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miércoles, 29 de julio de 2015

SOMBRAS SOBRE BAKER STREET

La gorra de cazador, la pipa, la bolsita llena de tabaco sobre el mantel de la chimenea... La imagen que aparece, ya sea la de Basil Rathbone, la de Jeremy Brett o una creada por el propio lector, es inconfundible. La figura más reconocible de la ficción en lengua inglesa es, sin lugar a dudas, la de Sherlock Holmes. Durante más de cien años, las historias del gran detective que utiliza la afilada cuchilla de la racionalización en contra del mal han cautivado a gran cantidad de entusiastas lectores en todo el mundo.

A lo largo de las décadas se han escrito gran cantidad de estudios y obras relacionadas, desde biografías hasta enciclopedias, que citan escrupulosamente cada personaje secundario y cada localización. Ha habido películas, seriales radiofónicos, obras de teatro, tebeos, series de televisión e incluso un par de libros de cocina. La cifra de pastiches no autorizados puede llegar a alcanzar fácilmente varios centenares. Holmes es uno de los personajes más fascinantes de la literatura. La idea de un hombre que resuelve los enigmas más difíciles e intrigantes solo mediante la lógica y la capacidad de deducción sigue atrayendo a un buen número de escritores y lectores más de un siglo después de su primera aparición en The Strand Magazine. Siempre podemos confiar en que las crónicas que Watson realiza sobre el primer detective consultor del mundo proporcionen el reconfortante conocimiento de que todo tiene una explicación; no hay oscuridad lo suficientemente profunda que la luz del intelecto y la razón no pueda iluminar.

Pero, ¿qué pasaría si...?

¿Qué pasaría si Holmes y Watson se vieran enfrentados a cosas ajenas al reino de la experiencia humana? ¿Qué pasaría si lo inconcebible resultara ser cierto? ¿Qué pasaría si hubiera lugares, entidades, conceptos en el cosmos que el hombre no solo no entiende, sino que no puede llegar a entender?

El ciclo del Mito de Cthulhu de H. P. Lovecraft es solo una sombra que se esconde detrás del canon de Holmes, creado a través de las numerosas adaptaciones y obras en las que ha influido. Desde que Lovecraft habló de la existencia de Arkham, el Necronomicón y los Primigenios en las páginas de Weird Tales, una gran cantidad de autores se ha inspirado en ellos para crear su propia visión de esta mitología. El mito sugiere que la realidad que conocemos es pequeña y estrecha; que, más allá de los límites de la cordura, se arrastran seres de un inmenso poder y malicia que gobernaron este mundo antes de la llegada de la humanidad, y que pretenden volver a hacerlo. ¿Qué extraños sucesos causaron estas poderosas y extrañas criaturas en los últimos días del siglo XIX? ¿Cómo podrá alzarse el gran detective como defensor de la humanidad ante unos seres de conocimiento y poder incalculables?

Hemos hecho estas preguntas a dieciocho de los mejores escritores de misterio, fantasía y ciencia ficción de la actualidad. Las respuestas se encuentran en este libro, que es el primero en muchos años que los herederos de Doyle han autorizado. Podrás encontrar ligeras diferencias en la percepción que tiene de los personajes cada uno de los autores. Era de esperar; todos nosotros (tal y como el gran detective puede atestiguar) observamos las cosas de forma diferente. Confiamos en que los aficionados más apasionados de Holmes no encuentren ninguna discrepancia en la cronología que aquí presentamos. ¿Deben considerarse estas historias parte del canon oficial o, más bien, simples tributos cariñosos realizados por escribanos modernos? Eres tú, lector, quien debe decidirlo.

Desde el Lejano Oriente a la ciudad de Nueva York, pasando por el Londres de Holmes, comienza un nuevo y terrorífico juego. Sherlock Holmes y sus aliados poseen una enorme experiencia a la hora de enfrentarse a lo misterioso e inusual; ahora deben enfrentarse a lo incognoscible e inenarrable...

Aquí, por tanto, se encuentra el mundo que profetizó el árabe loco Abdul al-Hazred, visto a través de los ojos del doctor John H. Watson, de Irene Adler, del profesor James Moriarty y de otros. Desde las primeras aventuras de Watson en Afganistán hasta recuerdos escritos durante la Gran Guerra, después de que los dos hombres se hubieran jubilado, estas historias son retazos de un mundo en el que lo imposible resulta real y aterrador.

Unas sombras extrañas se ciernen sobre Baker Street; en R’lyeh, el cadáver de Cthulhu empieza a desperezarse...

John Pelan y Michael Reaves

domingo, 22 de marzo de 2015

CON LA TÉCNICA DE LOVECRAFT

A la memoria de Lovecraft, escritor de "science fiction”,
que murió perseguido por los seres invisibles.
 
El resorte se disparó, hizo un ruido leve y, lentamente, bajó el disco. Hubo una pausa. Algo, como una corriente de aire casi imperceptible, fue aumentando en intensidad. Entreabrió una puerta y descendió por unos escalones que daban a un patio interior. Tropezó con algo sólido y opaco y blasfemó en voz baja. Luego se dirigió a un breve pasadizo, al otro lado del patio, y se arremolinó. Ahora se oía la música alejada, sorda, filtrada. Era una noche silenciosa y tranquila, de gran suavidad, con el aroma de la primavera cayendo desde los árboles.

Desapareció la magia de la boca con las pequeñas placas de la sífilis en labios y paladar. Había unas bombillas rojas y verdes en cuyo interior se podía ver perfectamente la imagen de su rostro con un rictJs de ironía amarga y desilusionada. Ironía nacida de la desesperación y de la muerte, más allá de las cuales sólo débiles ráfagas de aire descansan en el interior de los sepulcros abandonados, llenos de ceniza o de agua pútrida, o en la caja de resonancia de los pianos Chassaigne, modelo 1906, esperando la aparición del conducto sutilísimo que los ha de unir, con unas cuantas palabras no pronunciadas, a la oreja del caballero momificado o de la dama solitaria. Gastadas formas de vida o de muerte, de nacimiento mecánico o un dolor visceral, de v6mitos que se suceden, implacables (o que, por lo menos, atormentan con la agonía del espasmo que ha de venir y que siempre, siempre desemboca en una especie de abismo y en sudor y en cabellos pegajosos), y de grititos histéricos y de dientes que se desmoronan y que la lengua palpa voluminosos y febricitantes.

No era eso. Sólo la gélida quemadura de un thoulú, de uno de aquellos seres amorfos y terribles que ya había descrito minuciosamente, en el siglo XII, el árabe Al-Buruyu en su tratado Los que vigilan. La evidencia de las cosas surgía de improviso con mil y un significados aterradores y alusivos. No había forma humana para conjurar lo inevitable, para alejar el dogal que ceniría al elegido, quien, por un impulso misterioso, sería arrastrado al sacrificio, a la aniquilación de la propia personalidad, y se convertiría en una cosa horrible y sin nombre, abominable concepción esta, fruto de una boda del cielo y el infierno. No podían tener otro sentido la aparición de signos en todas las habitaciones de la casa y aquellos restos de organismos extraños hallados una mañana en el patio, que se habían volatilizado misteriosamente al cabo de una hora. El magisterio de Al-Buruyu se presentaba como una fuerza maléfica que se anticipaba a los siglos como un ojo impasible y escrutador, dotada de una voz caligráfica y cabalística que iba avanzando como una carcajada por la noche, sobre la nieve surcada de huellas deformes y de misteriosas desapariciones, de alaridos alucinantes junto a las rejas de los manicomios.

Se oyó el claxon de un coche. La presencia se inquietó y hubo como una distensión. Murmuró unos sonidos ininteligibles y apenas una leve fosforescencia se insinuó en el-fondo del pasadizo, entre inmundicias y botellas de licor vacías. Se encendió la luz en una ventana próxima y poco después se apagó. Fuera, respiraba la primavera.

El tiempo se acumulaba en el cerebro y en la sangre, en pliegues suavísimos y turbadores en los que aparecía la claridad solar. Había costras y una materia rugosa, surcada por grietas de dirección dubitativa, que parecía calcinada por un contacto satánico o sordamente enfurecido. O bien una superficie enharinada con polvos de arroz, bajo la cual palpitaban, vívidas y sensibles, amplias llagas purulentas, como bocas martirizadas y ocultas, como flores monstruosas y sonámbulas que, de pronto, se hinchasen y creciesen, estirando su íntima estructura hacia formas propias de un delirio febril. Era demasiado tarde para el antídoto, la svástica invertida de plata que habría de poner ecos de cantos litúrgicos en la huida de la estepa y en la llegada de la savia vivificante. El vuelo de las hojas era un vuelo de bronces, enlutado y solemne, sobre la tierra árida y espectral. Apenas podían entreverse, con un esfuerzo supremo, la risa de un niño vestido de marinero, casi velada por el dolor, o la triste tenacidad del hombre que medita hasta altas horas de la noche, contemplada ahora bajo el peso de una lágrima, o la inútil trenza perfumada que era como aire para una mirada que alimentaba al deseo. La carne había empezado a corromperse, aún en presencia de la vida, y exhalaba una pestilencia indefinible que lo impregnaba todo. Lentamente se inició el éxodo, e incluso la araña, con su perezosa pero terrible seguridad, abanoonó el nido de su vida feliz. Entreveía lecturas de íncubos, fórmulas mágicas de la muerte y el diablo, rebasado ya todo vestigio de razón, y se veía hojear la Dissertation sur les apparitions des anges, des démons et des esprits et sur les revenants et vampires, del monje Calmet, que corroboraba la fría certeza de Al-Buruyu. Ya Angela Foligno había revelado al comentarista que, al principio, non est in me membrum quod non sit percussum, tortum et poenatum a daemonibus, et semper sum infirma, et semper stupefacta, et plena doloribus in ómnibus membris vivis. También había un flotar sobre la realidad, un ir a la deriva en paisajes inexistentes de algas mortecinas que se crispaban, airadas y amenazadoras, al más leve contacto; y el manubrio de los organillos giraba vertiginosamente en el interior del cráneo, con un insufrible alboroto de timbres y altavoces enloquecidos que callaban después en un angustioso silencio de tumba.

Se alisó el cabello con la mano, morosa y maquinalmente. Bebía con delectación, y en breves sorbos, una copa de auténtico scotch Forrester y se encontraba, seguramente, a diez millas de la costa y en una tormenta de todos los demonios. Rióse una rubia con la risa provocativa de Jane Russell y se le acercó desde la barra. Llevaba la boca pintada de rojo intenso, de color sangre toro, y un jersey ceñido que destacaba su busto con violencia. Le acarició la mejilla y le murmuró unas palabras cariñosas, acercando su cara hasta casi rozarle. La atmósfera era densa y turbia por el humo del tabaco y algunos invitados se habían quitado la americana. Otra muchacha, que movía las ancas como una estrella de Holly vood, cantaba como en éxtasis, con una lánguida sensualidad que se pegaba a la epidermis.

Pensaba que no le volvería a ver. De pronto, se le ocurrió reír ante aquel niño vestido de marinero, pasado de moda y ridículo. Lo asoció a muchas otras cosas, como a un banderín de hockey clavado bien tenso en alguna pared, o una fotografía desteñida que perpetuaba unas caras ausentes en una nebulosa excursión a Bañolas, un día de mucho frío, o a un pequeño bar del Paseo de Gracia, mucho después, cuando ya ella preparaba el trousseau de novia y le regalaba corbatas el día de su santo.

La cantante agradeció los aplausos con una sonrisa. La gente intentaba ahora bailar, excepto un grupito que bebía y conversaba con el barman y con la muchacha que acababa de terminar su número. Reinaba una media luz sucia y gastada.

Penetrado por la sombras, detrás del gran monumento a Napoleón, detrás de las campanas de los tranvías, bajo los burdeles de todas las ciudades del mundo, necesitaba ahora, en su último momento de lucidez, buscar la luz, engañar a aquella presencia, acercarla fuese como fuese, si era menester, a la luz clara y purificadora, a esa luz que a veces rasgaba las tinieblas. Tenía que haber luz en algún lado. A él le parecía que así tenía que ser forzosamente.

Muy lejos, seguramente a diez millas de distancia, alguien o algo reptaba por la alfombra. Dejó atrás las dos butacas y se incorporó poco a poco. Era como un babeo o como un borborigmo inconfesable. De él emanaba un resplandor lívido. Como una alucinación de Lovecraft.

Joan Perucho