martes, 7 de marzo de 2017

DON QUIJOTE Y LOS GIGANTES


Al rebasar un pequeño collado, (Sara) divisó media docena de árboles resecos, que proyectaban una sombra escasa bajo la que se guarecían dos hombres. Junto a ellos, buscando algún hierbajo que rumiar, aguardaban un caballo viejo y un asno de aspecto resignado. La chica corrió hacia allí, tropezando y gimiendo. Su aspecto expresaba con tanta claridad desconsuelo que uno de los dos hombres salió a su encuentro, preocupado. Era más bien bajo, rechoncho y llevaba barba de varios días, pero Sara se abrazó a él sollozando como si fuese la viva imagen de la más radiante esperanza. Intentó explicarle lo que les había ocurrido, pero no le salían las palabras: sólo era capaz de balbucear «¡ayuda, ayuda!». Él hizo lo que pudo por tranquilizarla:
—Sosiégate, muchacha. Calma, que ni lágrimas ni gemidos sirven para aclarar asunto alguno. Tengo por seguro que has sufrido algún famoso agravio o desafuero y que deseas ver tu derecho reparado. Pues bien, debes saber que llegaste a buen puerto, como suele decirse, ya que mi señor don Quijote, aquí presente, es el más grande caballero andante que vieron los tiempos pasados o presentes. Su fuerte brazo defiende a las viudas y a los huérfanos contra raptos, abusos y malos hechizos. Y de ello puedo dar fe yo, Sancho Panza, su escudero y testigo de mil asombrosas hazañas.
Recostado contra el tronco de uno de los árboles, el así elogiado caballero lanzó un suspiro. Era de edad más que mediana, tan enteco que parecía quebradizo y cuando empezó a hablar se agitaba trémula su barbita canosa y afilada:
—Sancho amigo, te agradezco tu buena disposición para defender mi maltrecha nombradía pero no debes hacer concebir falsas esperanzas a esta damita. ¿Hazañas, dices? Lo único que me has visto padecer desde que cabalgamos juntos son fracasos, manteos y quebrantos. Nada hay de asombroso en tales percances, salvo el hecho de que aún estemos vivos para contarlo. Por buena que sea mi intención, los resultados de mis esfuerzos son nulos o ridículos. Allá donde yo creo ver injusticias, sólo hay costumbres y rutinas de todos aceptadas; los que supongo malvados brujos son simples funcionarios y las princesas cuyo honor me apresto a defender se revelan deshonradas mozas de partido. Una y otra vez lo he intentado, pero ya no puedo más. Hace tiempo fui llamado el Caballero de la Triste Figura, pero ahora tienes ante ti al Caballero de la Mucha Fatiga. Muchacha, no sé lo que te aflige pero estoy lamentablemente seguro de que seré incapaz de remediarlo.
Calló luego con otro suspiro don Quijote e inclinó la cabeza sobre su pecho. Sara mientras no paraba de darle vueltas a la cabeza. ¡De modo que se había encontrado con don Quijote y Sancho Panza! Pues nada, había que aprovechar la ocasión. Lamentó no haber leído nunca la novela de Cervantes, aunque recordaba una serie de televisión sobre el personaje. Claro que tenerle allí delante, de carne y hueso... bastante más hueso que carne, según parecía... y mucho más desanimado que en la tele... Sin embargo, ella necesitaba su ayuda. ¡Y enseguida! Pero ¿cómo había que dirigirse a este señor tan raro y tan antiguo? La chica optó por el género dramático y se precipitó de rodillas junto a él, implorando:
—¡Por favor, por favor, buen caballero! Mis amigos Fisco y Jaiko han caído en poder de dos gigantes crueles que quieren mutilarles primero y matarles después. Salvo usted no hay esperanza ninguna para ellos ni ayuda para mí. ¿A quién recurriré si me abandonáis?
—¿Gigantes, dices? —don Quijote levantó la cabeza al oír la palabra, como los niños en la escuela cuando suena la campana del recreo. Pero la animación le duró poco y enseguida volvió a su abatimiento—. Seguro que te equivocas. Me tengo por una autoridad en la materia y puedo asegurarte que no hay gigantes: sólo son molinos de viento. Mueven sus aspas como si fuesen brazos enormes y amenazadores, pero son simples molinos. Llamándoles «gigantes» cometes un error muy común. También yo incurría en él con frecuencia, en otro tiempo, y pretendía luchar contra ellos para conseguir fama. ¡Imagínate! Nadie puede labrarse una reputación alanceando inocentes molinos de viento. Porque los molinos no raptan a nadie, ni mutilan ni asesinan a nadie: se limitan solamente a moler trigo y también a triturar las ilusiones de los viejos locos como yo o de las niñas solitarias como tú.
Sancho Panza intervino entonces, apoyando las súplicas de Sara. Desde que se encontraron, miraba a la muchacha con solicitud paternal. Su buen sentido había comprendido de inmediato que no era una princesa legendaria asustada por hechiceros de novela de caballerías sino una niña que necesitaba ayuda contra algún peligro perfectamente terrenal.
—Pero escuche vuesa merced a esta criatura, que una golondrina no hace verano ni un molino confundido con gigante hará que todos los gigantes luego vayan a ser molinos o molineros. Sí ahora vencéis a esos gigantes de los que yo no dudo y rescatáis a sus víctimas, mañana podréis enviarles camino del Toboso para que lleven a vuestra señora Dulcinea recado de rendida y amorosa pleitesía.
—¡Calla, Sancho, no hables de lo que no entiendes! —replicó dolorido en lo más íntimo el Caballero de la Mucha Fatiga—. La sin par Dulcinea, la dama de mis pensamientos, está ya definitivamente fuera de mi alcance. Nada he hecho para merecerla. Soy tan indigno de su atención como de escuchar el coloquio sublime de los astros en las noches de Castilla...
Como era de natural bastante impaciente, Sara estaba comenzando a hartarse de tantas rogativas:
—Muy bien, pues no me ayudéis sí no os apetece. Pero francamente... ¡vaya caballero ambulante estáis hecho! Aquí viene una con un problema y ni caso. Si esa señora Dulcinea de la que habláis con los ojos en blanco es tan sin par como usted guerrero y defensor de viudas, no me extrañaría que tuviese verrugas en la cara y bigote...
Don Quijote se puso en pie, no diré que de un salto pero sin duda bastante rápidamente, con un entrechocar de piezas de armadura que sonó como si fuesen latas de cerveza vacías.
—¡Eso sí que no! Sostengo ante quien fuere que Dulcinea es la más hermosa y yo el más desdichado de los caballeros. Y no está bien que mi flaqueza ni mi fatiga desmientan tan gran verdad. Ayer la defendí contra la furia de los dragones y hoy, si hace falta, arrostraré también por ella el ridículo, que es el dragón más peligroso de todos. ¡Ea, muchacha! ¿Dónde están esos ogros? Si existen se las verán conmigo y pagarán sus tropelías. ¡Con que gígantitos a mí...! Pero luego deberás reconocer públicamente allá donde fueres que no hay sobre este planeta ni bajo este firmamento dama más bella y menos verrugosa o bigotuda que mi Dulcinea.
Después, mientras la chica todavía enfurruñada decía por lo bajo «ya veremos...» aunque estaba muy satisfecha de haber sido finalmente escuchada, don Quijote requirió su caballo Rocinante y se encaramó a él con la ayuda del escudero. También Sancho se subió en su asno y ambos partieron trotando en la dirección que les había indicado Sara, quien les seguía de lejos. La muchacha quería albergar alguna esperanza, pero veía el asunto bastante peliagudo. La verdad es que consideraba muy pequeña la probabilidad que tenía la dispar pareja que la precedía de vencer a los feroces ogros. Si se hubieran admitido apuestas y la vida de sus compañeros no hubiese estado en juego... Sara habría sin duda apostado por los ogros.
Don Quijote llevaba en alto su lanza y embrazaba su adarga, mientras que Sancho se había guardado varios pedruscos de buen tamaño en el zurrón y tenía preparada su honda. El caballero advirtió sus manejos y comentó severamente:
—Creo haberte dicho en otras ocasiones, Sancho amigo, que pelear a cantazos es cosa  de cabreros y otros villanos semejantes, pero indigna del escudero de un caballero andante.
—Pues no lo tengo yo por tal —argüyó Sancho— sino que considero esta arma adecuada para la ocasión que nos aguarda, porque con una honda precisamente el santo David derribó para siempre al gigante Goliat.
—Sea como dices y no se hable más —concluyó magnánimo don Quijote, a! que a veces asombraba en su fuero interno el sencillo ingenio de Sancho. En ésas estaban cuando llegaron a la cima del altozano y desde allí divisaron a los dos monstruos enmascarados, sentados pesadamente en el suelo y dando tientos a un enorme pellejo de vino.
Encerrados entre las piernas de uno de ellos seguían Fisco y Jaiko, cada vez más angustiados por las risotadas y bromas ominosas de sus captores. Don Quijote abrió y cerró varias veces los ojos, como tratando de aclararse la vista:
—¡Que Dios nos ayude, buen Sancho! ¿Será posible? Porque para mí que son gigantes lo que tenemos enfrente. ¡Gigantes verdaderos, ogros malignos, lo que he buscado desde que salí de casa y me dediqué a la caballería andante! Puede que haya llegado por fin mi día, después de tantos desengaños y sinsabores... Pero ¿cómo estar seguros? Quizá dentro de un instante se conviertan en molinos, al igual que tantas otras veces. Cuanto más gigantes parecen los gigantes, más molinos resultan luego ser...
Sancho, en cambio, no albergaba dudas respecto a lo que veía, aunque en cambio las tenía —¡y muchas!— en lo referente al resultado de la batalla que se avecinaba:
—Repare bien vuesa merced que son gigantes y no ninguna otra cosa esos dos monstruos de allá abajo. Y retienen a dos muchachos, por lo que veo, que están gritando pidiendo auxilio...
En efecto, al ver en lontananza las siluetas del caballero y su escudero, Fisco y Jaiko comenzaron a dar voces desgarradoras. Entonces el Caballero de la Mucha Fatiga se sacudió su desánimo y no dudó más.
—Sean molinos o gigantes, Sancho, lo único seguro es que allí hay gente en peligro. Y para acudir al rescate de quienes están en peligro y ganar así gloria con ello se inventó la caballería andante. De modo que ¡sus y a ellos! ¡Por mi señora Dulcinea! ¡No huyáis, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!
Lanza en ristre, picó espuelas y el mohíno Rocinante avivó un tanto el paso. Los dos secuestradores contemplaron su avance y oyeron sus voces con bastante asombro.
—Patxi, ¿ves tú lo que yo veo?
—Claro, Miguelíto. Otros dos incautos que quieren abandonar este mundo antes de tiempo.
En ese preciso instante, zumbó la honda de Sancho Panza y una piedra bien dirigida le golpeó en la nariz.
—¡Joder, ay, maldita sea su estampa! Nos atacan a traición...
Ambos colosos se pusieron en pie. Parecían haberse olvidado un poco de Fisco y Jaiko, que comenzaron a apartarse discretamente de ellos.
—¿Sabes lo que te digo, Patxi? Que no me gusta nada esa pareja. Se diría que no nos tienen miedo. ¿Por qué? Vaya usted a saber... ¿Y si llevan algún arma secreta?
—No me inquietes, Miguelito. Yo con cosas raras de ésas no quiero saber nada. Ya sabes que sólo me gusta lo tradicional...
—Y la principal tradición es que los enanos como ésos nos tengan miedo, ¿no? Pero ahí vienen, a todo trapo y sin temblar. Francamente, este asunto empieza a olerme mal.
Entonces Fisco, ya a una prudente distancia de los ogros, comenzó a gritar:
—¡El cañón! ¡Venga, disparadles ahora un buen cañonazo!
Y Jaiko le secundó con fervor entusiasta:
—¡Eso, el cañón, el cañón! ¡Apunten...! ¡Fuego!
Los ogros estaban cada vez más inquietos.
—Con gente así de alterada no se puede hablar razonablemente. Si el mundo está lleno de personas sensatas que tiemblan como es lógico al vernos, ¿por qué cono debemos nosotros aguardar aquí a esos dos chalados que nos desafían? A mí no me gusta tratar con locos ni con fanáticos. ¡Anda y que les den! Mira, yo me largo. La prudencia es la madre de la ciencia...
—Lo que tú digas, Miguelito...
Y ambos a dos volvieron grupas y partieron con grandes zancadas, levantando tras su paso una enorme nube de polvo. Indignado por esta retirada que le privaba de adversarios, don Quijote les daba grandes voces («¡no huyáis, no huyáis, descomunales y soberbias criaturas...!») mientras espoleaba a Rocinante, el cual parsimoniosamente desistía de darse demasiada prisa. También Sancho celebraba la retirada de los gigantes y recomendaba renunciar a cualquier persecución punitiva:
—Déjeles vuesa merced que se vayan en buena hora, pues así le conceden una indiscutible victoria. A enemigo que huye, puente de plata. ¡Y viva por siempre mi señor don Quijote, flor y nata de la andante caballería!
Las voces de Jaiko y Fisco se unieron a esos vítores, mientras corrían al encuentro de sus salvadores. Sara los abrazó sin poder contener alguna lagrimita y Jaiko la besó con tal entusiasmo que la chica a punto estuvo de tragarse el protector dental. Por lo demás, estaba muy orgullosa de lo bien que había gestionado el rescate: «¡Misión cumplida! ¿Qué os parece? ¡Misión cumplida! ¡Y nada menos que con don Quijote! ¡Vaya pasada, eh!» Desde sus monturas, el caballero y su escudero les miraban con satisfecha benevolencia.
—No hay mayor contento, según creo, que salvar el pellejo cuando todo indicaba que estábamos a punto de perderlo —comentó el escudero lanzando un tierno suspiro.
Pero don Quijote, que aceptaba con nobleza y algo de alivio su inusual victoria, le corrigió:
—A mi entender aún es más importante recuperar la libertad. Pues la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.
Después de estas palabras, se dirigió a los dos rescatados:
—Y a vosotros, amigos, os tengo que hacer una petición propia de los usos de la caballería, a la que estoy seguro de que no os negaréis pues aunque jóvenes parecéis de muy noble talante. Quiero que vayáis a la villa del Toboso y allí busquéis a la sin par Dulcinea para testimoniarle mi amor y narrarle la hazaña que he llevado a cabo por ganar mérito ante sus ojos.
—Lo haremos con mucho gusto —dijo Fisco— pero, por favor, escribidnos el nombre de esa persona para que no lo olvidemos o confundamos.
Don Quijote se desembarazó de la lanza, que apoyó en el arzón, y de la adarga; luego tomó el pequeño cuaderno y el bolígrafo que le tendía Fisco, contemplando este último adminículo con bastante curiosidad. Por fin escribió con letras grandes y no muy hábiles: «DUL-CINEA». El muchacho arrancó la hoja y después leyó despacio el nombre en voz alta, para estar seguro de no equivocarse. Sara y Jaiko miraban el papel por encima de su hombro, con los ojos fijos en los trazos dibujados por la diestra del genial aventurero. Entonces un vientecillo venido de no se sabe dónde empezó a despeinarles, mientras les envolvía algo así como una luz purpúrea.
Jaiko aún tuvo tiempo de gritar: «Don Quijote, ¿cómo es Dulcinea?» Después el viento arreció, fortísimo, y una nube roja les cubrió por completo. «¡Nos vamos!», dijo Sara. Y partieron.

Fernando Savater, El Gran Laberinto