viernes, 21 de diciembre de 2018

BELLAS DURMIENTES

Enviado por Jaime

En esta colaboración entre padre e hijo, Stephen King y Owen King nos ofrecen la historia más arriesgada de cuantas han contado hasta ahora: ¿qué pasaría si las mujeres abandonaran este mundo?

En un futuro tan real y cercano que podría ser hoy, cuando las mujeres se duermen, brota de su cuerpo una especie de capullo que las aísla del exterior (el llamado virus Aurora, por la protagonista de La Bella Durmiente). Si las despiertan, las molestan o tocan el capullo que las envuelve, reaccionan con una violencia extrema. Y durante el sueño se evaden a otro mundo. Los hombres, por su parte, quedan abandonados a sus instintos primarios: disturbios, conflictos de diverso tipo que nos conducen al fin del mundo…

La misteriosa Evie Black, encarcelada por un asesinato, sin embargo, es inmune a esta bendición o castigo del trastorno del sueño. ¿Se trata de una anomalía médica que hay que estudiar? O ¿es un demonio al que hay que liquidar?

Una fábula del siglo XXI que nos presenta una distopía, en la que se critican usos y costumbres machistas, sobre la posibilidad de un mundo exclusivamente femenino más pacífico y más justo que resulta especialmente relevante hoy en día.

La novela parte de una idea del hijo, Owen, pero sigue el esquema básico de las novelas de Stephen King. En esta novela coral, destacan sobre todo dos personajes, un hombre y una mujer: Clinton Norcross, el psiquiatra de la prisión, que ve como su esposa toma cafeína en un vano intento de mantenerse despierta, y Evie Black, la joven que está en prisión y considera justa la respuesta de las mujeres hacia aquellos que las despiertan. El ritmo va in crescendo, atrapándonos.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

BARRO DE MEDELLÍN


            Enviado por Juan


Para Camilo y Andrés, los días transcurren vagabundeando por las calles de su barrio en Medellín, el mejor lugar del mundo. Camilo tiene claro que, cuando sean mayores, dirigirán una banda de ladrones. Pero Andrés no quiere ser ladrón, como su padre y su abuelo. Eso sí, siempre estarán juntos.

La vida de Camilo no es nada fácil. Vive en un barrio pobre. Tiene un padre alcohólico que le trae muchos problemas (le manda comprar alcohol sin darle dinero; si no lo consigue, le dará una paliza) y una madre trabajadora y abnegada que a duras penas logra obtener lo necesario para el sustento de Camilo y su hermano pequeño.

Camilo tuvo que robar los ladrillos para construir la
casa en la que viven, los robó de la Biblioteca, cuando la comenzaban a edificar, y, para que no los pillen, su padre le ordena a Camilo que le de barro a la casa cada vez que llueve.

Un día entran en la Biblioteca, y Camilo roba un libro para después cambiárselo a Rafael por aguardiente. Al día siguiente, repite la misma operación. Al tercer día, a la salida, Mar, la bibliotecaria, se lo cambia por otro libro. Cuando Camilo se dirigía a la taberna para continuar con sus trapicheos, decide no cambiar el libro por aguardiente, que prefería dormir en la calle que volver hacerlo y convertirse en un ladrón. Busca un refugio para en la taberna poder pasar la noche, y allí empieza a leer el libro de la Biblioteca.

Alfredo Gómez Cerdá  nos muestra cómo la cultura puede cambiar la vida de una persona. El libro está escrito de una forma muy sencilla, fácil de comprender

PREMIO DE LITERATURA INFANTIL ALA DELTA 2008
PREMIO NACIONAL DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL 2009

martes, 18 de diciembre de 2018

EN UNA HELADA NOCHE INVERNAL



Fuera reinaba una helada noche de invierno. Del cielo descendían copos de nieve, grandes como porciones de helado de cinco marcos. El hielo exhalaba sobre la ventana flores gélidas. Dentro caía un fulgurante resplandor lunar, pero no llevaba calor. Hacía rato ya que en la estufa se había apagado hasta el último trozo de carbón. Todo era frío, oscuridad y silencio. El reloj medía el paso del tiempo con golpes profundos y sonoros. En la camita, el niño estaba inmensamente triste. Su madre, por una razón desconocida, todavía no había vuelto del trabajo. Su padre hacía tiempo que se había ido de casa, poco a poco se convertía en un recuerdo vago, cada vez más descolorido. El niño tenía hambre. Se encogió en un rincón de la cama. Chillaba en voz baja como un conejo.
De pronto se oyeron en la cocina unos pasos prudentes y desconocidos. Por la puerta entreabierta, el niño vio que un extraño se alumbraba con una pequeña linterna. Ahora la figura se introducía silenciosamente en la habitación. Era un viejo ratero con una gorra de visera aplastada. Llevaba el rostro tapado con un antifaz negro de bandido. Con vivacidad lanzaba miradas a su alrededor. En la cintura se le balanceaba un racimo de ganzúas. En silencio ató la sábana con todo lo que le cabía en ella. A continuación volvió a desaparecer. Hay que reconocer que no se trataba de una persona particularmente mala. Se había lanzado a la profesión de ladrón sólo por el hecho de no tener éxito en otras actividades. Además, tartamudeaba un poquito. ¡Imperceptiblemente! A veces, algunos se burlaban de él por este motivo. Al ver al niño en la camita se dio un susto tremendo. De miedo le empezaron a castañetear los dientes y a temblar las rodillas. ¡Ser ladrón era un trabajo difícil!
En cambio, el niño empezó a reír de felicidad. Se puso de pie en la cama, y tendió las manos confiadamente hacia el visitante. ¡Estaba contento de tener por fin compañía! También, finalmente, el ladrón al verse en ese trance se puso a reír. Se dice que la risa es a veces contagiosa. De pronto el ladrón vio en los ojos del niño lágrimas secas.
—¡Vaya! ¡Vaya! —dijo en tono de reproche—. Alguien estaba llorando, aquí.
—¡Mi mamá no ha vuelto hoy de trabajar! —sollozaba el niño.
—Vendrá dentro de un rato. ¡Seguro! —dijo el ladrón con voz firme—. Simplemente, sólo se ha retrasado un poco. ¡Ya verás!
—¿Es que conoces a mi mamá? —se sorprendió el niño.
—¡Claro que sí! —mintió el ladrón, atrevido. Ni siquiera se ruborizó—. Es una vieja amiga mía.
El reloj volvió a dar la hora. El ratero dio un respingo.
—¡Bueno, pero ahora, de verdad, tengo que irme! —explicó con una sonrisa de disculpa.
—¡Por favor! Dile a mi mamá que venga cuanto antes a darme un beso de buenas noches —imploraba el niño.
—¡Cómo no! Se lo diré —prometió el ladrón con una voz extrañamente silenciosa. Se dio la vuelta para marcharse. Titubeó un poco, él mismo no sabía en realidad por qué.
El niño volvió a llorar silenciosamente a lágrima viva. Tenía mucho miedo de quedarse de nuevo solo en la habitación.
—¡Por favor! —llamaba al ladrón—. ¿No podrías, mientras tanto, darme el besito en vez de mi mamá?
El viejo ratero, con paso extraordinariamente lento, volvió de la entrada.
—¡Podría! —dijo con voz estrangulada.
¡Algo así no le había sucedido jamás en su larga carrera de ladrón! Se quitó el antifaz de bandido. Besó al niño en la frente lo más tiernamente que supo. También le acarició los cabellos con su ligera mano de ladrón. El niño se puso a reír de felicidad.
—¡Ja, ja, ja! —le acompañó el viejo ladrón. De pronto se le escapó inesperadamente—: ¡Aleluya! —El ladrón se quedó muy sorprendido. Nada semejante había pensado antes.
Algunas palabras surgen solas en la boca, sin que podamos influir sobre ellas en modo alguno. A veces, estas palabras inesperadas son incluso mucho mejores que las ideas cuidadosamente preparadas de antemano.
—¿Aleluya? —se sorprendió el niño—. Oye, ¿quién eres tú en realidad?
—¿Yo? —dijo el ladrón. Repetir la pregunta o al menos una parte de ella, era un viejo truco de bandolero, apropiado para una situación que requería ganar un poco de tiempo para poder pensar—. ¿Quién soy? Bueno, sabes, soy un ángel. —No sabía en absoluto por qué lo decía, en realidad. A él mismo le sorprendió muchísimo. Incluso agitó las manos como si fueran alas.
—¡Un angelito! —se animó el niño. Saltaba de alegría con tanta fuerza que le faltó poco para volcar la cama—. ¡Un angelito de verdad!
El ladrón se quitó el racimo de ganzúas para que no le estorbaran en el trabajo. Primero encendió un buen fuego en la estufa. Luego se acercó rápidamente a una tienda abierta de noche a comprar golosinas escogidas. Preparó una cena excelente. De primero, una sopa con albóndigas de hígado. Dio la casualidad de que era la sopa preferida del niño. Luego un pollo asado con guisantes. Un flan de vainilla. Y para terminar una compota de ciruelas. Sencillamente fuera de serie. Después de cenar, lavaron juntos los platos. Se entendían muy bien. Hablaban de todo.
—Oye, ¿eres un ángel auténtico? —preguntaba el niño.
—¡Sí! —dijo el ladrón con la boca pequeña.
—¿Seguro? —quería confirmarlo el niño.
—¡Puedes estar seguro! —confirmó el ladrón.
—Hmmm —dijo el niño—. ¿Entonces sabes volar?
—¡Cómo no! —sonreía el ladrón sin darle importancia.
—¡Por favor, enséñame cómo se vuela! —dijo el niño—. ¡Nunca he visto un angelito volando! —Ahora el niño le miraba suplicante. ¡Hasta juntó las manos en un gesto de ruego! Corrió hacia la ventana y la abrió de par en par. Un aire helado penetró en el interior. En el cielo brillaba la luna como un plato dorado.
El ladrón retrocedió horrorizado. No tenía ningunas ganas de saltar desde la ventana. ¡Quién las tendría! El miedo sacudía su cuerpo. Resultaba que se hallaban arriba del todo, debajo mismo del tejado. ¡En la quinta planta!
—¡Creo que hoy hace demasiado frío para volar! —se zafaba el ladrón—. ¿No podríamos dejarlo para otro día?
En eso se fijó en los ojos del niño. Estaban llenos de esperanza y expectación. También apareció en ellos la primera huella de la desilusión. ¡Hacía muchísimo tiempo que no había visto una mirada así! ¿Desilusionar a un niño abandonado? No, no se iba a atrever a hacerlo realmente.
—¡Pues, bien! —dijo el ladrón—. Pero lo más probable es que no pueda volver hasta mañana. ¡No me esperes antes!
Luego, aquel hombre tomó aliento profundamente. Reunió todo su valor. También cerró los ojos. Mentalmente se despidió a toda prisa de varias personas que antaño había amado. Al final saltó desde la ventana. ¡De cabeza! Se tiró de cabeza como si se tratara de un salto normal a una piscina.
«¡Quizás se produzca un milagro!», se le ocurrió cuando ya estaba volando.
Pues realmente tuvo suerte. Le esperaban hacía un buen rato, debajo de la ventana, unos cuantos ángeles invisibles, pero fuertes. Resultaba que en el cielo seguían atentamente el desarrollo de los hechos de la habitación. Los ángeles habían recibido la orden del supremo señor de los ángeles de disponer inmediatamente todo lo necesario en casos tan extraordinarios.
—¡Claro, jefe! —dijeron con respeto los ángeles.
Cogieron al ladrón que caía y desaparecieron con él en la helada noche invernal. El ladrón se balanceaba como una camisa recién lavada tendida en la cuerda. Planeaban estupendamente. Al ladrón le parecía estar envuelto en un edredón caliente. Dieron varias vueltas de lucimiento alrededor de la luna.
El ladrón saludó haciendo un gesto chulesco con la gorra, para despedirse. Para dar más alegría al niño hizo unas cuantas figuras acrobáticas.
—¡Ven otra vez! —gritaba el niño.
—¡Descuida! —prometió el ladrón.
Ya no tenía miedo en absoluto. Comprendió que era objeto de un milagro. Dios sabía por qué, de pronto sintió la necesidad de llorar. Cuando planeaba sobre el paisaje nocturno y desde lo alto observaba la belleza bajo sus pies, algo se había movido en lo profundo de su ser. Al principio era un movimiento realmente pequeño, casi imperceptible. Se prometió a sí mismo solemnemente no volver a robar nunca más. Y ése fue el milagro más grande que sucedió aquella helada noche de invierno. ¡Fue un milagro aún mayor que el vuelo con los ángeles invisibles! En el cielo se oyeron murmullos de satisfacción. Se pusieron las gafas y empezaron a leer.
—¡Vino un ángel! —informó el niño a su madre, cuando por fin volvió del trabajo—. ¡Por lo visto era un viejo amigo tuyo!
—¿Un ángel? —se asombró la madre. Estaba muy cansada—. ¿Dices que un viejo amigo mío? —No podía creerlo en absoluto. ¡A quién se le ocurriría hoy contar algo sobre ángeles! Pero vio la cacerola con la cena preparada. Vio los platos lavados y la cocina recogida. ¡Veía también la mirada luminosa de su hijo! ¿Quién habría encendido el fuego de la estufa? Estaba asombrada. No le quedaba más remedio que creer que en estos tiempos corrientes, de vez en cuando, todavía se podía encontrar algún que otro ángel.
Al día siguiente, al anochecer, alguien llamó a la puerta. La madre abrió con curiosidad. En el umbral de la puerta estaba, perplejo, un hombre con un ramo de flores. ¡Era el ratero reformado! Con la mano libre amasaba confuso la gorra.
—¡Buenas noches, señora! —dijo con la cortesía más escogida. Le dio a la madre las flores—. Esto es para usted.
—¡Buenas noches! —dijo la madre amistosamente—. ¡Pase adentro, mi viejo amigo! —Le hizo un guiño de cómplice.
El ratero reformado se sonrojó terriblemente.

Petr Chudozilov, Demasiados Ángeles

domingo, 16 de diciembre de 2018

UN ÁRBOL DE NAVIDAD


Estuve contemplando esta noche a un grupo alegre de niños, reunidos en torno a un lindo juguete alemán: un árbol de Navidad. Estaba plantado en el centro de una mesa redonda muy grande, y se erguía muy por encima de las cabezas de aquéllos. Se hallaba iluminado con multitud de velitas, y centelleaba por todas partes, deslumbrante de objetos brillantes. Escondidas entre sus verdes hojas había muñecas de mejillas sonrosadas, y colgando de sus innumerables ramitas veíanse auténticos relojes (por lo menos, sus manecillas podían moverse, y se les daba toda la cuerda que uno quería); sujetas entre las ramas, como para amueblar una casa de hadas, había mesas, sillas, camas, roperos, todos ellos barnizados a la francesa, y relojes con cuerda para ocho días, y otros utensilios domésticos maravillosamente fabricados de metal en Wolverhampton;  veíanse igualmente en el árbol hombrecitos alegres y de cara regordeta, mucho más atrayentes que bastantes hombres de carne y hueso (lo cual no debe maravillar, porque sus cabezas eran postizas y estaban atiborradas de confites); había violines y tambores, panderos, libros, cajas de herramientas, cajas de pinturas, cajas de dulces, cajas de estampas para mirar por un agujero; cajas, en fin, de todas clases; había, para las niñas grandecitas, diademas mucho más brillantes que las joyas y el oro de las personas mayores; había cestillos y alfileteros en gran variedad; había fusiles, espadas y banderas; y brujas, en pie dentro de un círculo mágico de cartón, dispuestas a decir la buenaventura; había perinolas, trompos zumbadores, estuches de agujas, seca-plumas, botellas de sales, pinturas de hombres ilustres, sujeta-ramilletes; frutas de verdad a las que se había dado un brillo deslumbrador bruñéndolas con oro en hojas; manzanas, peras y nueces artificiales, llenas de sorpresas; en una palabra, y para emplear la frase que una linda niña que estaba delante de mí pronunció, dirigiéndose a otra linda niña, su amiga del alma: «Hay de todo y más». Esta abigarrada colección de los objetos más diversos, que llenaba el árbol como con frutos de magia, y que reflejaba el brillo de las miradas que desde todas partes le dirigían (algunos de los ojos diamantinos que le admiraban, apenas si alcanzaban el nivel de la mesa, y otros languidecían poseídos de un asombro tímido en brazos de lindas mamás, tías y niñeras), plasmaba en realidad viva todas las fantasías de la niñez; y me hizo pensar a mí en que todos los árboles que crecen y cuantas cosas nacen sobre la tierra tienen para la época inolvidable de la niñez sus adornos naturales.
Charles Dickens

viernes, 14 de diciembre de 2018

CUENTOS VICTORIANOS DE NAVIDAD



El extenso periodo victoriano fue, por diversas y variadas circunstancias, quien dio carta de naturaleza al "espíritu navideño" y consolidó buena parte de la imagen y el carácter que asociamos a estas festividades hoy en día.

Fue, asimismo, la edad de oro del cuento de Navidad, del que dejaron muestras los más destacados autores de la época, siendo los de miedo y los de misterio los que gozaron de más aceptación. En esta recopilación antológica no falta, como es natural, Charles Dickens, y junto a los suyos se recogen también magníficos relatos de Anthony Trollope, Charlotte Riddell, Arthur Conan Doyle (uno de ellos protagonizado por Sherlock Holmes), Juliana Ewing y Wilkie Collins, que, aunque no sean todos cuentos de Navidad, si que ocurren en esta época del año.

Los relatos son de géneros muy distintos, desde el típico cuento de fantasía de Navidad hasta el cuento de fantasmas o el de intriga con detectives, y alguno de ellos con cierta dosis de humor. Encontramos los siguientes títulos:

·         La historia de los duendes que robaron un sacristán y Los siete viajeros pobres de Charles Dickens. La primera es un borrador de lo que sería Canción de Navidad, mientras que la segunda es una historia que sirve de marco al relato de varias narraciones

·         Navidad en Thompson Hall y La rama de muérdago de Anthony Trollope. El primero son las peripecias de una señora inglesa una aciaga noche en un hotel parisino

·         Un extraño juego navideño de Charlotte Riddell, sería el cuento de fantasmas victoriano.

·         Una nochebuena trepidante o Mi conferencia sobre la dinamita y La aventura del carbúnculo azul de Arthur Conan Doyle. En el primero, un timorato científico alemán que se cree gafado por el destino ha de enfrentarse a un peculiar grupo de anarquistas; en el segundo, tenemos la pareja Holmes-Watson.

·          Dragones: un cuento de Nochebuena de Juliana Erwing; cuento infantil donde se mezcla lo costumbrista con lo fantástico.  Geniales las discusiones del matrimonio.

·         La máscara robada o El misterio de la cajade caudales de Wilkie Collins. Una mezcla de humor, misterio y melodrama junto a un homenaje a Shakespeare.

jueves, 13 de diciembre de 2018

ODIO LOS VILLANCICOS


- Bueno -dijo Mary, mientras dejaba escapar un largo suspiro-. Me vendría bien una copa (…) El pub está justo enfrente. Es muy pequeño y agradable, el tipo de lugar que no pone adornos de Navidad ni toca música de campanas artificiales. -Le tendió su abrigo-. Tomaremos una copa y comeremos algo, y luego podrás volver aquí (...)
- Vamos -dijo Dunworthy, quien cogió el abrigo que le tendía Mary y abrió la puerta. Unos acordes de While Shepherds Watched Their Flocks By Night les alcanzaron. Mary atravesó la puerta como si estuviera huyendo; Dunworthy la cerró tras ellos y la siguió a través del patio hasta llegar a la puerta de Brasenose.
Hacía un frío cortante, pero no llovía. Sin embargo, parecía que podía hacerlo de un momento a otro, y el puñado de gente que recorría la acera al parecer había decidido que así sería. Al menos la mitad ya tenían paraguas abiertos. Una mujer con uno rojo y grande y los dos brazos cargados de paquetes chocó contra Dunworthy.
 - Mire por donde va, ¿quiere? -dijo, y continuó su camino.
- El espíritu navideño -protestó Mary, sujetándose el abrigo con una mano y agarrando con la otra su bolsa con las compras-. El pub está junto a la farmacia. -Señaló con la cabeza el otro lado de la calle-. Creo que son esas malditas campanas. Marean a todo el mundo.
Cruzó la calle entre el laberinto de paraguas. Dunworthy decidió si debía ponerse el abrigo y luego consideró que no merecía la pena para una distancia tan corta. Se apresuró tras ella, procurando mantenerse a salvo de los letales paraguas e intentando dilucidar qué villancico estaban masacrando ahora. Parecía un cruce entre una llamada a las armas y un canto fúnebre, pero probablemente se trataba de Jingle Bells.
Mary se encontraba en la acera, ante la farmacia, rebuscando de nuevo en su bolsa.
- ¿Qué se supone que es ese estruendo? -sacó un paraguas plegable-. ¿O Little Town of Bethlehem?
                - Jingle Bells -dijo Dunworthy, y bajó de la acera.
- ¡James! -exclamó Mary, y lo agarró bruscamente por la manga.
El neumático delantero de la bicicleta no le alcanzó por centímetros, y el pedal le dio en la pierna. El conductor esquivó, gritando.
- ¿No sabe cruzar la calle, idiota?
Dunworthy dio un paso atrás y chocó con un niño de seis años que abrazaba un Papá Noel de peluche. La madre del niño se le quedó mirando.
- Ten cuidado, James -advirtió Mary.
Cruzaron la calle; Mary guiaba el camino. Hacia la mitad empezó a llover. Mary se guareció bajo la marquesina de la farmacia y trató de abrir el paraguas. El escaparate de la farmacia estaba adornado con guirnaldas verdes y doradas, y entre los perfumes tenía colocado un cartel que decía: «Salve las campanas de la parroquia Marston. Dé un donativo al Fondo de Restauración.»
El carillón había terminado de masacrar Jingle Bells u O Little Town of Bethlehem y se enzarzaba ahora con We Three Kings of Orient Are. Dunworthy reconoció la clave menor.
Mary seguía sin poder abrir el paraguas. Volvió a guardarlo en la bolsa y cruzó la acera. Dunworthy la siguió, tratando de evitar colisiones; dejó atrás un estanco y una tienda de regalos adornados con luces intermitentes rojas y verdes, y atravesó la puerta que Mary le abrió.
Las gafas se le empañaron inmediatamente. Se las quitó para limpiarlas en el cuello de su abrigo. Mary cerró la puerta y se internó en una atmósfera de silencio marrón y bendito.
- ¡Señor! -suspiró Mary-. Y yo te dije que eran de los que no ponían adornos.
Dunworthy volvió a colocarse las gafas. Los estantes tras la barra estaban salpicados de lucecitas parpadeantes en verde claro, rosa y azul anémico. En la esquina del bar había un gran árbol de Navidad de fibra sobre una base giratoria.
No había nadie más en el estrecho pub a excepción de un hombre de aspecto regordete tras la barra. Mary pasó entre dos mesas vacías y se dirigió al rincón.
- Al menos aquí dentro no se oyen esas malditas campanas -dijo, colocando su bolsa en el suelo-.
Connie Willis, El Libro del Día del Juicio Final

PREMIOS HUGO, LOCUS (1993) Y NEBULA (1992)