miércoles, 11 de julio de 2018

HACHIKO Y LA ESTACIÓN DE SHIBUYA



Los Ueno vivían muy cerca de la estación de Shibuya, de hecho, a tan pocas calles que si bien aquello era muy conveniente cuando tenían que ir al centro de Tokio, la contrapartida era que la casa temblaba durante todo el día a causa de los trenes que pasaban rozándola.

Desde el primer lunes del mes de marzo, unas semanas después de la llegada de Hachiko, se estableció una rutina muy especial. En cuanto el profesor de agricultura de la Toda¡ se levantaba, Hachiko lo miraba plantado en la cocina mientras él ponía a hervir el té. Luego le tocaba el turno a él y su amo le ponía el desayuno en un bol grande y rojo. Al terminar de engullirlo, hacia las ocho y media, el perro lo acompañaba a la estación de Shibuya y, cuando el profesor desaparecía entre el gentío, él regresaba a casa y lo esperaba hasta las cinco y cuarto. En aquel momento, y como si tuviese un reloj suizo en la cabeza y las dos orejitas fuesen las manecillas, comenzaba a rascar la puerta, y la señora Yaeko se la abría para que saliera disparado como un cohete hacia la estación. Y así un día tras otro, una semana y otra, la rutina se fue instalando en sus vidas. La cosa cambiaba los sábados, cuando el profesor decidía dar una vuelta por el parque Yoyogi o por los jardines de Chiyoda, muy cerca de los jardines imperiales. Entonces caminaban uno al lado del otro y Hachiko aprendía todo lo que hay que saber sobre flores, árboles, mariposas, niños, fiestas o los cotilleos de los vecinos del barrio.


PREMIO JOSEP M. FOLCH I TORRES 2014

martes, 10 de julio de 2018

EL COLECCIONISTA DE LIBROS


En la Inglaterra eduardiana, Violet parece llevar una vida de ensueño: un marido caballeroso, Archie, un hijo adorable, Félix, una lujosa residencia... Pero la creciente obsesión por uno de los preciados libros que colecciona su esposo —un misterioso volumen de cuentos de hadas guardado bajo llave y con una extraña encuadernación— hará que su idílica existencia comience a tambalearse. Asediada por unas perturbadoras alucinaciones que amenazan su cordura, ingresa temporalmente en un sanatorio. Pero cuando, a su regreso, descubre que una bella y enigmática niñera, Clara, ha ocupado su lugar, los horrores padecidos durante su internamiento no serán nada en comparación con los que su propio hogar le tiene reservados..
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Alimentada en su fondo por la siniestra leyenda de Barba Azul de Charles Perrault, Alice Thompson nos ofrece una novela oscura y macabra, una creación elegantemente diabólica que, a la vez que homenajea a Daphne du Maurier con Rebeca (el recuerdo de Rose, la primera mujer, siempre presente, o simplemente la portada con esa casa en llamas que nos recuerda a Manderley)  y a la Angela Carter más transgresora (esa obsesión por los dibujos anatómicos con el cuerpo sin piel, o esos interludios donde perecen las víctimas inocentes de esta historia), no pierde de vista en ningún momento el verdadero propósito de la mejores historias de terror: que el escalofrío que nos sacude durante su lectura se prolongue más allá de la última página.

                El título de la novela llama un poco a engaño: aquí no se habla de libros, sino que vemos dos posturas diferentes: Archie aprecia los libros por su envoltorio, si se trata de una primera edición, por una bella o extraña encuadernación, opina que abrirlos es estropearlos (y eso que es dueño de una librería), que el contenido no es lo importante; en cambio, para Violet lo importante es su contenido, lo que nos cuentan.

Como personajes, solo importa Violet, pues sobre ella gravita la novela; los demás son una excusa para presentarnos algunos rasgos de la protagonista (así, la envidia que siente hacia Clara por su eficacia o la rotundidad de sus formas) y otros están desdibujados, como el doctor que aparece sin rostro.

          Con capítulos breves, con un lenguaje que nos seduce y nos acompaña a esos delirios y trastornos mentales que está sufriendo Violet tras el parto; veremos cómo trabaja su mente, cómo se va sintiendo marginada o rechazada, a pesar de que con Archie ha encontrado la pasión y la sensualidad, que la van a colmar, hasta que se sienta asqueada con su marido y de rienda suelta a sus ideas de infidelidad, cómo los demás le hacen ver que no es real lo que ella cree que es cierto. Veremos cómo la internan en un psiquiátrico (parecido al Bedlam, que encontramos en muchas novelas de terror de la época), y la someten a tratamientos de electroshock. Así nos lleva de la mano la autora hasta ese genial tour de forcé final.

lunes, 9 de julio de 2018

EL ORIGEN DE CARTAGENA


Hispania, 227 a.C.

Los cartagineses llevaban semanas construyendo un puerto al abrigo de la fortaleza que habían conquistado junto al mar. En el muelle Asdrúbal abrazó a Aníbal.
—Ten buen viaje y que Baal vele por ti. Cuando termines tu formación en Cartago, tal y como era deseo de tu padre, te espero aquí para seguir adelante con nuestros planes.
Aníbal devolvió el abrazo y, sin mirar atrás, subió al barco, una trirreme cartaginesa que velozmente le llevaría de vuelta a su patria. Era una partida dolorosa, agria, pero necesaria para cumplir los anhelos de su padre y sólo por eso aceptó las órdenes de Asdrúbal. Debía regresar a Cartago, terminar su formación pública, política y militar, reafirmar los vínculos de su familia con la metrópoli y luego regresar a Hispania.
La nave partió hacia África aprovechando la subida de la marea y el viento favorable.
En tierra, los cartagineses seguían edificando una muralla en la colina que dominaba aquel puerto natural que estaban fortificando. Se trataba de una pequeña península conectada a Iberia por un estrecho istmo. Alrededor de la península todo era agua: al oeste y al sur el mar Mediterráneo y al norte, una laguna natural que impedía el ataque desde ese lado. El ejército púnico levantó murallas que protegían toda la península de un ataque por mar, y un muro de más de seis metros en el sector este, donde estaba el istmo, atravesado por una puerta guarnecida por torres, que quedaba como el único acceso a aquella nueva ciudad que estaban construyendo.
Asdrúbal paseaba satisfecho del trabajo de sus hombres. Aquélla sería la capital púnica en Hispania, desde donde partirían sus ejércitos para asentar sus posiciones en todo aquel vasto país. Una extensión de Cartago fuera de África que se convertiría en referente del poder púnico creciente, que intimidaría a iberos, celtas y, por qué no, a los propios romanos. Una ciudad inexpugnable por tierra y por mar y un excelente puerto de comunicación por el que Cartago recibiría las riquezas de aquel territorio y por el que a la Iberia cartaginesa llegarían víveres, suministros y refuerzos desde la capital. Desde que los romanos habían detectado las incursiones cartaginesas en Hispania, se habían mostrado opuestos a las mismas y sólo un pacto confuso, estableciendo el Ebro como frontera límite para los posibles dominios cartagineses, parecía haber calmado un poco los ánimos. La estrategia ahora era asegurarse el control de todas las regiones al sur de ese río y necesitaban una base de operaciones. Ese puerto, esa ciudad sería su centro neurálgico en la región.
Al cabo de varios meses la fortaleza estaba lista. A ella llevaron numerosos cautivos iberos, rehenes, hijos e hijas de jefes de diferentes clanes de la región, con los que chantajear a numerosas tribus para que no se alzaran contra el poder absoluto de Cartago en Hispania, ahora ya bajo su poder desde el sur del Tajo y el Ebro hasta Gades.
Asdrúbal ascendió hasta una colina que luego llevaría su nombre, Arx Hasdrubalis, al norte de la nueva ciudad desde la que se divisaba la laguna, y allí ofreció sacrificios a los dioses Baal y Melqart y la diosa Tanit. A ellos rezó y rogó que bendijeran aquella ciudad y que la hicieran infranqueable para cualquier enemigo, ya viniera por tierra o por mar. Era una ofrenda generosa: una decena de bueyes. Los dioses se sintieron satisfechos y cumplirían su promesa.
Al finalizar el sacrificio Asdrúbal se volvió hacia la multitud de soldados que se había reunido próxima al altar y proclamó el nombre de la nueva ciudad.
—¡Baal, Melqart y Tanit protegerán esta fortaleza, la nueva capital de nuestros dominios en esta región y que desde ahora será conocida y temida por todos con el nombre de…! —Y calló unos segundos mientras alzaba su rostro al cielo— ¡… Qart Hadasht!

Santiago  Posteguillo, Africanus, el Hijo del Cónsul

domingo, 8 de julio de 2018

EL CASTILLO DE TRASMOZ



El héroe de nuestra relación, que como ya habrán sospechado ustedes, y si no lo han sospechado, lo verán claro más adelante, debía ser un magicazo de tomo y lomo, no satisfecho con haber trepado á la eminencia, se encaramó en la punta de la más elevada roca, y desde aquel aéreo asiento comenzó á pasear la vista á su alrededor, con la misma firmeza que el águila, cuyo nido pende de un peñasco al borde del abismo, contempla sin temor el fondo.
Después que se hubo reposado un instante de las fatigas del camino, sacó de las alforjillas un estuche de forma particular y extraña, un librote muy carcomido y viejo, y un cabo de velaverde, corto y a medio consumir. Frotó con sus dedos descarnados y huesosos en uno de los extremos del estuche que parecía de metal, y era á modo de linterna, y á medida que frotaba, veíase como una lumbre sin claridad, azulada, medrosa e inquieta, hasta que por último brotó una llama y se hizo luz: con aquella luz encendió el cabo de vela verde, a cuyo escaso resplandor, y no sin haberse calado antes unas disformes antiparras redondas, comenzó a hojear el libro que para mayor comodidad había puesto delante de sí sobre una de las peñas. Según que el nigromante iba pasando las hojas de libro llenas de caracteres árabes, caldeos y siriacos trazados con tinta azul, negra, roja y violada, y de figuras y signos misteriosos, murmuraba entre dientes frases ininteligibles, y parando de cierto en cierto tiempo la lectura, repetía un estribillo singular con una especie de salmodia lúgubre, que acompañaba hiriendo la tierra con el pie y agitando la mano que le dejaba libre el cuidado de la vela, como si se dirigiese á alguna persona.
Concluida la primera parte de su mágica letanía, en la que, unos tras otros, había ido llamando por sus nombres, que yo no podré repetir, á todos los espíritus del aire y de la tierra, del fuego y de las aguas, comenzó á percibirse en derredor un ruido extraño, un rumor de alas invisibles que se agitaban a la vez, y murmullos confusos, como de muchas gentes que se hablasen al oído. En los días revueltos del otoño, y cuando las nubes, amontonadas en el horizonte, parecen amenazar con una lluvia copiosa, pasan las grullas por el cielo, formando un oscuro triángulo con un ruido semejante. Mas lo particular del caso, era que allí a nadie se veía, y aun cuando se percibiese el aleteo cada vez más próximo y el aire agitado moviera en derredor las hojas de los árboles, y el rumor de las palabras dichas en voz baja se hiciese gradualmente más distinto, todo semejaba cosa de ilusión ó ensueño. Paseó el mágico la mirada en todas direcciones para contemplar a los que sólo a sus ojos parecían visibles, y satisfecho sin duda del resultado de su primera operación, volvió a la interrumpida lectura. Apenas su voz temblona, cascada y un poco nasal comenzó a dejarse oir pronunciando las enrevesadas palabras del libro, se hizo en torno un silencio tan profundo, que no parecía sino que la tierra, los astros y los genios de la noche estaban pendientes de los labios del nigromante, que ora hablaba con frases dulces y de suave inflexión como quien suplica, ora con acento áspero, enérgico y breve como quien manda. Así leyó largo rato, hasta que al concluir la última hoja se produjo un murmullo en el invisible auditorio, semejante al que forman en los templos las confusas voces de los fieles cuando, acabada una oración, todos contestan amén en mil diapasones distintos. El viejo, que a medida que rezaba y rezaba aquellos diabólicos conjuros, había ido exaltándose y cobrando una energía y un vigor sobrenaturales, cerró el libro con un gran golpe, dio un soplo a la vela verde, y despojándose de las antiparras redondas, se puso de pie sobre la altísima peña donde estuvo sentado, y desde donde se dominaban las infinitas ondulaciones de la falda del Moncayo, con los valles, las rocas y los abismos que la accidentan. Allí, de pie, con la cabeza erguida y los brazos extendidos, el uno al Oriente y el otro al Occidente, alzó la voz y exclamó dirigiéndose á la infinita muchedumbre de seres invisibles y misteriosos que, encadenados á su palabra por la fuerza de los conjuros, esperaban sumisos sus órdenes
— ¡Espíritus de las aguas y de los aires, vosotros, que sabéis horadar las rocas y abatir los troncos más corpulentos, agitaos y obedecedme!
Primero, suave como cuando levanta el vuelo una banda de palomas; después más fuerte, como cuando azota el mástil de un buque una vela hecha jirones, oyóse el ruido de las alas al plegarse y desplegarse con una prontitud increíble, y aquel ruido fue creciendo, creciendo, hasta que llegó a hacerse espantoso como el de un huracán desencadenado. El agua de los torrentes próximos saltaba y se retorcía en el cauce, espumarajeando e irguiéndose como una culebra furiosa; el aire, agitado y terrible, zumbaba en los huecos de las peñas, levantaba remolinos de polvo y de hojas secas, y sacudía, inclinándolas hasta el suelo, las copas de los árboles. Nada más extraño y horrible que aquella tempestad circunscrita a un punto, mientras la luna se remontaba tranquila y silenciosa por el cielo, y las aéreas lejanas cumbres de la cordillera parecían bañadas de un sereno y luminoso vapor. Las rocas crujían como si sus grietas se dilatasen, e impulsadas de una fuerza oculta e interior, amenazaban volar hechas mil pedazos. Los troncos más corpulentos arrojaban gemidos y chasqueaban, próximos a hendirse, como si un súbito desenvolvimiento de sus fibras fuese a rajar la endurecida corteza. Al cabo, y después de sentirse sacudido el monte por tres veces, las piedras se desencajaron y los árboles se partieron, y árboles y piedras comenzaron a saltar por los aires en furioso torbellino, cayendo semejantes a una lluvia espesa en el lugar que de antemano señaló el nigromante a sus servidores. Los colosales troncos y los inmensos témpanos de granito y pizarra oscura, que eran como arrojados al azar, caían, no obstante, unos sobre otros con admirable orden, e iban formando una cerca altísima á manera de bastión, que el agua de los torrentes, arrastrando arenas, menudas piedrecillas y cal de su alveolo, se encargaba de completar, llenando las hendiduras con una argamasa indestructible.
— La obra adelanta. ¡Ánimo! ¡ánimo! —murmuró el viejo—; aprovechemos los instantes, que la noche es corta, y pronto cantará el gallo, trompeta del día.
Y esto diciendo, se inclinó hacia el borde de una sima profunda, abierta al impulso de las convulsiones de la montaña, y como dirigiéndose a otros seres ocultos en su fondo, prosiguió:
— Espíritus de la tierra y del fuego; vosotros que conocéis los tesoros de metal de sus entrañas y circuláis por sus caminos subterráneos con los mares de lava encendida y ardiente, agitaos y cumplid mis órdenes.
Aún no había expirado el eco de la última palabra del conjuro, cuando se comenzó á oir un rumor sordo y continuo como el de un trueno lejano, rumor que asimismo fue creciendo, creciendo, hasta que se hizo semejante al que produce un escuadrón de jinetes que cruzan al galope el puente de una fortaleza, y entonces retumba el golpear del casco de los caballos, crujen los maderos, rechinan las cadenas, y resuena metálico y sonoro el choque de las armaduras, de las lanzas y los escudos. A medida que el ruido tomaba mayores proporciones veíase salir por las grietas de las rocas un resplandor vivo y brillante, como el que despide una fragua ardiendo, y de eco en eco se repetía por las concavidades del monte el fragor de millares de martillos que caían con un estrépito espantoso sobre los yunques, en donde los gnomos trabajan el hierro de las minas, fabricando puertas, rastrillos, armas y toda la ferretería indispensable para la seguridad y complemento de la futura fortaleza. Aquello era un tumulto imposible de describir; un desquiciamiento general y horroroso: por un lado rebramaba el aire arrancando las rocas, que se hacinaban con estruendo en la cúspide del monte; por otro mugía el torrente, mezclando sus bramidos con el crujir de los árboles que se tronchaban y el golpear incesante de los martillos, que caían alternados sobre los yunques, como llevando el compás en aquella diabólica sinfonía.
Los habitantes de la aldea, despertados de improviso por tan infernal y asordadora baraúnda, no osaban siquiera asomarse al tragaluz de sus chozas para descubrir la causa del extraño terremoto, no faltando algunos que, poseídos de terror, creyeron llegado el instante en que, próxima la destrucción del mundo, había de bajar la muerte a enseñorearse de su imperio, envuelta en el jirón de un sudario, sobre un corcel fantástico y amarillo, tal como en sus revelaciones la pinta el Profeta.
Esto se prolongó hasta momentos antes de amanecer, en que los gallos de la aldea comenzaron a sacudir las plumas y a saludar el día próximo con su canto sonoro y estridente.

Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi Celda

viernes, 6 de julio de 2018

EL IMPERIO FINAL



                Enviado por Ismael (B1CH):

               Con esta novela, Brandon Sanderson inicia la saga «Nacidos de la Bruma [Mistborn]», obra imprescindible del Cosmere, el universo destinado a dar forma a la serie más extensa y fascinante jamás escrita en el ámbito de la fantasía épica.

Durante mil años han caído las cenizas y nada florece. Durante mil años los skaa han sido esclavizados y viven sumidos en un miedo inevitable. Durante mil años el Lord Legislador reina con un poder absoluto gracias al terror, a sus poderes y a su inmortalidad. Le ayudan «obligadores» e «inquisidores», junto a la poderosa magia de la alomancia. Pero los nobles a menudo han tenido trato sexual con jóvenes skaa y, aunque la ley lo prohíbe, algunos de sus bastardos han sobrevivido y heredado los poderes alománticos: son los «nacidos de la bruma» (mistborn).

Ahora, Kelsier, el «superviviente», el único que ha logrado huir de los Pozos de Hathsin, ha encontrado a Vin, una pobre chica skaa con mucha suerte... Tal vez los dos, unidos a la rebelión que los skaa intentan desde hace mil años, logren cambiar el mundo y la atroz dominación del Lord Legislador.

Desde 2006, y en solo diez años, Brandon Sanderson se ha consolidado como el gran renovador de la fantasía del siglo XXI y el autor del género más prolífico del mundo. Ha logrado ganarse a ocho millones de lectores, ser publicado en treinta países y convertirse en el heredero de todo un género.

El Imperio Final es la primera novela no juvenil que he leído, y no he quedado para nada decepcionado. Trata los temas de manera obvia pero no por ello de una forma incorrecta, desarrollándolos poco a poco y metiéndote en contexto.

Es una obra de ficción que pretende entretener, pero a su vez hace una crítica social y política.

Tampoco tengo muchas novelas con las que compararlo, pero la forma de escribir de Sanderson me parece muy buena, transmite muy bien cuando tiene que transmitir y puedes seguir fácilmente las escenas de acción por las descripciones tan precisas que hace, estando llenas de detalles, pero sin ser tan largas como para perder el ritmo. Los personajes tienen carisma y personalidad propia, no se sienten como personajes cliché, sino como personas que realmente podrían existir.

La historia de la novela resulta intrigante, estas deseando ver que pasará en el próximo baile, que nuevas capacidades desarrollará Vin, cómo evolucionarán los personajes, como conseguirán acabar con el Lord Legislador.

Pero lo que más me ha animado a leer esta obra es su sistema de magia “realista”, una ficción creíble en la que ves un universo posible, con sus normas seguidas a rajatabla y bien formuladas, nunca pasará algo que no creas posible ni habrá una sorpresa que no asumas tras pensarlo un rato. Este sistema te hace ver a los héroes como personas, capaces de ser derrotadas, alejándose de esa forma de la típica ficción en el que ves a un héroe imparable que sabes que ganará pase lo que pase.

La novela, aun siendo la primera de una saga de tres libros, te deja satisfecho con su final y a su vez ansioso de leer el siguiente para responder a las preguntas que este plantea como ¿qué ocurrió antes del Lord Legislador?, ¿Por qué dice lo que dice antes de morir?, ¿Logrará Elend formar un reino funcional? y muchas otras.

No se si será la mejor novela del mundo o siquiera si la gente debería leerla, pero algo tengo claro, nunca había llegado a mi casa, había cogido un libro y me había pasado horas y horas leyendo, no porque tuviera que hacerlo, sino porque quería hacerlo, quería saber que iba a ocurrir en ese mundo, y quiero saber que va a ocurrir en ese mundo así que lo único que se es que voy a leer las otras dos partes de Nacidos de la bruma y recomiendo a cualquier persona que le guste la ficción que lo haga.

jueves, 5 de julio de 2018

LOPE EN EL CORRAL DE COMEDIAS



Todo estaba dispuesto a mitad de la tarde y la gente no había fallado a la cita. Las gradas estaban a rebosar para disfrutar de la representación, que anunciaba amores y desdichas, señores castellanos y decadentes emires nazaríes, y para gozo de los granadinos el personaje principal era un moro, que terminaba convirtiéndose al catolicismo, pero moro al fin y al cabo.
—Creo que por eso han dejado que la representemos, porque al final, además del amor, vence la cruz. —Lope daba las últimas órdenes—. ¡Atentos todos, y que haya suerte!
Gaspar, desde su silla en la galería, contaba mentalmente a los asistentes y se frotaba las manos con la entrada. No había habido incidentes, pero no podían descartarse; parte del público había entrado con nabos y zanahorias, repollos y también tomates. El apretador metía a toda prisa la gente en los bancos, achuchándolos. El mantenedor del orden, agitanado, estaba cerca de la puerta, dejando ver sin disimulo su recio garrote de limonero a los posibles alborotadores. Sonaron chirimías, el público se aquietó. El aire agitaba levemente el toldo y las llamas de los pebeteros, intercalando su sonido sibilante con el de la caída del chorrillo del agua de la fuente. Lope Félix de Vega Carpio subió al escenario vestido con un elegante gabán verde de gorgorán, ceñido con alamares y sobre él un capote de dos haldones con filo de terciopelo, espada lustrada en el cinto, borceguíes altos de calzado y montera ladeada en la cabeza, y todos callaron.
—En esta noche perlada que ya se cuaja de estrellas, traigo mi recuerdo de doña Ana de Piña, a quien oyéndola recitar en su jardín con tanta soltura y gracia unos versos tuve la certeza de que los años no traen la sabiduría a tantos que se dan de sabios, que ella, en su poca edad, ya lo parecía más que esos que esputan latines y griego más que para convencer, para hacer daño. Y por lo que me gustó le prometí que le dedicaría una comedia singular y que sería famosa. Singular, porque todos la aplaudirían salvo los envidiosos; y famosa, porque la llevaría a Granada, que aquí la disfrutarían más que bien. Señores y damas, os traigo la comedia en tres actos donde un moro toma la escena como primer actor, un noble de la corte de la Alhambra, un caballero sin igual. Os dejo con El hidalgo Bencerraje. ¡Y que haya suerte!
Gaspar hizo una señal. Entre el público estaba la compañía de Baltasar, que aplaudieron e hicieron vítores para calentar el ambiente, y los aplausos expectantes crecieron. Era un buen comienzo.
El público se enardeció ya en el primer acto cuando, en tiempo de los Reyes Católicos, sobre la escena, don Juan de Mendoza, sobrino del marqués de Santillana, robaba de palacio a una dama, doña Elvira de Vivero, y marchaba a refugiarse en Granada con ella disfrazada de paje. El rey moro Mahomad llegaba a descubrir que era mujer y se enamoraba de ella.

miércoles, 4 de julio de 2018

PASEANDO POR SANTILLANA DEL MAR


La casona estaba al otro lado de la calle, donde comenzaba la plaza Mayor. Ofrecía una imponente fachada de piedra con dos arcadas de medio punto que daban acceso a un zaguán, donde encontraba cobijo una venerable puerta de madera. En el primer piso de la casa, sobre cada uno de los arcos, se podían admirar dos antepechos con barandillas de hierro forjado y, en medio de ambos, un imponente escudo de armas en cuyo centro, según Gala creyó apreciar desde donde se encontraban, aparecía esculpida un águila. En el piso superior había una solana de madera a lo largo de toda la fachada.
—¡Caramba con el doctor! —se admiró Arturo.
El matrimonio se despidió de los dos periodistas y se lanzó a dar su primer paseo por las centenarias calles de la villa. Dejaron a su derecha la casona de Velarde aguardando aún con más ansia la hora de encontrarse con él durante la cena y caminaron por la empedrada calle Juan Infante, flanqueada por preciosas casas con fachadas de sillería y balcones de madera que, en algunos casos, ofrecían una curiosa estampa al curvarse por el peso de los años. Más adelante, doblaron la esquina a la izquierda para tomar la calle de La Carrera. Gala se había hecho con un plano del pueblo y de vez en cuando se detenía para contemplar, embobada, alguna de las casonas hidalgas. Le encantaba hacer de guía y Arturo, que lo sabía, se dejaba conducir.
La escritora recitaba el nombre de los caserones más relevantes —el de Leonor de la Vega, el de los Hombrones, el de los Abades...—, hasta que se dieron de bruces con la plaza de la Colegiata. Los dos se quedaron de pronto pasmados admirando la fachada del templo. Ni siquiera la erosión lograba acallar su belleza.
Rodearon la colegiata compartiendo un cómodo silencio (…)


Santos caminó perdido, sin rumbo fijo, por las empedradas y centenarias calles durante varios minutos, hasta que finalmente se detuvo frente la colegiata románica de la villa y se quedó mirándola, embobado. En otra época del año habría reclamado la atención de alguno de los cientos de turistas que visitaban el monumento, pero en aquella tarde cenicienta de diciembre resultó ser él la única persona que a esa hora subía los siete peldaños de piedra que llevaban al atrio del templo.
El editor caminó por la explanada enlosada y se detuvo, curioso, observando el frontispicio triangular desde el cual tuvo la impresión de que santa Juliana, la patrona del pueblo, lo juzgaba con severidad. Se estremeció al ver que la santa llevaba atado de una soga al demonio, mientras varios ángeles pululaban a su alrededor cubriéndose sus partes pudendas con túnicas seguramente sedosas, pero la piedra, milenaria y desgastada, impedía afirmarlo con certeza.
¿Cómo podría defenderse?, se interrogó cuando la santa o, seguramente mucho antes, la Guardia Civil reclamaran explicaciones de lo ocurrido en casa del doctor. Buscando soluciones, desplazó la mirada más allá de la imagen de santa Juliana, porque su exhibición domando al demonio le incomodaba, y la posó sobre una galería de quince arcos de medio punto situada en un nivel superior de la portada de la colegiata. Aquella decoración le hizo sentirse mejor y recuperó en cierto modo la entereza. ¿Quién podía acusarle de aquellas muertes?, reflexionó. En un intento por calmar sus nervios, le habló en susurros a la torre que, a su derecha, encarnaba el recuerdo de un viejo campanil.
Mariano Urresti, Agatha Escribía con Sangre