martes, 8 de mayo de 2018

EL MISTERIO DE LA NORIA DE LONDRES



Ted, un niño de doce años con una mente privilegiada es el protagonista y narrador de esta historia de intriga y suspense. Es un tanto especial por su peculiar forma de pensar: es capaz de aprenderse datos, cifras y comprender todo lo relativo a la meteorología, pero todas las expresiones coloquiales se las toma al pie de la letra y sus habilidades sociales son casi nulas.

En una visita a Londres, antes de irse a Nueva York, donde su tía Glo ha encontrado trabajo, su primo Salim desaparece misteriosamente cuando está en la famosa noria de Londres, el London Eye. El primo ha subido él solo con un ticket que le ha dado un desconocido; Todos le vieron subir pero nunca llegó a bajar. Nadie entiende qué ha pasado, incluso la policía está desconcertada.

Ted y su hermana Kat decidirán superar sus diferencias (el uno aporta sus ideas, la otra sus habilidades sociales) para convertirse en los investigadores de esta desaparición y seguirán un rastro de pistas a través de la ciudad de Londres, en un desesperado intento por encontrar a su primo.

Siobhan Dowd en esta novela va tratado diferentes temas de actualidad: relaciones paternofiliales, acoso, racismo, interculturalidad, desempleo, okupas… A través de ese peculiar narrador, el joven Ted, nos va sumergiendo en el misterio de la desaparición de su primo, aunque al principio nadie hace caso de las ideas del pequeño de la casa. El ritmo es ágil, con una intriga bien llevada, con toques de humor, donde el protagonista, en primera persona, nos explica sus dificultades a la hora de entender las convenciones sociales, a la hora de relacionarse y adaptarse a su entorno, lo que hace que le comprendamos fácilmente.

         Por si alguno no lo sabéis, Siobhan Dowd es la responsable de la idea original y de los personajes de Un Monstruo Viene a Verme, novela que no pudo escribir por su temprana muerte.

LIBRO PREFERIDO POR ESTUDIANTES SECUNDARIA DE INGLATERRA 2008
PREMIO BISTO 2008
PREMIO NASEN/TES 2008 DE LITERATURA JUVENIL

lunes, 7 de mayo de 2018

LA PRIMERA COMUNIÓN



Carmen se sintió conmovida por el relato de aquella escena. El joven tenía una voz extraña y sugerente. Una voz que no se correspondía con alguien de su edad. Pero lo que realmente la cautivó fue, mirando de nuevo el cuadro, de qué forma tan bella había pintado la sencilla escena familiar que acababa de relatarle.
—¿Y estos dibujos?
—Son estudios para un cuadro que hice el año pasado. Se titulaba La Primera Comunión. La niña arrodillada en el reclinatorio con el misal y vestida de comunión es mi hermana Lola. El hombre que está a su lado no es mi padre, sino el señor Vílchez, un amigo suyo. El monaguillo es su hijo. Lo difícil fue hacer el perfil de mi hermana, mirando a la derecha.
—¿Por qué es más difícil?
—Porque es más fácil hacia la izquierda. ¿Ves? Aquí tengo unos bocetos en que Lola mira hacia el otro lado.
—Parece un cuadro muy grande.
—Lo es. Lo difícil fue la composición, trazar las diagonales. El misal de Lola me sirvió como punto de intersección.
—No entiendo nada.
—Bueno, es igual. Ya lo entenderás. Yo te lo explicaré todo.
Dijo la última frase con una convicción que iba más allá de lo que en realidad expresaba. Aquel todo implicaba muchas cosas.
—Lo presenté a la exposición de Bellas Artes e Industrias Artísticas.
—Eso es importante, ¿verdad?
—Y tan importante. Se presentaron Rusiñol, Graner, Casas, Mir, Nonell y muchos otros… —y añadió, pues iba tan rápido que le pareció que Carmen no le seguía—: Son grandes pintores.
—Cuando me hiciste el dibujo no dibujaste la cadena que llevo al cuello.
—Lo sé.
La joven llevaba una cadena con una pequeña medalla de la Virgen del Carmen.
Pablo tardó en responder.
—No creo en Dios —dijo.
—Pero éste es un cuadro religioso —dijo señalando los dibujos de La Primera Comunión.
Pablo no lo había visto desde esa perspectiva. Se trataba de una estampa familiar, de su hermana tomando la primera comunión. Poco o nada significaban las convicciones del pintor.
—Verás, cuando vivíamos en La Coruña, Conchita, mi hermana pequeña, estuvo muy enferma. Tenía apenas ocho años.
—¿Y tú qué edad tenías?
—Doce o trece, creo. —Pablo se detuvo buscando las palabras exactas para que Carmen comprendiera lo que sintió en aquel momento—. Conchita se iba apagando poco a poco y mi padre, desde entonces, ya no fue el mismo. Yo le hice un juramento a Dios: juré que no volvería a pintar nunca más si él permitía que la niña viviese. Le prometí que le entregaría lo que más amaba en el mundo, pintar. Nunca tomaría un lápiz, jamás un pincel. Pero Conchita murió, y desde entonces no creo en Dios.
A Pablo se le saltaron las lágrimas, tenía un nudo en la garganta.

Esteban Martín, El Pintor de Sombras

domingo, 6 de mayo de 2018

RECUERDA, CUERPO



Recuerda, cuerpo, no solo cuándo te amaron,
no solo los lechos donde yaciste,
recuerda también los deseos que refulgían nítidamente
en los ojos que te miraban,
recuerda las voces que se estremecieron
antes de que un obstáculo fortuito las ahogara...
Ahora que todo está en el pasado
parece como si en realidad
te hubieses entregado a aquellos deleites.
Ah, cómo deslumbraban.
Recuerda los ojos que te observaron,
recuerda las voces que temblaron por ti.
Recuerda, cuerpo.

Constantin Kavafis

viernes, 4 de mayo de 2018

TIERRA DE SOMBRAS


             Enviado por Luis:

Alexandra Boyd, una joven estadounidense, viaja a Sofía con la esperanza de que una nueva vida en el extranjero apacigüe el dolor que siente por la pérdida de su hermano, que sucedió hace ya unos años.

Poco después de llegar a esta ciudad, Alexandra ayuda a una pareja de ancianos a subir a un taxi y se queda accidentalmente con una de sus bolsas. Dentro, hay una caja de madera con un nombre: Stoyan Lazarov. Se trata de una urna con cenizas humanas.

Alexandra emprenderá un viaje por Bulgaria a fin de localizar a la familia de Stoyan Lazarov, sin sospechar que para ello tendrá que desvelar los secretos de un músico de gran talento cuya vida se vio truncada por la represión política, y enfrentarse a peligros inesperados.

Esta novela de Elizabeth Kostova indaga en los horrores de todo un siglo recorriendo la cultura y los paisajes de Bulgaria. Llena de suspense y bellamente escrita es una novela sentimental e histórica, donde la música y el arte se mezclan con los horrores de los campos de trabajo de la era comunista en la Europa del Este. La autora explora el poder de la narración, la fascinación del pasado, la esperanza y la búsqueda del sentido a la vida que pueden hallarse tras la pérdida de un ser querido.

En las descripciones encontramos una gran riqueza en los detalles, de forma que podemos imaginar perfectamente el entorno que envuelve a nuestros personajes. A veces, por los acontecimientos que se nos van narrando, la atmósfera llega a ser agobiante.

                Tenemos dos historias. En el presente, la de Alexandra, con sus traumas y remordimientos por la desaparición de su hermano, una Alexandra que, con la ayuda de Bobby, va a recorrer Bulgaria para entregar las cenizas, enfrentándose a situaciones peligrosas. En el pasado, la de Stoyan Lazarov,  músico de gran talento que trabajo en Viena en importantes orquestas, pero la difícil situación política de Europa le condenó a una vida dura llena de sufrimiento; historia que poco a poco se irá desvelando a Alexandra, y con ella a nosotros.

jueves, 3 de mayo de 2018

MI CRÁNEO AGUJEREADO



vuelve a ver y mis descoloridas mandíbulas crujen ante el deseo de contar los secretos de Broken...

                Y así se alzan al fin estas palabras de la tierra en que voy a enterrarlas, desafiando al destino como jamás podrá hacerlo Broken, mi patria. Seguirán los grandes muros de granito de la ciudad hechos añicos hasta regresar a la piedra pulida con que fueron construidos. No pretendáis, estudiosos aún nonatos, conocer mi reino; está tan barrido por el viento y tan olvidado como mis huesos. Tengo ahora el propósito de contaros cómo llegó a ocurrir esta catástrofe.

Tampoco deberéis ocupar vuestras mentes, quienquiera que desentierre este relato, indagando quién soy o qué hice en vida: vendrán pistas suficientes, pero los febriles intentos de interpretarlas no servirán más que para distraeros de la importancia que pueda tener la tragedia mayor. Baste con saber que he muerto y que, de uno u otro modo, he presenciado cuanto aquí describo.

¿Os asombra que hable de tragedias? ¿Qué otra cosa puedo hacer? No en vano, sé bien que los historiadores de vuestro tiempo no podrán siquiera afirmar con convicción si Broken llegó a existir pese a sus magníficos logros. Sé bien que sus enemigos, así como algunos de sus más leales ciudadanos —y, por supuesto, la propia naturaleza—, pondrán tanto empeño como evidentemente han puesto ya para desmantelar la magnífica figura de esta gran ciudad. Y sé que yo mismo, de cuya mente brotó dicha magnificencia, aún tengo por justa esa destrucción...

Antes de seguir, téngase en cuenta, por encima de todo, lo siguiente: os embarcáis en un viaje en el que intervienen todas las crueldades, todos los impulsos contranaturales y todo el salvajismo de los que son capaces los hombres; y sin embargo, también hay aquí compasión y valor, aunque forma parte de las peculiaridades de esta historia que cada una de esas virtudes aparezca cuando menos se la espera. Entonces: que la fortaleza del corazón os guíe a través de cada período de confusión para llegar al siguiente punto de esperanza, alejando el desánimo del alma y permitiéndoos así obtener de esta historia un aprendizaje que mis descendientes y yo mismo dejamos escapar.

Caleb Carr, La Leyenda De Broken

miércoles, 2 de mayo de 2018

UN BESO FEROZ



En secreto, y a pie, se fue al continente. Vivía en una isla de aproximadamente veinte kilómetros cuadrados, con forma de bota como Italia. Entre la isla y el continente había un puente flotante de tres kilómetros de largo. Sus padres le habían prohibido ir al continente: representaba la vida fácil y holgazana; la isla era la vida de la disciplina, la severidad, la voluntad divina. Sus padres habían roto lazos con los parientes que vivían en el continente, quienes a su vez les tenían lástima a los isleños por ser incultos, supersticiosos y empobrecidos.

En la isla había colonias de gatos salvajes, en gran parte endogámicos, y feroces cuando se los arrinconaba o atrapaba, pero de una belleza incomparable. Una de las colonias se componía, sobre todo, de gatos atigrados de un naranja flamígero y con seis dedos; otra, de gatos negro azabache con ojos ambarinos; otra más, mayoritariamente de gatos blancos de pelo largo y con los ojos de un verde deslumbrante; y la más numerosa estaba formada, sobre todo, por gatos carey con intrincadas manchas en tonos piedra, plata y negro y ojos dorados, que parecían proliferar en una zona pedregosa cerca del puente flotante. En general, los niños de la isla tenían prohibido acercarse a los gatos salvajes o darles de comer; para cualquiera era peligroso aproximarse a los gatos con la intención de acariciarlos, no digamos ya de capturar a uno de ellos y llevárselo a casa; incluso de los gatitos pequeños se sabía que arañaban y mordían como locos. Sin embargo, de camino al continente, cuando se acercaba al puente flotante, no pudo resistirse a arrojarles trocitos de comida a los gatos carey, que lo observaban desde cierta distancia con ojos fijos y hostiles. «¿Gatito?… ¿Gatito?…» ¡Qué animales tan preciosos! Un día, sin pensar, se las había apañado para coger a un gato carey jovencito, poco más que un cachorro, muy flaco, con las costillas muy marcadas y orejas puntiagudas y en alerta, y durante un momento tuvo aquella vida temblorosa entre los dedos como si fuera su propio corazón arrancado del pecho; entonces el gato se retorció, frenético, siseó y arañó y le hundió los dientecitos afilados en el pulpejo del pulgar, y él lo soltó con un grito por lo bajo, «¡Joder!», y se limpió la sangre en la pernera del pantalón y continuó el trayecto a través del puente flotante.

En el continente la vio: una niña de su misma edad, imaginaba, o quizá algo más pequeña, que caminaba con otros niños. El viento costero estaba envuelto en una cortina de niebla y era húmedo y frío, implacable. En las pestañas se le habían formado gotitas de humedad, como lágrimas. El largo cabello de la niña revoloteaba al viento. Apartaba de él su rostro perfecto, con timidez o con coquetería. Él se había vuelto atrevido, impulsivo; por lo visto, su experiencia con el gato carey no lo había desalentado sino todo lo contrario. Era un niño que fingía ser un hombre allí en el continente, donde se sentía mayor, más seguro de sí mismo. Y ahí nadie sabía su nombre ni el de su familia. Anduvo junto a la niña, apartándola de los demás niños. Le preguntó su nombre: Mariana. Le cogió la mano, una mano pequeña que al principio se resistió. La besó en los labios, con suavidad pero con mucha emoción. Como ella no se apartó, la besó de nuevo, esta vez con más fuerza. La niña se apartó de él como si fuera a echar a correr. Pero él le cogió la mano, el brazo; la retuvo con insistencia y la besó tan fuerte que notó la huella de sus dientes contra los de él. Le pareció que le devolvía el beso, aunque con menos fuerza. La niña se apartó, le cogió la mano y, riéndose, lo mordió en la base del pulgar, en la carne blanda del pulpejo. Atónito, él se quedó mirando cómo brotaba la sangre. La herida era diminuta, y sin embargo… ¡cuánta sangre! Le manchó las perneras de los pantalones. Le salpicó las botas. Retrocedió, y la niña salió corriendo para alcanzar a los demás niños; y él advirtió que todos corrían juntos por la playa ancha y pedregosa y cubierta de restos de las tormentas, entre risas agudas y burlonas, y que ni uno solo de ellos miraba atrás.

Atenazado de repente por el temor de que el puente se hubiera alejado flotando, volvió hasta él. Pero ahí seguía, azotado por los vientos costeros, y parecía más pequeño y más maltrecho. Era finales de otoño. No conseguía recordar la estación en la que había empezado a hacer eso…; ¿había sido en verano? ¿En primavera? El mar se elevaba en olas airadas y revueltas. La isla era prácticamente invisible tras una cortina de niebla. En las olas, veía los rostros de sus parientes mayores de la isla. Hombres con barba, mujeres que fruncían el entrecejo. El regreso a la isla cruzando el puente bamboleante lo dejó sin aliento. En la orilla, no prestó atención a la colonia de gatos carey que parecía estar esperándolo entre las rocas con sus maullidos burlones y sus maliciosas caras felinas. La herida en el pulpejo del pulgar le dolía; lo avergonzaba aquella herida, las marcas perceptibles de unos dientecitos afilados en la carne. Al cabo de unos días, la herida se amorató, y con un cuchillo de pesca cauterizado en una llama volvió a abrirla para dejar que la sangre fluyera de nuevo, caliente. Se envolvió la base del pulgar con una venda. Explicó que se había hecho daño sin querer con un clavo o un gancho oxidados. Retornó a su vida, que no tardó en arrastrarlo como las olas que llegaban a la playa y rompían entre las rocas. Un día, cuando se quitara el vendaje, vería la diminuta cicatriz dentada en la piel, prácticamente curada. En secreto, besaría esa cicatriz en un vertiginoso arranque de emoción, pero, con el tiempo, dejaría de recordar por qué.

Joyce Carol Oates

martes, 1 de mayo de 2018

LIBRE

Enviado por Pedro:

Es sábado, verano, esa noche va a haber una fiesta y, aunque todavía no lo sabe, todo en la vida de Adam Thorn está a punto de desmoronarse.

Su exnovio, en el que todavía piensa, se va a la universidad y puede que no vuelva. La relación con Linus, su actual pareja, al que también quiere, peligra gravemente. Su hermano ha dejado a una chica embarazada, no a su novia de toda la vida, sino a una joven negra. Su jefe está dispuesto a despedirle, si no se acuesta con él. Ángela, su mejor amiga, le dice que se va un año a Europa. Sus padres, pastores evangelistas y reaccionarios, se niegan a aceptar su homosexualidad y rezan a Dios para que vuelva al buen camino.

Quizá logre encontrar su liberación al fin. Pero no tiene mucho tiempo, porque algo extraordinario y perturbador ha despertado en los confines del lago y se ha puesto en marcha: una reina unida a un espíritu recorre el pueblo seguida de un fauno.

Patrick Ness, influenciado por La Señora Dalloway, de Virginia Woolf, y Forever, de Judy Blume, como él reconoce en la novela, y lecturas que nos invita a hacer, nos presenta dos historias. Por un lado está la historia de Adam, donde se tratan temas como el descubrimiento de la sexualidad, la homofobia, la bisexualidad o las relaciones entre padres e hijos. Por otra parte, esas páginas en cursiva, esa historia de fantasía con el espíritu de una muchacha asesinada por un amigo debido a un tema de drogas.

                La trama se desarrolla en unas pocas horas, pero gracias a las comeduras de coco de Adam nos vamos enterando de sus relaciones con Enzo y Linus, sus novios, con Ángela, la joven coreana adoptada, su mejor amiga y confidente desde que tenía unos diez años, o de las relaciones con sus padres, que creen que hay algo malo en él, por ese motivo esos horarios estrictos y los severos castigos. Por si fuera poco, la economía familiar no es muy boyante, y se ve obligado a trabajar y a sufrir el acoso de Wade, su jefe. Con sus entrenamientos, corriendo, intenta evadirse, pero las dudas vuelven una y otra vez: ¿Quiere a Enzo? ¿Quiere a Linus? ¿Tiene razón su hermano y el amor adolescente no es amor? ¿Y si su padre tiene razón? En esta parte, la homofobia y el hecho de que los padres de Adam no acepten la homosexualidad de su hijo está narrada de una manera dura.

                Personalmente, me ha gustado más la parte de fantasía, donde el fauno, que parece un chico para todo arreglando todos los desaguisados, está dispuesto a sacrificarse por salvar a su reina y el mundo que conoce.

             Al final la dos tramas convergen, y será Adam, al descubrir y aceptarse cómo es, quien aporte la solución final.