domingo, 8 de enero de 2017

EL CEMENTERIO DEL CASTILLO DE IF


Sobre la cama, tendido a lo largo a iluminado débilmente por la claridad de la luz nebulosa que penetraba por la ventana, se veía un saco de grosera tela, cuyos informes pliegues dibujaban los contornos de un cuerpo humano: aquél era el sudario del abate, aquél era el sudario que, según decían los carceleros, costaba tan poco. Todo había terminado. La separación material existía ya entre Dantés y su anciano amigo. Ya no podría ver aquellos ojos que habían quedado abiertos como para mirar más allá de la muerte, ni podría estrechar aquella mano industriosa que descorriera el velo a tantos misterios para que él los penetrase. Faria, su útil y buen compañero, a cuya presencia tanto se había acostumbrado, no existía ya más que en su memoria. Entonces se sentó a la cabecera de la cama, dominado de una triste y lúgubre melancolía.
¡Solo! ¡Había vuelto a quedarse solo! ¡Había vuelto al silencio y la nada!
¡Solo! ¡Sin compañía y hasta sin la voz del único ser amigo que le quedaba en la tierra!
¿No sería mejor que fuera a resolver con Dios el problema de la vida, como había hecho el abate Faria, aun pasando por tantos dolores como él?
La idea del suicidio, desterrada por la presencia y la amistad del abate, vino entonces a colocarse como un fantasma al lado del cadáver de éste.
-Si pudiera morir iría adonde él va -dijo-, y volvería a encontrarle seguramente. Pero ¿cómo morir? Bien fácil es -añadió sonriendo-. Me quedo aquí, me abalanzo al primero que entre, lo ahogo y me guillotinan.
Sin embargo, como ocurre siempre, así en los grandes dolores como en las grandes tempestades, que damos con el abismo al dar en los extremos, horrorizó a Dantés la idea de esta muerte infamante, y de súbito pasó de esta desesperación a una sed ardiente de libertad.
-¡Morir! ¡Oh!, no -exclamó-, no valdría la pena de haber vivido tanto y sufrido tanto, para morir así. Ahora sería verdaderamente conspirar en favor de mi destino miserable. No, quiero vivir, quiero luchar hasta el fin, quiero recobrar la dicha que me han robado. Con la idea de la muerte me olvidaba de que tengo verdugos que castigar, y quién sabe si recompensar amigos. Pero, ¡ay!; ahora van a olvidarme, y no saldré ya de aquí sino como el abate Faria.
Al pronunciar estas palabras quedó petrificado, como aquel a quien se le ocurre una idea aterradora. De pronto se incorporó, llevóse la mano a la frente como si le diera un vértigo, dio dos o tres vueltas por la habitación, y fue a detenerse delante de la cama.
-¡Oh!, ¡oh! -murmuró-. ¿Quién me envía este pensamiento? ¿Sois vos, Dios mío? Pues que sólo los muertos salen de aquí, ocupemos el lugar de los muertos.
Y sin vacilar un momento siquiera, por no cambiar aquella resolución desesperada, inclinóse sobre el nauseabundo saco, lo abrió con el cuchillo que Faría había hecho, sacó el cadáver, lo llevó a su propio calabozo, lo acostó en su cama, poniéndole en la cabeza el pañuelo de hilo que él acostumbraba llevar puesto, lo cubrió con su cobertor, besó por última vez aquella frente helada, pugnó por cerrar aquellos ojos rebeldes que seguían abiertos y horribles en su inmovilidad, le puso el rostro vuelto a la pared, para que el carcelero al traerle la cena creyese que estaba acostado como solía, volvió al subterráneo, sacó de su escondite la aguja y el hilo, se quitó sus harapos para que se sintiera por el tacto la carne desnuda, metióse en el saco embreado, se colocó en la misma situación que el cadáver tenía, y sujetó por dentro la costura. Si por desgracia hubiesen entrado en este momento, hubieran podido oír los latidos de su corazón.
Habíale sido posible esperar que pasase la visita de la noche, pero temía que el gobernador cambiase de idea, mandando sacar el cadáver. Con esto perdería su última esperanza. Ahora lo que tenía que temer era muy poco. He aquí su plan:
Si por el camino los enterradores conocían que llevaban un vivo en lugar de un muerto, no les daba tiempo para nada, con una cuchillada vigorosa abría de arriba abajo el saco, y se aprovechaba de su terror para escaparse. Si querían apoderarse de él, ¿no llevaba un cuchillo? Si lo conducían hasta el cementerio y le metían en una fosa, dejábase cubrir de tierra, y apenas los enterradores volviesen la espalda, se abría paso a través de la tierra removida, y como era de noche, escapaba. Pensaba que el peso no sería tan grande que no lo pudiera resistir.
Si se equivocaba, si, por el contrario, la tierra le pesaba mucho y le ahogaba, ¡tanto mejor para él!, todo concluiría entonces.
No había comido desde la víspera, pero ni aquella mañana había pensado en el hambre, ni ahora pensaba tampoco. Era demasiado precaria su situación para que pudiera ocuparse de otra cosa.
El primer peligro a que estaba expuesto era que el carcelero, al llevarle su comida a las siete, echase de ver la sustitución verificada. Por fortuna, veinte veces había recibido Dantés acostado al carcelero, ya fuese por misantropía, ya por cansancio, y en este caso generalmente aquel hombre dejaba sobre la mesa el pan y la sopa y se iba sin hablarle.
Pero esa vez el carcelero podía hablarle y como Dantés no le respondería, acercarse a la cama y descubrirlo todo.
Hacia las siete de la noche fue cuando empezaron, a decir verdad, las agonías de Dantés. Con una mano apoyada en el pecho trataba de ahogar los latidos de su corazón mientras enjugaba con la otra el sudor de su frente, que corría hasta por sus mejillas. De vez en cuando todo su cuerpo se estremecía con un temblor convulsivo, oprimiéndosele el corazón como si estuviese sometido a la presión de un torno. Transcurrían las horas sin que en el castillo se notase ningún movimiento por lo que comprendió que se había librado del primer peligro. Esto era de buen agüero. Por último, a la hora señalada por el gobernador, se oyeron pasos en la escalera. Edmundo conoció que el momento había llegado, y llamó en su ayuda todo su valor, conteniendo su aliento. Feliz él si hubiera podido contener de igual modo los violentos latidos de su corazón.
Los pasos, que iban en aumento, se detuvieron a la puerta. Dantés supuso que eran dos los enterradores que iban a buscarle. Esta sospecha se trocó en certidumbre cuando oyó el ruido que hacían al poner en el suelo las parihuelas.
Abrióse la puerta y una luz confusa hirió los ojos de Edmundo. A través del lienzo que le envolvía, vio acercarse dos sombras a su cama, en tanto que otra, con un farol en la mano, se quedó a la puerta. Cada uno de los que se acercaron a la cama cogió el saco por uno de sus extremos.
-Para ser viejo y tan flaco, pesa bastante –dijo uno de ellos levantando la cabeza de Dantés.
-He oído decir que el peso de los huesos aumenta media libra todos los años -contestó el otro asiéndole por los pies.
-¿Has hecho el nudo? -preguntó el primero.
-Buena tontería fuera añadir un peso inútil. Allá lo haré.
-Tienes razón. Vamos.
« ¿Pare qué será ese nudo? », se preguntaba Dantés.
Desde la cama trasladaron a las angarillas al falso muerto. Edmundo se puso todo lo rígido que pudo para desempeñar mejor su papel de cadáver. Pusiéronle, pues, en las angarillas, y alumbrados por el del farol, que iba delante, empezaron a subir la escalera.
De súbito, el aire fresco de la noche, en el que Dantés reconoció al mistral, azotó su cuerpo. Esta súbita sensación fue a la vez angustiosa y dulcísima.
A unos veinte pasos detuviéronse los que le llevaban, y pusieron en el suelo las angarillas. Uno de ellos debió de alejarse un tanto, porque Edmundo oyó sus pisadas en las losas.
« ¿Dónde estoy? », se preguntó.
-¿Sabes que no pesa poco? -dijo el que había permanecido junto a Dantés, sentándose al borde de las angarillas.
La primera idea de Dantés fué escaparse entonces, pero por fortuna se contuvo.
-Alúmbrame, animal -dijo el que se había separado-, alúmbrame o no podré encontrar lo que busco.
El hombre de la linterna obedeció a la demanda del enterrador, aunque, como se ha visto, no tenía nada de cortés.
«¿Qué buscará? -dijo para sí Dantés-,sin duda un azadón.»
Una exclamación dio a entender que el enterrador había encontrado al fin lo que buscaba.
-Menudo trabajo ha costado -dijo el otro.
-Sí, pero nada se ha perdido por esperar -contestó el primero.
Y dicho esto se acercó a Edmundo, que oyó poner a su lado una cosa pesada y sonora. Al mismo tiempo una cuerda atada a sus pies le causó viva y dolorosa impresión.
-¿Está ya hecho el nudo? -preguntó el enterrador que no se había movido de allí.
-Y bien hecho -respondió el otro.
-Pues en marcha.
Y volviendo a coger las angarillas siguieron su camino.
A los cincuenta pasos sobre poco más o menos hicieron alto para abrir una puerta, y volvieron a proseguir su camino.
El rumor de las olas, estrellándose en las peñas que sirven de base al castillo, iba llegando más distintamente a Dantés a medida que iban avanzando.
-¡Mal tiempo hace! -dijo uno de los hombres-. No está el mar pare bromas esta noche.
-El abate corre peligro de fondear.
Y ambos soltaron una carcajada.
Aunque Dantés no los comprendió, sus cabellos se erizaron.
-Bien. Ya hemos llegado -dijo el primero.
-Más allá, más allá -repuso el otro-. ¿No te acuerdas que el último muerto se quedó en el camino, destrozado entre las rocas, y que el gobernador nos regañó al día siguiente?


Subiendo constantemente, dieron cuatro o cinco pasos más, luego sintió Edmundo que le cogían por los pies y por la cabeza y que le balanceaban.
-¡A la una! -dijeron los enterradores.
-¡A las dos!
-¡A las tres!
Dantés se sintió lanzado al mismo tiempo a un inmenso vacío, hendiendo los aires como un pájaro herido de muerte, y bajando, bajando a una velocidad que le helaba el corazón. Aunque le atraía hacia abajo una cosa pesadísima que precipitaba su rápido vuelo, parecióle como si aquella caída durase un siglo, hasta que, por último, con un ruido espantable, se hundió en un agua helada que le hizo exhalar un grito, ahogado en el mismo instante de sumergirse. Edmundo había sido arrojado al mar con una bala de treinta y seis atada a sus pies. El cementerio del castillo de If era el mar.

Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo

viernes, 6 de enero de 2017

UN SALUDO DE PASCUA PARA TODO NIÑO QUE QUIERE A «ALICIA»


Querido niño:

Te pido un deseo; si puedes, lee esta carta sincera como si fuera de un verdadero amigo al que has visto y cuya voz puedes creer. Te deseo con todo mi corazón unas felices Pascuas. ¿Intenta sentir aquel delicioso sueño del primer despertar de una mañana de verano, cuando oías el piar de los pájaros mientras la fresca brisa penetraba por la ventana... Cuando, acostado, entreabrías los ojos, viendo medio dormido las ramas verdes y onduladas, o las gotas de agua traspasadas por la luz dorada? Era una sensación muy cercana a la tristeza, las lágrimas venían a los ojos como cuando contemplábamos un bello cuadro o un poema. ¿No es esto como una Madre bondadosa que borra tus dudas y una voz dulce de Madre que te llama para que te levantes?

Te levantas y olvidas, con el brillo solar, los sueños desagradables que te asustan cuando todo está oscuro... ¿Levantarse y disfrutar de otro feliz día, primeramente arrodillado para agradecer a este Amigo desconocido que te envía el magnífico sol?

¿Son palabras extrañas de un escritor de cuentos como el de «Alicia»? ¿Y es esta una carta rara para que la encuentres en un libro sin sentido? Es posible. Algunos me reprocharán por esta mezcla de cosas serias y alegres; otros quizá sonrían Y piensen que este extraño desea hablar de todas las cosas solemnes, excepto en la Iglesia y en Domingo: pero creo... no. Estoy seguro que algunos niños leerán esta carta amable y gentilmente con el espíritu que la he escrito.

No creo que Dios nos culpe de dividir la vida en dos partes... Tener una carta seria el Domingo, y no practicar lo que creemos en los días laborables. ¿Crees que El cuida sólo de los que se arrodillan y que oye solamente a los que rezan... y que El no sólo ama a las ovejas que se alejan de la luz, sino también gusta oír las voces suplicantes de los niños que ruedan entre el heno? ¿Seguramente sus inocentes risas es dulce sonido para sus oídos, como el más grande de los himnos que ambientan «la opaca luz religiosa» de alguna solemne catedral?

Si yo he querido añadir algo a esto que he escrito para estos inocentes, es para entretener y enmendar lo que los libros estropean a los niños que amo; esto es, ciertamente, algo que espero mirar sin vergüenza ni sombra de miedo (¡como muchas cosas de la vida deben ser recordadas!) cuando regrese al valle de las sombras.

La Pascua se acerca, querido niño; «siente la vida en todo tu cuerpo» y embriágate del fresco aire de la mañana... Y muchos un día de Pascua llegarán y se marcharán; antes de encontrarse débiles y canosos, intentarán tomar el sol una vez más... Pero si esto es bueno, incluso ahora, piensa algunas veces en la maravillosa mañana cuando «El Sol de Justicia» se levante para «cicatrizar las heridas».

Repentinamente, tu tristeza disminuirá por el pensamiento de que un día verás el amanecer luminoso... Cuando surjan las señales, contemplarás algunos árboles encorvados o algunas gotas brillando... Cuando las manos angélicas quiten las dudas y dulces sonidos de un pecho de Madre te despierte a un nuevo y glorioso día... y toda la tristeza y el dolor, de esta vida oscura sobre la pequeña Tierra será olvidado como el sueño de una noche que pasó.

Afectuosamente, tu amigo

Lewis Carroll

jueves, 5 de enero de 2017

LA LLEGADA DE LOS REYES MAGOS


Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Reyes que venís de Oriente
al Oriente del sol solo,
que más hermoso que Apolo,
sale del alba excelente.

Mirando sus luces bellas,
no sigáis la vuestra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

No busquéis la estrella ahora,
que su luz ha oscurecido
este sol recién nacido,
en esta Virgen Aurora.

Ya no hallaréis luz en ellas,
el niño os alumbra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Aunque eclipsarse pretende,
no reparéis en su llanto,
porque nunca llueve tanto
como cuando el sol se enciende.

Aquellas lágrimas bellas,
la estrella oscurece ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Lope de Vega

miércoles, 4 de enero de 2017

JANE, EL ZORRO & YO


Montreal, finales de los años ochenta del siglo pasado. Hélène es una muchacha de doce años que inexplicablemente ha sido dejada de lado por sus antiguas amigas, que ahora se divierten humillándola en público. El día a día de la protagonista es un infierno y su autoestima se resiente hasta el punto de que llega a asumir como ciertos los insultos recibidos. No quiere recurrir a la ayuda y comprensión de su madre, porque la vida de ésta no es mucho mejor: siempre al borde del colapso por agotamiento, mantiene ella sola a Hélène y sus dos hermanos. El único consuelo de Hélène es la lectura de Jane Eyre, la novela de Charlotte Brontë, con cuya desgraciada protagonista se siente identificada. Sin embargo, un rayo de esperanza llegará a su vida en forma de un zorro, cuya mirada le devolverá su autoestima y la capacidad para volver a relacionarse con los demás, consiguiendo hacer nuevas amigas. Y es que en la mirada de ese animal, que también remite al zorro de Saint-Exupéry en El Principito, halla la ternura que no ha encontrado en sus semejantes; y será el primer paso que le permitirá relacionarse con el mundo.


Sirviéndose del formato de la novela gráfica, Isabelle Arsenault (ilustradora) y Fanny Brit (escritora) han creado una historia conmovedora con temas como el paso de la infancia a la edad adulta, el acoso escolar, los problemas derivados de la baja autoestima y la capacidad del arte en general y la literatura en particular para convertirse en tablas de salvación. Sus dibujos evocadores, con una inteligente utilización del color, ilustran el aislamiento, la tristeza y, finalmente, la esperanza de Hélène.


                Es un cómic que nos atrae por su belleza y por los temas que trata de una forma sincera: la soledad, el poder transformador de la literatura, del deseo de anular la visión que los demás tienen de nosotros, el acoso. Todo está pensado en este libro, desde la tipografía (que remite a la escritura infantil y que varía de tamaño para expresarnos los estados de ánimo de la protagonista), hasta el color (el mundo gris en el que vive Hélène contrasta con el colorido de las páginas de Jane Eyre y del momento en el que aparece el zorro. Y poco a poco, el color irá llegando al mundo de la protagonista).


                Con esta obra las autoras han conseguido más de una quincena de premios y menciones internacionales, entre ellos el Governor General's Literary Award en la categoría de álbum ilustrado; así como la nominación al Premio Eisner en la categoría de libro juvenil.

martes, 3 de enero de 2017

UNA MANERA COMPLETAMENTE IDIOTA DE COMENZAR UNA HISTORIA


Aquellos días encontraba justificación para cualquier cosa. Cuando mis padres vieran las notas seria horrible, pero de momento vivía en una nube. Siempre había sido buena estudiante, así que no me preocupaba demasiado: ya lo arreglaría. De lo que no quería privarme -¡de ningún modo!- era de vivir aquella montaña rusa de sentimientos que de pronto había aparecido en mi vida.

Me estaba pasando algo muy importante.

Tal vez tendría consecuencias, pero deberían asumirlas. Yo ya lo había hecho.

¿0 tal vez alguien cree que cuando un huracán de fuerza cinco pasa por tu vida deja algo en su lugar?

Mi huracán de fuerza cinco se llamaba Marcelo y era un fantasma. Quiero decir que no era -aún- un ser de carne y hueso. Era un ser virtual, que vivía dentro de mi cabeza y de mi ordenador.

Le conocí de una manera muy curiosa: gracias a un libro que tomé en préstamo en la biblioteca municipal. Era una recomendación de la profesora de filosofía que servía para subir nota: El guardián entre el centeno, de un tal J. D. Salinger. La bibliotecaria me lo entregó junto a un punto de libro donde se leía: «Comparte tu lectura con otros jóvenes como tú en el fórumlector de nuestra página web». Me pareció buena idea echarle un vistazo. Para ver de qué iba y al menos saber qué opiniones les merecía a los demás.

Entré en el fórum aquella misma noche. Husmeé aquí y allá, en busca de opiniones interesantes. Entonces tropecé con esto:

¿Pensáis que un libro puede cambiaros la vida? Yo antes habría dicho que no sin ni siquiera pensarlo. Pero este libro me ha hecho cambiar de opinión. Me lo he leído un montón de veces y cada vez me pregunto cómo se las ingenió el autor, ese Salinger, para escribir exactamente las cosas que yo a veces pienso o siento. Punto por punto, sin olvidar nada. Os prometo que da un poco de miedo. Me gustaría mucho ser amigo del autor para llamarle por teléfono e invitarle a una cerveza. Le diría: «Yo soy el nuevo Holdert Caulfield. Un caso perdido, como él. Yo también estoy un poco loco a veces. También estoy convencido de que casi siempre es mejor no contarle nada a nadie, porque la gente nunca te entiende en realidad». También me gustaría hacerle algunas preguntas. Por ejemplo: «¿Ese Caufield del libro eres tú? ¿Todo eso que cuentas ha ocurrido en realidad? Porque si ha ocurrido comprendería por qué parece tan real. Si no, la verdad es que no sé cómo lo has hecho, tío, en serio». Venga, ya termino. Este libro es una pasada, hacedme caso. Es el único consejo que pienso daros en toda mi vida.

Aquel mensaje en el fórum despertó mi curiosidad, y eso que entonces aún no sabía que El guardián entre el centeno es una novela muy famosa, que podría resumirse más o menos así: un tío que está colgado hace un montón de estupideces en NuevaYork después de ser expulsado del instituto por holgazán y problemático. Es algo así como la obra maestra de su autor, que también debió de estar un poco colgado, creo yo. Esta novela le hizo rico. Ahora ya está muerto, pero el libro sigue teniendo miles de lectores todos los años.

Me lo llevé a la cama y comencé a leerlo. Cuando miré la hora era medianoche y ya iba casi por la mitad. ¡Todo un récord! Estaba en aquella escena en que Holden recibe a Sunny en la habitación del hotel, página 103. ¡Me tenía completamente enganchada! Igual porque era lo más fuerte que había leído hasta entonces.

Al día siguiente regresé al fórum virtual de la biblioteca y busqué el comentario que me había inspirado semejante maratón de lectura. En realidad, buscaba el correo electrónico de su autor. Encontré su ficha, con algunos datos. Edad: 17. Instituto: Ricard Salvat. Correo: HoldenCaulfield@... ¡Por supuesto! No podía ser otro. El nombre del protagonista desgraciado, como él había escrito. Sonreí al leerlo. Le comprendí un poco.

Escribí un mensaje de inmediato:

Hola, caso perdido. Solo te escribo para decirte que gracias a tu recomendación anoche empecé a leer El guardián entre el centeno y estoy superenganchada.. Creo, a diferencia de ti, que a mí no me gustaría nada conocer a su autor y aún menos al desastre del protagonista. Me cae bastante mal él Caulfield este y voy ya por la página 103. También me da un poco de miedo. ¿Por qué dices que te pareces a él? Ya sé que dices que no merece la pena explicar nada a nadie, pero a mí me gustaría que lo hicieras porque de verdad me interesa saberlo. Espero que me contestes, Holden. Abrazos, Xenia.

¿Verdad que es una manera completamente idiota de comenzar una historia? La vida a veces es completamente idiota.

Care Santos, Mentira

PREMIO EDEBE DE LITERATURA JUVENIL 2015

lunes, 2 de enero de 2017

LA SOCIEDAD LITERARIA Y EL PASTEL DE PIEL DE PATATA DE GUERNSEY


Enero de 1946: Londres emerge de las sombras de la segunda guerra mundial.

 La escritora Juliet Ashton está buscando el argumento para su próximo libro. ¿Quién podría imaginarse que lo encontraría en la carta de un desconocido, un nativo de la isla de Guernsey, a cuyas manos ha llegado un libro de Charles Lamb que perteneció a Juliet?

A medida que Juliet y el desconocido intercambian cartas, ella se queda atrapada en un mundo maravillosamente excéntrico. La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey -nacida como una coartada espontánea cuando sus miembros fueron descubiertos rompiendo el toque de queda de los alemanes- contiene una galería de personajes profundamente humanos, divertidos, encantadores, amantes de la literatura, que sobrellevaron la ocupación nazi organizando reuniones de lectura sobre novelas clásicas, siempre alrededor de un pastel de piel de patata.

Juliet empieza una importante correspondencia con los miembros de la sociedad, pequeñas joyas que hablan de libros y del placer de la lectura, de la amistad, de la vida cotidiana y del impacto que la ocupación alemana ha tenido en sus vidas. Muchas de ellas nos hablan de Elizabeth, tal vez junto con Juliet el personaje central de la novela, pero que no va a aparecer en ella. Cautivada por sus historias, decide visitarles, y lo que encuentra le cambiará para siempre su vida.

Esta novela de Mary Ann Shaffer, en la que también colabora su sobrina Annie Barrows, es una historia fresca, amena, que carta tras carta te va atrapando, quieres saber las peripecias de los isleños durante la ocupación, algunas emocionantes, otras tristes, las relaciones de Juliet (me encanta esa referencia al final del libro a los personajes de Agatha Christie y Jane Austen: Darcy, Elizzabeth Bennet, la metomentodo señorita Marple). Estamos ante una historia coral, formada por las cartas que se entrecruzan los numerosos personajes (Juliet, Dawsey, Isola…). A partir de lo que se cuenta en ellas, de los distintos puntos de vista, construimos el relato, esa historia que nos atrae dando forma a la novela más allá de los esbozos que nos ofrecen las cartas. Encontamos amor, amistad, pasión por los libros (Charles Lamb, Jane Austen, Oscar Wilde, las hermanas Brönte, Agatha Christie), humor... El lenguaje coloquial favorece la espontaneidad de las cartas. 

domingo, 1 de enero de 2017

LA MARCHA RADETZKY


En toda la división no había mejor banda militar que la del regimiento de infantería número 10 de W, pequeña capital de distrito, en Moravia. Su director era uno de aquellos músicos militares austríacos que, gracias a su buena memoria y a una especial capacidad para crear nuevas variaciones a partir de viejas melodías, se hallaban en condiciones de componer cada mes una marcha militar. Estas marchas se parecían entre sí como soldados. La mayoría de ellas empezaban con un redoble de tambor, pasaban después al ritmo acelerado del toque de retreta, al sonido estrepitoso de los agradables platillos y acababan con el retumbar del trueno del bombo, ese alegre y breve temporal de la música militar. Lo que distinguía especialmente al músico mayor Nechwal frente a sus colegas era su gran tenacidad para crear nuevas composiciones y el rigor, entre alegre y enérgico, con que dirigía los ensayos. La mala costumbre de otros músicos mayores de dejar que el sargento dirigiera la primera marcha y no decidirse a tomar la batuta hasta haber llegado al segundo punto del programa era, en opinión de Nechwal, un síntoma evidente de la decadencia de la real e imperial monarquía austríaca. En cuanto la banda se había colocado en el semicírculo reglamentario, después de clavar los diminutos pies de los flexibles atriles en los hilillos de tierra que había entre los adoquines, ya estaba el músico mayor situado en el centro, frente a sus subordinados, con la batuta de ébano negro y puño de plata discretamente levantada. Todos los conciertos en la plaza —siempre bajo el balcón del señor jefe de distrito— se iniciaban con la marcha de Radetzky. A pesar de que los músicos dominaban esta composición hasta la saciedad y no tenían necesidad de dirección alguna, Nechwal consideraba que era menester leer todas las notas en la partitura. Y, como si ensayara por primera vez la marcha de Radetzky, todos los domingos, con absoluta meticulosidad militar y musical, erguía la frente, la batuta y la mirada y dirigía las tres hacia el segmento del círculo en cuyo centro se hallaba, y que en su opinión precisaba especialmente de sus órdenes. Redoblaban los tambores, tocaban dulces las flautas y resonaba el estrépito de los agradables platillos. En los rostros de los espectadores se dibujaba una sonrisa entre soñadora y complacida; sentían el hormigueo de la sangre que ascendía por las piernas y, a pesar de estar firmes, creían hallarse ya en plena marcha. Los hombres maduros dejaban caer la cabeza y recordaban sus maniobras militares. Las mujeres ya entradas en años permanecían sentadas en los bancos del parque cercano, y sus sienes, ya enmarcadas por hebras grises, temblaban. Era verano.

Joseph Roth, La Marcha Radetzky