Dirigido tanto a alumnos de Secundaria (que pueden encontrar reseñas -algunas hechas por ellos- y fragmentos de libros, o cuentos y poemas) como a padres (incidiendo en diversos aspectos sobre bibliotecas o animación a la lectura).
En 1847, dos
barcos de la Armada británica, el HMS Erebus y el HMS Terror, que navegaban
bajo el mando de sir John Franklin, están atrapados en el hielo del Ártico. En
su anhelada busca del paso del Noroeste, parecen haber fracasado. Sin poder
hacer nada por continuar su marcha y completar su expedición, rodeados del frío
polar y de inminentes peligros, sólo pueden esperar a que llegue el deshielo
que les permita escapar.
Poco a poco,
los días van pasando y las condiciones de supervivencia se vuelven más
extremas; temperaturas que superan los cincuenta grados bajo cero, provisiones
de comida escasas, el deterioro de los barcos o la llegada de enfermedades van
mellando la esperanza de la tripulación Por si fuera poco, la extraña presencia
de una criatura bestial y misteriosa hace que los hombres crean que se enfrentan
no sólo a las condiciones naturales más adversas, sino también a fuerzas
sobrenaturales que superan, por momentos, sus creencias y su razón. Con el
tiempo y la llegada de las primeras muertes, fantasmas como el de la rebelión,
el motín o el canibalismo hacen su entrada en escena, en un panorama desolador.
Basada en
hechos reales, El Terror es una magnífica novela en la que Dan
Simmons consigue que el lector se sienta, aterido, uno más de los
tripulantes extraviados en el Polo.
Tras un
trabajo previo de documentación e investigación, Simmons construye una
inquietante novela histórica de terror, con algunos elementos de literatura
fantástica, que ayudan a crear la agobiante atmósfera que impregna el libro.
Tal vez, uno de los aspectos más complicados que tenía era transmitirnos toda
esa sensación de agobio, de desesperanza que siente la tripulación de los dos
barcos en esa situación inhóspita y terrible: hambre, hacinamiento, frio, el
egoísmo y la traición…
La perspectiva desde la que nos cuentan los
hechos en cada capítulo va variando según el personaje principal que tomamart el
autor (algo parecido a lo que ocurre en Juego de Tronos, de G. R.
R. Martin), así los de Crozier, el Capitán del HMS Terror, o los del doctor
Goodsir. De esta forma, el autor se adentra en la psicología y en las
motivaciones de los personajes.
Toda
la trama de novela histórica, la expedición en el Ártico, podría ser propia de
las novelas de Patrick O’Brian, pero todos los elementos fantásticos y esa
sensación de agobio y terror nos recuerda la Narración de Arthur Gordon Pym,
de Poe.
Pero también encontramos referencias a la propia obra de Simmons, pues ese
monstruo de ojos inquietantes, enorme estatura y garras como cuchillos con su
comportamiento nos trae a la memoria el Alcaudón, la criatura de la mítica serie Hyperion (Premio Locus y Hugo
1991).
Este
apasionante thriller de Nando López nos sumerge con realismo
en algunos de los conflictos más acuciantes de nuestra sociedad.
Tras perder el
partido más importante de su vida, un joven de diecisiete años aparece muerto a
causa de una terrible paliza.
No hay
testigos ni pruebas que señalen a los culpables, aunque los recientes
enfrentamientos entre el Zayas y el Távora, los dos institutos de la zona,
apuntan a que se trata de un nuevo episodio en la escalada de violencia entre
ambos centros por motivos xenófobos, pues la mayoría de los estudiantes del
Távora son de origen magrebí.
Sólo dos
personas próximas a la víctima poseen las claves para desentrañar lo sucedido:
Quique, uno de sus compañeros de clase y miembro de su mismo equipo de
waterpolo, el Stark; y Emma, una psicóloga contratada por el club para asesorar
a sus jugadores adolescentes. A partir de ellos comprenderemos unos hechos
sobre los que pesan demasiados miedos, demasiados fantasmas, demasiados
silencios
Llamativo
el título que alude a esa falta de comunicación por la que se pueden agravar
los problemas: por una parte, que nadie de nuestro entorno sea capaz de
interesarse por nuestras inquietudes, nuestras dudas; por otra, nuestra
incapacidad de manifestarlas en voz alta, de gritarlas, de proclamarlas; o
guardar en silencio aquello que nos atormenta y que no somos capaces de
asimilar o comprender. Pues con esos silencios es muy fácil que los demás tengan una idea equivocada de lo que somos, de lo que nos gusta, de los valores en los que creemos.
Nando
nos devuelve a un entorno educativo como en Los Nombres del Fuego o La Edad de la Ira, y en él los personajes de la novela con sus silencios y sus
palabras nos transmiten su realidad: el machismo, la violencia de género, el
racismo, la traición al amigo, la homofobia, el temor a ser rechazado o
quedarse solo, la incomprensión, la amistad…
Tenemos
tres personajes centrales: los dos narradores, Emma y Quique, y la víctima,
Asier, y es la investigación de su muerte la que hace que los secretos afloren;
los latentes, los que estaban a la vista, primero (machismo, racismo, amistad);
luego, los ocultos, los que los personajes intentan esconder. Con un ritmo
ágil, dinámico, gran parte de la novela avanza, más que por la acción, por las
constantes reflexiones que se hacen los narradores.
Emma,
la psicóloga, que viene huyendo de su pasado, pues uno de los casos que llevaba
en su punto de violencia de género ha terminado con tres muertos. Quique, cuyo
padre es jefe de estudios en el Távora, el instituto rival, y cuya madre murió
en el 11-M, no para de rayarse y ve cómo sus mejores amigos le ocultan lo que
hacen y se muestran fríos y distantes. Javi, cuya actitud a veces chulesca
esconde sus inseguridades, sus miedos y su determinación. Vero, que hasta su
llegada al Zayas y al Stark ha querido pasar desapercibida, pero ahí es una de
las estrellas, aunque en realidad está destrozada por dentro por lo ocurrido el
último verano. Izan, una de las estrellas del equipo masculino, que quiere
manipular a los demás con su rabia desenfrenada. Marta, la recién llegada, por
cuyos huesos Quique suspira… Esos son algunos de los personajes, de los cuales
es difícil hablar sin soltar algún spoiler.
¡Ah,
por cierto! El nombre del equipo no tiene nada que ver con la saga Juego deTronos de G. R. R.Martin, aunque
hay bastantes referencias (Emma esperando el fuego purificador de un dragón,
por ejemplo).
Pocas veces
hemos comentado aquí libros que hayan sido autoeditados, pero esta novela de Mónica
Gutiérrez es una pequeña joya que vale la pena.
Agnes Marti, arqueóloga
barcelonesa en paro, se ha mudado a Londres en busca de una oportunidad
laboral.
Una tarde,
desanimada y triste por su poco éxito profesional, tropieza en el corazón del
barrio del Temple con el pomo de una puerta en forma de pluma, el sonido de unas
lúgubres campanillas y el hermoso rótulo azul de Moonlight Books. La librería,
regentada con encantador ceño fruncido por Edward Livingstone, debe su nombre a
un espectacular techo de cristal que permite contemplar la luna y las estrellas
en las noches despejadas.
Intrigada por
la personalidad y el sentido del humor del señor Livingstone, Agnes decide
aceptar la oferta de convertirse en ayudante del librero mientras continúa su
búsqueda de trabajo. El té de la tarde en el rincón de los románticos, las visitas
de Mr. Magoo, las conversaciones con la bella editora de Edward, las cenas
junto a la chimenea del Darkness and Shadow y la buena lectura convencerán a
Agnes de que la felicidad está en los pequeños detalles cotidianos.
Por medio, el
robo del manuscrito del Dr. Samuel Livingstone;
las relaciones entre el librero y Sioban, su editora; los “excéntricos”
clientes o los personajes habituales de la librería; el ansiado fallo de un
premio para libreros; los paseos por esos rincones de Londres que nos encantan;
el inspector John Lockwood, que... Es una trama sencilla en la que no ocurre
nada, pero suceden muchas cosas.
La
autora señala que su novela es un pequeño homenaje a sus novelas y autores
preferidos (lo podemos observar en las citas y en las referencias, y aquí no
hay un género o autor menor, pues nos podemos encontrar a Shakespeare, junto a
Tolkien –“¿morirá Frodo?”, es la duda de esa anciana y extravagante clienta-,
G. R. R. Martin, Edmund Crispin, Virginia Woolf, entre otros muchos). La propia
Mónica
Gutiérrez califica su novela como feelgood, ¿y qué es esa palabreja? os
preguntaréis muchos; veamos como lo explica la autora en la novela:
—¿Qué es eso del feelgood?
—Novelas en las que los
protagonistas jamás comen acelgas —resumió ella pensando en todos los títulos
que le había descubierto su amiga—. Historias en las que apenas ocurre nada
extraordinario, cuyos protagonistas no son grandes héroes. Historias en las que
la felicidad se mide en pequeños momentos y se halla en los gestos más
cotidianos...
Los
personajes son entrañables: Edward Livingstone, el culto y viejo librero, que
hace honor al refrán “perro ladrador…” por su forma de comportarse; Agnes, ese
hada con los pies descalzos, que cautiva al librero y al policía; Sioban, la
novia que no quiere casarse; el inspector Lockwood, que, en su presentación,
nos recuerda a un elefante en una cacharrería; Oliver, Oliver Twist, ese niño “abandonado”
en la librería y aficionado a la astronomía…
Adara tenía
una provisión secreta de sonrisas, pero solo las gastaba en invierno. Estaba
deseando que llegara su cumpleaños, y con él el frío. Y es que en invierno era
una niña especial.
Lo sabía desde
que era muy pequeña y jugaba con los demás en la nieve. El frío nunca le había
molestado como a Geoff, a Teri y a sus amigos. A menudo se quedaba sola fuera
de casa durante horas después de que los demás se hubieran marchado en busca de
calor, o de que se hubieran ido a casa de Laura la Vieja a comer la sopa de
verdura caliente que le gustaba preparar a los niños. Adara buscaba un
escondite en un rincón alejado de los campos, un lugar distinto cada invierno,
y allí construía un alto castillo blanco, colocando la nieve con las manos
descubiertas y dándole forma de torres y almenas como las que Hal solía
describir cuando hablaba del castillo del rey en la ciudad. Arrancaba
carámbanos de las ramas inferiores de los árboles y los usaba a modo de agujas,
barrotes y garitas, repartiéndolos por todo el castillo. A menudo, en pleno
invierno, todo se deshelaba por un breve espacio de tiempo y volvía a helarse
de repente, y de la noche a la mañana su castillo de arena se convertía en
hielo, duro y resistente como ella se imaginaba los castillos de verdad. A lo
largo de todo el invierno ampliaba el castillo, y nadie se enteraba. Pero
siempre llegaba la primavera, y con ella un deshielo al que no le seguía
ninguna helada; entonces todas las murallas y los muros se derretían, y Adara
empezaba a contar los días que faltaban para su cumpleaños.
Sus castillos
invernales casi nunca estaban vacíos. Con la primera helada de cada año, las
lagartijas de hielo salían de sus madrigueras, y los campos se llenaban de diminutas
criaturas azules que corrían como flechas de un lado a otro, pasando por encima
de la nieve sin que pareciera que la tocaban. Todos los niños jugaban con las
lagartijas de hielo. Sin embargo, los demás eran torpes y crueles, y partían en
dos a los frágiles animalitos, rompiéndolos entre sus dedos como podrían romper
un carámbano colgado de un tejado. Incluso a Geoff, que era demasiado bueno
para hacer algo semejante, a veces le picaba la curiosidad y sostenía las
lagartijas demasiado tiempo mientras las examinaba, y el calor de sus manos las
derretía y las quemaba hasta matarlas.
Las manos de
Adara eran frías y suaves, y sostenía las lagartijas todo el tiempo que quería
sin
hacerles daño, lo que siempre empujaba a Geoff a hacer pucheros y preguntas
airadas. A veces se tumbaba en la nieve fría y húmeda y dejaba que las
lagartijas se arrastraran por encima de ella; disfrutaba con el suave roce de
sus patas cuando le pasaban rozando por la cara. A veces llevaba lagartijas de
hielo escondidas en el pelo mientras hacía sus tareas, aunque tenía mucho
cuidado de no meterlas en casa, donde el calor de la lumbre las mataría.
Siempre recogía las sobras cuando su familia acababa de comer, las llevaba al
lugar secreto donde estaba construyendo su castillo y las esparcía allí. De
modo que los castillos que construía estaban llenos de reyes y cortesanos todos
los inviernos; pequeñas criaturas peludas que salían del bosque, pájaros
invernales con el plumaje blanco y cientos y cientos de lagartijas de hielo que
se retorcían y se movían con gran esfuerzo, frías, rápidas y gruesas. Adara
prefería las lagartijas de hielo a cualquiera de las mascotas que su familia
había tenido a lo largo de los años.
Pero al que de
verdad quería era al dragón de hielo.
No sabía cuándo había
sido la primera vez que lo vio. Le parecía que siempre había formado parte de
su vida, una visión atisbada en pleno invierno, atravesando velozmente el cielo
glacial con sus alas serenas y azules. Los dragones de hielo eran poco comunes,
incluso en aquel entonces, y cada vez que se dejaban ver, todos los niños
señalaban con el dedo asombrados, mientras los mayores murmuraban y sacudían la
cabeza. Cuando los dragones de hielo se acercaban a la tierra era señal de que
se avecinaba un invierno largo y gélido. La gente decía que la noche que Adara
había nacido se había visto un dragón de hielo volando a través de la cara de
la luna, y desde entonces se había visto cada invierno; esos inviernos habían
sido terribles, y cada año la primavera había tardado más en llegar. De modo
que la gente encendía lumbres y rezaba y confiaba en que el dragón de hielo no
se acercara, y eso llenaba de miedo a Adara.
Pero
nunca daba resultado. Cada año el dragón de hielo regresaba. Adara sabía que
iba por ella.
El dragón de
hielo era enorme, la mitad de grande que los escamosos dragones de guerra
verdes que montaban Hal y sus compañeros. Adara había oído leyendas sobre
dragones salvajes más grandes que montañas, pero no había visto ninguno de esas
dimensiones. Desde luego el dragón de Hal era bastante grande, cinco veces
mayor que un caballo, pero era pequeño comparado con el dragón de hielo, y
además feo.
El dragón de
hielo era de un blanco cristalino, ese tono blanco tan intenso y frío que casi
es azul. Estaba cubierto de escarcha, de modo que cuando movía la piel, esta se
rompía y crujía como cruje la capa de hielo de la nieve bajo las botas de un
hombre, y se caían copos de escarcha.
Sus ojos eran
claros, profundos y fríos.
Sus alas eran
enormes y se parecían a las de un murciélago, teñidas de un pálido azul
transparente. Adara podía ver las nubes a través de ellas, y a menudo la luna y
las estrellas, cuando la bestia revoloteaba trazando círculos de hielo por los
cielos.
Sus dientes
eran carámbanos, una hilera triple, lanzas dentadas de tamaño desigual cuyo
blanco contrastaba con sus fauces azul oscuro.
Cuando el
dragón de hielo batía sus alas, soplaban vientos fríos, la nieve se
arremolinaba y se movía deprisa, y el mundo parecía encoger y temblar. A veces
cuando una puerta se abría en el frío invierno empujada por una súbita ráfaga
de viento, el propietario corría a cerrarla y decía: —Un dragón de hielo vuela
cerca.
Y cuando el
dragón de hielo abría su gran boca y espiraba, no era fuego lo que salía de
ella, el hedor ardiente y sulfuroso de los dragones menores.
El dragón de
hielo escupía frío.
Cuando
respiraba se formaba hielo. El calor desaparecía. Las lumbres se consumían y se
apagaban, castigadas por el frío. Los árboles se helaban hasta sus almas
pausadas y secretas, y sus ramas se volvían quebradizas y crujían a causa de su
propio peso. Los animales se volvían azules, gemían y se morían, con los ojos
saltones y la piel cubierta de escarcha.
El dragón de
hielo escupía muerte al mundo; muerte y silencio y frío. Pero a Adara no le
daba miedo. Ella era una niña del invierno, y el dragón de hielo era su
secreto.
Lo había visto
en el cielo mil veces. Cuando tenía cuatro años, lo vio en el suelo.
Estaba
construyendo su castillo de nieve, y el dragón fue y se posó al lado de ella,
en el vacío de los campos cubiertos de nieve. Todas las lagartijas de hielo
huyeron. Adara simplemente se quedó quieta. El dragón la miró durante diez
largos segundos, antes de volver a alzar el vuelo. El viento aulló a su
alrededor y a través de ella cuando el dragón batió las alas para elevarse,
pero Adara se sintió extrañamente exultante.
Volvió ese
mismo invierno, más tarde, y Adara lo tocó. Su piel estaba muy fría, pero se
quitó el guante de todas formas. Lo contrario no había estado bien. Tenía un poco
de miedo de que ardiera y se derritiera al contacto. De algún modo, Adara sabía
que era mucho más sensible al calor que las lagartijas de hielo. Pero ella era
especial, la niña del invierno. Lo acarició y finalmente le dio un beso en el
ala que le hizo daño en los labios. Ese fue el invierno de su cuarto
cumpleaños, el año que tocó al dragón de hielo.
George R. R. Martin, El Dragón de
Hielo
Ya que estamos con nieve, y frío, mucho frío, os dejo con
Lament, una preciosa canción del musical Siete Novias para Siete Hermanos
Dicen que a nadie le amarga un
dulce, y que la comida y muchas otras cosas nos entran por la vista. En esta
tarde de domingo os invito a un pedacito de estas tartas tan apetecibles y
literarias:
Alicia en el País de las
Maravillas (libro que este año cumple los 150 años de su primera edición), de
Lewis Carroll
El suculento Trono de Hierro, de
Canción de Hielo y Fuego (Juego de Tronos) de G. R. R. Martin
Mundodisco, de Terry Pratchett
La Torre con el Ojo de Sauron,
del Señor de los Anillos, de Tolkien
Los Juegos del Hambre, de
Suzanne Collins
Hogwarts con Harry Potter al
frente, de J. K. Rowling
Ya es Navidad en Roca Casterly, la fortaleza y el hogar de la casa Lannister, una de las principales familias de las Tierras de Occidente, ese mundo creado por G. R. R. Martin.
Su lema más conocido es "un Lannister siempre paga sus deudas".
Y de ese lema puede dar fe la fotografía que vemos: el árbol de Navidad de esta familia, tras la decapitación de Ned Stark de Invernalia.
Tolkien no sólo ha despertado la imaginación de millones de
personas: también ha forjado más de una vocación literaria. Ése es el caso de
autores como Poul Anderson, Terry Pratchett, Ursula K. Le Guin, Orson Scott
Card, que. junto con otros escritores, se han animado a publicar emotivos
artículos autobiográficos en que narran su primer contacto con la obra de
Tolkien, evocan cuánto les marcó tanto personal como profesionalmente, y la
analizan proporcionándonos nuevas claves para enfocar su lectura. Éste es un
lúcido y conmovedor homenaje al maestro de la fantasía por parte de dos
generaciones de los mejores escritores de ciencia ficción y literatura fantástica,
complementado con ilustraciones de John Howe, cuya recreación del universo de
Tolkien ya forma parte del imaginario colectivo.
Os dejo con el ensayo de George R. R. Martin que abre el volumen:
INTRODUCCIÓN A LA TIERRA MEDIA
La fantasía existía desde mucho antes que J.R.R. Tolkien. No hubo
una edad en la historia humana en que los hombres no se preguntaran qué había
más allá de la siguiente colina y llenaran los espacios en blanco de sus mapas
con cosas maravillosas y seres terroríficos. El primer narrador fantástico
hilaba sus relatos sentado junto al fuego, mientras compartía una chamuscada
pierna de mastodonte. Homero lo fue, y también Shakespeare. Conan, ese original
bárbaro de nuestra época, se habría sentido como en casa bebiendo un cuerno de
hidromiel con Siegfried y Beowulf.
Sir Thomas Malory y La muerte de Arturo llegaron siglos antes que
Tolkien. Igual que La canción de Rolando, de Turoldo. Bram Stoker y Edgar Allan
Poe hicieron unas obras espléndidas en la frontera entre la fantasía y el
horror, mientras que William Morris creó mundos vastos y maravillosos,
distantes precursores de la Tierra Media.
En este siglo, Lord Edward Dunsany, James Branch Cabell y E. R.
Eddison dejaron sus respectivos sellos en la literatura de fantasía. La
importancia de Robert Ervin Howard y su Era Hiboriana no puede sobrestimarse, ni
la de Fritz Leiber, que superó a Conan con su Fafhrd y el Gray Mouser. En una tradición
muy diferente, hallamos a Gerald Kersh, John Collier, Thorne Smith, Abraham
Merritt y Clark Ashton Smith.
Ya en vida, Tolkien tuvo rivales formidables. Mientras él contaba
sus historias de la Tierra Media, su compañero de los Inklings C. S. Lewis daba
forma a Narnia. En otro lugar de Inglaterra, Mervyn Peake creaba el gran castillo
tenebroso de Gormenghast, y al otro lado del mar, en Estados Unidos, el incomparable
estilista Jack Vance escribía sus primeras historias de la Tierra Moribunda.
Sin embargo, fue la Tierra Media la que demostró tener más poder y
resistencia. La fantasía existía mucho tiempo antes que él, sí, pero J.R.R. Tolkien
la tomó y la hizo suya de un modo distinto del de todos los escritores que lo
habían precedido, un modo en que ningún escritor lo volverá a hacer. El
tranquilo filólogo de Oxford escribió por placer, y para sus hijos, pero creó algo
que conmovió el corazón y la mente de millones de personas. Introdujo a los hobbits
y los Nazgûl, nos llevó por las Montañas Nubladas y las minas de Moria, nos
mostró el sitio de Gondor y las Grietas del Destino, y ninguno de nosotros ha
vuelto a ser el que era, menos aún los escritores.
Tolkien cambió la fantasía; la elevó y la redefinió, hasta tal
punto que nunca volverá a ser la misma. Siguen escribiéndose y publicándose
muchos tipos diferentes de fantasía, sí, pero hay una variedad que domina tanto
en los estantes de las librerías como en las listas de ventas. En ocasiones se
la llama fantasía épica; otras, alta fantasía, pero habría que llamarla
fantasía tolkienesca.
Los sellos de esta fantasía forman legión, pero para mí hay uno
que destaca sobre el resto: J.R.R. Tolkien fue el primero en crear un universo
secundario perfectamente acabado, un mundo entero con su propia geografía y sus
historias y leyendas, sin ninguna relación con el nuestro, pero, por alguna
razón, tan real como éste. Por mucho que en los años sesenta los botones
dijeran «Frodo vive», aquello que los lectores colgaban en las paredes de sus
dormitorios no era un dibujo de Frodo, sino un mapa. Un mapa de un lugar que
nunca existió.
Tolkien nos dejó personajes maravillosos, una prosa evocadora, aventuras
y batallas emocionantes… pero lo que más recordamos es el lugar. Se me conoce
por haber dicho que en la fantasía contemporánea el escenario se convierte en
un personaje de pleno derecho. Tolkien fue el que hizo que esto fuera así.
La mayoría de los escritores de literatura fantástica
contemporáneos reconocen sin reparos su deuda con el maestro (entre los cuales
me incluyo, evidentemente), pero ni siquiera quienes más denigran a Tolkien son
capaces de escapar de su influencia. El camino sigue y sigue, dijo él, y
ninguno de nosotros sabrá nunca qué lugares maravillosos nos aguardan, detrás
de la siguiente colina. Pero no importa lo lejos que viajemos, no debemos
olvidar nunca que el viaje empezó en Bolsón Cerrado, y que todavía todos estamossiguiendo
los pasos de Bilbo.
¿Qué no os suena ese titulo? ¿Seguro? ¿Y si os dijera el más televisivo Juego de Tronos, cuya cuarta temporada comienza la semana que viene?
Juego de Tronos sigue las múltiples líneas argumentales de Canción de hielo y fuego, saga de fantasía épica del americano G. R. R. Martin, cuya acción transcurre principalmente en los Siete Reinos de Poniente. La historia que se nos cuenta tiene tres ejes argumentales principales:
El primero transcurre en los Siete Reinos y cuenta la lucha por conseguir el Trono de Hierro tras la muerte del Rey Robert. El primero que reclama el trono es su hijo Joffrey, apoyado por la familia de su madre: la Casa Lannister. Pero, Stannis, uno de los hermanos de Robert, arguye que los hijos de éste son el producto de la relación incestuosa entre la reina y su hermano Jaime y reclama el trono para sí mismo. Su hermano menor, Renly, también reclama el trono para sí, con el apoyo de la poderosa familia de su esposa Margaery, la Casa Tyrell. Mientras tanto, Robb Stark, el heredero de Lord Eddard Stark, es proclamado Rey en el Norte, ya que los norteños buscan volver a ser independientes del Trono de Hierro. De forma similar, Balon Greyjoy también reclama el trono (y la independencia) de su propia región: las Islas del Hierro.
El segundo transcurre en el norte de Poniente. Aquí, se construyó un enorme muro de hielo para defender Poniente de la amenaza de los Otros, una raza de seres malignos que son capaces de crear muertos vivientes y acechan en las frías noches más allá del Muro. El Muro se extiende a lo largo de casi 500 kilómetros y tiene una altura de más de 200 metros. Está defendido por los hermanos juramentados de la Guardia de la Noche, que está muy escasa de efectivos en los años en que transcurren las novelas y vive bajo la amenaza de los humanos "salvajes" (que se llaman a sí mismos "el pueblo libre") que viven más al norte.
El tercero sigue a la princesa exiliada Daenerys Targaryen, la última descendiente de la Casa Targaryen, que reclama también el Trono de Hierro. La historia de Daenerys sigue su ascenso al poder, desde sus principios como fugitiva trotamundos y atormentada por su hermano Viserys, hasta convertirse en una reina poderosa y astuta que además posee los últimos dragones vivos. Aunque su historia está separada del resto por miles de kilómetros, su objetivo es reconquistar el Trono de Hierro.
Yo os recomendaría leeros los libros, que están mucho mejor que la serie televisiva, y que recéis, aquel que sepa, para que el señor Martin no se muera antes de terminar la serie.