miércoles, 16 de mayo de 2018

TARDE DE LECTURA



                A la salida de clase, por la tarde, su profesora había invitado a un grupito de alumnos a su casa para que tomaran un vaso de leche con tarta de chocolate y vieran sus cuentos de hadas. María Jesús llevaba toda la vida coleccionando libros de cuentos de todos los países y tenía una de las mejores bibliotecas privadas de literatura para niños de Fléroe. Tenía libros antiguos y modernos, libros con cristales de colores en la portada, libros con tapas de madera y un príncipe luchando con un dragón tallado en el lomo, libros con las hojas amarillentas y una flor antigua apretada entre las páginas.
   De vez en cuando le gustaba invitar a unos cuantos alumnos, permitirles que exploraran su biblioteca y luego ofrecerles una merienda deliciosa. Sus hijas eran ya mayores y no sentían interés por los cuentos de hadas, y María Jesús pensaba que era una lástima que todos aquellos libros estuvieran allí sin que los abriera nunca nadie. Los niños siempre esperaban en secreto que les regalara algún libro de cuentos, pero por supuesto que María Jesús no les invitaba allí para eso. Además, muchos de sus libros eran muy valiosos.
   A Fridolín siempre le resultaba emocionante ir caminando hasta la casa de María Jesús, que vivía cerca del colegio, en un edificio antiguo sin ascensor. Nada más entrar había que descalzarse, porque en la casa de María Jesús no se podía estar con zapatos.
   La puerta de la biblioteca estaba siempre cerrada. Era una puerta blanca, con molduras de estilo suizo, y se abría con una llavecita dorada que María Jesús tenía guardada en un cajoncito secreto del mueble del pasillo.
                 Siempre que María Jesús sacaba la llave dorada del mueble y abría la puerta, Fridolín tenía la sensación de entrar en un mundo mágico donde no existía el tiempo. La biblioteca era una habitación grande, en forma de Z, con el suelo cubierto de una gruesa moqueta verde en la que era muy cómodo sentarse a leer y una escalerita dorada que corría por un carril a lo largo de los anaqueles para poder alcanzar los libros que estaban más altos. A Fridolín, el hecho de ir descalzo por aquel suelo verde y mullido le hacía sentir como si caminara sobre el musgo tibio de algún bosque misterioso, un bosque de libros, de cuentos y de sueños.
   Ahora estaban los cinco dentro de la biblioteca, Fridolín, Rani, Roto, Amapola y Abbás. María Jesús encendió un interruptor y decenas de pequeñas lamparitas con forma de tulipán se encendieron por doquier iluminando los anaqueles llenos de libros.
   Fridolín encontró un grueso libro encuadernado en rojo y con el canto de las páginas pintado también en rojo, lo abrió y se puso a mirar los dibujos.
   Fue pasando hoja tras hoja contemplando los bonitos dibujos a plumilla e iluminados tan solo con dos colores, verde pistacho y amarillo limón, y llegó hasta una lámina que ocupaba una página entera y representaba un árbol cargado de hojas, de frutas y de flores, bajo el cual unos niños descansaban, charlaban entre sí y miraban a lo alto.
   El cuento al que correspondía la ilustración comenzaba en la página siguiente, y se llamaba «El manzano del Paraíso». Fridolín se sintió intrigado con el dibujo y con el título, y buscó un rincón cómodo de la biblioteca para sentarse y leerlo a sus anchas.
   «Hace muchos años vivía en Asia un jardinero que ya no era joven y que había perdido a su mujer y a sus dos hijos...»
   Esta era la primera frase del cuento. Fridolín frunció el ceño. No era un comienzo muy prometedor: solo en una frase ya habían muerto la mujer y los dos hijos del protagonista. ¿Sería este un cuento triste? A Fridolín nunca le habían gustado mucho los cuentos tristes. Sin embargo, había algo que le intrigaba, y era la mención a Asia, el mismo lugar del que provenía Rani.
   A lo mejor por esta razón, decidió hacer otra intentona y probar a ver si aquel cuento le gustaba o no le gustaba.

 Andrés Ibáñez, El Parque Prohibido

martes, 15 de mayo de 2018

EL LAZO ROJO



Esta novela mezcla la narración de Kathleen Weise con el cómic y las ilustraciones de Carla Miller e Isabelle Metzen.

Nos situamos en la campiña inglesa a mediados del siglo XVIII.

Cathy, una joven de familia humilde, abandona su hogar para trabajar en la lúgubre mansión Worthington, cercana a una ciénaga, y encuentra un ambiente lleno de misterios. ¿Por qué no se deja ver nunca el joven señor de la casa? ¿Por qué son despedidas tantas doncellas al poco de entrar a servir? ¿Cuál es la razón de las constantes visitas del médico a la mansión?

Cathy puede escuchar lo que otros no escuchan y ver lo que otros no ven, puede comunicarse con los animales y sabe descifrar lo que esconden las sombras.


Pronto se enamora del joven amo de la casa. Este se encuentra cada día más enfermo; su viejo amigo y médico personal no logra curarle.

El lazo rojo del título hace referencia al único regalo que le pudo hacer su madre antes de abandonar su casa; y tendrá importancia tanto para el desarrollo de la historia.

En realidad, estamos ante un magnífico cuento, que, por una parte hace que nos encontremos ante una novela romántica que nos recuerda la obra de Jane Austen o de Charlotte Bronte, pero el misterio y lo sobrenatural nos acercan a Dickens, Bécquer, Poe...

Las ilustraciones son todas en blanco y negro excepto unos pequeños detalles siempre en rojo: el lazo, la sangre… que les hace destacar sobre el dibujo. También hay que fijarse en las sombras, tanto en la narración como en los dibujos, esas sombras que juegan un papel destacado, esas sombras que sugieren.

Esta alternancia en la narración de escritura e ilustración puede ser un aliciente para muchos lectores. El paso de la escritura al cómic es fluido, sin transiciones que lo entorpezcan. El final es sorprendente, original, no nos lo esperamos; su rapidez es la propia de esos cuentos de fantasmas victorianos.

La mayor parte de los personajes son curiosos: Ivy, la joven cocinera, alegre, simpática e incapaz de mantener un enfado; el ama de llaves, cuyo mal genio es pura fachada para ocultar la lealtad a su amo; a Maltch, el pastor que se enamora de Cathy y la colma de regalos; el doctor Adrian, preocupado por la salud de su amigo; William, el amo y señor, que quiere apurar la vida por…; el gato de la casa con el que conversa por las noches y le invita a averiguar un secreto…

lunes, 14 de mayo de 2018

AYER SOÑÉ CON LA MORA



Era uno de esos sueños que al principio no se distinguen de la realidad y a la vez son como los sueños de descubrimiento, que producen esa euforia no solo del reencuentro con lo muy amado, sino de maravillado asombro por todo lo que es nuevo, lo que siempre estuvo allí y uno no fue capaz de ver entonces.
La Mora brillaba como una joya en el fondo de un estanque, al mismo tiempo real e imposible, la superficie del agua alterada por ondas y reflejos que revelaban y ocultaban por turnos la existencia de lo que no debería estar allí pero sin embargo estaba.
Recorría sus senderos fijándome en las fuentes, en los faroles de hierro y cristales de colores que colgaban de los árboles, en los azulejos de los bancos, con sus dibujos geométricos azules y verdes y negros. Todo estaba florido y yo sabía que había llegado en la mejor época del año, en esa primavera atlántica fresca y fragante que luego morirá bajo el sol del verano, pero que ahora desplegaba sus encantos para todos los sentidos del contemplador, del raro paseante que se dejara arrastrar por la pura belleza de la vida que volvía a surgir, poderosa, después del letargo invernal.
Me detuve debajo de uno de esos árboles que nunca supe nombrar, cargado de bolas de flores de color de rosa que cuelgan como adornos de Navidad, disfrutando de la soledad, de la calma y el silencio de aquel jardín, que parecía uno de esos jardines encantados de los cuentos. De un cuento oriental abierto solo para mí.
La brisa que venía del mar agitaba las ramas altas, hacía balancearse las flechas oscuras de los cipreses sobre el cielo de un perfecto azul y se frotaba contra las palmas de las palmeras, produciendo ese ruido que, con los ojos cerrados, suena como la lluvia; trayendo desde algún lugar un perfume de clavellinas rojas que competía con el olor de la sal.
Sabía que no había nadie en el jardín y que nunca lo habría, que aquella magia era solo para mí. Eso me hizo reír de felicidad y eché a correr por los senderos encontrando tras cada recodo nuevas vistas que no conocía: un laberinto de boj con un reloj de sol en el centro, una gran alberca rectangular salpicada de nenúfares blancos con un surtidor en un extremo que lanzaba al sol su lluvia de diamantes, un templete de mármol desde el que se veía el mar rompiéndose en una playa desierta, un busto romano en una hornacina arropada por una nube de rosas de té.
De repente, la soledad empezó a pesarme y deseé intensamente tener con quien compartir toda aquella belleza, pero sabía que los había abandonado a todos, que la culpa era mía, que nunca nadie vendría a aliviar el peso de aquellas sombras que empezaban a salir de debajo de todos los arbustos, a conquistar los rincones más hermosos, a cubrir de tinieblas las estatuas y las flores.
Eché a correr de nuevo tratando de encontrar la casa para guarecerme. Yo sabía que había una casa en algún lugar y que la casa era mía. Las sombras me perseguían y eran sombras calientes, hambrientas, extrañamente vivas.
En mi carrera, tropecé contra una fuente, hundí la cabeza en el agua fría y, al sacarla, vi algo brillar en las profundidades, algo que relucía entre las algas intensamente verdes del fondo. Metí la mano en la fuente buscando a tientas el fulgor que había entrevisto, pero el agua se oscurecía por momentos y las sombras se acercaban.
Mis dedos se cerraron por fin en torno a algo metálico y frío. Lo saqué venciendo la resistencia de las plantas acuáticas y, cuando abrí la mano para ver qué había recogido, me di cuenta de que el agua se había vuelto roja, como mi mano, que sangraba apretada en torno a un cordón de oro del que pendían varias medallas sanguinolentas lanzando destellos dorados.
Dejé caer la joya en la fuente roja y, al alzar los ojos, vi tu sombra, la sombra que me ha acompañado toda la vida y nunca he sido capaz de exorcizar.
Luego me desperté en la oscuridad de un cuarto que no era el mío y me eché a llorar, rompiéndome en sollozos.

Elia Barceló, El Color del Silencio

domingo, 13 de mayo de 2018

GREGUERÍAS ILUSTRADAS


Hasta mitad de junio pomos ver en el Museo ABC, de Madrid esta exposición dedicada a Ramón Gómez de la Serna. En ella, se recogen cien greguerías ilustradas por el propio autor, que fueron publicadas en la revista Blanco y Negro entre 1930 y 1935.

 Tenemos que recordar que la greguería es el trabajo literario más personal de Ramón Gómez de la Serna. Uniendo humor y metáfora, encuentra la fórmula literaria que le permite describir el mundo que le rodea, el mundo agitado de las vanguardias europeas. Sus greguerías son ingeniosas imágenes que iluminan los aspectos más contradictorios del escenario que le tocó vivir.

Veamos algunas que aparecieron en diversos libros:





En los museos de reproducciones escultóricas es donde los papás oyen a los niños las cosas más insólitas:
—¡Papá, a mí no me ha salido aún la hoja!



El gesto que hacen los elegantes al sacarse el pañuelo del faldón del frac es un gesto ignominioso e indecente.



La muchacha que lleva la pelota del niño en la red parece que pasea un pequeño montgolfier.



Los poetas del pasado ya parecían haberse adelantado a los que hablan por radio, porque leían sus poesías ante el micrófono de una rosa en el búcaro



El 4 tiene la nariz griega.



Hay un momento en que al bandoneón parece que se le cae una pila de libros que no ha podido abarcar con las dos manos.


Uno de los contrastes más graciosos de los espectáculos modernos es cuando en el boxeo el hombre pequeño en mangas de camisa y con corbata ayuda a levantar el brazo al atleta triunfador. ¡Qué trabajo le cuesta!



La arquitectura árabe es el agrandamiento del ojo de la cerradura.


El beso es una nada entre paréntesis.



No conviene pintar ya a las brujas montadas en una de aquellas escobas ordinarias que, generalmente, eran escobas que habían barrido mucho. Las brujas modernas deben ser representadas sobre una escoba aviónica, con el volante de la dirección en el mango y la hélice al final.

viernes, 11 de mayo de 2018

EL MANUSCRITO DE FUEGO



Béjar, 2 de febrero de 1532.

Don Francés de Zúñiga, antiguo bufón del emperador Carlos V, es acuchillado en plena noche por varios desconocidos. La emperatriz le encarga las pesquisas del caso a Fernando de Rojas, que está cerca de cumplir sesenta años. A través de su investigación, iremos conociendo la vida del controvertido e irreverente Don Francés, así como los entresijos de una época tan fascinante como escandalosa.

Para resolver este caso, Rojas contará con la ayuda de Alonso, un joven estudiante; con él tendrá que enfrentarse a numerosos obstáculos y a diversos retos, como el de buscar un manuscrito muy misterioso o intentar descifrar una de las obras más enigmáticas del arte y la arquitectura europeas: la fachada de la Universidad de Salamanca.

                Partiendo de unos hechos reales, Luis García Jambrina retoma en esta novela el personaje de Fernando de Rojas, que volverá a hacer de detective en una España convulsa: la revuelta de los comuneros, los humanistas, la inquisición, un rey que piensa más en un imperio que en su pueblo… A lo largo de su investigación, Rojas no sólo nos ofrecerá una semblanza de Francesillo y de su vida en la corte (cómo entró en ella, los odios y enemigos que se creó, cómo perdió el favor de Carlos I…), sino también nos muestra su Crónica, una obra burlesca donde demuestra ser una persona instruida y amante de las letras y no deja títere con cabeza. Además buscará un “manuscrito de fuego”, texto que Rojas no sabe si “es una obra destinada a provocar incendios, ya fueran reales o figurados? ¿O se trataría más bien de un escrito tan brillante y cegador como el sol o tan ardiente y abrasador como el propio fuego? ¿O sería simplemente un texto peligroso o dañino para la Corona o para la fe católica y, por tanto, susceptible de acabar en la hoguera inquisitorial?”. Sólo sabe que su clave se esconde tras las siguientes cuartetas:

El manuscrito de fuego
no ha sido escrito con tinta,
ni su cuerpo es de papel,
ni se cubre con piel lisa.

En un lugar del Estudio
está oculto y a la vista.
Cuando el sol desaparece
es cuando su luz más brilla.

Si algún día alguien descubre
qué es lo que esto significa,
a unos moverá a la cólera,
a otros causará gran risa.

El manuscrito de fuego
nunca podrá ser quemado,
ni tampoco ser prohibido,
ni siquiera censurado.

Aunque es un libro muy docto,
por el Estudio aprobado,
cualquiera puede leerlo,
incluso los iletrados.

Si es que quieres conocer
la clave para encontrarlo,
no la busques en los libros,
la hallarás en lo más alto.

                Personajes reales aparecerán en las pesquisas de Rojas (que ya es conocido por La Celestina y la mayoría le pregunta por qué no ha vuelto a escribir): la emperatriz Isabel de Portugal, la duquesa de Béjar, don Pedro de Robles, fray Antonio de Guevara, el duque de Alba, Hernán Núñez de Toledo el Pinciano (que dará mucho juego en la novela). Algunos de ellos son sospechosos del asesinato de Francesillo, que no se resolvió (hecho que nos recuerda a otra novela: Decidnos, Quién Mató al Conde, de Néstor Luján, sobre la muerte del conde de Villamediana). Otros ficticios: Sabela, el gran amor de Fernando de Rojas, que ya apareció en El Manuscrito de Piedra. Alonso, el gran acierto de la novela, pues todo investigador que se precie debe tener un buen ayudante, y que esconde algunos secretos como podremos comprobar.

jueves, 10 de mayo de 2018

10 DE MAYO: QUEMA DE LIBROS EN EL REICHSTAG



Pasaron tres magníficos días en los que Klaus les enseñó lo mejor de Berlín: la Alexanderplatz, la catedral, la Puerta de Brandeburgo, el palacio Charlottenburg... La noche del día 10 salieron a dar un paseo y acabaron en los alrededores de la Opernplatz, la plaza de la ópera, cuando sin previo aviso se vieron arrastrados por una multitud compuesta por civiles adeptos a Hitler, nacionalsocialistas y miembros de la Asociación de Estudiantes; casi todos llevaban camisas pardas y brazaletes con la esvástica.
-Quiero que sepáis lo que pasa en la nueva Alemania -dijo Klaus-. Vais a ver algo asombroso.
Grupos de jóvenes que portaban antorchas y cantaban consignas nazis se dirigían a la plaza, donde una multitud enardecida no dejaba de crecer.
-¿Qué van a hacer? -preguntó Chantal, agarrándose fuertemente al brazo de su marido, que también mostraba signos de inquietud.
-¡Limpieza! -contestó Klaus con voz firme-. ¡Una gran limpieza!
Se dejaron llevar por la corriente y se encontraron con una extraordinaria pila de libros en el centro de la plaza, a la que arrojaban montones de ejemplares. Jean se volvió hacia su amigo.
-¿Qué es esto, Klaus?
-Libros peligrosos y contrarios a nuestra ideología -respondió con satisfacción-. Enemigos que desprestigian a Alemania.
-¿Para qué los amontonan? -preguntó Chantal.
-Ahora lo veréis... ¡Fijaos!
Atónitos, vieron cómo prendían fuego a los miles de volúmenes entre los que se encontraban obras de Sigmund Freud, H. G. Wells, Bertolt Bretch, Ernest Hemingway, Franz Kafka, Albert Einstein... En la oscuridad de la noche, la gran fogata cobró vida y más de veinte mil libros se dispusieron a ser pasto de las llamas.
-¡Mira, Jean! -Chantal señalaba un libro que empezaba a arder en los límites del montón, corno si quisiera escapar.
Jean se inclinó y consiguió sacarlo.
-¡Es de Saint-Exupéry! -exclamó-. ¿Por qué...?
Klaus se lo arrancó de las manos y lo arrojó a la hoguera ante la mirada de incomprensión de su amigo:
-¿Estás loco, Jean? ¿Quieres que os maten? ¡Estamos llamando la atención! -Algunos uniformados cercanos los miraron extrañados, pero Klaus los tranquilizó con un gesto-. ¡Salgamos de aquí antes de que las cosas se compliquen! -los apremió al tiempo que echaba miradas nerviosas a su alrededor-. ¡Deprisa!
Así fue como los sacó de la plaza y los condujo apresuradamente hasta el hotel, asegurándose de que nadie los siguiera.
-¿Qué está pasando? -le preguntó Jean, estupefacto por lo que acababa de ocurrir-. ¿A qué ha venido esto? ¿Por qué queman libros?
-Alemania está cambiando -explicó Klaus-. Adolf Hitler ha tomado las riendas y nadie le va a impedir hacer lo que considere necesario para salvar a la patria. Espero que esto abra los ojos a Europa. Habéis visto un acto de valentía: el pueblo alemán está recuperando su honor.
-¿Por qué nos has invitado a ver todo esto? -Chantal estaba envuelta en lágrimas-. Sabes muy bien que respetamos los libros y...
-Ya os lo he dicho: quería que supieseis de primera mano lo que está sucediendo en Alemania y espero contar con vuestro apoyo.
-¿Nuestro apoyo en la quema de libros? -exclamó Jean-. ¡Nunca alentaremos eso!
Tanto para él como para Chantal, los libros eran su vida -su propio romance había comenzado cuando Jean publicó un libro de Chantal en una cuidada edición que había tocado el corazón de la escritora- y no podían apoyar ningún tipo de censura.
-¡Ha sido horrible! -declaró ella-. Nunca hubiera esperado que tú estuvieras de acuerdo.
Klaus guardó silencio durante unos instantes. Parecía defraudado por la respuesta de sus amigos. Sobre todo por la de Chantal.
-Por vuestro bien, es mejor que volváis a París inmediatamente -reconoció por fin-. Sí pensáis así, aquí corréis peligro.

Santiago García Clairac, El Principito se Fue a la Guerra

miércoles, 9 de mayo de 2018

ANIMACIÓN A LA LECTURA CON DAVID VIROSTA


Este miércoles, gracias a la editorial Edebé, ha estado en nuestro centro el actor y cuentacuentos David Virosta, para llevar a cabo una jornada de animación lectora.

Hemos podido comprobar como David proviene del teatro y la televisión, pues en las dinamizaciones ha asumido el rol de un productor de televisión que quiere rodar las dos novelas de Beatriz Oses que leyeron durante el primer trimestre nuestros alumnos de 1º y 2º de ESO, para, de esa forma, interactuar con los alumnos y darles a ello el protagonismo.

Veamos como lo ha hecho.

       David se ha presentado como un productor cinematográfico; les ha preguntado qué rodarían si una película o una serie de televisión; si fuera una película que escenas eliminarían al considerar que no es indispensable para la trama principal; si tuvieran que hacer un tráiler o un cartel para promocionar la película con que elementos los harían; si empezarían la película igual que el libro o empezarían por otra escena que llamará más la atención; dónde buscarían localizaciones. Y a partir de aquí también hemos pasado a hablar de otros libros.


Con los de 2º ESO, David ha trabajado Erik Vogler en Muerte en el Balneario, y con los de 1º ESO Erik Vogler y los Crímenes del Rey Blanco.

Alumnos y profesores hemos disfrutado con su actuación, con sus preguntas, con su forma de indagar, de actuar, como su voz y sus gestos nos iban guiando.