domingo, 19 de marzo de 2017

EL REY CERDO


Aquí tenéis este cuento italiano del siglo XVI, desconocido para muchos, que es uno de los antecedentes literarios de La Bella y la Bestia:

Deben, pues, saber, queridas señoras mías, que Galeoto era rey de Anglia, hombre tan rico de los bienes de la fortuna como de los del espíritu; y tenía por mujer a la hija de Matías, rey de Hungría, llamada Ersilia, la cual superaba en belleza, virtud y cortesía a todas las otras damas de su época. Y Galeoto gobernaba su reino con tanta prudencia que no había en éste nadie que pudiera quejarse de él con razón. Habiendo vivido, pues, largo tiempo juntos, quiso la suerte que Ersilia nunca quedase encinta. Lo que disgustaba tanto al uno como al otro. Sucedió que Ersilia, paseando por su jardín, andaba juntando flores; y, sintiéndose ya bastante cansada, divisó un lugar lleno de verdes hierbas; al llegar a él, se sentó; e, invitada por el sueño y por los pájaros, que cantaban dulcemente en lo alto entre las verdes ramas, se quedó dormida. Entonces, para su buena fortuna, pasaron por el aire tres hadas altivas; las cuales, viendo a la joven dormida, se detuvieron y, considerando su belleza y su encanto, pensaron juntas en hacerla inviolable y hechizarla. Así pues, las tres hadas se pusieron de acuerdo.
La primera dijo: «Quiero que la reina sea inviolable y que la próxima noche que pase con su marido quede encinta y nazca de ella un hijo que no tenga igual en el mundo por su belleza».
La segunda dijo: «Y yo quiero que nadie pueda hacerle daño y que su hijo esté dotado de todas las virtudes y gracias imaginables».
La tercera dijo: «Y yo quiero que sea la mujer más prudente y más rica del mundo, pero que el hijo que concebirá nazca cubierto con una piel de cerdo, que se comporte como un cerdo en todo y para todo, y que no pueda salir nunca de ese estado sin haber tenido antes tres esposas».
Una vez que las hadas se fueron, la reina se despertó; y, levantándose de inmediato, recogió las flores que había juntado y volvió al palacio. No pasaron muchos días antes de que Ersilia quedase encinta; y, cuando llegó el momento del parto, dio a luz a un hijo que no tenía el cuerpo de un ser humano sino el de un cerdo. Cuando el rey y la reina se enteraron de esto, sintieron un dolor inenarrable. Y para que semejante parto no acarrease la deshonra de la reina, que era santa y buena, el rey se sintió inclinado a hacerlo matar y arrojar al mar. Pero luego, cambiando de actitud y pensando cuerdamente que fuera cual fuera su aspecto el monstruo era hijo suyo y tenía su sangre, dejó de lado ese feroz propósito y, cediendo a la piedad mezclada con el dolor, quiso que se lo criase y se lo alimentase como ser racional y no como animal. El pequeñín, pues, solícitamente criado, se acercaba a menudo a su madre y, alzándose en dos patas, le ponía en la falda el morro y las pezuñitas. Y la compasiva madre, a su vez, lo acariciaba, poniéndole las manos en la peluda espalda, y lo abrazaba y lo besaba igual que si fuera una criatura humana. Y el niño enrulaba la colita, mostrando con gestos evidentes que las caricias de la madre le eran muy gratas. El cerdito, habiendo crecido bastante, empezó a hablar como un ser humano y a pasearse por la ciudad; y allí donde había inmundicias y basuras, se metía en ellas como hacen los cerdos. Luego, sucio y hediondo como estaba, volvía a casa y, yendo a refregarse en las ropas del rey y de la reina, se las ensuciaba todas de estiércol; pero, como era su único hijo, los padres lo soportaban todo con paciencia.
Uno de esos días, el cerdito volvió a casa y, después de ponerse todo sucio encima de las ropas de la madre, le dijo gruñendo:
—Madre mía, yo quisiera casarme.
Al oír esto, la reina respondió:
—¡Pero qué loco eres! ¿Quién quieres que te tome por marido? Eres hediondo y puerco, ¿y quieres que un barón o un caballero te dé a su hija?
Él contestó gruñendo que, fuera como fuese, quería una esposa. La reina, que no sabía como actuar, le dijo al rey:
—¿Qué debemos hacer? Mira en qué situación nos encontramos: nuestro hijo quiere esposa, y ninguna lo querrá por marido.
El cerdito volvió junto a su madre y, gruñendo con fuerza, decía:
—Yo quiero una esposa, y no pararé hasta que me den esa joven que he visto hoy y que me gusta tanto.
Ésta era hija de una pobre mujer que tenía tres, cada una de las cuales era hermosísima. Al oír esto, la reina enseguida mandó llamar a la mujer con su hija mayor y le dijo:
—Querida señora mía, eres pobre y estás cargada de hijas; si me dices que sí pronto te harás rica. Yo tengo este hijo cerdo, y quisiera casarlo con tu hija mayor. No pienses en tenerle respeto a él, que es cerdo, sino al rey y a mí, porque un día tu hija será dueña de todo nuestro reino.
La hija, al oír estas palabras, se turbó mucho; y, poniéndose colorada como una rosa de la mañana, dijo que no quería de ningún modo aceptar aquella propuesta. Pero tan dulces fueron las palabras de la pobre mujer que la hija accedió. Cuando el cerdo volvió todo sucio a casa, fue corriendo a ver a su madre, que le dijo:
—Hijo mío, te hemos encontrado mujer, exactamente como tú querías.
Y, después de llamar a la esposa, vestida de honorabilísimas ropas reales, se la presentó al cerdo. El cual, viéndola bella y graciosa, no cabía en sí de contento, y, hediondo y puerco como estaba, le daba vueltas alrededor, haciéndole con el morro y las pezuñas tantas caricias como nadie había visto nunca hacer a un cerdo. Y ella, como él le emporcaba todo el vestido, lo empujaba para apartarlo, pero el cerdo le decía:
—¿Por qué me rechazas? ¿Acaso no fui yo el que te dio este hermoso vestido?
A lo que ella contestó en tono soberbio:
—No, no le recibido de ti, ni de tu reino de cerdos.
Y cuando llegó la hora de irse a la cama, la joven dijo:
—¿Qué puedo hacer con este animal hediondo? Esta noche, antes de que haya terminado el primer sueño, lo mataré.
El cerdo, que no estaba muy lejos, oyó sus palabras pero no dijo nada.
Cuando llegó la hora, pues, fue, todo cubierto de estiércol y carroñas, hasta el pomposo lecho, levantó las finísimas sábanas con el morro y con las pezuñas y, emporcándolo todo de estiércol hediondo, se tendió junto a su esposa. La cual no tardó mucho en dormirse. Pero el cerdo, fingiendo dormir, la hirió con tanta fuerza en el pecho con los colmillos puntiagudos que ella quedó muerta en el acto. Y, levantándose a la mañana temprano, se fue, como de costumbre, a comer y a emporcarse.
 A la reina se le ocurrió ir a visitar a la nuera; y cuando llegó y la vio muerta, asesinada por el cerdo, sintió un grandísimo dolor. El cerdo volvió a casa y, cuando la reina se puso a reprenderlo ásperamente, él le respondió que le había hecho a la esposa lo que la esposa le quería hacer a él, y se fue furioso.
No pasaron muchos días antes que el cerdo empezara de nuevo a decirle a la madre que quería casarse con la segunda hermana; y a pesar de que la reina se opuso a ello, igualmente él siguió diciendo con obstinación que la quería fuese como fuese, amenazando con destruirlo todo si no se la daban. Al oír esto, la reina fue a ver al rey y le contó todo; y él le dijo que sería mejor hacerlo morir antes de que devastase la ciudad. Pero la reina, que era su madre y lo quería enormemente, no podía soportar la idea de perderlo, aunque fuese un cerdo.
Y después de llamar a la pobre mujer con la otra hija, deliberó largo tiempo con ellas; y una vez que hubieron deliberado juntas acerca del matrimonio, la muchacha consintió en aceptar al cerdo por esposo. Pero las cosas no salieron como ella lo deseaba, porque el cerdo la mató como a la primera, y a la mañana temprano dejó el palacio.
Y cuando volvió a la hora acostumbrada cubierto de tanta inmundicia y tanto estiércol que, por el hedor, no era posible acercársele, el rey y la reina lo trataron muy mal por sus excesos. Pero el cerdo respondió, atrevidamente, que le había hecho a ella lo que ella pretendía hacerle a él.
No había pasado mucho tiempo cuando su alteza el cerdo le dijo nuevamente a la reina que quería volver a casarse, tomando por mujer a la tercera hermana, que era más hermosa aún que la primera y la segunda. Y como el pedido se le negó categóricamente, él insistía más aún en casarse con ella, y con palabras ruines y espantosas amenazaba de muerte a la reina si no se la daba por esposa. La reina, al oír aquellas palabras puercas y vergonzosas, sentía un tormento tan grande en el corazón que casi se vuelve loca.
 Y dejando de lado toda otra consideración, mandó llamar a la pobre mujer con su tercera hija, que se llamaba Meldina, y le dijo:
—Meldina, hija mía, quiero que tomes a su alteza el cerdo por esposo; no pienses en tenerle respeto a él sino a su padre y a mí, porque si sabes llevarte bien con él serás la mujer más feliz y más satisfecha del mundo.
A lo que Meldina respondió, con semblante alegre y sereno, que estaba muy contenta, y le agradeció mucho a la reina que se dignase aceptarla como nuera. Y que aun cuando no recibiese nada más, le bastaría, pobre como era, con convertirse en un instante en la nuera de un poderoso rey. Al oír esta respuesta afectuosa y llena de gratitud, la reina, conmovida, no pudo retener las lágrimas. Pero no obstante temía que también a ella le ocurriese lo mismo que a las otras dos.
Vestida con trajes suntuosos y engalanada con joyas preciosas, la esposa esperó a que su marido volviese a casa. Cuando su alteza el cerdo llegó, más sucio y puerco que nunca, la esposa lo recibió amablemente, extendiendo en el suelo su precioso vestido y rogándole que se tendiese junto a ella. La reina le decía que lo apartase de su lado, pero ella se negaba a hacerlo y le dijo a la reina las palabras siguientes:
Tres cosas he oído ya contar,
Sacra Corona pía y venerable:
una, que si algo no es posible hallar,
querer lograrlo es locura muy grande;
otra, que nunca se debe confiar
en lo que recto no es ni razonable;
la tercera, que el don hay que apreciar,
raro y precioso, que las manos asen.
Su alteza el cerdo, que no dormía pero lo oía todo claramente, se incorporó y se puso a lamerle la cara, el cuello, el pecho y los hombros; y ella, a su vez, lo acariciaba y lo besaba, con lo que él se inflamaba de amor. Cuando llegó la hora de dormir, la esposa se metió en la cama y esperó a su querido esposo; y poco después el esposo, todo sucio y hediondo, fue a acostarse. Y ella, levantando la cobija, hizo que se le acercase, le acomodó la almohada debajo de la cabeza, tapándolo bien y corriendo las cortinas del dosel para que no tomase frío. Su alteza el cerdo, cuando se hizo de día, dejando el colchón lleno de estiércol, volvió a su comedero.
La reina, por la mañana, fue a la habitación de la esposa; y, creyendo que vería la misma escena que las otras dos veces, encontró a su nuera contenta y de buen humor, aun cuando la cama estaba emporcada de inmundicias y carroñas. Y le dio gracias al Altísimo por semejante regalo: que el príncipe había encontrado mujer a su gusto.
Poco tiempo después, su alteza el cerdo, mientras estaba conversando agradablemente con su mujer, le dijo:
—Meldina, querida esposa mía, si supiera que no le dirás a nadie mi gran secreto, yo, haciéndote inmensamente feliz, te revelaría algo que hasta ahora he tenido escondido; y como sé que eres sensata y prudente, y veo que me amas con auténtico amor, quisiera compartirlo contigo.
—Puedes hacerlo sin temor —dijo Meldina—, porque te prometo que no se lo diré nunca a nadie sin tu permiso.
Así fue como su alteza el cerdo, tranquilizado por su esposa, se sacó de encima la piel puerca y hedionda y quedó hecho un joven hermosísimo y agraciado: y pasó toda la noche abrazado en la cama con su Meldina. Y después de ordenarle que no dijese nada de todo aquello, porque faltaba poco tiempo para que saliese de estado tan miserable, se levantó de la cama; y poniéndose su traje porcino, se fue a hurgar en las inmundicias como antes.
Dejo que cada uno imagine cuánta y cuál fue la alegría de Meldina al descubrir que estaba casada con un joven tan encantador y gentil.
Poco tiempo después la joven quedó encinta; y cuando llegó el momento del parto dio a luz a un hermosísimo niño. Esto les dio al rey y a la reina una alegría inmensa, sobre todo porque vieron que no tenía forma de animal sino de ser humano. A Meldina le parecía una carga muy pesada tener que ocultarle a la reina algo tan importante y maravilloso; de modo que fue a ver a la suegra y le dijo:
—¡Sapientísima reina! Yo creía que me había unido a una bestia; pero tú me diste por marido el joven más hermoso, más lleno de virtud y más cortés que haya creado la naturaleza. Él, cuando va a la habitación a acostarse conmigo, se saca la corteza hedionda y, dejándola caer al suelo, queda hecho un joven apuesto y lleno de gracia. Cosa que nadie podría creer sino lo viese con sus propios ojos.
La reina creía que su nuera estaba bromeando, mientras que decía la verdad. Le preguntó cómo podía hacer para verlo, y la nuera le respondió:
—Ven esta noche a mi habitación a la hora del primer sueño: encontrarás la puerta abierta y verás que todo lo que te digo es verdad.
Cuando llegó la noche, después de esperar a que todos se fuesen a dormir, la reina mandó encender las antorchas y fue con el rey a la habitación del hijo; y, una vez adentro, encontró la piel porcina tirada en el suelo, y, acercándose a la cama, vio que su hijo era un joven hermosísimo, al que Meldina, su esposa, estrechaba entre sus brazos. Al ver esto, el rey y la reina se alegraron mucho, y el rey ordenó que, antes de que nadie saliese de allí, la piel se rompiera en mil pedazos pequeñísimos; y tanta fue la alegría del rey y de la reina por la transformación de su hijo que poco faltó para que se muriesen.
El rey Galeoto, viendo que tenía un hijo tan apuesto y virtuoso, y que éste le había dado nietos, renunció a la corona y al manto real y, en medio de grandes festejos, subió al trono su hijo; el que, a partir de ese momento, con el nombre de Rey Cerdo, gobernó el reino para gran contento de todo el pueblo, y vivió feliz largo tiempo con Meldina, su amadísima esposa.

Giovanni Francesco Straparola