viernes, 30 de abril de 2021

NEWROPÍA

                Nos encontramos en una Europa distópica, donde los combustibles fósiles han desaparecido, donde hay multitud de microestados, cada uno con características muy distintas y peculiares, que da lugar a distopías de diferente tipo,  y el poder está manos de dos gobiernos coordinados, el Sistema Simpático, capitalista y tecnológico, y el Parasimpático, ecologista y prosocial.

Nuestros protagonistas son: Elliot, que ha vivido la mejor de las infancias. Libertad, hamburguesas, bicicletas, walkie-talkies, videojuegos, helados nuevos cada verano y una radio en la que suenan los mejores temazos de la historia. Sin embargo, existe la posibilidad de que esa vida idílica no sea tan auténtica como él ha creído. Verbena, una bruja entrenada desde la cuna para combatir a las empresas e instituciones que destruyen el planeta. Su sociedad, exclusivamente femenina, se enorgullece de vivir en armonía completa con la naturaleza, y para ello han aprendido a alimentarse de todo tipo de plantas silvestres, convirtiéndose en criaturas del bosque.

                Ambos tendrán que subir a un fastuoso tren hotel, que recorre los lugares más codiciados de Europa por los turistas para intentar convencer o detener a Raner, el diseñador de un nuevo parque de atracciones, pues creen que tras este proyecto una gran corporación planea atentar contra una gran parte de la población. Lo malo es que no saben quién es el diseñador, pues hay siete jóvenes parecidos que tienen la misma identidad para ocultar al real; aparte, la pobre Verbena tiene que mezclarse entre las acompañantes (prostitutas de lujo). Y por si fuera poco, otra persona comienza a matar a los falsos Rainers.

                Sofía Rhei va alternando en cada capítulo el punto de vista de cada personaje, y en seguida encontramos pequeños detalles que nos llaman la atención. Elliot vive en un lugar muy parecido a los años 80 de los Estados Unidos, que hemos visto en las comedias de televisión de la época (el comienzo con Elliot en la bicicleta por la noche me ha hecho recordar a E.T.). Verbena es radicalmente ecologista y feminista, en una sociedad donde solo hay mujeres, con un lenguaje basado en palabras de género femenino. Encontramos personajes memorables entre los secundarios: Segismundo, que sólo habla en verso; Roxana, esa acompañante siempre rodeada de drones, que tanto encandila al joven Elliot, y que nos depara más de una sorpresa.

                A lo largo de las páginas de la novela, vamos a encontrar mucha crítica, soterrada y abierta: ecología, la crítica anticapitalista, el feminismo, los avances tecnológicos… Todo ello con un sentido de humor que no nos abandona desde la primera página.

jueves, 29 de abril de 2021

CARTA DE UN FRIKI

 

Querida Millie:

Me llamo Nemrod y vivo en un pueblo que no sabrías encontrar en el mapa.

Te escribo esta carta la última noche que tendré 12 años, como tú en la primera temporada de ST.

Mis compis de clase son lo peor, pero mi madre me ha obligado a invitar a unos cuantos idiotas a soplar las treces velas del pastel. A cambio, he logrado que me compren las luces con las que Joyce se comunica con Will, cada uno desde su mundo...

Mi mundo no es el de Hawkins ni tampoco el del Revés, sino una auténtica mierda. Aquí sí que nunca pasa nada, y si no estás en el equipo de fútbol o en la compañía de teatro local, eres un fracasado.

A mí me da igual, porque mis gustos no tienen nada que ver con los de nadie de aquí. Me siento un «alien» en mi propio planeta.

Solo estoy bien en el Castillo, como llamo a mi habitación, donde tengo todos los muñecos de ST, rótulos de madera que llevan a Hawkins o a Upside Down, carteles, revistas...

Mi mayor tesoro es un viejo álbum donde pego fotos y noticias que voy encontrando de ti en Internet. Cada vez que descubro algo nuevo en la red, lo imprimo en papel, lo recorto y luego lo pego en la cartulina negra con una barrita adhesiva, como se hacía en los años ochenta.

Sí, lo sé, soy un friki.

Me alucina vuestro mundo y la época en la que pasa ST. Por eso, me volví loco de alegría al saber por el club de fans que tienes un apartado de correos... ¡para recibir cartas reales! Eso sí que mola.

No tengo esperanzas de que me respondas pero, por si acaso, te he apuntado mi dirección detrás del sobre.

Como no puedes ver lo asustado que estoy ahora mismo, te confieso que estoy enamorado de ti, Millie. Desde la primera vez que te vi en la serie, caminando sola por el bosque, he tenido ganas de abrazarte y llenar de besos esa cabeza rapada tuya.

Y sé que te parecerá estúpido, Millie, pero odio a Mike por haberte besado en el baile de fin de curso.

Te quiero,

NEMROD

P.D.: Espero que hagas muchas más temporadas de ST.Ya no puedo imaginar una vida sin vosotros...

Francesc Miralles, Stranger than love

martes, 27 de abril de 2021

TODO ES MÁSCARA

 

Enviado por María

Madrid, 1835.

Eugenia, una joven de buena familia madrileña, desaparece tras un baile de máscaras en las fiestas de Carnaval. Teresa, su gran amiga, empieza a sospechar y decide buscar información por su cuenta; pero el que una mujer haga demasiadas preguntas no está bien visto. Con ayuda de su hermano decide disfrazarse de hombre y continuar sus pesquisas. Conocerá a Lucas, amigo de su hermano, que no descubrirá su secreto, y la tratará como a otro camarada. Juntos recorrerán la ciudad buscando a Eugenia, y gracias, entre otros, al escritor Mariano José de Larra irán encajando las piezas del puzle.

Rosa Huertas, a partir de temas como la falta de libertad de las mujeres, la lucha política, las desamortizaciones o los carlistas, conforma en esta novela histórica el escenario por el que se mueven los personajes, entre los que aparecen Larra o Mesonero Romanos.

Nos habla de las limitaciones de la mujer en el S. XIX, de sus problemas por pensar de forma diferente o tener ideas propias respecto al amor, la política y la sociedad en la que le tocó vivir . Teresa, en ese sentido, es una adelantada a su época que no duda en vestirse de hombre para conseguir sus objetivos, aunque termina congraciándose con su femineidad. La novela también alude a algunas costumbres o usos de la época, como puede ser el duelo, las tertulias literarias, los mentideros e, incluso, a las diversiones comunes, presentándonos de esta forma un Madrid vivo.

Los personajes como Teresa o Lucas son seres que evolucionan conforme avanza la historia. Lo vemos a través de sus cartas, de sus diálogos. Teresa al final del relato ya no es la joven asustadiza y con baja estima que veíamos al principio, sino una mujer consciente de sus ideas, con voluntad firme. Lucas, por su parte, ya no es el joven despreocupado del principio, algo frívolo, que se fijaba más en la belleza que en el interior, sino un hombre que ha pasado por situaciones límite, que ha estado al punto de perder la vida y que, sin saber muy bien qué le deparará su condición, es consciente del amor que le tiene a Teresa.

lunes, 26 de abril de 2021

LA TARDE DEL ESTRENO

 

Tito Macio Plauto corría frenético de un lado a otro del escenario. Aún faltaban varias horas para la representación pero él se había presentado allí mismo con el alba. Quería supervisar cada mínimo detalle, tenía que estar seguro de que todo saldría bien. Si fracasaba, que fuera porque sus palabras, porque su obra no mereciera el éxito, pero no quería que su gran oportunidad se desmoronara ante sus ojos por culpa de unos malos actores, por el exceso de un borracho, por un escenario endeble o a causa de un público hostil manipulado. Eso último era lo que más le preocupaba. Sabía que la otra compañía de teatro de la ciudad se había visto perjudicada en la asignación de representaciones por parte de los ediles, mientras que la compañía de Casca había salido muy favorecida. Casca parecía que había sabido hacer valer sus contactos con el nuevo edil de Roma encargado de estos asuntos para las Saturnalia de aquel final de año. Un edil joven, Publio, de la gens Cornelia de la familia de los Escipiones, hijo y sobrino de los procónsules de Roma en Hispania; poderoso pero joven y seguramente influenciable, pensaba Tito, por alguien tan manipulador como Casca. O quizá no. Casca le había vuelto a repetir por enésima vez aquella mañana que la selección se ganó porque él ofrecía más comedias mientras que la otra compañía sólo presentaba una larga serie de tragedias y el edil de Roma también compartía la visión de Casca de que el pueblo necesitaba algo más catártico que las desgracias ajenas (...)

—Has sufrido mucho, lo sé —empezó Casca buscando animarle—, no creo que nada de lo que pueda acontecer hoy pueda ser peor que las muchas penurias que has padecido, ¿no crees? Ánimo. El texto es bueno, la obra está bien. He visto los ensayos y es divertida, muy entretenida. Gustará.

—Eso si los actores que tienes recuerdan los diálogos y si el que hace de Líbano está medianamente sobrio.

—Bueno, eso es cierto en parte; en cuanto a ese actor, el que actúa como Líbano, tampoco te interesa que esté completamente abstemio. En el fondo es un gran tímido. Necesita beber para salir a escena. Si te da problemas, dale un par de vasos de vino y empújalo al escenario. En cuanto el licor haga su efecto, las palabras fluirán por su boca como un torrente. Luego, claro, hay que controlar que no beba más de la cuenta durante el resto de la obra.

Con esto Casca lo dejó para atender a unos patricios que se acercaban curiosos al recinto del teatro para ver cómo era todo aquel bullicio unas horas antes de que empezase la representación.

Quedaban quince minutos para el comienzo. El teatro estaba prácticamente lleno y seguía entrando gente. Las Saturnalia llegaban a su fin y el pueblo quería aprovechar cualquier evento que le hiciese sentir el carácter festivo de aquellos días, que lo alejase de sus preocupaciones diarias y, sobre todo, que lo hiciese olvidar el continuo estado de guerra que soportaba desde hacía ya más de seis años. Roma había estado en guerra con frecuencia; de hecho, apenas había estado en paz y pocas veces se podía cerrar la puerta del templo de Jano para indicar tal estado de tranquilidad; pero aquélla era una guerra que se luchaba en su propio territorio y en donde sólo unas pírricas victorias se veían sazonadas con flagrantes derrotas. Se había conseguido enderezar ligeramente un poco el rumbo de la guerra en la península itálica, pero la presencia de Aníbal seguía pesando sobre el ánimo de todos los romanos, cercana, como una espada de Damocles a punto de caer sobre ellos. Las festividades y, muy en especial, las Saturnalia con su carácter descontrolado, eran un tiempo especialmente apetecido en aquellos momentos y el teatro, si se presentaba una comedia, un lugar apropiado para disfrutar de aquel ambiente de olvido y enajenación colectiva. La obra era de un desconocido, pero Roma estaba dispuesta siempre a conceder oportunidades. Nadie se había presentado por primera vez siendo famoso. Eso sí, el juicio sería implacable: éxito y una carrera como comediógrafo durante años para el autor, o fracaso y ostracismo, soledad y, con mucha probabilidad, miseria para el escritor poco favorecido por el público. El punto medio no era algo muy apreciado por el pueblo romano: éxito o fracaso, victoria absoluta o derrota, vida o muerte.

Tito Macio sabía de todo aquello: si su primera obra era despreciada por los espectadores, ése era el principio y el fin de su carrera como autor teatral y su regreso inexorable a la mendicidad y la podredumbre. Roma agasajaba a sus ídolos de igual forma que usaba como carnaza fresca a los caídos. En Sicilia estaban desterrados los legionarios supervivientes del desastre de Cannae, las legiones malditas, los vencidos por antonomasia. A un autor de teatro fracasado no hacía falta que se le desterrara: la miseria y el hambre, una muerte humillante y lenta sería su condena. Tito ya había saboreado bastante de aquellos platos de la pobreza y el sufrimiento. La obra estaba escrita. Ya no se podía cambiar nada ni corregir una coma. Sólo le restaba volcar sus esfuerzos en sostener el montaje en el endeble entramado de aquella compañía de actores inseguros, la mayoría esclavos, algunos borrachos y todos igual de atemorizados que él. Habían presenciado el desastre del montaje de la obra de Livio con los ataques y abucheos promovidos por los actores y tramoyistas de la otra compañía y eso no había hecho sino acrecentar su pavor. Su futuro también dependía de la obra que representaban. Todos se salvaban o todos se hundían. Iban en un mismo barco que Tito Macio intentaba pilotar en medio de una mar revuelta.

—¿Y Líbano y Deméneto? —preguntó Tito. Se dirigía a los actores por el nombre del personaje que representaban para ver si así cada uno se identificaba al máximo con su personaje, o el mínimo suficiente para que no olvidaran en escena el papel que les tocaba representar.

—Aquí —dijo un joven actor junto a otro mayor, de unos cincuenta años, ambos con sus pelucas correspondientes y ya maquillados.

—Bien, bien. Estad listos. En unos minutos salgo a escena para presentar la obra y entráis vosotros. Haced bien vuestro papel y seré generoso con vosotros. Hundidme y os acordaréis de mí.

Y antes de que el joven actor, cuyas rodillas temblaban, pudiera decir nada, Tito desapareció. Iba en busca de su propia peluca y su toga para salir a escena.

—¡Un minuto! —era Casca, gritando desde un extremo del escenario—. ¡El teatro está lleno! ¿Dónde está Tito?

Le indicaron un lugar cubierto con telas que a modo de tienda hacía de vestidor justo detrás del escenario. Tito, en su interior, estaba terminando de ponerse la toga ayudado por un joven mozalbete que le recordaba los tiempos en los que él se había dedicado a ayudar a otros a vestirse para salir a escena. Él también salió alguna vez a escena, pero ni había tanta gente como hoy ni el teatro había alcanzado la popularidad de ese momento, ni la obra que se representaba era la suya. No acertaba a ponerse bien la peluca. Casca entró en la tienda.

—Ánimo, Tito —dijo Casca—, el propio edil está sentado en la primera fila. Ha venido con su mujer y su familia. Parece que está celebrando el nacimiento de su primogénita. Eso nos favorece. Está de buen humor y bien predispuesto a pasar un buen rato. Y tengo a mis hombres acechando para echar a todos los miserables de la otra compañía. Ya hemos atrapado a dos y hemos dado buena cuenta de ellos; ésos no vuelven ni esta noche ni en un mes. Al menos hasta que se les recompongan los huesos.

Tito asentía mientras se ajustaba la toga. Dos. Se habían deshecho de dos, pero la otra compañía contaba con más de treinta personas entre actores fijos y colaboradores. Y el edil. Bien. En primera fila. Celebrando el nacimiento de su hija. ¿O hijo? ¿Qué había dicho Casca? No importaba eso ahora. Bien. Asentía con la cabeza.

—Te toca. Te veré desde el público —Casca se volvió para salir, se detuvo un instante y de nuevo mirándole concluyó con una idea que le bullía en la mente—. Tito Macio, no sé si triunfarás esta noche o no, pero lo que has escrito está bien. Por si te vale de algo —y se fue.

El muchacho que le ayudaba a vestirse también salió. Tito Macio se quedó a solas. Cerró los ojos. Inspiró profundamente una vez, dos, tres, cuatro, cinco. Abrió los ojos. Se levantó y, como disparado por un resorte, sorteando al resto de los actores, sin mirar a nadie, con paso firme sobre sus pies planos que tantos estadios habían recorrido ya por el mundo, llegó junto a los peldaños de la escalera que conducía al escenario; subió por ellos y, sin detenerse en el extremo de la tarima, avanzó a grandes zancadas hasta situarse en el centro del escenario del teatro que Roma había levantado a las afueras del foro. Alzó sus ojos al cielo. Era una tarde fresca y el cielo de diciembre se dibujaba con nubes oscuras que presagiaban lluvia, pero éstas eran frecuentes en aquella época del año y quizá no descargasen o esperasen a que cayera la noche. Faltaban unas horas para el atardecer. Eran sus horas, su tiempo, unas horas durante las que Roma estaría con sus ojos fijos en su obra. Bajó su mirada y ante él el público: miles de personas de pie, por todas partes, llenando el amplio recinto rodeado por una pequeña empalizada de madera: soldados, muchos, legionarios en servicio y hombres que habían servido en alguna o varias de las campañas contra Aníbal; bastantes heridos, algunos mutilados; libertos, comerciantes, mercaderes, jóvenes, algunos niños y esclavos con sus amos y esclavos solos, atrienses en su mayoría, con la confianza de sus amos para conducirse a su albedrío por la ciudad, y más aún durante las Saturnalia, donde los valores y las costumbres de Roma se revertían: los que mandaban servían y los servidores eran libres; muchos bebidos, otros bebiendo. Se veían vasijas de vino y vasos de mano en mano. Había mujeres, muchas también, con sus maridos, matronas, lenas, prostitutas de calle y cortesanas caras, amantes de patricios, senadores, ex cónsules. Y unas pocas filas al principio, junto al escenario con las autoridades de Roma: el edil, Publio Cornelio Escipión en el centro, a su lado una joven y hermosa mujer, su esposa sin duda, y al otro lado una distinguida patricia, ¿su madre? Alrededor amigos y otros patricios, tribunos de la plebe, un pretor, otros ediles, senadores. Roma a sus pies, pero no en silencio. Una algarabía general de miles de conversaciones cruzadas, risas y gritos surgía de toda aquella muchedumbre haciendo imposible que se oyera otra cosa que no fuera aquel enorme tumulto de voces entremezcladas.

Tito avanzó unos pasos hasta situarse al borde de la escena. Abrió la boca. No le salieron las palabras. La cerró. La volvió abrir.

—Ahora, espectadores, prestad atención… por favor… espectadores….

La algarabía, el ruido y la indiferencia permanecían adueñadas del lugar. Tito elevó su voz con fuerza.

—¡Ahora, espectadores, prestad atención, por favor! ¡ Y que todo sea para bien mío y vuestro, de esta compañía, de sus directores y de los contratistas! —dijo mirando al edil que había contratado aquella obra, su obra. Publio levantó la mirada. Tito vio los ojos oscuros, intensos de aquel joven fuerte, bien vestido, rodeado de amigos, poderoso. No leyó rencor ni odio. Algo de interés, mucha curiosidad. Sin condescendencia. Estaba feliz. Eso era evidente. Tito se volvió hacia un heraldo.

—Tú, pregonero, haz que el público sea todo oídos.

El heraldo subió al escenario por la misma escalera por la que había accedido Tito y a voz en grito pidió silencio de mil formas distintas, por favor, con educación y con amenazas y hasta imprecaciones a los dioses. Muchos rieron, pero poco a poco, si bien no un silencio, al menos sí se estableció una algarabía significativamente más reducida que la anterior, de forma que un actor con potentes cuerdas vocales podría hacerse oír, al menos, unos minutos. De la agudeza de sus palabras y del interés que éstas despertaran en el público dependería que aquel estado tornase a un tumulto ensordecedor o se encaminase hacia un silencio poco frecuente en aquellas representaciones.

Tito volvió e intentó apoderarse de la escena.

—¡Anda, vuelve a sentarte! ¡Que tu trabajo no haya sido en balde! ¡Ahora… ahora os voy a decir a qué he salido! ¡ Y qué es lo que deseo! ¡Quiero que sepáis el título de esta comedia!

Y así Tito presentó su obra: La Asinaria; se refirió al autor griego en el que se había basado y al título de la pieza en la lengua helena. Aquellos datos no parecieron cautivar al auditorio que asistía con bastante indiferencia a su parlamento.

—¡Tened la bondad de estar atentos y que Marte…! —concluía ya Tito elevando aún más su voz— Y que Marte, como en tantas otras ocasiones, también ahora os sea propicio!

Santiago Posteguillo, Africanus, el Hijo del Cónsul

domingo, 25 de abril de 2021

LA CANCIÓN DE PUCK

 


¿Veis el camino bacheado que discurre

semihundido entre los trigales?

¡Ahí fue donde se emplazaron los cañones

que abatieron a la flota de Felipe II!

¿Veis cómo trasiega nuestro pequeño molino,

movido por las aguas del riachuelo?

Viene moliendo el grano y pagando impuestos

desde los tiempos del Domesday.

¿Veis esos mudos robledales,

y las peligrosas zanjas que los flanquean?

En ellos fueron vencidos los sajones

el mismo día en que Harold pereció.

¿Veis las planicies ventosas que se extienden

por las puertas de Rye?

Hacia ellas huyeron los hombres del Norte

cuando divisaron las naves de Alfredo.

¿Veis los anchos y solitarios pastos,

en donde pasta el buey rojo?

Allí se alzó una ciudad poblada y conocida

antes de que Londres contase con una sola casa.

¿Y veis, cuando la lluvia cesa, las ruinas

de túmulos, fosos y murallas?

¡Ese fue el campamento de una de las legiones

que César trajo navegando desde las Galias!

¿Y veis esas señales que van y vienen,

como sombras que se ciernen sobre las colinas?

¡Son las líneas que trazó el hombre primitivo,

para defender sus mágicos poblados!

¡Caminos, campamentos y ciudades perdidas,

saladas marismas donde hoy brota el trigo!

¡Vieja paz, viejas artes guerreras, que al cesar

dieron cuna a Inglaterra!

No es un lugar cualquiera,

ni sus aguas, ni sus bosques, ni sus aires.

Es la Isla de Merlín, la de Gramarye,

hacia donde tú y yo nos dirigiremos.

Rudyard Kiplin, Puck de la colina Pook

viernes, 23 de abril de 2021

EL ENIGMA DE LA HABITACIÓN 622

 

Una noche de diciembre, un cadáver yace en el suelo de la habitación 622 del Palace de Verbier, un hotel de lujo en los Alpes suizos. La investigación policial no llegará nunca a término y el paso del tiempo hará que muchos olviden lo sucedido.

Años más tarde, el escritor Joël Dicker llega a ese mismo hotel para recuperarse de una ruptura sentimental. No se imagina que terminará investigando el viejo crimen, y no lo hará solo: Scarlett, la bella huésped de la habitación contigua, lo acompañará en la búsqueda mientras intenta aprender también las claves para escribir un buen libro.

¿Qué sucedió aquella noche en el Palace de Verbier? Joël Dicker nos lleva finalmente a su país natal para narrarnos una investigación policial en la que se mezclan un triángulo amoroso, juegos de poder, traiciones y envidias en una Suiza no tan tranquila, donde la verdad es muy distinta a todo lo que hayamos imaginado.

                La novela es un homenaje a su editor Bernard de Fallois, que falleció poco antes, donde el escritor profundiza en su relación con él y cómo le llegó el éxito, y nos la va contando a lo largo de todo el libro.

                Tenemos varios saltos temporales, desde el presente a diversos momentos del pasado, antes y después del asesinato, que hasta mitad del libro no se produce, y aún se tarda más páginas en que se nos diga quién es el muerto; todo ello para contarnos la vida de los protagonistas, los acontecimientos que rodean al asesinato y lo que ocurrió después.

La historia gira en torno al nombramiento del nuevo director del banco Ebezner, siendo los candidatos  Macaire Ebezner, hijo del antiguo director y cuya familia le puede dar los votos necesarios, y Lev Levovitch, un joven que ha salido de la nada y ha subido como la espuma. La semana antes de la elección, Macaire no dudará en hacer la pelota todo lo posible a su familia y hacerle cualquier jugada sucia a Lev. Tenemos a Tarnagol, uno de los dueños del banco, con negocios no muy claros; a Jean-Bénédict Hansen, que le vemos ayudar a su primo Maurice. Pero para liar más la cosa tenemos un triángulo amoroso: Maurice, su esposa Anastasia y Lev (antiguo novio y actual amante de esta). Y otra trama secundaria que tenemos es que Maurice cree que trabaja para el servicio secreto suizo para desenmascarar los negocios de Tarnagol. Y a lo largo de la historia, el escenario principal es el Palace de Verbier.

Los enredos y los engaños se van sucediendo y superponiendo para enganchar al lector y que este quiera proseguir con la historia, una formula que hasta ahora le ha funcionado bien a Dicker.

jueves, 22 de abril de 2021

DÍA DE LA TIERRA

 


En este momento en que conmemoramos el Día Internacional de la Madre Tierra, nuestro planeta se encuentra en un punto de inflexión.

La humanidad sigue abusando del mundo natural.

De forma irresponsable, saqueamos los recursos del planeta, mermamos sus especies silvestres y tratamos el aire, la tierra y los mares como vertederos.

Hay ecosistemas y cadenas alimentarias cruciales que se están viendo al borde del colapso.

Esa es una actitud suicida.

Debemos poner fin a nuestra guerra contra la naturaleza y cuidar de ella para que recobre la salud.

Eso implica llevar a cabo una acción climática ambiciosa para limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 °C como máximo y adaptarse a los cambios que se producirán.

Eso implica adoptar medidas más contundentes para proteger la biodiversidad.

Y eso implica también reducir la contaminación creando economías circulares que generen menos desechos.

Esas medidas protegerán nuestro único hogar y crearán millones de empleos.

La recuperación de la pandemia de COVID-19 ofrece una oportunidad de que el mundo emprenda un camino más limpio, ecológico y sostenible.

En el Día Internacional de la Madre Tierra, comprometámonos todos a trabajar con ahínco para restaurar nuestro planeta y hacer las paces con la naturaleza. 

António Guterres, Secretario General de la ONU

miércoles, 21 de abril de 2021

QUE NO ME GUSTA DE TU NOVIO

 

-¡Buenos días! -me sobresalta Yoana con su grito

-Madre mía, qué energías tienes. Con lo a gusto que se está durmiendo.

-Sal ya de la cama, dormilona.

Voooy -protesto-. Aún es Pronto

-Uy, mira, se ha vuelto a caer la foto de Richy.

-Como cada noche.

Ella se agacha e intenta volver a clavarla en su sitio.

-No hay manera...

Salgo de la cama y me acerco a ayudarla. Al final, como siempre, soy yo la que consigue que se sostenga.

-¿A que es guapo mi Richy?

Miro la foto. Lo tengo ya tan visto que es casi como si lo conociera en persona. La verdad es que se parece un poco al ideal de chico que me gusta: moreno, con el pelo ondulado, mandíbula fuerte...

-Pse le digo-. Feo no es. Pero...

-¿Pero qué?

-Pues que basta mirarlo para darse cuenta de que...

-¿De qué?

Me encojo de hombros.

-Mejor no te lo digo, porque seguro que te ibas a enfadar.

-¿Por qué? ¿Por qué me iba a enfadar?

-Porque «tu Richy» es muy guapo, pero no me gusta nada. Y seguro que a ti no te gusta que te lo diga.

Ahora es Yoana la que se encoge de hombros.

Venga, que prometo no enfadarme. ¿Qué es lo que no te gusta de él?

-Pufff, ¡todo! -me río-. Claro que lo que pasa es que mi opinión se ha formado a partir de las cosas que tú me has contado y seguro que muy objetiva ni soy...

Yoana sigue mirándome. Esperando que continúe Pero yo no sé si seguir hablando porque sé que se va a enfadar y ahora que nos llevamos bien, no me apetece que la liemos.

Y entonces, ¡se me ocurre una idea?

-¿Sabes qué, Yoana? Que en vez de decirte yo lo que no me gusta de Richy, ¿qué te parece si eres tú la que me dices lo que crees que no me gusta de él a mí?

-Vale... Yoana asiente-. A ver, déjame que piense. ¡Ya está! No te gusta nada que me controle. Eso me lo has dicho muchas veces.

-Ajá. Justamente.

No te gusta que me mande mensajes a horas raras y que me pida fotos para saber qué estoy haciendo o qué no estoy haciendo o con quién.

-Un día te cambiaste de ropa porque él te lo dijo.

Fue una tontería. No le gusta que lleve la camiseta esa tan ajustada si no está él. No es importante.

Entonces se dirige al armario y elige lo que se va a poner hoy. ¡Y lo primero que escoge es la camiseta ajustada

-Pues me la pienso poner, ¡que se fastidie! -se ríe.

-¿Y qué más piensas que no me gusta de él?

-Pues... que no le importen los estudios ni nada de eso. Aunque en realidad... a mí tampoco me han importado mucho... hasta ahora. ¿Sabes qué, Love? He sacado un siete en el test de ayer. ¿Te lo puedes creer? Y me puedo entender con las chinas...

-¿Qué chinas?

-Las de mi clase, claro.

-¡Que son japonesas!

-Bueno, lo que sean.

-No, si te acabará gustando estudiar.

--Tía, tampoco hay que pasarse -se ríe-. No me gusta nada cuando Richy se mete conmigo porque le digo que estoy haciendo deberes. No me gusta que me llame «tontita».

-¿Te llama así?

-Pues... a veces. Pero es así como en cariñoso.

-Eso es un insulto, Yoana.

-No hay que tomárselo así. Yo sé que no soy tonta, Y él también.

-Ya lo sé. A lo mejor a él le molesta que sepas más cosas. Que seas más lista. Que puedas llegar a ser algo que él nunca podrá llegar a ser.

Yoana se queda muy seria. Creo que nunca se le ha ocurrido pensar eso.

-Lo que sí he notado es que a veces me hace sentirme tonta.

-¿Cómo que sentirte tonta?

-Pues..., puff, es difícil de explicar. Con él me siento como si nunca tuviera razón. Como si fuese estúpida...

-Pero ¿por qué?

-Pues porque me dice que he dicho una tontería o que no he entendido algo... Pero ¿sabes qué, Love?... Que yo sé que no he dicho tonterías.

Suspiro largamente.

-De verdad, Yoana, no soy nadie para decírtelo, pero... ¿no estarías mejor sin él? ¿Tanto le quieres?

Yoana está mirando al suelo. Le brillan los ojos. A lo mejor me he pasado. Intento hacer una broma para quitarle hierro al momento.

-¿Sabes lo que me parece? -Me dirijo hacia la foto de Richy que se sostiene en el corcho de puro milagro-. Que este novio tuyo no es nada feo. Pero lo que le estropea es esa mirada de chulo, de..., ¡yo qué sé!, ¡de superioridad! Es que con solo verlo, me dan ganas de mandarlo a freír espárragos -lo digo riendo, para que se anime un poco.

Yoana se acerca a la foto y suspira.

Nos vestimos y luego, mientras desayunamos, Yoana vuelve a sacar el tema. Parece que no ha dejado de pensar en ello.

¿Sabes lo que no me gusta nada de Richy, Love? -No espera que le responda y sigue hablando-. Pues que le caen mal todas mis amigas. ¡Y yo las quiero mucho!

-¡Pues claro!

Dice que son una mala influencia, que se meten en nuestras cosas... Pero, claro, ellas piensan que es al revés, que soy yo la que he cambiado mucho, que desde que estoy con el Richy no soy la misma.

Bueno -intento explicarle-, a veces pasa con las amigas que, cuando una empieza a salir con alguien, se aleja del grupo de siempre y entonces las otras se enfadan.

Me acuerdo de lo que me pasó a mí con Marta cuando empezó a salir con Joan.

=No, no es solo eso. Es ... Bueno, es difícil de explicar.

-Pues inténtalo.

Yoana da un mordisco a su tostada con mermelada.

-¡Paso! -me dice con la boca llena-- Hoy me voy olvidar de Richy. Hay que vivir el momento. ¿Qué te parece Pablo?

-Ay, Yoana, eres incorregible.

-¿Por qué? -farfulla con la boca llena.

-Porque es idiota. De otro estilo, pero un idiota. ¿No lo ves?

-Es muy guapo. Y tiene mucha pasta. Y es atractivo. ¿No te lo parece?

-Un poco sí. Pero se le nota a la legua que es idiota.

-Es idiota.

Las dos acabamos diciéndolo a la vez y nos reímos a carcajadas.

Cuando acabamos de desayunar, salimos afuera.

El día soleado se ha convertida en uno nublado. Irlanda no deja de impresionarme con estos cambios tan repentinos de tiempo., Llueve, hace sol, llueve de nuevo, o sale la niebla de repente, como ahora

-Qué bonito -dice Yoana.

Y tiene razón. Porque hay una niebla espesa alrededor de los matorrales y el camino que conduce a la casa. La niebla es blanca y parece sólida, tan densa que apenas se ve la rueda de carro del jardín.

-Más vale que llevemos los impermeables porque parece que puede llover.

Y cuando salimos de nuevo a la casa para subirnos en las bicis, empieza a caer una llovizna fina, tan fina que casi no se nota.

-Es precioso -repite Yoana.

Nos quedamos las dos en el umbral de la casa mirando la lluvia. El paisaje alrededor se ha difuminado, casi parece una acuarela: entre la bruma los verdes se confunden los unos con los otros, el cielo ha desaparecido fundido con los árboles, y la niebla avanza, como si fuera algo físico, como retazos de algodón, serpenteando alrededor de nuestros pies.

-¿Sabes, Love? -me dice de pronto Yoana-. A lo mejor estoy embarazada.

-¿Pero qué dices? -le grito, y enseguida bajo la voz porque pienso que Sarah Y Tim pueden oírlo y a continuación me doy cuenta de que no iban a entender nada porque no saben español, y ya todo me da igual y vuelvo a gritar-: ¿ ¡Pero qué dices!?

-Pues que el día antes de venir a Irlanda lo hicimos... Y Richy me pidió que fuera sin condón y... lo hicimos Y... me tenía que bajar la regla y no me ha bajado.

Me quedo tan en shock que no sé ni qué decirle. Y entonces las palabras me salen sin ni siquiera pensar en lo que digo:

-¿Pero cómo pudiste? ¡A quién se le ocurre! y luego me preguntas qué es lo que no me gusta a mí de él. ¡Pues que es un mierda! ¡Que alguien tiene que decirlo de una vez! ¡Pero a quién se le ocurre! -repito.

Me doy cuenta de que estoy muy nerviosa e intento tranquilizarme y respirar despacio.

-Estás más enfadada que yo.

-Pues claro, Yoana. ¡Pues claro!

-A lo mejor no me ha bajado por las emociones del viaje...

-Sí, eso también puede ser. Pero madre mía, Yoana... Que es muy serio, que quedarse embarazada... Y no es solo eso, las enfermedades...

Susana Vallejo y Sofía Rhei, Irlanda sin ti

martes, 20 de abril de 2021

MANERAS DE VIVIR

Comienza como una melodía suave que se va convirtiendo en un thriller trepidante y actual que te deja sin aliento a medida que avanza. Pero también es una novela dentro de otra novela, en la que ficción y realidad se confunden.

Todo comienza cuando un escritor se reencuentra con el guitarrista y cantante de un grupo de rock, Samarkanda, que admiraba en su juventud y decide entrevistarlo para contar su historia. Hay muchas emociones en lid, que abarcan todas la edades y condiciones. Y un amor incondicional por la música, que funciona como motor de todos los personajes, incluso en las situaciones más peligrosas o límites.

El escritor conoce a Jimi, que está a punto de cerrar su tienda de discos en Alicante, y, poco a poco, va conociendo a su extraña familia: su segunda mujer, Rosa Winchester; la hija de está de otra relación anterior, Luna; y Manu, hijo de Jimi y su primera esposa. Llegará el momento en que nuestro pensará contar la historia del protagonista y sus seres queridos; mediante entrevistas a estos cuatro personajes nos acerca a sus vidas que no han sido fáciles y que buscan una segunda oportunidad: Jimi, que ha terminado en la cárcel por un homicidio y ha abandonado su música, superados sus problemas de adicción, tiene que hacerse cargo de Manu, al que no conoce, tras la muerte de su madre y el rechazo de la familia de ésta; Manu, que se siente incómodo y no quiere vivir con su padre ni con su actual familia; Rosa, una rockera que no se habla con su padre, un profesor jubilado de música clásica; Luna, que teme que Manu estropee la relación que mantiene con Jimi, aparte de los problemas típicos con su madre.

Y un día, a pesar de que Jimi no quiere, el pasado irrumpirá en sus vidas, arrastrándolos a nuevos problemas.

                Y de fondo, a lo largo de todas las páginas de esta novela de Luis Leante, nos suena la canción de Rosendo y Leño.



PREMIO EDEBÉ DE LITERATURA JUVENIL 2020

lunes, 19 de abril de 2021

¡¡¡A LA RICA TORTILLA!!!

 

Los dos estaban muertos de hambre, y Antonia sugirió ir a un restaurante para un almuerzo temprano. Jon dijo que a esas horas dónde se iba a poder comer bien, que esto es Madrid; Antonia, que a ver qué te crees; Jon, que no tienes ni idea de cocinar; Antonia que, aquí se come mejor que en ningún sitio; Jon, que tú qué sabrás si a ti te sabe todo a cartón. Y acabaron en casa de Antonia tras un no hay huevos. Una parada previa en el súper de abajo: Una malla de patatas, una cebolla, una botella de aceite de oliva, media docena de huevos camperos (que no había).

Así que Jon se quita la chaqueta, se arremanga, se lava las manos. Pela las patatas y las corta en láminas muy finitas, chascándolas un poco. Pone el aceite a calentar, mucho, vigilando que no esté demasiado caliente. Echa las patatas, veinte minutos. Mientras, pica la cebolla y la pocha en sartén aparte hasta que está cristalina. Saca las patatas. Las escurre. Las deja reposar hasta que han enfriado un poco. Luego pone el aceite caliente como los pozos del infierno, y echa las patatas. La doble fritura es la clave. A partir de ahí, cuesta abajo. Bate los huevos, homogéneos pero sin pasarse. Saca las patatas, están crujientes y un punto tostadas. Las escurre, las seca un poco con papel de cocina. Las deja atemperar para que no cuajen el huevo al entrar en contacto con él. Las mezcla con el huevo, apretando un poco para que se empapen. Las echa en la sartén. Cuando los bordes están cuajados, le da la vuelta con un plato. Momento crítico. Sale bien. La sirve.

Antonia corta la tortilla, que se derrama un poco, oro líquido. La prueba.

—Me sabe a cartón —dice, con la boca llena.

—Me cago en tu padre, Scott.

Resulta que es la mejor tortilla de patatas que Antonia ha probado en su vida, claro. Aunque ella no lo sabe, por lo de su anosmia. Pero Jon sabe por los dos, por eso se come tres cuartas partes, mojando pan. De pie, en la cocina y pinchando por turnos en el plato, porque no hay otro sitio. Luego un par de cápsulas en la Nespresso.

Acaban sentados en el salón, en el suelo. Por el ventanuco se cuela la primera luz de la tarde. Un millón de motas de polvo bailan en el rayo que ha quedado entre los dos.

Juan Gómez-Jurado, Reina Roja

 

domingo, 18 de abril de 2021

SYBIL VANE

 Ha venido Sibyl Vane. No es la primera vez, pero cada día me pilla más cansada para la polémica. Se apoya en el respaldo del sofá con ojos perdidos en el vacío y gesto lánguido. Le hago una taza de té, suspira, se levanta.

-Anda, Sibyl -le digo-, tómate el té, mujer.

Se vuelve a reclinar en el sofá, sin mirarme.

-Hasta para respirar le necesito -dice.

-Eso no es verdad -le digo sonriendo-. Estás desmesurando las cosas. Ahora respiras y él no está aquí.

-Si, respiro -arguye-, pero respiro mal, como si una piedra me entorpeciera el paso del aire. Me gusta respirar y que me entre todo el aire del mundo, el de la primavera que se acerca, el del mar, el de la brisa de la noche, y saber que hay más reserva de aire para mañana y para siempre, que la muerte no va a llegar nunca, eso quiero.

Me deja un poco apabullada su perorata. Está ahora muy guapa Sibyl, con los ojos brillantes y el pecho agitado. Se lo digo, que su expresión ha revivido. Cuando entró estaba apagada y opaca, parecía una mujer vieja.

-Es que me gusta hablar de él -dice-. Es lo único que me gusta.

Luego se levanta y se mira en el espejo que hay encima del sofá, sonríe complacida y vuelve a su postura de antes.

-Me gustaría que él me viera ahora -dice suspirando-, contarle estas cosas que te cuento a ti.

-¿Por qué no lo haces, mujer? Eso de la reserva de aire para mañana y para siempre es muy poético y muy convincente. Seguro que lo entendería. Dices que él es una persona inteligente y que le gusta entenderlo y razonarlo todo. ¿Cómo es que no te entiende a ti?

-Porque a él no sé decirle estas cosas, sólo puedo mirarle. Digo para mis adentros: "Ahora le voy a explicar lo que siento, lo que me turban sus ojos", a cada momento lo pienso, pero lo voy dejando para luego.

Miro a Sibyl, que ha empezado a sorber su té y parece ahora una niña pequeña, le acaricio las puntas de los dedos.

-Si estuviera él aquí, ¿te tranquilizaría? -le pregunto.

-Sí -dice-, con tal de que te quedaras tú también y me dictaras lo que le tengo que ir diciendo, protegida por el tacto de tus manos.

Me echo a reír.

-Pero, Sibyl, estás loca. ¡Vaya un papel el mío! Preferirías que te cogiera las manos él, como es lógico, ¿no?

-Sí, claro -dice-. Sus manos las preferiría a las tuyas. Son ardientes y cautelosas. Pero a veces se las hielo sin querer, se las espanto, se echan a volar como pájaros bellos y desconocidos. Nunca se sabe cuándo se van a posar sobre mi cuello y a rozarlo, no sé pedirles que vengan. Si tú estuvieras conmigo cuando él aparece, sabría explicarle estas cosas, pero te vas, me dejas sola. Y yo no sé hablar como tú.. Todo lo enturbio con mis balbuceos y mis lágrimas. A él le gusta que me ría y que me olvide de él. Le gusta que haga teatro y que revolotee como antes, cuando se enamoró de mí y amaba mis discursos. Pero ahora no se, me encoge precisamente por lo mucho que le necesito, y así encogida no le puedo gustar. Ayúdame tú, por favor, a no necesitarle tanto, a él le gusta que sea yo, que no me confunda con él. Va a perder la paciencia.

Le he prometido a Sibyl ir con ella la próxima vez que se entreviste con ese hombre que le quita el aire. Se siente muy confortada y me pide que la deje dormir un poco. Le pongo una manta por los pies y la miro con envidia.

NOTA A LA EDICIÓN

Para el que no lo recuerde, le refrescaré la memoria sobre la heroína literaria que dio pie a esta fantasía para escribir este breve relato, del que no me acordaba, y que he encontrado perdido entre las páginas de un viejo cuaderno, fechado en febrero de 1975.

El nombre de Sibyl Vane aparece fugazmente en las páginas de la famosa novela de Oscar Wilde: "El retrato de Dorian Gray". Dorian se enamoró ardientemente de ella, al verla representar el papel de Julieta en un modesto y mal iluminado teatrucho de Londres, por entrar en el cual pagó una guinea. La encontró sagrada y divina. Posteriormente, cuando, después de haberles hablado de ella en términos encendidos a sus amigos, decidió pedirla en matrimonio y comprobó que Sibyl no sólo correspondía a su amor, sino que era la primera vez que se enamoraba de un hombre, volvió a verla actuar en compañía de lord Henry. La decepción de Dorian Gray y de su amigo fué total. Sibyl Vane, una vez que había conocido de verdad el amor, interpretaba a Shakespeare de forma desmañada, torpe y artificial. Julieta se había convertido en una muñeca de madera. Y la Sibyl Vane enamorada dejó de interesar a Dorian Gray y de enardecer su imaginación. No daba forma ni sustancia a las sombras del arte. Era una criatura vulgar, sin secreto. Y el cruel Dorian Gray la apartó de su vida.

Carmen Martin Gaite

 PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS 1988

PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS 1994

viernes, 16 de abril de 2021

EL FINAL DE TODAS LAS COSAS

 

                Enviado por Sergio:

Tras la expansión de los humanos por el espacio, la Unión Colonial se creó para ayudar a protegernos de un universo hostil. Pero usó la Tierra como fuente de reclutas hasta que sus habitantes dijeron: basta. Ahora, la Unión Colonial está en peligro: cuenta con un par de décadas antes de que las Fuerzas de Defensa Colonial se agoten y las colonias humanas en apuros sean vulnerables a los ataques alienígenas. En este universo colapsado, el teniente de la FDC Harry Wilson y los diplomáticos de la Unión Colonial trabajan a contrarreloj para descubrir quién está detrás de los ataques a la Unión y de los alienígenas. Si no encuentran el modo de encontrar la paz con una Tierra recelosa y enojada y mantener intacta la unión de la humanidad, se arriesgan al olvido y la extinción, y al final de todas las cosas.

Con este libro, John Scalzi pone de momento punto final a la serie La Vieja Guardia,  ambientada en el universo de la Unión Colonial, donde se recluta a los habitantes mayores de 75 años de la tierra como soldados para una expansión estelar, y se les da el cuerpo modificado de un joven de 20 años.

El libro está formado por 4 novelas cortas narradas en primera persona por diferentes protagonistas, y se centra en el conflicto entre Las Fuerzas Coloniales, la Tierra y la organización que reúne a centenares de especies alienígenas inteligentes, el Cónclave: La vida de la mente, Esta unión hueca, Puede perdurar en el tiempo, Sobrevivir o morir. El nexo de unión entre ellas, aparte de la trama y de algunos personajes ya conocidos de la saga, es una peculiar nave espacial, la Chandler, la nave que utilizarán Harry Wilson y el equipo de diplomáticos “apagafuegos” de la Unión Colonial para los que trabaja. Encontraremos humanos, alienígenas, especies invasoras, traidores, terroristas…

Estamos ante una novela típica del estilo de Scalzi: acción, humor basado en diálogos con chispa, buen ritmo, buenas ideas a nivel tecnológico... Cada relato se adapta a lo que está contando. Hay descripciones de la tecnología o de las especies alienígenas, hay planes que se traman y se llevan a cabo, hay lenguaje que se adapta a los políticos y diplomáticos, por lo que nos encontraremos con diálogos vacíos, personajes engolados y reuniones de despacho. Otros, por el contrario, estarán llenos de toques de humor, ironía o desesperación disfrazada de bravuconería.

 

jueves, 15 de abril de 2021

ÉSTA ES UNA NOVELA POLICÍACA

 

Siobhan dijo que debería escribir algo que a mí mismo me apeteciera leer. En general leo libros de ciencias y matemáticas. No me gustan las novelas propiamente dichas. En las novelas propiamente dichas la gente dice cosas como «Estoy veteado de hierro, de plata y del barro más burdo. No puedo contraerme en ese puño firme que aprietan aquellos que no dependen de estímulos». ¿Qué significa eso? Yo no lo sé. Padre tampoco. Siobhan y el señor Jeavons tampoco. Se lo he preguntado.

Siobhan tiene el pelo largo y rubio y lleva unas gafas de plástico verde. Y el señor Jeavons huele a jabón y lleva unos zapatos marrones con aproximadamente 60 agujeritos circulares en cada uno de ellos.

Pero sí me gustan las novelas policíacas. Así que estoy escribiendo una.

En una novela policíaca alguien tiene que descubrir quién es el asesino y luego atraparlo. Es un acertijo. Si el acertijo es bueno a veces puedes deducir la solución antes de que el libro acabe.

Siobhan dijo que el libro debería empezar con algo que atrajera la atención de la gente. Por eso empecé con el perro. También empecé con el perro porque fue algo que me ocurrió a mí y se me hace difícil imaginar cosas que no me hayan ocurrido a mí.

Siobhan leyó la primera página y dijo que era diferente. Puso esa palabra entre comillas con el gesto de los dedos índice y medio. Dijo que en las novelas policíacas normalmente asesinan a personas. Dije que en El perro de los Baskerville matan a dos perros, el perro del título y el spaniel de James Mortimer, pero Siobhan dijo que ellos no eran las víctimas del asesinato, que la víctima era sir Charles Baskerville. Dijo que era así porque a los lectores les importa más la gente que los perros, así que si en el libro matan a una persona los lectores querrán seguir leyendo.

Le dije que yo quería escribir sobre algo real y que conocía a gente que había muerto de muerte natural pero no conocía a nadie que hubiera muerto de forma violenta, excepto al padre de Edward, del colegio, el señor Paulson, y que eso había sido un accidente de planeador, no un crimen, y que en realidad no lo conocía. También dije que me gustan los perros porque son leales y honestos, y algunos perros son más listos y más interesantes que algunas personas. Steve, por ejemplo, que viene al colegio los martes, necesita ayuda para comer y ni siquiera es capaz de traerte un palo si se lo lanzas. Siobhan me pidió que no le dijera eso a la madre de Steve.

Mark Haddon, El Curioso Incidente del Perro a Medianoche

 

miércoles, 14 de abril de 2021

AMOR DE FRUTAS


Déjame que esparza

manzanas en tu sexo

néctares de mango

carne de fresas;


Tu cuerpo son todas las frutas.


Te abrazo y corren las mandarinas;

te beso y todas las uvas sueltan

el vino oculto de su corazón

sobre mi boca.

Mi lengua siente en tus brazos

el zumo dulce de las naranjas

y en tus piernas el promegranate

esconde sus semillas incitantes.


Déjame que coseche los frutos de agua

que sudan en tus poros:


Mi hombre de limones y duraznos,

dame a beber fuentes de melocotones y bananos

racimos de cerezas.


Tu cuerpo es el paraíso perdido

del que nunca jamás ningún Dios

podrá expulsarme.

Gioconda Belli

lunes, 12 de abril de 2021

ENCERRADA

 

A veces, lo más difícil en esta vida es respirar. Pienso en eso siempre que se me acelera el corazón y creo que voy a morir. Inhalo, despacio, sintiendo cómo el aire entra en mis pulmones y atraviesa el diafragma hasta llegar al estómago. Cuanto más se adentra en mi cuerpo, mejor me siento, como si con la corriente los miedos se fueran desplazando mágicamente al lugar del que surgieron.

Pero no siempre funciona, porque a veces el miedo continúa a pesar de mis esfuerzos.

Estoy encerrada en el baño del instituto, y Lorena está aporreando la puerta, gritando sin parar.

—Sal ya, gorda. Sal, que te quiero contar un chiste —dice, y su voz suena amenazante.

Yo no digo nada, me limito a dejar pasar el tiempo sin hacer ruido. Sé que antes o después ella y sus amigas se cansarán, tendrán que ir a alguna clase o a fumarse un pitillo al patio, o encontrarán a otra chica a la que atemorizar. Permanezco oculta, y me desprecio por ello, pero ya me he habituado a esconderme.

Me viene a la mente aquel cuento en el que un explorador se subió a un árbol porque le perseguía un león. Lejos de marcharse, el león seguía vigilándole, esperando que bajara. Mientras, el explorador rezaba y rezaba para que el animal se alejara. Pero las horas pasaban y los dos estaban cada vez más hambrientos. Pasó un día y luego otro, y la moral del explorador estaba debilitada por la sed, la falta de sueño y el hambre, y en cambio el león permanecía tan fresco como al principio. Al tercer día, el explorador acabó desmayándose y cayendo del árbol, y el león, que también estaba al límite de sus fuerzas, se lo comió y no dejó ni el gorro.

Oigo unas pisadas que se alejan. El baño, poco a poco, va recuperando su quietud habitual. Podrían haberlo hecho para que yo crea que se han ido. Quizá se hayan marchado de verdad. Me encaramo a la taza para asomarme por encima de la puerta del aseo; no hay nadie ya.

Salgo del baño, intentando que mis pisadas sean leves, cuando veo una sombra que se proyecta al lado de la mía. Es Lorena, y ahora está con Leticia y Lola. Antes de que pueda reaccionar, me llevan en volandas de nuevo al baño, abren la puerta del inodoro y me empujan hacia la taza. «Con cuidado, no le dejemos marcas», oigo que dice la líder, y colocan, con la fuerza necesaria, mi cabeza contra la porcelana y tiran de la cadena. No puedo mover los brazos ni la cabeza porque me están sujetando por todos los lados. Mis rodillas están empapándose en el suelo, mientras respiro afanosamente para no tragar agua. Se ríen a carcajadas. Noto que me sueltan. El murmullo de la cadena cesa. Se van. Por un fugaz instante, pienso que estaría mejor muerta. Me tomo media pastilla y espero diez minutos a que mi corazón recupere su ritmo.

Me dirijo a mi última clase del día sin levantar la mirada del suelo, como si así pudiera conjurar la posibilidad de que me siguieran acechando. El curso acaba de empezar pero todo vuelve a ser como siempre.

Sigo sin tener amigas ni amigos, solo a Javier; sigo teniendo ataques de pánico; sigo sintiendo una mezcla de desprecio y lástima por mí misma. Da igual que lleve dos años viendo al psiquiatra, hay ciertas cosas que me parece imposible que vayan a cambiar o a mejorar. «Esto no será así siempre», dice él, y yo me fuerzo a creerlo, pero no lo consigo.

Tener miedo es como tener los ojos de color marrón, algo que te va a acompañar toda la vida. Una no se levanta una mañana y de repente es otra persona. A veces sueño con ello, pero no pasa mucho tiempo sin que mis limitaciones me recuerden quién soy. A veces actúo como si fuera una de esas chicas populares, que parecen haber nacido sin una sola preocupación en su bonita cabeza. Pero siempre pasa algo que me recuerda que estoy enferma, o que soy distinta, o ambas cosas a la vez.

Odio el instituto, y eso que me gusta estudiar. Encuentro en los libros la única forma de tranquilidad que conozco, porque de alguna manera, cuando leo o estudio es como si dejara de existir y esa sensación me gusta. Otras veces también pienso en lo que seré el día de mañana... Creo que si me esfuerzo lo suficiente, algún día seré feliz, seré mucho más feliz que Lorena, que la Triple L (así llamo al conjunto formado por Lorena y sus acólitas, Leticia y Lola) y que todos esos rostros que se ríen de mí aunque no hayan iniciado la broma.

Entro tarde en clase. Murmullos, risitas. Al principio me afectaban, ahora me resultan indiferentes. Gradualmente, todo lo que no es la voz de la profesora, y las palabras en el libro de texto, acaba por desaparecer.

Suena el timbre. Me alegra que el día de hoy acabe.

Ángela Armero, Anochece en los Parques

PREMIO JAEN DE NARRATIVA JUVENIL 2016

domingo, 11 de abril de 2021

EL CORREO DEL ZAR

 

—¿Y el correo? —le preguntó con impaciencia el Zar al general Kissoff.

—Está ahí, señor —respondió el general Kissoff

—¿Has encontrado ya al hombre que necesitamos?

—Respondo de él ante Vuestra Majestad.

—¿Estaba de servicio en Palacio?

—Sí, señor.

—¿Lo conoces?

—Personalmente. Varias veces ha desempeñado con éxito misiones difíciles.

—¿En el extranjero?

—En la misma Siberia.

—¿De dónde es?

—De Omsk. Es siberiano.

—¿Tiene sangre fría, inteligencia, coraje…?

—Sí, señor. Tiene todo lo necesario para triunfar allí donde otros fracasarían.

—¿Su edad?

—Treinta años.

—¿Es fuerte?

—Puede soportar hasta los extremos límites del frío, hambre, sed y fatiga.

—¿Tiene un cuerpo de hierro?

—Sí, señor.

—¿Y su corazón?

—De oro, señor.

—¿Cómo se llama?

—Miguel Strogoff.

—¿Está dispuesto a partir?

—Espera en la sala de guardia las órdenes de Vuestra Majestad.

—Que pase —dijo el Zar.

Instantes después, el correo Miguel Strogoff entraba en el gabinete imperial.

Miguel Strogoff era alto de talla, vigoroso, de anchas espaldas y pecho robusto. Su poderosa cabeza presentaba los hermosos caracteres de la raza caucásica y sus miembros, bien proporcionados, eran como palancas dispuestas mecánicamente para efectuar a la perfección cualquier esfuerzo. Este hermoso y robusto joven, cuando estaba asentado en un sitio, no era fácil de desplazar contra su voluntad, ya que cuando afirmaba sus pies sobre el suelo, daba la impresión de que echaba raíces. Sobre su cabeza, de frente ancha, se encrespaba una cabellera abundante, cuyos rizos escapaban por debajo de su casco moscovita. Su rostro, ordinariamente pálido, se modificaba únicamente cuando se aceleraba el batir de su corazón bajo la influencia de una mayor rapidez en la circulación arterial. Sus ojos, de un azul oscuro, de mirada recta, franca, inalterable, brillaban bajo el arco de sus cejas, donde unos músculos superciliares levemente contraídos denotaban un elevado valor —el valor sin cólera de los héroes, según expresión de los psicólogos— y su poderosa nariz, de anchas ventanas, dominaba una boca simétrica con sus labios salientes propios de los hombres generosos y buenos.

Miguel Strogoff tenía el temperamento del hombre decidido, de rápidas soluciones, que no se muerde las uñas ante la incertidumbre ni se rasca la cabeza ante la duda y que jamás se muestra indeciso.

Sobrio de gestos y de palabras, sabía permanecer inmóvil como un poste ante un superior; pero cuando caminaba, sus pasos denotaban gran seguridad y una notable firmeza en sus movimientos, exponentes de su férrea voluntad y de la confianza que tenía en sí mismo. Era uno de esos hombres que agarran siempre las ocasiones por los pelos; figura un poco forzada pero que lo retrataba de un solo trazo.

Vestía uniforme militar parecido al de los oficiales de la caballería de cazadores en campaña: botas, espuelas, pantalón semiceñido, pelliza bordada en pieles y adornada con cordones amarillos sobre fondo oscuro. Sobre su pecho brillaban una cruz y varias medallas. Pertenecía al cuerpo especial de correos del Zar y entre esta elite de hombres tenía el grado de oficial. Lo que se notaba particularmente en sus ademanes, en su fisonomía, en toda su persona (y que el Zar comprendió al instante), era que se trataba de un «ejecutor de órdenes». Poseía, pues, una de las cualidades más reconocidas en Rusia —según la observación del célebre novelista Turgueniev—, y que conducía a las más elevadas posiciones del Imperio moscovita.

En verdad, si un hombre podía llevar a feliz término este viaje de Moscú a Irkutsk a través de un territorio invadido, superar todos los obstáculos y afrontar todos los peligros de cualquier tipo, era, sin duda alguna, Miguel Strogoff, en el cual concurrían circunstancias muy favorables para llevar a cabo con éxito el proyecto, ya que conocía admirablemente el país que iba a atravesar y comprendía sus diversos idiomas, no sólo por haberlo recorrido, sino porque él mismo era siberiano (...)

El Zar, sin dirigirle la palabra, lo miró durante algunos instantes con su penetrante mirada, mientras Miguel Strogoff permanecía absolutamente inmóvil. Después, el Zar, satisfecho sin duda de este examen, se acercó de nuevo a su mesa y, haciendo una seña al jefe superior de policía para que se sentara ante ella, le dictó en voz baja una carta que sólo contenía algunas líneas.

Redactada la carta, el Zar la releyó con extrema atención y la firmó, anteponiendo a su nombre las palabras bytpo semou, que significan «así sea», fórmula sacramental de los emperadores rusos.

La carta, introducida en un sobre, fue cerrada y sellada con las armas imperiales y el Zar, levantándose, hizo ademán a Miguel Strogoff para que se acercara.

Miguel Strogoff avanzó algunos pasos y quedó nuevamente inmóvil, presto a responder.

El Zar volvió a mirarle cara a cara y le preguntó escuetamente:

—¿Tu nombre?

—Miguel Strogoff, señor.

—¿Tu grado?

—Capitán del cuerpo de correos del Zar.

—¿Conoces Siberia?

—Soy siberiano.

—¿Dónde has nacido?

—En Omsk.

—¿Tienes parientes en Omsk?

—Sí, señor.

—¿Qué parientes?

—Mi anciana madre.

El Zar interrumpió un instante su serie de preguntas. Después, mostrando la carta que tenía en la mano, dijo:

—Miguel Strogoff; he aquí una carta que te confío para que la entregues personalmente al Gran Duque y a nadie más que a él.

—La entregaré, señor.

—El Gran Duque está en Irkutsk.

—Iré a Irkutsk.

—Pero tendrás que atravesar un país plagado de rebeldes e invadido por los tártaros, quienes tendrán mucho interés en interceptar esta carta.

—Lo atravesaré.

—Desconfiarás, sobre todo, de un traidor llamado Ivan Ogareff, a quien es probable que encuentres en tu camino.

—Desconfiaré.

—¿Pasarás por Omsk?

—Está en la ruta, señor.

—Si ves a tu madre, corres el riesgo de ser reconocido. Es necesario que no la veas.

Miguel Strogoff tuvo unos instantes de vacilación, pero dijo:

—No la veré.

—Júrame que por nada confesaras quien eres ni adónde vas.

—Lo juro.

—Miguel Strogoff —agregó el Zar, entregando el pliego al joven correo —, toma esta carta, de la cual depende la salvación de toda Siberia y puede que también la vida del Gran Duque, mi hermano.

—Esta carta será entregada a Su Alteza, el Gran Duque.

—¿Así que pasarás, a todo trance?

—Pasaré o moriré.

—Es preciso que vivas.

—Viviré y pasaré —respondió Miguel Strogoff.

El Zar parecía estar satisfecho con la sencilla y reposada seguridad con que le había contestado Miguel Strogoff.

—Vete, pues, Miguel Strogoff —dijo—. Vete, por Dios, por Rusia, por mi hermano y por mí.

Miguel Strogoff, saludando militarmente, salió del gabinete imperial y, algunos instantes después, abandonaba el Palacio Nuevo.

Julio Verne, Miguel Strogoff