Dirigido tanto a alumnos de Secundaria (que pueden encontrar reseñas -algunas hechas por ellos- y fragmentos de libros, o cuentos y poemas) como a padres (incidiendo en diversos aspectos sobre bibliotecas o animación a la lectura).
lunes, 31 de diciembre de 2018
domingo, 30 de diciembre de 2018
UN EXTRAÑO RELATO DE NAVIDAD
El doctor Bonenfantes forzaba su memoria, murmurando:
-¿Un recuerdo de Navidad?... ¿Un recuerdo de Navidad?... Sí, tengo
uno, y por cierto muy extraño. Es una historia fantástica, ¡un milagro! Sí,
señoras, un milagro de Nochebuena.
Comprendo que admire oír hablar así a un incrédulo como yo. ¡Y es
indudable que presencié un milagro! Lo he visto, lo que se llama verlo, con mis
propios ojos.
¿Que si me sorprendió mucho? No; porque sin profesar creencias
religiosas, creo que la fe lo puede todo, que la fe levanta las montañas.
Pudiera citar muchos ejemplos, y no lo hago para no indignar a la concurrencia,
por no disminuir el efecto de mi extraña historia. Confesaré, por lo pronto,
que si lo que voy a contarles no fue bastante para convertirme, fue suficiente
para emocionarme; procuraré narrar el suceso con la mayor sencillez posible,
aparentando la credulidad propia de un campesino.
Entonces era yo médico rural y habitaba en plena Normandía, en un
pueblecillo que se llama Rolleville.
Aquel invierno fue terrible. Después de continuas heladas comenzó
a nevar a fines de noviembre. Se amontonaban al norte densas nubes, y caían
blandamente los copos de nieve tenue y blanca.
En una sola noche se cubrió toda la llanura.
Las masías, aisladas, parecían dormir en sus corralones cuadrados
como en un lecho, entre sábanas de ligera y tenaz espuma, y los árboles
gigantescos del fondo, también revestidos, parecían cortinajes blancos.
Ningún ruido turbaba la campiña inmóvil. Solamente los cuervos, a
bandadas, describían largos festones en el cielo, buscando la subsistencia, sin
encontrarla, lanzándose todos a la vez sobre los campos lívidos y picoteando la
nieve.
Sólo se oía el roce tenue y vago al caer los copos de nieve.
Nevó continuamente durante ocho días; luego, de pronto, aclaró. La
tierra se cubría con una capa blanca de cinco pies de grueso.
Y, durante cerca de un mes, el cielo estuvo, de día, claro como un
cristal azul y, por la noche, tan estrellado como si lo cubriera una escarcha
luminosa. Helaba de tal modo que la sábana de nieve, compacta y fría, parecía
un espejo.
La llanura, los cercados, las hileras de olmos, todo parecía
muerto de frío. Ni hombres ni animales asomaban; solamente las chimeneas de las
chozas en camisa daban indicios de la vida interior, oculta, con las delgadas
columnas de humo que se remontaban en el aire glacial.
De cuando en cuando se oían crujir los árboles, como si el hielo
hiciera más quebradizas las ramas, y a veces se desgajan una, cayendo como un
brazo cortado a cercén.
Las viviendas campesinas parecían mucho más alejadas unas de
otras. Vivíanse malamente; cada uno en su encierro. Sólo yo salía para visitar
a mis pacientes más próximos, y expuesto a morir enterrado en la nieve de una
hondonada.
Comprendí al punto que un pánico terrible se cernía sobre la
comarca. Semejante azote parecía sobrenatural. Algunos creyeron oír de noche
silbidos agudos, voces pasajeras. Aquellas voces y aquellos silbidos los daban,
sin duda, las aves migratorias que viajaban al anochecer y que huían sin cesar
hacia el sur. Pero es imposible que razonen gentes desesperadas. El espanto
invadía las conciencias y se aguardaban sucesos extraordinarios.
La fragua de Vatinel hallábase a un extremo del caserío de
Epívent, junto a la carretera intransitada y desaparecida. Como carecían de
pan, el herrero decidió ir a buscarlo. Se entretuvo algunas horas hablando con
los vecinos de las seis casas que formaban el núcleo principal del caserío;
recogió el pan, varias noticias, algo del temor esparcido por la comarca, y se
puso en camino antes de que anocheciera.
De pronto, bordeando un seto, creyó ver un huevo sobre la nieve,
un huevo muy blanco; se inclinó para cerciorarse; no cabía duda; era un huevo.
¿Cómo se hallaba en tan apartado lugar? ¿Qué gallina salió de su corral para
ponerlo allí? El herrero, absorto, no se lo explicaba, pero cogió el huevo para
llevárselo a su mujer.
-Toma este huevo que encontré en el camino.
La mujer bajó la cabeza, recelosa:
-¿Un huevo en el camino con el tiempo que hace? ¿No te has
emborrachado?
-No, mujer, no; te aseguro que no he bebido. Y el huevo estaba
junto a un seto, caliente aún. Ahí lo tienes; me lo metí en el pecho para que
no se enfriase. Cómetelo esta noche.
Lo echaron en la cazuela donde se hacía la sopa, y el herrero
comenzó a referir lo que se decía en la comarca.
La mujer escuchaba, palideciendo.
-Es cierto; yo también oí silbidos la pasada noche, y entraban por
la chimenea.
Se sentaron y tomaron la sopa; luego, mientras el marido untaba un
pedazo de pan con manteca, la mujer cogió el huevo, examinándolo con
desconfianza.
-¿Y si tuviese algún maleficio?
-¿Qué maleficio puede tener?
-¡Toma! ¡Si yo supiera!
-¡Vaya! Cómetelo y no digas bestialidades.
La mujer abrió el huevo; era como todos, y se dispuso a tomárselo
con prevención, cogiéndolo, dejándolo, volviendo a cogerlo. El hombre decía:
-¿Qué haces? ¿No te gusta? ¿No es bueno?
Ella, sin responder, acabó de tragárselo. Y de pronto fijó en su
marido los ojos, feroces, inquietos, levantó los brazos y, convulsa de pies a
cabeza, cayó al suelo, retorciéndose, dando gritos horribles.
Toda la noche tuvo convulsiones violentas y un temblor espantoso
la sacudía, la transformaba. El herrero, falto de fuerza para contenerla, tuvo
que atarla.
Y la mujer, sin reposo, vociferaba:
-¡Se me ha metido en el cuerpo! ¡Se me ha metido en el cuerpo!
Por la mañana me avisaron. Apliqué todos los calmantes conocidos;
ninguno me dio resultado. Estaba loca.
Y, con una increíble rapidez, a pesar del obstáculo que ofrecían a
las comunicaciones las altas nieves heladas, la noticia corrió de finca en
finca: 'La mujer de la fragua tiene los diablos en el cuerpo.'
Acudían los curiosos de todas partes; pero sin atreverse a entrar
en la casa, oían desde fuera los horribles gritos, lanzados por una voz tan
potente que no parecían propios de un ser humano.
Advirtieron al cura. Era un viejo incauto. Acudió con sobrepelliz,
como si se tratara de auxiliar a un moribundo, y pronunció las fórmulas del
exorcismo, extendiendo las manos, rociando con el hisopo a la mujer, que se
retorcía soltando espumarajos, mal sujeta por cuatro mocetones.
Los diablos no quisieron salir.
Y llegaba la Nochebuena, sin mejorar el tiempo.
La víspera, por la mañana, el cura fue a visitarme:
-Deseo -me dijo- que asista la infeliz a la misa de gallo. Tal vez
Nuestro Señor Jesucristo la salve, a la hora en que nació de una mujer.
-Me parece bien, señor cura. Es posible que se impresione con la
ceremonia, muy a propósito para conmover, y que sin otra medicina pueda
salvarse.
-Usted es un incrédulo, doctor, y, sin embargo, confío mucho en su
ayuda. ¿Quiere usted encargarse de que la lleven a la iglesia?
Prometí hacer para servirle cuanto estuviese a mi alcance.
De noche comenzó a repicar la campana, lanzando sus quejumbrosas
vibraciones a través de la sombría llanura, sobre la superficie tersa y blanca
de la nieve.
Bultos negros llegaban agrupados lentamente, sumisos a la voz de
bronce del campanario. La luna llena iluminaba con su tibia claridad todo el
horizonte, haciendo más notoria la pálida desolación de los campos.
Fui a la fragua con cuatro mocetones robustos.
La endemoniada seguía rugiendo y aullando, sujeta con sogas a la
cama. La vistieron, venciendo con dificultad su resistencia, y la llevaron.
A pesar de hallarse ya la iglesia llena de gente y encendidas
todas las luces, hacía frío; los cantores aturdían con sus voces monótonas;
roncaba el serpentón; la campanilla del monaguillo advertía con su agudo
tintineo a los devotos los cambios de postura.
Detuve a la mujer y a sus cuatro portadores en la cocina de la
casa parroquial, aguardando el instante oportuno. Juzgué que éste sería el que
sigue a la comunión.
Todos los campesinos, hombres y mujeres, habían comulgado pidiendo
a Dios que los perdonase. Un silencio profundo invadía la iglesia, mientras el
cura terminaba el misterio divino.
Obedeciéndome, los cuatro mozos abrieron la puerta y se acercaron
a la endemoniada.
Cuando ella vio a los fieles de rodillas, las luces y el
tabernáculo resplandeciente, hizo esfuerzos tan vigorosos para soltarse que a
duras penas conseguimos retenerla; sus agudos clamores trocaron de pronto en
dolorosa inquietud la tranquilidad y el recogimiento de la muchedumbre; algunos
huyeron.
Crispada, retorcida, con las facciones descompuestas y los ojos
encendidos, apenas parecía una mujer.
La llevaron a las gradas del presbiterio, sosteniéndola
fuertemente, agazapada.
Cuando el cura la vio allí, sujeta, se acercó cogiendo la
custodia, entre cuyas irradiaciones de oro aparecía una hostia blanca, y
alzando por encima de su cabeza la sagrada forma, la presentó con toda
solemnidad a la vista de la endemoniada.
La mujer seguía vociferando y aullando, con los ojos fijos en
aquel objeto brillante; y el cura estaba inquieto, inmóvil, hasta el punto de
parecer una estatua.
La mujer mostrábase temerosa, fascinada, contemplando fijamente la
custodia; presa de terribles angustias, vociferaba todavía; pero sus voces eran
menos desgarradoras.
Aquello duró bastante.
Hubiérase dicho que su voluntad era impotente para separar la
vista de la hostia; gemía, sollozaba; su cuerpo, abatido, perdía la rigidez,
recobraba su blandura.
La muchedumbre se había prosternado con la frente en el suelo; y
la endemoniada, parpadeando, como si no pudiera resistir la presencia de Dios
ni sustraerse a contemplarlo, callaba. Luego advertí que se habían cerrado sus
ojos definitivamente.
Dormía el sueño del sonámbulo, hipnotizada..., ¡no, no!, vencida
por la contemplación de las fulgurantes irradiaciones de la custodia de oro;
humillada por Cristo Nuestro Señor triunfante.
Se la llevaron, inerte, y el cura volvió al altar.
La muchedumbre, desconcertada, entonó un tedeum.
Y la mujer del herrero durmió cuarenta y ocho horas seguidas. Al
despertar, no conservaba ni la más insignificante memoria de la posesión ni del
exorcismo.
Ahí tienen, señoras, el milagro que yo presencié.
Hubo un corto silencio y, luego, añadió:
No pude negarme a dar mi testimonio por escrito.
Guy de
Maupassant
viernes, 28 de diciembre de 2018
TRES ILUSIONES ¡DE CINE!
El
Museo ABC nos presenta tres historias cuya narrativa ha mutado a través de
diferentes artes. La muerte en Venecia, Los girasoles ciegos y Seda nacieron
como libros, pasaron al cine y evolucionaron hasta esta exposición. Sus historias
se visten una y otra vez para crear la ilusión de que habitamos otro tiempo,
otro lugar. Pero, ¿podemos asegurar que se trata de un engaño? Si fuera un
espejismo la obsesión del protagonista ideado por Thomas Mann, el dolor de los
derrotados descrito por Alberto Méndez o la pasión de Hervé Joncour —el
personaje principal de Seda—, ¿por qué, al conocerlos, algo nos punza el
corazón? ¿Acaso la inquietud que nos habita al adentrarnos en estas historias
no es cierta? Hay un espacio profundo donde el arte nos encuentra.
Muerte en
Venecia, Seda y Los Girasoles Ciegos son relatos que forman parte de nuestra
cultura popular. Nacieron como novelas y se convirtieron en referencias de la
literatura contemporánea, directores europeos de renombre adaptaron sus guiones
al cine, y, ahora, de la mano de grandes ilustradores actuales vuelven a ser
editados en papel por Edelvives.
Los Girasoles
Ciegos (escrita por Alberto Méndez y dirigida por J. L.
Cuerda) se edita con ilustraciones de Gianluigi Toccafondo. Fotocopias de
fotografías y pintura se reúnen en un collage de una apabullante fuerza expresiva,
donde reina un clima tan apesadumbrado como ensordecedor.
Este libro es
el regreso a las historias reales de la posguerra que contaron en voz baja
narradores que no querían contar cuentos sino hablar de sus amigos, de sus
familiares desaparecidos, de ausencias irreparables. Son historias de los
tiempos del silencio, cuando daba miedo que alguien supiera que sabías. Cuatro
historias, sutilmente engarzadas entre sí, contadas desde el mismo lenguaje
pero con los estilos propios de narradores distintos que van perfilando la
verdadera protagonista de esta narración: la derrota.
Un capitán del
ejército de Franco que, el mismo día de la Victoria, renuncia a ganar la
guerra; un niño poeta que huye asustado con su compañera niña embarazada y vive
una historia vertiginosa de madurez y muerte en el breve plazo de unos meses;
un preso en la cárcel de Porlier que se niega a vivir en la impostura para que
el verdugo pueda ser calificado de verdugo; por último, un diácono rijoso que
enmascara su lascivia tras el fascismo apostólico que reclama la sangre
purificadora del vencido.
Todo lo que se
narra en este libro es verdad, pero nada de lo que se cuenta es cierto, porque
la certidumbre necesita aquiescencia y la aquiescencia necesita la estadística.
Fueron tantos los horrores que, al final, todos los miedos, todos los
sufrimientos, todos los dramas, sólo tienen en común una cosa: los muertos.
Pero los muertos de nuestra posguerra ya están resueltos en cifras oficiales,
aunque ya es hora de que empecemos a recordar que sabemos.
PREMIO NACIONAL DE LITERATURA 2005
La obra Seda (escrita por Alessandro Baricco y
llevada al cine por François Girard) vuelve al papel con ilustraciones de Rébecca
Dautremer, a través de escenarios que rozan lo onírico y que nos
invitan a indagar en el ánimo de sus personajes.
Ésta no es una
novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia. Empieza con hombre que
atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada
de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago, no se sabe. Se podría
decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría
valido la pena contarla. En ella están entremezclados deseos, y dolores, que se
sabe muy bien lo que son, pero que no tienen un nombre exacto que los designe.
Y, en todo caso, es nombre no es amor. (Esto es algo muy antiguo. Cuando no se
tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. Así
funciona. Desde hace siglos).
Todas las
historias tienen una música propia. Ésta es una música blanca- Es importante
decirlo porque la música blanca es una música extraña, a veces te desconcierta:
se ejecuta suavemente y se baila lentamente. Cuando la ejecutan bien como oír
el silencio y a los que la bailan estupendamente se les mira y parecen
inmóviles. La música blanca es algo rematadamente difícil.
La Muerte
en Venecia (escrita por Thomas Mann y dirigida por Luchino
Visconti) es ahora ilustrada por el artista Ángel Mateo Charris. Con un
singular estilo en el que tienen cita pintores clásicos y contemporáneos,
brinda una importancia especial al ambiente y la atmósfera en la que se
desarrolla esta historia.
Gustav von
Aschenbach, un reconocido escritor alemán, decide visitar Venecia para pasar
allí los meses de verano. Coincide en el hotel con una familia polaca y
descubre el ideal de belleza en el joven hijo de la familia, Tadzio. Aschenbach
observa cada vez más al chico y cae en una especie de enamoramiento que le
sirve para reflexionar sobre temas como la verdad y la belleza. A medida que
crece la fascinación por el joven, sobre Venecia se cierne una epidemia de
cólera.
PREMIO NOBEL LITERATURA 1929
jueves, 27 de diciembre de 2018
CONFESIÓN
Han pasado
siete largos años desde la primera noche en que él me visitó en mi dormitorio,
siete largos años desde que tuvo lugar la cadena de inquietantes, inolvidables
y peligrosos eventos; eventos que, estoy segura, nadie más creerá, aunque nos
cuidamos de anotarlos de forma escrupulosa. Son aquellas transcripciones de
nuestros diarios —el mío y el de otros— las que miro de vez en cuando para
recordarme que todo sucedió de verdad y que no fue tan solo un sueño.
En ocasiones,
cuando atisbo niebla blanca levantándose en el jardín, cuando una sombra cruza
una pared en la noche o cuando veo motas de polvo arremolinándose en un rayo de
luna, me sorprendo sobresaltándome presa de la expectación y de la inquietud.
Jonathan me aprieta la mano y me mira en silencio con expresión
tranquilizadora, como si quisiera hacerme saber que lo comprende, que estamos a
salvo. Pero cuando vuelve junto a la chimenea para reanudar su lectura, mi
corazón continúa martilleando dentro de mi pecho y me invade no solo la aprensión
de que Jonathan sepa lo que siento, sino otra sensación… el anhelo.
Sí, el anhelo.
El registro
que llevaba —el diario que escribí en taquigrafía con tanto esmero y luego
mecanografié para que pudieran leerlo los demás— no revelaba toda la verdad; no
mi verdad. Algunos pensamientos y experiencias son demasiado íntimos para que
otros los conozcan, y algunos deseos demasiado escandalosos para admitirlos, ni
siquiera ante mí misma. Si se lo revelase todo a Jonathan sé que lo perdería
para siempre, del mismo modo que perdería la buena opinión que la sociedad
tiene de mí.
Sé lo que mi
marido desea, lo que desean todos los hombres. Para que una mujer, soltera o
casada, sea amada y respetada, debe ser inocente: pura de mente, cuerpo y alma.
Yo lo fui una vez, hasta que él entró en mi vida. A veces le temía. Otras le
deseaba. Y, en ocasiones, le despreciaba. Y sin embargo, aun sabiendo lo que
era y lo que anhelaba, no podía evitar amarle.
Jamás olvidaré
la magia de su abrazo, el irresistible magnetismo de sus ojos cuando me miraba
o cómo era girar en la pista de baile entre sus brazos. Me estremezco de gozo
cuando recuerdo la embriagadora sensación de viajar con él a la velocidad de la
luz y el modo en que me hacía jadear con inimaginable placer y deseo con solo
rozarme. Pero lo más asombroso fueron las interminables horas que pasamos
conversando, esos momentos robados en los que desnudamos mutuamente nuestro ser
más íntimo y descubrimos todo cuanto teníamos en común.
Le amaba. Le
amaba apasionada y profundamente, desde lo más recóndito de mi alma y con cada
latido de mi corazón. Hubo un tiempo en el que podría haber renunciado, sin
pensarlo dos veces, a esta vida humana para estar a su lado para siempre.
Y sin embargo…
La verdad de
lo que sucedió ha pesado sobre mi conciencia durante todos estos años
privándome del placer de las cosas cotidianas, despojándome del apetito y
negándome el sueño. No puedo seguir cargando con la culpa que me consume. He de
plasmarlo todo en papel, que nunca habrán de ver otros ojos, pero estoy segura
de que solo escribiéndolo seré al fin libre para olvidar.
James Syrie, Drácula, mi Amor: el
Diario Secreto de Mina Harker
miércoles, 26 de diciembre de 2018
NICOLÁS SAN NORTE Y LA BATALLA CONTRA EL REY DE LAS PESADILLAS
Enviado
por Luis
Este libro de William
Edward Joyce y magníficamente ilustrado por Laura Geringer Gross es
el primero de la serie Los Guardianes de la Infancia.
Aquí conocemos
la historia de un pueblecito muy peculiar, Santoff Claussen. En él vive Ombric,
un poderoso mago, erudito y bondadoso. Cuando Sombra, el rey de las pesadillas,
despierta de su letargo las protecciones mágicas de la aldea comienzan a fallar
y con ellas la seguridad de sus habitantes peligra.
Sombra y sus
secuaces, los oscuros temores, penetrarán en la mente de los niños de Santoff
Claussen poblando la noche de aterradores sueños. Ante la amenaza, Ombric
pedirá ayuda al Zar Lunar, habitante del pálido satélite y eterno enemigo de
Sombra.
Nicolás San
Norte es el bandido más intrépido de todos los tiempos. Es listo, egoísta y
sólo se preocupa por su propio bienestar. Sin embargo, cuando el Zar Lunar lo
escoge y le guía hasta Ombric para que le ayude a combatir a Sombra, es porque
ve algo en su corazón que ni siquiera Nicolás conoce.
El ladrón se
embarcará en una experiencia mágica que cambiará su vida, sus sueños y su forma
de pensar. Al lado de Ombric y de la pequeña y valiente Katherine, Nicolás
comprenderá el valor de la amistad y el cariño, mientras combaten juntos el
mal.
martes, 25 de diciembre de 2018
NAVIDAD EN EL MAR
Las velas se habían
congelado y herían a la mano desnuda que las rozaba,
la cubierta era una
capa de hielo en la que un hombre de mar apenas podía sostenerse;
el viento soplaba por
el nornoroeste, desde el mar bruñido de borrasca,
y sólo los
acantilados y los borbollones nos resguardaban a sotavento.
Antes de que rompiera
el alba, se escuchó el bramido de las olas,
mas fue sólo con la
irrupción de la luz que descubrimos la gravedad de nuestra situación.
Al instante, en un
alarido, enclavamos nuestras manos en cubierta,
sujetamos la cofa y
nos mantuvimos alertas para dirigir el navío.
Todo el día viramos y
viramos entre el Cabo Sur y el Cabo Norte,
todo el día tiramos
de las velas congeladas, sin resultado.
Todo el día, frío
como la caridad, con gran dolor y con temor,
a fin de asirnos a la
vida, por instinto, viramos de un Cabo a otro.
Intentamos eludir el
derrotero del Cabo Sur, pues hacia allá la marea se avenía más calma,
pero cada golpe de
timón más nos acercaba al Cabo Norte.
Así, pues, vimos el
acantilado y las casas, y a las imponentes olas elevarse hasta las nubes,
y al guardacostas en
su jardín, siguiéndonos con su catalejo.
La escarcha cubría
los techos de la villa, blanca como la espuma del mar,
y el fuego, rojo y
reconfortante, ardía luminoso en cada hogar a lo largo de la costa;
las ventanas
titilaban con claridad, las exhalaciones de las chimeneas no cesaban,
y juro que percibimos
el aroma de las viandas, conforme el navío cambiaba de curso.
Con regocijo sonaron
las campanas de la iglesia, hasta el estremecimiento...
pues es justo que les
diga que, de todos los días del año,
aquel día de nuestra
desventura no fue sino la sagrada mañana de Navidad,
y aquella casa apenas
más allá del hogar del guardacostas, el hogar en el que yo nací.
Bien atendí la
calidez de la habitación, y la calidez de los rostros que me recibían:
los plateados
anteojos de mi madre, el plateado cabello de mi padre;
y atendí también al
fogón y sus brasas, un revoloteo de espíritus hogareños
que danzaba hacia la
valija china, que descansaba solemnemente en la repisa.
Y bien supe de qué
hablaban: no hablaban sino de mí,
de la sombra en el
hogar y del hijo que se hizo a la mar,
y del inquieto rapaz,
el perfecto idiota que debí parecerles, por innúmeras razones,
al estar allí,
estrujado por mis ropas congeladas en el sagrado día de Navidad.
El faro se encendió,
la oscuridad comenzó a instalarse en la costa.
“¡Todas las manos, a
aligerar las gavias!”. Escuché el llamado del capitán.
“¡Por Dios, el navío
no lo soportará!”, replicó Jackson, nuestro primer oficial.
“No hay alternativa.
O salimos a flote o nos hundimos, oficial Jackson”, el capitán replicó.
En un vaivén, el
navío se tambaleó... pero las velas eran nuevas, y eran las mejores...
y el navío se orientó
a barlovento, como si nos hubiera comprendido;
y conforme la
invernal jornada llegaba a su fin, a las puertas de la noche,
despejamos la agreste
lengua de tierra, y una luz nos arropó.
Y cuando la proa
apuntaba, nuevamente, hacia el próvido sendero del mar,
toda la tripulación
dejó escapar un lánguido suspiro de alivio. Todos menos yo.
Pues lo único en lo
que podía pensar, bajo el frío y la oscuridad,
era que, una vez más,
me alejaba de mi hogar... y que mis padres... que mis padres envejecían.
Robert Louis Stevenson
lunes, 24 de diciembre de 2018
NOCHEBUENA ARISTOCRÁTICA
Después de la
misa del Gallo celebrada en el oratorio y oída con más recogimiento que una
comedia de teatro antiguo en lunes clásico, los invitados de la marquesa de San
Severino pasaron al comedor.
La fiesta era
de pura intimidad; la marquesa había limitado la invitación a las personas más
allegadas de su familia y a unos pocos amigos predilectos.
Entre todos no
pasaban de quince.
—La Nochebuena
es una fiesta de familia. Todo el año vive uno de esperanzas, abierto el corazón
al primero que llega; hoy quiero recogerme en los recuerdos: sé que todos
ustedes me acompañan esta noche porque me quieren de verdad, y yo a su lado me
encuentro muy dichosa.
Los invitados
asintieron graciosamente al cumplido.
—¡Ya lo creo!
¿Dónde mejor podía pasarse la señalada noche?
—Así, así,
pocos y buenos.
—¡Il faut
serrer les rangs, querida marquesa!
—¡Home, sweet
home!
Y,
rebosantes de expansiva satisfacción, dispusiéronse a celebrar con alegría la
Noche que, según el poeta, «Envidia dar pudiera / al más luciente día».
Pero, a pesar
de tan propicia disposición, lo cierto es que todos parecían tristes y
preocupados, como si estuvieran con el alma en donde quisieran estar en cuerpo
y alma.
El saque de la
conversación correspondió, como siempre, al insigne Manolo Borines; pero perdió
el tanto de salida, sin peloteo. Secundó con más fuerza, apuntando una historia
escandalosa y tampoco le atendió nadie. Desalentado, desistió de su empeño y
llamó a los criados para que le sirvieran por segunda vez de un exquisito
turbot con salsa dieppoise.
La
conversación desmayaba y caía a cada paso, mal sostenida por lugares comunes y
frases de ocasión, sin espontaneidad y sin gracia. La risa no era franca ni
sonora; parecían desgarraduras dolorosas y terminaban en un ¡ay! como aliviador
suspiro. No había duda; neblina de tristeza nublaba el ambiente. Era como una
obligación aparentar regocijo y nadie reflejaba siquiera cortés agrado. ¡Pobre
marquesa! ¡Ella, que, según frase de revisteros, poseía como nadie el don encantador
de que las horas parecieran minutos en su casa! Bien asegura la superstición
vulgar que la noche del nacimiento del Hijo de Dios nada pueden maleficios y
encantos. Porque no se hallaban encantados, ciertamente, los invitados de la
marquesa. Ella, con su bondad confiada, había creído que pasarían una noche
agradable a su lado, y ellos, por no desairarla estaban allí, forzados por los
deberes sociales, estaban allí… y con el pensamiento muy lejos. Con quien y sin
quien, porque cada uno, por su voluntad, por su gusto, habría pasado la
Nochebuena en otra parte, donde le llamaban o el amor o el capricho, o la
diversión, la virtud o el vicio, un móvil cualquiera, pero más atractivo, más
fuerte que la cortesía social, y así pensaba cada uno, el marqués de San
Severino, el dueño de la casa, esposo tranquilo de la bondadosa marquesa, el
primero:
—¡Qué
ocurrencia la de mi mujer! ¡Me aburren estas fiestas de familia! Tener que
estar aquí toda la noche, sentado entre mi tía, la venerable condesa de Encinar
del Valle, y Josefina Montero, prima carnal, es decir, prima ósea de mi mujer.
¡Porque cuidado si está delgada! En cambio, mi tía… ¡Para cuándo son los
empréstitos! ¡Qué aburrimiento! Mi tía sólo habla de comer y de beber, y la
primita… de arder. La una dice que el escaparate de Lhardy está hermoso estos
días; la otra dice que Paul Bourget se amanera, que prefiere a Paul Hervieu.
¡Me vuelven loco! A estas horas estarán cenando en casa de la Chipilina. ¡Allí
sí que se divertirán! ¡Si esta gente tuviera la feliz ocurrencia de marcharse
temprano!
Así monologaba
el dueño de la casa, el ilustre marqués de San Severino, y la primita
espiritual, a su vez, pensaba:
—¡Qué idea la
de mi prima! ¡Noche más aburrida! Mi primo es un bárbaro, no se le puede hablar
de nada. A estas horas estará Federico en casa de los Vivares. Allí sí que me
hubiese ido yo de muy buena gana… ¡Pero la familia!… ¡Si Pilar hubiera sabido
que yo no venía a su casa por ir a casa de los Vivares!
La marquesa de
Encinar del Valle, grosse gourmande, opinaba como el sacerdote de la Bella
Helena que en la mesa de sus sobrinos había trop de fleurs y, en cambio, el
menú dejaba mucho que desear. Muy artístico el espejo con marco de orquídeas,
violetas y lilas blancas, muy caprichosa la góndola de porcelana de Sevres, y
los pastorcitos de Watteau mirándose en el espejo como en un lago amoroso del
país azul de citerea, pero los filets de volaille eran abominables.
La verdad,
hubiera sido mejor ir al réveillon de Mistress Bryan. Allí sí se comía.
La condesita
de Robledal, figura elegantísima, de una raza soñada, exótica en todas partes
como una quimera de artista, pensaba… en lo imposible; en una cita misteriosa
con un ser ideal, en poesía sin palabras y en música sin sonidos, como los
amores que ella soñaba, sin caricias, sin besos, aroma purísimo de flores
inaccesibles. ¡Triste condesita! ¡Cuántos tropezones había dado por ir mirando
arriba! Aquella noche misma en que con qué poco hubiera forjado un ideal, como
una niña que con un pedazo de trapo forma un muñeco y en él pone ternuras de
madre. El trapo con que había formado su último muñeco dormiría a la hora
aquella o quizás estaría de cena con sus compañeros, en el cuarto de oficiales
de un cuartel de húsares, pero de húsares de Pavía, con uniforme de color de cielo…,
y allí, allí estaba fijo el pensamiento de la marquesita soñadora mientras
cenaba desentendida de cuanto la rodeaba.
A su lado,
Manolo Borines, con la cara congestionada y la expresión de vaguedad idiota del
predestinado al reblandecimiento, pensaba, como el marqués en la Chipilina, en
la juerga que habría en aquella casa y lo gustoso que se hallaría en ella.
¡Digo! ¡Qué mujeres! ¡La francesa había prometido bailarles un quadrille con el
grand eccart; seis mil francos se había gastado en dessous para la
circunstancia! ¡Y perder aquello por cumplir con la marquesa! De reojo miraba
al marqués, como si quisiera decirle: si esto concluyera pronto, podríamos
hacer una escapada; el marqués lo comprendía y miraba el reloj impaciente.
Paco Noguera,
literato de salón protegido de los marqueses, que le costeaban las ediciones de
sus poesías, pensaba con tristeza en sus hermanas, dos pobres muchachas que
sufrían en casa mil privaciones, mientras él brillaba en fiestas y en veladas
aristocráticas. Dos tristes vidas sacrificadas para que él luciera; ellas
planchaban con mil afanes las camisolas limpísimas del hermano; ellas vestían
unas faldillas pardas y no podían salir a la calle bien abrigadas para que él
vistiera un frac bien cortado y se abrigara con gabán de pieles, y el poeta,
brillante luz sostenida por el pábilo consumido de dos existencias
sacrificadas, pensaba en ellas con remordimiento, pensaba en la cena miserable
de sus pobres hermanas.
Lola Montero
pensaba en que Isidoro Torres cenaría en casa de la condesa de Fondelvalle, y
en que la condesa quería casarle a toda costa con su hija…, y en que ella debía
estar allí o Isidoro en casa de los de San Severino, y los nervios desbocados
no la dejaban sosegar ni atravesar bocado… Y así todos, con el pensamiento lejos
y el alma donde quisieran haber estado en cuerpo y alma.
Y la dueña de
la casa, tan satisfecha de ver reunidas a su alrededor a las personas de su
cariño. Sólo dos le faltaban: su hermana, la marquesa del Robledal, venerable
señora, consagrada por entero a la devoción, una santa, una verdadera santa, y
otra… de quien no quería acordarse, su cuñadito, el condesito de Santa Elena…,
de quien más valía no hablar… Pasaría la Nochebuena rodeado de toreros y
perdidos en algún colmado, ése estaba fuera de la sociedad… y de todo.
La marquesa,
en su bondad placentera, no podía pensar que las dos personas que faltaban a su
mesa aquella noche eran las dos únicas personas felices. Una por sublime
virtud, otra por los vicios más abyectos, eran las únicas que rompían la
monotonía vulgar de la vida, las únicas que dejaban sobresalir su propia vida
sobre la vida impuesta por los demás, sacrificada a las conveniencias sociales.
Jacinto Benavente
PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1922
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