Mostrando entradas con la etiqueta Mark Twain. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mark Twain. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de marzo de 2019

HUBO UN TIEMPO EN QUE QUISE SER COMO MI ABUELO



El capricho —cierto— duró poco. Fue tan efímero como mi anhelo de convertirme en astronauta o superhéroe. Pero aquella húmeda tarde dublinesa de julio —la del billete a Madrid, la maleta hecha a toda prisa y la apremiante orden de Susan para que empezara a escribir de una vez por todas—, regresó de entre mis recuerdos.
Mi abuelo José se pasó toda su vida emborronando páginas. Apenas salía de una habitación que olía a paquetes de folios recién abiertos, como si el mundo «real» le diera miedo y sólo se sintiera a salvo rodeado de sus creaciones, en el silencio de su estudio.
Por supuesto, nunca me dijo qué hacía con exactitud en aquel despacho. Seguramente pensó que no lo entendería. O no supo cómo explicármelo. O tal vez creyó que era mejor que el pequeño de la casa creciera ajeno a ese extraño torbellino de sensaciones, a ese arrebato íntimo que uno experimenta al gestar un texto. «Escribir es un oficio peligroso —murmuraba a veces en las sobremesas largas de los fines de semana cuando alguno de nosotros le preguntaba por su trabajo—. Imaginar personajes te expone a mentes ajenas —añadía quejumbroso—. Terminas oyendo voces que susurran cosas. Acabas viendo lo que otros no ven y resulta difícil no enloquecer. Y además están esas sombras... Las que buscan por todos los medios hundirte en la nada y robarte el fuego invisible de la creatividad.»
«¿Qué sombras?», le preguntaba.
Pero él me acariciaba la cabeza, me revolvía el pelo con su manaza, y callaba.
Uno de esos remotos días en los que aún creía que podría ser como él, el abuelo dejó entrever algo sobre la naturaleza de su trabajo que me estremeció.
Ocurrió por accidente. Me sorprendió donde no debía.
—Así que te gusta espiarme —refunfuñó al descubrirme agazapado bajo el escritorio en el que trabajaba. Por suerte nunca supo que llevaba desde el viernes anterior oyéndole pasar a limpio el manuscrito de su novela El alma del mundo—. ¿Qué diablos piensas que vas a encontrar ahí abajo?
El abuelo, que tenía unos ojos enormes y unas cejas blancas e hirsutas que hablaban al arquearse, me taladró con la mirada. Parecía enfadado.
—Yo, yo... —balbucí entre toses—. Yo no...
—Sal de ahí. Vamos.
—Yo... —repetí paralizado, a punto de echarme a llorar—: ¡Yo sólo quería saber de dónde sacas tus historias, abuelo!
Mi excusa, lo recuerdo bien, lo dejó estupefacto. Me obligó a que le repitiera aquella frase un par de veces y se frotó los ojos, no sé si sorprendido o consternado.
—¿Que de dónde saco mis historias? —Al fin reaccionó.
Don José Roca agitó entonces las manos sobre el teclado de su vieja máquina de escribir y, pensativo, permitió que mi interrogante flotara en la nada durante unos segundos. Después sus pupilas relampaguearon. Y luego, haciendo trizas el aire de gravedad del que solía envolverse cuando escribía, soltó una carcajada.
—Eso por lo que me preguntas es todo un misterio, señorito —tronó repentinamente divertido—. ¡Es el secreto más preciado de un escritor! ¡Mi secreto!
Su enfado se había disipado de golpe, como a veces hacían las tormentas de verano sobre los acantilados de Moher. Para mi alivio se levantó de la silla, se alejó de donde yo aún estaba acuclillado y se paseó por la estancia balanceando su enorme cuerpo hacia la estantería más cercana.
—Dime, David, ¿cuántos años tienes ya?
—Nueve. Casi diez —respondí.
Con un gesto me obligó a salir de mi escondite.
—Bien, bien. Ya eres casi un hombre. ¿Cómo no me he dado cuenta? Cuando cumplas los diez te leerás este libro y empezarás a buscar por ti mismo de dónde vienen las historias —añadió tendiéndome un volumen encuadernado en piel que acababa de tomar entre las manos—. Así no olvidarás nunca el secreto de un buen relato.
—¿Esto es para mí? ¿En serio, abuelo? —dije, emocionado con aquel regalo.
—Muy en serio, jovencito. Aunque tienes que prometerme que lo leerás.
—Y si lo leo, ¿podré atrapar historias como haces tú?
El abuelo volvió a reír, seguramente imaginándose a sí mismo atrapando cuentos como si fueran mariposas.
—Eso dependerá del empeño que pongas —susurró—. Escribir es buscar. Un día lo entenderás. Si alguna vez te conviertes en escritor, te pasarás la vida buscando. De hecho, nunca dejarás de hacerlo. Jamás.
—¿Buscando qué, abuelo?
—¡Todo!
El volumen que me confió aquella tarde fue una vieja edición de El Forastero Misterioso, de Mark Twain. En realidad, se convirtió sólo en el primero de la pequeña colección que iría regalándome hasta el día de su muerte, de eso hace ya más de una década.
Aquel tomo, sin embargo, siempre fue el más especial. Era algo parecido a una autobiografía novelada, un disfraz tras el que el padre de Tom Sawyer se presentaba como una suerte de ángel que se aparecía a un puñado de muchachos —una clara metáfora de sus lectores— a los que les desvelaba los secretos que mejor le convenían. El forastero, por supuesto, tenía mucho del propio Twain. Pero también algo que no era él. Había en su personaje un matiz siniestro, acaso maligno. Años más tarde descubriría que Twain creía haberse desplomado del cielo durante el paso del cometa Halley en 1835. Y no lo decía en broma. Nació en noviembre de aquel año. Presumía de ello siempre que tenía ocasión. Por supuesto, nadie se tomó en serio aquel chascarrillo hasta que, por un extraño azar cósmico, Mark Twain falleció justo con el retorno de su querido viajero celestial en 1910. Era evidente que se lo llevó el mismo cometa que lo había traído.
Entonces, ¿de verdad fue un enviado del cielo?
La duda se incrustó en mi mente infantil.
En las primeras páginas de El Forastero Misterioso él mismo definía a su protagonista —un extranjero llegado de ninguna parte, capaz de adelantarse al tiempo y que trataba a los humanos cual figurillas de un belén— como «un visitante sobrenatural llegado de otro lugar». Y justo esa línea había sido subrayada con lápiz rojo por el abuelo.
Fue la única marca que encontré en todo el libro.
¿Un visitante? ¿Y qué diablos quería decir eso? ¿Es que Twain se sentía un marciano? ¿Un ángel caído, tal vez?
Mi imaginación se disparó.
¿Y el abuelo? ¿También era acaso uno de ellos?
Se lo pregunté, claro está. Pero apenas me respondió con un puñado de evasivas que entonces no entendí.
—Cuídate de los forasteros misteriosos, David. Son terribles. Siempre acechan. Siempre.
Aquella lectura me dejó un regusto que duró años. Una acidez extraña, penetrante, que se multiplicó en cuanto supe que ese libro fue el último que Twain escribió antes de morir. Por su culpa, anduve haciéndome preguntas absurdas durante toda la adolescencia. Interrogantes que, cobarde, ya no me atreví a trasladar más veces al abuelo.
¿Se sentía así también él?
Como un extraño de otro mundo.
¿Sacaban Twain y él sus historias de esos «otros lugares» de los que creían venir?
¿Era ésa la fuente secreta de la que bebían?
No es de extrañar que tras leer la dichosa novela un par de veces más llegara a la conclusión de que los escritores son una especie de oteadores de lo invisible. Su trabajo, cuando es noble, consiste en actuar de intermediarios entre este mundo y los otros.
Las vidas de algunos autores confirmaron esas sospechas. Philip K. Dick, por ejemplo, no tuvo complejos en admitir que había hollado esos «otros mundos». Edgar Allan Poe tampoco. De pronto advertí que mis autores favoritos comulgaban con esa idea. Admitían sin complejos que la dimensión invisible de la que abrevaban, lejos de ser una mera invención, era tan infinita y real como las estrellas del universo.
Creo que por eso siempre me dio tanto respeto el acto de escribir... y llevaba tanto tiempo evitándolo.

Javier Sierra, El Fuego Invisible

martes, 16 de octubre de 2018

EL SORPRENDENTE CATÁLOGO DE WALKER & DAWN


A comienzos del siglo XX, en los pantanos de Luisiana, Te Trois (hijo de unos granjeros que malviven), Eddie (el hijo del médico), Julie y Tit (estos son hermanos, pero ella es blanca, mientras que él es negro y apenas habla) encuentran tres dólares y deciden hacer una compra por catálogo. Pero cuando llega el paquete, éste no contiene la pistola que esperaban, sino un viejo reloj de ferroviario. Así que deciden emprender un arriesgado viaje hasta Chicago para tratar de recuperar lo que creen es suyo, por lo que se embarcarán en un barco fluvial y tomarán el tren como polizones. Sin pretenderlo chocan de pleno con una oscura trama de robos, traiciones, asesinatos… y todo se complica. Mucho.

Davide Morosinotto nos ofrece un libro de aventuras al estilo clásico para las nuevas generaciones, haciendo un homenaje a las grandes novelas de aventuras, pues nos recuerda a Mark Twain, Jack London o John Steinbeck, entre otros.

Las cuatro partes del libro (epílogo incluido) están narradas por cada uno de los cuatro amigos, lo que nos permite acceder fácilmente a su carácter: el aventurero e irreflexivo Te Trois, el asustadizo y místico Eddie, la decidida Julie, que finge ser dura, y por la que suspiran los otros dos. El ritmo es ágil, con capítulos cortos alternando muy bien los momentos dramáticos con el humor. Y esas ilustraciones que recrean las viejas páginas con los artículos del catálogo.

PREMIO ANDERSEN 2017, EN ITALIA.
XXVI PREMIO DE LOS LIBREROS ITALIANOS AL MEJOR LIBRO PARA JÓVENES

domingo, 16 de abril de 2017

UN YANKI EN LA CORTE DEL REY ARTURO


La obra es el diario de Hank Morgan, quien perdió el conocimiento en una pelea, y, al volver en sí, descubre asombrado que ha retrocedido en el tiempo, a la Inglaterra medieval del 528, a la Inglaterra del rey Arturo. Hecho prisionero por sir Kay, éste lo lleva a Camelot para que muera en la hoguera. Al verse en el poste, Hank echa mano de sus conocimientos y predice un eclipse; esto le convierte ante los ojos de la sencilla gente del siglo VI en un poderoso mago.

Hank decide utilizar el poder que tiene sobre la población para cambiar el mundo medieval. Quiere transformar las creencias y que la ciencia pase a ser la nueva iglesia. Empezará a construir fábricas y escuelas, creará una red de ferrocarril, instalará el telégrafo y el teléfono; además, quiere cambiar el sistema político y que pase a ser una democracia y no una monarquía hereditaria y absoluta… Pero se enfrentará al peligro que supone Merlín, el antiguo mago de la corte, que ha perdido el favor del rey y quiere vengarse a toda costa.

Esta novela de Mark Twain es una de sus obras más críticas, camuflada bajo la forma de un cuento fantástico-histórico, en la que nos encontramos con duras palabras para los políticos, la Iglesia, las clases pudientes, la educación, pues el autor rechazaba las convicciones sociales de su época, la hipocresía, la crueldad humana, la superstición, etc... Pero es sobre todo una obra divertida.

La obra fue concebida como una sátira: Twain, a imitación de Cervantes y el Quijote, se rie de los tópicos románticos sobre los caballeros medievales y la idealización de la Edad Media, muy común en las populares novelas de sir Walter Scott y otros autores del siglo XIX, a los que responsabiliza de fomentar las ideas románticas que llevó al Sur a rebelarse contra la Unión. Podríamos considerarla como una distopía, desde el momento que plantea una Edad Media con una tecnología propia de nuestro siglo XIX. 

lunes, 30 de enero de 2017

TRAZADO: UN ATLAS LITERARIO

Este libro de Andrew DeGraff (ilustraciones) y Daniel Harmon (textos) es una increíble recopilación gráfica de los escenarios en que se desarrollan obras como la Odisea, Cuento de Navidad, Hamlet, Orgullo y prejuicio o Moby Dick.

En él encontramos mapas llenos de detalles e inspirados en grandes novelas y relatos de la literatura, por lo que podremos seguir los pasos de algunos de nuestros personajes favoritos: acompañaremos a Huck Finn por el río Mississippi; navegaremos con Ulises por el Mediterráneo, lo que nos permitirá conocer a Calipso, Polífemo o las sirenas, entre otros personajes; visitaremos con Borges la Biblioteca de Babel; competiremos con Phileas Phog en su vuelta al mundo; seremos náufragos con Robinson Crusoe en la isla de la Desesperanza; Hamlet nos invitará a recorrer su castillo en Elsinor; el Londres de Dickens en Cuento de Navidad; pasearemos por las campiñas inglesas cogidos de la mano de Lizzy Bennet, emulando al señor Darcy; veremos el “idílico” pueblecito de La lotería, de Shirley Jackson, (¡Juegos del hambre, ja!; por desgracia, se me olvido subir este magnífico relato el último 22 de diciembre, se quedará para otro sorteo);  averiguaremos el secreto de la utópica y feliz Omelas, una ciudad descrita por la Gran Maestra Ursula K. Le Guin.



Ilustración y texto se unen de una manera magnífica: el texto nos acerca y aconseja la obra; las ilustraciones nos desvelan la trama de las historias. 

jueves, 10 de noviembre de 2016

LA LIBRERÍA DE LAS NUEVAS OPORTUNIDADES


Érase una vez una vieja librería en la pequeña y lluviosa isla de Shelter Island...

 A ese lugar tan especial, donde los libros parecen tener vida propia, llega un día Jasmine, dispuesta a hacerse cargo del negocio mientras la propietaria, su tía Ruma, viaja a la India para curar su corazón cansado. Sola en medio del polvo y el desorden, la joven intenta dar un toque de modernidad al local, colocando títulos nuevos y llamativos en el escaparate, pero muy pronto los clásicos de siempre imponen su presencia, y los autores vivos y muertos revolotean por las estanterías dejando oír su voz. Así Jasmine vuelve a descubrir a Shakespeare, Jane Austen y a Edgar Allan Poe, y no solo eso: la chica aprende a escuchar a sus clientes, a comprender lo que de verdad buscan en una novela o en un manual de cocina, y acabará encontrando al hombre con quien compartir todos los libros de su vida.

Esta novela de Anjali Banerjee  es un pequeño homenaje a la literatura, por las referencias y citas de títulos y autores clásicos, cuyas voces ayudan a Jasmine tanto a aconsejar libros a sus clientes, como a reflexionar y sobreponerse a su divorcio, rencauzando su vida personal. Por sus páginas desfilan Kipling, Beatriz Potter, Jane Austen, Mark Twain, Poe entre otros, con lo que casi podemos considerar a la librería, un edificio victoriano, como un personaje más. Todo ello aderezado con la cultura y gastronomía hindú. ¡Ah, por cierto!, parte de la obra, casi todo lo relacionado con el divorcio, me recuerda una deliciosa película, Bajo el Sol de la Toscana, aunque en ésta sólo subyace el espíritu de Federico Fellini.

La narración es fluida, se lee rápido, con muchos diálogos y pocas descripciones, lo que nos hace avanzar rápidamente en la lectura. Jasmine, al narrarnos ella la historia, nos muestra lo que piensa y siente.

jueves, 24 de diciembre de 2015

LA CARTA DE SANTA CLAUS PARA SUSIE


Palacio de San Nicolás. En la Luna.
Mañana de Navidad

Mi querida Susie Clemens:

He recibido y leído todas las cartas que tú  y tu hermana pequeña me habéis escrito de mano de tu madre y de tus niñeras; también he leído aquellas que vosotras pequeñas personitas habéis escrito con vuestras propias manos – incluso aunque no uséis los caracteres que aparecen en los alfabetos de los adultos, usáis los caracteres que todos los niños en todas partes del mundo y en las estrellas brillantes usan, y como todos mis súbditos en la Luna son niños y no usan caracteres sino eso, entenderás rápidamente lo fácil que es para mí leer tus fantásticas marcas y las de tu hermana sin problema. Pero he tenido problemas con aquellas que le dictabais a tu madre y niñeras, porque soy extranjero y no puedo leer el inglés escrito muy bien. Verás que no he cometido errores en las cosas que tú y tu hermana pequeña pedíais en vuestras propias cartas – he bajado por vuestra chimenea a medianoche cuando estabais dormidas y las he entregado yo mismo – y os he dado un beso a cada una, también, porque sois buenas niñas, bien educadas, con buenos modales y las más obedientes pequeñas que he visto jamás. Pero en la cartas que dictaste había algunas palabras que no pude entender con certeza y uno o dos pedidos no los he podido cumplir por falta de stock. Nuestro último lote de muebles de cocina para muñecas se acaba justo de ir para una niña pequeña muy pobre en la Estrella Polar, en el frío país más allá de la Osa Mayor. Tu mamá te puede enseñar qué estrella es y podrás decirle: “Pequeño Copo de Nieve (ese el nombre de la niña), estoy encantada con que tengas esos muebles, porque lo necesitas más que yo”. Eso es, debes escribir eso, de tu puño y letra, y Pequeño Copo de Nieve te escribirá una respuesta. Si solo se lo dices no podrá oírte. Haz tu letra clara y pequeña, porque la distancia es grande y el franqueo muy caro.

Había una palabra o dos en la carta de tu mamá que no pude entender. Pasó con “un camión lleno de ropa de muñecas”. ¿Qué es eso? Llamé a la puerta de tu cocina hoy a las nueve en punto de la mañana para preguntar. Pero no vi a nadie y no podía hablar con nadie sino era contigo.  Cuando suena el timbre de la cocina, George debe ser cegado y enviado a abrir la puerta. Luego debe volver al comedor o al armario de la vajilla y llevarse a la cocinera con él. Debes decirle a George que debe andar de puntillas y no hablar, sino morirá algún día. Entonces tienes que ir a la habitación de los niños y quedarte en la silla de la cama de la niñera y poner tu oído en el tubo para hablar que lleva a la cocina y cuando te silbe por ahí debes hablar por el tubo y decir “¡bienvenido, Santa Claus!”. Entonces te preguntaré si es o no un camión lo que pediste. Si me dices que sí, te preguntaré de qué color quieres que sea el camión. Tu mamá te ayudará a escoger un bonito color y luego me dirás todas las cosas en detalle que quieres que tenga tu camión. Luego cuando te diga “adiós y Feliz Navidad a mi pequeña Susie Clemens”, tú dirás “adiós, buen viejo Santa Claus, te lo agradeceré mucho y por favor di a esa Pequeño Copo de Nieve que la visitaré en su estrella esta noche y que debe mirar hacia aquí abajo. Estaré justo en la ventana de la bahía este y cada noche despejada miraré a su estrella y diré ‘conozco a alguien ahí arriba y me gusta ella, también”. Después tienes que ir a la biblioteca y hacer que George cierre todas las puertas que dan al recibidor principal y todo el mundo tiene que guardar silencio durante un poco de tiempo. Iré a la luna y cogeré esas cosas y volveré por la chimenea del recibidor – si es que quieres un camión – porque no podría meter una cosa como un camión por la chimenea de la habitación de los niños, sabes.

La gente podrá hablar si quiere, hasta que oigan mis pisadas en el recibidor. Entonces diles que se callen un poco hasta que vuelva a la chimenea. Quizás no oigas mis pisadas en absoluto – así que puedes ir de vez en cuando y espiar desde las puertas del comedor, y poco a poco irás viendo que hay una cosa que quieres, justo debajo del piano en la salita – porque ahí lo pondré. Si dejo alguna nieve en el recibidor, tendrás que decirle a George que la barra hacia la chimenea, porque yo no tengo tiempo para hacer esas cosas. George no debe usar una escoba, sino un trapo – sino morirá algún día. Debes vigilar a George y no dejar que corra ningún peligro. Si mi bota deja una huella en el mármol, George no debe rascarla hasta que desaparezca. Dejadla ahí siempre en recuerdo de mi visita, y siempre que la mires o se la enseñes a cualquiera debes recordar que tienes que ser una niña Buena. Siempre que seas traviesa y alguien te muestre la marca que la bota de tu viejo buen Santa Claus dejó en el mármol, ¿qué les dirás, pequeño encanto?

Adiós por unos pocos minutos, hasta que vuelva a bajar al mundo y llame a la puerta de la cocina.

Tu querido,
Santa Claus

Mark Twain

miércoles, 28 de octubre de 2015

ES MENTIRA QUE LOS MUERTOS MUERAN CUANDO MUEREN.

A veces les alarga la vida el amor.

En tales ocasiones, los muertos, tras morir, perviven en el corazón de quienes los amaron y los recuerdan, que se convierten así en espejo temporal de su memoria sobre la tierra, en eco emocional de sus espíritus, que rebota frágil y desesperanzado, pero vivo, contra las paredes de piedra del olvido.

Si fuiste amado, los latidos de tu corazón ya intangible se alargarán como sombras de caminante solitario que busca regresar a casa antes de que se cierna la noche.

Si amaste, vivirás. No para siempre, porque el ser humano es incompatible con la magnitud de esa palabra, pero sí más allá de tu propia muerte.

Serás un muerto que no haya muerto cuando haya muerto.

Pero ¿y si nunca amaste? ¿Si caminaste sobre la tierra de puntillas, sin resuello y acobardado ante la idea del amor al acecho?

Dedico este libro a la memoria del viejo Max, que cuando yo termine de escribir tendrá toda la larga muerte por delante, y lo dedico también al futuro de la joven Zara, a quien aguarda una vida nueva ahí mismo, tras la esquina.

Max y Zara vinieron de la guerra, pero de guerras distintas acaecidas en tiempos distintos.

Max y Zara vinieron impulsados por el amor a la vida, pero eran formas de amor a la vida distintas, y puede que contradictorias.

Me crucé en su camino sin haber hecho nada por merecerlo. Pero la historia que viví junto a ellos, cuyos sucesos esenciales tuvieron lugar en poco más de veinticuatro horas, aunque también podría decirse que abarcaron casi todo el siglo XX y recorrieron el planeta de punta a punta, late en mi interior como si tuviera corazón propio, y siento la irrenunciable obligación moral de contarla.

Escribir libros es, al fin y al cabo, mi trabajo, y escribiendo uno me encontraba cuando tuve la primera noticia sobre Max.

En realidad, decir que escribía un libro es inexacto. Lo que hacía era empezar a escribirlo, cosa que es bien diferente, como sabe bien todo el que haya escrito alguna vez un libro o lo haya intentado. Parafraseando a Mark Twain, cuando reflexionaba humorísticamente sobre el hábito de fumar, diré que empezar un libro es –como dejar de fumar– muy fácil, facilísimo.

Fernando Marías, Zara y el Librero de Bagdad

PREMIO GRAN ANGULAR 2008

jueves, 26 de febrero de 2015

MIS ENEMIGOS LOS ENCANTADORES

Un día Tom envió a uno de los muchachos a recorrer el pueblo con una antorcha encendida (ésta era la señal convenida para que todos acudiéramos con urgencia a la cueva) y luego era para decirnos que sus espías le habían proporcionado la información secreta de que al día siguiente una cuadrilla de mercaderes españoles y árabes ricos iban a acampar en Cave Hollow, con una caravana de doscientos elefantes y seiscientos camellos, y más de mil «cabargaduras» rebosantes de diamantes, y que además sólo venían escoltados por una guardia de unos cuatrocientos soldados. Por lo tanto, podríamos prepararles lo que él llamaba una emboscada, les mataríamos a todos, quedándonos con las riquezas. Nos recomendó que puliéramos bien las espadas y los rifles y estuviéramos listos para el asalto. Nunca consintió en atacar a una sola carreta de verduras sin habernos hecho antes limpiar bien las espadas y fusiles, aunque no eran más que trozos de hojalata y palos de escoba, y ya podía uno frotar hasta hartarse, que no por ello dejaban de ser lo que eran ni ganaban en absoluto. Yo no creí ni por un momento que fuéramos a vencer contra una multitud semejante de españoles y árabes, pero me hacía ilusión lo de ver camellos y elefantes, así que el sábado estaba yo como un clavo en mi puesto en la emboscada. Cuando recibimos la señal salimos corriendo cuesta abajo por el bosque. Pero al llegar no encontrarnos ni españoles, ni árabes, ni camellos, ni elefantes. No se trataba más que de una excursión de niños de primer grado de la escuela dominical. Embestimos sobre ellos, y les hicimos huir ladera abajo, y como único botín sólo conseguimos unas cuantas cosquillas y mermelada, aunque Ben Rogers logró además apoderarse de una muñeca de trapo y Joe Harper de un libro de himnos y un folleto.


Pero para colmo nos dio alcance la maestra y nos obligó a soltar todo lo que habíamos cogido. Y así acabó todo. Yo no había visto ni el menor asomo de diamante, y así se lo dije a Tom Sawyer, que me repuso que los había a montones, así como árabes, elefantes y todas las demás cosas.

—Si es verdad —le dije—,¿cómo es que no se ven?

Me replicó que si yo no fuera tan ignorante y hubiera leído un libro titulado Don Quijote sabría la respuesta sin necesidad de hacer preguntas tan tontas. Me explicó que todo se había transformado por arte de encantamiento Y me aseguró que allí habla cientos de soldados, de tesoros, y de elefantes, pero que nuestros enemigos, a los que él llamaba magos, lo habían convertido en una excursión de niños de la escuela dominical, sólo por despecho.

—Bueno —le dije yo entonces—, pues lo que deberíamos hacer es perseguir a los magos esos.

Tom Sawyer me dijo que no era más que un zoquete.

Mark Twain, Las Aventuras de Huckleberry Finn 

lunes, 23 de febrero de 2015

LIBROS CENSURADOS

Creemos que no hay nada más inofensivo que un libro. Sin embargo, la capacidad evocadora de algunas obras literarias y su poder para hacer reflexionar a los lectores han convertido a muchos libros en objetos peligrosos y dignos de ser censurados. A lo largo de la historia, una crítica política, ir en contra de las convenciones sociales o expresar teorías científicas novedosas y polémicas, han bastado para que muchos gobiernos las prohibieran.

FARENHEIT 451: Esta obra de Ray Bradbury pasará a la historia de la literatura del siglo XX por imaginar un futuro distópico, repleto de normas y prohibiciones para el ser humano, en el que se esconde un profunda crítica política. La novela cuenta la historia de Montag, un bombero que, en un mundo futuro en el que los libros están prohibidos tiene el deber profesional de quemarlos, pero acaba por sentir la tentación de leerlos. Aunque la quema de obras por parte de un gobierno totalitario pueda sugerirnos un alegato contra regímenes totalitarios como el nazismo, la intención de Bradbury era criticar la censura que se había instalado en Estados Unidos a raíz del macartismo. Las últimas páginas de esta novela se leen como una preciosa declaración de amor al conocimiento y a la lectura.

HARRY POTTER Y LA PIEDRA FILOSOFAL: La obra de J. K. Rowling ha tenido sus problemas y ha sido censurada en Arabia Saudí bajo la acusación de promover la brujería. Pero también en Estados Unidos se ha visto envuelto en batallas legales en los USA. En Alamogordo, Nuevo México, centenares de miembros de la Iglesia de la Comunidad de Cristo quemaron una treintena de ejemplares mientras cantaban himnos religiosos, pues para ellos Harry Potter es el mismísimo diablo. La polémica cruzó la frontera de Canadá, donde una escuela exigió autorización a los padres para que los alumnos pudieran leer la novela, ya que para muchos eran una apología no solo de brujería, sino también de magia negra y de satanismo.

MADAME BOVARY: Publicada por primera vez en 1857, la opinión de la crítica actual es que esta obra de Gustave Flaubert es una de las mejores novelas de la Literatura universal. Aunque su mayor virtud es la forma en que Flaubert construye una historia apasionante basándose en los pensamientos y experiencias de un personaje que a priori no interesarían a nadie más que a su protagonista, lo cierto es que su publicación levantó ampollas al tener como tema central los adulterios de Emma Bovary. La obra fue considerada tan obscena que Flaubert tuvo que defenderla ante un tribunal. Tras la última sesión del juicio, el 7 de febrero de 1857, el libro se convirtió en un best seller.

EL DIARIO DE ANA FRANK: Hasta el día de hoy existen personas que se oponen a que este libro sea permitido en las escuelas mientras que otros dudan de la credibilidad del texto. Aunque hoy se ha enseñado en casi todas las escuelas en los Estados Unidos, todavía se oponen por estar demasiado cargada en sexualidad, pornografía, y muy depresiva para ser enseñado. La historia de Ana Frank, una niña judía que junto con su familia se ocultó de los nazis en un viejo edificio de Amsterdam, fue sido conservada gracias a lo que ella misma escribió de esos días en sus diarios personales. Se trata de uno de los libros más leídos de la historia y un referente obligado sobre el holocausto nazi contra los judíos en la Segunda Guerra Mundial.

LAS MIL Y UNA NOCHES: Censurado en Egipto. Se le acusó de contener pasajes obscenos, que ponían en riesgo la integridad moral de los ciudadanos. Sin embargo, la obra es calificada como una de las obras más importantes e influyentes de la literatura universal. Se trata de una recopilación de cuentos y leyendas de origen hindú, árabe y persa, de los cuales no existe un texto definitivo, sino múltiples versiones.

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS: El libro de Lewis Carroll ha sido prohibido en China porque les otorga cualidades a los animales para que actúen en el mismo nivel que los humanos. La obra es una sátira a la sociedad, la educación y los políticos ingleses de la época. La historia se describe a través de juegos con base en la lógica, y la obra ha llegado a tener popularidad en los más variados ambientes, desde niños hasta matemáticos y público de todo tipo.


EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA: La gran obra de Cervantes fue censurada en algún momento por “aspectos morales”. Para algunos es “el mejor trabajo literario jamás escrito”. Publicada su primera parte a comienzos de 1605, es una de las obras más destacadas de la literatura española y la literatura universal, y una de las más traducidas.

LOS VERSOS SATÁNICOS: Esta novela de Salman Rushdie posee el triste honor de protagonizar una de las prohibiciones más famosas de la historia reciente. El libro, que narra la historia de dos actores convertidos en seres sobrenaturales, provocó no sólo que el ayatolá Jomieni, en aquel entonces al frente del gobierno iraní, condenara a su autor, sino que instó también a atacar a cualquier persona relacionada con su publicación. Desde entonces, Rushdie vive bajo las más estrictas medidas de seguridad y varias personas relacionadas con la novela han sido objeto de ataques.

EL ORIGEN DE LAS ESPECIES: En la actualidad puede parecer increíble que una obra científica pueda ser considerada peligrosa y objeto de censura. Sin embargo, esta situación ha sido una constante a lo largo de la historia. Un claro ejemplo de ello es el libro más conocido de Charles Darwin. Al naturalista inglés le costó muchísimos años, un viaje por mar y casi su salud describir el origen de la biología evolutiva. Su teoría, plasmada en un libro que acabaría por convertirse en una de las obras más influyentes en la historia del pensamiento humano, despertó tanto rechazo entre la comunidad científica del momento que el libro fue censurado en varios países, entre ellos la propia Inglaterra.

EL LAZARILLO DE TORMES es un esbozo irónico y despiadado de la sociedad del siglo XVI, de la que se muestran sus vicios y actitudes hipócritas, sobre todo las de los clérigos y religiosos. Hay diferentes hipótesis sobre su autoría. Probablemente el autor fue simpatizante de las ideas erasmistas. Esto motivó que la Inquisición la prohibiera y que, más tarde, permitiera su publicación, una vez expurgada. La obra no volvió a ser publicada íntegramente hasta el siglo XIX.´

                La lista se podría ampliar, y los motivos de censura nos llenarían de estupor o nos llevarían a la risa más absurda. Veamos algunos ejemplos: Las Aventuras De Tom Sawyer y Las Aventuras De Huckleberry Finn, ambas de Mark Twain, por contenidos racistas; El Principito, de Antoine Saint-Exupéry, fue prohibido en Argentina en 1976 por incitar a una ilimitada fantasía; Charly Y La Fábrica De Chocolate, de Roald Dahl, fue censurado por exponer una pobre filosofia de vida;  Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, por los temas de corrupción política, los sentimientos antibelicistas y denunciar las injusticias de la colonización; El Señor De Las Moscas, de William Golding, por la idea de que los seres humanos son salvajes; Las Aventuras De Sherlock Holmes, de sir Conan Doyle, en la Unión Soviética debido a las creencias ocultistas de su autor; El Código da Vinci, de Dan Brown, en el Líbano donde los líderes de la comunidad católica consiguieron que el libro fuera prohibido por considerar que la obra es ofensiva para el cristianismo; 1984, de George Orwell, fue censurado por ser una novela pro-comunista y por contener material sexual explícito.  etc… 


martes, 26 de agosto de 2014

LA LIGA DE LOS HOMBRES EXTRAORDINARIOS

La Liga de los Hombres Extraordinarios es una serie de cómics escrita por Alan Moore e ilustrado por Kevin O’Neil que relata las aventuras de un grupo de personajes literarios que son reclutados por el Imperio británico para que sirvan como agentes secretos y lo protejan de las amenazas que se ciernen sobre él. El concepto inicial era realizar una Liga de la Justicia de la época victoriana, pero rápidamente creció hasta convertirse en una oportunidad para fusionar varias obras de la ciencia ficción en un solo mundo. Publicada por primera vez en 1999, era una serie de seis números, que debido a su éxito comercial se extendió a una segunda serie que vio la luz en el 2002.

Los protagonistas salen de novelas como Drácula de Bram Stoker, de donde extrae a Mina, 20.000 Leguas de Viaje Submarino de Julio Verne, de quien toma prestado a Nemo, Las Minas del Rey Salomón de H. Rider Haggard y su Alan Quatermain, Dr. Jekyll y Mr. Hyde de la novela de R. L. Stevenson o El Hombre Invisible de H. G. Wells. Un grupo que demostrará su valía en los más diversos escenarios.



Mina Murray es reclutada por Campion Bond (Bond, mi nombre es Bond) en nombre del MI5, el servicio de inteligencia británico, para reunir a un variopinto grupo de personajes extraordinarios para defender los intereses del Imperio. Acompañada por el Capitán Nemo viaja hasta El Cairo para reclutar a un Allan Quatermain víctima del opio. Juntos se dirigen a París, donde el detective Auguste Dupin (el detective creado por E. A. Poe) les ayuda a capturar a Hyde, alter ego del doctor Henry Jekyll. De regreso a Londres, investigan las misteriosas apariciones de un supuesto "Espíritu Santo" que asalta a las alumnas de un correccional para jovencitas. Allí descubren que el asaltante es Hawley Griffin, El hombre invisible. Con esta última incorporación queda formada La Liga cuya primera misión será investigar el robo de la cavorita, un material antigravitatorio desarrollado por el Doctor Cavor.

Las investigaciones les lleva hasta una zona de Londres donde Fu Manchú (personaje creado por Sax Rohmer) está construyendo un gran dirigible con el que atacar Londres desde el aire con la ayuda de la cavorita. La Liga consigue recuperar la cavorita y devolverla al MI5. Entonces, gracias al Hombre Invisible, descubren que el jefe de la inteligencia británica es el profesor James Moriarty, el archienemigo de Sherlock Holmes (personajes de Arthur Conan Doyle), que al mismo tiempo es el cerebro criminal del West End y se disputa con Fu Manchu el dominio del crimen en Londres. Moriarty también ha estado construyendo un navío aéreo de guerra y necesita la cavorita para bombardear el East End y acabar con Fu Manchu. Cuando la Liga conoce los planes, intenta detener a Moriarty, pero el ataque ya ha empezado y la nave voladora bombardea el East End. A su vez, Fu Manchu inicia un ataque defensivo con cañones y cometas pilotadas por guerreros que asaltan la nave. La Liga, usando el globo Victoria, alcanza el navío aéreo, se enfrentan a Moriarty y liberan la cavorita, haciendo caer la nave.

Desaparecido Moriarty, Mycroft Holmes toma la dirección del MI5 y decide seguir contando con la Liga para servir a los intereses de Inglaterra.

El Nautilus

Hace unos diez años, rodaron una película con esta idea, donde hubo unos cuantos y sustanciosos cambios introduciendo a Tom Sawyer (un poco crecido el personaje de Mark Twain) y Dorian Gray (creado por la pluma de Oscar Wilde).


domingo, 10 de agosto de 2014

A LA RICA PINTURA

Comenzamos el verano quitando el gotele y pintando en  casa; primero un cuarto, luego otro, otro, y otro; así hasta hoy En muchos momentos me acordaba del siguiente fragmento de Mark Twain, y me ponía a elucubrar cómo llevarlo a la práctica:

   Tom apareció en la calle con un cubo de lechada y una brocha atada en la punta de una pértiga. Echó una mirada a la cerca, y la Naturaleza perdió toda alegría y una aplanadora tristeza descendió sobre su espíritu.
¡Treinta varas de valla de nueve pies de altura! Le pareció que la vida era vana y sin objeto y la existencia una pesadumbre. Lanzando un suspiro, mojó la brocha y la pasó a lo largo del tablón más alto; repitió la operación; la volvió a repetir, comparó la insignificante franja enjalbegada con el vasto continente de cerca sin encalar, y se sentó sobre el boj descorazonado  (…)
 Pero la energía de Tom duró poco. Empezó a pensar en todas las diversiones que había planeado para aquel día, y sus penas se exacerbaron. Muy pronto los chicos que tenían asueto pasarían retozando, camino de tentadoras excursiones, y se reirían de él porque tenía que trabajar…; y esta idea le encendía la sangre como un fuego (…)
En aquel tenebroso y desesperado momento sintió una inspiración. Nada menos que una soberbia magnífica inspiración. Cogió la brocha y se puso tranquilamente a trabajar. Ben Rogers apareció a la vista en aquel instante: de entre todos los chicos, era de aquél precisamente de quien más había temido las burlas.
Ben venía dando saltos y cabriolas, señal evidente de que tenía el corazón libre de pesadumbres y grandes esperanzas de divertirse. Estaba comiéndose una manzana, y de cuando en cuando lanzaba un prolongado y melodioso alarido, seguido de un bronco y profundo «tilín, tilín, tilón; tilín, tilón», porque, venía imitando a un vapor del Misisipí.
Al acercarse acortó la marcha, enfiló hacia el medio de la calle, se inclinó hacia estribor y tomó la vuelta de la esquina pesadamente y con gran aparato y solemnidad, porque estaba representando al Gran Misuri y se consideraba a sí mismo con nueve pies de calado. Era buque, capitán y campana de las máquinas, todo en una pieza; y así es que tenía que imaginarse de pie en su propio puente, dando órdenes y ejecutándolas.
Tom siguió encalando, sin hacer caso del vapor. Ben se le quedó mirando un momento y dijo:
–¡Hola, compadre! – le dijo Ben-.Te hacen trabajar, ¿eh?
–¡Ah!, ¿eres tú, Ben? No te había visto. Bueno; puede ser que esto sea trabajo y puede que no. Lo único que sé es que le gusta a Tom Sawyer.
–¡Vamos! ¿Me vas a hacer creer que a ti te gusta?
La brocha continuó moviéndose.
–¿Gustar? No sé por qué no va a gustarme. ¿Es que le dejan a un chico blanquear una cerca todos los días?
Aquello puso la cosa bajo una nueva luz. Ben dejó de mordisquear la manzana. Tom, movió la brocha, coquetonamente, atrás y adelante; se retiró dos pasos para ver el efecto; añadió un toque allí y otro allá; juzgó otra vez el resultado. Y en tanto Ben no perdía de vista un solo movimiento, cada vez más y más interesado y absorto. Al fin dijo:
–Oye, Tom: déjame encalar un poco.
Tom reflexionó. Estaba a punto de acceder; pero cambió de propósito:
–No, no; eso no podría ser, Ben. Ya ves…, mi tía Polly es muy exigente para esta cerca porque está aquí, en mitad de la calle, ¿sabes? No sabes tú lo que le preocupa esta cerca; hay que hacerlo con la mar de cuidado; puede ser que no haya un chico entre mil, ni aun entre dos mil que pueda encalarla de la manera que hay que hacerlo.
–¡Quiá!… ¿Lo dices de veras? Vamos, déjame que pruebe un poco; nada más que una miaja. Si tú fueras yo, te dejaría, Tom. –Anda…, lo haré con cuidado. Déjame probar. Mira, te doy el corazón de la manzana.
–No puede ser. No, Ben; no me lo pidas; tengo miedo…
–¡Te la doy toda!
Tom le entregó la brocha, con desgana en el semblante y con entusiasmo en el corazón. Y mientras el ex vapor Gran Misuri trabajaba y sudaba al sol, el artista retirado se sentó allí, cerca, en una barrica, a la sombra, balanceando las piernas, se comió la manzana y planeó el degüello de los más inocentes. No escaseó el material: a cada momento aparecían muchachos; venían a burlarse, pero se quedaban a encalar. Para cuando Ben se rindió de cansancio, Tom había ya vendido el turno siguiente a Billy Fisher por una cometa en buen estado; cuando éste se quedó aniquilado, Johnny Miller compró el derecho por una rata muerta, con un bramante para hacerla girar; así siguió y siguió hora tras hora. Y cuando avanzó la tarde, Tom, que por la mañana había sido un chico en la miseria, nadaba materialmente en riquezas. Tenía, además de las cosas que he mencionado, doce tabas, parte de un cornetín, un trozo de vidrio azul de botella para mirar las cosas a través de él, un carrete, una llave incapaz de abrir nada, un pedazo de tiza, un tapón de cristal, un soldado de plomo, un par de renacuajos, seis cohetillos, un gatito tuerto, un tirador de puerta, un collar de perro (pero sin perro), el mango de un cuchillo y una falleba destrozada. Había, entretanto, pasado una tarde deliciosa, en la holganza, con abundante y grata compañía, y la cerca ¡tenía tres manos de cal! De no habérsele agotado la existencia de lechada, habría hecho declararse en quiebra a todos los chicos del lugar.


Mark Twain, Las Aventuras de Tom Sawyer