martes, 31 de agosto de 2021

LA NUEVA SITUACIÓN MUNDIAL

 


…Unas décadas atrás se produjo una gran acción bioterrorista, coordinada a escala mundial, consistente en infiltrar en los pozos petrolíferos una bacteria modificada para devorar el crudo. El ritmo de proliferación de la bacteria era tan descabellado que en pocas semanas los pozos se redujeron a la mitad. Cuando los encargados de las plataformas quisieron tomar medidas ya era demasiado tarde. En algunos lugares se trató de desinfectar el petróleo con antibióticos, lo que solo consiguió adulterarlo y aumentar la resistencia de la bacteria.

La enorme debacle económica afectó especialmente a Europa, que aún dependía de los combustibles fósiles a diferencia de Asia, donde hacía mucho que la superpoblación había obligado a pasarse a las formas de energía sostenibles. China se convirtió rápidamente en el líder mundial, y lo seguía siendo en el presente. Estados Unidos, el país preferido de Elliot, se había sumido en la pobreza absoluta, y ya no se parecía nada a lo que salía en las películas de los ochenta. La mitad norte pasó a formar parte del próspero y ecologista Canadá, y la parte sureña se unió a un México renaciente e ilusionado, mucho más preparado para la austeridad energética.

Mientras tanto, en Europa, la brutal crisis de recursos obligó a las autoridades a tomar medidas desesperadas. Dividieron las ciudades en sectores y limitaron la población de cada uno de ellos. Recomendaron a la población que se estableciera en zonas rurales y adoptara economías de subsistencia, y para reforzar este mensaje concedieron la independencia política a los pequeños estados que la reclamaban históricamente. El proceso de fragmentación fue imparable a partir de entonces. La gente empezó a crear comunidades que tuvieran algo especial, un factor atractivo y diferenciador para poder atraer habitantes, y los gobiernos no tuvieron más remedio que volverse flexibles con las leyes, otorgando mucha autonomía a cada microestado. El continente quedó en manos de dos gobiernos coordinados, el Sistema Simpático, capitalista y tecnológico, y el Parasimpático, ecologista y prosocial. Todas las leyes tenían que ser aprobadas por ambos para entrar en funcionamiento.

PREMIO KELVIN 505 2021

Sofía Rhei, Newropia

viernes, 27 de agosto de 2021

BRISA MARINA

 

 

¡La carne es triste! Y leí todos los libros.

¡Huir! Huir allá. Siento a los pájaros ebrios

De vagar entre espuma ignota y cielos. Nada,

ni los antiguos jardines reflejados por los ojos,

retendrá a este corazón fraguado en mar.

¡Oh noches!, ni la claridad desierta de mi lámpara

sobre el papel vacío que la blancura defiende,

ni la joven que amamanta a su hijo.

¡Yo partiré! Vapor que balanceas tu arboladura,

¡Leva el ancla hacia tierras exóticas!

 

Mi hastío, desolado por esperanzas crueles,

todavía cree en el supremo adiós de los pañuelos.

Y puede ser que los mástiles, que invitan a la tormenta,

sean de los que un viento sobre el naufragio

inclina, perdidos, sin mástiles, sin mástiles ni fértiles islotes…

Pero oye, corazón: ¡el canto de los marineros!

Stéphane Mallarmé

lunes, 23 de agosto de 2021

LA NAVE DE LOS ALBATROS

 


Nuria nunca tuvo padre pero, de vez en cuando, el mar le traía a un hombre que le ordenaba cerrar la boca al comer. Era un individuo enorme y baladrón, de perenne mirada furibunda, que malvendía sus apegos fuera de casa y repartía a su familia una calderilla afectiva con la que creía cumplir, como quien guarda las sobras de la comida para los gatos del callejón. Aquel hombre rudo y vocinglero parecía provenir del corazón mismo del mar, pues acarreaba un tufo a salitre y carnaza que vencía al jabón, un hedor a machos apretados en camarotes mínimos, a naufragio antiguo y pescadería sucia que, cuando el mar volvía a llevárselo, quedaba flotando en la casa, agarrado a las paredes como el olor del vómito.

Por las noches, cuando aquel hombre ya llevaba dos o tres días con ellos, Nuria se arrodillaba ante los pies de la cama, fijaba una mirada solemne en el crucifijo que colgaba sobre la cabecera, y pedía al mar que se lo tragara para siempre, que desistiera de escupirlo de nuevo a la orilla, que mejor soportar las burlas en el colegio por no tener padre que vivir aquellos periodos de temor en los que debía conducirse sin hacer ruido, estar siempre dispuesta para irle a por tabaco y no poner los codos en la mesa. Pero sus ruegos no eran escuchados. Acaso le pareció que sus insistentes súplicas enfadaron al Señor, pues un día su padre regresó pálido y endeble, dispuesto a quedarse para siempre en tierra sin que a nadie explicara sus motivos, como si el mar le hubiese herido con un desplante de enamorada, contra el que no le quedara más remedio que hundirse en la poza de un silencio contrariado.

A partir de ese día la vida en la casa cambió por completo. Hasta entonces Nuria había llevado una existencia tranquila, incluso feliz, apenas perturbada por las burlas de sus compañeras de colegio, que ya por esa época comenzaban a reciclarse en bromas sin malicia motivadas por la envidia, pues con el despuntar tierno de la adolescencia la ausencia de padre se reveló más una ventaja que una tara. En comparación con las otras muchachas de su clase, Nuria gozaba de una libertad inaudita para su edad. Sus días eran orquestados únicamente por la batuta ecuánime de su madre, con quien desde pequeña mantenía una complicidad de aliados. La intermitencia paterna, sin llegar a abolir del todo la jerarquía propia de sus edades, había forjado entre ellas una camaradería insólita, no exenta de un romanticismo trasnochado, como de mujeres que deben sacar adelante la hacienda mientras el hombre combate en el frente. A su madre no dejaba de sorprenderla la admirable sensatez con la que Nuria se conducía en la vida. Nunca olvidaría, por ejemplo, la serenidad con que la informó de su primera menstruación, sin la menor sombra de ese pánico que la había sobrecogido a ella al despertar manchada en lo más íntimo con un rastro de moras. Fue esa prudencia tan infrecuente en una niña de trece años, la que hizo que Nuria nunca tuviese que privarse de ninguno de los muchos eventos que jalonan los albores de la adolescencia. Todo eso cambió, sin embargo, con la llegada definitiva de su padre.

Tomás Vallejo convirtió en trono el sillón junto al televisor, y allí se instaló con aquel mutismo torvo de volcán amansado que lo convertía en un intruso inquietante, en una deidad marina que solo emergía del silencio para emitir sus implacables designios. Dado al compadreo, no le resultó difícil buscarse los dineros trapicheando en la lonja. Adquirió una furgoneta destartalada, y enseguida se hizo con una pequeña cartera de clientes, que fue creciendo a medida que su buen tino para seleccionar el pescado de calidad se hacía célebre. Nunca mostró el menor interés, sin embargo, por fortalecer la envergadura de su negocio, ni siquiera reemplazó la ruinosa furgoneta. Le bastaba con conseguir el dinero justo para que los suyos vivieran con dignidad. Solía levantarse cuando el cielo mostraba las primeras puñaladas de luz y, antes de que la ciudad rasgara la húmeda muselina del sueño, él ya estaba de vuelta con la jornada resuelta, sentado ante el televisor, despidiendo una tufarada de colonia de bote y recovecos de océano, dispuesto a gobernar con mano de tirano el destino de su familia.

En poco tiempo, el salón se transformó para Nuria en un ámbito impracticable; atravesar esa estancia significaba quedar expuesta a las caprichosas órdenes de su padre, cuando no a la inquietante fijeza de su mirada, que parecía estudiarla con una atención de entomólogo. Nuria se resignó a moverse por la casa con andares de fantasma, a hablar con su madre mediante murmullos y a atrincherarse en la angostura de su dormitorio, un cubículo al que solo llegaba la melancólica claridad que se despeñaba por el patio interior, pero el único lugar del que no la reclamaba su padre. Derramó muchas lágrimas tratando de entender los motivos por los que de repente se había visto privada de toda la libertad de la que disfrutaba. Su padre parecía haber vuelto de la mar con el firme propósito de enterrarla en vida, pues solo le permitía salir de la casa para asistir al colegio, y aun así era él quien la llevaba y recogía en la mísera furgoneta, como si se tratara de un encargo que no necesitaba conservarse en hielo. Cualquier otra actividad, por inocente que fuera, le era prohibida con una tajante sacudida de cabeza ante la que tampoco su madre podía protestar, pues a Tomás Vallejo le bastaba con amagar el gesto de una bofetada para acallarla. Durante un tiempo, Nuria confió en que ella al fin alzara la voz en su defensa, y no cesó de requerirle ayuda con las mismas miradas cómplices del pasado, pero dejó de hacerlo cuando tropezó, buscando no recordaba qué en la mesilla de su madre, con un tarrito de cápsulas azules, de esas que ayudan a dormir sin tormentos, y comprendió de golpe que estaba pidiendo auxilio a alguien que lo necesitaba más que ella. La vida se convirtió entonces para Nuria en una trabazón de tardes idénticas en la celda de su cuarto. Allí, rodeada de una cohorte de muñecas de trapo con las que ya no le apetecía jugar, se entretenía viendo llegar a la mujer que llevaba dentro en la luna del armario, o imaginándose que se fugaba para siempre a través del patio, mediante las gruesas venas de las tuberías, hasta que el odio hacia su padre la obligaba a tumbarse en la cama y a sembrar la almohada con las lágrimas blancas de las princesas cautivas.

Una tarde, su madre le contó que había tropezado en la calle con uno de los marineros con los que su padre solía embarcarse, al que no había dudado en interrogar sobre los motivos que habían forzado a su marido a quedarse definitivamente en puerto tras su última travesía. Pero era poco lo que su compañero de faena sabía al respecto, salvo que Tomás Vallejo había decidido renegar para siempre del mar al término de una noche de guardia, tras la que lo encontraron demudado y cadavérico, suplicando el regreso a la costa con un hilo de voz que le arruinaba la hombría. El mar está lleno de leyendas, acabó diciéndole el marino para mitigar su extrañeza, de cosas que cuesta trabajo creer hasta que uno no las ve con sus propios ojos, y no hay nada peor que enfrentarse a sus fantasmagorías durante una solitaria guardia nocturna. El mar, a veces, nos dice cosas que no queremos saber.

Ni Nuria ni su madre otorgaron demasiado crédito a las palabras del marinero, impregnadas de un misterio demasiado teatral. El ogro que habitaba en el salón se les antojaba un ser insensible a las sutilezas de las visiones marinas, en caso de que las hubiera. Como mucho, habría sufrido un estremecimiento en el corazón, o habría oído, en la calma nocturna del mar, la desafinada música de su interior, que le advertía que el cansancio milenario de sus huesos había alcanzado finalmente la pleamar. Lo único que parecía cierto era que algún acontecimiento o revelación crucial había tenido lugar sobre la desierta cubierta, removiendo por dentro a Tomás Vallejo y reemplazándole en un juego de manos nefasto, la vastedad del océano por el rincón del salón.

Pero los días se sucedieron, monótonos y deslucidos, sin que ninguna de las dos se aventurase a interrogarlo abiertamente, intuyendo quizá que la respuesta no iba a ser otra que un desplante airado. Nuria, por su parte, trataba de mantenerse lo más lejos posible del sujeto que había conseguido que, hasta el hecho simple de vivir, le resultara insoportable. Le bastaba con la penitencia de tener que viajar a su lado cada mañana en la furgoneta, sofocada por el hedor turbio de la carga reciente. No sabía qué odiaba más de los recorridos compartidos en la infecta tartana, si el silencio hermético que gastaba su padre o sus grotescos intentos de comunicación, aquellos arrebatos de camaradería que lo asaltaban de vez en cuando, y que ella abortaba con lacónicos monosílabos. La furgoneta dilataba un itinerario ya largo de por sí, durante el que Nuria se entretenía en rumiar mil maneras de vengarse de aquel dictador tripón que, no contento con arruinarle la vida, pretendía además ganarse su confianza. La confundía, sin embargo, su afán por extraer de ella alguna frase cariñosa, o cuando menos cordial, pues se le antojaba imposible que su padre no fuese capaz de leer en su acritud el desprecio que le profesaba. Sus intentos de acercamiento eran siempre torpes e irrisorios, y por lo general se reducían a un par de tentativas que, una vez ella desbarataba, daban paso al impenetrable silencio que los acompañaría el resto del trayecto. Por eso la sorprendió que una mañana, como si no le importara que ella no le atendiese, su padre empezara a hablar de las leyendas del mar.

Con una voz trémula, que sin embargo fue adquiriendo confianza día a día, como si él mismo se acostumbrara al estrépito de su vozarrón reverberando en el angosto interior de la cabina, Tomás Vallejo desgranaba con su humilde oratoria, no se sabía para quién, las historias del mar que mejor conocía. Las escogía al azar, y las narraba de forma desordenada, barajando experiencias personales con leyendas que corrían de boca en boca. A veces realizaba largas pausas, conmovido por la nostalgia de los recuerdos o sorprendido por la dimensión épica que cobraban sus cotidianas gestas de marino en constante porfía contra el océano, al ser contadas mientras atravesaban aquel paisaje aletargado de panaderías y kioscos. Pero sobre todo le excitaba la mella que su desesperada estrategia parecía causar en el desinterés de su hija. Con el correr de las mañanas y las leyendas, Nuria había ido desentendiéndose de lo que sucedía tras la ventanilla e interesándose por las historias que él contaba, incluso había empezado a prepararle el café por las mañanas, en un gesto que conmovió a Tomás Vallejo, quien pronto dejó de hablar para sí mismo y empezó a hablar para la persona que más quería en el mundo.

Le habló de todo lo que se le ocurrió, temiendo volver a perderla si se quedaba callado. Le habló de piratas y bucaneros, de islas desconocidas que no figuraban en los mapas, donde se escondían científicos locos que hacían experimentos con los náufragos que las mareas derramaban sobre la arena; de atolones envueltos en jirones de bruma en los que habitaban animales extraños, huidos del jardín del Edén antes de que Adán tuviese tiempo de ponerles nombre. Le habló de tritones y sirenas, de calamares gigantes y hombres-pulpos, y de toda la fauna de ensueño que el mar alberga en su vientre. Le habló de faros fantasmas que conducían a los barcos hacia los arrecifes con sus luces perversas, y de cómo algunas noches, fondeando cerca de la costa, podía verse vagar las ánimas errabundas de aquellos que se arrojaban desde los acantilados por asuntos de amor. Le contó la asombrosa historia de Arthur Miclans, el niño que fue rescatado por un delfín tras caer por la borda de un barco de emigrantes. Le habló de los peces que bullían en los abismos marinos, en ranuras tectónicas donde la ausencia de luz y las bajas temperaturas habían fraguado un universo refulgente de seres eléctricos y majestuosos. Y le describió la sobrecogedora estampa de una playa rebosante de ballenas varadas, tendidas sobre la arena como dólmenes derrumbados.

Su hija atendía a sus palabras sin poder disimular el arrobamiento que le producían. Hasta ese momento, Nuria no había considerado el mar como otra cosa que una inmensa llanura azul en cuyo interior revolvían algunos hombres para ganarse el sustento. Hombres tan barbados y fieros como su padre, que se echaban a la mar con los primeros fulgores del alba, dejando a sus espaldas la rémora de una familia que solo parecían amar verdaderamente cuando mediaba entre ellos la distancia. Nunca se le ocurrió que el océano albergara otra cosa que el pescado ceniciento que exhibían los tenderetes del mercado sobre un lecho de hielo picado y hojas de lechuga, relumbrando bajo los focos como alfanjes herrumbrosos. Pero de las redes de su padre surgían a veces criaturas fabulosas, como si los aparejos hubiesen buceado en los sueños de un Dios que, cansado de modelar el barro con solemnidad, envidiara a los niños que jugaban sin trabas con la plastilina. Sobre la cubierta, entre el palpitante botín de rapes y merluzas, podía infiltrarse también el pez trompeta, con sus labios de trovador; el pez gato, con su mirada de mujer fatal, o el pez ángel, arrancado del retablo de alguna basílica submarina. El océano se le antojaba ahora a Nuria un arcón rebosante de leyendas, un escenario capaz de rivalizar en atractivo con los castillos espectrales o los bosques encantados.

Pero no fue el mar lo único que cambió para ella. El hombre que conducía a su lado pareció transformarse también, alcanzar una dimensión humana de la que antes carecía. Nuria no sabía que durante los periodos en los que su padre permanecía embarcado, el tiempo goteaba con una lentitud huraña y dolorosa. Ni que para aquellos hombres a merced de los elementos, cada minuto arrancado a la vida era el motivo de una celebración íntima que les amansaba la expresión con una sonrisa apenas sugerida. Expuestos a los caprichos de un mar que lo mismo podía colmarle las redes que ahogarlos bajo un golpe de agua, cada amanecer sin bajas era un humilde triunfo del que solo cabía regocijarse en silencio, conscientes en el fondo de que el mérito no era suyo, pues desde que escogieron esa vida su destino lo reescribía la espuma sobre la arena. Ahora sabía Nuria que mientras ella disponía de toda la casa para sí, su padre convivía con otros muchos en un mundo oscilante que medía treinta y dos metros de eslora y siete de ancho, hecho de espacios angostos cuyas paredes estaban empapeladas de vírgenes llorosas y hembras desnudas, porque tanto valían unas como otras si ayudaban a mantenerse firme en medio de un temporal. Y sintió una punta de piedad hacia aquel hombre curtido en la adversidad, que cada vez que ponía pies en tierra debía experimentar un alborozo de superviviente que no podía compartir con su familia por temor a estremecerle las esperas, que solo podía festejar en alguna taberna con otros como él, entendiéndose a gritos porque todavía conservaban en los oídos el estruendo infernal de los motores.

Fue aquella piedad, sumada a las migajas de confianza que los viajes compartidos habían hecho surgir entre ambos, la que movió a Nuria a interrogar a su padre sobre los motivos que le habían llevado a huir del medio que tanto parecía amar. Se lo preguntó con un hilito de voz dulce, aprovechando el distendido silencio que siguió a una de sus joviales risotadas. Pero Tomás Vallejo no contestó. Al oír la pregunta, giró la cabeza hacia su hija con lentitud de fiera, y le dedicó una mirada entre enojada y sombría que le hizo comprender que la amistad que había creído percibir entre ellos no era más que un espejismo. Sea lo que fuere que su padre había visto, solo llegarían a saberlo los gusanos que habrían de devorarle el corazón.

Tomas Vallejo nunca había creído en las leyendas del mar hasta aquella guardia fatídica que cambió el curso de su vida. Había oído cientos de historias, a cuál más descabellada, pero hasta esa noche las había considerado hijas de las fiebres y el escorbuto, cuando no del tedio de las largas travesías. Sin embargo, todavía conservaba en las venas el temor que había experimentado durante aquella guardia, cuando un rumor siniestro que parecía provenir del mar lo sobrecogió en mitad de su tercer café. El lúgubre soniquete le hizo levantarse para asomarse a la borda con cautela. En un principio, no logró discernir nada en la oscuridad reinante, pero no había duda de que aquel chirrido quejumbroso anunciaba la inminente llegada de algo que se deslizaba hacia el pesquero lentamente, sin alterar el sueño de las aguas. Desconcertado por el hecho imposible de que el mar no acusara su avance, Tomás Vallejo contempló surgir de la negrura el maltrecho casco de un velero. Tanto por lo antiguo de su diseño como por la podredumbre de la madera, supo que aquella embarcación había sido construida hacía siglos. Poseía dos mástiles provistos de sendas velas cuadradas, y en el costado, bajo un recamado de algas acartonadas, aún podían apreciarse las cuencas vacías de una hilera de portas por donde antaño asomaron las fauces de los cañones. Dedujo que debía tratarse de un bergantín de los muchos que ejercían de naves corsarias en el pasado. Aterrado, conteniendo el vómito ante el hedor a leprosería que exhalaba la aparición, la contempló desfilar procesionalmente ante él, cruzándose con su embarcación a una distancia tan íntima que le hubiese bastado con alargar la mano para poder acariciar su lomo repujado de sargazos. Pudo observar entonces que en su arboladura anidaban unos albatros enormes. Algunos planeaban sobre la nave como pandorgas fúnebres, y otros permanecían sobre las jarcias y obenques, no sabía si dormidos o acechantes. Pero la sangre acabó de helársele en el corazón cuando reparó en la silueta que se encontraba de pie sobre la cubierta de proa. Por su tamaño, parecía una niña. Cuando la tuvo cerca, pudo ver el rostro de su hija. Nuria, vestida con un abrigo rosa con dibujos de osos y el cabello recogido en trenzas, le dedicó una mirada indescifrable mientras pasaba ante él. Y Tomás Vallejo tuvo que apretar los dientes con fuerza para no lanzar un alarido desgarrador con el que se le hubiera escapado también la cordura.

Lo encontraron al amanecer encogido en la cubierta, suplicando el regreso entre lágrimas de mujer. Tomás Vallejo sabía lo que significaba aquel barco. Algunos años antes, bebiendo en una taberna del puerto, un marinero le había hablado de la existencia de un bergantín que surcaba los mares al servicio de la muerte. Entre confidentes susurros con olor a vinazo le contó que, durante el transcurso de una guardia, un compañero suyo había sido sorprendido por la espectral aparición de una nave que parecía navegar a la deriva, escoltada por una decena de albatros, en cuya proa alcanzó a distinguir, sobrecogido, la silueta de un hombre que era él mismo. Tras aquella visión, el marinero no volvió a echarse al mar. En tierra, nadie creyó su relato. Se atrincheró en el diminuto apartamento donde vivía con su numerosa familia, negándose a salir de allí bajo ninguna circunstancia, pues estaba seguro de que haberse visto como pasajero de aquel navío fantasma solo podía significar que su muerte estaba próxima. El marinero dejó pasar los días postrado en el lecho, como un enfermo sin más dolencia que el horror de una muerte trágica que no sabía cuándo ocurriría, pero a la que pretendía esquivar sin demasiada fe. Una mañana, al regresar de la compra, su mujer se lo encontró tendido sobre la alfombra con la cabeza reventada y la Luger que había heredado de su abuelo todavía empuñada en la mano, y supo que su marido, incapaz de soportar la angustiosa espera, había decidido embarcar en la nave de los albatros antes de tiempo, ayudándose de una bala que guardaba ayuno desde la guerra civil. Tomás Vallejo había escuchado aquella leyenda entre los vapores del vino, asintiendo con una gravedad teatral, convencido de que esa historia, como la mayoría de las que circulaban por las tabernas, no era más que la fábula de algún marino aburrido o febril, una invención que el roce del tiempo habría ido puliendo, y estaba seguro de que ni siquiera la versión que acababa de oír sería la definitiva. Eso era lo que ocurría siempre con las leyendas; travesaban los siglos trasmitiéndose como un virus, estremeciendo almas a la lumbre de las hogueras. Hasta que de tanto ser relatadas acababan haciéndose realidad.

Tomás Vallejo había regresado a tierra para salvar la vida de su hija. Hubiese querido abrazarla y retenerla para siempre entre sus brazos, pero solo pudo convertirse en su enemigo. Lo primero que hizo fue someterla a un chequeo médico, al que, para evitar sospechas, también tuvo que obligar a su mujer e incluso prestarse él mismo. Cuando obtuvo los resultados, que disipaban cualquier duda de que la muerte ya hubiese sembrado su oscura semilla en las entrañas de su hija, Tomás Vallejo comprendió que el ataque habría de llegar desde fuera, e hizo todo lo que estuvo en su mano para mantener a Nuria vigilada la mayor parte del día, confiando en que la Parca se cansara de esperar su oportunidad para robarle el aliento. Eso le había canjeado la aversión de Nuria, un odio visceral que había intentado combatir durante los viajes en la furgoneta, tratando de hacerle ver a su torpe manera cuánto la quería. Al principio, había creído que podría conseguirlo, pero su forma de reaccionar ante el deseo de su hija por conocer aquello que él jamás podría decirle, había arruinado para siempre sus esperanzas. Tras aquel interrogatorio fallido, nada volvió a ser como antes. Tomás Vallejo se afanó en reanudar sus historias, pero, para su desazón, le resultó imposible reparar el daño que su mirada había causado en su hija, quien había vuelto a refugiarse en un hiriente distanciamiento.

¿Hasta cuándo lograría tenerla vigilada?, se preguntaba ahora con la mirada fija en la puerta cerrada del cuarto de Nuria. ¿Cuánto tardaría su hija en rebelarse? Los días se sucedían lentamente, como un castigo para ambos, y él no acertaba a entrever el desenlace que podía tener aquel encierro cada vez más injusto.

Una noche se despertó sobresaltado, con la seguridad de que Nuria habría recurrido a la cuchilla para arrancarse a tirones de las venas aquella vida de reclusión insoportable. Al descubrirla dormida en su cama, los ojos se le habían inundado de lágrimas. Extremadamente cansado de todo aquello, se había sentado en la silla del escritorio donde su hija estudiaba, y había velado su sueño un largo rato, dejándose conmover por el aire de terrible vulnerabilidad de aquel cuerpecito arrebujado en la madriguera de las mantas. Se acostumbró a visitarla de aquella manera por las noches, y siempre, al abandonar su habitación, Tomás Vallejo se preguntaba si ya podría devolverle la libertad, si habría logrado evitar su muerte o todavía la reclamaban los albatros.

La respuesta la obtuvo el día del cumpleaños de Nuria, cuando su hija, tras apagar las catorce velas de su tarta, rasgó el envoltorio del paquete que su madre le había regalado para mostrar, con un entusiasmo que contrajo de terror la expresión de su padre, un abrigo rosa con dibujos de osos. Tomás Vallejo comprendió entonces que aquella alegre escena escondía una amarga consigna que solo él podía descifrar, que aún no había logrado desbaratar el trágico destino de su hija. Cerró los ojos para no verla dando vueltas vestida con el abrigo, haciendo girar las dos trenzas con que ese día había decidido recogerse el cabello.

Tomás Vallejo asistió a la lenta extinción de la fiesta mudo en su rincón, como un púgil reuniendo valor para subir al cuadrilátero, y no le sorprendió que, una vez llegada la noche, su mujer se sentara a su lado por primera vez en mucho tiempo y, tras varios rodeos, le rogase que le diese permiso a Nuria para ir de excursión a la sierra con el colegio a la mañana siguiente. A Tomás Vallejo acabó de partírsele el alma mientras sacudía la cabeza en una negativa que no admitía discusión, no supo si por el daño que su nueva oposición causaría en su hija o porque su cabeza, adelantándose a los acontecimientos, ya le mostraba la imagen del autobús escolar volcado en el asfalto, rodeado de una confusión de cristales rotos y cuerpos destrozados entre los que despuntaba un abrigo rosa. La muerte jugaba al fin sus cartas, y él no podía hacer otra cosa que tratar de retener a su lado el objeto de su codicia. Desde el sillón, contempló a su mujer entrar en el cuarto de Nuria para trasmitirle su negativa, y permaneció toda la noche allí, centinela de su descarnado llanto, queriendo irrumpir en su cuarto para consolarla, pero consciente de que las palabras de aliento de quien todavía conserva en la mano el puñal ensangrentado, pueden hendir más profundo aún que la propia puñalada.

Lo despertó el calor amigo de una taza de café entre las manos. Abrió los ojos y, en el barrunto de luz que perfilaba el salón, pudo ver la sonrisa sin rencor de su hija. No hubo palabras entre ellos. Tomás Vallejo le sonrió agradecido, y dejó que Nuria le acariciara el cabello con ternura, en un gesto casi maternal con el que tal vez tratase de decirle que la mujer que ya iba siendo comprendía aquella forma de protegerla, pese a considerarla desorbitada. Mientras el café dulzón le cartografiaba la garganta, la observó conmovido regresar al encierro de su dormitorio, para continuar destejiendo en silencio el velo de su juventud hasta que él quisiera devolverla a la vida. Tomás Vallejo apuró la taza con la mirada absorta en la puerta cerrada que lo separaba de su hija, preguntándose cuál debía ser su movimiento ahora que ella había dado el primer paso hacia la reconciliación. Finalmente, decidió que quizá fuese oportuno abandonarse al deseo de abrazarla, que tal vez su hija no estuviese sino esperando una muestra de cariño que le insinuara que, pese a todo, contaba con un padre que la quería.

Secándose las lágrimas con el dorso de la mano, Tomás Vallejo se acercó al cuarto y abrió la puerta con cautela de confidente. Le desconcertó no encontrarla en el dormitorio. Luego reparó en la ventana que daba al patio interior, abierta de par en par, y comprendió, sintiendo cómo una mano de hielo le trenzaba las vísceras, que Nuria al fin había decidido rebelarse. Salió del cuarto dando tumbos, cogió las llaves de la furgoneta y se precipitó escaleras abajo convenciéndose de que aún quedaba tiempo, que la estación de autobuses de donde debía partir el autocar escolar no estaba demasiado lejos. Arrancó la furgoneta y surcó las todavía entumecidas calles aplastando el acelerador con saña. Arribó a la estación a tiempo para ver cómo su hija, plantada ante la puerta del autobús con su abrigo rosa y el cabello recogido en trenzas, le dedicaba una mirada indescifrable antes de subir al autocar que la conduciría a las tinieblas.

Nuria se sentó en el último asiento del autobús con una débil sonrisa de triunfo en los labios, una mueca apenas imperceptible que se amplió aún más cuando, al girarse en la butaca, observó cómo la miserable furgoneta de su padre se internaba también en la carretera en pos del autocar. Según decía la etiqueta del bote de somníferos de su madre, sus efectos eran casi inmediatos, y ella no había escatimado en pastillas a la hora de disolverlas en el café. Tuvo que esconderse la sonrisa entre las manos al contemplar los primeros bandazos de la tartana, que no tardaría en irrumpir en el carril contrario, donde su padre encontraría el fin que merecía, liberándola de su tormento, de todas aquellas noches en que, muerta de miedo, le oía entrar furtivamente en su dormitorio para observarla dormir, temiendo el momento en que su mano se internase entre las sábanas en busca de sus recientes formas de mujer. Pero aún tuvo tiempo, antes de que la furgoneta se fuera a la deriva, de cruzar una última mirada con aquel hombre al que nunca había considerado su padre, y Tomás Vallejo pudo comprender, a pesar del pegajoso sopor que amenazaba con vencerlo sobre el volante, que durante aquella guardia fatídica, la nave de los albatros no le había avisado del trágico final de su hija, sino que le había mostrado el rostro mismo de la muerte.

jueves, 19 de agosto de 2021

QUERIDA Y DIMINUTA GOLONDRINA

 

Esta mañana temprano te he visto desde la ventana y te escribo ahora, un acto quizá absurdo, pues difícilmente te llegará la carta y, además, no sabes leer. Tampoco figuras en la guía, pero seguro que vives de maravilla en el nido escondido donde duermes y sueñas. ¿Crees que envidio tu hogar? A propósito: ¿sigues hallando comida suficiente? ¿Qué hacen los chicos? No dudo de que seas una buena madre y los eduques como es debido, es decir, de la manera más concienzuda imaginable. Ponerlo en duda significaría ofenderte, ¿y quién pretende hacerlo? Yo desde luego que no.

Qué bonito era contemplarte. Hacías eses con tus compañeras en la luz plateada, sobre el divino mar; te precipitabas cazando de un lado a otro; ascendías a las montañas del aire para lanzarte hacia abajo en vertical, como si te hubieras desmayado y quisieras yacer en el suelo con las alas rotas, lo que por fortuna es absolutamente impensable, porque siempre mantenías el equilibrio y dominabas la fuerza motriz. El miedo a que en tu rápido vuelo chocases contra el muro o la chimenea se reveló superfluo. Parecías tan imprudente como atenta, ya volases en círculo, en línea recta o en espiral, mientras yo escuchaba tu vocecita, símbolo sumamente sutil de tu forma de vivir y que es más bien un leve grito que un canto. Porque tú hablas como puedes y debes. Pero ¿quién puede competir contigo en velocidad, bailarina incansable que no necesita pies? Apenas eres lo que nosotros concebimos como consciente de su propósito, y sin embargo apuntas bien y seguro serás alegre y feliz, ¿no es cierto? ¿A qué vienen los signos de interrogación? Nosotros, los torpes humanos pegados a la tierra, encadenados por temores, no sabemos nada de la existencia alada.

Confío en que te guste estar entre nosotros y te pido que vaciles mucho antes de marcharte, pues tu partida augura el frío; pero de momento estás aquí, y, mientras sea así, disfrutaremos del verano.

Robert Walser, El pequeño zoológico

domingo, 15 de agosto de 2021

THÉODEN ATACA EN EL ABISMO DE HELM

 


-Me muero de impaciencia en esta prisión -dijo Théoden-. Si hubiera podido empuñar una lanza, cabalgando al frente de mis hombres, habría sentido quizás otra vez la alegría del combate, terminando así mis días. Pero de poco sirvo estando aquí.

-Aquí al menos estáis protegido por la fortaleza más inexpugnable de la Marca –dijo Aragorn-. Más esperanzas tenemos de defendemos aquí en Cuernavilla que en Edoras y aun allá arriba en las montañas de El Sagrario.

-Dicen que Cuernavilla no ha caído nunca bajo ningún ataque -dijo Théoden-; pero esta vez mi corazón teme. El mundo cambia y todo aquello que alguna vez parecía invencible hoy es inseguro. ¿Cómo podrá una torre resistir a fuerzas tan numerosas y a un odio tan implacable? De haber sabido que las huestes de Isengard eran tan poderosas, quizá no hubiera tenido la temeridad de salirles al encuentro, pese a todos los artificios de Gandalf. El consejo no parece ahora tan bueno como al sol de la mañana.

-No juzguéis el consejo de Gandalf, señor, hasta que todo haya terminado –dijo Aragorn.

-El fin no está lejano -dijo el rey-. Pero yo no acabaré aquí mis días, capturado como un viejo tejón en una trampa. Crinblanca y Hasufel y los caballos de mi guardia están aquí, en el patio interior. Cuando amanezca, haré sonar el cuerno de Helm, y partiré. ¿Cabalgarás conmigo, tú, hijo de Arathorn? Quizá nos abramos paso, o tengamos un fin digno de una canción... si queda alguien para cantar nuestras hazañas.

-Cabalgaré con vos -dijo Aragorn.

Despidiéndose, volvió a los muros, y fue de un lado a otro reanimando a los hombres yprestando ayuda allí donde la lucha era violenta. Legolas iba con él. Allá abajo estallaban fuegos que conmovían las piedras. El enemigo seguía arrojando ganchos y tendiendo escalas. Una y otra vez los orcos llegaban a lo alto del muro exterior y otra vez eran derribados por los defensores.

Por fin llegó Aragorn a lo alto de la arcada que coronaba las grandes puertas, indiferente a los dardos del enemigo. Mirando adelante, vio que el cielo palidecía en el este. Alzó entonces la mano vacía, mostrando la palma, para indicar que deseaba parlamentar.

Los orcos vociferaban y se burlaban.

-¡Baja! ¡Baja! - le gritaban-. Si quieres hablar con nosotros, ¡baja! ¡Tráenos a tu rey! Somos los guerreros Uruk-hai. Si no viene, iremo s a sacarlo de su guarida. ¡Tráenos al cobardón de tu rey!

-El rey saldrá o no, según sea su voluntad -dijo Aragorn.

-Entonces ¿qué haces tú aquí? - le dijeron-. ¿Qué miras? ¿Quieres ver la grandeza de nuestro ejército? Somos los guerreros Uruk-hai.

-He salido a mirar el alba -dijo Aragorn.

-¿Qué tiene que ver el alba? -se mofaron los orcos-. Somos los Uruk-hai; no dejamos la pelea ni de noche ni de día, ni cuando brilla el sol o ruge la tormenta. Venimos a matar, a la luz del sol o de la luna. ¿Qué tiene que ver el alba?

-Nadie sabe qué habrá de traer el nuevo día -dijo. Aragorn-. Alejaos antes de que se vuelva contra vosotros.

-Baja o te abatiremos - gritaron-. Esto no es un parlamento. No tienes nada que decir.

-Todavía tengo esto que decir -respondió Aragorn-. Nunca un enemigo ha tomado Cuernavilla. Partid, de lo contrario ninguno de vosotros se salvará. Ninguno quedará con vida para llevarlas noticias al Norte. No sabéis qué peligro os amenaza.

Era tal la fuerza y la majestad que irradiaba Aragorn allí de pie, a solas, en lo alto de las puertas destruidas, ante el ejército de sus enemigos, que muchos de los montañeses salvajes vacilaron y miraron por encima del hombro hacia el valle y otros echaron miradas indecisas al cielo. Pero los orcos se reían estrepitosamente; y una salva de dardos y flechas silbó por encima del muro, en el momento en que Aragorn bajaba de un salto.

Hubo un rugido y una intensa llamarada. La bóveda de la puerta en la que había estado encaramado se derrumbó convertida en polvo y humo. La barricada se desperdigó como herida por el rayo. Aragorn corrió a la torre del rey.

Pero en el momento mismo en que la puerta se desmoronaba y los orcos aullaban alrededor preparándose a atacar, un murmullo se elevó detrás de ellos, como un viento en la distancia, y creció hasta convertirse en un clamor de muchas voces que anunciaban extrañas nuevas en el amanecer. Los orcos, oyendo desde el Peñón aquel rumor doliente, vacilaron y miraron atrás. Y entonces, súbito y terrible, el gran cuerno de Helm resonó en lo alto de la torre.

Todos los que oyeron el ruido se estremecieron. Muchos orcos se arrojaron al suelo boca abajo, tapándose las orejas con las garras. Y desde el fondo del Abismo retumbaron los ecos, como si en cada acantilado y en cada colina un poderoso heraldo soplara una trompeta vibrante. Pero los hombres apostados en los muros levantaron la cabeza y escucharon asombrados: aquellos ecos no morían. Sin cesar resonaban los cuernos de colina en colina; ahora más cercanos y potentes, respondiéndose unos a otros, feroces y libres.

-¡Helm! ¡Helm! - gritaron los caballeros-. ¡Helm ha despertado y retorna a la guerra! ¡Helm ayuda al Rey Théoden!

En medio de este clamor, apareció el rey. Montaba un caballo blanco como la nieve; de oro era el escudo y larga la lanza. A su diestra iba Aragorn, el heredero de Elendil, y tras él cabalgaban los señores de la Casa de Eorl el joven. La luz se hizo en el cielo. Partió la noche.

-¡Adelante, Eorlingas!

Con un grito y un gran estrépito se lanzaron al ataque. Rugientes y veloces salían por los portales, cubrían la explanada y arrasaban a las huestes de Isengard como un viento entre las hierbas. Tras ellos llegaban desde el Abismo los gritos roncos de los hombres que irrumpían de las cavernas persiguiendo a los enemigos. Todos los hombres que habían quedado en el Peñón se volcaron como un torrente sobre el valle. Y la voz potente de los cuernos seguía retumbando en las colinas.

Avanzaban galopando sin trabas, el rey y sus caballeros. Capitanes y soldados caían o huían delante de la tropa. Ni los orcos, ni los hombres podían resistir el ataque. Corrían, de cara al valle y de espaldas a las espadas y las lanzas de los jinetes. Gritaban y gemían, pues la luz del amanecer había traído pánico y desconcierto.

Así partió el Rey Théoden de la Puerta de Helm y así se abrió paso hacia la empalizada. Allí la compañía se detuvo. La luz crecía alrededor. Los rayos del sol encendían las colinas orientales y centelleaban en las lanzas. Los jinetes, inmóviles y silenciosos, contemplaron largamente el Valle del Bajo.

El paisaje había cambiado. Donde antes se extendiera un valle verde, cuyas laderas herbosas trepaban por las colinas cada vez más altas, ahora había un bosque. Hileras e hileras de grandes árboles, desnudos y silenciosos, de ramaje enmarañado y cabezas blanquecinas; las raíces nudosas se perdían entre las altas hierbas verdes. Bajo la fronda todo era oscuridad. Un trecho de no más de un cuarto de milla separaba a la empalizada del linde de aquel bosque. Allí se escondían ahora las arrogantes huestes de Saruman, aterrorizadas por el rey tanto como por los árboles. Como un torrente habían bajado desde la Puerta de Helm hasta que ni uno solo quedó más arriba de la empalizada; pero allá abajo se amontonaban como un hervidero de moscas. Reptaban y se aferraban a las paredes del valle tratando en vano de escapar. Al este la ladera era demasiado escarpada y pedregosa; a la izquierda, desde el oeste., avanzaba hacia ellos el destino inexorable.

De improviso, en una cima apareció un jinete vestido de blanco y resplandeciente al sol del amanecer. Más abajo, en las colinas, sonaron los cuernos. Tras el jinete un millar de hombres a pie, espada en mano, bajaba de prisa las largas pendientes. Un hombre recio y de elevada estatura marchaba entre ellos. Llevaba un escudo rojo. Cuando llegó a la orilla del valle se llevó a los labios un gran cuerno negro y sopló con todas sus fuerzas.

-¡Erkenbrand! -gritaron los caballeros-. ¡Erkenbrand! ¡Contemplad al Caballero Blanco! -gritó Aragorn Gandalf ha vuelto!

-¡Mithrandir, Mithrandir! -dijo Legolas-. ¡Esto es magia pura! ¡Venid! Quisiera ver este bosque, antes que cambie el sortilegio.

Las huestes de Isengard aullaron, yendo de un lado a otro, pasando de un miedo a otro. Nuevamente sonó el cuerno de la torre. Y la compañía del rey se lanzó a la carga a través del foso de la empalizada. Y desde las colinas bajaba, saltando, Erkenbrand, señor del Folde Oeste. Y también bajaba Sombragris, brincando como un ciervo que corretea sin miedo por las montarías. Allá estaba el Caballero Blanco y el terror de esta aparición enloqueció al enemigo. Los salvajes montañeses caían de bruces. Los orcos se tambaleaban y gritaban y arrojaban al suelo las espadas y las lanzas. Huían como un humo negro arrastrado por un vendaval. Pasaron, gimiendo, bajo la acechante sombra de los árboles; y de esa sombra ninguno volvió a salir.

J R R Tolkien, Las dos torres

miércoles, 11 de agosto de 2021

¡NOS VAMOS!

 


Tristán metió la nevera llena de hielo y bebidas en la furgoneta, colocó su maleta verde lima al fondo y ajustó por tercera vez las dos sombrillas que su madre le había obligado a llevarse.

—Mamá, de verdad, no hacen falta.

—A saber dónde acabáis… Al menos, que no os queméis. Te he puesto también crema de sol, échate siempre.

—Que sí, mamá. Me voy ya. Y papá, ¿por qué no baja?

—Está en la piscina —dijo sin mucho ánimo—. Creo que no se atreve a decirte ni adiós. Está bien fastidiado.

Tristán cerró la furgoneta y subió las escaleras que desde el garaje llevaban al jardín. Antonio estaba sentado, con la mirada perdida en la piscina, la cara seria y acariciándose la barbilla.

—Papá —dijo poniéndole la mano en el hombro—, me voy ya.

—Hijo… —suspiró sin mirarle—, de veras que lo siento…, y no sabes cuánto me avergüenzo.

—Si me explicaras mejor lo que pasó, tal vez podría ayudarte.

—No, hijo. Esto es cosa mía y ya no se puede hacer nada. Tú diviértete, que es lo que tienes que hacer. En fin —dijo poniéndose en pie—, pasadlo muy bien. Saluda a Luis y a Guille de mi parte. Son buenos chicos, los tres lo sois.

Tristán le abrazó con ternura.

—Se lo diré.

—Aún no entiendo cómo podíais trabajar de día, salir de noche… —recordó Antonio con una sonrisa—, volver a trabajar al día siguiente, volver a salir. Yo os veía poniendo helados con unas ojeras que os llegaban a los pies.

—Sí sí. Y aún decimos que fue nuestro mejor verano. —Se rio Tristán.

—Y ahora os vais de viaje, os toca disfrutar. Sobre todo, si estás cansado, paráis. ¿Solo conduces tú?

—Luis también, no te preocupes.

—Dales un beso.

—De tu parte.

Tristán volvió al garaje. Su madre le esperaba con una bolsa de tela, dentro había embutido, zumos y galletas.

—Gracias, mamá.

—Tened cuidado, que Guille puede ser muy loco.

—Exagerada. —Tristán le dio un beso y se puso al volante.

Dejó la bolsa en el asiento del copiloto y tecleó en el GPS del móvil las direcciones de Luis y de Guille, que vivían en el centro de Barcelona. Puso el motor en marcha, le dio la mano a su madre por la ventanilla y salió despacio mientras acababa de abrirse el portón metálico.

Antes de incorporarse a la calzada, abrió el grupo que tenía con sus amigos y les puso un mensaje:

TRISTÁN. Saliendo de casa!!

Pablo Wessling, Tres chicos buenos

sábado, 7 de agosto de 2021

JANE AUSTEN

 


es la escritora que mejor conozco, la que he estudiado con mayor profundidad, cuya obra he leído en más ocasiones y con más calma; la siguen muy de cerca las hermanas Brontë y Shakespeare, Teresa de Ávila, Mary Shelley y Rosalía de Castro. He escrito y hablado sobre la generación de las Sin Sombrero, Virginia Woolf, Carolina Coronado, Sylvia Plath, Cervantes, sobre autores muy conocidos y otros menos populares, he convertido en una causa y una pasión personal la divulgación entre lectores, y en ocasiones entre oyentes o espectadores, de los nombres y la obra de aquellos que escribieron antes que yo y cuyas palabras no deben ser olvidadas, y me ha resultado una labor particularmente querida cuando hablaba de escritoras. Todo ello comenzó con Jane Austen.

Leí por primera vez una de sus obras, Orgullo y prejuicio, cuando era una adolescente. Me gustó mucho, como me atraían en aquellos momentos las obras de factura perfecta, aquellas en las que comenzaba a vislumbrar un juego con el lector, una labor del escritor como un maestro de ceremonias, pero me faltaban años para apreciar aún su grandeza. Por el contrario, Cumbres borrascosas, con sus excesos innombrables y sus personajes predestinados, se convirtió, sin duda, en un libro de cabecera.

Sería en 1994 cuando estudié en la Universidad de Deusto Sentido y sensibilidad, incluida en nuestra asignatura de Literatura del siglo XIX. Me cupo la suerte hasta entonces de no haber visto ninguna adaptación cinematográfica; me encontraba en uno de esos pocos hiatos de las versiones sobre las novelas de su autora: la libre adaptación de Emma titulada Clueless no llegó hasta 1995. La versión de Sentido y sensibilidad de Ang Lee y Emma Thompson, un año más tarde. No conocería la serie de Orgullo y prejuicio con Colin Firth y Jennifer Ehle hasta 2001, aunque había sido grabada también en 1995. Eso consiguió que en mi imaginación los personajes se mantengan aún ahora como yo los imaginé, y no modelados por el rostro o la figura de un actor.

De nuevo, esa lectura más reposada y acompañada de Jane Austen me encantó; esa armonía que adivinaba en ella se me reveló, tras el análisis literario, como algo muy poco casual, como una combinación de la capacidad psicológica de la autora, su habilidad para la narración y una gracia muy especial, una mirada gamberra y al mismo tiempo delicada. Aún conservo, subrayada entre mis apuntes, la famosa respuesta que le dio al bibliotecario del regente cuando le sugirió, como antes o después alguien nos ha hecho a todos los autores que he conocido, el tema perfecto para su próxima novela:

Es usted muy muy amable con sus sugerencias respecto al tipo de textos con los que me recomienda continuar, pero […] no podría sentarme a escribir una novela seria salvo que fuera para salvar la vida […] y, aun así, me temo que me ahorcarían antes de finalizar el primer capítulo. No, debo mantener mi propio estilo y continuar por mi propio camino. Y aunque puede que con ello no vuelva a tener éxito jamás, estoy segura de que fracasaría totalmente si hiciera cualquier otra cosa.

Infinidad de veces he recordado esas frases, la única respuesta posible en un caso así: «Haré lo que me parezca. Es mi única libertad, la mantendré a cualquier precio».

Durante los años siguientes leí las obras restantes de Jane Austen, publiqué mis primeras novelas e impartí mis primeras clases de creación literaria, en muchos casos a alumnos mayores que yo a los que intentaba explicar, como aún ahora hago, la necesidad de conciliar las ideas y la estructura; y en todas ellas, antes o después, aparecía Jane, como asomaba también mencionada entre mis influencias más importantes. La sutilidad de planos de su lenguaje, la originalidad de diálogos y el estudio del comportamiento, la disección de todo un momento en la historia a través de unas cuantas pinceladas y la capacidad para, con ellas, describir emociones y sentimientos universales la convirtieron rápidamente en una de mis autoras preferidas.

Espido Freire, Tras los pasos de Jane Austen

miércoles, 4 de agosto de 2021

POR UN POCO DE BELLEZA

        Ven, te invito a visitar una exposición. Veremos los cuadros pintados por una mujer excepcional, se llamaba María Blanchard y su obra está a la altura de otros grandes y conocidos pintores como Pablo Picasso o Diego Rivera. Convivió con ellos a comienzos del siglo XX, pintó con ellos, expuso en las mismas galerías que ellos y no les debe nada a ninguno. Ella creó su propio estilo, sin imitar ni ser deudora de nadie.

¿Empezamos? ¡Vamos allá! El primer cuadro, lleno de color, que vemos en esta exposición se titula Gitana, es el retrato de una mujer sonriente. Lo firma como María Gutiérrez Cueto, su nombre auténtico. Con él, en 1906, participó por primera vez en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Tenía entonces veinticinco años, empezaba a pintar y la pintura sería su gran válvula de escape, la manera de huir de sí misma, de los espejos y de las fotografías.

María tenía joroba y mucha miopía. Ella, tan amante de la belleza, sufría con su deformidad hasta un grado impresionante. Desde pequeña se acostumbró a las miradas ajenas. Los niños la señalaban y la llamaban bruja. En aquella época, la sociedad no se mostraba nada caritativa con los que padecían una discapacidad física; más bien, la conducta popular predominante era cruel hacia ellos. En el tiempo de María, tener una deformidad era como llevar una diana para ser el blanco de burlas y crueldades.

Nació en Santander, en el seno de una familia acomodada, culta y refinada que creía en la educación igualitaria. Su padre la animó a formarse como pintora y acudió en Madrid a los talleres de los mejores pintores del momento, donde comenzó su andadura. Pero María quería más, quería ir al lugar donde el mundo del arte estaba cambiando la historia, y ese lugar era París.

Consiguió una beca y pudo ver realizado su sueño en 1909. París era entonces una ciudad donde la gente se relacionaba con una filosofía muy particular: vivir y dejar vivir. Enseguida quedó deslumbrada por la libertad parisina. Eran los tiempos de Monet, Degas, Cézanne o Manet en pintura, de Rodin en escultura o de Fauré y Debussy en música. La capital francesa atraía a artistas de todos los países que buscaban una nueva libertad de expresión. María Blanchard se integró en poco tiempo en la corriente de pintores que pululaba por los ambientes de la ciudad: nadie reparaba en su aspecto físico. Con la pequeña beca que recibía compraba las pinturas, pagaba el taller donde se formaba, vivía en un cuartito y comía poco.

De esta época es el siguiente cuadro, se titula La bretona. Se inspiró en alguna de las mujeres que vio durante su viaje por Bretaña. María siempre pintaba en el interior de su taller, nunca al aire libre, ni usaba modelos. Tenía una gran memoria visual: retrataba gente que vio un momento, alguien con quien se cruzó. Buscaba en sus recuerdos y extraía con su sensibilidad tan fina la expresión de sus personajes.

Veamos el tercero, se titula Ninfas encadenando a Sileno, también lo presentó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1910 y obtuvo una nueva medalla. Fíjate, los contornos se desdibujan, el color prevalece sobre la forma, y el tema mitológico la acerca a la pintura clásica.

En los siguientes lienzos comprobaremos su mayor cambio, su etapa cubista. Comenzó a orientar su trabajo hacia el color y la expresión, dejando atrás las restricciones de la pintura académica con la que había iniciado su carrera. María asimiló la obra de otros grandes artistas, pero supo añadir su toque personal sin copiar a nadie y su obra supera a la de conocidos coetáneos. María Blanchard fue admitida por el importante grupo de artistas de París, convirtiéndose en amiga personal de algunos de ellos, con los que llegó a compartir estudio y vivienda, como es el caso de Diego de Rivera o Juan Gris. Su fuerte personalidad y su dura existencia forjaron el respeto de sus compañeros, quienes llegaron a aceptarla como una más, en un medio culturalmente dominado por los hombres.


Mira, en esta Composición cubista utiliza la técnica del collage, como solía hacer su amigo Juan Gris, donde se superponen los planos de la figura representada. O esta Mujer con abanico, donde los rojos, los amarillos, los verdes y los ocres se colocan como fichas de dominó. Muchas veces Blanchard no firmaba sus cuadros e, incluso, algunas de sus obras fueron atribuidas a otros autores, como este Bodegón rojo con guitarra, que se pensó que había sido pintado por Juan Gris. Fíjate en el dominio del color, en las formas que se intuyen, en la descomposición de los objetos. Es más libre en la interpretación de los temas que otros artistas. Se trata de un cubismo muy personal que se distingue por la forma en que usa y domina los colores, la precisión en el trazo, la emoción que transmite.


¿Y este Hombre tocando la guitarra? ¿No te recuerda a las obras de Picasso? Pues ella no le imitó, pintó al mismo tiempo y con su propio sello. En los cuadros cubistas de María aparecen personajes, no son solo bodegones, guitarras o botellas. La figura humana prevalece en ellos. Como en este Pianista, trazado con líneas verticales y diagonales, que nos mira con su ojo de perfil y casi podemos escuchar su música.

Vivir en París era caro y a María se le acabó el dinero de la beca. Volvió a España y en 1915 asistió al fracaso de la exposición «Pintores íntegros», organizada en Madrid por Ramón Gómez de la Serna. La muestra, que incluía obras de la propia Blanchard, de Diego Rivera o de Luis Bagaría, fue acogida con burlas por el público y la crítica, incapaz todavía de asimilar el aire nuevo de las vanguardias. No entendían estos cuadros tan distintos, tan especiales, tan coloristas. No la entendían a ella.

Blanchard se instaló en Salamanca, donde se mantenía dando clases de pintura. Otro fracaso. Sus propios alumnos se burlaban de su estilo, de ella, de su deformidad. María percibió la diferencia con el París que la valoraba por su capacidad intelectual y por su talento. Eligió renunciar a la plaza de profesora, con la que se aseguraba económicamente el futuro, a cambio de una vida llena de estrecheces, pero en la que se sentía un ser humano digno. Así, en 1915, regresó a Francia. Nunca más volvería a pisar España.

María ya conocía lo que era pasar hambre y frío en París y tener que seguir pintando con la esperanza de conseguir destacar en un mundo de artistas muy concurrido en el que para todos, no solo para ella, era muy difícil hacerse un sitio.

En su regreso a la capital francesa, malvivió pero resplandeció. En 1916, el marchante más importante, Léonce Rosenberg, la contrató para su galería. Hay constancia de que participó en todo acontecimiento, por insignificante que fuera, que incumbía a la élite de los artistas de vanguardia. Y en este mundo mayoritariamente de hombres, María Blanchard se abrió camino con una personalidad pictórica definida y fue invitada a contribuir en una importante muestra. Ya no se llamaría más María Gutiérrez, firmará con el apellido de su madre, Blanchard, de origen francés.

Rosa Huertas, Mujeres de la cultura