miércoles, 25 de abril de 2018

UN NARRADOR PECULIAR



Entre los habitantes de Damasco había gente extraña por aquel entonces. ¿A quién le sorprende eso en una ciudad antigua? Se dice que cuando una ciudad permanece habitada ininterrumpidamente más de mil años, confiere a sus habitantes peculiaridades que se han acumulado en épocas pasadas. Damasco tiene incluso una antigüedad de varios miles de años. Así que no es de extrañar que deambulen personajes raros por las callejuelas laberínticas de esa ciudad. El viejo cochero Salim era el más raro de todos. Era pequeño y delgado, pero su voz cálida y profunda hacía que pareciese un hombre grande de hombros anchos, y ya en vida se convirtió en leyenda, lo que no significa mucho en una ciudad donde las leyendas y los rollos de pistacho son solo dos de mil y una especialidades.
Debido a los numerosos golpes de Estado de los años cincuenta, los habitantes del barrio antiguo confundían los nombres de los ministros y los políticos con los de los actores y otras celebridades. Pero para todo el mundo solo existía en el barrio antiguo aquel cochero que sabía contar unas historias capaces de hacer reír y llorar a los que las escuchaban.
Entre los personajes extraños había algunos que tenían un refrán apropiado para cualquier acontecimiento. Pero solo había un hombre en Damasco que supiese historias para todo, ya fuese que alguien se hubiese cortado un dedo, se hubiese resfriado o enamorado desdichadamente. Pero, ¿cómo se convirtió el cochero Salim en el narrador más famoso de nuestro barrio? La respuesta a esta pregunta es, como cabía esperar, una historia.
En los años treinta, Salim era cochero y hacía el recorrido entre Damasco y Beirut. Entonces los cocheros tardaban dos días fatigosos en hacer el trayecto. Eran dos días peligrosos porque el camino conducía por el escarpado «desfiladero del Cuerno» donde abundaban los ladrones, que se ganaban el pan robando a los viajeros que pasaban por allí.
Las diligencias apenas se distinguían las unas de las otras. Eran de hierro, madera y cuero y en ellas había sitio para cuatro viajeros. La lucha por conseguir viajeros era despiadada; a menudo decidía el puño más duro y los viajeros tenían que trasladarse, todavía pálidos del susto, a la diligencia del vencedor. Salim también luchaba, pero raramente lo hacía con los puños. Él empleaba la astucia y su lengua invencible.
En la época de la crisis económica, cuando cada año era menor el número de viajeros, el bueno de Salim tuvo que inventarse algo para sacar adelante a su familia. Tenía una mujer, una hija y un hijo a los que alimentar. Los asaltos a las diligencias se multiplicaban porque muchos campesinos y artesanos arruinados huían a las montañas y se ganaban la vida como salteadores. Salim prometía a los viajeros en voz baja: «Conmigo llegaréis a vuestro destino sin sufrir un solo rasguño y con la misma bolsa de dinero que llevabais al partir». Eso lo podía prometer porque mantenía buenas relaciones con muchos ladrones. Así pudo ir y venir una y otra vez de Damasco a Beirut sin ser molestado. Cuando llegaba al territorio de un bandido dejaba —sin que se diesen cuenta los viajeros— algo de vino o de tabaco al borde de la carretera, y el ladrón le saludaba amistosamente con la mano. Salim nunca fue asaltado. Pero al cabo del tiempo trascendió el secreto de su éxito y todos los cocheros le imitaron. Ellos también dejaban ahora obsequios al borde de la carretera y podían proseguir el viaje pacíficamente. Salim contaba que las cosas llegaron a tal extremo que los bandidos se convirtieron en obesos y perezosos recolectores incapaces de infundir miedo a nadie.
Así que la perspectiva de una protección segura frente a los ladrones dejó pronto de atraer a los viajeros a su diligencia. Salim reflexionó desesperadamente sobre lo que podía hacer. Un día una vieja dama de Beirut le dio la idea salvadora. Durante el trayecto contó a la dama las aventuras de un ladrón que se había enamorado de la hija del sultán. Salim conocía personalmente al ladrón. Cuando al final del viaje la diligencia se detuvo en Damasco, la mujer exclamó al parecer: «¡Dios bendiga tu lengua, joven. Contigo el tiempo ha pasado en un vuelo!». Salim llamó a aquella mujer su «hada de la suerte» y desde entonces prometía a los viajeros que les contaría historias durante el trayecto de manera que no notarían las fatigas del viaje. Esa fue su salvación, pues ningún otro cochero sabía contar historias como él.
Pero ¿cómo se las apañaba el viejo zorro, que no sabía leer ni escribir, para contar continuamente historias nuevas? ¡Muy sencillo! Cuando los viajeros habían escuchado un par de historias, él preguntaba en tono casual: «¿Puede contar también alguno de vosotros una historia?». Y entonces siempre había alguien, un hombre o una mujer, que contestaba: «Yo conozco una historia increíble. ¡Pero, sabe Dios, que es verdadera!». O: «bueno, yo no sé contar muy bien historias, pero una vez un pastor me contó una y si los señores no se ríen de mí, me gustaría contarla». Y, naturalmente, el cochero Salim animaba a todos a que contasen su historia. Él las condimentaba después y las contaba a los siguientes viajeros. De esa manera su repertorio siempre estaba fresco y no se agotaba.
El viejo cochero podía cautivar a los oyentes con sus historias durante horas. Hablaba de reyes, hadas y ladrones, y en su larga vida había tenido muchas experiencias. Podía contar historias alegres, tristes o emocionantes, su voz fascinaba a todo el mundo. No solo provocaba tristeza, ira y alegría, también nos hacía sentir el viento, el sol y la lluvia. Cuando Salim empezaba a contar, volaba en sus historias como una golondrina. Volaba sobre las montañas y los valles y conocía todos los caminos que conducían desde nuestra callejuela a Pekín. Cuando le apetecía se posaba sobre el monte Ararat —y no en otro lugar— y fumaba su narguile.
Cuando el cochero no tenía ganas de volar, recorría en sus relatos los mares de la tierra como un delfín joven. Debido a su miopía le acompañaba en sus viajes un águila ratonera que le prestaba sus ojos.
A pesar de lo delgado y pequeño que era, Salim no solo vencía en sus relatos a gigantes de ojos centelleantes y bigotes espantosos, sino que ahuyentaba también a los tiburones, y en casi todos los viajes luchaba con un monstruo.
Sus vuelos nos resultaban tan familiares como las elegantes evoluciones de las golondrinas en el cielo de Damasco. Cuantas veces estuve de niño apoyado en la ventana volando en pensamientos sobre nuestro patio como un vencejo. Esos vuelos apenas me asustaban entonces. Pero yo y los demás oyentes temblábamos con las luchas que sostenía Salim con los tiburones y otros monstruos marinos.
Una vez al mes, por lo menos, los vecinos exigían al viejo cochero que contase la historia del pescador mexicano. Salim disfrutaba mucho contando esa historia. En ella nadaba tranquilo y contento como un delfín en las aguas del golfo de México cuando un pulpo maligno atacaba el diminuto bote de un pescador. El bote zozobraba. El pulpo empezaba a estrechar al pescador entre sus tentáculos. Y casi le habría estrangulado si Salim no hubiese acudido rápidamente en su ayuda. El pescador lloraba de alegría y juraba por la Virgen que si su mujer embarazada daba a luz a un niño le llamaría Salim. En este punto, el viejo cochero hacía siempre una pausa para comprobar si habíamos escuchado atentamente.
«¿Y qué hubiese sucedido si la mujer hubiese dado a luz a una niña?», teníamos que preguntar.
El viejo cochero sonreía satisfecho, daba una chupada a su narguile y se atusaba el bigote canoso.
—En ese caso habría llamado a la niña Salime, naturalmente.
La lucha con el enorme pulpo duraba mucho tiempo. En invierno los niños estábamos sentados muy juntos en su cuarto y temblábamos por el cochero que luchaba contra los descomunales tentáculos provistos de innumerables ventosas, y cuando afuera sonaban los truenos, nos apretábamos aún más los unos contra los otros.
Tamim, un niño de la vecindad, tenía la impertinente costumbre de agarrarme de repente por el cuello en medio del relato. Yo me asustaba cada vez y gritaba. El cochero reprendía brevemente al inoportuno, me preguntaba dónde había quedado en su relato, y volvía a su lucha con el pulpo.
Cuando luego regresábamos a casa se nos ponía la carne de gallina cada vez que crujían las hojas otoñales, como si nos acechase allí el pulpo. El cobarde Tamim, que en el cuarto de Salim hacía como si no le impresionase la historia, era el que pasaba más miedo. Él tenía que atravesar nuestro patio y un callejón oscuro. Vivía un par de casas más allá, mientras que yo y otros tres niños podíamos sentir la tranquilizadora proximidad de Salim, incluso cuando nos íbamos a dormir.
Una noche la lucha con el pulpo había sido especialmente violenta. Yo estaba más que contento de haber llegado sano y salvo a mi cama. De repente oí la voz de Tamim. Lloriqueaba débilmente delante de la puerta del viejo:
—Tío Salim, ¿estás todavía despierto?
 —¿Quién está ahí? Tamim, muchacho, ¿qué sucede?
—. Tío, tengo miedo, alguien está gruñendo en la oscuridad.
—¡Espera, muchacho, espera! Ya voy. Solo tengo que coger mi dagayemení —le tranquilizó Salim a través de la puerta cerrada.
Tamim estaba allí avergonzado porque todos los que vivíamos cerca de Salim nos echamos a reír a carcajadas.
—Tú camina siempre detrás de mí y aunque se abalance un tigre sobre nosotros no tengas miedo. Yo le sujeto y tú echas a correr a casa —susurró el viejo y puso a salvo a Tamim, aunque estaba medio ciego y apenas veía de noche. Nadie sabía mentir tan bien como Salim.
A Salim le encantaba la mentira, pero nunca exageraba.

Rafik Schami, Narradores de la Noche

martes, 24 de abril de 2018

LA CHICA QUE LEÍA EN EL METRO


                Christine Féret-Fleury nos trae una fábula moderna sobre el amor por los libros y la vida. Una historia amable, llena de luz y optimismo, acompañada por las ilustraciones de Nuria Díaz.

Juliette, que trabaja en una inmobiliaria, toma el metro todos los días a la misma hora. Y lo que más disfruta del trayecto es observar a aquellos que leen a su alrededor. La vieja dama con su libros de recetas de cocina en italiano, el hombre del sombrero verde con su viejo y querido libro sobre insectos, el estudiante de matemáticas, la joven muchacha que llora en la página 247 (pues, como nos dirá más adelante Solimán, aquí se encuentra el mejor momento, cuando todo parece perdido). Juliette los mira con curiosidad y ternura, como si sus lecturas, sus pasiones, la diversidad de sus vidas, pudiesen dar color a la suya, monótona y previsible.

Sin embargo, un día decide bajar dos estaciones antes de lo habitual, tomar un nuevo camino para ir a trabajar, sin saber que su vida estará a un solo paso de cambiar para siempre. Así  encuentra una gran puerta de metal oxidado entreabierta por un libro, y allí conoce a la niña Zaida y a su padre Solimán, quien le introduce en el mundo de los pasantes de libros.


Irá comprobando el efecto que produce en una persona el hecho de regalarle un libro, cómo está puede tomar determinadas decisiones. Dejará su trabajo, para integrarse en ese mundo, y, al poco, tendrá que hacerse cargo de Zaida y del almacén por la repentina marcha de Solimán.

                Nos encontramos ante una hermosa historia que nos habla de libros, libros que nos atrapan y nos asaltan en cualquier esquina (de ahí el orden que Juliette se desespera por encontrar e imponer en el almacén). Esta historia nos recuerda el movimiento BookCrossing, en el que se pasan o liberan libros para que los lea otra persona al azar.



                A lo largo de la novela, Juliette va dejando fluir sus pensamientos con una prosa sencilla y cuidada que nos envuelve. Nos atrapa desde el primer momento. Las ilustraciones de Nuria Díaz a página completa resaltando una del fragmento que estamos leyendo en ese momento. Se suceden diferentes homenajes, a los libros viejos y modernos, a veces con citas, pero destaca ese homenaje final con el minibús a Alan Bennett (La Dama de la Furgoneta) y a los Beattles.

lunes, 23 de abril de 2018

SAN JORGE Y EL DRAGÓN


Abrió un cajón y sacó una carpeta. Dentro, mezclada entre farragosos informes, había una lámina de la obra desaparecida. Pasó un dedo por su superficie. Era una tabla al temple de un pintor anónimo, fechada a principios del Trecento italiano, con una temática tópica: la lucha entre el Bien y el Mal. Bajo un cielo esmaltado y sobre un horizonte de montañas, el caballero de brillante armadura se enfrenta al dragón que tiene secuestrada a la doncella. Hasta ahí, todo era corriente. La peculiaridad de la obra radicaba en unos cuantos detalles que, a primera vista, no se apreciaban. El primero, que el dragón aparentaba tener acorralado al caballero, que daba mandobles a la desesperada. El segundo, que la doncella, a la entrada de la cueva que el monstruo usaba como cubil, no parecía asustada o afligida; no era una sonrisa ni un gesto, sino el aura, la actitud serena con que contemplaba la acción. Y el tercero, que sobre el prado en el cual se desarrollaba la escena había una letra, una pequeña doble A que pasaba casi desapercibida entre las huellas que iba dejando el dragón en su avance. El arcano significado de la tabla quedaba acentuado por el título que el autor había elegido para ella: El arte de matar dragones. En suma, una iconoclasta y rara desviación de la leyenda clásica de San Jorge. Numerosos especialistas, a lo largo de todas las épocas, habían estudiado el cuadro tanto por su misterioso simbolismo como por su precursora utilización de una primitiva perspectiva, sin llegar a conclusiones definitivas.

Ignacio del Valle, El Arte de Matar Dragones

XXII PREMIO DE NOVELA FELIPE TRIGO

LOS LIBROS HACEN GRANDE LO MÁS PEQUEÑO



Las personas tienden al ritmo y a la regularidad, de la misma forma que la energía magnética organiza las virutas de metal en un experimento de física, de la misma forma que un copo de nieve crea cristales a partir de agua. Ya sea en un cuento de hadas o en un poema, a los niños les gusta la repetición, los refranes y los motivos universales porque pueden reconocerse una y otra vez; dan regularidad a un texto. El mundo adquiere un orden precioso. Aún recuerdo que de niña luchaba conmigo misma por defender la justicia y la simetría, la igualdad de derechos para la izquierda y la derecha: si tamborileaba con los dedos una melodía sobre la mesa, contaba cuántas veces debía golpear con cada dedo para que los demás no se sintieran ofendidos. Solía aplaudir dando una palmada con la mano derecha sobre la izquierda, pero pensé que eso no era justo y aprendí a hacerlo al contrario, con la izquierda sobre la derecha. Por supuesto, este afán instintivo de equilibrio resulta gracioso, pero lo que muestra es la necesidad de evitar que el mundo llegara a ser asimétrico. Tenía la sensación de ser la única responsable de todo su equilibrio.

La inclinación de los niños hacia los poemas y las historias surge, igualmente, de su necesidad de llevar regularidad al caos del mundo. Desde la indeterminación todo tiende hacia un orden. Las canciones infantiles, las canciones populares, los juegos, los cuentos de hadas, la poesía… son formas de existencia rítmicamente organizadas que ayudan a los más pequeños a estructurar su presencia en el gran caos. Crean la conciencia instintiva de que el orden en el mundo es posible y que todas las personas tienen en él un sitio único. Todo fluye hacia este objetivo: la organización rítmica del texto, las series de letras y el diseño de la página, la impresión del libro como un todo bien estructurado. La grandeza se revela en lo más pequeño y le damos forma en los libros infantiles, incluso cuando no estamos pensando en Dios o en los fractales. Un libro infantil es una fuerza milagrosa que promueve el enorme deseo de los pequeños y su capacidad de ser. Promueve su coraje para vivir.

En un libro, los pequeños siempre son grandes, de manera instantánea y no solo cuando llegan a adultos. Un libro es un misterio en el que se encuentra algo que no se buscaba o que no estaba al alcance de alguien. Lo que no pueden comprender lectores de una cierta edad permanece en su conciencia como una impronta y continúa actuando aun cuando no lo entiendan completamente. Un libro ilustrado puede funcionar como un cofre del tesoro de sabiduría y cultura incluso para los adultos, igual que los niños pueden leer un libro destinado a adultos y encontrar su propia historia, un indicio sobre sus vidas incipientes. El contexto cultural modela a las personas, estableciendo las bases para las impresiones que llegarán en el futuro, así como para las experiencias más difíciles a las que tendrán que sobrevivir sin dejar de ser íntegros.

Un libro infantil representa el respeto por la grandeza de lo más pequeño. Representa un mundo que se crea de nuevo una y otra vez, una seriedad lúdica y preciosa, sin la que todo, incluida la literatura infantil, es simplemente un trabajo muy pesado y vacío.
Inese Zandere

domingo, 22 de abril de 2018

LIBRO



hermoso,
libro,
mínimo bosque,
hoja
tras hoja,
huele
tu papel
a elemento,
eres
matutino y nocturno,
cereal,
oceánico,
en tus antiguas páginas
cazadores de osos,
fogatas
cerca del Mississippi,
canoas
en las islas,
más tarde
caminos
y caminos,
revelaciones,
pueblos
insurgentes,
Rimbaud como un herido
pez sangriento
palpitando en el lodo,
y la hermosura
de la fraternidad,
piedra por piedra
sube el castillo humano,
dolores que entretejen
la firmeza,
acciones solidarias,
libro
oculto
de bolsillo
en bolsillo,
lámpara
clandestina,
estrella roja.

Nosotros
los poetas
caminantes
exploramos
el mundo,
en cada puerta
nos recibió la vida,
participamos
en la lucha terrestre.
Cuál fue nuestra victoria?
Un libro,
un libro lleno
de contactos humanos,
de camisas,
un libro
sin soledad, con hombres
y herramientas,
un libro
es la victoria.
Vive y cae
como todos los frutos,
no sólo tiene luz,
no sólo tiene
sombra,
se apaga,
se deshoja,
se pierde
entre las calles,
se desploma en la tierra.
Libro de poesía
de mañana,
otra vez
vuelve
a tener nieve o musgo
en tus páginas
para que las pisadas
o los ojos
vayan grabando
huellas:
de nuevo
descríbenos el mundo
los manantiales
entre la espesura,
las altas arboledas,
los planetas
polares,
y el hombre
en los caminos,
en los nuevos caminos,
avanzando
en la selva,
en el agua,
en el cielo,
en la desnuda soledad marina,
el hombre
descubriendo
los últimos secretos,
el hombre
regresando
con un libro,
el cazador de vuelta
con un libro,
el campesino arando
con un libro.

Pablo Neruda

viernes, 20 de abril de 2018

EL SÉPTIMO CÍRCULO DEL INFIERNO


El KGB, el régimen nazi, la Inquisición, las guerras, el FBI, el gobierno chino, el hambre, la pérdida de un ser querido, la enfermedad, el exilio, la censura... Muchos son, en efecto, los infiernos de la literatura a los que se han tenido que enfrentar escritores y escritoras de todos los tiempos.

Este el tercer libro donde Santiago Posteguillo nos contagia su amor por los libros y en especial por los autores cuyo genio y talento hizo que del infierno salieran con obras que nos acompañan en muchos momentos. Antes fueron La Noche en que Frankenstein Leyó el Quijote o La Sangre de los Libros, donde nos contaba la historia oculta de los libros o de sus autores.

El título del libro viene del interrogatorio a Vera Caspary, autora de novela negra, por el Comité de Actividades Antiamericanas al acusadanrla de ser comunista: le amenazaron con convertir su vida en un infierno, y ella les replicó que la dejaran en el séptimo infierno (el círculo donde Dante en La Divina Comedia sitúa a los asesinos).

                Ya en el prólogo Posteguillo nos advierte:

Muchas son las circunstancias terribles en las que se generan los libros. Esto no es porque a los autores les gusten los problemas, las dificultades y las penurias. Es simplemente porque los libros, desde siempre, ya sean poemas, obras de teatro, ensayos o novelas, han sido perseguidos, y los que persiguen son muy buenos en crear infiernos perfectos, totales, completos para los creadores a los que buscan acorralar. Lo que les duele a los perseguidores, lo que no terminan de entender es cómo es posible que incluso en esos infiernos se escriba tanto y tan bien (...)

El séptimo círculo del infierno intenta mostrar algunos de estos mundos terribles, de estos momentos duros, y cómo grandes escritores y autoras de todos los tiempos supieron superarlos, doblegarlos, romperlos y, al hacerlo, regalarnos maravillosas obras de la literatura.

                Y el autor, cual nuevo Virgilio, con su prosa amena nos acompaña en este viaje a los infiernos, y nos va mostrando anécdotas y curiosidades sobre diversos escritores. Y de esta manera, por sus páginas se pasean Safo, Rustichello da Pisa (con Los Viajes de Marco Polo), Cristina de Pizán (que a finales del siglo XIV en La ciudad de las damas escribe un manifiesto en favor de los derechos de la mujer), sor Juana Inés de la Cruz, Kipling, Zenobia Camprubí, Saki, Concha Espina, Pearl S. Buck, Carson McCullers, Imre Kertész, Mijaíl Bulgákov, Julia de Burgos, entre otros muchos.

                Es de agradecer que, hasta bien entrado el capítulo, en ningún momento Posteguillo desvele de quién está hablando, lo cual favorece la intriga y el interés del lector.


jueves, 19 de abril de 2018

ELIMINANDO LIBROS


La casa estaba situada en el ecuador de la colina, en una calle sinuosa y de vegetación frondosa. Por supuesto, está prohibido revelar los nombres o las direcciones. Aparqué justo enfrente. Había un perro en el porche, un chucho de aspecto peligroso pero soñoliento. Un blanco gordo en camiseta y pantalones vaqueros, que no era tan agradable como su casa, ni mucho menos, me abrió la puerta. La camiseta rezaba: « ¿Y bien?».
Le enseñé la libreta y la miró desconcertado. Con auténtico desconcierto. He conocido a seleccionados que fingen ignorancia, pero la suya era de verdad.
— ¿Y bien?
—Supongo que sabe por qué he venido.
—Ayúdeme —dijo—. ¿La AAI? ¿La Agencia de Asuntos Indios?
—AAE —expliqué—. Artes y Entretenimiento.
—Ah, sí. Son los que recogen cosas viejas.
—Exacto —afirmé, aunque la agencia es mucho más que eso—. ¿Quiere invitarme a pasar? Hace un poco de frío aquí fuera.
Solo un poco: estábamos a mediados de octubre. Pero lo primero que aprendemos en la academia es que las cosas funcionan con mayor facilidad si consigues poner el pie en la puerta. El señor « ¿Y bien?» refunfuñó un poco y retrocedió para franquearme el paso. Los dos nos sentamos en un sofá duro, ante una mesita de café desordenada. La situación era incómoda, pero estoy acostumbrado a eso. Sé que no nos encargamos tan solo de cosas: son recuerdos, sueños y, por supuesto, dinero.
— ¿Le dice algo el nombre de Miller, Walter M. Jr? —le pregunté.
La idea es concederle al seleccionado la oportunidad de participar.
— ¿Miller? ¿Jr? Claro. Era un escritor de ciencia ficción, el autor de Cántico por Leibowitz, ¿no? De mediados de siglo, cuando los libros eran... ¡Espere un momento! ¿Quiere decir que han borrado a Miller?
—Hace seis semanas —dije.
—No sabía que lo habían retirado. Ya no sigo la ciencia ficción. Ni siquiera la ciencia.
—Le entiendo —respondí. Si él iba a cooperar, yo no iba a discutir.
— ¿Y bien? Ah. Comprendo. Debo tener un libro suyo en rústica. Creía que todavía eran legales. Si le digo la verdad, hace más de un año que no los hojeo. No es una verdadera colección. Son una especie de saldo. Supongo que es mi día de suerte.
—En efecto —convine—. Pagamos ciento veinticinco por cada selección. Hasta la gente que no sabe nada de nosotros lo sabe.
—Y es el día aciago de Arthur.
—Walter —le corregí. Acto seguido le brindé lo que yo llamo la respuesta académica—: Ya ha tenido su momento de gloria. Ahora es el turno de otro.
—Claro, lo que usted diga —contestó el señor « ¿Y bien?» con amargura. Desapareció en otra estancia y oí que abría y cerraba unos cajones. No perdí la puerta de vista, por si acaso. Regresó con una caja medio llena de libros en rústica. Quizá dos tercios. Lo bastante para que sobresalieran parcialmente.
Hubo de comprobarlos todos; no obedecían a ningún orden concreto.
—Puede que aquí haya otros —dijo.
—Yo no sé nada de eso —señalé—. Solo tengo mi lista. Puede visitar el sitio web de la agencia. Los que entregue en persona valen cincuenta más.
—O quinientos, para los contrabandistas —repuso—. O cinco mil. He visto ese reportaje sobre, ¿cómo se llama?, Salinger.
—Yo no sé nada de eso —repetí—. Y la ley me obliga a recordarle que va contra la ley hacer siquiera chistes sobre los contrabandistas.
Una atmósfera helada se abatió sobre la habitación. No me importó. No te puedes tomar demasiadas confianzas; tienes que recordarle a la gente que trabajas para el gobierno.
—Lo que usted diga —dijo—. Aquí está. Hasta luego, Arthur. Walter.
Me lanzó el ejemplar. Había un monje encapuchado en la cubierta. Las páginas se desplegaron y el libro se estrelló contra el suelo. Lo recogí de la alfombra deslucida y lo metí en la bolsa.
— ¿Ni siquiera va a mirarlo? ¿Ni a leer una sola palabra antes de destruirlo? Puede que aprenda algo sobre la vida.
—No se destruye a nadie —puntualicé. Lo taché de la libreta con la yema del dedo y pulsé ciento veinticinco.
—Lo que está eliminando no es solo un libro. ¡Es una vida humana!
Estaba empezando a ponerse beligerante. Era hora de marcharse. Me levanté.
—Yo no me meto en nada de eso. Me limito a recoger la mercancía y mandarla a Worth Street.
— ¿Y después?
—Y después, ¿quién sabe? —Le tendí la mano—. Gracias por su colaboración.

Terry Bisson, La Conspiración Alejandrina