viernes, 16 de diciembre de 2016

ME ENCANTA LA NAVIDAD


Toda ella: decorar el árbol y cantar en el coro y hornear galletas y envolver los regalos.  Incluso me gustan las partes que la mayoría de la gente odia: ir de compras a los atestados  entros comerciales y leer los boletines de noticias navideños que me envían la familia y los amigos e ir a ver a la familia y esperar junto a la cinta de los equipajes en el aeropuerto.
Está bien, he mentido. A nadie le gusta esperar junto a la cinta de los equipajes en el aeropuerto. Sin embargo me encanta ver a la gente salir de los aviones, y el muérdago y las velas, y el ponche de leche y huevo y los villancicos.
Pero, sobre todo, me encantan las historias y las películas sobre la Navidad. Está bien, he mentido de nuevo. No me encantan todas las historias y las películas sobre la Navidad. Que Bello Es Vivir, por ejemplo, y “El Abeto” de Hans Christian Andersen.
Pero me encanta De Ilusión también se Vive y El Árbol de Navidad que no Fue Decorado de Christopher Morley y el poema de Christina Rosetti Pleno Invierno. Mi familia ve Juegos de Amor en la Universidad e Historias de Navidad cada año, y nosotros leemos en voz alta El Traje para la Nieve de las Navidades Pasadas de George V. Higgins cada Nochebuena, y buscamos ansiosamente nuevos clásicos que añadir a nuestras tradiciones.
No hay muchos. Eso se debe a que las historias de Navidad son mucho más difíciles de escribir de lo que parece, en parte porque el tema es más bien limitado y la gente lleva escribiéndolas desde hace cerca de dos mil años, de modo que simplemente han agotado todas las variaciones posibles de muñecos de nieve, Santa Claus y pastores.
Se han contado historias desde el punto de vista del cuarto rey mago (que fue asaltado camino a Belén), el posadero, la esposa del posadero, la muía y la estrella. Ha habido historias acerca de los Santa Claus de los grandes almacenes, falsos Santa Claus, Santa Claus quemados, Santa Claus sustitutos, Santa Claus reluctantes y Santa Claus sometidos a dieta, sin decir nada de la esposa de Santa Claus, sus elfos, sus renos, y Rudolph. Hemos tenido nacimientos en Navidad (¡por supuesto!), muertes, separaciones, encuentros, líos, intentos de suicidio y enfermedades de todo tipo. Y Navidad en Hawai, en China, en el pasado, en el futuro y en el espacio profundo. Hemos oído hablar de pastorcillos, de reyecitos magos, de angelitos y del ratoncito que no hacía ruido. No hay mucha cosa que no se haya dicho ya.
Además, el escritor de historias de Navidad tiene que caminar por la cuerda floja entre el sentimentalismo y el escepticismo, y la mayoría de escritores terminan cayendo en el cinismo o en la más empalagosa simpleza.
Y sí, estoy hablando de Hans Christian Andersen. Él inventó la ultrasensiblera historia lacrimógena, cuya trama Máximo Gorki, en un arranque de acrimonia, describió como tomando a una pobre niña o niño y abandonándolo «para que se helara en algún lugar debajo de una ventana, detrás de la cual suele haber un árbol de Navidad que arroja su radiante esplendor sobre él». Desamparadas muchachitas, firmes soldados de hojalata, incluso muñecos de nieve (fundidos, no helados) se enfrentan a un destino que ninguno de ellos (ni nosotros) merecemos, especialmente en Navidad.
Nadie, antes de la llegada de Andersen, había pensado en escribir unas historias de Navidad tan deprimentes. Ni siquiera Dickens, que había matado a un respetable número de niños en sus libros, mató al Pequeño Tim. Pero Andersen, al parecer proclive a estropear las vacaciones a todo el mundo, congelaba a los inocentes niños, fundía los leales juguetes hasta convertirlos en masas de plomo, y talaba inofensivos abetos que simplemente estaban allí tan tranquilos en el bosque, ocupados de sus propios asuntos, para convertirlos en leña.
Peor aún, inspiró a docenas de imitadores, que se dedicaron a matar piadosos niños (algunos de los cuales, debo admitir, eran absolutamente insufribles y merecían morir) y otra pobre gente durante todo el resto de la época victoriana (...)
Así que, ¿hay alguna buena historia de Navidad ahí fuera? Apuesten a que sí, empezando con la original. El relato de la primera Navidad (ya saben, el niño en el pesebre) tiene todos los elementos de una gran historia: dramatismo, peligro, efectos especiales, sueños y advertencias, traiciones, escapadas por los pelos y —combinada con la historia de la Pascua— el más feliz de todos los finales.
Y tiene grandes personajes: José, que se ve superado por lo que ocurre a su alrededor pero hace todo lo que puede; los reyes magos, que esperan un palacio y encuentran un establo; el vil Herodes que decía: «Cuando encontréis a ese rey, decidme donde está a fin de que pueda ir a adorarle», y enviaba luego a sus esbirros a intentar matar al niño; el ambivalente posadero, y María, con sus catorce años, que reflexionaba sobre todo ello en lo más profundo de su corazón. Es una gran historia…, no es extraño que haya durado dos mil años.
Las modernas historias de Navidad que me gustan  incluyen El Regalo de los Magos de O’Henry, El Viaje de los Magos de T. S. Eliot, y La Mejor Representación de Navidad de todos los Tiempos de Barbara Robinson, acerca de una representación de Navidad en una iglesia invadida por una pandilla de gamberros llamados los Vaqueros. Los Vaqueros intimidan a todo el mundo y fuman y maldicen y acuden solamente porque han oído que después hay refrescos. Y transforman lo que era una tranquila y aburrida representación de Navidad en algo extraordinario.
Puesto que soy escritora de ciencia ficción, me siento inclinada por supuesto hacia las historias de Navidad de ciencia ficción. La ciencia ficción siempre ha tenido la habilidad de hacernos ver el mundo desde un ángulo distinto, y la Navidad no es una excepción. La ciencia ficción ha contemplado la primera Navidad desde una nueva perspectiva (el clásico de Michael Moorcock He aquí el Hombre) y bajo un nuevo envoltorio (Oscura Concepción de Joe L. Hensley y Alexei Panshin).Nos muestra la Navidad en el futuro (La Huella de una Leyenda de Cyntia Felice) y la Navidad en el espacio (la maravillosa El Regalo de Ray Bradbury). Y se centra en la propia Navidad (la inquietante El Bosque Virgen de Mildred Clingerman).
Mis historias de Navidad de ciencia ficción preferidas son La Estrella de Arthur C. Clarke, que cuenta la historia de la estrella de Navidad que guió a los reyes magos a Belén, y la hilarante historia de Thomas Disch El Compromiso de Santa Claus, en la cual dos intrépidos periodistas de investigación de seis años ponen al descubierto el impresionante escándalo que se esconde detrás de Santa Claus.
También me gustan los misterios. Pensarán ustedes que el asesinato y la Navidad no encajan demasiado bien, pero el marco y la posibilidad de asesinatos conectados con el muérdago/budín de ciruela/Santa Claus ha inspirado a un gran número de escritores de misterio, empezando con Arthur Conan Doyle Y La Aventura del Carbunclo Azul, que implica un ganso de Navidad. Algunos de mis misterios preferidos son El Collar de Perlas de Dorothy Sayers, Asesinato en Navidad de Agatha Christie, y El Día más Corto: Asesinato en la Celebración de Jane Langton. Mi preferida absoluta es la cómica historia de John Mortimer «Rumpole y el Espíritu de la Navidad», que presenta a un viejo y gruñón Scrooge en la figura de un abogado, Horace Rumpole, y su maravillosa esposa, La Que Tiene Que Ser Obedecida.
Las comedias son probablemente mi tipo preferido de historias de Navidad. Me encanta La Navidad de Dancing Dan de Damon Runyon (en realidad me encanta todo lo que escribió Damon Runyon, y si nunca lo han leído, deben ir a ver inmediatamente Ellos y ellas. Lo mismo puedo decir de P. G. Wodehouse, cuyo Jeeves y el Espíritu de la Navidad y Otra Canción de Navidad son puro Wodehouse, lo cual significa que son indescriptibles. Si tampoco han leído nunca a Wodehouse, ¡no saben lo que se han perdido! Escribió más de un centenar de libros: empiecen con cualquiera de ellos). Tanto Runyon como Wodehouse equilibran sentimiento y cinismo, ironía, y el espíritu de la Navidad, la naturaleza humana y los finales felices, sin el menor paso en falso.
Y luego está El Árbol de Navidad que no Fue Decorado de Christoher Morley, escrita claramente como reacción a El Abeto de Hans Christian Andersen. Al contrario que Andersen, Morley comprende que la finalidad de la Navidad es recordarnos no solo el sufrimiento, sino también la salvación. Su historia duele, luego desespera. Y luego regocija.
Casi todas las grandes historias (de Navidad u otras) poseen ese terrible momento en el que todo parece perdido, cuando estás seguro de que las cosas no funcionarán, los tipos malos ganarán, la caballería no va a llegar a tiempo, y ellos (y nosotros) no nos salvaremos (...)
Ese honor (la mejor historia) pertenece a Dickens y su inmortal Canción de Navidad. El rumor de que Dickens inventó la Navidad no es cierto, como tampoco lo es, probablemente, la historia de que, cuando murió, una pobre niña vendedora ambulante sollozó: «¿Dickens ha muerto? Entonces, ¿también ha muerto la Navidad?» Pero debería serlo.
Porque Dickens hizo lo imposible: no solo escribió una obra maestra que captura la esencia de la Navidad, sino una que era lo bastante buena como para sobrevivir a su propia fama. Ha habido un millón, la mayor parte de ellas horribles, de versiones en cine, televisión y musicales, con Scrooge interpretado por todo el mundo, desde Basil Rathbone hasta el Fonz, pero ni siquiera el peor de ellos ha conseguido dañar la maravillosa historia de Scrooge y el Pequeño Tim. Una razón de que sea una historia tan grande es que Dickens amaba la Navidad. (Y no es extraño. Su infancia fue la de Oliver Twist y la Pequeña Dorrit combinadas, sin ningún abuelo cariñoso o Arthur Clennam a la vista. Toda su vida adulta debió de parecer como una gran Navidad). Creo que uno tiene que amar la Navidad para escribir sobre ella.
Por otra parte, sabía mucho acerca de la naturaleza humana. Recordar el pasado, ver realmente el presente, imaginar las consecuencias de nuestras acciones en el futuro, son la forma por la cual crecemos y cambiamos. Dickens conocía esto años antes de Freud.
También sabía mucho acerca de escribir. La trama es sensacional, los diálogos estupendos, y la frase que abre el libro: «Dígase para empezar que Marley estaba muerto…» es superada tan solo por «Llámame Ismael» como una de las grandes primeras frases de la literatura. Sabía también cómo terminar las historias, y que se supone que las historias de Navidad tienen finales felices.
Finalmente, la historia nos emociona porque deseamos creer que la gente puede cambiar. No lo hace. Todos hemos aprendido por la amarga experiencia (aunque probablemente no tan amarga como la de Dickens) que el mundo está lleno de avarientos y ladrones, que Scrooge sigue siendo Scrooge hasta el final, y nadie alzará un dedo para ayudar al Pequeño Tim.
Pero la Navidad es acerca de alguien que creía, pese a las pruebas abrumadoras, que la humanidad es capaz de cambiar y digna de ser redimida. Y la historia de la Navidad de Dickens es de hecho «la» Historia de la Navidad. Y el endurecido corazón que se abre al final es el nuestro.
Si parezco apasionada (y a veces susceptible) acerca de las historias de Navidad, es porque lo soy. Me encanta la Navidad, con toda su complejidad e ironía, y me encantan las historias sobre la Navidad (...)
Espero que les gusten. ¡Y espero que tengan una muy feliz Navidad!

Connie Willis

jueves, 15 de diciembre de 2016

EL DESPERTAR


Hará poco más de un año de esto, si la memoria no me engaña y el tiempo, gran fabulador, no lo ha distorsionado todo.
Un estruendo furioso, venido quién sabe de dónde, interrumpió el ensimismamiento en que había permanecido inmerso durante cuatro siglos. Fue como el golpe dado con un ariete contra una puerta gigantesca, o como el fragor de un gran salto de agua, al despeñarse desde un alto risco.
No estaba yo preparado para el despertar. Como el durmiente que se resiste a abandonar el lecho, quise volver a sumergirme en lo que algunos llaman el descanso eterno. Ya casi lo había conseguido cuando irrumpieron nuevos ruidos, obra de una máquina desconocida. Intenté ignorarlos, pero fue en vano.
De pronto recordé esa aventura de mi libro en la que el ingenioso hidalgo y su escudero pasan la noche entera oyendo un espantable sonido que, según descubren al rayar el alba, se debe a unos mazos de madera movidos por la fuerza del agua, que causan el estruendo al golpear pieles y paños varios.
Ese recuerdo me tranquilizó, porque me hizo ver que los mayores temores son fútiles y anidan en nuestras mentes Pero otros ruidos taladraron la paz del lugar: traqueteos, chirridos, voces…
—Estoy seguro de que daremos con él —oí decir, tan cerca de mí que sentí como si hablasen conmigo—. Ya ves que el templo es relativamente reducido. Podría estar en uno de los muros o ahí mismo, bajo el altar de la Inmaculada.
—O en la cripta —replicó otra voz.
—Sí, claro, en la cripta también. Pero primero probaremos el georradar aquí arriba. Si hay que buscar más, tendremos que volver a hablar con las monjas, para que nos den luz verde.
—¿Y excavar?
—No hasta que estemos completamente seguros de encontrarlo. Y entonces habrá que pedir permiso también. Las monjas están algo nerviosas, y hay que ir paso a paso. Algunas son bastante mayores. Ayúdame a apartar esos bancos, ¿quieres?
Otras conversaciones se superpusieron, y percibí un rumor de voces femeninas. Ciertas palabras se repetían con mayor frecuencia: enterramientos, ladrillos, subsuelo, zócalo. También me llegaron retazos de una jerga que nunca había oído, y cuya dificultad superaba en mucho al lenguaje rufianesco de las cofradías de maleantes, como la que yo había descrito en Rinconete y Cortadillo: cámaras endoscópicas, sensores térmicos, perfil genético... ¿Era mi idioma aquello? Y, si lo era, ¿en qué escuela o academia se enseñaba aquel vocabulario pasmoso? ¿En qué consistía el ADN, por ejemplo, que los intrusos mentaban cada dos por tres? ¿Sería, como el abecé, una suerte de comienzo o compendio de todas las cosas? ¿No habían encontrado una palabreja más agraciada para designar al georradar, fuera lo que fuese? Y, ya puestos, ¿qué tipo de luz verde esperaban recibir los intrusos por parte de las monjas? ¿Sería como los fuegos fatuos de las tumbas o como el fuego de san Telmo, que en ocasiones brilla en los mástiles de los barcos?
Soporté el bullicio durante largo tiempo, hasta que tanto las voces difusas como el resto de ruidos se extinguieron. Bendije el silencio, que para mí fue siempre la primera piedra del templo de la filosofía, y me hice a la idea de que todo había sido una pesadilla.
Pero de repente, cuando apenas había vuelto a caer en brazos del sueño, la ominosa pesadilla se repitió, y los trabajos, fueran los que fuesen, empezaron de nuevo. Las dos voces que había oído al principio retomaron el diálogo:
—Habrá que actuar rápido —declaró el que parecía más seguro—. Si encontramos un hueso que pertenece claramente a una mujer o a un joven, lo descartaremos enseguida, sabiendo que no puede ser suyo.
—Estoy de acuerdo en eso —dijo el otro—. Pero ¿cómo vamos a reconocerlo?
—Si los restos están solos y bien conservados, será fácil. Recuerda: buscamos a un hombre de unos setenta años, de mediana estatura, con solo seis dientes, la mano izquierda impedida o atrofiada y huellas de arcabuz en el esternón o en las costillas. Si no se las hubieran extraído en vida y hubiese muerto con ellas, el ataúd podría contener balas de plomo. En cuanto a la ropa, algunos dicen que lo enterraron con un simple sudario y otros mencionan el hábito de la orden tercera de San Francisco, de estameña parda. Quizá llevase un crucifijo de madera en las manos.
Me quedé atónito, porque aquella gente parecía estar hablando de mí mismo. ¿Acaso no era yo de estatura mediana, esto es, ni grande ni pequeño? ¿Acaso no tenía solo seis dientes, mal acondicionados y peor puestos, sin correspondencia los unos con los otros? ¿Acaso no había sido yo herido en el pecho y en la mano izquierda en la batalla naval de Lepanto, la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros? ¿Acaso, en fin, no había profesado a última hora todos los votos como terciario de san Francisco, para ahorrarme, y sobre todo ahorrarle a mi triste mujer, a la que solo podía legar los beneficios de mi último libro, los gastos del entierro?
Al momento rechacé la idea. No se me escapaba que las iglesias hacen colección de reliquias, ni que los reyes y otras gentes encumbradas sienten gran veneración por los huesos de los santos, adornan con ellos sus altares y les rezan y sacan brillo en momentos de apuro. Pero ¿qué interés podía tener alguien en encontrar mis humildes y averiados restos? Yo no era un escritor célebre ni un santo venerable, sino un soldado veterano y mutilado, un hidalgo empobrecido y sin fortuna, como el asendereado don Quijote. Más aún, ¿estaba yo realmente muerto y enterrado? Y, si lo estaba, ¿cómo era que tenía plena conciencia de aquellas voces?
Hice memoria y me vi a mi mismo con los ojos del recuerdo. Estaba echado en la cama, demasiado enfermo para salir de casa pero no para escribir, y terminaba a duras penas mi Persiles y Sigismunda con la consabida dedicatoria al conde de Lemos, una tarea que me preocupaba y que temía dejar inacabada:
«Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir».
Así me dirigí al conde, con la esperanza de que su protección y ayuda se extendieran al más allá e incluso fuera más generoso conmigo y con los míos de lo que había sido en este mundo cruel y pasajero.
Catalina, mi mujer, suspiraba y lloraba junto al lecho, con la cabeza baja.
—¡Qué pena que ya no podré aceptar la invitación del emperador de la China! —le dije, para provocarle la risa.
—¿Qué invitación es esa? —me preguntó, con algo de alarma—. ¿Cuándo llegó? No sabía que el emperador de China te hubiese mandado una carta.
—Pues sí. Quiere que dirija la escuela de español que pretende fundar allí, en China, donde mi Don Quijote será el único texto de enseñanza. Solo me ha impuesto una condición, y es que yo aprenda el chino, para leerle cada noche en voz alta.
Catalina prorrumpió en carcajadas, a pesar suyo.
—¡Qué humor tienes, Miguel!
—En el fondo, no poder ir es casi un alivio. Marco Polo cuenta que China, a la que él llama Catay, está atestada de dragones, y que hasta el emperador es un dragón disfrazado. ¡Como si yo no hubiera lidiado ya con suficientes dragones en esta tierra!
Recuerdo esa chanza pero no la aproximación de la muerte, que también debió llegar disfrazada, porque no la sentí.
Fuera, el diálogo continuaba, y los intrusos, sin darse cuenta, respondían a algunas preguntas que yo mismo me hacía o planteaban nuevas incógnitas.
—Me gustaría saber de qué murió —comentó el que parecía más bisoño—. Le habían diagnosticado hidropesía, pero puede que fuera la diabetes, que entonces no se conocía. Dicen que una es síntoma de la otra. Mi abuelo, sin ir más lejos, padece ambas cosas.
—¿Qué edad tiene?
—Ochenta y pocos, creo.
—Yo me daría por satisfecho con llegar a esa edad. En cuanto a nuestro hombre, lo primero es identificarlo y luego estudiarlo. Todo depende del estado de conservación de su ADN, y ese estado, como sabes, no depende tanto de la edad de los restos como de las condiciones del enterramiento: la humedad, la temperatura, la composición del suelo... Aquí mismo, dentro del convento, las condiciones pueden cambiar mucho de un emplazamiento a otro. Sea como sea, pasaron cuatro siglos.
Fue en este punto cuando me enteré de la duración de mi letargo y se me escapó una exclamación de sorpresa. Algo debieron notar, porque el que hablaba se interrumpió por un instante.
—Deben ser las termitas —observó el otro.
—Espero que no —titubeó su compañero, antes de proseguir—. En cualquier caso, estos nuevos aparatos son magníficos. Como le expliqué ayer a un periodista, nos permiten relacionar las variantes de los átomos en el hueso o los dientes, esto es los isótopos, con los datos biográficos del difunto. Un ADN bien conservado sirve para determinar dónde vivió un hombre, y hasta su relación con el vino y la comida.
—«Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, más algún palomino de añadidura los domingos» —citó el otro, demostrando que me había leído.
La oportunidad de la cita me conmovió, entre otras razones porque, aunque todavía no habían pronunciado mi nombre, a partir de aquel instante no me cupo la menor duda de que hablaban de mí, y de que, si me habían enterrado en el recinto de un convento, debía de tratarse del de las Trinitarias Descalzas, en la calle Cantarranas, del que era vecino. No en vano las monjas del lugar eran las protegidas del conde de Lemos, y yo les había prestado mi ayuda en asuntos de papeles. Además, la orden trinitaria había pagado mi rescate al bey de Argel, cuando los moros me tuvieron cautivo.
—Podríamos realizar las pruebas de laboratorio aquí mismo, si nos apuran —siguió hablando uno de los desenterradores, quiero decir de los devotos de los huesos—, ya que en teoría no estamos autorizados a llevarnos las muestras. Pero ya decidiremos sobre la marcha. Y ahora pongámonos a trabajar, que es hora.
Se alejaron y estuvieron trajinando durante largo rato, en compañía de otros de su gremio. Imagino que estarían haciendo una especie de calas o mediciones, porque en determinado momento se detuvieron sobre mí y sentí una sacudida muy ligera y luego otra y otra. Si aquello no era magia, lo parecía. No me descubrieron, acaso porque aquel día andaban poco finos o porque mi cuerpo había cambiado de forma tantas veces que ninguna concordaba con lo que perseguían.
Creo que fue ese día cuando les oí contar que en la época de mi muerte la capilla del convento, donde me habían enterrado al principio, había estado en otro lugar, aunque dentro del mismo contorno, y que mis restos habían sido trasladados, acaso en repetidas ocasiones, antes de que les perdiesen la pista. De ahí que ahora tuviesen tantas dificultades para dar conmigo.
La historia me intrigó mucho, porque no podía entender que entonces no me hubiese apercibido de esas mudanzas y ahora me hubiese vuelto tan sensible. Pero es cierto que sabemos muy poco de cómo nos convertimos en figuras espectrales o en espíritus, y quizá hace falta una disposición natural y un aprendizaje, como en todo.
Los intrusos volvieron a ausentarse, sin duda porque había concluido su jornada, y yo me quedé pensando en cómo podría hacer que se fueran definitivamente y me dejaran tranquilo. Y es que no sentía el menor deseo, fuera cual fuese el estado de conservación de mi degradado ADN, de ser tocado y manoseado, para determinar qué comía y bebía, o de qué había muerto.
De pronto se me ocurrió una idea jocosa, digna del novelista que era o había sido: les asustaría de mil maneras, haciéndoles ver que había regresado del más allá para vengar la profanación de mi tumba, y que les convenía abandonar las pesquisas. Ni siquiera había necesidad de que me esforzara mucho. Yo era realmente un espíritu, y solo tenía que hacerme pasar por un espíritu rencoroso y malhumorado.
Había, empero, un inconveniente, que descubrí enseguida. Si permanecía oculto, y profería gritos y gemidos desde mi escondite, acabarían por localizarme, y mi maniobra de distracción fracasaría. Debía, pues, salir a campo libre y arriesgarme, como ha de hacer cualquiera que se precie.
Vergüenza me da confesarlo, pero mis restos mortales habían quedado reducidos a un montón, no ya de huesos andantes, sino de mísero polvo. Ese mísero polvo, sin embargo, tenía memoria y conciencia. ¿Sería también capaz, estando a merced de cualquier soplido o corriente de aire, de utilizar todos los recursos propios de un espíritu: ruido de pasos en estancias desiertas, puertas que se abren y se cierran solas, muebles que se desplazan por sí mismos y, lo más difícil, ofrecer una presencia material suficientemente consistente y aterradora?

Vicente Muñoz Puelles, El Despertar de Cervantes

miércoles, 14 de diciembre de 2016

LA PUERTA DE LOS TRES CERROJOS


Niko, un chico solitario de 14 años, descubre un mensaje en el techo de su cuarto que le invita a modificar sus hábitos y decide no seguir el camino que cada día recorre para llegar al instituto. Al variar su ruta, descubre una casa que nunca antes había visto. Atraído por el misterio, se adentrará en ella y se verá inmenso en un extraño universo.

Dentro del Mundo Cuántico ocurren cosas sorprendentes, desde una guerra entre la materia y la antimateria a las desapariciones del gato de Schrödinger, pasando por un taller de relojería donde se pone a prueba la relatividad del tiempo. Inmerso en esta aventura inesperada, Niko tiene la misión de devolver el equilibrio, ahora en peligro, entre su mundo y el universo cuántico que acaba de descubrir, pues sus desafíos a las leyes físicas conocidas y los experimentos tienen un reflejo –no siempre positivo– en el mundo que acaba de dejar atrás.

Sonia Fernández-Vidal a partir de una narración sencilla, nos explica de una forma sencilla  conceptos y teorías físicas (el gato de Schrodinger, el bosson de Higgs…). La lectura es fácil, rápida, y los acertijos que se nos van planteando a lo largo del libro nos enganchan y nos obligan a  fijarnos bien en comprender el enunciado adecuadamente para resolver un problema.

Los personajes nos resultan modernos en su forma de relacionarse, en sus actitudes ante los hechos que les suceden, y todos tienen en común su pasión por el estudio. Niko nos plantea la necesidad del conocimiento y el poder de la curiosidad: “¡Si quieres llegar a alguna parte, haz las preguntas correctas!” . 

martes, 13 de diciembre de 2016

TABLA PERIÓDICA ORTOGRÁFICA


Los símbolos de la tabla periódica están compuestos por una o dos letras. En ellas los químicos ven elementos, y Juan Romeu, filólogo que ha trabajado en la RAE como editor de la Nueva Gramática, también normas ortográficas: su tabla periódica de la ortografía se ha colado en la portada del agregador de noticias Menéame durante el fin de semana y, en Facebook, se compartió unas 2.500 veces en 48 horas.

La tabla conserva las denominaciones de la tabla periódica original y añade una breve descripción de una norma ortográfica a cada elemento. Lo complicado ha sido  condensar los comentarios de cada elemento para que ocuparan muy poco pero fueran comprensibles.

Para Romeu, parte del éxito de su post -y uno de los motivos por los que comenzaron el proyecto de Sin Faltas- se debe a que la ortografía y la lengua están de moda. "Hay quien dice que las redes sociales son un peligro para la lengua", explica, "pero yo creo que es al contrario: gracias a ellas escribimos más que nunca, prácticamente todos escribimos todos los días, y hay que aprovecharlo".

lunes, 12 de diciembre de 2016

EL PRISIONERO DE ZENDA

Hay novelas que contienen un doble misterio. Uno de esos misterios es el de la historia que su autor cuenta en ellas: un peculiar atractivo que, gracias al talento y al oficio de quien las escribe, puede mantener a un lector —incluso a millones de lectores— atrapado entre sus páginas, viviendo las peripecias que allí se narran, olvidado por completo del mundo real. Aunque hay un segundo misterio más sutil cuyo secreto nadie ha podido desentrañar aún, pero que es causa del torrente de luz que deslumbra la historia misma, la independiza de su tiempo, de sus lectores e incluso del propio escritor, y pasa a convertirla en algo especial. A integrarla en el muy selecto club de los libros que nunca envejecen.

El Prisionero de Zenda es una de esas novelas privilegiadas. Surgió en 1894 de la pluma del escritor inglés Anthony Hope, y enseguida se convirtió en indiscutible bestseller. Sus ingredientes eran —y lo siguen siendo— infalibles: amores imposibles, héroes galantes, villanos inteligentes, princesas hermosas, coronas en peligro, fieles servidores… Todo ello, situado en el corazón de la Europa elegante de finales del siglo XIX: ese territorio mítico donde se cruzaban viajeros dandis realizando el Grand Tour, condesas misteriosas que tomaban las aguas en balnearios enclavados en mágicas montañas, investigadores privados tras la huella del mal en ciudades envueltas en niebla, infieles esposas fugitivas con jóvenes apuestos en el Orient Express, ladrones de guante blanco al acecho de las perlas de adineradas jovencitas que paseaban por Niza o leían a mister Barnabooth en la terraza de un hotel de Sorrento… Un mundo que ya sólo es posible en la imaginación, en las bibliotecas y en la memoria.

Aventuras, amor, espadachines. Fórmula imbatible cuando la guían la oportunidad y el talento. El Prisionero de Zenda nació tocada por los dioses, y abriéndose paso entre grandes del género se convirtió en una de las novelas más leídas, erigiéndose además como pionera en la creación de historias ambientadas en países imaginarios. No busquemos Ruritania en guías de turismo, porque no existe en los mapas del mundo conocido; pero las aventuras ruritánicas suscitaron una moda que tuvo su continuidad en una segunda parte a la que Hope tituló Ruperto de Hentzau. Con ellas, el éxito literario se trocó en fenómeno social y el cine se encargó del resto. Distintas adaptaciones cinematográficas, desde el cine mudo al tecnicolor, perpetuaron estas aventuras en el tiempo, convirtiendo en leyenda a sus protagonistas, y el castillo de Zenda, con permiso del castillo de If de El conde de Montecristo, en uno de los más famosos de la literatura.

Leí por primera vez El Prisionero de Zenda a finales de los años cincuenta, en una edición popular de aventuras —aquellas leidísimas novelas de quiosco, en ediciones baratas de gran tirada, quizá la de Editorial Molino— que encontré casualmente en la biblioteca de una de mis abuelas. Desde el primer momento me fascinaron la aventura y sus ingredientes, los personajes, el ambiente, los códigos de lealtad, la atractiva figura del malvado Ruperto de Hentzau, el amor imposible del valeroso Rudolf Rassendyll por la princesa Flavia. Al día siguiente ya estaba jugando con mis amigos a duelos a vida o muerte junto al imaginario foso del castillo de Zenda, espada en mano, o me sentía galopar por los bosques ruritanos para salvar a mi primo el rey, cautivo del siniestro Miguel El Negro. Vinieron pronto las películas, pocos años después: primero la versión protagonizada por Ronald Colman, con Douglas Fairbanks Jr. como magnífico Ruperto de Hentzau (1937), y luego la de Stewart Granger (1952), en la que el peligroso, elegante, malvado y sonriente espadachín Hentzau era encarnado por James Mason. No fue hasta muchos años más tarde cuando conocí, gracias al DVD, la versión muda en blanco y negro (1922), con Lewis Stone como protagonista y, en el papel de Hentzau, a un extraordinario Ramón Novarro. Y cada vez, cada película, cada recuerdo, me llevó de nuevo a la novela, que volví a releer y disfrutar enriquecida en mi imaginación y mi memoria.

Hay jovencitos que no deberían hacerse mayores sin haber leído El Prisionero de Zenda, y adultos que dejan de serlo, mágicamente, cuando vuelven a sus páginas. Eso suele ocurrir. Todos los que alguna vez, o varias, hemos paseado por ellas, cargamos con el sello de Ruritania en nuestro pasaporte y un pétalo de rosa entre las hojas de un libro, junto a una nota garabateada con tinta azul: «Fui rey, no lo soy. Soy el que fui y no soy. Pero siempre he sido aquel a quien amó y ama Flavia».

Arturo Pérez Reverte

domingo, 11 de diciembre de 2016

EXPLOSIÓN


A la memoria de los fallecidos por los atentados de hoy

Fue entonces cuando una explosión de dimensiones colosales hizo saltar el suelo por los aires. De Scotland Yard salieron humo y llamas rugientes. Una ráfaga de calor lo empujó, y vio a un cochero cruzar volando la calle y estrellarse contra las ventanas delanteras de la taberna. Del interior llegó una sucesión de sonidos estrepitosos cuando las pesadas mesas empezaron a caer por un efecto dominó. El ruido creó estallidos blancos por todas partes. Un manojo de teclas de máquina de escribir pasó flotando por su lado. Al volver la cabeza se notó la piel rígida bajo una capa de hollín. En el callejón estaba casi totalmente protegido excepto por unos cuantos cascotes de vidrio y ladrillo que salieron disparados del otro extremo y se desparramaron alrededor de sus zapatos. Luego el ruido cesó y se hizo un largo silencio lleno de espirales de humo, cortinas de papel flotante e incendios aislados.

Se quedó inmóvil. No oía nada, aunque veía a otras personas gritar. En la palma de su mano, el reloj parecía funcionar demasiado despacio. Un joven agente de policía le agarró el brazo y lo miró a los ojos. Thaniel le leyó los labios lo bastante bien para saber que le preguntaba si estaba herido. Negó con la cabeza. El agente le indicó que volviera al Ministerio del Interior para no herirse con los cascotes. Estaban en todas partes, obstruyendo por completo la calle que debería haber conducido a Trafalgar Square.

Del interior del Rising Sun salía humo. Los barriles habían estallado y el mostrador ardía. Salieron varios hombres tambaleándose, dándose palmadas en las mangas para apagar las cenizas naranjas que las cubrían. Dolly no estaba entre ellos. Pasando por alto al agente, se agachó por debajo de lo que quedaba del marco de la puerta.

—¡Dolly! —No se oía su propia voz, y no podía saber si había gritado con suficiente fuerza para que alguien lo oyera por encima del fuego.

El local era pequeño y no tardó en encontrar a Williamson medio atrapado bajo una de las grandes mesas. Tenían capacidad para doce personas sentadas, al estilo vikingo, pero el estallido las había arrojado contra la barra. La esquina de una mesa se había desplomado sobre las tablas del suelo donde estaban antes de salir y las astillas se amontonaban junto a un hoyo que se abría directamente a la bodega. Encendidas por las llamas que corrían a lo largo del brandy derramado sobre la barra, eran de un rojo sangriento. No se paró a mirar pero la visión se le quedó grabada en la mente, y un dolor imaginario le recorrió las costillas, donde se le habría incrustado la mesa de haber permanecido allí dentro.

Tiró de Williamson para sacarlo de allí. Este se tambaleó mientras salía, pero pareció recuperar el equilibrio después de que Thaniel lo sostuviera unos instantes. Entre los dos liberaron a la camarera, que tuvo que pasar por encima de las espitas de los barriles. No lograron dar con la puerta en medio del humo, por lo que salieron por las ventanas hechas añicos.

—Tengo que irme —dijo Williamson, cogiendo a Thaniel del brazo—. Debo ocuparme de todo esto, ¿comprende? Váyase...

Lo interrumpió un estallido lejano.

—Por Dios, otra. —Williamson se quedó mirando en esa dirección—. Váyase a casa. Lejos del centro de la ciudad, por el amor de Dios. No se aparte del río; no se acerque demasiado al Parlamento. Y usted, señorita Collins, vamos. —Sin detenerse, corrió tras los agentes que ya se dirigían en tropel hacia los edificios en ruinas de Scotland Yard.

La joven miró a Thaniel sin comprender y empezó a abrirse paso entre los cascotes. El se quedó inmóvil un instante y luego echó a andar por donde había llegado. Williamson tenía razón; lo único que podía hacer era marcharse a casa y confiar en que los irlandeses no tuvieran interés en Pimlico.

El humo de la explosión lo acompañó a lo largo de Whitehall Street. Mientras caminaba se convirtió en una compañía de fantasmas. Notaba el tictac del reloj a través de lapalma. Tendría que dárselo a Williamson, en realidad yadebería haberlo hecho antes. Solo el fabricante de una bomba sabía con exactitud cuándo esta estallaba. Esa alarma había sido programada como una advertencia. Las luces de la estación de metro de Westminster se filtraron por las escaleras y a través del humo.

—¡Apartaos, apartaos!

Se hizo a un lado a la izquierda para dejar pasar a dos hombres con una camilla. Corrían hacia un hospital; los médicos ya estaban arremangándose en las puertas mientras esperaban a los heridos, con las batas blancas ya grisáceas a causa del hollín suspendido en el aire. El hombre de la camilla estaba muerto. Thaniel se quedó mirándolo. Todavía tenía los ojos abiertos y había muerto con una expresión de pasividad absoluta. Tenía unas gafas en el bolsillo delantero y los dedos manchados de tinta. Un simple oficinista. Parecía haber visto las llamas y haber dejado que se acercaran.

Podría haber sido él. Thaniel volvió a ver destellos blancos, aunque no se oyó ningún ruido que los hubiera causado. Lo vio con toda la claridad de la memoria, como si hubiera escapado tan por los pelos que se hubiese extraviado mentalmente en una bifurcación temporal equivocada y todavía tuviera que regresar. Habría oído la explosión y se habría vuelto; las ventanas de cristal se habrían hecho añicos hacia dentro, y la fuerza del estallido lo habría echado hacia atrás contra la barra mientras las mesas caían. La esquina de esa mesa cercana le habría aplastado la caja torácica y en menos de un minuto habría fallecido de la punción en el pulmón, con las yemas de los dedos plateados por la mina de lápiz de las transcripciones del telégrafo.

viernes, 9 de diciembre de 2016

EL GALEOTE


Yarvi no tardó en desear haberse quedado en el sótano del tratante de carne.
—Halad.
Las botas de Trigg marcaban un ritmo inmisericorde al ir y volver por la cubierta, con el látigo enrollado en sus puños carnosos y su mirada recorriendo los bancos en busca de un esclavo que necesitara un poco de ánimo en la espalda. Su voz retumbaba con despiadada regularidad.
—Halad.
Yarvi no se sorprendió de que su mano contrahecha fuese incluso peor para agarrar la empuñadura de un gran remo que la manija de un escudo. Pero comparado con Trigg, el maestro Hunnan había sido una afable niñera en el recuerdo de Yarvi. El látigo era su primera respuesta a cualquier problema, pero cuando aplicarlo no hizo brotar más dedos, ató la torcida muñeca izquierda de Yarvi al remo con unas correas apretadas que le hacían rozaduras.
—Halad.
Con cada tirón imposible de la pértiga de aquel terrible remo, le ardían más los brazos, los hombros, la espalda. Aunque las pieles del banco estaban desgastadas hasta tener la suavidad de la seda y los asideros pulidos hasta casi brillar por sus predecesores, con cada impulso se le pelaba más el culo y se le ampollaban más las manos. Con cada golpe de remo los cortes del látigo, los cardenales de las punteras de la bota y las quemaduras del cuello, que tardaban en curarse en torno a su argolla de cruda forja, le picaban más por la sal del mary el sudor.
—Halad.
El suplicio rebasó con creces todo límite aguante que Yarvi hubiera podido imaginar, pero eran asombrosos los esfuerzos que un látigo en manos hábiles podía estrujar de un hombre. Al cabo de poco tiempo, oír un restallido en otra parte del barco, o incluso el roce de las botas de Trigg al acercarse por la pasarela, hacía a Yarvi encogerse, gemir y tirar del remo con una pizca más de fuerza mientras la saliva escapaba entre sus dientes apretados.
—Este chico no durará —gruñó Rulf.
—Una brazada cada vez —dijo Jaud con voz suave. Sus propias brazadas tenían una fuerza, una fluidez y un ritmo inagotables, como si estuviera hecho de madera y hierro—. Respira despacio. Respira con el remo. Una cada vez.
Yarvi no habría sabido explicar por qué, pero era un buen consejo.
—Halad.
Y los escálamos retumbaban y las cadenas repiqueteaban, las sogas chirriaban y los maderos crujían, los remeros gimoteaban, maldecían, rezaban o guardaban un silencio adusto y el Viento del Sur avanzaba palmo a palmo.
—Una brazada cada vez. —La voz tranquila de Jaud era un hilo que seguir en aquella niebla de miseria—. Una cada vez.
Yarvi no sabía qué tortura era la peor, si los latigazos, las raspaduras, el dolor en todos los músculos, el hambre, el tiempo, el frío o la porquería. Y sin embargo, el inacabable fregar del limpiador sin nombre, cubierta arriba y cubierta abajo y cubierta arriba otra vez, con su pelo lacio meneándose, las cicatrices de su espalda a la vista entre los harapos y sus labios temblorosos apartados de unos dientes amarillentos, recordaba a Yarvi que podría estar peor.
Siempre se podía estar peor.
—Halad.
A veces los dioses se apiadaban de sus desgracias y enviaban un soplo de viento favorable. Entonces Shadikshirram les dedicaba su sonrisa de oro y, con las formas de una madre sufridora pero que al final acaba consintiendo los caprichos de su desagradecida progenie, ordenaba que acorullaran los remos y que desplegaran las toscas velas de lana con bordes de cuero, antes de lamentar con frivolidad que la compasión fuese su mayor debilidad.
Entonces Yarvi, entre lágrimas de gratitud, se reclinaba contra el remo inmóvil de los hombres de detrás,miraba la vela hincharse y chascar por encima de su cabeza, y aspiraba el hedor íntimo de más de cien hombressudorosos, desesperados y doloridos.
—¿Cuándo nos lavamos? —preguntó en voz baja durante una de aquellas bienvenidas pausas.
—Cuando la Madre Mar quiere ocuparse de hacerlo —murmuró Rulf.
No era tan infrecuente. Las gélidas olas que azotaban el casco acostumbraban salpicarlos, mojarlos y dejarlos calados hasta los huesos, cuando la Madre Mar invadía la cubierta y subía entre los reposapiés hasta recubrirlo todo de una costra de sal.
—Halad.
Los hombres estaban atados juntos en grupos de tres, con una cadena sujeta a su banco, y las únicas llaves obraban en poder de Trigg y la capitana. Los remeros devoraban sus parcas raciones cada tarde encadenados al banco. Se acuclillaban sobre un maltrecho cubo cada mañana encadenados al banco. Dormían encadenados al banco, tapados con mantas apestosas y pieles sin curar, llenando el aire de quejidos y ronquidos y reniegos y vapor de sus alientos. Una vez por semana, encadenados al banco, les rasuraban de cualquier manera el pelo y la barba para ahuyentar a los piojos, medida que no disuadía en absoluto a los diminutos pasajeros.
La única ocasión en que Trigg sacó su llave de mala gana y abrió uno de aquellos candados fue cuando, un frío amanecer, encontraron muerto al vansterlandés que tosía, cuyo cadáver se llevaron de entre sus impasibles compañeros para arrojarlo por la borda.
El único que hizo algún comentario sobre el fallecimiento fue Ankran, que se mesó la fina barba y dijo:
—Necesitaremos un reemplazo.
Durante un instante, Yarvi temió que los supervivientes tuvieran que esforzarse un poquito más. Luego albergó la esperanza de que les tocara un poco más de comida por persona. Y entonces se dio asco por la forma en que había empezado a pensar.
Pero no tanto asco como para haber rechazado la ración del vansterlandés, si se la hubieran ofrecido.
—Halad.
Perdió la cuenta de las noches que pasó sin fuerzas y exhausto, de las mañanas en que un despertar doloroso y agarrotado por el esfuerzo de la jornada anterior llevaba a más esfuerzo impuesto a latigazos, de los días sin más pensamiento que la siguiente brazada. Pero al cabo de un tiempo llegó una tarde en la que no cayó de inmediato a un sopor sin sueños. Sus músculos habían empezado a endurecerse, las primeras y peores ampollas habían reventado y el látigo había caído menos en su espalda.

Joe Abercombrie, Medio Rey