Dirigido tanto a alumnos de Secundaria (que pueden encontrar reseñas -algunas hechas por ellos- y fragmentos de libros, o cuentos y poemas) como a padres (incidiendo en diversos aspectos sobre bibliotecas o animación a la lectura).
domingo, 23 de diciembre de 2018
viernes, 21 de diciembre de 2018
BELLAS DURMIENTES
Enviado por
Jaime
En esta
colaboración entre padre e hijo, Stephen King y Owen King nos ofrecen la
historia más arriesgada de cuantas han contado hasta ahora: ¿qué pasaría si las
mujeres abandonaran este mundo?
En un futuro
tan real y cercano que podría ser hoy, cuando las mujeres se duermen, brota de
su cuerpo una especie de capullo que las aísla del exterior (el llamado virus
Aurora, por la protagonista de La Bella Durmiente). Si las
despiertan, las molestan o tocan el capullo que las envuelve, reaccionan con
una violencia extrema. Y durante el sueño se evaden a otro mundo. Los hombres,
por su parte, quedan abandonados a sus instintos primarios: disturbios,
conflictos de diverso tipo que nos conducen al fin del mundo…
La misteriosa
Evie Black, encarcelada por un asesinato, sin embargo, es inmune a esta
bendición o castigo del trastorno del sueño. ¿Se trata de una anomalía médica
que hay que estudiar? O ¿es un demonio al que hay que liquidar?
Una fábula del
siglo XXI que nos presenta una distopía, en la que se critican usos y
costumbres machistas, sobre la posibilidad de un mundo exclusivamente femenino
más pacífico y más justo que resulta especialmente relevante hoy en día.
La novela
parte de una idea del hijo, Owen, pero sigue el esquema básico de las novelas
de Stephen King. En esta novela coral, destacan sobre todo dos personajes, un
hombre y una mujer: Clinton Norcross, el psiquiatra de la prisión, que ve como
su esposa toma cafeína en un vano intento de mantenerse despierta, y Evie Black,
la joven que está en prisión y considera justa la respuesta de las mujeres
hacia aquellos que las despiertan. El ritmo va in crescendo, atrapándonos.
miércoles, 19 de diciembre de 2018
BARRO DE MEDELLÍN
Enviado por Juan
Para Camilo y
Andrés, los días transcurren vagabundeando por las calles de su barrio en
Medellín, el mejor lugar del mundo. Camilo tiene claro que, cuando sean
mayores, dirigirán una banda de ladrones. Pero Andrés no quiere ser ladrón,
como su padre y su abuelo. Eso sí, siempre estarán juntos.
La vida de
Camilo no es nada fácil. Vive en un barrio pobre. Tiene un padre alcohólico que
le trae muchos problemas (le manda comprar alcohol sin darle dinero; si no lo
consigue, le dará una paliza) y una madre trabajadora y abnegada que a duras
penas logra obtener lo necesario para el sustento de Camilo y su hermano
pequeño.
Camilo tuvo
que robar los ladrillos para construir la
casa en la que viven, los robó de la Biblioteca, cuando la comenzaban a edificar, y, para que no los pillen, su padre le ordena a Camilo que le de barro a la casa cada vez que llueve.
casa en la que viven, los robó de la Biblioteca, cuando la comenzaban a edificar, y, para que no los pillen, su padre le ordena a Camilo que le de barro a la casa cada vez que llueve.
Un día entran
en la Biblioteca, y Camilo roba un libro para después cambiárselo a Rafael por aguardiente. Al día siguiente, repite la misma operación. Al
tercer día, a la salida, Mar, la bibliotecaria, se lo cambia por otro libro. Cuando
Camilo se dirigía a la taberna para continuar con sus trapicheos, decide no cambiar
el libro por aguardiente, que prefería dormir en la calle que volver hacerlo y
convertirse en un ladrón. Busca un refugio para en la taberna poder pasar la noche, y allí empieza a leer el libro de la Biblioteca.
Alfredo
Gómez Cerdá nos muestra cómo la
cultura puede cambiar la vida de una persona. El libro está escrito de una
forma muy sencilla, fácil de comprender
PREMIO DE LITERATURA INFANTIL ALA DELTA 2008
PREMIO NACIONAL DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL 2009
martes, 18 de diciembre de 2018
EN UNA HELADA NOCHE INVERNAL
Fuera reinaba
una helada noche de invierno. Del cielo descendían copos de nieve, grandes como
porciones de helado de cinco marcos. El hielo exhalaba sobre la ventana flores
gélidas. Dentro caía un fulgurante resplandor lunar, pero no llevaba calor.
Hacía rato ya que en la estufa se había apagado hasta el último trozo de
carbón. Todo era frío, oscuridad y silencio. El reloj medía el paso del tiempo
con golpes profundos y sonoros. En la camita, el niño estaba inmensamente triste.
Su madre, por una razón desconocida, todavía no había vuelto del trabajo. Su
padre hacía tiempo que se había ido de casa, poco a poco se convertía en un
recuerdo vago, cada vez más descolorido. El niño tenía hambre. Se encogió en un
rincón de la cama. Chillaba en voz baja como un conejo.
De pronto se
oyeron en la cocina unos pasos prudentes y desconocidos. Por la puerta
entreabierta, el niño vio que un extraño se alumbraba con una pequeña linterna.
Ahora la figura se introducía silenciosamente en la habitación. Era un viejo
ratero con una gorra de visera aplastada. Llevaba el rostro tapado con un
antifaz negro de bandido. Con vivacidad lanzaba miradas a su alrededor. En la
cintura se le balanceaba un racimo de ganzúas. En silencio ató la sábana con
todo lo que le cabía en ella. A continuación volvió a desaparecer. Hay que
reconocer que no se trataba de una persona particularmente mala. Se había
lanzado a la profesión de ladrón sólo por el hecho de no tener éxito en otras
actividades. Además, tartamudeaba un poquito. ¡Imperceptiblemente! A veces,
algunos se burlaban de él por este motivo. Al ver al niño en la camita se dio
un susto tremendo. De miedo le empezaron a castañetear los dientes y a temblar
las rodillas. ¡Ser ladrón era un trabajo difícil!
En cambio, el
niño empezó a reír de felicidad. Se puso de pie en la cama, y tendió las manos
confiadamente hacia el visitante. ¡Estaba contento de tener por fin compañía!
También, finalmente, el ladrón al verse en ese trance se puso a reír. Se dice
que la risa es a veces contagiosa. De pronto el ladrón vio en los ojos del niño
lágrimas secas.
—¡Vaya! ¡Vaya!
—dijo en tono de reproche—. Alguien estaba llorando, aquí.
—¡Mi mamá no
ha vuelto hoy de trabajar! —sollozaba el niño.
—Vendrá dentro
de un rato. ¡Seguro! —dijo el ladrón con voz firme—. Simplemente, sólo se ha
retrasado un poco. ¡Ya verás!
—¿Es que
conoces a mi mamá? —se sorprendió el niño.
—¡Claro que
sí! —mintió el ladrón, atrevido. Ni siquiera se ruborizó—. Es una vieja amiga
mía.
El reloj
volvió a dar la hora. El ratero dio un respingo.
—¡Bueno, pero
ahora, de verdad, tengo que irme! —explicó con una sonrisa de disculpa.
—¡Por favor!
Dile a mi mamá que venga cuanto antes a darme un beso de buenas noches
—imploraba el niño.
—¡Cómo no! Se
lo diré —prometió el ladrón con una voz extrañamente silenciosa. Se dio la
vuelta para marcharse. Titubeó un poco, él mismo no sabía en realidad por qué.
El niño volvió
a llorar silenciosamente a lágrima viva. Tenía mucho miedo de quedarse de nuevo
solo en la habitación.
—¡Por favor!
—llamaba al ladrón—. ¿No podrías, mientras tanto, darme el besito en vez de mi
mamá?
El viejo
ratero, con paso extraordinariamente lento, volvió de la entrada.
—¡Podría!
—dijo con voz estrangulada.
¡Algo así no
le había sucedido jamás en su larga carrera de ladrón! Se quitó el antifaz de
bandido. Besó al niño en la frente lo más tiernamente que supo. También le
acarició los cabellos con su ligera mano de ladrón. El niño se puso a reír de
felicidad.
—¡Ja, ja, ja!
—le acompañó el viejo ladrón. De pronto se le escapó inesperadamente—:
¡Aleluya! —El ladrón se quedó muy sorprendido. Nada semejante había pensado
antes.
Algunas
palabras surgen solas en la boca, sin que podamos influir sobre ellas en modo
alguno. A veces, estas palabras inesperadas son incluso mucho mejores que las
ideas cuidadosamente preparadas de antemano.
—¿Aleluya? —se
sorprendió el niño—. Oye, ¿quién eres tú en realidad?
—¿Yo? —dijo el
ladrón. Repetir la pregunta o al menos una parte de ella, era un viejo truco de
bandolero, apropiado para una situación que requería ganar un poco de tiempo
para poder pensar—. ¿Quién soy? Bueno, sabes, soy un ángel. —No sabía en
absoluto por qué lo decía, en realidad. A él mismo le sorprendió muchísimo.
Incluso agitó las manos como si fueran alas.
—¡Un angelito!
—se animó el niño. Saltaba de alegría con tanta fuerza que le faltó poco para
volcar la cama—. ¡Un angelito de verdad!
El ladrón se
quitó el racimo de ganzúas para que no le estorbaran en el trabajo. Primero
encendió un buen fuego en la estufa. Luego se acercó rápidamente a una tienda
abierta de noche a comprar golosinas escogidas. Preparó una cena excelente. De
primero, una sopa con albóndigas de hígado. Dio la casualidad de que era la
sopa preferida del niño. Luego un pollo asado con guisantes. Un flan de
vainilla. Y para terminar una compota de ciruelas. Sencillamente fuera de
serie. Después de cenar, lavaron juntos los platos. Se entendían muy bien.
Hablaban de todo.
—Oye, ¿eres un
ángel auténtico? —preguntaba el niño.
—¡Sí! —dijo el
ladrón con la boca pequeña.
—¿Seguro?
—quería confirmarlo el niño.
—¡Puedes estar
seguro! —confirmó el ladrón.
—Hmmm —dijo el
niño—. ¿Entonces sabes volar?
—¡Cómo no!
—sonreía el ladrón sin darle importancia.
—¡Por favor,
enséñame cómo se vuela! —dijo el niño—. ¡Nunca he visto un angelito volando!
—Ahora el niño le miraba suplicante. ¡Hasta juntó las manos en un gesto de
ruego! Corrió hacia la ventana y la abrió de par en par. Un aire helado penetró
en el interior. En el cielo brillaba la luna como un plato dorado.
El ladrón
retrocedió horrorizado. No tenía ningunas ganas de saltar desde la ventana.
¡Quién las tendría! El miedo sacudía su cuerpo. Resultaba que se hallaban
arriba del todo, debajo mismo del tejado. ¡En la quinta planta!
—¡Creo que hoy
hace demasiado frío para volar! —se zafaba el ladrón—. ¿No podríamos dejarlo
para otro día?
En eso se fijó
en los ojos del niño. Estaban llenos de esperanza y expectación. También
apareció en ellos la primera huella de la desilusión. ¡Hacía muchísimo tiempo que
no había visto una mirada así! ¿Desilusionar a un niño abandonado? No, no se
iba a atrever a hacerlo realmente.
—¡Pues, bien!
—dijo el ladrón—. Pero lo más probable es que no pueda volver hasta mañana. ¡No
me esperes antes!
Luego, aquel
hombre tomó aliento profundamente. Reunió todo su valor. También cerró los
ojos. Mentalmente se despidió a toda prisa de varias personas que antaño había
amado. Al final saltó desde la ventana. ¡De cabeza! Se tiró de cabeza como si
se tratara de un salto normal a una piscina.
«¡Quizás se
produzca un milagro!», se le ocurrió cuando ya estaba volando.
Pues realmente
tuvo suerte. Le esperaban hacía un buen rato, debajo de la ventana, unos
cuantos ángeles invisibles, pero fuertes. Resultaba que en el cielo seguían
atentamente el desarrollo de los hechos de la habitación. Los ángeles habían
recibido la orden del supremo señor de los ángeles de disponer inmediatamente
todo lo necesario en casos tan extraordinarios.
—¡Claro, jefe!
—dijeron con respeto los ángeles.
Cogieron al
ladrón que caía y desaparecieron con él en la helada noche invernal. El ladrón
se balanceaba como una camisa recién lavada tendida en la cuerda. Planeaban
estupendamente. Al ladrón le parecía estar envuelto en un edredón caliente.
Dieron varias vueltas de lucimiento alrededor de la luna.
El ladrón
saludó haciendo un gesto chulesco con la gorra, para despedirse. Para dar más
alegría al niño hizo unas cuantas figuras acrobáticas.
—¡Ven otra
vez! —gritaba el niño.
—¡Descuida!
—prometió el ladrón.
Ya no tenía
miedo en absoluto. Comprendió que era objeto de un milagro. Dios sabía por qué,
de pronto sintió la necesidad de llorar. Cuando planeaba sobre el paisaje
nocturno y desde lo alto observaba la belleza bajo sus pies, algo se había
movido en lo profundo de su ser. Al principio era un movimiento realmente
pequeño, casi imperceptible. Se prometió a sí mismo solemnemente no volver a
robar nunca más. Y ése fue el milagro más grande que sucedió aquella helada
noche de invierno. ¡Fue un milagro aún mayor que el vuelo con los ángeles
invisibles! En el cielo se oyeron murmullos de satisfacción. Se pusieron las
gafas y empezaron a leer.
—¡Vino un
ángel! —informó el niño a su madre, cuando por fin volvió del trabajo—. ¡Por lo
visto era un viejo amigo tuyo!
—¿Un ángel?
—se asombró la madre. Estaba muy cansada—. ¿Dices que un viejo amigo mío? —No
podía creerlo en absoluto. ¡A quién se le ocurriría hoy contar algo sobre
ángeles! Pero vio la cacerola con la cena preparada. Vio los platos lavados y
la cocina recogida. ¡Veía también la mirada luminosa de su hijo! ¿Quién habría
encendido el fuego de la estufa? Estaba asombrada. No le quedaba más remedio
que creer que en estos tiempos corrientes, de vez en cuando, todavía se podía
encontrar algún que otro ángel.
Al día
siguiente, al anochecer, alguien llamó a la puerta. La madre abrió con
curiosidad. En el umbral de la puerta estaba, perplejo, un hombre con un ramo
de flores. ¡Era el ratero reformado! Con la mano libre amasaba confuso la
gorra.
—¡Buenas
noches, señora! —dijo con la cortesía más escogida. Le dio a la madre las
flores—. Esto es para usted.
—¡Buenas
noches! —dijo la madre amistosamente—. ¡Pase adentro, mi viejo amigo! —Le hizo
un guiño de cómplice.
El ratero
reformado se sonrojó terriblemente.
Petr Chudozilov, Demasiados Ángeles
domingo, 16 de diciembre de 2018
UN ÁRBOL DE NAVIDAD
Estuve
contemplando esta noche a un grupo alegre de niños, reunidos en torno a un
lindo juguete alemán: un árbol de Navidad. Estaba plantado en el centro de una
mesa redonda muy grande, y se erguía muy por encima de las cabezas de aquéllos.
Se hallaba iluminado con multitud de velitas, y centelleaba por todas partes,
deslumbrante de objetos brillantes. Escondidas entre sus verdes hojas había
muñecas de mejillas sonrosadas, y colgando de sus innumerables ramitas veíanse
auténticos relojes (por lo menos, sus manecillas podían moverse, y se les daba
toda la cuerda que uno quería); sujetas entre las ramas, como para amueblar una
casa de hadas, había mesas, sillas, camas, roperos, todos ellos barnizados a la
francesa, y relojes con cuerda para ocho días, y otros utensilios domésticos
maravillosamente fabricados de metal en Wolverhampton; veíanse igualmente en el árbol hombrecitos
alegres y de cara regordeta, mucho más atrayentes que bastantes hombres de
carne y hueso (lo cual no debe maravillar, porque sus cabezas eran postizas y
estaban atiborradas de confites); había violines y tambores, panderos, libros,
cajas de herramientas, cajas de pinturas, cajas de dulces, cajas de estampas
para mirar por un agujero; cajas, en fin, de todas clases; había, para las
niñas grandecitas, diademas mucho más brillantes que las joyas y el oro de las
personas mayores; había cestillos y alfileteros en gran variedad; había
fusiles, espadas y banderas; y brujas, en pie dentro de un círculo mágico de
cartón, dispuestas a decir la buenaventura; había perinolas, trompos
zumbadores, estuches de agujas, seca-plumas, botellas de sales, pinturas de
hombres ilustres, sujeta-ramilletes; frutas de verdad a las que se había dado
un brillo deslumbrador bruñéndolas con oro en hojas; manzanas, peras y nueces
artificiales, llenas de sorpresas; en una palabra, y para emplear la frase que
una linda niña que estaba delante de mí pronunció, dirigiéndose a otra linda
niña, su amiga del alma: «Hay de todo y más». Esta abigarrada colección de los
objetos más diversos, que llenaba el árbol como con frutos de magia, y que
reflejaba el brillo de las miradas que desde todas partes le dirigían (algunos
de los ojos diamantinos que le admiraban, apenas si alcanzaban el nivel de la
mesa, y otros languidecían poseídos de un asombro tímido en brazos de lindas
mamás, tías y niñeras), plasmaba en realidad viva todas las fantasías de la
niñez; y me hizo pensar a mí en que todos los árboles que crecen y cuantas
cosas nacen sobre la tierra tienen para la época inolvidable de la niñez sus
adornos naturales.
Charles
Dickens
viernes, 14 de diciembre de 2018
CUENTOS VICTORIANOS DE NAVIDAD
El extenso
periodo victoriano fue, por diversas y variadas circunstancias, quien dio carta
de naturaleza al "espíritu navideño" y consolidó buena parte de la
imagen y el carácter que asociamos a estas festividades hoy en día.
Fue, asimismo,
la edad de oro del cuento de Navidad, del que dejaron muestras los más
destacados autores de la época, siendo los de miedo y los de misterio los que
gozaron de más aceptación. En esta recopilación antológica no falta, como es
natural, Charles Dickens, y junto a los suyos se recogen también magníficos
relatos de Anthony Trollope, Charlotte Riddell, Arthur Conan Doyle (uno de
ellos protagonizado por Sherlock Holmes), Juliana Ewing y Wilkie Collins, que,
aunque no sean todos cuentos de Navidad, si que ocurren en esta época del año.
Los relatos son
de géneros muy distintos, desde el típico cuento de fantasía de Navidad hasta
el cuento de fantasmas o el de intriga con detectives, y alguno de ellos con
cierta dosis de humor. Encontramos los siguientes títulos:
·
La historia de los duendes que robaron un
sacristán y Los siete viajeros pobres de Charles Dickens. La
primera es un borrador de lo que sería Canción de Navidad, mientras que la
segunda es una historia que sirve de marco al relato de varias narraciones
·
Navidad en Thompson Hall y La
rama de muérdago de Anthony Trollope. El primero son las
peripecias de una señora inglesa una aciaga noche en un hotel parisino
·
Un extraño juego navideño de Charlotte
Riddell, sería el cuento de fantasmas victoriano.
·
Una nochebuena trepidante o Mi conferencia
sobre la dinamita y La aventura del carbúnculo azul de Arthur
Conan Doyle. En el primero, un timorato científico alemán que se cree
gafado por el destino ha de enfrentarse a un peculiar grupo de anarquistas; en
el segundo, tenemos la pareja Holmes-Watson.
·
Dragones:
un cuento de Nochebuena de Juliana Erwing; cuento infantil
donde se mezcla lo costumbrista con lo fantástico. Geniales las discusiones del matrimonio.
·
La máscara robada o El misterio de la cajade caudales de Wilkie Collins. Una mezcla de humor,
misterio y melodrama junto a un homenaje a Shakespeare.
jueves, 13 de diciembre de 2018
ODIO LOS VILLANCICOS
- Bueno
-dijo Mary, mientras dejaba escapar un largo suspiro-. Me vendría bien una copa
(…) El pub está justo enfrente. Es muy pequeño y agradable, el tipo de lugar
que no pone adornos de Navidad ni toca música de campanas artificiales. -Le
tendió su abrigo-. Tomaremos una copa y comeremos algo, y luego podrás volver
aquí (...)
- Vamos
-dijo Dunworthy, quien cogió el abrigo que le tendía Mary y abrió la puerta.
Unos acordes de While Shepherds Watched Their Flocks By Night les alcanzaron.
Mary atravesó la puerta como si estuviera huyendo; Dunworthy la cerró tras
ellos y la siguió a través del patio hasta llegar a la puerta de Brasenose.
Hacía un frío
cortante, pero no llovía. Sin embargo, parecía que podía hacerlo de un momento
a otro, y el puñado de gente que recorría la acera al parecer había decidido
que así sería. Al menos la mitad ya tenían paraguas abiertos. Una mujer con uno
rojo y grande y los dos brazos cargados de paquetes chocó contra Dunworthy.
- Mire
por donde va, ¿quiere? -dijo, y continuó su camino.
- El
espíritu navideño -protestó Mary, sujetándose el abrigo con una mano y
agarrando con la otra su bolsa con las compras-. El pub está junto a la
farmacia. -Señaló con la cabeza el otro lado de la calle-. Creo que son esas
malditas campanas. Marean a todo el mundo.
Cruzó la calle
entre el laberinto de paraguas. Dunworthy decidió si debía ponerse el abrigo y
luego consideró que no merecía la pena para una distancia tan corta. Se
apresuró tras ella, procurando mantenerse a salvo de los letales paraguas e
intentando dilucidar qué villancico estaban masacrando ahora. Parecía un cruce
entre una llamada a las armas y un canto fúnebre, pero probablemente se trataba
de Jingle Bells.
Mary se
encontraba en la acera, ante la farmacia, rebuscando de nuevo en su bolsa.
- ¿Qué se
supone que es ese estruendo? -sacó un paraguas plegable-. ¿O Little Town of
Bethlehem?
- Jingle Bells -dijo Dunworthy, y bajó de la
acera.
- ¡James!
-exclamó Mary, y lo agarró bruscamente por la manga.
El neumático
delantero de la bicicleta no le alcanzó por centímetros, y el pedal le dio en
la pierna. El conductor esquivó, gritando.
- ¿No
sabe cruzar la calle, idiota?
Dunworthy dio
un paso atrás y chocó con un niño de seis años que abrazaba un Papá Noel de
peluche. La madre del niño se le quedó mirando.
- Ten
cuidado, James -advirtió Mary.
Cruzaron la
calle; Mary guiaba el camino. Hacia la mitad empezó a llover. Mary se guareció
bajo la marquesina de la farmacia y trató de abrir el paraguas. El escaparate de
la farmacia estaba adornado con guirnaldas verdes y doradas, y entre los
perfumes tenía colocado un cartel que decía: «Salve las campanas de la
parroquia Marston. Dé un donativo al Fondo de Restauración.»
El carillón
había terminado de masacrar Jingle Bells u O Little Town of Bethlehem y se
enzarzaba ahora con We Three Kings of Orient Are. Dunworthy reconoció la clave
menor.
Mary seguía
sin poder abrir el paraguas. Volvió a guardarlo en la bolsa y cruzó la acera.
Dunworthy la siguió, tratando de evitar colisiones; dejó atrás un estanco y una
tienda de regalos adornados con luces intermitentes rojas y verdes, y atravesó
la puerta que Mary le abrió.
Las gafas se
le empañaron inmediatamente. Se las quitó para limpiarlas en el cuello de su
abrigo. Mary cerró la puerta y se internó en una atmósfera de silencio marrón y
bendito.
- ¡Señor!
-suspiró Mary-. Y yo te dije que eran de los que no ponían adornos.
Dunworthy
volvió a colocarse las gafas. Los estantes tras la barra estaban salpicados de
lucecitas parpadeantes en verde claro, rosa y azul anémico. En la esquina del
bar había un gran árbol de Navidad de fibra sobre una base giratoria.
No había nadie
más en el estrecho pub a excepción de un hombre de aspecto regordete tras la
barra. Mary pasó entre dos mesas vacías y se dirigió al rincón.
- Al
menos aquí dentro no se oyen esas malditas campanas -dijo, colocando su bolsa
en el suelo-.
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