done;
Lands there are
to west of West,
where night is quiet
and sleep is rest.
Guided by the
Lonely Star,
beyond the utmost
harbour-bar
I’ll find the havens
fair and free,
and beaches of
the Starlit Sea.
Ship, my ship!
I seek the West,
and fields
and mountains
ever blest.
Farewell to
Middle-earth at last,
I see the Star
above your mast!
leads my way.

J. R. R. Tolkien

martes, 7 de noviembre de 2017

LA PARTITURA


 Marta, una joven que trabaja como auxiliar de clínica en una residencia de ancianos, se encariña con un anciano de larga barba blanca, Gandalf, aquejado de alzheimer, que parecer revivir cuando toca el piano y en esos momentos recuerda a Saya, a la que sabe que quiere, pero no sabe quién es. Poco antes de morir, creyendo que es Saya, entrega a Marta un sobre, una partitura y su viejo diario:

Daniel Faura es un compositor de ascendencia rusa maltratado por la vida y con una única pasión: el piano. Durante un viaje a las estepas mongolas conoce a Sayá Sansar, una niña de doce años que posee un don para la música. Daniel, cautivado por el potencial de Sayá, decide dedicar su vida a hacer de la niña la mejor pianista del mundo.

Así, lo que comienza siendo una relación entre tutor y alumna, se convierte en una obsesión para el compositor que desemboca, finalmente, en un amor apasionado y tortuoso.

Esta novela de Mónica Rodríguez nos acerca al mito de Pigmalion (el artista que se enamora de su obra por la perfección) y nos recuerda la Lolita de Nabokov. Esos sentimientos obsesivos que el siente por la niña, y en los que Daniel nos quiere caer, pero, a pesar de todo, él siempre va a buscar relaciones con chicas jóvenes, nos llevan a una historia dura, que nos sorprende.

 Y la música que nos va llevando a través de toda la vida de Daniel, sobre todo esa romanza rusa Ojos Negros, hasta que acompañamos a Saya en su concierto en el Teatro Real de Madrid. Y luego esa sonata que Marta ha escuchado a Gandalf, que remueve su interior y cuya partitura querrá entregar a Saya, para que la de a conocer a todo el mundo. Por medio de la música se van sucediendo las reflexiones de Daniel y Marta sobre el amor, la vida y el arte.

                Dos narradores, Marta y Daniel, que nos llevan a la misma historia: la una para introducirnos en ella, haciéndonos ver como la enfermedad ha borrado los recuerdos de Gandalf; el otro ya nos cuenta su vida, con sus angustias, sus torturas mentales, su huida hacia otras relaciones. Todo ello con una prosa muy cuidada, casi poética, por la belleza de sus imágenes y por la precisión de los sentimientos que relata. Insistiendo una y otra vez en la psicología de Daniel. Hasta que Saya habla, y nos dice que las cosas no son como él las cuenta, insinúa maltrato, y que igual su versión tampoco es la verdadera.

                Pero tal como cuenta Daniel su historia, si nos atenemos a sus palabras, Saya es simplemente una obsesión, de la que tan pronto huye como se acerca, no es su verdadero amor, sino que éste es Vera, la joven actriz que le acompaña a Mongolia, la única mujer a la que ha amado, la única por la que siente pasión.

Mónica Rodríguez quiere profundizar en el alma atormentada de un creador, en la propiedad de las obras de arte, o en hasta dónde podemos forzar a una persona para que desarrolle ese talento que pensamos que tiene. Por eso la historia del compositor obsesionado por una alumna que es muy buena, obsesionado con que sea la mejor pianista del mundo. Y esa canción, esos ojos negros, que nos obsesionan:

Ojos negros, ojos apasionados
Ojos ardientes, hermosos
Cómo os quiero, cómo os temo
Tal vez os conocí en un momento maldito
Oh, por algo sois más oscuros que lo profundo del mar
Veo en vosotros el duelo por mi alma
Veo en vosotros una llama de victoria
Consumido en ella, un pobre corazón
Pero no estoy triste, no estoy triste
Encuentro consuelo en mi destino:
Todo, lo mejor que en la vida Dios nos ha dado
Os lo sacrifico, ojos de fuego

PREMIO ALANDAR 2016

martes, 8 de agosto de 2017

ARCADIA


Oxford. Década de los sesenta.

El profesor de literatura Henry Lytten, antiguo miembro del servicio secreto británico, intenta escribir una nueva historia de fantasía que supere la obra de sus predecesores, J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis. Y encuentra una confidente en su vecina Rosie, una adolescente de quince años.

 Un día, mientras persigue al gato del profesor, Rosie encuentra una puerta en su bodega que le llevará a un mundo idílico, conocido como Anterworld (el universo creado por Lytten en su historia), una tierra bañada por el sol de los narradores, las profecías y los rituales. Pero ¿es este acaso un mundo real? ¿Y qué pasa si ella decide quedarse?

A la vez, en un futuro, más o menos lejano, una científica rebelde está tratando de probar que el tiempo (pasado, presente y futuro) no existe, con consecuencias potencialmente devastadoras.

La novela de Iain Pears tiene lugar en tres épocas, mundos o situaciones bien diferenciadas (tanto por la ambientación, como por la forma de hablar), que le permiten ir mezclando géneros: novela de ciencia ficción, novela de fantasía, novela de espías, novela de intriga, novela de tesis mostrando diversas posturas políticas y económicas, junto a homenajes a diferentes autores, pero todo ello bien engarzado, y, conforme avanzamos en la historia, se nos va ampliando cada situación y vemos como se relacionan.

Cada capítulo está narrado desde la perspectiva de cada uno los diferentes personajes, con lo cual fácilmente accedemos a los diferentes puntos de vista. Es curioso que la figura de Henry aparezca en los tres momentos. Y son constantes las referencias literarias de todo tipo.

Por una parte, tenemos ese mundo futuro, donde los científicos son la clase dominante (y con ellos, las grandes corporaciones), y donde las emociones son reprimidas. Un mundo con problemas de población y falta de recursos. Aquí, la matemática Angela Meerson trabaja en un proyecto que permitiría viajar o bien en el futuro o bien a universos paralelos. Ante el temor de que una gran corporación se apodere de su trabajo, decide huir en un prototipo viable con todos los dato. Termina en la Alemania anterior a la II Guerra Mundial.

Por otra parte, nos encontramos en la Inglaterra de 1960. Allí, el profesor de literatura Henry Lytten quiere escribir una historia de fantasía que supere la de sus amigos Lewis y Tolkien; para ello crea un mundo nuevo, Anterworld. A Lytten, que perteneció al servicio secreto británico, se le pide que averigüe quién es el topo de la organización; a través de sus recuerdos, vemos como conoce en 1939 a Angela, cuya amistad perdura en esos momentos. Gracias a esa amistad, Angela guarda en el sótano de Henry unos viejos trastos y armatostes, que, en realidad, constituyen un portal de entrada a Anterworld.

Por ultimo, Anterworld, una sociedad parecida a la medieval, donde el poder lo tienen los señores y los narradores. A este mundo van a parar Rosie, esa adolescente vecina de Henry, por accidente, y Alex Chang, antiguo subordinado de Angela en el futuro, que llega aquí huyendo de Scotland Yard, pues le confunden con un espía ruso.

Todo esto, y mucho más lo encontramos en la primera mitad de la novela y vemos como se unen estas tramas. ¿Cómo se va a resolver? Leed la novela.

domingo, 30 de abril de 2017

TOLKIEN Y EL VIÑA


                Teniendo en cuenta el agua que ha caído este año y toda la gente que ha venido (se esperaban 200.000 personas), creo que el siguiente fragmento es bastante adecuado:

Había pasado ya la medianoche. El cielo era un espeso manto de negrura, y la quietud del aire pesado anunciaba una tormenta. De pronto un relámpago enceguecedor rasgó las nubes. Unas ramas luminosas cayeron golpeando las colinas del este. Durante un momento los vigías apostados en los muros vieron todo el espacio que los separaba de la Empalizada: iluminado por una luz blanquísima, hervía, pululaba de formas negras, algunas rechonchas y achaparradas, otras gigantescas y amenazadoras, con cascos altos y escudos negros. Centenares y centenares de estas formas continuaban descolgándose en tropel por encima de la Empalizada y a través del Foso. La marea oscura subía como un oleaje hasta los muros, de risco en risco. En el valle retumbó el trueno, y se descargó una lluvia lacerante.

J. R. R. Tolkien, Las dos Torres

Algunos asistentes afirman que ha caído tanta agua estos días que jurarían haber visto cruzar a Gollum la explanada en una barca:


miércoles, 15 de marzo de 2017

CÓMO CONOCÍ A TOLKIEN


Descubrí a J. R. R. Tolkien exactamente del mismo modo que millones de otros admiradores: a través de las páginas de El Señor de los Anillos. Por aquel entonces yo era un estudiante universitario que impartía clases de arte de octavo grado, cuando advertí que uno de mis estudiantes, un chico tímido y regordete y con inclinaciones intelectuales, venía temprano a la facultad para entregarse a la lectura de aquellos gruesos tomos en rústica.

Por aquel entonces, yo apenas sabía nada sobre aquella trilogía fantástica o sobre su autor, pero ya había ganado legiones de devotos adeptos por todo elmundo. Ciertamente, la devoción de aquel chico por esa obra rozaba el fanatismo. Dedicaba cada momento libre que tenía sobre cuartillas repletas de la más exótica e intrincada caligrafía: runas, me explicó. O practicaba alguna de las lenguas élficas que había aprendido en aquellos libros… ¡Estaba tan cautivado por la historia que incluso había aprendido a hablar el élfico!

—Debería leer estos libros, señor Lawhead —me decía cuando venía a mostrarme su última epístola rúnica—, J. R. R. Tolkien es el autor más grande que ha vivido.

Para ser sincero, la devoción de aquel muchacho me mantuvo alejado de la obra durante mucho tiempo. Soy un poco raro en eso. Si alguien alaba algo en demasía, salgo corriendo en dirección contraria.

No fue hasta unos años más tarde, durante un seminario, cuando me hicecon un ejemplar de La Comunidad del Anillo. Seguramente se esperaba de mí que me enfrascara en homilías o hermenéutica o algo de peso similar, pero el aburrimiento y la curiosidad finalmente me vencieron. En realidad, tenía la cabeza tan cargada de la contundente profundidad de la materia del seminario que J. R. R. Tolkien fue para mí como una bocanada de aire fresco para un hombre que se está ahogando en barro.

Su cuento de hobbits y anillos mágicos y un mundo habitado por orcos, elfos, enanos, magos y dragones resultó ser el mejor antídoto para la árida hagiografía del Viejo Testamento. Entre las páginas de aquel libro notable vivían, luchaban y morían gentes «reales». ¡Todo un universo de ellos!
La trilogía de Tolkien pronto se convirtió en mi libro de cabecera, administrada en dosis nocturnas cuidadosamente medidas. Saboreaba cada sílaba de aquella prosa brillante.

Siempre he sido un lector ávido; de hecho, algunos de mis mejores amigos son libros. Pero hasta que abrí la cubierta del clásico del profesor Tolkien, jamás había encontrado un libro de tan espléndida magnitud, de tal gracia, de tal alcance y amplitud de miras. Y todo ello sin una sola costura, natural, genuino y muy entretenido.

Bien, desde luego dejó huella. Aunque nunca sentí el deseo de comunicarme con runas o empezar a balbucear en Alto Élfico, aprendí una lección inolvidable sobre la naturaleza de la narración. Gracias a los largos y elegantes movimientos de El Señor de los Anillos aprehendí la estructura de la épica y algo sobre la interacción de los elementos de la historia y la fuerza de la narrativa.

Más aun, empecé a comprender la increíble capacidad de la ficción para llegar al corazón y el alma del lector, para levantar el espíritu, para ennoblecer, desafiar e inspirar.

Estas cosas aprendí, y calaron hondo, creo. Aunque actuaron en la sombra durante un tiempo, porque los años que siguieron me encontraron en la revista Campus Life, intentando dominar el arte de escribir. Raramente me acordé de los libros de Tolkien durante ese período, ni tampoco medité seriamente sobre la ficción; y los hobbits apenas intervenían en mi conversación. Pero la semilla que los libros de Tolkien habían sembrado estaba germinando. Allí, en la húmeda y fértil oscuridad de mi subconsciente (o donde sea que brotan esas cosas), las primeras ideas sobre escribir el tipo de libros que me gustaba leer empezaron a echar raíces.

Más o menos por aquel entonces descubrí a los Inklings, por accidente, como suele ocurrir. Mientras me documentaba para un artículo sobre Tolkien para Campus Life, me hice con la biografía de Humphrey Carpenter sobre el profesor. El autor hablaba de la importancia en la vida de Tolkien de sus amigos literarios, un grupo bastante informal de académicos de Oxford agrupados bajo el nombre de los Inklings.

Como había disfrutado de los libros de Tolkien, seguí la pista y leí parte de la obra de otros Inklings, en especial de C. S. Lewis y Charles Williams.

Disfruté de esas lecturas, pero en verdad no fue la producción literaria de los Inklings lo que me conmovió, sino el espíritu que inspiraba su trabajo, y que sentía que todos ellos compartían.

Stephen R. Lawhead, J. R. R. Tolkien: Señor de la Tierra Media

domingo, 29 de enero de 2017

HA MUERTO EL CUENTACUENTOS

     Esta semana ha fallecido el actor británico John Hurt. 

       Muchos de los personajes que ha encarnado o prestado su voz pertenecen a libros: el vendedor de varitas mágicas Ollivander, en Harry Potter de J. K. Rowling; el sádico Calígula, en Yo, Claudio, de Robert Graves; Control, el jefe del MI6, en El Topo de John Le Carre; el matemático Arthur Seldom, de Los Crímenes de Oxford de Guillermo Martínez; el doctor Iannis de La Mandolina del Capitán Corelli de Louis de Bernieres; Winston Smith, en 1984 de George Orwell; o aporta su voz como narrador en El Perfume, de Patrick Süskind, o Aragorn en la versión de dibujos animados de El Señor de los Anillos de Tolkien. Y puestos a ser frikis ha sido el dictador de Gran Bretaña en V de Vendetta, o El Hombre Elefante; ha trabajado en Indiana Jones, Contact, Alien, o ha encarnado al doctor Who

          Pero uno siempre lo recordará imbuido en una bata y sentado en un sillón junto a una chimenea encendida en un antiguo castillo, siempre acompañado por su perro parlante (algo cínico a veces), introduciéndonos a legendarios cuentos europeos: Juan Sin Miedo, Cenicienta, Hans el niño erizo, etc…

       Él era el Cuentacuentos, en la serie de televisión creada por Jim Henson en 1987, donde se combinaba la actuación de actores reales con marionetas y se recogían historias  propias del folclore y de la tradición de los cuentos de hadas.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

LA LEGIÓN DEL ESPACIO


IN MEMORIAM DE LA PRINCESA LEIA (CARRIE FISHER)
               
       Ayer falleció Leia, mi princesa Leia, esa princesa intergaláctica que me acompañó durante mi adolescencia.

                Recuerdo que, tras ver la primera película, uno de mis amigos comentó que la película tomaba muchos elementos de La Legión del Espacio, una novela del estadounidense Jack Williamson publicada por entregas, a modo pulp, en 1934 en Astounding Science Fiction.  Sí, que es cierto que la película tomaba elementos prestados de la novela (combates intergalácticos, héroes intrépidos, princesas en peligro, poca credibilidad científica), pero a mí ésta me recordaba mucho más a una vieja y entrañable novela de capa y espada Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas, como en su momento confesó el autor añadiendo que uno de los personajes (Giles Habibula) está inspirado en el Falstaff de Shakespeare.

La novela es una space opera ligera y frenética, sobre todo en la segunda parte.

El protagonista John Ulnar, también llamado John Starr, recién licenciado en la Legión, no puede evitar que parte de su familia, secundada por los Medusas, una extraña y horripilante especie alienígena digna de Lovecraft, rapte a a la joven Aladorea Anthar, una hermosa mujer que protege el secreto del arma definitiva, el AKKA, con la cual podría destruirse todo el Sistema Solar.

Acompañado de otros tres veteranos legionarios (Giles Habibula, Jay Kalam y Hal Samdu) se lanza al rescate de la joven. La aventura les lleva a persecuciones, batallas espaciales, enfrentamientos con monstruosas criaturas, huidas de prisiones y combates desesperados (como dice Gimli, en El Retorno del Rey de Tolkien: “Certeza de muerte, mínima esperanza de éxito... ¿a què esperamos?).

                Se nota en la novela el paso de los años: el argumento predecible, los personajes unidimensionales, la trama lineal, la repetición de información, etc… Pero, vale la pena echarle un vistazo.

domingo, 3 de julio de 2016

LA ÚLTIMA CARGA DE THÉODEN


Como al conjuro de aquel ruido atronador, la figura encorvada del rey se enderezó súbitamente. Y otra vez se le vio en la montura alto y orgulloso; e irguiéndose sobre los estribos gritó, con una voz más fuerte y clara que la que oyera jamás ningún mortal:
¡De pie, de pie, Jinetes de Théoden!
Un momento cruel se avecina: ¡fuego y matanza!
Trepidarán las lanzas, volarán en añicos los escudos,
¡un día de la espada, un día rojo, antes que llegue el alba!
¡Galopad ahora, galopad! ¡A Gondor!
Y al decir esto, tomó un gran cuerno de las manos de Guthlaf, el portaestandarte, y lo sopló con tal fuerza que el cuerno se quebró. Y al instante se elevaron juntas las voces de todos los cuernos del ejército, y el sonido de los cuernos de Rohan en esa hora fue como una tempestad sobre la llanura y como un trueno en las montañas.
De pronto, a una orden del rey, Crinblanca se lanzó hacia adelante. Detrás de él el estandarte flameaba al viento: un caballo blanco en un campo verde: pero Théoden ya se alejaba. En pos del rey galopaban los jinetes de la escolta, pero ninguno lograba darle alcance. Con ellos galopaba Eomer, y la crin blanca de la cimera del yelmo le flotaba al viento, y la vanguardia del primer éored rugía como un oleaje embravecido al estrellarse contra las rocas de la orilla, pero nadie era tan rápido como el rey Théoden. Galopaba con un furor demente, como si la fervorosa sangre guerrera de sus antepasados le corriera por las venas en un fuego nuevo; y transportado por Crinblanca parecía un dios de la antigüedad, el propio Oróme el Grande, se hubiera dicho, en la batalla de Valar, cuando el mundo era joven. El escudo de oro resplandecía y centelleaba como una imagen del sol, y la hierba reverdecía alrededor de las patas del caballo. Pues llegaba la mañana, la mañana y un viento del mar; y ya se disipaban las tinieblas; y los hombres de Mordor gemían, y conocían el pánico, y huían y morían, y los cascos de la ira pasaban sobre ellos. Y de pronto los ejércitos de Rohan rompieron a cantar, y cantaban mientras mataban, pues el júbilo de la batalla estaba en todos ellos, y los sonidos de ese canto que era hermoso y terrible llegaron aun a la ciudad (...)
Théoden Rey de la Marca había llegado al camino que iba de la Puerta al río; de allí había marchado a la ciudad, distante ahora menos de una milla. Moderando el galope del caballo, buscó nuevos enemigos, y los caballeros de la escolta lo rodearon, y entre ellos estaba Dernhelm. Un poco más adelante, en las cercanías de los muros, los hombres de Elfhelm luchaban entre las máquinas de asedio, matando enemigos, traspasándolos con las lanzas, empujándolos hacia las trincheras de fuego. Casi toda la mitad norte de Pelennor estaba ocupada por los Rohirrim, y los campamentos ardían, y los orcos huían en dirección al río como manadas de animales salvajes perseguidas por cazadores; y los hombres de Rohan galopaban libremente, a lo largo y a lo ancho de los campos. Sin embargo, no habían desbaratado aún el asedio, ni reconquistado la Puerta. Los enemigos que la custodiaban eran numerosos, y la otra mitad de la llanura estaba ocupada por ejércitos todavía intactos. Al sur, del otro lado del camino, aguardaba la fuerza principal de los Haradrim, y la caballería estaba reunida en torno del estandarte del Capitán. Y el Capitán miró el horizonte a la creciente luz de la mañana y vio muy adelante y en pleno campo de batalla la bandera del rey, con unos pocos hombres alrededor. Poseído por una furia roja, lanzó un grito de guerra y desplegó el estandarte —una serpiente negra sobre fondo escarlata— y se precipitó con una gran horda sobre el corcel blanco en campo verde, y las cimitarras desnudas de los hombres del Sur centellearon como estrellas.


Sólo entonces reparó Théoden en la presencia del Capitán Negro; sin esperar el ataque, azuzó con un grito a Crinblanca y salió al paso de su adversario. Terrible fue el fragor de aquel encuentro. Pero la furia blanca de los Hombres del Norte era la más ardiente, y sus caballeros más hábiles con las largas lanzas, y despiadados. Como el fuego del rayo en un bosque, irrumpieron entre las filas de los Sureños abriendo grandes brechas. En medio de la refriega luchaba Théoden hijo de Thengel, y la lanza se le rompió en mil pedazos cuando abatió al capitán enemigo. Atravesó con la espada desnuda el estandarte, golpeando al mismo tiempo asta y jinete, y la serpiente negra se derrumbó. Entonces todos los sobrevivientes de la caballería enemiga dieron media vuelta y huyeron lejos.
Mas he aquí que de súbito, en la plenitud de la gloria del rey, el escudo de oro empezó a oscurecerse. La nueva mañana fue quitada del cielo. Las tinieblas cayeron alrededor. Los caballos gritaban, encabritados. Los jinetes arrojados de las sillas se arrastraban por el suelo.
—¡A mí! ¡A mí! —gritó Théoden—. ¡De pie, Eorlingas! ¡No os amedrente la oscuridad! —Pero Crinblanca, enloquecido de terror, se había levantado sobre las patas, luchaba con el aire, y de pronto, con un grito desgarrador, se desplomó de flanco: un dardo negro lo había traspasado. Y el rey cayó debajo de él.
Rápida como una nube de tormenta descendió la Sombra. Y se vio entonces que era una criatura alada: un ave quizá, pero más grande que cualquier ave conocida; y parecía desnuda, pues no tenía plumas. Las alas enormes eran como membranas coriáceas entre dedos callosos; hedían. Una criatura acaso de un mundo ya extinguido, cuya especie, escondida en montañas olvidadas y frías bajo la luna, había sobrevivido incubando en algún nido horripilante esta progenie última y maligna. Y el Señor Oscuro la había adoptado, alimentándola con carnes putrefactas, hasta que fue mucho más grande que todas las otras criaturas aladas; y como cabalgadura la había entregado a su servidor. Descendió, descendió, y luego, replegando las palmas digitadas, lanzó un graznido ronco, y se posó de pronto sobre Crinblanca, y le hincó las garras encorvando el largo cuello implume.
Una figura envuelta en un manto negro, enorme y amenazante, venía montada en aquella criatura. Llevaba una corona de acero, pero nada visible había entre el aro de la corona y el manto, salvo el fulgor mortal de unos ojos: el Señor de los Nazgül. Llamando a su corcel antes que se desvaneciera otra vez la oscuridad, había retornado al aire, y ahora volvía a atacar, trayendo consigo la ruina, transformando la esperanza en desesperación, y la victoria en muerte. Blandía una gran maza negra.
Pero Théoden no había quedado totalmente abandonado. Los caballeros del séquito yacían sin vida en torno o habían sido llevados lejos de allí, arrastrados por la locura de sus corceles. Uno, sin embargo, permanecía junto al rey: el joven Dernhelm, fiel más allá del miedo, y lloraba, pues había amado a su señor como a un padre. Durante la batalla, y hasta que la Sombra bajó, Merry se había mantenido a salvo en la grupa de Hoja de Viento, pero de pronto, el corcel aterrorizado había arrojado al suelo a sus jinetes, y ahora corría desbocado a través de la llanura. Merry se arrastraba en cuatro patas como una alimaña aturdida; se sentía ciego y enfermo de terror.
«¡Paje del rey! ¡Paje del rey!» le gritaba el corazón dentro del pecho. «Tu obligación es seguir junto a él. "Seréis como un padre para mí", dijiste.» Pero la voluntad no le obedecía, y el cuerpo le temblaba. No se atrevía a abrir los ojos ni a levantar la cabeza.
De improviso, en medio de aquella oscuridad que le ocupaba la mente, creyó oír la voz de Dernhelm; pero le sonó extraña, como si le recordase la de alguien que conocía.
— ¡Vete de aquí, dwimmerlaik, señor de la carroña! ¡Deja en paz a los muertos!
— ¡No te interpongas entre el Nazgül y su presa! No es tu vida lo que arriesgas perder si te atreves a desafiarme; a ti no te mataré: te llevaré conmigo muy lejos, a las casas de los lamentos, más allá de todas las tinieblas, y te devorarán la carne, y te desnudarán la mente, expuesta a la mirada del Ojo sin Párpado.
Se oyó el ruido metálico de una espada que salía de la vaina.
—Haz lo que quieras; mas yo lo impediré, si está en mis manos.
— ¡Impedírmelo! ¿A mí? Estás loco. ¡Ningún hombre viviente puede impedirme nada!
Lo que Merry oyó entonces no podía ser más insólito para esa hora: le pareció que Dernhelm se reía, y que la voz límpida vibraba como el acero.
—¡Es que no soy ningún hombre viviente! Lo que tus ojos ven es una mujer. Soy Eowyn hija de Eomund. Pretendes impedir que me acerque a mi señor y pariente. ¡Vete de aquí si no eres una criatura inmortal! Porque vivo o espectro oscuro, te traspasaré con mi espada si lo tocas.
La criatura alada respondió con un alarido, pero el Espectro del Anillo quedó en silencio, como si de pronto dudara. Estupefacto más allá del miedo, Merry se atrevió a abrir los ojos: las tinieblas que le oscurecían la vista y la mente se desvanecieron. Y allí, a pocos pasos, vio a la gran bestia, rodeada de una profunda oscuridad; y montando en ella como una sombra de desesperación, al Señor de los Nazgül. Un poco hacia la izquierda, delante de la bestia alada y su jinete, estaba ella, la mujer que hasta ese momento Merry llamara Dernhelm. Pero el yelmo que ocultaba el secreto de Eowyn había caído, y los cabellos sueltos de oro pálido le resplandecían sobre los hombros. La mirada de los ojos grises como el mar era dura y despiadada, pero había lágrimas en las mejillas. La mano esgrimía una espada, y alzando el escudo se defendía de la horrenda mirada del enemigo.
Era Eowyn y también era Dernhelm. Y el recuerdo del rostro que había visto en el Sagrario a la hora de la partida reapareció una vez más en la mente del hobbit: el rostro de alguien que ha perdido toda esperanza y busca la muerte. Y sintió piedad, y asombro; y de improviso, el coraje de los de su raza, lento en encenderse, volvió a mostrarse en él. Apretó los puños. Tan hermosa, tan desesperada, Eowyn no podía morir. En todo caso no iba a morir a solas, sin ayuda.
El enemigo no lo miraba, pero Merry, no se atrevía a moverse temiendo que los ojos asesinos lo descubrieran. Lenta, muy lentamente, se arrastró a un lado; pero el Capitán Negro, movido por la duda y la malicia, sólo miraba a la mujer que tenía delante, y a Merry no le prestó más atención que a un gusano en el fango.
De pronto, la bestia horripilante batió las alas, levantando un viento hediondo. Subió en el aire, y luego se precipitó sobre Eowyn, atacándola con el pico y las garras abiertas.
Tampoco ahora se inmutó Eowyn: doncella de Rohan, descendiente de reyes, flexible como un junco pero templada como el acero, hermosa pero terrible. Descargó un golpe rápido, hábil y mortal. Y cuando la espada cortó el cuello extendido, la cabeza cayó como una piedra, y la mole del cuerpo se desplomó con las alas abiertas. Eowyn dio un salto atrás. Pero ya la sombra se había desvanecido. Un resplandor la envolvió y los cabellos le brillaron a la luz del sol naciente.
El Jinete Negro emergió de la carroña, alto y amenazante. Con un grito de odio que traspasaba los tímpanos como un veneno, descargó la maza. El escudo se quebró en muchos pedazos, y Eowyn vaciló y cayó de rodillas: tenía el brazo roto. El Nazgül se abalanzó sobre ella como una nube; los ojos le relampaguearon, y otra vez levantó la maza, dispuesto a matar.
Pero de pronto se tambaleó también él, y con un alarido de dolor cayó de bruces, y la maza, desviada del blanco, fue a morder el polvo del terreno. Merry lo había herido por la espalda. Atravesando el manto negro, subiendo por el plaquín, la espada del hobbit se había clavado en el tendón detrás de la poderosa rodilla.
— ¡Eowyn! ¡Eowyn! —gritó Merry.
Entonces Eowyn, trastabillando, había logrado ponerse de pie una vez más, y juntando fuerzas había hundido la espada entre la corona y el manto, cuando ya los grandes hombros se encorvaban sobre ella. La espada chisporroteó y voló por los aires hecha añicos. La corona rodó a lo lejos con un ruido de metal. Eowyn cayó de bruces sobre el enemigo derribado. Mas he aquí que el manto y el plaquín estaban vacíos. Ahora yacían en el suelo, despedazados y en un montón informe; y un grito se elevó por el aire estremecido y se transformó en un lamento áspero, y pasó con el viento, una voz tenue e incorpórea que se extinguió, y fue engullida, y nunca más volvió a oírse en aquella era del mundo.
Y allí, de pie entre los caídos estaba Meriadoc el hobbit, parpadeando como un buho a la luz del día, cegado por las lágrimas; y a través de una bruma vio la hermosa cabeza de Eowyn, que yacía inmóvil; y miró el rostro del rey, caído en la plenitud de la gloria. Pues Crinblanca, en su agonía, había rodado alejándose del cuerpo del soberano; de cuya muerte era sin embargo la causa.

J. R. R. Tolkien, El Retorno del Rey