miércoles, 12 de diciembre de 2018

CUANDO YO ERA UNA NIÑA


 y el mundo se quebró, pensé que mi vida se quedaría siempre rota por aquella noche en las montañas: el día anterior, el día posterior. Nada volvería a ser igual. Recuerdo ese ruido como de trueno cuando llegó el terremoto, el olor a sangre y cenizas en el aire, la sensación granulosa en mi piel debido al polvo del palacio destruido y el sabor metálico del miedo y la pérdida en la lengua. Recuerdo la sorpresa que sentí al ver salir el sol aquella mañana. Pero el sol salió, como siempre bacía, como siempre baria. Yo viví y el mundo que conocía murió.

Crecí en este mundo nuevo y pensé que nada volvería jamás a hacerme daño.

Era tan joven..., muy, muy joven.

Pero pronto aprendí que hay muchos lugares donde el dolor se puede esconder en esta vida terrenal que nos dan para vivir, fuera del reino bendito de Cahan, los Tres Cielos donde moran los Inmortales. Fui amada por aquellos que nacieron para amarme, mi madre, mis hijos, y por los que decidieron amarme, mi esposo y las hermanas de mi corazón. Los perdí o sobreviví a todos; ahora soy una anciana y a la luz de las estrellas espero a que el sol salga otra vez en un nuevo día, aguardo el momento en que salga el sol y vea el amanecer en las orillas de ese ríoque debo cruzar antes de estar de nuevo con aquellos a los que he amado.

He vivido en tres reinos imperiales. La mía fue una época de amor y fuego, de dolor, de pérdida, de alegría, de pesar, de risas, de codicia y arrogancia, de sueños y traiciones. Era el mundo de la familia, de los antepasados y del vínculo del jin shei, la hermandad de mujeres que confirmaron la sociedad en la que yo nací. Pertenecí a mi mundo y éste me pertenecía a mí; y, sin embargo, no era más que un diminuto rincón del Imperio en el que también yo desempeñé un pequeño papel.

Todas las mujeres de Syai reciben el don del juramento secreto, la promesa eterna, el vínculo que no se rompe. Compartí mi vida con una alquimista, una sabia, una guerrera, una nómada, una cabecilla de los rebeldes, un espíritu amoroso y una Emperatriz que soñaba con la inmortalidad y estuvo a punto de destruirnos a todas. Los años de la hermandad. Los años del jin-shei.

Alma Alexander, El Lenguaje Secreto del Jin-Shei

martes, 11 de diciembre de 2018

MÁQUINAS MORTALES


            Enviado por Carlos:

En esta novela de Philip Reeve, se basa la nueva superproducción cinematográfica de Peter Jackson, que nos traslada a un mundo futurista y postapocalíptico.

Londres es una ciudad sobre ruedas: una ciudad como nunca habías visto. Tras la terrible Guerra de los Sesenta Minutos, las ciudades que sobrevivieron al apocalipsis se convirtieron en depredadoras, persiguiendo a ciudades menores y alimentándose de ellas.

Londres es una de ellas y se encuentra a la caza de una pequeña urbe, cuando Tom se topa con una joven asesina, Hester. Ambos acabarán en la Región Exterior, un páramo desolador marcado por las huellas de las ciudades ambulantes. Este es el comienzo de una gran aventura para estos dos chicos, que tendrán que aliarse para poder sobrevivir.

Máquinas mortales nos introduce en un mundo futurista donde las máquinas son instrumentos de poder y la religión es la tecnología. En este mundo, el joven Tom, que nunca ha salido de Londres, se convertirá en un héroe que, tras verse alejado de su ciudad y de su amiga Katherine, luchará para conseguir que su urbe se salve de una destrucción inminente.


                El planteamiento parece original, con ese mundo distópico donde las ciudades tienen ruedas y recorren el mundo cazando y comiendo otras ciudades para aprovechar sus recursos.  Las ciudades están dirigidas por cuatro grandes gremios: el Gremio de los Historiadores, el de los Ingenieros, el de los Navegantes y el de los Mercaderes. Pero apenas se nos explica cómo hemos llegado a ese futuro, y los personajes son un tanto planos; tal vez aquí se escapa un poco Hester, que no es una heroína al uso, sino una asesina que busca venganza. Se van alternando dos tramas: una con Tom y Hester, y la otra, Katherine en Londres.

lunes, 10 de diciembre de 2018

UN LIBRO, UN MISTERIO


Érase una vez… Ése es el principio de toda historia.
Érase una vez un mundo llamado Kelanna, un lugar maravilloso y terrible, de agua, barcos y magia. La gente de Kelanna era igual a ti en muchos aspectos. Hablaban, trabajaban, amaban y morían, pero eran muy diferentes respecto a algo muy importante: no sabían leer. Jamás habían oído hablar de la palabra escrita, nunca habían desarrollado alfabetos ni reglas ortográficas, jamás habían grabado sus historias tallándolas en piedra. Las recordaban con sus voces y cuerpos, las repetían una y otra vez hasta que las mismas historias se convertían en parte de ellos, y las leyendas eran tan reales como sus lenguas o sus pulmones o sus corazones.
Algunas historias pasaban de boca en boca, cruzando reinos y océanos, mientras que otras perecían rápidamente, tras repetirse unas pocas veces. No todas las leyendas eran populares, y muchas de ellas tenían vidas secretas en el núcleo de una sola familia o de una pequeña comunidad de devotos, que las susurraban entre sí para que no se perdieran.
Una de esas leyendas poco difundidas hablaba de un objeto misterioso llamado libro, que contenía la clave para acceder a la magia más poderosa que se hubiera conocido en Kelanna. Había quienes decían que contenía hechizos para convertir la sal en oro y a los hombres en ratas. Otros decían que con muchas horas y algo de esfuerzo, uno podía aprender a controlar el tiempo… o incluso llegar a crear un ejército. Los relatos diferían en los detalles, pero todos coincidían en una cosa: tan sólo unos pocos tenían acceso al poder del libro. Algunos contaban que era una sociedad secreta entrenada específicamente para ese propósito, que generación tras generación se había quebrado el lomo leyendo el libro y copiándolo, cosechando conocimiento cual si fueran gavillas de trigo, como si pudieran subsistir únicamente a partir de frases y de párrafos. Durante años pastorearon las palabras y la magia, haciéndose más fuertes con ellas cada día.
Pero los libros son objetos curiosos. Tienen el poder de atrapar, transportar e incluso transformar a quien los lee, si corre con suerte. Pero en el fondo, los libros, hasta los mágicos, no son más que objetos fabricados con papel, pegamento e hilo. Ésa era la verdad fundamental que los lectores olvidaban: lo vulnerable que es el libro a fin de cuentas.
Al fuego.
A la humedad.
Al paso del tiempo.
Y al robo.
Traci Chee, La Lectora

domingo, 9 de diciembre de 2018

EL MIEDO



Ese largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, sólo lo he sentido una vez. Fue hace muchos años, en aquel hermoso tiempo de los mayorazgos, cuando se hacía información de nobleza para ser militar. Yo acababa de obtener los cordones de Caballero Cadete. Hubiera preferido entrar en la Guardia de la Real Persona; pero mi madre se oponía, y siguiendo la tradición familiar, fui granadero en el Regimiento del Rey. No recuerdo con certeza los años que hace, pero entonces apenas me apuntaba el bozo y hoy ando cerca de ser un viejo caduco. Antes de entrar en el Regimiento mi madre quiso echarme su bendición. La pobre señora vivía retirada en el fondo de una aldea, donde estaba nuestro pazo solariego, y allá fui sumiso y obediente. La misma tarde que llegué mandó en busca del Prior de Brandeso para que viniese a confesarme en la capilla del Pazo. Mis hermanas María Isabel y María Fernanda, que eran unas niñas, bajaron a coger rosas al jardín, y mi madre llenó con ellas los floreros del altar. Después me llamó en voz baja para darme su devocionario y decirme que hiciese examen de conciencia:
-Vete a la tribuna, hijo mío. Allí estarás mejor…
La tribuna señorial estaba al lado del Evangelio y comunicaba con la biblioteca. La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el retablo campeaba el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes Católicos al señor de Bradomín, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también el Viejo. Aquel caballero estaba enterrado a la derecha del altar. El sepulcro tenía la estatua orante de un guerrero. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche ante el retablo, labrado como joyel de reyes. Los áureos racimos de la vid evangélica parecían ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era aquel piadoso Rey Mago que ofreció mirra al Niño Dios. Su túnica de seda bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental. La luz de la lámpara, entre las cadenas de plata, tenía tímido aleteo de pájaro prisionero como si se afanase por volar hacia el Santo.
Mi madre quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de mis hermanas, se arrodilló ante el altar. Yo, desde la tribuna, solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba moribunda las avemarías; pero cuando a las niñas les tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la oración. La tarde agonizaba y los rezos resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondos, tristes y augustos, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del altar. Sus vestidos eran albos como el lino de los paños litúrgicos. Ya sólo distinguía una sombra que rezaba bajo la lámpara del presbiterio. Era mi madre, que sostenía entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza inclinada. De tarde en tarde, el viento mecía la cortina de un alto ventanal. Yo entonces veía en el cielo, ya oscura, la faz de la luna, pálida y sobrenatural como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos…
Mi madre cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de mi madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos que volvían a sostener abierto el libro. En el silencio la voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban. y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje y cayendo a los lados del rostro iguales, tristes, nazarenas. Habíame adormecido, y de pronto me sobresaltaron los gritos de mis hermanas. Miré y las vi en medio del presbiterio abrazadas a mi madre. Gritaban despavoridas. Mi madre las asió de la mano y huyeron las tres. Bajé presuroso. Iba a seguirlas y quedé sobrecogido de terror. En el sepulcro del guerrero se entrechocaban los huesos del esqueleto. Los cabellos se erizaron en mi frente. La capilla había quedado en el mayor silencio, y oíase distintamente el hueco y medroso rodar de la calavera sobre su almohada de piedra. Tuve miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, y permanecí inmóvil en medio del presbiterio, con los ojos fijos en la puerta entreabierta. La luz de la lámpara oscilaba. En lo alto mecíase la cortina de un ventanal, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas. De pronto, allá lejos, resonó festivo ladrar de perros y música de cascabeles. Una voz grave y eclesiástica llamaba:
-¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán…!
Era el Prior de Brandeso que llegaba para confesarme. Después oí la voz de mi madre trémula y asustada, y percibí distintamente la carrera retozona de los perros. La voz grave y eclesiástica se elevaba lentamente, como un canto gregoriano:
-Ahora veremos qué ha sido ello… Cosa del otro mundo no lo es, seguramente… ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán…!
Y el Prior de Brandeso, precedido de sus lebreles, apareció en la puerta de la capilla:
-¿Qué sucede, señor Granadero del Rey?
Yo repuse con voz ahogada:
-¡Señor Prior, he oído temblar el esqueleto dentro del sepulcro…!
El Prior atravesó lentamente la capilla. Era un hombre arrogante y erguido. En sus años juveniles también había sido Granadero del Rey. Llegó hasta mí, sin recoger el vuelo de sus hábitos blancos, y afirmándome una mano en el hombro y mirándome la faz descolorida, pronunció gravemente:
-¡Que nunca pueda decir el Prior de Brandeso que ha visto temblar a un Granadero del Rey…!
No levantó la mano de mi hombro, y permanecimos inmóviles, contemplándonos sin hablar. En aquel silencio oímos rodar la calavera del guerrero. La mano del Prior no tembló. A nuestro lado los perros enderezaban las orejas con el cuello espeluznado. De nuevo oímos rodar la calavera sobre su almohada de piedra. El Prior se sacudió:
-¡Señor Granadero del Rey, hay que saber si son trasgos o brujas!
Y se acercó al sepulcro y asió las dos anillas de bronce empotradas en una de las losas, aquella que tenía el epitafio. Me acerqué temblando. El Prior me miró sin despegar los labios. Yo puse mi mano sobre la suya en una anilla y tiré. Lentamente alzamos la piedra. El hueco, negro y frío, quedó ante nosotros. Yo vi que la árida y amarillenta calavera aún se movía. El Prior alargó un brazo dentro del sepulcro para cogerla. La recibí temblando. Yo estaba en medio del presbiterio y la luz de la lámpara caía sobre mis manos. Al fijar los ojos las sacudí con horror. Tenía entre ellas un nido de culebras que se desanillaron silbando, mientras la calavera rodaba por todas las gradas del presbiterio. El Prior me miró con sus ojos de guerrero que fulguraban bajo la capucha como bajo la visera de un casco:
-Señor Granadero del Rey, no hay absolución… ¡Yo no absuelvo a los cobardes!
Y con rudo empaque salió sin recoger el vuelo de sus blancos hábitos talares. Las palabras del Prior de Brandeso resonaron mucho tiempo en mis oídos. Resuenan aún. ¡Tal vez por ellas he sabido más tarde sonreír a la muerte como a una mujer!

Ramón María del Valle-Inclán

viernes, 7 de diciembre de 2018

LA PEREGRINA


La apasionante aventura que dio origen al Camino de Santiago.

Isabel San Sebastián vuelve a la novela histórica con una nueva aventura de Alana de Coaña, La visigoda, su personaje más famoso, y nos ofrece un viaje fascinante al origen de un camino que cambió la historia del mundo.

Año 827. En su pequeña corte guerrera, Alfonso II el Casto, rey de Asturias y aliado de Carlomagno, recibe una extraordinaria noticia: en un bosque próximo a Iria Flavia, allá donde termina el mundo, han aparecido los restos del apóstol Santiago. ¿Es posible tal prodigio? El rey decide acudir al lugar, a fin de aclarar el misterio.

En la comitiva marchan nobles enredados en intrigas, fieros soldados, cautivos sarracenos, monjes custodios de turbios secretos... un fiel reflejo de ese tiempo turbulento, cuyo epicentro es un rey determinado a salvar su reino. Y junto a él cabalga Alana, con la esperanza de encontrar a su hijo desaparecido y el desafío de narrar, sin saberlo, la primera peregrinación jacobea de la Historia.

«Me llamo Alana. Por mis venas corre sangre astur y sangre goda. Sirvo a don Alfonso el Magno, rey de Asturias. Mis ojos cansados han visto horrores sin cuento, pero antes de cerrarse para siempre tal vez puedan contemplar el lugar donde reposa el apóstol Santiago»

                Bajo la forma de diario, Alana de Coaña, la protagonista de La Visigoda, nos narra la peregrinación de Alfonso II el Casto en el siglo IX desde Ovetao, la capital del reino de Asturias, hasta Iria Flavia, en el Finis Terrae, en pos de las legendarias reliquias del apóstol Santiago, el Hijo del Trueno, sentando las bases del actual Camino de Santiago. Nos acerca a una época convulsa por las incursiones mulsumanas y por las intrigas palaciegas, una época donde creencias cristianas eran el centro de la vida y el universo… El relato del viaje se intercala con las descripciones de los lugares que atraviesan y las vivencias personales de Alana.

                Los personajes están muy bien trazados: Alfonso, que quiere mantener Asturias libre de los mulsumanes; Alana, curiosa, que ama al rey sin esperar nada, cansada de tantas luchas y sufrimientos; la joven Freyra, cuyo padre Aimerico, consejero del rey, quiere que seduzca al monarca, aunque ella preferiría a alguien joven y no a un viejo; Odoario, un abad campechano; Sisberto, un monje intrigante que no parece confiar en el proyecto…

miércoles, 5 de diciembre de 2018

EL TERCERO A PARTIR DEL SOL


  
Abrió los ojos cinco segundos antes de que sonara el despertador. No le costó despabilarse; fue inmediato. Consciente y frío, tanteó en la oscuridad con la mano izquierda y lo apagó. La alarma brilló un instante y se desvaneció.
    A su lado, su mujer le puso una mano en el brazo.
    —¿Has dormido? —le preguntó él.
    —No, ¿y tú?
    —Un poco. No mucho.
    Ella se quedó callada. El marido oyó como se le hacía un nudo en la garganta, y cuando la sintió estremecerse, supo qué iba a preguntarle.
    —¿Sigue en pie el viaje?
    Se tumbó de lado para mirarla e inspiró profundamente.
    —Sí —respondió, y notó los dedos de su mujer apretándole el brazo.
    —¿Qué hora es? —le preguntó.
    —Las cinco.
    —Será mejor que nos preparemos.
    —Sí, será mejor.
    No se movieron.
    —¿Estás seguro de que podremos embarcar sin que nadie se dé cuenta?
    —Creen que no es más que otra prueba de vuelo. Nadie nos preguntará nada.
    Su mujer no dijo nada, pero se le acercó un poco más. Él reparó en lo fría que tenía la piel.
    —Tengo miedo —le dijo.
    Él le apretó la mano.
    —No te preocupes. No nos pasará nada.
    —Lo que me preocupa son los niños.
    —No nos pasará nada —repitió.
    Ella se llevó la mano de su marido a los labios y la besó con cariño.
    —Vale.
    Los dos se incorporaron a oscuras. La oyó levantarse. El camisón cayó al suelo con un susurro, pero no lo recogió. Se quedó de pie, temblando en el aire frío de la mañana.
    —¿Estás seguro de que no nos hará falta nada más? —le preguntó.
    —No, nada. He metido todo lo necesario en la nave. De todos modos…
    —¿Qué?
    —No podemos pasar cargados por delante del guarda. Tiene que creer que los niños y tú venís simplemente a ver el despegue.
    Su mujer se vistió. Él apartó las sábanas, se levantó, recorrió el suelo frío hasta el armario y se vistió también.
    —Voy a despertar a los niños —dijo ella.
    Él contestó con un gruñido, poniéndose la ropa por la cabeza. Su mujer se detuvo en el umbral.
    —¿Estás seguro de que…?
    —¿De qué?
    —¿De que al vigilante no le parecerá raro que…, que los vecinos vengan también a verte despegar?
    Él se sentó en la cama y se puso a pelearse con las hebillas de los zapatos.
    —Tendremos que arriesgamos —dijo—. Necesitamos que vengan con nosotros.
    Ella suspiró.
    —Parece todo tan frío, tan calculado…
    Se incorporó y vio la silueta de su mujer recortada en la entrada.
    —¿Qué otra cosa podemos hacer? —le preguntó con vehemencia—. No podemos cruzar a nuestros propios hijos.
    —No —dijo ella—. Es que…
    —Es que ¿qué?
    —Nada, cariño. Lo siento.
    Cerró la puerta. El sonido de sus pisadas se alejó por el pasillo. Oyó abrirse la puerta del cuarto de los niños y las voces de ambos. Una sonrisa triste le asomó a los labios.
    «Cualquiera diría que nos vamos de vacaciones», pensó.
    Se puso los zapatos. Al menos, los niños no sabían qué pasaba. Creían que iban a acompañarlo al campo de aterrizaje y que luego volverían y se lo contarían a sus compañeros. Ignoraban que no regresarían nunca.
    Terminó de abrocharse los zapatos y se levantó. Se acercó a la cómoda arrastrando los pies y encendió la luz. Era extraño que un hombre de aspecto tan corriente planeara algo semejante.
    «Frío y calculado». Las palabras de su mujer no se le iban de la cabeza. Bueno, no les quedaba otro remedio. En cuestión de unos años, quizá antes, el planeta desaparecería en un destello cegador. Era su única salida: escapar, empezar otra vez de cero con un puñado de gente en un planeta nuevo.
    Miraba fijamente la imagen que le devolvía el espejo.
    —No hay más remedio —le dijo a su reflejo.
    «Adiós a esta etapa de mi vida», pensó, contemplando el dormitorio Apagar la lámpara fue como apagar una luz en su cerebro. Cerró la puerta con cuidado y apartó los dedos del pomo desgastado.
    Su hijo y su hija bajaban por la rampa, cuchicheando misteriosamente. Él sacudió la cabeza, ligeramente divertido.
    Su mujer estaba esperándolo y bajaron juntos, de la mano.
    —No tengo miedo, cariño —le dijo ella—. Todo saldrá bien.
    —Seguro. Seguro que sí.
    Se dispusieron a desayunar. Él se sentó con los niños. Su mujer les sirvió zumo y fue a por la comida.
    —Ayuda a tu madre, cielo —le dijo a su hija, que se levantó.
    —Ya falta poco, ¿eh, papi? —dijo el niño—. Ya falta poco, ¿eh?
    —Cálmate —le advirtió—, y recuerda lo que te he dicho: una sola palabra a alguien y no vienes.
    Un plato se hizo añicos. Se volvió hacia su mujer, y se la encontró mirándolo fijamente con los labios temblorosos. Luego bajó los ojos y se agachó. Recogió unos cuantos trozos con torpeza, pero después los dejó caer, se irguió y los empujó hacia la pared con el pie.
    —Como si importara —dijo, agitadamente—. Como si importara que la casa esté limpia o no.
    Los niños la miraban, sorprendidos.
    —¿Qué pasa? —le preguntó su hija.
    —Nada, cariño, nada. Estoy un poco nerviosa, eso es todo. Vuelve a la mesa y tómate el zumo. Tenemos que acabar deprisa. Los vecinos llegarán enseguida.
    —Papi, ¿y por qué se vienen los vecinos? —preguntó su hijo.
    —Porque quieren —se limitó a responder—. Déjalo ya. No hables tanto del tema.
    La habitación quedó en silencio. Su mujer sirvió la comida; solo se oían sus pisadas. Los niños no dejaban de intercambiar miradas y de observar a su padre, que no apartaba los ojos del plato. Encontraba la comida insulsa y pastosa. El corazón le retumbaba en el pecho. «El último día. Es el último día».
    —Será mejor que comas —le dijo a su mujer.
    Ella se sentó a la mesa. Levantaba el cubierto cuando sonó el timbre de la puerta; se le resbaló de los dedos flácidos y cayó al suelo. Él le puso al instante la mano en la suya.
    —Tranquila, cariño. No pasa nada. —Se dirigió a los niños—. Id a abrir la puerta.
    —¿Los dos? —le preguntó su hija.
    —Los dos.
    —Pero…
    —Hacedme caso.
    Se escurrieron de las sillas y salieron de la habitación, aunque se volvieron cada dos por tres para mirar a sus padres.
    Cuando la puerta corredera los ocultó, él se volvió hacia su mujer, que estaba tensa y pálida, con los labios apretados.
    —Cariño, por favor. Por favor. Sabes que no os llevaría si no estuviera seguro de que no hay peligro. Ya sabes cuántas veces he pilotado la nave. Y sé exactamente adonde vamos. No hay peligro. Créeme.
    Se llevó la mano de su marido a la cara. Cerró los ojos y unos lagrimones le corrieron por las mejillas.
    —No es e…, no es eso —dijo—. Es que… marchamos, no volver más… Llevamos aquí toda la vida. Esto no es como… mudarse. No podremos volver. Nunca.
    —Escucha, cariño —se apresuró a responder—. Lo sabes tan bien como yo: dentro de unos años, posiblemente antes, habrá otra guerra, una guerra terrible. No quedará nada. Tenemos que irnos. Por nuestros hijos, por nosotros… —Hizo una pausa para sopesar sus palabras—. Por el futuro de la vida en sí —concluyó con un hilo de voz.
    Se sintió mal por haberlo dicho. Era inapropiado decir algo así por la mañana temprano, delante de una comida prosaica, por muy cierto que fuera.
    —Pero no tengas miedo —continuó—. No va a pasarnos nada.
    Ella le apretó la mano.
    —Lo sé —murmuró—. Lo sé.
    Oyeron pasos que se acercaban. Él sacó un pañuelo y se lo dio; ella se enjugó las lágrimas aprisa.
    La puerta se abrió. Los vecinos, que también tenían un hijo y una hija, entraron. Los niños estaban tan entusiasmados que les costaba controlarse.
    —Buenos días —saludó el vecino.
    La vecina se acercó a su mujer y ambas se dirigieron a la ventana para hablar en susurros. Los niños no paraban de moverse y se miraban nerviosos.
    —¿Habéis desayunado? —le preguntó al vecino.
    —Sí. ¿No crees que deberíamos irnos ya?
    —Supongo que sí.
    Dejaron los platos en la mesa. Su mujer subió a buscar ropa para la familia.
    El matrimonio se quedó un momento en el porche mientras los demás entraban en el vehículo de superficie.
    —¿Deberíamos cerrar con llave? —preguntó él.
    Ella sonrió sin saber qué decir y se pasó una mano por el pelo.
    —¿Acaso importa? —dijo, encogiéndose de hombros, y se alejó.
    El hombre echó la llave y la siguió por el camino. Ella se volvió cuando la alcanzó.
    —Es una casa bonita —murmuró.
    —No pienses en eso —le dijo él.
    Le dieron la espalda a su hogar y entraron en el vehículo.
    —¿Has cerrado? —preguntó el vecino.
    —Sí.
    —Nosotros también —sonrió con sorna—. Primero la he dejado abierta, pero he tenido que volver.
    Transitaron por las calles tranquilas. El horizonte empezaba a teñirse de rojo. La mujer del vecino y los cuatro niños iban detrás. Su mujer y el vecino iban delante con él.
    —Va a hacer buen día —comentó el vecino.
    —Eso parece —dijo él.
    —¿Se lo has dicho a tus hijos? —le preguntó el vecino en voz baja.
    —Claro que no.
    —Yo tampoco, yo tampoco —dijo insistente—. Solo preguntaba.
    —Ah.
    Viajaron un rato en silencio.
    —¿No tienes a veces la sensación de… estar huyendo? —le preguntó el vecino.
    —No —respondió con la boca crispada y se irguió, rígido—. No.
    —Supongo que es mejor no hablar del tema —dijo precipitadamente el otro.
    —Mucho mejor.
    Cuando se aproximaban a la garita de la entrada, se volvió.
    —Recordad —dijo—: ni una palabra a nadie.
    El vigilante estaba adormilado y no les prestó atención. Reconoció enseguida al jefe de los pilotos de pruebas de la nave nueva; con eso bastó.
    Le dijo que la familia iba a verlo despegar. No había inconveniente. El vigilante los dejó pasar al muelle de la nave.
    El marido detuvo el coche bajo las enormes columnas. Todos salieron y miraron hacia arriba.
    Muy por encima de ellos, con el morro apuntando al cielo, la gran nave metálica reflejaba las primeras luces de la mañana.
    —Vamos —dijo—. Deprisa.
    Mientras se dirigían rápidamente hacia el ascensor de la nave, el marido se detuvo un momento para mirar atrás. No parecía haber nadie en la garita. Observó todo cuanto lo rodeaba, intentando grabarlo en su memoria.
    Se agachó, recogió un poco de tierra y se la metió en el bolsillo.
    —Adiós —susurró.
    Corrió al ascensor.
    Las puertas se cerraron. La cabina subió en silencio, roto solo por el zumbido del motor y alguna que otra tos cohibida de los niños. Los miró.
    «Llevárnoslos tan jóvenes —pensó—, sin que tengan posibilidad alguna de escoger».
    Cerró los ojos. El brazo de su mujer descansaba en el suyo. La miró. Sus ojos se encontraron y ella le sonrió.
    —Todo va bien —le susurró ella.
    El ascensor se detuvo con una sacudida. Se abrieron las puertas y salieron. Clareaba. Él los hizo avanzar deprisa por la plataforma cubierta.
    Entraron por la escotilla lateral de la nave. Él dudó antes de seguirlos. Quería decir algo apropiado. Ardía en deseos de decir algo apropiado.
    Pero no pudo. Entró, cerró la puerta con un gruñido y apretó bien la manivela.
    —Ya está —dijo—. Vamos.
    Sus pisadas reverberaron en las pasarelas y las escaleras de metal mientras subían a la sala de control.
    Los niños corrieron a mirar por las ventanillas y contuvieron la respiración, asombrados de la altura a la que se encontraban. Sus respectivas madres se colocaron tras ellos y miraron abajo, amedrentadas.
    Él se les acercó.
    —¡Qué alto! —exclamó su hija.
    Él le dio unas palmadas cariñosas en la cabeza.
    —Muy alto.
    Les dio bruscamente la espalda, se acercó al cuadro de mandos y allí se quedó, indeciso. Oyó que se le acercaba alguien por detrás.
    ¿No deberíamos decírselo a los niños? —le preguntó su mujer— ¿No deberíamos decirles que será la última vez que vean todo esto?
    —Adelante —respondió él—. Díselo.
    Esperaba oír sus pisadas alejándose, pero no fue así. Se volvió. Ella le besó la mejilla y fue a decírselo a los niños.
    Accionó el interruptor. En las tripas de la nave prendió una chispa. Una descarga masiva de combustible inundó los conductos, y los mamparos vibraron.
    Oyó llorar a su hija; intentó no prestarle atención. Acercó una mano temblorosa a la palanca. De repente, se volvió. Todos estaban mirándolo. Puso la mano en la palanca y la empujó.
    La nave se estremeció momentáneamente y luego notaron que se precipitaba por la pulida rampa. Salió despedida, más y más deprisa. Todos oían el rugido del viento.
    Vio que los niños se volvían hacia las ventanillas para mirar.
    —Adiós —decían—. Adiós.
    Se hundió, cansado, en el asiento del cuadro de mandos. Con el rabillo del ojo vio que el vecino se sentaba a su lado.
    —¿Sabes adonde vamos exactamente? —le preguntó.
    —Ahí está la carta de navegación.
    El vecino miró la carta y alzó las cejas.
    —A otro sistema solar.
    —Exacto. Tiene una atmósfera como la nuestra. Allí estaremos a salvo.
    —La especie estará a salvo —dijo el vecino.
    Asintió y se volvió para mirar a su familia y a la de su vecino, que seguían mirando por las ventanillas.
    —¿Qué has dicho? —preguntó.
    —Que cuál de estos planetas es —repitió el vecino.
    Se inclinó sobre la carta de navegación y señaló uno.
    —Ese pequeño de ahí —dijo—, al lado de esa luna.
    —¿Este? ¿El tercero desde el sol?
    —Exacto —respondió él—. Ese. El tercero desde el sol.

Richard Matheson