viernes, 25 de enero de 2019

LOS MISTERIOS DE LA GATA HOLMES



            Enviado por Pedro:

El detective Katayama tiene dos importantes problemas que le impiden ser un policía de primera: por una lado siente pánico ante la sangre, solo con verla se desmaya. Por otro, es tan tímido que es incapaz de hablar con mujeres.

A pesar de esto, deberá unirse a la la investigación del asesinato de una universitaria y le será encomendada la vigilancia de una residencia femenina de la universidad.

Su vida dará un giro inesperado cuando conoce a un catedrático que tiene una mascota a la que llama Holmes y que, para sorpresa del detective, no es una gata corriente…

A partir de aquí nos encontramos con la desaparición del mobiliario de una sala de la residencia o la muerte del decano en una habitación cerrada.

Esta es la primera entrega de una conocida serie de libros de Jiro Akagawa que provocó que los aficionados a las novelas de misterio aumentara vertiginosamente en Japón. Una mezcla de comedia y misterio que se ha convertido en una obra emblemática para los lectores y que ha llevado a su personaje, la gata calicó Holmes a ser uno de los personajes más queridos y populares de la ficción nipona.

La historia se caracteriza por la vertiente cómica propiciada por muchas de las situaciones en las que se ve envuelto nuestro protagonista, y también la policiaca, con unas historias cargadas de crímenes y de detalles siniestros. Katayama es un personaje bastante curioso para su profesión: un detective de la policía atípico con fobias inconcebibles y un talante sin el arrojo de los detectives épicos, que han hecho que se gane el apodo de «princesita» entre sus compañeros. Luego tenemos la gata, Holmes, que conduce a nuestro protagonista a los distintos escenarios del crimen o le señala pistas o posibles sospechosos.

jueves, 24 de enero de 2019

NIÑO LEE, LO QUE SEA, PERO LEE



Vivo ansiosa. Quiero que mis hijos estudien robótica, porque nos gobernarán androides de hojalata. Que hablen mandarín, que con los chinos, tan sospechosos siempre, nunca se sabe. Que toquen el arpa, para ser la envidia de mi rellano. Ah, y las capitales de Europa, que se las sepan toditas, como Franco se sabía los Reyes Godos. Por querer, quiero hasta que arrasen con las de Rusia y compañía, y que me las enseñen, que en la EGB era sólo la URSS y no este sindiós de ahora. Todo por culpa de Gorbachov y su perestroika. Menuda liaste, Mijaíl.
Así que, con esta prisa mía para que hagan currículum, o le doy al Loracepam o me dan taquicardias como tsunamis. En el fondo me aterra que se conviertan en unos paquirrines sin Cantora o en unos borjas sin Thyssen, que esos, con latifundios y Bornemiszas, bien pueden andar todo el día en chándal sin dar palo al agua.
También me atormenta que se apunten a 'Gran Hermano' y hablen con la boca llena; que sean tronistas y metan en casa a una 'mamachicho'; o, siniestro total, que vayan a 'Gandía Shore'. No lo permitan los arcángeles, por Dios, no lo permitan.
Por eso me automedico sin control y les apunto a todo. Y a 'lot of English', pero a 'lot', no me vayan a salir como Rajoy o algo peor. Sobre este particular pongo yo mucha intención y les calzo tantas pelis como puedo en versión original. Sería muy 'cuqui' y muy de pititas cardadas decir que ellos lo aceptan sonrientes, mientras me piden, por favor, unas 'crudités' para merendar.
Pero la realidad es que en cuanto escuchan a Pocoyó en guiri, en mi casa se desata la 'kale borroka'. No me incendian el plasma de milagro. Pero yo, hierática, no doy marcha atrás. Por lo menos hasta que no hablen como los hijos de la Preysler, aunque estas criaturas mías no pisen Miami Beach. Tal es mi empeño que hace años casi me dejé fecundar por un inglés sólo para que fuesen nativos. Aquello no salió bien, así que no queda otra que, 'teacher' va y 'teacher' viene, pulir acento hasta parecer de 'Trafalgar Square'.
Para que se me refinen, todos los días cenamos con Chopin. Y me obsesiona que lean: la 'Eneida', 'Fray Perico' y su borrico o las etiquetas de Inditex. Lo que sea. Mi fe en la letra impresa es inquebrantable.
Desde hace unas semanas estaba pletórica. Mi hijo fagocita cómics (algo es algo) sin solución de continuidad. Va a dos volúmenes por semana. Yo lo dejo caer, así como al descuido, en todas las conversaciones que puedo y veo cómo a mis amigos 'hípsteres' se les crispan los ojillos. Ellos, mucho comprar cuentos y 'muffins' en librerías alternativas pero, a la hora de la verdad, sus hijos están más enganchados al iPhone que los yonquis a la metadona. Mientras, mi vástago, pensaba yo, va para notario. Por fin alguien va a prosperar en esta casa. Tendrá abono 'premium' en la ópera y casa en Sotogrande.
Tururú.
Ayer me asomé a esas viñetas que tanto lo atrapan. "Los dibujos se parecen a Heidi, será manga japonés", pensé. "Pero bueno, es lectura, es lectura", me repetí como un mantra. En uno de los bocadillos leí, en perfecto castellano, "teta" y "culo". Esa era la 'drogaína' de mi ¿niño?
Ay, Dios.
Mar Muñiz

miércoles, 23 de enero de 2019

EL AÑO QUE NEVÓ EN ALABAMA


En Alabama no nevaba nunca y, sin embargo, el invierno en que mi padre tenía nueve años nevó. Caía la nieve en sucesivas capas blancas, endureciéndose tan pronto como tocaba el suelo, y acabó por cubrir el paisaje de puro hielo, donde no había forma de abrir brecha. Sorprendido bajo la tempestad de nieve estabas perdido; sobre ella, al menos te daba tiempo a reflexionar sobre tu inminente perdición.
Edward era un muchacho fuerte y silencioso con ideas propias, pero no se le ocurría rechistarle a su padre si había que echar una mano con cualquier tarea, reparar una cerca, atraerse a casa a un novillo descarriado. Cuando la noche de aquel sábado comenzó a nevar, y continuó nevando a lo largo de toda la mañana siguiente, Edward y su padre hicieron un muñeco de nieve, ciudades de nieve y otras construcciones, y sólo más tarde se dieron cuenta de la inmensidad y el peligro de la nevada que no cesaba.
Pero se dice que el muñeco de nieve de mi padre medía dos metros de algo, ni un centímetro menos. Para llegar tan arriba, mi padre diseñó un artefacto a base de ramas de pino y poleas, gracias al cual subía y bajaba a su antojo. Los ojos del muñeco eran viejas ruedas de carro, desechadas años atrás; su nariz, el remate de un silo; y su boca, curvada en una media sonrisa, como si le rondara por la cabeza una idea grata y divertida, estaba hecha de la corteza arrancada del costado de un roble.
Su madre estaba en casa, cocinando. Desde la chimenea se elevaba el humo en regueros de blanco y gris, que caracoleaban hacia el cielo. Oía la madre un distante picar y escarbar, al otro lado de la puerta, pero tan ajetreada andaba que apenas si le prestó atención. Ni siquiera levantó la vista cuando, media hora más tarde, entraron su marido y su hijo, sudorosos a pesar del frío.
—Nos hemos metido en un buen lío —dijo el marido.
—A ver —dijo ella—, cuéntame qué ha pasado.
Entretanto la nieve continuaba cayendo y la entrada volvía a estar casi bloqueada a pesar de que acababan de despejarla. Su padre empuñó la pala y abrió un pasadizo de nuevo.
Edward se quedó mirándolo: padre dando paletadas, la nieve cayendo, padre dando paletadas, la nieve cayendo, hasta que el mismísimo tejado de la cabaña empezó a crujir. Su madre descubrió un alud de nieve en el dormitorio. Decidieron que había llegado el momento de irse de casa.
Pero ¿a dónde? Todo el mundo viviente se había transformado en hielo, duro y de un blanco deslumbrante. Su madre empaquetó la comida que había preparado y recogió unas cuantas mantas.
Pasaron la noche en los árboles.
A la mañana siguiente era lunes. Dejó de nevar, salió el sol. La temperatura cayó por debajo de los cero grados.
—Ya es hora de que vayas a la escuela ¿no te parece, Edward? —dijo su madre.
—Supongo que sí —respondió Edward, sin preguntar nada. Y es que él era así.
Después del desayuno, bajó del árbol y caminó diez kilómetros hasta el pequeño edificio de la escuela. Por el camino vio a un hombre convertido en un bloque de hielo.
También él estuvo a punto de congelarse, pero no se congeló. Consiguió llegar. Un par de minutos antes de la hora de clase, de hecho.
Y ahí estaba el maestro, sentado sobre un montón de leña, leyendo. De la escuela sólo se veía la veleta, el resto estaba sepultado bajo la nevada del fin de semana.
—Buenos días, Edward —dijo el maestro.
—Buenos días —dijo Edward.
Y entonces se acordó: se le habían olvidado los deberes.
Volvió a casa a por ellos.
Es una historia verídica.

Daniel Wallace, El Gran Pez

martes, 22 de enero de 2019

EL SECRETO DE XEIN


Los caminos de Axlin y Xein vuelven a cruzarse, pero ambos parecen estar más alejados que nunca. Ella trabaja en la biblioteca y sigue recopilando información para completar su bestiario, mientras investiga lo que parece una presencia anormal de monstruos dentro de los muros de la Ciudadela. Por otro lado, al intentar ayudar a su amigo Dex con un problema personal se verá envuelta en un conflicto que implica a varias familias aristocráticas de la ciudad vieja.

Xein, por su parte, se ha convertido en uno más de los Guardianes que protegen a los habitantes de la Ciudadela de los monstruos que los acechan. Su lealtad a la Guardia lo obliga a mantener sus nuevos conocimientos ocultos para el resto de la gente y especialmente para Axlin, lo cual levantará un nuevo muro entre los dos.

Todo ello causará conflictos entre ambos cada vez que vuelvan a encontrarse, pero también hará saltar chispas que arderán con más fuerza a causa de su pasado en común.

                En este segundo libro de la serie Guardianes de la Ciudadela, Laura Gallego profundiza en los personajes de Axlin y Xein, sobre todo en éste cuando intenta negar su relación con la primera o averiguar qué hay en ese secreto que guardan celosamente los altos cargos de su orden, y va dando más importancia al bibliotecario Dex (hay que señalar que algunos aspectos de este personaje son una concesión a cierto sector del público, ¡viva la visibilización!) y la guardiana Rox. Tiene menos acción que el primero, pero las intrigas entre las clases altas de la Ciudadela y los secretos nos mantienen en vilo, y con la aparición de nuevos monstruos la historia da un notable giro argumental

lunes, 21 de enero de 2019

YO, MEDEA,


la hija del Sol, confieso y declaro a la comunidad de los dioses y a la turba de los humanos que siempre quise ser una mujer normal, quiero decir, una mujer mortal. En esto, y sólo en esto, me reconozco igual a Blancaflor, la hija del Diablo, que también forcejeó con el Destino para impedir que todo su sufrimiento la devolviera al Castillo de Irás y no Volverás, donde moran las sombras sempiternas, en sempiterna monotonía.

En todo lo demás nos separamos, a pesar de las apariencias que tienden a crear semejanzas entre nosotras. Baste decir que sus artes mágicas son naturales, que no está consagrada a ningún dios, sino a los caprichos de su padre terrible. Y hasta es dudoso, como de él, que posea verdaderamente un cuerpo, dada la facilidad con que se torna en esto o aquello, ya sea animal o cosa.

De mí añadiré, por ahora, que soy en todo digna hija del Sol, aunque he de aclarar enseguida que el verdadero hijo suyo es mi padre, el rey Eetes. Pero es que la dependencia respecto a Aquel que todo lo ilumina y lo calienta es de tal intensidad entre sus descendientes, que cualquiera de ellos puede, y aun debe, reclamarse hijo suyo. Así yo, sin falsedad alguna, proclamo que soy Medea, hija del Sol, y que de él procede tanto el dorado resplandor de mis cabellos, como un centelleo estelar que hay a veces en mis ojos, sobre el glauco marino que es su color. Y no lo digo por vanidad, sino porque gracias a esa cualidad extraña lo reconocí de inmediato, a él, al bellísimo Jasón, como al héroe que me estaba destinado. Pues la primera vez que entró en mis pupilas, con su capa de púrpura, fue como Sirio saliendo del océano. Tan fácilmente se acomodó a mi mirada, quiero decir, que no tuve que acudir a ninguna de mis artes sagradas para cerciorarme; ni abrirle las entrañas a ningún carnero, ni estudiar el vuelo de las gaviotas sobre el horizonte de aquel atardecer, en que el mundo renació para mí. Con sólo el dardo de Cupido lo entendí para siempre. Él inflamó mi pecho y envenenó mi razón de tal manera que hasta hoy, después de tanto tiempo y de tantas calamidades, no dejo de sentir, cada vez que me descuido, la misma turbación repentina y embriagadora, como si acabara de conocerlo.

Antonio R. Almodovar, El Bosque de los Sueños

PREMIO NACIONAL DE LITERATURA JUVENIL 2005

domingo, 20 de enero de 2019

MIS COMPAÑEROS DE COLE


Yo soy este, nigel molesworth, el terror de San Custodio que es mi colejio. Es un sitio húmedo y cutre como voy a dejar claro (espero), aunque en realidad todos los colejios son iguales.

En San Custodio hay bastonazos, latín, geografía, historia, mates, geometría, direztores, un perro que vive en el colejio, salchichas misteriosas, mi hermano molesworth-2 y sobretodo PROFES por todas partes.

Lo único bueno de el colejio son los CHICOS que son nobles y balientes y no le tienen miedo a nada aunque tanbién hay enpollones, habusones, barbilindos, gordos y palurdos con los que no me queda mas remedio que tratar.

¡En realidad el colejio es un balle de lágrimas!


Es increíble que este tan feo no rompiera la camara cuando le hice la foto. Es peason mi mejor amigo. Eso significa que sienpre nos estamos peleando. En realidad no es mala persona, aunque sienpre nos estamos llamando cosas y entonces el otro dice eso lo serás tú eso lo serás tú eso lo serás tú etcetera, asta que los demas enpiezan a decir que se peleen que se peleen que se peleen y no nos queda mas remedio que sacudirnos.


Este es grabber que es el capitán de todos los equipos del colejio y se cree el mejor y el mas duro aunque una vez ganó un premio de trabajos manuales con rafia. Su padre es tope rico. Tiene un rols roiz. Con eso lo digo todo. Es mas grande que yo así que tengo que tener cuidao con él.


Este es el perro de nuestro colejio, pensando. Cuando le hice la foto estaba punto de hechar a correr por el campo de criquet para garrar la pelota. Luego mordió al hárbitro en una pierna. ¡Fue tope divertido! No es un mal perro aunque una vez en un partido de fútbol contra otro colejio nos marcó un gol en propia meta.


Este fotherington-tomas. Como veis salta a la conba como una niñita. Es un blandengue y un barbilindo. Le gusta leer rebistas y sospechamos que en su casa juega con muñecas. Sus personajes faboritos de los cuentos son sienpre los príncipes y si le digo que le voy a poner la cara como un pimiento rojo responde que me va a ignorar por dirigirme a él en términos tan inapropiados.


Siento reconocerlo pero este es molesworth-2, mi hermano. Es tanbién un blandengue llorica y me entristece pensar que conpartimos la misma sangre. Sienpre está zampando y molestando. Cuando fotherington tomas dice cosas como que en las profundidades del jardín de su casa viven hadas, molesworth-2 responde que en las profundidades del jardín de nuestra casa hay una montaña de basura y entonces le tiramos lonbrices para que se calle y pájaros muertos y cualquier otra cosa que tengamos a mano y una vez asta le tiramos el perro de el colejio. Reniego de él con toda mi alma.

Por su puesto hay mas personajes despreciables por aquí, pero creo que esto es bastante para hacerse una idea de como es San Custodio, que junto con los otros colejios que hay en inglaterra esplica como es hoy en día el país. No tengo nada mas que añadir sobre San Custodio con la excepción de que huele a tiza, a libros biejos de latín, a tinta china, a botas de fútbol sudadas y a alpiste.

Geoffrey Willans y Ronald Searle, ¡Abajo el colejio!

viernes, 18 de enero de 2019

TODO EL BIEN Y TODO EL MAL


Reina Gené tiene un marido, un exmarido, un amante, un hijo adolescente, un buen sueldo y un trabajo que le apasiona y al que se dedica en cuerpo y alma. A Reina le gusta su vida. Aparentemente lo tiene todo, o por lo menos eso piensa ella. Hasta que, durante un viaje de trabajo a Bucarest, el intento de suicidio de su hijo repente le demostrará de la peor manera hasta qué punto es vulnerable.

Así es como empieza para Reina un largo camino de regreso a casa, en el que lo peor que tendrá que afrontar no es la extenuante espera en un aeropuerto cerrado por una ola de frío siberiano, sino el vértigo que le provoca revisar su vida en busca de la verdad y tener que enfrentarse a ciertas preguntas incómodas: ¿Cuáles son las personas de verdad imprescindibles en nuestra vida? ¿Qué consecuencias tienen las malas decisiones? ¿Qué seríamos capaces de hacer en las circunstancias más terribles? ¿Conocemos realmente a nuestros hijos? ¿Nos conocemos lo suficiente a nosotros mismos?

Esta novela, que continuará en Seguiré tus pasos, es sin duda una de las novelas más ambiciosas y valientes que ha escrito Care Santos, en la que nos muestra la frágil telaraña de nuestras relaciones familiares y personales, y lo complicado que resulta mirarse al espejo

El ritmo es ágil, gracias a los capítulos cortos que recogen la larga espera de reina en el aeropuerto y los continuos flashbacks sin orden donde repasa su vida y la de su círculo íntimo (marido, hijo, madre, exmarido).   Sus historias, junto con las de otros personajes (Ulf Everink o la ex de su exmarido), se entrecruzan creando una trama que nos atrapa enseguida. Lo malo es que las historias no quedan cerradas y tenemos que esperar al siguiente libro.

Toda la novela gira sobre Reina, una aparente triunfadora hasta que descubrimos su punto débil, Alberto, su hijo. Mientras da vueltas a lo sucedido, tratando de comprender el porqué del suicidio, conocemos mediante los flashbacks a su exmarido Félix y a su actual marido Samuel, dos personajes muy distintos en su forma de ser y carácter. A partir de ellos se tratan temas cercanos como el empoderamiento, las relaciones familiares, los abusos, el suicidio, la infidelidad…

Como música de fondo, encontramos ese viejo bolero que de vez en cuando recuerda Reina: Es la historia de un amor // como no hay otro igual, // que me hizo comprender // todo el bien, todo el mal…