domingo, 31 de octubre de 2021

NOCHE DE BRUJAS

 


Cuando llegó la hora encantada, partimos hacia el bosque, uno por uno.

La noche estaba siniestramente cálida y tuve que hacer un esfuerzo para seguir el sinuoso sendero del bosque en la oscuridad afelpada como el terciopelo. Raíces que no podía ver se levantaban para arañar mis tobillos y, en una ocasión, pisé mal y caí al suelo y el aroma húmedo de una inminente tormenta invadió mi nariz. Sacudí la suciedad de mi cuerpo y avancé con más cuidado, mis pulsaciones aceleradas y superficiales, como los latidos de un conejo asustado.

Cuando llegué al comienzo del sendero, temí, por un momento, haber llegado tarde. Mi vestuario (pantalones, botas, camisa y abrigo de un estilo militar culturalmente ambiguo) no incluía reloj. Deambulé por el borde del bosque, mirando colina arriba, hacia la Mansión. En tres o cuatro ventanas destellaban luces tenues e imaginé a los pocos estudiantes demasiado cautos para venir a la playa espiando con timidez hacia afuera. Una rama crujió entre las sombras y me di la vuelta.

—¿Hay alguien ahí?

—¿Oliver? —La voz de James.

—Sí, soy yo —respondí—. ¿Dónde estás?

Emergió de entre dos pinos negros; su cara, un óvalo blanco en la penumbra. Iba vestido casi igual que yo, pero unas hombreras de plata brillaban en sus hombros.

—Tenía la esperanza de que fueras mi Banquo —dijo.

—Supongo que mereces una felicitación, Señor de Todo (…)

Medianoche: el tañido sordo del reloj de una iglesia resonó a través del aire de la noche calma y James sujetó mi brazo con fuerza.

—«La campana me invita» —declaró. La excitación hizo que sus palabras sonaran livianas y aspiradas—. «No la oigas, Duncan, ¡porque su tañido es un llamado al cielo o al infierno!». —Me soltó y desapareció entre las sombras de las malezas. Lo seguí, pero no demasiado cerca, por miedo a volver a tropezar y arrastrarnos a ambos al suelo.

La franja de árboles entre la Mansión y la orilla norte era densa pero estrecha y, pronto, una luz de un color naranja crepuscular comenzó a filtrarse por entre las ramas. James —podía verlo con claridad para entonces o, al menos, su contorno— se detuvo y yo avancé de puntillas hasta quedar detrás de él. Cientos de personas abarrotaban la playa, algunas estaban apiñadas en los bancos, otras apretadas en pequeños grupos en el suelo; sus siluetas, negras contra el resplandor fulgurante de la hoguera. El rumor lejano de los truenos, apagado por el chapoteo de las olas contra la orilla y el crepitar de las llamas. Susurros de excitación comenzaron a surgir de los espectadores cuando el cielo, pintado al óleo de un violeta retorcido y premonitorio, se enrojeció con la luz blanca de un relámpago. Luego, la playa quedó en silencio otra vez, hasta que una voz aguda, chillona, exclamó:

—¡Mirad!

Una forma blanca y sólida se acercaba sobre el agua, un arco largo y redondeado, como el lomo del monstruo del Lago Ness.

—¿Qué es eso? —susurré.

—Son las brujas —respondió James, lentamente. La luz del fuego se reflejaba en sus ojos como chispas rojas.

A medida que la forma bestial se deslizaba cada vez más cerca, lentamente se iba haciendo más nítida, lo bastante como para que yo me diese cuenta de que era una canoa dada vuelta. A juzgar por la altura del casco en el agua, debajo solo debía haber apenas espacio suficiente para una burbuja de aire. El bote flotó hasta los bajíos y, por un momento, la superficie del lago quedó lisa como un espejo. Luego, apareció una onda, una agitación, y emergieron tres figuras. Una bocanada de asombro colectivo salió disparada del público. Las chicas no parecían tanto brujas al principio, sino más bien como espectros: su pelo caía lustroso y mojado sobre sus rostros, sus vaporosos vestidos blancos parecían derretidos sobre sus extremidades y se arremolinaban en espirales detrás de ellas. Al salir del agua, sus dedos goteaban y le tela se aferró tanto a sus cuerpos que pude distinguir quién era quién, aunque permanecieron cabizbajas. A la izquierda estaba Filippa, con sus inconfundibles piernas largas y sus caderas pequeñas. A la derecha, Wren, más pequeña y delgada que las otras dos. En el medio, Meredith; sus curvas, audaces y peligrosas bajo el fino vestido blanco. La sangre me palpitaba en los oídos. James y yo, por el momento, nos olvidamos el uno del otro.

Meredith alzó el mentón solo lo suficiente como para que su cabello se deslizara fuera de su cara.

—«¿Cuándo volveremos a vernos las tres » —preguntó; su voz, baja y encantadora en el aire apacible—. «¿Cuando caigan rayos, truene o llueva?».

—«Cuando el alboroto termine —respondió Wren, con picardía—, cuando la batalla esté ganada y perdida».

La voz de Filippa sonó gutural e intensa:

—«Eso será antes de que el sol se ponga».

Un tambor hizo eco desde algún lugar en lo profundo del bosquecillo y el público se estremeció con gusto. Filippa miró hacia el sonido, directo al sendero donde James y yo estábamos escondidos bajo las sombras.

—«¡Tambor, tambor! Ahí viene Macbeth».

Meredith levantó sus manos a los costados y las otras dos avanzaron para sujetarlas.

TODAS: «Las raras hermanas, tomadas de la mano, por tierra y por mar viajamos, así giramos y giramos tres veces alrededor de ti y tres veces alrededor de mí y tres veces más para llegar a nueve».

Se unieron formando un triángulo y empujaron sus palmas abiertas hacia el cielo.

« ¡Silencio!» —exclamó Meredith—. «El hechizo está hecho».

James inhaló de repente, como si antes de eso se hubiera olvidado de respirar, y salió a luz.

«Jamás había visto un día tan feo y hermoso» —recitó y todas las cabezas se giraron hacia nosotros. Lo seguí de cerca, por detrás, ahora sin temor a tropezarme.

«¿Cuánto nos faltará hasta Forres?» —pregunté, luego me detuve en seco. Las tres chicas estaban paradas lado a lado y nos miraban con fijeza—. «¿Qué son estas mujeres tan arrugadas y tan excéntricas en su vestir, que no parecen habitantes de esta tierra y, sin embargo, están en ella?».

Descendimos más despacio. Mil ojos sobre nosotros, quinientos pares de pulmones contenían el aire.

YO: « ¿Estáis vivas? ¿Sois capaces de responderme una pregunta? Parece que me entendéis…».

JAMES: «Hablad, si es que podéis».

Meredith se hundió hasta quedar de rodillas frente a nosotros.

«¡Salve, Macbeth! ¡Salve, Señor de Glamis!».

Wren se arrodilló al lado de ella.

«¡Salve, Macbeth! ¡Salve, Señor de Cawdor!».

Filippa no se movió, pero con una voz clara y resonante, exclamó:

«¡Salve, Macbeth, que un día será rey!».

James retrocedió, sobresaltado. Lo sujeté del hombro y dije:

«Mi buen amigo, ¿por qué te sobresaltas y pareces temer cosas que suenan tan gratas?».

Me miró de lado y lo solté, a regañadientes. Después de un momento de duda, pasé a su lado y bajé el último escalón arenoso para pararme entre las brujas.

YO: «En honor a la verdad, ¿sois fantasmas o aquello mismo que por fuera mostráis? A mi noble compañero saludáis con gran cortesía y grandes anuncios de títulos de nobleza y futura realeza, que parecen haberlo dejado pasmado. A mí no me habláis, si podéis ver en las semillas del tiempo y anunciar qué grano crecerá y cuál no, entonces habladme a mí, que no ruego ni temo vuestros favores ni vuestro odio».

Meredith estuvo de pie en un instante.

«¡Salve!» —exclamó y las otras chicas la imitaron. Se inclinó hacia adelante, se acercó demasiado, su cara quedó solo a unos centímetros de la mía—. «Menos que Macbeth y más grande».

Wren apareció detrás de mí, sus dedos tamborilearon contra mi cintura, mientras me miraba con una sonrisa pícara.

«No tan feliz, pero mucho más feliz».

Filippa, sin embargo, se mantuvo lejos.

«Criarás reyes, pero rey no serás» —dijo ella, indiferente, casi aburrida—. «Por eso, ¡salve, Banquo! y ¡salve, Macbeth!».

Wren y Meredith siguieron acariciándome y tocándome, tirando de mi ropa, explorando las líneas de mi cuello y mis hombros, peinando mi cabello hacia atrás. La mano de Meredith vagó todo el camino hacia mi boca, las yemas de sus dedos recorrieron mi labio inferior, antes de que James —quien había estado observando con igual fascinación y repugnancia— se sacudiera y hablara. Las cabezas de las chicas apuntaron de inmediato hacia él y yo me tambaleé en el lugar, al temblar mis rodillas ante la pérdida de atención.

JAMES: «¡Quedaos, extrañas mensajeras! Contadme más. Por muerte de Sínel, sé que soy señor de Glamis; pero ¿de Cawdor?, ¿cómo? El Señor de Cawdor vive, próspero caballero. Y ser rey no está dentro de lo que creo posible».

Solo negaron con la cabeza, se llevaron un dedo a los labios y volvieron a sumergirse en el agua. Cuando habían desaparecido por completo debajo de la superficie y nosotros habíamos recobrado la sensatez, me giré hacia James con las cejas alzadas, expectante (...)

El resto de la escena fue breve. Cuando no era mi turno de hablar, no dejé de observar con atención el agua. Estaba en calma otra vez y reflejaba el violeta del cielo tormentoso. Cuando llegó el momento, los dos estudiantes de tercero que habían tenido la suerte de interpretar a Ross y a Angus y yo salimos por la derecha, fuera de la luz de la hoguera (...)

Oliver —dijo—. «Cubierto de sangre, Banquo me sonríe».

Uh. Uh. Mierda.

Me empujó hacia el cobertizo, la puerta chirrió traicioneramente detrás de nosotros. En el interior, el suelo estaba cubierto de remos y chalecos salvavidas, lo que dejaba apenas espacio suficiente como para que entráramos de pie el uno frente al otro. Una botella de cinco litros aguardaba en un estante bajo.

Por Dios —comenté, desabrochando a toda prisa mi chaqueta. ¿Cuánta sangre pensaron que necesitaríamos?

Mucha, al parecer —respondió James, mientras se inclinaba hacia abajo para quitar la tapa—. Y apesta. —Un olor dulce y rancio llenó la habitación cuando me retorcí para quitarme las botas—. Supongo que debemos darles puntos por originalidad (...)

Cerré con fuerza la boca y los ojos y él vertió la sangre sobre mi cabeza, como si fuera un retorcido bautismo pagano. Escupí y tosí mientras la sangre se derramaba por mi cara.

—¿Qué es esta porquería?

No lo sé. Y no sé cuánto tiempo tienes. —Sujetó mi cabeza—. Quédate quieto. —Derramó la sangre por mi cara, mi pecho y mis hombros, amontonó mi pelo con los dedos para que quedara de punto—. Ahora sí. —Durante medio segundo, solo me observó y, de alguna manera, parecía impresionado y, al mismo tiempo, completamente repugnado (…)

Salí del cobertizo a trompicones y corrí hasta los árboles, maldiciendo a las piedras y agujas de pino que se clavaban en mis pies descalzos. Aparecer a medianoche sin tener la menor idea de a quién encontraríamos en la oscuridad era ciertamente espeluznante, pero también problemático. Solo me sabía mis escenas, así que tan solo podía adivinar cuánto tiempo tenía antes de que me tocara entrar como el fantasma de Banquo (...)

Al final, llegué al límite del bosquecillo con tiempo de sobra. Me acerqué despacio y con torpeza, las ramas crujían bajo mis pies, pero los espectadores miraban con ansiosa atención la segunda reunión de James con las brujas y no notaron mi presencia. Me escondí bajo una rama que colgaba bien baja y el intenso aroma del pino penetró el hedor de la sangre falsa sobre mi piel (...)

Las chicas bailaron en círculo alrededor del fuego, tenían el pelo suelto y enredado y algunas algas verdes del lago se aferraban a sus faldas. De vez en cuando alguna de ellas arrojaba un puñado de polvo brillante al fuego y una nube de humo de colores estallaba sobre las llamas. Me moví con ansiedad en mi escondite, expectante. Yo aparecía al final de una serie de visiones, pero ¿cómo aparecerían? (…)

 Una risa aguda de otro mundo salió de Wren y llevó mi atención de vuelta a la playa.

MEREDITH: «¡Habla!».

WREN: «¡Pide!».

FILIPPA: «¡Responderemos!».

MEREDITH: «Dinos si prefieres oírlo de nuestra boca o de la de nuestros amos».

JAMES: «Llamadlos, quiero verlos».

Las voces de las chicas se alzaron en un cántico agudo y discordante. James se quedó parado mirando, siniestro y vacilante.

MEREDITH: «Vierte ahí dentro sangre de una cerda que ha devorado a sus nueve lechoncillos y aviva el fuego con la grasa que sudó en el patíbulo un asesino…».

TODAS: «Ven, de arriba o de abajo, y ¡muestra con destreza tu ser y tu poder!».

Filippa arrojó algo al fuego y las llamas rugieron al elevarse por encima de sus cabezas. Una voz tronó a través de la playa, formidable y aterradora como la de un dios primordial. Sin duda alguna, Richard.

«MACBETH. MACBETH. MACBETH. ¡CUÍDATE DE MACDUFF!».

No se lo veía por ningún lado, pero su voz parecía caer sobrenosotros desde todos lados, con tanta fuerza que me sacudió hasta los huesos. James no estaba menos alarmado que yo ni que nadie y las palabras trastabillaron en su boca cuando habló.

«Seas lo que seas, agradezco tu buena advertencia. Has dado justo en el blanco de mi miedo: pero una palabra más…».

Richard lo interrumpió de forma ensordecedora.

RICHARD: «SÉ SANGUINARIO, AUDAZ, DECIDIDO; RÍETE CON DESPRECIO DEL PODER DEL HOMBRE, PORQUE NADIE QUE HAYA NACIDO DE UNA MUJER PODRÁ DAÑAR A MACBETH».

JAMES: «Entonces, vive, Macduff; ¿por qué habría de temerte?».

RICHARD: «SÉ FUERTE COMO EL LEÓN Y ORGULLOSO; QUE NO TE IMPORTE QUIÉN TE ABORRECE O QUIÉN SE OFENDE O QUIÉN CONSPIRA CONTRA TI: MACBETH JAMÁS SERÁ VENCIDO HASTA QUE EL GRAN BOSQUE DE BIRNAM MARCHE AL ALTO MONTE DUNSINAN PARA ALZARSE EN SU CONTRA».

JAMES: «Eso jamás ocurrirá… ¿quién puede reclutar a un bosque, arrancar sus raíces de la tierra? ¡Dulces presagios son estos! ¡Bien! La cabeza de la rebelión no se alzará hasta que lo haga el bosque de Birnam y nuestro Macbeth vivirá en su trono todo lo que la naturaleza permita, pagará su aliento al tiempo y la costumbre mortal. Sin embargo, mi corazón palpita por saber una cosa: decidme, si vuestro arte consigue ver tan lejos: ¿la descendencia de Banquo alguna vez reinará este reino?».

TODAS LAS BRUJAS GRITAN AL UNISONO: « ¡No busques saber más!».

JAMES: «Exijo saber: ¡negadme esto y una maldición eterna caerá sobre vosotras! ¡Decídmelo!».

TODAS: «Que lo vean sus ojos y su corazón se llene de congoja; ¡venid como sombras y como sombras partid!».

Ocho figuras encapuchadas se alzaron en la última fila de espectadores. Una chica que estaba sentada a su lado chilló de sorpresa. Se deslizaron como flotando hasta el medio del pasillo y comenzaron a descender (me pregunté si se trataba de más estudiantes de tercero), mientras James los observaba con ojos horrorizados.

«¿Qué?» —cuestionó—. «¿Acaso esta serie durará hasta el final de los días?».

Mi corazón saltó hasta mi garganta. Salí a la luz por segunda vez, la sangre pegajosa y brillante sobre mi piel. James me miró boquiabierto y todo el público se giró hacia mí al mismo tiempo. Gritos reprimidos se agitaron en la superficie del silencio.

«Horrible visión» —dijo James, débilmente. Comencé a bajar las escaleras otra vez, alcé mi brazo para señalar a las ocho figuras y reclamarlas como propias—. «Ahora lo veo, es verdad; porque, cubierto de sangre, Banquo me sonríe y las señala como propias».

Bajé la mano y desaparecí, oculto por las sombras de alrededor,como si jamás hubiera existido. James y yo estábamos de pie a tres metros de distancia frente al fuego. Yo brillaba cubierto de rojo, ceñudo y ensangrentado como un recién nacido, mientras que la cara de James estaba fantasmalmente blanca.

«¿Qué? ¿Es así?» —pareció decirme a mí. Sobrevino un silencio extraño, creciente. Ambos nos inclinamos hacia adelante sin mover nuestros pies, esperando que algo pasara. Entonces Meredith apareció entre nosotros.

«Sí, señor» —respondió y alejó la mirada de James de mí—. «Todo esto es así: pero ¿por qué se asombra tanto Macbeth?».

Él se dejó llevar de vuelta al fuego y las tentadoras atenciones de las brujas. Yo trepé hasta el último escalón y allí me quedé merodeando para atormentarlo. En dos ocasiones, sus ojos vagaron hacia donde yo estaba, pero el público otra vez prestaba atención a las chicas. Ellas caminaban tambaleantes alrededor del fuego y reían a carcajadas hacia el cielo tempestuoso, entonces comenzaron a cantar de nuevo. James las observó un momento, horrorizado, luego dio media vuelta y huyó de la luz de la hoguera.

TODAS: «Dos veces dos el esfuerzo y el problema, el caldero arde y el fuego quema, escama de dragón, diente de león, momia de bruja y fauces de granuja…».

Mientras Meredith y Wren continuaron la danza, con movimientos salvajes y violentos, Filippa levantó un cuenco que había estado escondido en la arena. Un líquido rojo y viscoso salpicó a los lados, la misma sangre falsa que hacía picar mi piel.

TODAS: «Dos veces dos el esfuerzo y el problema, el caldero arde y el fuego quema. Un poco de sangre de babuino y el hechizo firme y fuerte devino».

Filippa volcó el cuenco. Hubo un chapoteo desagradable y todo se volvió negro. Los espectadores saltaron de sus asientos y surgió de ellos un rugido de alegría y confusión.

M. L. Rio, Todos somos villanos

viernes, 29 de octubre de 2021

SUBLIMACIÓN

 

Todos visten de blanco, hay pétalos de rosa alrededor de la cápsula y el ambiente reinante en la sala es tan aséptico y frío, tan rematadamente artificial, que nadie diría que se trata del acto de despedida de un difunto.

Las puertas se abren y entran un cura católico —estos meapilas siguen estando en todas partes— y dos celadores empujando una camilla. Sobre ella, el cuerpo de un nonagenario, ataviado de un blanco inmaculado, que más que muerto parece dormido. El cura sube al púlpito, una pieza inmensa tallada en un descomunal bloque de mármol blanco. Los celadores avanzan hasta el sublimador. Uno se encarga de despresurizar y abrir el portón de la cápsula y el otro empuja la bandeja superior de la camilla hacia el interior. Cierran y sellan la máquina cuando Enzo, el jefe de ingenieros, que hoy supervisa el proceso, se lo indica. Estamos en la sala tres, donde parece que el sublimador sigue escacharrado. Después de varios días dando problemas, están aprovechando una ceremonia para comprobar que todo marcha. Los asistentes observan en absoluto mutismo, como hipnotizados. O como si esto no fuera con ellos. ¡Ay! Lo que daría yo por ver una lagrimita.

¡Oye! ¿Se puede saber qué miras tú con esa cara de pasmo? No me digas que nunca has presenciado una sublimación. Pero ¿de qué planeta vienes? ¿No serás un marcado? En fin... ¡Qué demonios! Tendré que compartir contigo mi abultada sapiencia.

La ceremonia dará comienzo cuando el cura...

Domine Iesu Christe, Rex gloriae,

libera animas omnium fidelium defunctorum

de poenis inferni, et de profundo lacu.

Libera eas de ore leonis,

ne absorbeat eas tartarus,

ne cadant in obscurum.

Exacto. La ceremonia da comienzo cuando el cura empieza a parlotear en latín. En esta ocasión parece que ha escogido una adaptación del Officium defunctorum, de Tomás Luis de Victoria. Un gran tipo aquel sacerdote. Yo solía acudir, allá por el siglo XVII, al monasterio de las Descalzas Reales para escuchar sus composiciones. Aquello sí que eran despedidas a lo grande: todo de riguroso luto, con lágrimas y penas verdaderas, con cánticos capaces de elevar al cielo hasta al más vil de los mortales.

Ah, sí, disculpa. Creo que hoy me he levantado nostálgica.

Por si no lo has deducido ya, la máquina con aspecto de submarino es el sublimador y su funcionamiento se controla a través de la tableta que el jefe de ingenieros lleva en la mano. En esa pantalla de grafeno que acaba de desplegarse a nuestra derecha irán apareciendo las distintas fases del proceso. Sin datos escabrosos, claro. A ninguno de los asistentes le interesa saber las profundas modificaciones que está a punto de sufrir el cuerpo de su ser querido.

Libera me, Domine, de morte aeterna,

in die illa tremenda:

Quando caeli movendi sunt et terra,

dum veneris iudicare saeculum per ignem.

«Fase uno: despresurización.»

Esta primera fase es el verdadero secreto de la sublimación. Para convertir un cuerpo humano en gas, lo primero que hay que conseguir es que todos sus tejidos tengan la misma densidad. Para ello, bajan la presión del interior y, cuando el cuerpo está preparado, lo bañan en una sustancia —cuya formulación el BCF reserva en secreto— que sustituye los elementos más pesados y convierte el cuerpo en algo, digamos, más blando.

Tremens factus sum ego, et timeo,

dum discussio venerit, atque ventura ira.

Quando caeli movendi sunt et terra.

Dies illa, dies irae, calamitatis et miseriae,

dies magna et amara valde.

Dum veneris iudicare saeculum per ignem.

«Fase dos: criogenización.»

La siguiente etapa consiste en bajar la temperatura de forma drástica para congelar el cuerpo a una velocidad récord. Durante los tres minutos escasos que dura esta fase, el BCF ofrece múltiples posibilidades, desde la distribución de un cofre en el que los asistentes pueden ir depositando sus mejores deseos para el difunto y la familia hasta un sofisticado concierto de cuerda, pasando por la reproducción de imágenes y vídeos cargados de recuerdos en las enormes pantallas de grafeno que conforman las paredes. ¿Te lo imaginas? La sala entera convertida en un cine literalmente envolvente. En este caso, la familia ha optado por el silencio, lo cual se me antoja un soberano aburrimiento, ¿no crees? Por no decir que así se oye más el molesto ruidito que ha empezado a emitir la máquina. ¿Lo oyes? Es una especie de traqueteo extraño que, me temo, no va a gustar demasiado al jefe de ingenieros.

Requiem aeternam dona eis, Domine,

et lux perpetua luceat eis.

Libera me, Domine, de morte aeterna,

in die illa tremenda.

«Fase tres: sublimación.»

Y llegamos a la fase final, en la que la temperatura y la presión suben rápidamente provocando la evaporación del cuerpo. El gas humano que se desprende asciende por este tubo hacia la atmósfera. ¿Lo ves a través de la cúpula de vidrio? Aunque, ahora que lo pienso, ese color gris no es muy normal, debería ser más blanquecino, como vapor de agua.

Quando caeli movendi sunt et terra.

Dum veneris iudicare saeculum per ignem.

Kyrie eleison.

Christe eleison.

Kyrie eleison.

Tampoco es demasiado normal el modo en que ha empezado a vibrar el sublimador. Fíjate, hay quien parece haberlo notado y mira con cierta inquietud hacia la cúpula. Me temo que va a haber reclamaciones. Y Dante también, pues activa su ordenador personal y avisa a Renata para que acuda a la sala a hablar con los familiares. No quiere que lo molesten cuando esto acabe.

Sea como fuere, ¿a qué es increíble la rapidez con la que ese cuerpo de ochenta kilos ha quedado reducido a unas bocanadas de gas? Por poco que me guste esta nueva muerte, he de reconocer que impresiona la primera vez que lo ves.

Clara Peñalver, Sublimación

miércoles, 27 de octubre de 2021

LA SANTA COMPAÑA

 

Acabada la cena, se reunieron casi todos frente al fuego, pues por la noche refrescaba bastante, a pesar de estar ya casi en verano, y más ese día. Según les dijo el hospitalero, en esa alberguería existía la costumbre de contar historias sobre el Camino en torno a la lareira o cocina de leña, sentados en los escaños con un vaso de orujo o de vino caliente con miel en la mano.

—A esto lo llaman en esta tierra el filandón, ya que en las casas suele hacerse mientras se fila o hila la lana de oveja o se lleva a cabo alguna tarea parecida —les explicó el hospitalero (...)

Tras esa historia milagrera, que complació mucho a la concurrencia, tomó la palabra un peregrino de origen berciano, si bien vivía en Segovia. Era casi un anciano, con la piel muy curtida y llena de cicatrices, al que todos llamaban el Gato, porque parecía tener siete vidas. Este les contó que había hecho varias veces el Camino y que no le tenía miedo a nada, salvo a una cosa, añadió con tono de misterio. Hacía ya muchos años, en el sendero que iba de Triacastela a Sarria, se le hizo de noche, por haberse distraído con una moza. No obstante, no se preocupó, pues llevaba una antorcha consigo y conocía bien la senda. Pero, al llegar a una especie de encrucijada, surgió una espesa niebla que le impedía distinguir nada más allá de un palmo. Así que se detuvo en medio del camino a esperar a que la bruma se disipara. Mas de pronto vio unas luces que se dirigían hacia él de manera pausada por uno de los ramales. Al principio pensó que podía tratarse de un grupo de peregrinos, pero enseguida se dio cuenta de que estaba equivocado.

—Yo, que he estado en la guerra de Granada y me he enfrentado muchas veces a fieras salvajes y a bandidos más fieros todavía, jamás he sentido tanto pavor como esa noche —continuó el hombre con tono lúgubre—. Cuando las luces llegaron a la encrucijada, comencé a vislumbrar a una persona con una cruz y un caldero lleno de agua bendita. Detrás iba una comitiva que no se podía percibir, salvo por el airecillo frío que producía a su paso y que a mí me hizo estremecer. Cada miembro portaba un cirio que parecía incombustible. El que iba en cabeza me ofreció la cruz y el caldero, que según los curas son símbolos de la salvación eterna. Yo me sentía tan aterrado que a punto estuve de aceptarlos. Pero, entonces, me acordé de lo que mi santa madre, que en paz descanse, me decía cuando era niño: «Si alguna vez se te aparece la Santa Compaña, no tomes nada de lo que te den, pues el que camina delante solo puede librarse de la muerte cediéndosela a otro. Y recuerda que, para protegerte de ella, habrás de trazar un círculo en la tierra a tu alrededor». Y así lo hice aquel día; con el bordón a modo de compás hice un redondel y los aparecidos pasaron de largo sin verme. Por eso ahora puedo contarlo —añadió, tras apurar con ganas su vaso de orujo.

La historia fue acogida con gran júbilo y algo de miedo, todo hay que decirlo, por parte de los presentes. Uno de ellos, sin embargo, puso en cuestión la existencia de la Santa Compaña, diciendo que eso eran supersticiones y cosas de viejas, historias que se contaban al amor de la lumbre, como en ese momento estaban haciendo ellos (…)

Después intervino un hombre mucho más joven, que hablaba con acento gallego y al que apodaban el Estudiante, porque sabía leer y escribir. No tendría más de veinticinco años. Era alto de estatura y de complexión fuerte, con el pelo negro y lacio, los ojos grandes y la nariz roma.

—Yo no soy un caminante tan experimentado como nuestro amigo el Gato. Pero sé de buena tinta que hay una hora en la noche, la más triste y fatídica de todas, en la que los espíritus y fantasmas dejan sus ocultas moradas y vienen a este mundo a expiar sus culpas. Suele ser a medianoche o poco después de ocultarse el sol, momento en el que se levanta una espesa niebla y empiezan a distinguirse en lontananza multitud de luces que, pausada y majestuosamente, caminan sin rumbo fijo, así como ruidos misteriosos, de cadenas y campanillas, acompañados de susurros ululantes y rumor de viento. También se escuchan lamentos o quejidos que parecen salir del cementerio, como si fueran una bandada de pájaros que volaran cerca del suelo, impregnando el aire con la humedad de los sepulcros. Son las ánimas de los difuntos, os espíritus da noite, como dicen en mi pueblo. El nombre es lo de menos, lo importante es que existen; por lo general, son seres andariegos y nocturnos que traen la desgracia a todos aquellos que tienen la desdicha de verlos aparecer. Algunos entran en la iglesia, de donde toman la cruz, y luego empiezan a deambular por los contornos y a penetrar en las casas, donde se apoderan de las personas dormidas, las sacan por el ojo de la cerradura y, entregándoles un hacha de cera, las incorporan a su lúgubre procesión. El que lleva la cruz suele ser muy delgado, con la piel macilenta y amarilla y los ojos hundidos en las cuencas, pues apenas duerme ni descansa. Si el camino es estrecho y, por casualidad, coinciden los vivos y los muertos, los primeros tienen que apartarse y ceder el paso si no quieren ser arrastrados por tan triste cortejo. Y aquellos que sobreviven a tan fatídico encuentro lo hacen con el permiso de la Muerte, pero algún día tendrán que pagar por ello. Eso es todo lo que puedo decir.

—Que no es poco, y lo habéis contado de tal forma que, por un momento, he sentido su presencia aquí dentro —comentó el hospitalero—. ¿Y vos qué pensáis? —le preguntó a Rojas.

—Yo soy de La Puebla de Montalbán y vivo en Talavera de la Reina —explicó el pesquisidor, al que le costaba un poco hablar con soltura, a causa del orujo que había bebido—, y allí no tenemos esta clase de procesiones. Yo, al menos, no me he tropezado nunca con ellas, ni conozco a nadie que las haya visto ni de lejos ni de cerca, ni de día ni de noche… Preguntadle mejor a mi compañero, que de esto sabe mucho más que yo, ya que es gallego y buen caminante.

—Y bien, ¿qué tenéis que decir? —inquirió el hospitalero, dirigiéndose a Elías.

—En efecto, soy gallego y ya sabéis lo que se dice en mi tierra de las meigas y de otras criaturas no menos extrañas, que haberlas haylas. Y si existen las meigas, ¿por qué no va a existir también la Santa Compaña? Yo hasta la fecha no he tenido la desgracia de toparme con nada parecido, pero recuerdo que mi madre, poco antes de morir, me contó que ella, de moza, sí que la había visto al lado de la iglesia de su pueblo, Liñares, y que una de las ánimas le había ofrecido una vela para que la cogiera y se sumara a la procesión, pero que ella no había obedecido porque tenía las dos manos ocupadas, pues venía de coger agua de la fuente. De modo que me aconsejó que hiciera lo mismo si alguna vez me encontraba con la estadiña.

—¿Lo veis? Tenía yo razón: cosas de viejas que amamantan y educan a sus hijos con estas creencias —concluyó el que se había mostrado más escéptico.

—Lo que no quita para que tales cosas existan —replicó Elías con vehemencia—, ¿o es que vais ahora a dudar de la palabra de mi madre?

Luis García Jambrina, El manuscrito de barro

lunes, 25 de octubre de 2021

LA TUMBA

 


La tumba volvía a estar llena.

Casi parecía mentira.

Flores, botellas de todo tipo —especialmente de cerveza a medio consumir—, fotografías, pulseras y collares hechos a mano, juguetes, como osos de peluche o pequeñas naves espaciales de Star Trek y Star Wars, pósteres, un par de cómics...

Cada semana era lo mismo, y cada semana Grace alucinaba.

No tanto por el fanatismo o la devoción de los fans, sino por la clase de objetos que dejaban en la tumba. Por ejemplo, él ya no tomaba alcohol. Por ejemplo, él nunca había llevado pulseras o collares. Por ejemplo, lo de los osos de peluche, que había sido una invención o una de esas frases típicas del estilo: «A mi hija le gustan los osos de peluche». Cuando un famoso soltaba algo así, para los seguidores era como un mandamiento.

Y eso que él nunca había sido famoso.

Al menos en vida.

Grace empezó a recoger todas aquellas cosas.

Llevaba una bolsa para las botellas siempre medio vacías y otra para el resto de objetos. Las botellas y latas primero las vaciaba a un lado de la tumba. Era el trabajo más lento y pesado. Con la parte dura acabada, llegaba la fácil. Recogía los regalos, pero sin acritud ni violencia. De hecho lo hacía con mimo. Por lo menos respetaba el fervor de las personas que habían viajado hasta allí, tan lejos seguramente de su casa, para rendirle el último tributo al héroe caído, a la leyenda.

Porque ahora sí era eso: una leyenda.

Lo que más le impactaba eran las fotos.

Sobre todo las de ellas.

Desde chicas jóvenes, de su misma edad, hasta mujeres ya mayores, como su madre. Dos estaban desnudas, una en una posición recatada y otra, más explícita. En la parte posterior de la primera se leía: «Espérame en el paraíso». En la de la segunda, el texto era: «¡Mira lo que te perdiste!».

A veces no sabía si reír o llorar.

Por lo menos, esta vez no había pintadas en la sencilla lápida asentada a ras de suelo, con el nombre y las fechas de nacimiento y muerte. Habían tenido que construir un sarcófago de cemento para introducir en él el ataúd porque al comienzo algún loco o loca había escarbado incluso la tierra. Grace se alegró de no verse obligada a ponerse los guantes de goma y empezar a rascar la pintura o el tipo de tinta, a veces indeleble, que algunos empleaban para dejar sus mensajes, siempre del tipo: «¡Vive!» o «Long Live Rock».

Era un cantautor, un cruce de Dylan, Springsteen, Stephen Stills o Tom Waits en sus respectivas épocas puristas, pero bastaba una guitarra eléctrica para que los rockeros se lo apropiaran.

¿Qué más daba?

Cuando un artista se exponía al público, todo era interpretable.

Él siempre decía: «Yo soy músico, no sé hacer nada más».

Estaba acabando de acomodar en el fondo de la bolsa las naves de juguete cuando apareció él.

No era normal ver a un fan entre semana. Las peregrinaciones solían hacerse en grupo, en manada, de viernes a domingo. Claro que, aunque uno llegara en plan solitario, quedaba automáticamente hermanado con el resto. Todos estaban allí por lo mismo, para rendirle tributo a Leo Calvert. Los viernes y los sábados por la noche era normal que alrededor de la tumba se organizaran fiestas, se cantaran sus canciones y se bebiera hasta quedarse dormidos. También se había hecho amargamente popular hacer el amor sobre la tumba, como ofrenda o como si el espíritu del muerto pudiera bendecirles.

En aquellos años, ¿cuántos hijos se habrían engendrado así, allí mismo?

Grace prefería no pensarlo.

Salvo que electrificaran la tumba, o la vallaran, o... ¿o qué?

El aparecido y ella se quedaron mirando.

Era alto, quizá un poco desgarbado, o tal vez fuera por la mochila que cargaba sobre el hombro derecho y la guitarra que colgaba del izquierdo. Llevaba su cabello negro revuelto, un poco caído sobre la frente, y tenía unos ojos claros y limpios. Vestía de manera informal: zapatillas deportivas, vaqueros gastados y una camisa roja arremangada. Pese a todo no parecía un vagabundo ni un sucedáneo de hippy renacido del pasado. Iba limpio. Incluso se diría que cuidado. Le calculó veintiuno o  veintidós años, quizá veintitrés. De no haber sido por su seriedad, su cara habría resultado agradable.

Grace lo esperaba todo menos aquello:

—¿Qué haces? —le espetó el chico.

Ella se quedó quieta.

—¿Perdón? —dijo.

—¿Estás robando las cosas? —continuó él—. ¡Joder!, ¿no te da vergüenza?

La parálisis provocada por el desconcierto duró menos de tres segundos. Le lanzó una última mirada, mitad agotada, mitad resignada, y acabó de meter los últimos juguetes en la bolsa. Quedaba tan solo el cómic de los mutantes de X-Men.

—¡Oye, te estoy hablando! —gritó el joven.

Grace no le hizo caso.

Ni se lo hubiera hecho de no ser porque él dio un par de pasos hacia ella, tal vez para sujetarla, tal vez para detenerla.

Entonces sí, se volvió.

Lo fulminó con la mirada.

—Como te acerques te hago una cara nueva —le previno.

—¡Pues deja eso donde estaba!

Entonces ya sí, se lo dijo:

—¡Es mi padre, idiota! ¡Limpio la tumba para que no se amontone la mierda que tarados como tú dejáis en ella cada semana! ¿De acuerdo?

Luego se dio media vuelta, cargó los dos sacos y echó a andar sin volver la vista atrás.

El silencio de la tarde habría sido agradable de no ser porque ahora estaba furiosa.

Jordi Sierra I Fabra, Como lágrimas en la lluvia

PREMIO LAZARILLO 2019

domingo, 24 de octubre de 2021

EL TIGRE DE MALASIA

 

                En la noche del 20 de diciembre de 1849 un violentísimo huracán azotaba Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, guarida de temibles piratas situada en el mar de la Malasia, a pocos centenares de kilómetros de las costas occidentales de Borneo.

Empujadas por un viento irresistible, corrían por el cielo negras masas de nubes que de cuando en cuando dejaban caer furiosos aguaceros, y el bramido de las olas se confundía con el ensordecedor ruido de los truenos.

Ni en las cabañas alineadas al fondo de la bahía, ni en las fortificaciones que la defendían, ni en los barcos anclados al otro lado de la escollera, ni en los bosques se distinguía luz alguna. Sólo en la cima de una roca elevadísima, cortada a pique sobre el mar, brillaban dos ventanas intensamente iluminadas.

 ¿Quién, a pesar de la tempestad, velaba en la isla de los sanguinarios piratas?

En un verdadero laberinto de trincheras hundidas, cerca de las cuales se veían armas quebradas y huesos humanos, se alzaba una amplia y sólida construcción, sobre la cual ondeaba una gran bandera roja con una cabeza de tigre en el centro.

Una de las habitaciones estaba iluminada. En medio de ella había una mesa de ébano con botellas y vasos del cristal más puro; en las esquinas, grandes vitrinas medio rotas, repletas de anillos, brazaletes de oro, medallones, preciosos objetos sagrados, perlas, esmeraldas, rubíes y diamantes que brillaban como soles bajo los rayos de una lámpara dorada que colgaba del techo.

En indescriptible confusión, se veían obras de pintores famosos, carabinas indias, sables, cimitarras, puñales y pistolas.

Sentado en una poltrona coja había un hombre. Era de alta estatura, musculoso, de facciones enérgicas de extraña belleza. Sobre los hombros le caían los largos cabellos negros y una barba oscura enmarcaba su rostro de color ligeramente bronceado. Tenía la frente amplia, un par de cejas enormes, boca pequeña y ojos muy negros, que obligaban a bajar la vista a quienquiera los mirase.

De pronto echó hacia atrás sus cabellos, se aseguró en la cabeza el turbante adornado con un espléndido diamante, y se levantó con una mirada tétrica y amenazadora.

 —¡Es ya medianoche —murmuró— y todavía no vuelve!

                Abrió la puerta, caminó con paso firme por entre las trincheras y se detuvo al borde de la gran roca, en cuya base rugía el mar. Permaneció allí durante algunos instantes con los brazos cruzados; al rato se retiró y volvió a entrar en la casa.

—¡Qué contraste! —exclamó—. ¡Fuera el huracán y yo acá dentro! ¿Cuál de las dos tempestades es más terrible?

Se quedó un rato escuchando por la puerta entreabierta, y por fin salió a toda prisa hacia el extremo de la roca.

A la rápida claridad de un relámpago vio un barco pequeño con las velas casi amainadas, que entraba en la bahía.

—¡Es él! —murmuró emocionado—. Ya era tiempo.

Cinco minutos después, un hombre envuelto en una capa que estilaba se le acercó.

—¡Yáñez! —dijo el del turbante, abrazándolo.

—¡Sandokán! —exclamó el recién llegado, con marcadísimo acento extranjero—. ¡Qué noche infernal, hermano mío!

Entraron en la habitación. Sandokán llenó dos vasos.

 —¡Bebe, mi buen Yáñez!

—-¡A tu salud, Sandokán!

Vaciaron los vasos y se sentaron a la mesa.

El recién llegado era un hombre de unos treinta y tres años, es decir, un poco mayor que su compañero, y de estatura mediana, robusto, de piel muy blanca, facciones regulares, ojos grises y astutos, labios burlones, que indicaban una voluntad de hierro.

—¿Viste a la muchacha de los cabellos de oro? —preguntó Sandokán con cierta emoción.

—No, pero sé cuanto quería saber.

—¿No fuiste a Labuán?

—Sí, pero ya sabes que esas costas están vigiladas por los cruceros ingleses y se hace difícil el desembarco para gentes de nuestra especie. Pero te diré que la muchacha es una criatura maravillosamente bella, capaz de embrujar al pirata más formidable. Me han dicho que tiene rubios los cabellos, los ojos más azules que el mar y la piel blanca como el alabastro. Algunos dicen que es hija de un lord, y otros, que es nada menos que pariente del gobernador de Labuán.

El pirata no habló. Se levantó bruscamente, presa de gran agitación. Su frente se había contraído, de sus ojos salían relámpagos de luz sombría, tenía los labios apretados. Era el jefe de los feroces piratas de Mompracem; era el hombre que hacía diez años ensangrentaba las costas de la Malasia; el hombre que libraba batallas terribles en todas partes; el hombre cuya audacia y valor indómito le valieron el sobrenombre de Tigre de la Malasia.

—Yáñez —dijo—, ¿qué hacen los ingleses en Labuán?

—Se fortifican.

—Quizás traman algo contra mí.

—Eso creo.

—¡Pues que se atrevan a levantar un dedo contra mi isla de Mompracem! ¡Que prueben a desafiar a los piratas en su propia madriguera! El Tigre los destruirá y beberá su sangre. Dime, ¿qué dicen de mí?

—Que ya es hora de concluir con un pirata tan atrevido.

—¿Me odian mucho?

—Tanto que perderían todos sus barcos con tal de poder ahorcarte. Hermanito mío, hace muchos años que vienes cometiendo fechorías. Todas las costas tienen recuerdos de tus correrías; todas sus aldeas han sido saqueadas por ti; todos los fuertes tienen señales de tus balas, y el fondo del mar está erizado de barcos que has echado a pique.

—Es verdad, pero ¿de quién ha sido la culpa? ¿Es que los hombres de raza blanca han sido menos inexorables conmigo? ¿No me destronaron con el pretexto de que me hacía poderoso y temible? ¿No asesinaron a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas? ¿Qué daño les había causado yo? ¡Los blancos no tenían queja alguna contra mí! ¡Ahora los odio, sean españoles, holandeses, ingleses o portugueses, tus compatriotas, y me vengaré de ellos de un modo terrible! Así lo juré sobre los cadáveres de mi familia y mantendré mi juramento. Sí, he sido despiadado con mis enemigos. Sin embargo, alguna voz se levantará para decir que también he sido generoso.

—No una, sino cientos; con los débiles has sido quizás demasiado generoso —dijo Yáñez—. Lo dirán las mujeres que han caído en tu poder y a quienes, a riesgo de que echaran a pique tu barco, llevaste a los puertos de los hombres blancos. Lo dirán las débiles tribus que defendiste contra los fuertes; los pobres marineros náufragos a quienes salvaste de las olas y colmaste de regalos, y miles de otros que no olvidarán nunca tus beneficios, Sandokán.

Emilio Salgari, Sandokán

viernes, 22 de octubre de 2021

TODOS SOMOS VILLANOS

 

El día que Oliver Marks termina su condena, Colborne, el detective que lo llevó a la cárcel está esperándolo a la salida pues quiere saber la verdad, y Oliver finalmente está listo para contársela.

Una década atrás: en 1997, Oliver es uno de los siete actores-estudiantes del último curso en el Conservatorio Clásico Dellecher, un lugar donde rige la cruda ambición y la competencia feroz. Oliver y sus amigos, los siete supervivientes del último curso, siempre rodeados de libros y palabras y poesía, todas las intensas pasiones del mundo contenidas en cuero y papel vitela. llevan cuatro años inmersos en Shakespeare, interpretando los mismos papeles arriba y abajo del escenario: el héroe, el villano, el tirano, la seductora, la ingenua, los extras. Viven tan inmersos en ese mundo, que muchas veces al hablar entre ellos recitan los versos del bardo.

Pero en su cuarto y último año, las rivalidades amistosas se vuelven desagradables, y en la noche de estreno, la violencia real invade el mundo de fantasía de los estudiantes. Por la mañana, los chicos de cuarto año deben enfrentar su propia tragedia y su desafío actoral más difícil: convencerse unos a otros y a la policía de que son inocentes.

                M. L. Rio nos va a sumergir en la vida de seis jóvenes, en sus sueños, ambiciones, deseos, envidias, celos, etc…, sumergidos siempre en sus roles: Oliver, nuestro protagonista y narrador, el compañero leal, que considera a sus compañeros como su verdadera familia; James, el héroe, pero un héroe cansado que aspira a otros papeles; Alexander, el villano, el suministrador oficial de drogas; Meredith, la seductora pelirroja que lleva a todos de calle; Wren, que es la ingenua; Filippa, la amiga leal, acostumbrada a travestirse porque los buenos papeles femeninos escasean en  Shakespeare. A ellos hay que sumarles Richard, el tirano, o cualquier otro personaje con el que se necesitara impresionar o asustar al público, que será el muerto, pues muchos le odian por su ego y su temperamento.

                Ellos nos representarán varias de las obras de Shakespeare, con algunos montajes espectaculares: Romeo y Julieta, en medio de un baile de máscaras; Macbeth, en esa representación nocturna a la orilla de un río; Julio César; El rey Lear. Nos iremos metiendo de tal modo en sus vidas que no nos va a extrañar nada esa confesión que Oliver le hará a Colborne, que para ellos subir a un escenario es una adicción, que no se sienten vivos hasta que no representan su papel.

                Leed la novela; vale la pena.  

miércoles, 20 de octubre de 2021

AL GARETE

 

garete.

(Quizá formación del fr. être égaré, andar extraviado).

ir, o irse, al ~.

1.       locs. verbs. Mar. Dicho de una embarcación sin gobierno: Ser llevada por el viento o la corriente.

2.       locs. verbs. Ir a la deriva, sin dirección o propósito fijo.

3.        locs. verbs. coloqs. Fracasar o malograrse.

Diccionario de la Real Academia Española

Las grandes corrientes oceánicas son ahora interminables atascos de pateras que yerran a la deriva, rumbo a ninguna parte, desde que las aguas cubrieron las montañas.

Por la noche se llena el cielo de pájaros pescadores que ululan, graznan y aletean con fiereza en la negrura. Se enciende trémulo y naranja algún farol, escaso para alumbrar la infinita caravana de balsas y embarcaciones precarias. Solo las luces de la luna y las estrellas consiguen insinuar en lo alto las formas de las extrañas aves nocturnas. En las cubiertas, miles de desgraciados se preguntan muertos de frío y de sed de dónde habrán salido esos pájaros.

Cómo se han hecho tan grandes.

En una balandra desarbolada vive un viejo que tiene un libro de Historia Natural, repleto de fotos de pájaros. Mil pájaros distintos, pero ninguno que se parezca a los que sobrevuelan el atasco.

Quizá sean pelícanos, o gaviotas exóticas, originarias de algún rincón perdido del mundo. Alguna especie oportunista, que ahora puebla los cielos sobre los océanos, convertida en una plaga global, capaz de enseñorearse de las horas oscuras del nuevo ecosistema.

Nadie sabe si las aves que planean sobre el atolladero se posan alguna vez sobre algo. El viejo dice que quizá sean como los vencejos, que duermen, comen, copulan y mueren en vuelo. Otros quieren creer que esos pájaros son la prueba de que en algún rincón, en algún lugar del mundo, queda tierra firme. Un sitio donde hay nidos.

Así que cada noche las aves observan desde su atalaya privilegiada el convoy de barcazas y naves desvencijadas. Probablemente sus ojos espejados vean el atasco de pateras como a un gigantesco tropel de porquería articulada, una riada hedionda compuesta por piezas móviles y marrones que se entrechocan y abordan en un viaje sin más horizonte que el de ahora ni más final que el del fondo del mar.

os pájaros no dudan en cagar sistemáticamente sobre los toldos, los velámenes y las cabezas de los supervivientes. A menudo les propinan una lluvia de porquería a la hora de cenar, que es el único momento de la noche en el que se juntan y aquietan los tripulantes del atasco, un rato en el que se arraciman en grupos pequeños y escuchan historias sobre cómo será todo a partir del día en que alcancen la tierra prometida. Cuando lleguen a alguna de las últimas costas del planeta.

Porque tienen que quedar unas cuantas.

O eso dicen muchos. Insisten machaconamente en la idea de que no hay tanta agua en el mundo como para anegarlo por completo. Echan un vistazo al libro de Historia Natural del viejo y repiten que si a bordo hay hombres maduros que dicen que jamás han pisado tierra firme tal vez sea porque el convoy ha quedado atrapado en el perímetro de una gigantesca vorágine oceánica.

Pero a la mayor parte de tripulación de la caravana las palabras como «perímetro» o «vorágine» les suenan igual que los graznidos de los pájaros.

Aunque no lo reconocen, muchos de ellos están empezando acreer que no queda ninguna costa a la que puedan arribar ni hay tampoco nadie al timón del convoy. Hace años que las anclas, los remos, las velas y los gobernalles perdieron el sentido, lo mismo que los capitanes. Ahora todo es un vagar a la merced de la nada. Ni las mareas ni las tempestades turban el vacío de los horizontes. Ni siquiera la pesca supone ya objetivo alguno.

Porque las cenas a bordo son poco más que ensaladas depequeñas morrallas, apenas un conglomerado de especies de pescadillos desconocidos y algas filamentosas, negras. Sépticas.

La violenta transformación a la que está sometido el medio ambiente desde que se fundieron del todo los polos y comenzaron a sucederse las tormentas monstruosas parece premiar a los hombres con un nuevo animal mutante cada día. Cucarachas que se sumergen violentamente si uno las persigue hasta rebasar los bordos y nadan hacia las profundidades cuando se bucea tras ellas. Ratas de pies palmeados y ojos de batracio que pueblan las sentinas y duermen aferradas a los cascos. Enormes zapateros que roncan y danzan enloquecidos sobre el oleaje. Polillas de una picadura muy venenosa que son capaces de devorar la lona de las velas y la madera de los mástiles. Hay mil especies imposibles, o demasiado exóticas, que ahora se abren paso a través del árbol evolutivo de la espantosa huida hacia delante.

Tal vez haya algún agente tóxico espoleando a la naturaleza.

Algunos de los náufragos de la caravana hablan a menudo del «mutágeno» como quien habla del diablo. Muchos de ellos sostienen que la culpa de todo la tienen los venenos que están liberando las ruinas al verse cubiertas por las aguas. Que es el mundo de los hombres el que, tras hundirse y morir ahogado, está emanando unos tóxicos que amenazan con llevarse al fondo del infierno lo que queda de vida en el planeta.

Armas químicas, complejos industriales, centrales nucleares, ciudades, vertederos. Nada fue diseñado para yacer en el fondo del mar por una eternidad. La presión de las toneladas de agua sobre toda la porquería que amontonó la civilización podría estar disolviendo masivamente en los océanos un agente bioquímico capaz de desquiciar lo que queda del medio. Porque algo desconocido está consiguiendo que el ecosistema enloquezca y que las especies se retuerzan a toda velocidad, formando mil abominaciones.

Son las personas las únicas que no han cambiado.

Alguna que otra noche, a lo lejos del atasco de pateras y barcazas, chulean los yates de los ricos, iluminados como árboles de Navidad.

Manuel vive en una chalupa con su padre y dos pollos escuálidos. Su padre le ha prometido que habrá uno para cenar, cuando cumpla diez años.

Pero Manuel tiene hambre esta noche.

Hoy han capturado un tiburón tigre, trabajando hombro con hombro, padre e hijo, durante media mañana. Por la tarde han despiezado el escualo y puesto en conserva buena parte de sus filetes, con otros han estado comerciando. El hígado van a asarlo para cenar.

Manuel podrá comer, esta noche. Llenar su estómago.

En el del tiburón había peces podridos, pedazos de cartón, hilo de cobre y un trocito de plástico rectangular que alguien ha dicho que es una tarjeta de crédito.

Santiago lleva meses caminando sobre las cubiertas, abordando balsa tras balsa y nave tras nave, siempre en la dirección en la que parece avanzar, a ratos, la caravana. No es que el atasco de tablazones, armadías, neumáticos y barcazas se mueva mucho; más bien podría decirse que serpentea como la gigantesca cola que es, y Santiago es el pillo que se cuela con disimulo. Buenas tardes, señora, perdone que atraviese la cubierta de su batel sin presentarme, pero es que no soy más que un peregrino haciendo camino. Bonjour, mademoiselle, je suis en course, je marche seulement, je vous en prie. Disculpen, jóvenes, ¿pueden arrojarme un salvavidas o el cabo de una cuerda? No pretendo importunarles, únicamente necesito subir a bordo para recuperarme durante unos minutos. Yo solo voy de nave en nave… Por favor, no me hagan nadar hasta aquella chalupa sin antes pararme un rato a descansar.

Santiago ha oído historias sobre una época en la que el nombre de Santiago se usaba para marchar por un camino, durante semanas, hacia el fin de la Tierra; para hacer ruta hasta el sitio donde el mar se abría y el mundo conocido terminaba para dar paso a uno nuevo. No acaba de comprender bien lo que significaba todo aquello del Finisterre, pero es de lo poco que le explicó su abuelo justo antes de, repentinamente y sin haber dado señales jamás, saltar por una borda.

Santiago, le dijo, no te quedes quieto en estas cosas que flotan y tú avanza. Tú solo avanza. Ve hacia delante y camina, Santiago. No esperes a que todo se hunda, dijo justo después; cruza el mundo si hace falta, pero ábrete camino como un hombre libre. No dejes que nada te detenga. Jamás te acerques mucho a los pájaros. Nunca te rindas. Sigue andando. Escapa de esto. No quieras mi final.

Y saltó.

Los plomos de pesca con los que había llenado su abrigo y sus calzones lo mandaron directo a lo negro del mar. Se hundió igual que un ancla. Quizá alcanzara el fondo marino estando consciente y una vez allí esperara un poco más, ancorado para siempre en la oscuridad. Cansado de una vida de esperar y esperar.

Desde que Santiago se quedó solo que se abre paso como pisando huevos, intenta no llamar la atención cuando salta de una balsa a una vieja gabarra, no alertar a ninguno de los cuerpos enfermos o desfallecidos que infestan los bordos y las cubiertas de un lanchón que hace aguas. Pasa con sigilo por encima de una alquitara para potabilizar agua, salta con cuidado sobre una maceta de rúcula y sobre un tendido de lechugas de mar que alguien ha puesto a secar al sol, junto a un comedero de pollos; después aparta a una niña que le pregunta algo en chino. Avanza. Santiago avanza. Es algo simple, pero parece llevarle hacia alguna parte. Santiago solo avanza. Y cuando encuentra una proa a la mar, se zambulle y nada hasta la próxima popa. Sus brazadas le ganan terreno a la bogadura que llevan las embarcaciones.

Están prácticamente paradas.

Los pájaros las sobrevuelan, una tras otra.

Como Santiago.

No tiene donde caerse muerto, pero siempre hay alguien que le acoge cuando la noche le sorprende. Se ve que Santiago viene de lejos, que ha visto cosas, que sabe algo; adónde se va, qué hay adelante, qué viene por detrás. La gente se tropieza con Santiago y enseguida decide que valdrá la pena sentarlo a comer, compartir con él alguna cosa que pueda haber a bordo.

Porque en un mundo convertido en vecindario son los sin techo los que transportan las noticias. Que te visite, que te aborde Santiago… Eso es como que te dejen ver la luna a la luz de mediodía. Chistes, mercancías, leyendas, sexo ocasional, otros ojos que mirar, cotilleos sobre el horizonte y las mareas, promesas de futuro que poner en común. Y, sobre todo, el placer de escuchar la voz de un hombre que ha visto más allá del horizonte.

Y que en el horizonte desaparecerá.

Puro espectáculo.

Aunque lo cierto es que Santiago no sabe ni por dónde pega el viento.

Empieza a creer que todos los náufragos son iguales. Está siempre con diarreas y algo de fiebre, a ratos teme que no llegará a conocer al capitán del convoy.

Manuel vive en una chalupa con su padre y dos pollos escuálidos. Su padre le ha prometido que habrá uno para cenar, cuando cumpla diez años.

Pero Manuel tiene hambre esta noche. Y va a cenar sopa.

Porque hoy su padre y él han soltado trampas para gambas.

Se llaman así, trampas para gambas, las trampas que se usan para capturar morralla y erizos.

Manuel no sabe lo que es una gamba.

Su padre tampoco.

Algunas veces, cuando la caravana se bifurca en dos ramales de pateras, o cuando confluyen dos gigantescas colas en una y hay otro carril de embarcaciones que se incorpora al que recorre Santiago, se dice Santiago a sí mismo que esto no puede acabar bien, que la caravana de balsas parece una compleja red de trayectorias erráticas que se acunan al caos del oleaje y las corrientes que se enroscan. Se pregunta si realmente el convoy avanza o si solo será que flota a la deriva. Se plantea la posibilidad de que en algún momento aparezcan al frente una cara o una proa conocidas, que le confirmen que está avanzando en círculos sobre una procesión cerrada, que gira sobre sí misma.

Esas cosas le producen pesadillas. Le hacen sudar, temer, orinar con dolor, vomitar las cosas que le dan de comer, cuando le dan de comer.

Entonces le flaquean las rodillas, a Santiago. Y él se encorva para sujetárselas con las manos, para sentir sobre su espalda el peso de la mochila, cargada de trapicheos y buhonerías. Santiago deja caer su cayado y se dobla para volver su mirada al suelo.

Y el suelo son tablones, placas de uralita plástica, un lote de cuadros de bicicletas de fibra de carbono atadas con cuerda de nailon, una vieja mesa de roble, pértigas sujetas con bridas de plástico, una plancha de corcho, más tablones que hacen aguas, docena y media de ruedas de camión engarzadas por una gruesa cadena, varios palés de madera claveteados entre sí, una piscina hinchable dotada de remos, una puerta de PVC, la cubierta de un carguero pesado sin gobierno, oxidado, escorado, larguísimo… A su remolque, un enjambre de canoas a medio hundir.

Porquería a flote. Restos del naufragio de varias civilizaciones.

El mar parece mirar a Santiago a través de los intersticios del suelo. Aguarda ahí.

Ya te llegará el turno, le dice.

Santiago respira hondo y sus pulmones se llenan de olor a lonja podrida, a salitre, a la peste de esos caracolillos que se comen sin pausa ni prisa los cascos de las embarcaciones. Para más inri, cuando se le hace de noche los pájaros le cagan sobre la mochila, en el pelo. Le graznan. Le insultan.

Como una audiencia indignada con la calidad del espectáculo. Y él recuerda su misión. Es lo único que tiene. Santiago sí tiene una misión, no como el resto de los hombres de a bordo.

Es bien simple: sigue caminando.

Tú solo avanza. Algo habrá, al final.

Al final siempre hay un final.

Y, tras meses caminando, un día anochece y los pájaros no aparecen.

Los pájaros siempre escampan de repente, cuando se aproxima otro violento espasmo climático. Y así es como a Santiago le sorprende una tempestad. Una de las habituales en este sitio.

Porque en este sitio las tormentas son frecuentes, y relevantes.

El viejo del libro de Historia Natural dice que si la caravana de embarcaciones no arriba nunca a una costa probablemente sea porque sobre todas las tierras firmes que se pueden alcanzar siguiendo las corrientes de este océano se agitan ahora unas terribles tormentas persistentes, permanentes como los vórtices polares, o los anticiclones. El viejo insiste en que siempre ha habido una climatología fija batiendo en muchos puntos del mundo. Habla del anticiclón de Siberia, del anticiclón de Santa Elena, del de las islas Azores… Nadie sabe de qué demonios habla el viejo cuando se arranca con su palabrería, nadie le comprende, tal vez porque es un viejo, o puede que porque casi nadie a bordo sabe ya lo que significa un mapa.

El viejo a veces hasta dice que hay otros mundos, más allá de las estrellas, que se agitan en tempestades permanentes. Que en el cielo hay un sitio que se llama Júpiter donde con unos catalejos muy grandes puede verse una gran mancha roja, que no es más que una inmensa tormenta que dura ya más de trescientos veranos. Que el Lucero del Alba en realidad se llama Venus, y es un sitio donde no hay hombres ni mujeres, sino unos tifones mortíferos barriendo constantemente el suelo, siempre en una misma dirección. El viejo habla de mundos inhabitables, arrasados por tormentas que no terminan jamás. También dice que en la caravana se está a salvo.

Pero lo cierto es que la caravana es arrasada por las borrascas, de tanto en tanto.

La que sorprende a Santiago sobre una balsa muy precaria se lo lleva abajo y hondo, a la trastienda del mar. Adonde su abuelo.

Después viene la calma, las mareas cuerdas, a la noche vuelven los pájaros. Y es al día siguiente cuando se restablece el orden, como si se hubiera acabado el gigantesco y violento soplido sobre la columna de hormigas. Las barcazas y las balsas supervivientes vuelven a ponerse en fila india y a encadenarse, a seguirse las unas a las otras hacia la nada. A enlazarse y a secuenciarse en unas colas que se entrechocan, formando una red de nodos que parece cubrir todo el océano.

La caravana se reordena, tras romper filas. Vuelve a marchar, en su éxodo ciego. La porquería flotante se sitúa sobre la cinta transportadora y se dispone a ser procesada. Entre sus eslabones hay cuerpos que se pudren y se hinchan al sol.

Cuerpos flotando inertes como el de Santiago.

Santiago avanza siempre hacia delante.

Manuel vive en una chalupa con su padre y dos pollos escuálidos.

Su padre le ha prometido que habrá uno para cenar, cuando cumpla diez años.

Pero Manuel tiene hambre esta noche.

Ha leído algo del libro de Historia Natural. Sabe que hay muchas aves sabrosas.

Mira al cielo y pasan los pájaros, perforando de gris el negro permanente; el batir de sus alas aventando los velámenes, el eterno crascitar de la bandada, sonando siempre como un opuesto diametral al canto de los gallos.

Malditos pájaros.

Algunos pueden rasar tan fuerte como para levantar agua de la superficie. Otros aletean algo más lejos, pero con un brío capaz de combar los trinquetes de proa y de adrizar las balandras. Los hay que parecen grandes y pesados como dragones y predominan los pequeños e histéricos de movimiento, ratoniles. Sean del calibre que sean, sus formas apenas pueden distinguirse con tanta oscuridad. Nadie en todo el atasco de pateras ha visto a uno de los alados nocturnos. Quién sabe cómo serán.

Tal vez sepan mejor que los pollos.

Conque Manuel coge el salabre, salta de su chalupa a una vieja gabarra y luego arranca a correr por toda la cubierta de una enorme balsa, con la red en alto.

Trata de cazar a los pájaros lo mismo que el que atrapa mariposas.

Y entonces uno de ellos pasa volando bajo sobre Manuel, le hunde una garra en cada hombro y se lo lleva, en un movimiento de caza bien practicado.

Manuel es pescado y devorado en la oscuridad de las alturas, en una batahola de mil graznidos que hace callar al rumor del oleaje. De repente una bandada de uñas y garfas lo envuelven, lo desgarran y lo desmiembran a picotazos. Y claro, todo transcurre a una velocidad que apenas deja tiempo al dolor pero, incluso así, Manuel llega a notar cómo le arrancan las vísceras al vuelo y se lo reparten de cuatro zarpazos.

Lo último que alcanza a distinguir bajo la luz de la luna no es el pico de un pelícano ni el de una gaviota. El viejo del libro de Historia Natural se sorprendería.

Porque no se trata de un pájaro pescador, sino de un ave rapaz.

De una enorme lechuza.

Emilio Bueso, Mañana todavía