domingo, 30 de diciembre de 2018

UN EXTRAÑO RELATO DE NAVIDAD



El doctor Bonenfantes forzaba su memoria, murmurando:
-¿Un recuerdo de Navidad?... ¿Un recuerdo de Navidad?... Sí, tengo uno, y por cierto muy extraño. Es una historia fantástica, ¡un milagro! Sí, señoras, un milagro de Nochebuena.
Comprendo que admire oír hablar así a un incrédulo como yo. ¡Y es indudable que presencié un milagro! Lo he visto, lo que se llama verlo, con mis propios ojos.
¿Que si me sorprendió mucho? No; porque sin profesar creencias religiosas, creo que la fe lo puede todo, que la fe levanta las montañas. Pudiera citar muchos ejemplos, y no lo hago para no indignar a la concurrencia, por no disminuir el efecto de mi extraña historia. Confesaré, por lo pronto, que si lo que voy a contarles no fue bastante para convertirme, fue suficiente para emocionarme; procuraré narrar el suceso con la mayor sencillez posible, aparentando la credulidad propia de un campesino.
Entonces era yo médico rural y habitaba en plena Normandía, en un pueblecillo que se llama Rolleville.
Aquel invierno fue terrible. Después de continuas heladas comenzó a nevar a fines de noviembre. Se amontonaban al norte densas nubes, y caían blandamente los copos de nieve tenue y blanca.
En una sola noche se cubrió toda la llanura.
Las masías, aisladas, parecían dormir en sus corralones cuadrados como en un lecho, entre sábanas de ligera y tenaz espuma, y los árboles gigantescos del fondo, también revestidos, parecían cortinajes blancos.
Ningún ruido turbaba la campiña inmóvil. Solamente los cuervos, a bandadas, describían largos festones en el cielo, buscando la subsistencia, sin encontrarla, lanzándose todos a la vez sobre los campos lívidos y picoteando la nieve.
Sólo se oía el roce tenue y vago al caer los copos de nieve.
Nevó continuamente durante ocho días; luego, de pronto, aclaró. La tierra se cubría con una capa blanca de cinco pies de grueso.
Y, durante cerca de un mes, el cielo estuvo, de día, claro como un cristal azul y, por la noche, tan estrellado como si lo cubriera una escarcha luminosa. Helaba de tal modo que la sábana de nieve, compacta y fría, parecía un espejo.
La llanura, los cercados, las hileras de olmos, todo parecía muerto de frío. Ni hombres ni animales asomaban; solamente las chimeneas de las chozas en camisa daban indicios de la vida interior, oculta, con las delgadas columnas de humo que se remontaban en el aire glacial.
De cuando en cuando se oían crujir los árboles, como si el hielo hiciera más quebradizas las ramas, y a veces se desgajan una, cayendo como un brazo cortado a cercén.
Las viviendas campesinas parecían mucho más alejadas unas de otras. Vivíanse malamente; cada uno en su encierro. Sólo yo salía para visitar a mis pacientes más próximos, y expuesto a morir enterrado en la nieve de una hondonada.
Comprendí al punto que un pánico terrible se cernía sobre la comarca. Semejante azote parecía sobrenatural. Algunos creyeron oír de noche silbidos agudos, voces pasajeras. Aquellas voces y aquellos silbidos los daban, sin duda, las aves migratorias que viajaban al anochecer y que huían sin cesar hacia el sur. Pero es imposible que razonen gentes desesperadas. El espanto invadía las conciencias y se aguardaban sucesos extraordinarios.
La fragua de Vatinel hallábase a un extremo del caserío de Epívent, junto a la carretera intransitada y desaparecida. Como carecían de pan, el herrero decidió ir a buscarlo. Se entretuvo algunas horas hablando con los vecinos de las seis casas que formaban el núcleo principal del caserío; recogió el pan, varias noticias, algo del temor esparcido por la comarca, y se puso en camino antes de que anocheciera.
De pronto, bordeando un seto, creyó ver un huevo sobre la nieve, un huevo muy blanco; se inclinó para cerciorarse; no cabía duda; era un huevo. ¿Cómo se hallaba en tan apartado lugar? ¿Qué gallina salió de su corral para ponerlo allí? El herrero, absorto, no se lo explicaba, pero cogió el huevo para llevárselo a su mujer.
-Toma este huevo que encontré en el camino.
La mujer bajó la cabeza, recelosa:
-¿Un huevo en el camino con el tiempo que hace? ¿No te has emborrachado?
-No, mujer, no; te aseguro que no he bebido. Y el huevo estaba junto a un seto, caliente aún. Ahí lo tienes; me lo metí en el pecho para que no se enfriase. Cómetelo esta noche.
Lo echaron en la cazuela donde se hacía la sopa, y el herrero comenzó a referir lo que se decía en la comarca.
La mujer escuchaba, palideciendo.
-Es cierto; yo también oí silbidos la pasada noche, y entraban por la chimenea.
Se sentaron y tomaron la sopa; luego, mientras el marido untaba un pedazo de pan con manteca, la mujer cogió el huevo, examinándolo con desconfianza.
-¿Y si tuviese algún maleficio?
-¿Qué maleficio puede tener?
-¡Toma! ¡Si yo supiera!
-¡Vaya! Cómetelo y no digas bestialidades.
La mujer abrió el huevo; era como todos, y se dispuso a tomárselo con prevención, cogiéndolo, dejándolo, volviendo a cogerlo. El hombre decía:
-¿Qué haces? ¿No te gusta? ¿No es bueno?
Ella, sin responder, acabó de tragárselo. Y de pronto fijó en su marido los ojos, feroces, inquietos, levantó los brazos y, convulsa de pies a cabeza, cayó al suelo, retorciéndose, dando gritos horribles.
Toda la noche tuvo convulsiones violentas y un temblor espantoso la sacudía, la transformaba. El herrero, falto de fuerza para contenerla, tuvo que atarla.
Y la mujer, sin reposo, vociferaba:
-¡Se me ha metido en el cuerpo! ¡Se me ha metido en el cuerpo!
Por la mañana me avisaron. Apliqué todos los calmantes conocidos; ninguno me dio resultado. Estaba loca.
Y, con una increíble rapidez, a pesar del obstáculo que ofrecían a las comunicaciones las altas nieves heladas, la noticia corrió de finca en finca: 'La mujer de la fragua tiene los diablos en el cuerpo.'
Acudían los curiosos de todas partes; pero sin atreverse a entrar en la casa, oían desde fuera los horribles gritos, lanzados por una voz tan potente que no parecían propios de un ser humano.
Advirtieron al cura. Era un viejo incauto. Acudió con sobrepelliz, como si se tratara de auxiliar a un moribundo, y pronunció las fórmulas del exorcismo, extendiendo las manos, rociando con el hisopo a la mujer, que se retorcía soltando espumarajos, mal sujeta por cuatro mocetones.
Los diablos no quisieron salir.
Y llegaba la Nochebuena, sin mejorar el tiempo.
La víspera, por la mañana, el cura fue a visitarme:
-Deseo -me dijo- que asista la infeliz a la misa de gallo. Tal vez Nuestro Señor Jesucristo la salve, a la hora en que nació de una mujer.
-Me parece bien, señor cura. Es posible que se impresione con la ceremonia, muy a propósito para conmover, y que sin otra medicina pueda salvarse.
-Usted es un incrédulo, doctor, y, sin embargo, confío mucho en su ayuda. ¿Quiere usted encargarse de que la lleven a la iglesia?
Prometí hacer para servirle cuanto estuviese a mi alcance.
De noche comenzó a repicar la campana, lanzando sus quejumbrosas vibraciones a través de la sombría llanura, sobre la superficie tersa y blanca de la nieve.
Bultos negros llegaban agrupados lentamente, sumisos a la voz de bronce del campanario. La luna llena iluminaba con su tibia claridad todo el horizonte, haciendo más notoria la pálida desolación de los campos.
Fui a la fragua con cuatro mocetones robustos.
La endemoniada seguía rugiendo y aullando, sujeta con sogas a la cama. La vistieron, venciendo con dificultad su resistencia, y la llevaron.
A pesar de hallarse ya la iglesia llena de gente y encendidas todas las luces, hacía frío; los cantores aturdían con sus voces monótonas; roncaba el serpentón; la campanilla del monaguillo advertía con su agudo tintineo a los devotos los cambios de postura.
Detuve a la mujer y a sus cuatro portadores en la cocina de la casa parroquial, aguardando el instante oportuno. Juzgué que éste sería el que sigue a la comunión.
Todos los campesinos, hombres y mujeres, habían comulgado pidiendo a Dios que los perdonase. Un silencio profundo invadía la iglesia, mientras el cura terminaba el misterio divino.
Obedeciéndome, los cuatro mozos abrieron la puerta y se acercaron a la endemoniada.
Cuando ella vio a los fieles de rodillas, las luces y el tabernáculo resplandeciente, hizo esfuerzos tan vigorosos para soltarse que a duras penas conseguimos retenerla; sus agudos clamores trocaron de pronto en dolorosa inquietud la tranquilidad y el recogimiento de la muchedumbre; algunos huyeron.
Crispada, retorcida, con las facciones descompuestas y los ojos encendidos, apenas parecía una mujer.
La llevaron a las gradas del presbiterio, sosteniéndola fuertemente, agazapada.
Cuando el cura la vio allí, sujeta, se acercó cogiendo la custodia, entre cuyas irradiaciones de oro aparecía una hostia blanca, y alzando por encima de su cabeza la sagrada forma, la presentó con toda solemnidad a la vista de la endemoniada.
La mujer seguía vociferando y aullando, con los ojos fijos en aquel objeto brillante; y el cura estaba inquieto, inmóvil, hasta el punto de parecer una estatua.
La mujer mostrábase temerosa, fascinada, contemplando fijamente la custodia; presa de terribles angustias, vociferaba todavía; pero sus voces eran menos desgarradoras.
Aquello duró bastante.
Hubiérase dicho que su voluntad era impotente para separar la vista de la hostia; gemía, sollozaba; su cuerpo, abatido, perdía la rigidez, recobraba su blandura.
La muchedumbre se había prosternado con la frente en el suelo; y la endemoniada, parpadeando, como si no pudiera resistir la presencia de Dios ni sustraerse a contemplarlo, callaba. Luego advertí que se habían cerrado sus ojos definitivamente.
Dormía el sueño del sonámbulo, hipnotizada..., ¡no, no!, vencida por la contemplación de las fulgurantes irradiaciones de la custodia de oro; humillada por Cristo Nuestro Señor triunfante.
Se la llevaron, inerte, y el cura volvió al altar.
La muchedumbre, desconcertada, entonó un tedeum.
Y la mujer del herrero durmió cuarenta y ocho horas seguidas. Al despertar, no conservaba ni la más insignificante memoria de la posesión ni del exorcismo.
Ahí tienen, señoras, el milagro que yo presencié.
Hubo un corto silencio y, luego, añadió:
No pude negarme a dar mi testimonio por escrito.

Guy de Maupassant

viernes, 28 de diciembre de 2018

TRES ILUSIONES ¡DE CINE!


                El Museo ABC nos presenta tres historias cuya narrativa ha mutado a través de diferentes artes. La muerte en Venecia, Los girasoles ciegos y Seda nacieron como libros, pasaron al cine y evolucionaron hasta esta exposición. Sus historias se visten una y otra vez para crear la ilusión de que habitamos otro tiempo, otro lugar. Pero, ¿podemos asegurar que se trata de un engaño? Si fuera un espejismo la obsesión del protagonista ideado por Thomas Mann, el dolor de los derrotados descrito por Alberto Méndez o la pasión de Hervé Joncour —el personaje principal de Seda—, ¿por qué, al conocerlos, algo nos punza el corazón? ¿Acaso la inquietud que nos habita al adentrarnos en estas historias no es cierta? Hay un espacio profundo donde el arte nos encuentra.

Muerte en Venecia, Seda y Los Girasoles Ciegos son relatos que forman parte de nuestra cultura popular. Nacieron como novelas y se convirtieron en referencias de la literatura contemporánea, directores europeos de renombre adaptaron sus guiones al cine, y, ahora, de la mano de grandes ilustradores actuales vuelven a ser editados en papel por Edelvives.

Los Girasoles Ciegos (escrita por Alberto Méndez y dirigida por J. L. Cuerda) se edita con ilustraciones de Gianluigi Toccafondo. Fotocopias de fotografías y pintura se reúnen en un collage de una apabullante fuerza expresiva, donde reina un clima tan apesadumbrado como ensordecedor.

Este libro es el regreso a las historias reales de la posguerra que contaron en voz baja narradores que no querían contar cuentos sino hablar de sus amigos, de sus familiares desaparecidos, de ausencias irreparables. Son historias de los tiempos del silencio, cuando daba miedo que alguien supiera que sabías. Cuatro historias, sutilmente engarzadas entre sí, contadas desde el mismo lenguaje pero con los estilos propios de narradores distintos que van perfilando la verdadera protagonista de esta narración: la derrota.

Un capitán del ejército de Franco que, el mismo día de la Victoria, renuncia a ganar la guerra; un niño poeta que huye asustado con su compañera niña embarazada y vive una historia vertiginosa de madurez y muerte en el breve plazo de unos meses; un preso en la cárcel de Porlier que se niega a vivir en la impostura para que el verdugo pueda ser calificado de verdugo; por último, un diácono rijoso que enmascara su lascivia tras el fascismo apostólico que reclama la sangre purificadora del vencido.

Todo lo que se narra en este libro es verdad, pero nada de lo que se cuenta es cierto, porque la certidumbre necesita aquiescencia y la aquiescencia necesita la estadística. Fueron tantos los horrores que, al final, todos los miedos, todos los sufrimientos, todos los dramas, sólo tienen en común una cosa: los muertos. Pero los muertos de nuestra posguerra ya están resueltos en cifras oficiales, aunque ya es hora de que empecemos a recordar que sabemos.

PREMIO NACIONAL DE LITERATURA 2005
PREMIO DE LA CRÍTICA 2005




La obra Seda (escrita por Alessandro Baricco y llevada al cine por François Girard) vuelve al papel con ilustraciones de Rébecca Dautremer, a través de escenarios que rozan lo onírico y que nos invitan a indagar en el ánimo de sus personajes.

Ésta no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia. Empieza con hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago, no se sabe. Se podría decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría valido la pena contarla. En ella están entremezclados deseos, y dolores, que se sabe muy bien lo que son, pero que no tienen un nombre exacto que los designe. Y, en todo caso, es nombre no es amor. (Esto es algo muy antiguo. Cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. Así funciona. Desde hace siglos).

Todas las historias tienen una música propia. Ésta es una música blanca- Es importante decirlo porque la música blanca es una música extraña, a veces te desconcierta: se ejecuta suavemente y se baila lentamente. Cuando la ejecutan bien como oír el silencio y a los que la bailan estupendamente se les mira y parecen inmóviles. La música blanca es algo rematadamente difícil.


La Muerte en Venecia (escrita por Thomas Mann y dirigida por Luchino Visconti) es ahora ilustrada por el artista Ángel Mateo Charris. Con un singular estilo en el que tienen cita pintores clásicos y contemporáneos, brinda una importancia especial al ambiente y la atmósfera en la que se desarrolla esta historia.

Gustav von Aschenbach, un reconocido escritor alemán, decide visitar Venecia para pasar allí los meses de verano. Coincide en el hotel con una familia polaca y descubre el ideal de belleza en el joven hijo de la familia, Tadzio. Aschenbach observa cada vez más al chico y cae en una especie de enamoramiento que le sirve para reflexionar sobre temas como la verdad y la belleza. A medida que crece la fascinación por el joven, sobre Venecia se cierne una epidemia de cólera.

PREMIO NOBEL LITERATURA 1929

jueves, 27 de diciembre de 2018

CONFESIÓN



Han pasado siete largos años desde la primera noche en que él me visitó en mi dormitorio, siete largos años desde que tuvo lugar la cadena de inquietantes, inolvidables y peligrosos eventos; eventos que, estoy segura, nadie más creerá, aunque nos cuidamos de anotarlos de forma escrupulosa. Son aquellas transcripciones de nuestros diarios —el mío y el de otros— las que miro de vez en cuando para recordarme que todo sucedió de verdad y que no fue tan solo un sueño.
En ocasiones, cuando atisbo niebla blanca levantándose en el jardín, cuando una sombra cruza una pared en la noche o cuando veo motas de polvo arremolinándose en un rayo de luna, me sorprendo sobresaltándome presa de la expectación y de la inquietud. Jonathan me aprieta la mano y me mira en silencio con expresión tranquilizadora, como si quisiera hacerme saber que lo comprende, que estamos a salvo. Pero cuando vuelve junto a la chimenea para reanudar su lectura, mi corazón continúa martilleando dentro de mi pecho y me invade no solo la aprensión de que Jonathan sepa lo que siento, sino otra sensación… el anhelo.
Sí, el anhelo.
El registro que llevaba —el diario que escribí en taquigrafía con tanto esmero y luego mecanografié para que pudieran leerlo los demás— no revelaba toda la verdad; no mi verdad. Algunos pensamientos y experiencias son demasiado íntimos para que otros los conozcan, y algunos deseos demasiado escandalosos para admitirlos, ni siquiera ante mí misma. Si se lo revelase todo a Jonathan sé que lo perdería para siempre, del mismo modo que perdería la buena opinión que la sociedad tiene de mí.
Sé lo que mi marido desea, lo que desean todos los hombres. Para que una mujer, soltera o casada, sea amada y respetada, debe ser inocente: pura de mente, cuerpo y alma. Yo lo fui una vez, hasta que él entró en mi vida. A veces le temía. Otras le deseaba. Y, en ocasiones, le despreciaba. Y sin embargo, aun sabiendo lo que era y lo que anhelaba, no podía evitar amarle.
Jamás olvidaré la magia de su abrazo, el irresistible magnetismo de sus ojos cuando me miraba o cómo era girar en la pista de baile entre sus brazos. Me estremezco de gozo cuando recuerdo la embriagadora sensación de viajar con él a la velocidad de la luz y el modo en que me hacía jadear con inimaginable placer y deseo con solo rozarme. Pero lo más asombroso fueron las interminables horas que pasamos conversando, esos momentos robados en los que desnudamos mutuamente nuestro ser más íntimo y descubrimos todo cuanto teníamos en común.
Le amaba. Le amaba apasionada y profundamente, desde lo más recóndito de mi alma y con cada latido de mi corazón. Hubo un tiempo en el que podría haber renunciado, sin pensarlo dos veces, a esta vida humana para estar a su lado para siempre.
Y sin embargo…
La verdad de lo que sucedió ha pesado sobre mi conciencia durante todos estos años privándome del placer de las cosas cotidianas, despojándome del apetito y negándome el sueño. No puedo seguir cargando con la culpa que me consume. He de plasmarlo todo en papel, que nunca habrán de ver otros ojos, pero estoy segura de que solo escribiéndolo seré al fin libre para olvidar.

James Syrie, Drácula, mi Amor: el Diario Secreto de Mina Harker

miércoles, 26 de diciembre de 2018

NICOLÁS SAN NORTE Y LA BATALLA CONTRA EL REY DE LAS PESADILLAS



             Enviado por Luis

Este libro de William Edward Joyce y magníficamente ilustrado por Laura Geringer Gross es el primero de la serie Los Guardianes de la Infancia.

Aquí conocemos la historia de un pueblecito muy peculiar, Santoff Claussen. En él vive Ombric, un poderoso mago, erudito y bondadoso. Cuando Sombra, el rey de las pesadillas, despierta de su letargo las protecciones mágicas de la aldea comienzan a fallar y con ellas la seguridad de sus habitantes peligra.

Sombra y sus secuaces, los oscuros temores, penetrarán en la mente de los niños de Santoff Claussen poblando la noche de aterradores sueños. Ante la amenaza, Ombric pedirá ayuda al Zar Lunar, habitante del pálido satélite y eterno enemigo de Sombra.

Nicolás San Norte es el bandido más intrépido de todos los tiempos. Es listo, egoísta y sólo se preocupa por su propio bienestar. Sin embargo, cuando el Zar Lunar lo escoge y le guía hasta Ombric para que le ayude a combatir a Sombra, es porque ve algo en su corazón que ni siquiera Nicolás conoce.

El ladrón se embarcará en una experiencia mágica que cambiará su vida, sus sueños y su forma de pensar. Al lado de Ombric y de la pequeña y valiente Katherine, Nicolás comprenderá el valor de la amistad y el cariño, mientras combaten juntos el mal.

martes, 25 de diciembre de 2018

NAVIDAD EN EL MAR


Las velas se habían congelado y herían a la mano desnuda que las rozaba,
la cubierta era una capa de hielo en la que un hombre de mar apenas podía sostenerse;
el viento soplaba por el nornoroeste, desde el mar bruñido de borrasca,
y sólo los acantilados y los borbollones nos resguardaban a sotavento.

Antes de que rompiera el alba, se escuchó el bramido de las olas,
mas fue sólo con la irrupción de la luz que descubrimos la gravedad de nuestra situación.
Al instante, en un alarido, enclavamos nuestras manos en cubierta,
sujetamos la cofa y nos mantuvimos alertas para dirigir el navío.

Todo el día viramos y viramos entre el Cabo Sur y el Cabo Norte,
todo el día tiramos de las velas congeladas, sin resultado.
Todo el día, frío como la caridad, con gran dolor y con temor,
a fin de asirnos a la vida, por instinto, viramos de un Cabo a otro.

Intentamos eludir el derrotero del Cabo Sur, pues hacia allá la marea se avenía más calma,
pero cada golpe de timón más nos acercaba al Cabo Norte.
Así, pues, vimos el acantilado y las casas, y a las imponentes olas elevarse hasta las nubes,
y al guardacostas en su jardín, siguiéndonos con su catalejo.

La escarcha cubría los techos de la villa, blanca como la espuma del mar,
y el fuego, rojo y reconfortante, ardía luminoso en cada hogar a lo largo de la costa;
las ventanas titilaban con claridad, las exhalaciones de las chimeneas no cesaban,
y juro que percibimos el aroma de las viandas, conforme el navío cambiaba de curso.

Con regocijo sonaron las campanas de la iglesia, hasta el estremecimiento...
pues es justo que les diga que, de todos los días del año,
aquel día de nuestra desventura no fue sino la sagrada mañana de Navidad,
y aquella casa apenas más allá del hogar del guardacostas, el hogar en el que yo nací.

Bien atendí la calidez de la habitación, y la calidez de los rostros que me recibían:
los plateados anteojos de mi madre, el plateado cabello de mi padre;
y atendí también al fogón y sus brasas, un revoloteo de espíritus hogareños
que danzaba hacia la valija china, que descansaba solemnemente en la repisa.

Y bien supe de qué hablaban: no hablaban sino de mí,
de la sombra en el hogar y del hijo que se hizo a la mar,
y del inquieto rapaz, el perfecto idiota que debí parecerles, por innúmeras razones,
al estar allí, estrujado por mis ropas congeladas en el sagrado día de Navidad.

El faro se encendió, la oscuridad comenzó a instalarse en la costa.
“¡Todas las manos, a aligerar las gavias!”. Escuché el llamado del capitán.
“¡Por Dios, el navío no lo soportará!”, replicó Jackson, nuestro primer oficial.
“No hay alternativa. O salimos a flote o nos hundimos, oficial Jackson”, el capitán replicó.

En un vaivén, el navío se tambaleó... pero las velas eran nuevas, y eran las mejores...
y el navío se orientó a barlovento, como si nos hubiera comprendido;
y conforme la invernal jornada llegaba a su fin, a las puertas de la noche,
despejamos la agreste lengua de tierra, y una luz nos arropó.

Y cuando la proa apuntaba, nuevamente, hacia el próvido sendero del mar,
toda la tripulación dejó escapar un lánguido suspiro de alivio. Todos menos yo.
Pues lo único en lo que podía pensar, bajo el frío y la oscuridad,
era que, una vez más, me alejaba de mi hogar... y que mis padres... que mis padres envejecían.

Robert Louis Stevenson

lunes, 24 de diciembre de 2018

NOCHEBUENA ARISTOCRÁTICA



Después de la misa del Gallo celebrada en el oratorio y oída con más recogimiento que una comedia de teatro antiguo en lunes clásico, los invitados de la marquesa de San Severino pasaron al comedor.
La fiesta era de pura intimidad; la marquesa había limitado la invitación a las personas más allegadas de su familia y a unos pocos amigos predilectos.
Entre todos no pasaban de quince.
—La Nochebuena es una fiesta de familia. Todo el año vive uno de esperanzas, abierto el corazón al primero que llega; hoy quiero recogerme en los recuerdos: sé que todos ustedes me acompañan esta noche porque me quieren de verdad, y yo a su lado me encuentro muy dichosa.
Los invitados asintieron graciosamente al cumplido.
—¡Ya lo creo! ¿Dónde mejor podía pasarse la señalada noche?
—Así, así, pocos y buenos.
—¡Il faut serrer les rangs, querida marquesa!
—¡Home, sweet home!
                Y, rebosantes de expansiva satisfacción, dispusiéronse a celebrar con alegría la Noche que, según el poeta, «Envidia dar pudiera / al más luciente día».
Pero, a pesar de tan propicia disposición, lo cierto es que todos parecían tristes y preocupados, como si estuvieran con el alma en donde quisieran estar en cuerpo y alma.
El saque de la conversación correspondió, como siempre, al insigne Manolo Borines; pero perdió el tanto de salida, sin peloteo. Secundó con más fuerza, apuntando una historia escandalosa y tampoco le atendió nadie. Desalentado, desistió de su empeño y llamó a los criados para que le sirvieran por segunda vez de un exquisito turbot con salsa dieppoise.
La conversación desmayaba y caía a cada paso, mal sostenida por lugares comunes y frases de ocasión, sin espontaneidad y sin gracia. La risa no era franca ni sonora; parecían desgarraduras dolorosas y terminaban en un ¡ay! como aliviador suspiro. No había duda; neblina de tristeza nublaba el ambiente. Era como una obligación aparentar regocijo y nadie reflejaba siquiera cortés agrado. ¡Pobre marquesa! ¡Ella, que, según frase de revisteros, poseía como nadie el don encantador de que las horas parecieran minutos en su casa! Bien asegura la superstición vulgar que la noche del nacimiento del Hijo de Dios nada pueden maleficios y encantos. Porque no se hallaban encantados, ciertamente, los invitados de la marquesa. Ella, con su bondad confiada, había creído que pasarían una noche agradable a su lado, y ellos, por no desairarla estaban allí, forzados por los deberes sociales, estaban allí… y con el pensamiento muy lejos. Con quien y sin quien, porque cada uno, por su voluntad, por su gusto, habría pasado la Nochebuena en otra parte, donde le llamaban o el amor o el capricho, o la diversión, la virtud o el vicio, un móvil cualquiera, pero más atractivo, más fuerte que la cortesía social, y así pensaba cada uno, el marqués de San Severino, el dueño de la casa, esposo tranquilo de la bondadosa marquesa, el primero:
—¡Qué ocurrencia la de mi mujer! ¡Me aburren estas fiestas de familia! Tener que estar aquí toda la noche, sentado entre mi tía, la venerable condesa de Encinar del Valle, y Josefina Montero, prima carnal, es decir, prima ósea de mi mujer. ¡Porque cuidado si está delgada! En cambio, mi tía… ¡Para cuándo son los empréstitos! ¡Qué aburrimiento! Mi tía sólo habla de comer y de beber, y la primita… de arder. La una dice que el escaparate de Lhardy está hermoso estos días; la otra dice que Paul Bourget se amanera, que prefiere a Paul Hervieu. ¡Me vuelven loco! A estas horas estarán cenando en casa de la Chipilina. ¡Allí sí que se divertirán! ¡Si esta gente tuviera la feliz ocurrencia de marcharse temprano!
Así monologaba el dueño de la casa, el ilustre marqués de San Severino, y la primita espiritual, a su vez, pensaba:
—¡Qué idea la de mi prima! ¡Noche más aburrida! Mi primo es un bárbaro, no se le puede hablar de nada. A estas horas estará Federico en casa de los Vivares. Allí sí que me hubiese ido yo de muy buena gana… ¡Pero la familia!… ¡Si Pilar hubiera sabido que yo no venía a su casa por ir a casa de los Vivares!
La marquesa de Encinar del Valle, grosse gourmande, opinaba como el sacerdote de la Bella Helena que en la mesa de sus sobrinos había trop de fleurs y, en cambio, el menú dejaba mucho que desear. Muy artístico el espejo con marco de orquídeas, violetas y lilas blancas, muy caprichosa la góndola de porcelana de Sevres, y los pastorcitos de Watteau mirándose en el espejo como en un lago amoroso del país azul de citerea, pero los filets de volaille eran abominables.
La verdad, hubiera sido mejor ir al réveillon de Mistress Bryan. Allí sí se comía.
La condesita de Robledal, figura elegantísima, de una raza soñada, exótica en todas partes como una quimera de artista, pensaba… en lo imposible; en una cita misteriosa con un ser ideal, en poesía sin palabras y en música sin sonidos, como los amores que ella soñaba, sin caricias, sin besos, aroma purísimo de flores inaccesibles. ¡Triste condesita! ¡Cuántos tropezones había dado por ir mirando arriba! Aquella noche misma en que con qué poco hubiera forjado un ideal, como una niña que con un pedazo de trapo forma un muñeco y en él pone ternuras de madre. El trapo con que había formado su último muñeco dormiría a la hora aquella o quizás estaría de cena con sus compañeros, en el cuarto de oficiales de un cuartel de húsares, pero de húsares de Pavía, con uniforme de color de cielo…, y allí, allí estaba fijo el pensamiento de la marquesita soñadora mientras cenaba desentendida de cuanto la rodeaba.
A su lado, Manolo Borines, con la cara congestionada y la expresión de vaguedad idiota del predestinado al reblandecimiento, pensaba, como el marqués en la Chipilina, en la juerga que habría en aquella casa y lo gustoso que se hallaría en ella. ¡Digo! ¡Qué mujeres! ¡La francesa había prometido bailarles un quadrille con el grand eccart; seis mil francos se había gastado en dessous para la circunstancia! ¡Y perder aquello por cumplir con la marquesa! De reojo miraba al marqués, como si quisiera decirle: si esto concluyera pronto, podríamos hacer una escapada; el marqués lo comprendía y miraba el reloj impaciente.
Paco Noguera, literato de salón protegido de los marqueses, que le costeaban las ediciones de sus poesías, pensaba con tristeza en sus hermanas, dos pobres muchachas que sufrían en casa mil privaciones, mientras él brillaba en fiestas y en veladas aristocráticas. Dos tristes vidas sacrificadas para que él luciera; ellas planchaban con mil afanes las camisolas limpísimas del hermano; ellas vestían unas faldillas pardas y no podían salir a la calle bien abrigadas para que él vistiera un frac bien cortado y se abrigara con gabán de pieles, y el poeta, brillante luz sostenida por el pábilo consumido de dos existencias sacrificadas, pensaba en ellas con remordimiento, pensaba en la cena miserable de sus pobres hermanas.
Lola Montero pensaba en que Isidoro Torres cenaría en casa de la condesa de Fondelvalle, y en que la condesa quería casarle a toda costa con su hija…, y en que ella debía estar allí o Isidoro en casa de los de San Severino, y los nervios desbocados no la dejaban sosegar ni atravesar bocado… Y así todos, con el pensamiento lejos y el alma donde quisieran haber estado en cuerpo y alma.
Y la dueña de la casa, tan satisfecha de ver reunidas a su alrededor a las personas de su cariño. Sólo dos le faltaban: su hermana, la marquesa del Robledal, venerable señora, consagrada por entero a la devoción, una santa, una verdadera santa, y otra… de quien no quería acordarse, su cuñadito, el condesito de Santa Elena…, de quien más valía no hablar… Pasaría la Nochebuena rodeado de toreros y perdidos en algún colmado, ése estaba fuera de la sociedad… y de todo.
La marquesa, en su bondad placentera, no podía pensar que las dos personas que faltaban a su mesa aquella noche eran las dos únicas personas felices. Una por sublime virtud, otra por los vicios más abyectos, eran las únicas que rompían la monotonía vulgar de la vida, las únicas que dejaban sobresalir su propia vida sobre la vida impuesta por los demás, sacrificada a las conveniencias sociales.

Jacinto Benavente
PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1922