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viernes, 25 de agosto de 2017

¿POR QUÉ SE FASTIDIA TODO AL CUMPLIR LOS 17?


¿Qué ocurre cuando, recién cumplidos 17 años, una descubre que acaba de enamorarse como una tonta de uno de sus profes del instituto?

La respuesta está en esta novela, que narra la historia de Lola, una guapa chica de primero de bachillerato que, el día de su cumpleaños, despierta con la sensación de que algo muy especial está a punto de ocurrirle, tal vez su primera historia de amor. Lo que no puede imaginar es que esa historia tendrá como protagonista a David, su nuevo profesor de Filosofía, y que las consecuencias van a suponer un auténtico cataclismo en una vida en la que, hasta ahora, todo le ha sonreído.

Y para complicar las cosas aún más aparece en escena Pedro, un compañero de clase enamorado de Lola en secreto. Y también el Heavy, su inseparable camarada, un muchacho inconformista y algo cínico, pero a la vez sensible y tremendamente inteligente. ¿Qué pasará cuando el Heavy decida convertirse en el consejero amoroso de su tímido amigo? ¿Cómo acabará todo este embrollo?

El drama está servido, y también la diversión.

La novela de Eloy M. Cebrián se sitúa en Albacete (no se nombra como tal la ciudad, pero es fácilmente reconocible por el instituto, los paseos, el parque…) a finales de los 90 (concretamente en el primer trimestre de 1999), un mundo, como se indica en la nota inicial, donde los jóvenes carecen de móvil, no conocen las redes sociales, llevar un aro en la oreja era impensable para un chico y tendencioso, pero que son iguales que los de ahora. El eje de la historia son las relaciones sentimentales de Lola y sus consecuencias (ilusiones, desengaños, apatía, maledicencia…).

                Los personajes principales son los tres adolescentes, fácilmente reconocibles en nuestras aulas. Primero tenemos a Laura: se considera mayor pues acaba de cumplir diecisiete años, un tanto creída (tanto por su físico como por sus resultados académicos), con cierto miedo a Esther, su mejor amiga, pues la considera una cotilla; cuando llegan los problemas, reacciona como lo haría la mayor parte de las chicas de su edad, ocultando la situación a sus padres.  Pedro, el compañero enamorado de Lola (y todo el mundo sabe su secreto), ante la  presencia de ella es incapaz de hablar o hilvanar dos frases seguidas; en el fondo, es un capullo, por no aplicarle otro adjetivo más fuerte, que cuando se le tuercen las cosas no sabe reaccionar bien y actúa de forma desproporcionada (¿a un colegio de curas? A la legión, lo mandaba). Mi personaje favorito es el que nos queda, “El Heavy” (lástima no conocer su nombre), el mejor amigo de Pedro desde el parvulario; por su forma de vestir, sus gustos musicales, mucha gente le mira mal (el padre de Pedro, por ejemplo, cree que es una mala influencia para su hijo), pero todo eso no es más que una fachada, pues en el fondo es un sentimental al que le gusta leer (y nos lo va a demostrar) y escribir (lo que va a ocultar a todo el mundo).

                Otros personajes que vale la pena destacar: David, el profesor de Filosofía, que al final le van a caer todos los palos y sin saber por qué. El padre de Lola, conocido político comunista (recordemos que el nombre de su hija es un homenaje a la Pasionaria), que, conforme han ido pasado los años, se ha ido aburguesando y cree que su hija es todavía una niña pequeña a la que hay que proteger de todo mal.

                Hay varias referencias literarias en el libro; destacan la novela de Vladimir Nabokov, Lolita (apelativo que odia Lola, y que emplean su padre y David), o Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas, o ese Cyrano que encarnará el Heavy.

                Os dejo con la canción Thunder Road, de Bruce Springsteen, que suena al comienzo de la segunda parte cuando Lola comienza a darle vueltas a lo que ha pasado la noche anterior. 

viernes, 21 de abril de 2017

EL VALOR DE UN LIBRO


Ahora, en la quietud de su biblioteca, con todos sus volúmenes rodeándolo como una gran placenta, Erasmo procedió a desatar el cordel que unía las hojas. A simple vista el legajo estaba compuesto por entre ochenta y cien hojas. Su conservación, como ya había observado en la tienda, era excelente. Se concentró en la primera plana y comprobó que la escritura diminuta y minuciosa que la cubría conservaba la suficiente claridad para que la lectura se pudiera abordar directamente, sin necesidad de costosos procesos digitales para aumentar el contraste e intensidad de los trazos. De hecho, era esa claridad lo que había permitido que Erasmo, incluso con su vista deteriorada, captara ciertas palabras clave que muy cerca habían estado de fulminarlo como un rayo divino. Con la sensación de estar asomándose a un texto sagrado, el bibliófilo empuñó su lupa y acercó la lámpara del flexo. Y en efecto, allí seguía la evidencia que convertía aquellas humildes hojas en un documento absolutamente excepcional. Milagroso.
(...)
Hoy Erasmo López de Mendoza no había encontrado un solo diamante, sino dos. Y ambos de valor incalculable. Eran el nombre de una persona y el título de un libro.
Aun sin haberla descifrado por completo, parecía evidente que en la primera hoja de aquel documento se hacía referencia al novelista más célebre de todos los tiempos y, por si quedaba alguna duda, unas líneas más adelante se mencionaba el título de la novela que lo hizo inmortal. Bajo la lupa de Erasmo descansaba una crónica escrita por un contemporáneo de Cervantes que afirmaba haberlo conocido en persona.
Dios era grande y Erasmo López de Mendoza su profeta.
(...)
Erasmo dedicó el resto de la tarde a tratar de descifrar las primeras páginas del manuscrito. Cada línea que leía renovaba su convicción de que la pieza que acababa de cobrar no era grande, sino gigantesca. «Una auténtica ballena blanca entre los manuscritos», se dijo con un guiño de homenaje para el burlado librero Maestre. El autor, un tal Gonzalo de Córdoba, anunciaba su intención de narrar una serie de acontecimientos vividos en su juventud, y para ello se remontaba hasta cuarenta años antes de la fecha en la que estaba datado el manuscrito, en concreto hasta ciertos días de los meses de septiembre y octubre de 1604. Y lo más fascinante del asunto era que aquellos acontecimientos parecían involucrar de un modo muy directo a un tal Miguel de Cervantes, natural de Alcalá de Henares y antiguo soldado de su majestad. Es más, los hechos narrados giraban en torno a otro manuscrito, el de un libro que estaba a punto de entrar en la imprenta, por más señas una novela cómica protagonizada por cierto hidalgo manchego devenido caballero andante.
Aquello no podía ser cierto. Tenía que tratarse de alguna clase de broma sofisticada y cruel. (...) Pero su experiencia con impresos y manuscritos era demasiado amplia para considerar seriamente la posibilidad de que todo hubiera sido un montaje y, por tanto, el manuscrito que tenía delante no fuese más que una falsificación. Estaba, para empezar, el tipo de papel, que por sus características (grosor, textura y filigrana) correspondía sin duda a la época en la que estaba fechado el manuscrito. (...) Por otro lado, los varios lustros de Erasmo como bibliófilo le habían permitido desarrollar un sexto sentido con respecto a los impresos y los manuscritos antiguos, y aquel instinto le decía que el que tenía delante era original con un 99 por ciento de certeza. Y ante tamaña responsabilidad no pudo evitar sentirse igual que Moisés por los días en que bajó del Sinaí con las Tablas de la Ley.
Las Tablas de la Ley, escritas por Yahvé de su puño y letra. Esa sí que sería una pieza cotizada. Reunía todos los requisitos: manuscrito, ejemplar único, antigüedad, prestigio de su autor, trascendencia del texto... Pero se daba la circunstancia de que aquel legajo que tenía delante, ya de por sí un singular tesoro, podía representar la llave para un hallazgo que solamente admitía parangón con el original de los Diez Mandamientos. Ya en la primera página de su crónica, Gonzalo de Córdoba declaraba que durante los últimos cuarenta años había conservado el manuscrito de El ingenioso hidalgo, que todavía obraba en su poder, y que lo había preservado como una joya para que lo heredaran sus hijos y los hijos de estos. Y todo ello por expreso deseo de su autor, que así lo había manifestado y rubricado con su firma al pie del texto de la obra, en la última página del manuscrito original. Así las cosas, Erasmo juzgó concebible que la crónica de Gonzalo de Córdoba, aquel mismo legajo que descansaba sobre su mesa, contuviera pistas sobre la localización del autógrafo del Quijote. Si antes había calificado su hallazgo de hoy como la «ballena blanca de los manuscritos», el autógrafo de la novela de Cervantes sería tan extraordinario y milagroso como la localización del mismísimo Santo Grial, con el ADN de Jesucristo y los Doce Apóstoles en forma de baba petrificada en torno al borde de la copa.
Si hoy en día saliera a la venta un ejemplar de la edición princeps del Quijote (la primera de Juan de la Cuesta, comienzos de 1605), su precio alcanzaría probablemente varios millones de euros. Y se trataba de un libro impreso del que probablemente se habían tirado unos mil ejemplares (aunque solo se tenía constancia del paradero de unos veinticinco). Pero, ay, los manuscritos eran harina de otro costal. En el año 2000 la sala Christie’s de Nueva York subastó un capítulo autógrafo del Ulises de Joyce, novela execrable donde las hubiera en opinión de Erasmo. Aun así, hubo alguien dispuesto a pagar un millón y medio de euros por aquellas veintisiete páginas garrapateadas por un borrachuzo irlandés aquejado de úlcera duodenal. En 1994, Bill Gates no había dudado en desprenderse de treinta millones de sus Windows-dólares para hacerse con un códice autógrafo de Leonardo da Vinci, a razón de casi un millón de euros por hoja. ¿Qué representaría la irrupción en el mercado del manuscrito completo de la primera parte del Quijote? ¿Mil millones? ¿Dos mil millones? ¿El presupuesto nacional entero?
De repente Erasmo sintió vértigo y lo atenazó la sensación de estar asomándose a un pozo sin fondo, de modo que se vio obligado a acudir a la cocina para prepararse una tila que tuvo la virtud de ayudarlo a recomponerse.
Hasta las cuatro de la mañana no fue capaz de separarse del legajo. Cada línea encerraba nuevas sorpresas y elevaba el barómetro de su emoción en varios grados. Pero la experiencia de leer el manuscrito, aun siendo fascinante, le estaba deparando también un alto grado de frustración. La culpa, para empezar, la tenía el misterioso cronista y su endiablada escritura. La letra era ampulosa y enrevesada, como correspondía a la caligrafía de la época. Incluso resultaba algo más confusa de lo habitual, como si el autor del manuscrito no hubiese recibido una educación al uso, sino que hubiera aprendido a escribir por sí mismo. Con la ayuda de su lupa Erasmo había logrado descifrar las líneas del comienzo, aquellas que contenían la primera mención a Cervantes y al Quijote. Luego el proceso se había complicado por culpa de su deficiente vista, y eso no había lupa que lo remediara. En condiciones normales su degeneración macular representaba un serio fastidio. Pero cuando trataba de forzar la vista, la zona ciega del centro de su retina extendía sus dominios hasta que todo su campo visual parecía cubierto por una lámina de agua turbia. Y esta tarde había forzado la vista como no lo había hecho desde hacía años. Tras un largo rato de afanosa lectura, apenas se había adentrado en la tercera página de la crónica, y ello sometiendo su cuello a una dolorosa torsión a fin de aprovechar su visión periférica, la única que estaba libre de niebla. Poco después, su vista había quedado reducida a un triste lagrimeo, y hasta el más ligero movimiento de cabeza le arrancaba un gemido de agonía. Para colmo, ahora apenas era capaz de identificar palabras, y los trazos de escritura empezaban a parecerle patitas de insecto. El mayor hallazgo de la historia de la bibliofilia tal vez estuviese al alcance de su mano, y él se sentía impotente para gozar su premio por culpa de una pejiguera llamada degeneración macular. Ríase usted del suplicio de Tántalo.
Mientras guardaba el manuscrito en la caja fuerte donde dormían sus piezas más valiosas, Erasmo López de Mendoza comprendió con dolorosa clarividencia que el tiempo había hecho en él su inexorable labor de zapa y que, por tanto, no iba a poder emprender en solitario aquella aventura.

Eloy Cebrián, Madrid 1605


jueves, 2 de marzo de 2017

DETECTIVES


En 1841 Edgar Allan Poe le encomendó a Auguste Dupin, el primer detective moderno de ficción, la resolución del brutal asesinato de una madre y su hija. Esto ocurría en un relato titulado Los crímenes de la calle Morgue. Desde entonces hemos conocido a infinidad de detectives, desde el inmortal Sherlock Holmes (del que siguen apareciendo aventuras apócrifas que no suelen ser ni muy inspiradas ni muy necesarias), hasta Robert Langdom, ese profesor de Harvard que se embarca en la búsqueda del grial en la novela de Dan Brown. Precisamente de esta última variedad detectivesca podemos constatar una auténtica avalancha en las mesas de novedades de las librerías. Y me refiero al prototipo del intelectual que es también hombre de acción (al estilo de Indiana Jones), inmerso en la búsqueda de reliquias del cristianismo, entre templarios, sectas herméticas y demás parafernalia pseudo-mística. Son novelas que suelen pecar de fantasiosas y poco imaginativas, y que sufren sus carencias literarias a base de acumular datos históricos traídos por los pelos, de inventar otros y de tergiversar aquellos que no cuadran con la trama. Sus autores, sin embargo, olvidan que todo género tiene sus códigos, y que los de la novela detectivesca ya los expuso con gran acierto el autor norteamericano S. S. Van Dine a finales de la década de los veinte del pasado siglo. Veamos:
  1. El lector debe tener las mismas oportunidades que el detective para resolver el misterio, y por tanto están prohibidos los trucos y los engaños deliberados. No vale que la muerte resulte ser por accidente o por suicidio.
  2. Quedan asimismo prohibidas las tramas amorosas. Se trata de llevar a un criminal ante la justicia, y no a una novia al altar.
  3. El detective no puede ser el culpable. Tampoco un criado o mayordomo o cualquiera que no haya desempeñado un papel relevante en la trama.
  4. Al culpable se ha de llegar a través de la deducción lógica, y no por accidente, por coincidencia o por una confesión inmotivada.
  5. En una novela detectivesca debe haber un detective, y un detective no es tal a menos que «detecte». Su labor es reunir las pistas que finalmente conducirán a la persona que cometió el crimen en el primer capítulo. Si el detective no alcanza sus conclusiones a través del análisis de las pruebas, no habrá resulto el problema mejor que el escolar que aprueba un examen copiando o contestando al azar.
  6. En toda ficción detectivesca debe haber al menos un cadáver, y cuanto más muerto esté, mejor. No bastará con ningún crimen de menor gravedad que el asesinato. Trescientas páginas son demasiadas para un delito que no sea el máximo. A fin de cuentas, las molestias que se toma el lector y su gasto de energía deben ser recompensados.
  7. No se admiten sociedades secretas ni camorras ni mafias ni conspiraciones de ningún tipo.
  8. Una historia detectivesca debe prescindir de pasajes descriptivos o «atmosféricos». Quedan prohibidas asimismo las tramas secundarias y los análisis psicológicos de los personajes, por sutiles que sean.
Y así hasta completar una veintena de reglas que todos esos clones de Dan Brown (y también el propio Dan Brown) no harían mal en observar. Y dicho esto, confesaré que dentro de poco voy a publicar mi propia novela de género detectivesco, y que en ella no he respetado ni uno solo de estos mandamientos. Pero ¿para qué están las reglas sino es para saltárselas? Pues eso, que les deseo muchas y felices lecturas.

Eloy Cebrián, La Tribuna de Albacete, 12/11/2012

martes, 26 de julio de 2016

MADRID 1616 (II)


Enviado por Nerea (B1C):

Abril de 1616. Miguel de Cervantes acaba de morir y lo entierran en el convento de la Trinidad de Madrid.

Cuatrocientos años después, el bibliófilo Erasmo López de Mendoza presencia la exhumación de los huesos del novelista. Lo que mal puede imaginarse es la increíble aventura que está a punto de emprender: un Quijote alternativo, un misterio llamado Alonso Fernández de Avellaneda, un inesperado vínculo entre Cervantes y cierto dramaturgo inglés, una búsqueda trepidante que nos llevará desde el Madrid de Felipe VI al de Felipe III, desde la villa inglesa de Stratford-upon-Avon hasta la cripta de una iglesia madrileña donde tal vez se oculte el mayor enigma de la literatura universal.

Lo primero que me gustaría decir sobre esta novela es que se lee de forma muy gustosa. En principio había pensado que la historia podría ser más formal pero me ha resultado entretenida y con una idea original y bien construida.

La trama gira en torno al manuscrito original de la segunda parte del Quijote de la Mancha, uno de los libros más admirados de la literatura universal pero también uno de los que más se atraganta a ciertos lectores. Los hechos narrados se desarrollan en  dos épocas diferentes, como ya ocurrió en Madrid 1605.

La novela se construye mezclando con cierta habilidad realidad y ficción de forma que los autores pasan de una a otra casi sin que nos demos cuenta y además teniendo que buscar algunos datos por nuestra cuenta para verificarlo (y esto me parece muy bueno porque significa que la historia interesa. Por un lado nos presenta el mundo de los libros antiguos, los cazatesoros, las estrategias para conseguirlo así como las rivalidades entre los que se dedican al oficio y los coleccionistas.  Y por otro lado construyen una historia extravagante en la época de Cervantes y sobre todo el paradero de la segunda parte de esta gran obra. Por la novela naturalmente figuran personajes tanto reales como ficticios. Entre los inventados que bien podrían ser personajes de carne y hueso, encontramos a Erasmo con un perfil que ha logrado conquistarme por su picardía y cierta maldad, Pilar o Gonzalo de Córdoba. En el otro extremo y como personajes reales se encuentran Cervantes o Lope de Vega, dos escritores que tienen mucha trascendencia y que mantenían una clara rivalidad en su época que poco a poco se fue apagando.

Y, a mí, la lectura de Madrid 1616 me aporta una nueva dimensión del escritor, mucho más humana y más cercana. Cervantes es un escritor cuya vida no ha podido descifrarse al completo y esta novela nos permite hacernos un poco a la idea de cómo y quién fue (eso sí, como ya he dicho hay mucha ficción en sus páginas), mirar un poco que sucedía en su casa y acercarnos al proceso de creación y mundo editorial del momento.

Como la novela se estructura en dos tramas diferentes y ambientadas en dos siglos diferentes los autores utilizan dos estilos narrativos bien distintos. La historia ambientada en la actualidad está narrada en tercera persona, con un lenguaje selecto y pulcro. La otra trama está narrada en primera persona por uno de sus protagonistas, Gonzalo de Córdoba que a modo de diario nos cuenta sus andanzas con el escritor Miguel de Cervantes. Esta es la parte que más me ha gustado. A parte del lenguaje adaptado a la época con todas sus fórmulas de cortesía.

Los escenarios por los que mueven los personajes son diversos. En la parte actual la historia se desarrolla  en Madrid en sus calles o la Biblioteca Nacional. Gonzalo y Cervantes recorren también Valladolid donde se situaba la casa de Miguel de Cervantes e incluso tenemos acceso a su interior. Resaltar lo maravillosamente que está recreada esta parte en especial a través de las descripciones y el relato de Gonzalo de Córdoba. También Gonzalo llega hasta Inglaterra. La parte final en la que se relaciona a Cervantes con Shakespeare es del todo sorprendente, era lo último que esperaba encontrarme en este libro.

sábado, 23 de abril de 2016

MADRID, 23 DE ABRIL DE 1616


Murió en abril, de madrugada, en una de esas horas imprecisas entre el día y la noche en que los vínculos entre carne y espíritu parecen aflojarse, esas horas que tan propicias resultan para abandonar este mundo. Gonzalo, que había sido su yerno y su mejor amigo, había ayudado a limpiar su cuerpo y a amortajarlo. Sabía que se trataba de una tarea de mujeres, pero se empeñó en ayudar a despecho de Isabel, su esposa, y de doña Catalina, pues pensó que la lealtad le exigía aquel último gesto de misericordia para quien había sido su segundo padre. Con todo, no le había resultado sencillo. Las úlceras y llagas, la decrepitud, la prolongada permanencia en el lecho habían roído el cuerpo del poeta de tal modo que, cuando aún le restaban algunos días de vida, apenas unas paletadas de tierra lo separaban ya de la condición de cadáver. Y ahora que su aliento se había extinguido por completo, el manto frío de la muerte apenas había obrado cambios en él. En la calavera de su rostro, labios y mejillas se habían hundido por la laxitud de la mandíbula y la ausencia de dientes, y los ojos apenas se atisbaban al fondo de los pozos sombríos de los cuévanos. Para compensar el colapso de los ojos y boca, la nariz parecía haberse afilado y prolongado, mientras que los huesos de los pómulos amenazaban con taladrar el cuero macilento que los cubría. Las extremidades, consumidas hasta el puro hueso, se hinchaban monstruosamente en las coyunturas. A decir verdad, el brazo izquierdo ni siquiera parecía un brazo, sino apenas un despojo retorcido y sarmentoso. El costillar aparentaba ser una carcasa devorada por algún carroñero, mientras que el vientre se veía inflamado por efecto de la hidropesía. Y también estaba el hedor, una pestilencia que proclamaba que aquel cuerpo ya estaba pudriéndose por dentro cuando todavía conservaba algún hálito de vida. En cierto momento, Gonzalo pensó que iban a fallarle las fuerzas. Pero apretó los ojos y se esforzó por recordar que el despojo que yacía sobre la cama era el mejor de cuantos hombres había conocido. Y así pudo ayudar a las mujeres a frotar el cadáver con jabón y con paños húmedos, a atusarle los mustios bigotes, a peinarle las cuatro hebras grises que restaban de su cabello. Luego lo sostuvo en sus brazos, como a un niño pequeño, mientras su esposa y su hija lo revestían con el sayal de San Francisco, como permitía la caridad de la orden que el poeta había profesado semanas antes de morir. Y acto seguido le cubrían la cabeza con la capucha y rodeaban su cuello con un rosario del que pendía un crucifijo de madera. Entonces Gonzalo volvió a notar ese olor a manzanas que había brotado de la boca del anciano durante los últimos años de su vida, ese olor que, según dicen, preludia sufrimiento y muerte, como en efecto había ocurrido. Por último, mientras ellas lo velaban y lo lloraban y bisbiseaban oraciones, el yerno del poeta procedió a cumplir las últimas instrucciones que él le había dado cuando aún conservaba la voz y la lucidez.
Clareaba el día cuando Gonzalo salía de la casa camino de la iglesia de San Ildefonso, aneja al convento de la Trinidad, donde el viejo poeta había pedido que lo enterraran por la gran  amistad que lo unía a la Orden, y donde todo estaba ya preparado para acoger sus restos. Antes pasó por el taller del carpintero para pedir que se apresuraran con el féretro. Una vez alertadas las monjas y el capellán, visitó casas de amigos y parientes para decirles que esa misma tarde iba a celebrarse el entierro, pues el difunto había dejado dispuesto que se abreviaran los ritos de la muerte en la medida en que el decoro y la costumbre lo permitieran. Al regresar a la calle de Francos, a eso del mediodía, Gonzalo comprobó que la noticia de que el viejo poeta había muerto ya se había extendido por Madrid, como atestiguaba la pequeña multitud que se congregaba a la puerta de su casa. Había gente de las letras y de la farándula, rostros por todos conocidos, pero también muchos vecinos anónimos que habían acudido a presentar sus respetos. Ya en la casa, Gonzalo comprobó que el carpintero había cumplido lo pactado y que el cadáver descansaba dentro del féretro, que había sido dispuesto sobre dos caballetes de madera. Al verlo tendido dentro del ataúd, con las manos cruzadas sobre su mortaja de color ceniza, Gonzalo fue consciente por vez primera del carácter irrevocable de lo ocurrido, y la pena le atenazó la garganta como una mano de hielo. Pero no tuvo tiempo para abandonarse al llanto, porque su esposa y su suegra lo urgían a formar el cortejo y encaminarse a la iglesia. Ambas iban ataviadas con tocas y mantos negros, porque hacía tiempo que habían tomado la precaución de confeccionarse los lutos para este día. Las acompañaba Constanza, la sobrina, también de luto riguroso. Y hasta el niño había sido vestido de negro para no desentonar en el entierro del abuelo. Todo estaba dispuesto para entregar el cuerpo del viejo poeta a la tierra.
Unos vecinos ayudaron a bajar el ataúd por la escueta escalera. Ya en la calle, fueron muchos los hombros que se ofrecieron para transportar la liviana carga hasta la cercana iglesia de las Trinitarias. Gonzalo reconoció al librero Robles y al impresor De la Cuesta, y a varios literatos de fama y renombre que habían frecuentado al viejo poeta durante los últimos años de su vida en Madrid. Sobraron hombros, de hecho, para tan poco ataúd. Y así arrancó la comitiva, que en el breve trecho que separaba la casa de la calle de Francos de la puerta de la iglesia recibió numerosas incorporaciones, casi tantas como viandantes preguntaban curiosos el nombre del difunto, y al saber de quién se trataba se unían al cortejo porque deseaban despedir a quien tanto solaz y tanta risa les había procurado en vida. Cuando llegaron a la iglesia, con los que allí esperaban, debían de sumar casi el medio millar. Y muchos lloraban y se lamentaban, aunque Gonzalo no los conocía ni creía que el poeta los hubiera conocido tampoco.
Entraron en la iglesia seguidos por un río de gente que se derramó por la planta del pequeño templo hasta cubrirla por completo. Gonzalo se giró hacia las puertas abiertas y comprobó que muchos se habían quedado en la calle. Entonces le pareció reconocer el rostro de un hombre embozado que había dejado caer brevemente la capa para poder santiguarse. ¿No era ese…? Pero el hombre desapareció de repente y Gonzalo se dijo que no era posible, que debía de haberse confundido.
Así pues, se giró hacia el capellán, que se disponía a dar comienzo a la misa, tomó la mano de su esposa y apoyó la otra mano sobre el hombro de su pequeño hijo.
Introibo ad altare Dei, cantó el sacerdote.
Ad Deum qui laetificat iventutem meam, respondieron los congregados, a coro.
Y las gargantas eran tan numerosas que Gonzalo pensó que sus voces debían de estar oyéndose por toda la ciudad.
De este modo despidió Madrid a su poeta Miguel de Cervantes.

Eloy Cebrián, Madrid 1616 

lunes, 8 de febrero de 2016

VISITA DE ELOY CEBRIÁN

Esta mañana ha vuelto a estar con nosotros Eloy Cebrián, y nos ha contado como construye sus novelas.

Primero han estado los alumnos de 3º ESO, con Operación Beowulf, y Eloy nos ha mostrado cuáles han sido sus fuentes (Borges, Tolkien, Verne, Enyd Blyton), cómo ha imaginado la historia como si fuera una película y quiénes la protagonizarían, cómo la misma trama o la personalidad de sus personajes exigía una solución concreta para un conflicto determinado (¡ah, l’amour: sus sacrificios y exigencias).

Despues los alumnos de Bachillerato han visto la enemistad de Cervantes y Lope de Vega, Madrid 1605, cuál fue la génesis del libro, cómo se han documentado para hablar de la época y sus costumbres, cómo lograron publicar el libro… Y una posterior invitación a leer la segunda parte recien publicada, Madrid 1616, donde asistimos a los últimos años de vida de Cervantes, esa relación entre Cervantes y Shakespeare (ese Cardenio del Quijote), lo que supuso Avellaneda…

Gracias por venir, Eloy, y hasta la próxima

lunes, 11 de enero de 2016

MADRID 1616

       
    Cuatro años despues de los hechos narrados en Madrid 1605, Eloy Cebrián retoma los personajes de Erasmo López de Mendoza y Pilar Esparza, quienes encuentran un nuevo manuscrito firmado por un Gonzalo de Cordoba ya anciano.

                 A través de la historia de Gonzalo, contemplamos los últimos años de Cervantes; en este escenario veremos a viejos y nuevos personajes: el librero Robles, Lope de Vega, Gongora, Quevedo… En sus páginas descubrimos cómo Cervantes cambia los capítulos finales de la segunda parte del Quijote, para contrarrestar la obra de Avellaneda (apasionante la búsqueda del personaje que se oculta tras este pseudónimo); la relación que se establece entre Cervantes y Shakespeare…

                En la trama contemporánea encontramos robos, secuestros, búsquedas de manuscritos… y vuelven a aparecer nuestros villanos favoritos: Dolores (gloriosa su fuga de Alcala Meco) Y Klemperer.

                La novela se vuelve a contruir con las dos tramas que se alternan, teniendo mucho cuidado con los datos históricos y logrando que la ficción de la historia cervantina se ajuste a ellos. Un lenguaje fluido y ágil, imitando perfectamente la lengua barroca en sus episodios. Los personajes, bien construidos y definidos: un Erasmo realista e irónico (por ejemplo, tras leer cierta novela que narra su primera aventura quiere jugar con “los diminutos testículos de los autores”); una Pilar resuelta y obcecada (¡cómo se la tiene jurada a Dolores!); Gonzalo y Lope, demostrándonos que todos somos humanos; el bibliopata Kemplerer (poderoso caballero es don Dinero)…

                Hay muchos más episodios de los que podríamos comentar largo y tendido; pero prefiero, como Gonzalo, que seas tú, lector, quien los descubras. Solamente te pido una cosa: recrea en tu imaginación ese otro final del Quijote ideado por Sansón Carrasco para enfrentarse a los mayores magos encantadores y hechiceros.

domingo, 25 de octubre de 2015

MEMORIAS DE UN APRENDIZ DE LIBRERO

Mi nombre es Gonzalo de Córdoba, y al tomar el cálamo no ha sido otro mi deseo que el de poner en conocimiento de vuesas mercedes ciertos hechos acaecidos hace ahora ocho o nueve lustros, siendo yo todavía un mancebo, en tiempos que se me figuran más luminosos que los que vivimos en este malhadado año de mil seiscientos y cuarenta y tres. Toda una vida ha transcurrido desde entonces y es mucho lo que he de recordar. Dicen, y es cosa que tengo por gran verdad, que la memoria de los hombres es caprichosa, y que no hay anciano que no contemple sus años mozos con la benevolencia con que se mira a un nieto amado. Procuraré, sin embargo, que mi añoranza no traicione mi recuerdo, pues me anima el propósito de consignar los hechos de esta historia tal como fueron y no de otra manera.

Sepan vuesas mercedes que lo que acá se narra no es en modo alguno la historia de mi vida, ni yo el principal personaje de mi propio relato. A decir verdad, pocos hay con derecho a vanagloriarse de haber sido protagonistas verdaderos de sus vidas. El bueno de don Alonso Quijano podría quizás arrogarse tal licencia si no fuese porque jamás existió. O tal vez sí lo hiciera, aunque solamente en la mente del señor Cervantes, a quien Dios Nuestro Señor tenga en su Gloria, y en la de la infinidad de gentes que han disfrutado de las aventuras y donaires de su archifamoso hidalgo.

Miguel de Cervantes Saavedra. Mi añorado señor y amigo. No piensen vuesas mercedes que ha sido el azar el responsable de dejar caer su nombre en las primeras líneas de mi crónica, cuando aún no he tenido tiempo de hundir la pluma en el tintero sino dos o tres veces. Muy al contrario, sepan que a él le corresponderá el papel principal del drama en el cual quien esto escribe habrá de contentarse con la parte del segundo actor. Pero me basta con ello, y con el privilegio de haber gozado de la amistad de varón tan noble y preclaro, príncipe de los ingenios, primero entre los poetas del reino todos, favorito de la fama, muy excelente padre del caballero don Quijote. Y también, dicho sea con toda la humildad, de quien estos papeles emborrona. Pues han de saber, señores, que con los años yo acabaría tomando por esposa a su única hija, Isabel de Saavedra, la misma Isabel amada que ahora me mira con dulzura mientras reúno fuerzas y recuerdos para dar comienzo a mi historia.

Delante de mis ojos, sobre esta misma mesa, yace el manuscrito en el que mi señor Cervantes, de su puño y letra, dejó constancia de las andanzas de don Quijote y de su escudero, el mismo manuscrito del que el impresor se sirviera en su día para componer el libro que a punto estuvo de no ver jamás la luz. De las aventuras de Cervantes y de su futuro yerno (que soy yo) versarán estas páginas. De cómo nos fuera arrebatado el manuscrito de la que habría de convertirse en la novela más famosa y celebrada de cuantas hayan visto la luz en las Españas y aun pudiera ser que en el mundo entero, y de los muchos azares y peligros que ambos vivimos para recuperarlo. Por deseo de mi señor Cervantes, hoy este manuscrito descansa sobre mi escritorio. Y a fe que no puedo imaginar legado más valioso que este montón de hojas viejas, y que como tal legado lo recibirán en su día mis hijos y los hijos de mis hijos, aunque para preservarlo habré de procurarle lugar más a resguardo que este, un lugar que a su debido tiempo revelaré. Mas ahora, mientras esto escribo, es mi deseo que el manuscrito de Cervantes permanezca junto a mí, y que de ese modo pueda inspirarme e iluminarme y aun dar bríos a esta mi pluma que, de puro torpe y alicorta, más que de ganso pareciera de gallina.

Los hechos que conformarán el corazón de mi relato y su principal sustancia acaecieron en los meses de septiembre y de octubre de mil seiscientos y cuatro. Pero me permitirán vuesas mercedes que, abusando de mi condición de narrador, retroceda algunos años más en el tiempo, pues nunca fui amigo de esas historias que arrancan de sopetón (o in medias res, que dirían los latiniparlos) y dejan al lector con la sensación de haber llegado tarde y haberse perdido el comienzo.

Eloy Cebrián, Madrid 1605

Finalista Premio Ateneo de Sevilla y Fernando Lara 2012 

domingo, 26 de julio de 2015

BAJO LA FRÍA LUZ DE OCTUBRE

Enviado por Alicia, S3C:

Esta novela de Eloy Cegbrián es un relato de tipo histórico, donde la protagonista, Maruja, da cuenta en primera persona de muchos recuerdos desde el fallecimiento de su abuela (verdadera conciencia de la adolescente) hasta la libertad recuperada del padre preso. Es la confesión de una adolescente que vive el establecimiento de la República, los momentos de crisis, el levantamiento militar del 36, los desastres de la guerra, los temores de la inmediata posguerra y las trágicas represalias de los años 40.

Aunque novelado, el libro supone un testimonio verosímil de una época histórica relativamente reciente como fue la guerra civil española y la posguerra. Una historia que refleja la situación individual y social de unos personajes fuertemente presionados por la inestable situación de la España de 1936. Y todo ello contado por una joven a la que la guerra sorprende en el bando republicano, en una capital de provincias. Poco a poco y con un estilo contenido pero realista, la joven narra las peripecias de una guerra que hace difícil su vida y la de los suyos, pero también va forjando su personalidad.

Esa «fría luz de octubre» que percibe nuestra protagonista es la luz tenue, nostálgica y cargada de experiencias horribles; es el tremendo paso de una infancia plena a una juventud malograda a causa de la guerra. Una luz que aparecerá sólo al final, el momento de la reflexión y del recuerdo de unos años demasiado intensos.

La novela es un excelente documento para adolescentes y jóvenes de lo que ocurrió en nuestro país hace más de 60 años: La situación política de la época, las elecciones ganadas por el Frente Popular, la proclamación de la Segunda República en abril del 31, el nombramiento del general Franco como jefe de todos los ejércitos, el estallido de la guerra, la toma de las principales ciudades, los nombres de las batallas, los bombardeos, los heridos de guerra, los prisioneros... Además, el relato maneja temas interesantes para la reflexión: el despertar brusco a la vida, el inicio de la madurez, el arraigo familiar en circunstancias dramáticas, el paso del tiempo, la magia de esa abuela ya muerta pero que sobrevive en el recuerdo de la protagonista, el afán de supervivencia...

Esta novela me ha gustado mucho porque representa las consecuencias que provocó aquella guerra, a mi parecer, innecesaria. Recoge la memoria histórica de un país, que la tiene muy abandonada y que afecta a nuestra sociedad actual, pues un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.

PREMIO JAÉN 2003 DE NARRATIVA JUVENIL

miércoles, 24 de junio de 2015

LA MONEDA DE PLATA

                El horror, como todas las sensaciones no contaminadas por el discernimiento, desafía la disciplina del lenguaje. Y así, por más que el primer recuerdo que conservo esté grabado en mi mente con la nitidez de las líneas sobre la palma de mi mano, sólo me es dado evocarlo como una sucesión de impresiones momentáneas: el relincho lejano de un caballo, la mano cercenada que todavía aferraba una cimitarra, el hedor de un charco de sangre hirviendo bajo el sol del mediodía, el sabor del hierro en mi garganta.

                Mi primer recuerdo es de un campo de batalla. Mi nombre no importa, o aún no importa.

                Cuando abrí los ojos me encontré sepultado bajo una pila de cadáveres, y durante un instante de pavor me pensé uno de ellos. A mi alrededor, los cirujanos abreviaban con sus dagas la agonía de los moribundos. Le supliqué a mi cuerpo, esa doliente llaga que tan sólo codiciaba la muerte fulminante del cuchillo, que reptara hacia el río. Apagué mi sed y reparé en mi reflejo sobre la corriente. Una magia extraña hizo que las aguas discurrieran río arriba y mostraran imágenes pretéritas: un grupo de ménades danzando con serpientes enroscadas en torno a sus brazos, un niño que oraba ante la figura de un leopardo, un muchacho abatiendo su primer jabalí y a su primer enemigo, un hombre joven que depositaba una ofrenda en un templo adornado con un friso de centauros. Después, la fuente de mi memoria se secó por completo y las imágenes dieron paso al intolerable presente y al dolor. Por último, sólo quedó el dolor.

                El miedo me mantuvo oculto tras unos arbustos hasta que el último soldado hubo cruzado el río, hasta que el último estandarte y la última lanza se perdieron en el temeroso horizonte. Me puse en pie y aguardé en silencio la acometida del recuerdo, pero el recuerdo no llegó. Detrás de mí, un sol fatigado declinaba lentamente; delante, mi sombra se proyectaba trémula hacia los indefinidos confines del paisaje. «Un hombre sin memoria que lo ancle en el tiempo —razoné— vale menos que un cadáver.» Abrumado por la desdicha de no ser, herido y desnudo, emprendí mi camino con rumbo incierto.

                Fatigué durante días la cóncava planicie, que era el mundo y era más grande que el mundo. De noche, la bóveda se poblaba de constelaciones desconocidas que contaminaban mis sueños de locura; de día, el horizonte reverberaba con espejismos: vi una deslumbrante ciudad edificada de mármol y geometría, rica en baluartes y anfiteatros y templos, en cuyo centro se alzaba desmesurada una biblioteca; vi una avenida infinita flanqueada por esfinges de piedra; vi un intrincado palacio custodiado por una bestia, que no era un toro ni era un hombre; vi un tigre en cuya piel un dios había trazado, con secretos caracteres, la sentencia mágica que por sí sola serviría para conjurar, no ya mis males, sino todos los males del mundo.

Bebí el agua inmunda de las charcas que encontré a lo largo del camino, me alimenté de la carne aborrecible de las serpientes. Un día, saciado de penurias y apariencias, me dejé caer dentro de una hendidura y supliqué a mis dioses, cuyos nombres había olvidado, que sobrevinieran breves la noche y el olvido. Allí me encontraron unos mercaderes de ojos oblicuos cuyas palabras no entendí. Uno de ellos, quien se dijo conocedor de las lenguas de occidente, me aseguró que me encontraba más allá del río Yaxartes, que riega la ilimitada estepa de los escitas. Hacia el sur, de donde yo venía, un rey bárbaro llegado de poniente libraba grandes guerras de conquista. Ellos se encaminaban hacia el este, de regreso a su país, que llamaron la tierra de Shang.

Aquellos hombres saciaron mi sed y untaron ungüento en mis heridas. Mi carne restaurada volvió a apetecer la vida. Me uní a su caravana en un viaje que llegué a pensar sin final, y que nos condujo, a través de cordilleras de nombre incierto y desiertos extenuados, hasta un país cuyos habitantes hablaban en las lenguas de los pájaros, una tierra cuya inconcebible vastedad se miraba en los cielos. Allí, obediente a un destino que presentí guerrero, vendí mi espada como mercenario.

En ésta mi historia —acaso en todas las historias de los hombres— tan sólo el principio y el final revisten importancia, ya que el resto se reduce a un brevísimo intervalo en el vacío. Baste, pues, con decir que sobreviví a muchas otras batallas y que numerosas fueron las ocasiones en que mis armas se tintaron de sangre y de victoria. El inevitable desenlace no ocurrió hasta muchos años después, cuando, tras regresar de una expedición contra el reino de Chou, recibí con mi parte del botín una bolsa llena de monedas. Entre ellas había una extraña pieza de plata, una moneda extranjera de la cual no pude apartar la vista. En su anverso vi representado a un hombre joven de rizados cabellos; dos cuernos de carnero brotaban de sus sienes. Al cabo, noté el calor de las lágrimas sobre mi rostro.

                —¿Qué te ocurre? —preguntó mi capitán—. ¿Te atormenta alguna antigua herida?

                Negué con la cabeza y le mostré mi hallazgo.

                —Contempla esta moneda —repuse con la voz empañada por el llanto—. Es un tetradracma de plata que yo mismo ordené acuñar para celebrar mi victoria sobre el Gran Rey en Gaugamela, cuando todavía era Alejandro de Macedonia y el Asia entera se estremecía al oír mi nombre.

Eloy M. Cebrián

lunes, 16 de febrero de 2015

VISITA DE ELOY CEBRIÁN CON OPERACIÓN BEOWULF

                Esta mañana en la biblioteca de nuestro instituto, IES Octavio Cuartero, Eloy Cebrian ha estado comentando con los alumnos de 3º ESO algunos aspectos de su novela Operación Beowulf. Apoyándose en las imágenes de un powerpoint nos ha presentado el escenario, ese Londres bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial y sus protagonistas (genial esa presunta adaptación cinematográfica con Keira Knightley, James McAvoy, Robert Taylor y J. R. R. Tolkien). También nos ha presentado a sus fuentes: Julio Verne, Enyd Blyton, Jorge Luis Borges, Tolkien…

                ¿De qué va el libro os preguntaréis alguno de vosotros? Hagamos un pequeño resumen:

La trama se desarrolla en los meses en los que la Lutwaffe bombardeó Londres de manera intensa y constante buscando la rendición de Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. Laura Philips, una joven arqueóloga inglesa (cuyo padre es uno de los arqueólogos británicos más importantes y que en esos momentos está intentando descifrar los códigos Enigma) y su novio David Stein, un joven austríaco de ascendencia judía, dicen, inician una investigación en los pasadizos que han aparecido tras el derrumbamiento de un túnel del metro. La búsqueda les conducirá al descubrimiento de una red de galerías subterráneas que podrían llevar, tras la traducción de una placa escrita en caracteres rúnicos, a la tumba del rey Beowulf, personaje de origen germánico que habría reinado en Inglaterra unos catorce siglos antes.  A todo esto, tenemos que añadir el trabajo de unos saboteadores nazis que tienen una misión especial: volar la red de metro de Londres cuando medio millón de londinenses se encontraran allí refugiándose de las bombas aéreas.

Se trata de una novela con sus dosis bien mezcladas y equilibradas de aventuras, intriga, 
historia, mitología, amor y espias, que entretiene y engancha hasta el final, donde Laura, igual que cualquier otro héroe clásico que se precie, tiene que terminar su aventura realizando un sacrificio que le cueste, y para ello empleará la legendaria espada de Beowulf.

Lástima que, por razones de horario, la charla no haya podido ser más larga, pues se han quedado cosas en el tintero.

Con las alusiones a Tolkien y a su obra he recordado la siguiente anécdota: Cuentan que un “manitas”, tras hacer unos arreglillos en la universidad de Oxford, se quedó boquiabierto tras ver la estatua de Tolkien. Uno de los catedráticos de más rancio abolengo se da cuenta del hecho, y le pregunta si quiere saber quién es. Nuestro chapuzas, ni corto ni perezoso,  le replica que lamenta no haber conocido en vida al escritor y así poder decirle: “¡Maestro, qué cuento tan grande has escrito!”

martes, 1 de abril de 2014

MADRID 1605

Enviado por Manuel, B1C

Erasmo —un excéntrico profesor jubilado, entusiasta de la literatura de los Siglos de Oro— convence a su ex alumna Pilar para que emprendan una aventura en apariencia desquiciada: encontrar el manuscrito del Quijote cervantino (en el mundo de la bibliografía, este manuscrito sería, caso de existir, la pieza más rara y preciada).

Para ello habrán de seguir un relato donde se narran las vicisitudes de un tal Miguel de Cervantes, el robo de su novela sobre un hidalgo de La Mancha y la intervención en el asunto de otro escritor llamado Lope de Vega.


Pero lo que parecía ser una apacible indagación entre bibliotecas y bibliófilos pronto se convertirá en una peligrosa aventura de final imprevisible. Alguien más se halla sobre la pista del manuscrito, y parece dispuesto a todo para conseguirlo.

Estas dos tramas entrelazadas crean una novela muy original, que, por una parte, nos permite conocer mejor la figura de Cervantes haciendo la obra más atractiva e irresistible para los mayores, y, por otra parte, consigue que el público juvenil se sienta atraído por las historias que se nos cuentan en las dos tramas e incluso por alguna escena de corte erótico.

Comparando las dos partes, la que más me ha llamado la atención ha sido la relativa al siglo XVII, por la sutileza en su narración y el enfrentamiento entre Lope de Vega y Cervantes. El lenguaje empleado en la trama cervantina imita a la perfección el lenguaje de los Siglos de Oro. Pero esto no dificulta para nada su lectura. Al revés, la hace más creíble y nos mete más aún en la historia.

Finalista Premio Ateneo  Sevilla y Fernando Lara 2012