lunes, 21 de mayo de 2018

CARPE DIEM!



Una de las cosas más ridículas que la edad conlleva es la cantidad de trucos, potingues y ortopedias con los que intentamos combatir el deterioro: el cuerpo se nos va llenando de alifafes y la vida, de complicaciones.

Eso se ve claramente en los viajes: de joven eres capaz de recorrer el mundo con apenas un cepillo de dientes y una muda, mientras que, cuando te adentras en la edad madura, tienes que ir añadiendo a la maleta infinidad de cosas. Por ejemplo: lentillas, líquidos para limpiar las lentillas, gafas graduadas de repuesto y otro par de gafas para leer; ampollas de suero fisiológico porque casi siempre tienes los ojos enrojecidos; pasta de dientes especial y colutorio contra la gingivitis, más hilo encerado y cepillitos interdentales, porque los tres o cuatro implantes que te han puesto exigen cuidados constantes; una crema contra la psoriasis o contra la rosácea o contra los hongos o contra los eczemas o cualquier otra de esas calamidades cutáneas que siempre se van desarrollando con la edad; champú especial anticaspa, antigrasa, antisequedad, anticaída; tinte porque las canas han colonizado tu cabeza; ampollas contra la alopecia; cremas hidratantes, seas hombre o mujer; cremas nutritivas, alisantes, antiflaccidez, más para ellas, pero también para algunos varones; lociones antimanchas; protector solar total porque ya te ha dado todo el sol que puedes soportar en veinte vidas; ungüentos anticelulíticos, esto en las mujeres; podaderas de los vellos nasales y auriculares, esto en los hombres; férulas de descarga para la noche, porque el estrés hace chirriar los dientes; tiritas nasales adhesivas, molestas y totalmente inútiles, para atenuar los ronquidos; píldoras de melatonina, Orfidal, Valium o cualquier otro fármaco contra el insomnio y la ansiedad; con un poco de mala suerte, pomada antihemorroides para lo evidente y/o laxantes contra el estreñimiento contumaz; vitamina C para todo; ibuprofeno y paracetamol para la inacabable diversidad de molestias que van parasitando el cuerpo; omeprazol para las gastritis; Alka-Seltzer y más omeprazol para las resacas, que uno va perdiendo resistencia; suplementos de soja porque la menopausia baja las hormonas; con otro poco de mala suerte, las píldoras del colesterol, de la tensión, de la próstata. Y así sucesivamente, en suma. Una pesada carga
.
Pero a fin de cuentas la existencia misma es un viaje, así que no hace falta tener que coger un coche o un avión ni trasladarse a otra ciudad para ser rehén de toda esa parafernalia protésica.

Rosa Montero, La Carne

domingo, 20 de mayo de 2018

EL PADRE BROWN



Al examinar, pues, al último viajero, Valentín renunció a descubrir a su hombre, y casi se echó a reír: el curita era la esencia misma de aquellos insulsos habitantes de la zona oriental; tenía una cara redonda y roma, como pudín de Norfolk; unos ojos tan vacíos como el mar del Norte, y traía varios paquetitos de papel de estraza que no acertaba a juntar. Sin duda el Congreso Eucarístico había sacado de su estancamiento local a muchas criaturas semejantes, tan ciegas e ineptas como topos desenterrados. Valentín era un escéptico del más severo estilo francés, y no sentía amor por el sacerdocio. Pero sí podía sentir compasión, y aquel triste cura bien podía provocar lástima en cualquier alma. Llevaba una sombrilla enorme, usada ya, que a cada rato se le caía. Al parecer, no podía distinguir entre los dos extremos de su billete cuál era el de ida y cuál el de vuelta. A todo el mundo le contaba, con una monstruosa candidez, que tenía que andar con mucho cuidado, porque entre sus paquetes de papel traía alguna cosa de legítima plata con unas piedras azules. Esta curiosa mezcolanza de vulgaridad —condición de Essex— y santa simplicidad divirtieron mucho al francés, hasta la estación de Stratford, donde el cura logró bajarse, quién sabe cómo, con todos sus paquetes a cuestas, aunque todavía tuvo que regresar por su sombrilla. Cuando le vio volver, Valentín, en un rapto de buena intención, le aconsejó que, en adelante, no le anduviera contando a todo el mundo lo del objeto de plata que traía. Pero Valentín, cuando hablaba con cualquiera, parecía estar tratando de descubrir a otro; a todos, ricos y pobres, machos o hembras, los consideraba atentamente, calculando si medirían los seis pies, porque el hombre a quien buscaba tenía seis pies y cuatro pulgadas.

G. K. Chesterton, El Candor del Padre Brown

viernes, 18 de mayo de 2018

MONTEPERDIDO


             Enviado por Teresa (B1H):

Ana y Lucía, dos amigas de once años, vecinas de un pueblo de los Pirineos, salen del colegio y se dirigen a sus casas. Nunca llegan a su destino. Nadie vuelve a verlas.

Cinco años después. Entre los restos de un coche accidentado en un desfiladero cercano, aparecen el cadáver de un hombre y una adolescente malherida y desorientada. Resulta ser Ana, una de las niñas desaparecidas tiempo atrás. Mientras todo el pueblo intenta asimilar el giro de los acontecimientos, el caso se reabre. ¿Quién es el hombre muerto? ¿Quién estuvo tras el secuestro de las niñas? ¿Seguirá Lucía con vida?

Las respuestas a estas preguntas esconden actos terribles que muchos habitantes de Monteperdido lucharán hasta el final por mantener en secreto.

Esta novela de Agustín Martínez es un thriller psicológico absorbente, emotivo, de ritmo cinematográfico y plagado de sorpresas.

Me llamó la atención por la sipnosis, que resumía muy bien la trama principal: el secuestro y la búsqueda de un culpable.

Me gustó porque cada página te intriga más, y por la gran lista de sospechosos y culpables, pero que no son ninguno de ellos, lo que hace que te replantees tus hipótesis. Esto favorece el clima de misterio favorecido por los secretos e intimidades que tratan de esconder. Al transcurrir la acción en un lugar montañoso, las descripciones de los paisajes están muy bien conseguidas, y te sitúan muy bien en el entorno. También me ha gustado que la protagonista sea una mujer.

No me han gustado las páginas de relleno, o que se centre mucho en las descripciones como si se tratara de una película (hasta los suspiros de algunos personajes). A algunos personales les falta personalidad y profundidad, otros, como Caridad, no me aportan nada en la historia.

El final me ha parecido muy rápido; eso de que el culpable cuente toda la verdad en dos páginas como mucho y dé el giro final en las últimas frases.

jueves, 17 de mayo de 2018

VISITA A ALMAGRO Y A LAS TABLAS DE DAIMIEL



                Este miércoles pasado, hicimos el petate, cogimos el bocata y nos fuimos de excursión, con alumnos de 3º ESO y 1º de Bachillerato, que hacía buen tiempo (¡alguno casi se quemó!): Almagro y las Tablas, teatro y naturaleza para alimentar el espíritu.

           Primera parada (eso sí, tras el consabido almuerzo): el Museo Nacional del Teatro, un recorrido desde los orígenes hasta el siglo XX, a través de trajes, maquetas, algún libro, máscaras (¡je, se curró Dalí las máscaras de Don Juan Tenorio! ¡si hasta yo las hago mucho mejor y no me pagan por ello!).


                Lo que más nos gustó los aparatos para hacer los efectos especiales de sonido (la lluvia, el viento, el mar, el trueno…) y ese teatrillo, que había abajo y que medio podéis ver aquí abajo, donde algunos hicimos nuestros pinitos como actores:


              Luego, al Corral de Comedias, a ver La Venganza de Don Mendo, de Pedro Muñoz Seca, una parodia  de los dramas del siglo XIX llenos de tragedias amorosas, celos, muertes..
.
  La acción transcurre en la época de Alfonso VII y está dividida en cuatro actos. Narra las peripecias del Marqués Don Mendo en su intento de vengarse de Magdalena, su amante, al casarse con el Duque Don Pero. La obra es en verso e intenta imitar la forma de hablar de la Edad Media (matalle, miralle…). Recordemos algunos de los versos que nos hicieron reír:




Los cuatro hermanos Quiñones
a la lucha se aprestaron,
y al correr de sus bridones,
como a cuatro exhalaciones,
hasta el castillo llegaron.
¡Ah del castillo! —Dijeron—
¡Bajad presto ese rastrillo!
Callaron y nada oyeron,
sordos sin duda se hicieron
los infantes del castillo.
¡Tended el puente!… ¡Tendedlo!
Pues de no hacello, ¡pardiez!,
antes del primer destello
domaremos la altivez
de esa torre, habéis de vello…
Entonces los infanzones
contestaron: ¡Pobres locos!…
Para asaltar torreones,
cuatro Quiñones son pocos.
¡Hacen falta más Quiñones!




¡Serena
escúchame, Magdalena,
porque no fui yo… no fui!
Fue el maldito cariñena
que se apoderó de mí.
Entre un vaso y otro vaso
el Barón las cartas dio;
yo vi un cinco, y dije «paso»,
el Marqués creyó otro el caso,
pidió carta… y se pasó.
El Barón dijo «plantado»;
el corazón me dio un brinco;
descubrió el naipe tapado
y era un seis, el mío era un cinco;
el Barón había ganado.
Otra y otra vez jugué,
pero nada conseguí,
quince veces me pasé,
y una vez que me planté
volví mi naipe… y perdí.




¡Mora de la morería!…
¡Mora que a mi lado moras!….
¡Mora que ligó sus horas
a la triste suerte mía!…
¡Mora que a mis plantas lloras
porque a tu pecho desgarro!…
¡Alma de temple bizarro!
¡Corazón de cimitarra!
¡Flor la más bella del Darro
y orgullo de la Alpujarra!…
¡Mora en otro tiempo atlética
y hoy enfermiza y escuálida,
a quien la pasión frenética
trocó de hermosa crisálida
en mariposa sintética!…


                Después de comer, nos fuimos a las Tablas de Daimiel (¿se llama así por las tablas de los puentes?). Algún traidor aprovechó el viaje para echar una cabezada.


                Ya en el parque, bajo un sol que picaba lo suyo, algunos, los más avispados, pudieron ver patos, grullas, tortugas, peces; a otros, pobres desgraciados de nosotros, se nos comían los mosquitos y pedíamos agua, ese líquido y preciado elemento.


                Eso sí, buscábamos la sombra con ahinco, hasta el infinito y más allá.


miércoles, 16 de mayo de 2018

TARDE DE LECTURA



                A la salida de clase, por la tarde, su profesora había invitado a un grupito de alumnos a su casa para que tomaran un vaso de leche con tarta de chocolate y vieran sus cuentos de hadas. María Jesús llevaba toda la vida coleccionando libros de cuentos de todos los países y tenía una de las mejores bibliotecas privadas de literatura para niños de Fléroe. Tenía libros antiguos y modernos, libros con cristales de colores en la portada, libros con tapas de madera y un príncipe luchando con un dragón tallado en el lomo, libros con las hojas amarillentas y una flor antigua apretada entre las páginas.
   De vez en cuando le gustaba invitar a unos cuantos alumnos, permitirles que exploraran su biblioteca y luego ofrecerles una merienda deliciosa. Sus hijas eran ya mayores y no sentían interés por los cuentos de hadas, y María Jesús pensaba que era una lástima que todos aquellos libros estuvieran allí sin que los abriera nunca nadie. Los niños siempre esperaban en secreto que les regalara algún libro de cuentos, pero por supuesto que María Jesús no les invitaba allí para eso. Además, muchos de sus libros eran muy valiosos.
   A Fridolín siempre le resultaba emocionante ir caminando hasta la casa de María Jesús, que vivía cerca del colegio, en un edificio antiguo sin ascensor. Nada más entrar había que descalzarse, porque en la casa de María Jesús no se podía estar con zapatos.
   La puerta de la biblioteca estaba siempre cerrada. Era una puerta blanca, con molduras de estilo suizo, y se abría con una llavecita dorada que María Jesús tenía guardada en un cajoncito secreto del mueble del pasillo.
                 Siempre que María Jesús sacaba la llave dorada del mueble y abría la puerta, Fridolín tenía la sensación de entrar en un mundo mágico donde no existía el tiempo. La biblioteca era una habitación grande, en forma de Z, con el suelo cubierto de una gruesa moqueta verde en la que era muy cómodo sentarse a leer y una escalerita dorada que corría por un carril a lo largo de los anaqueles para poder alcanzar los libros que estaban más altos. A Fridolín, el hecho de ir descalzo por aquel suelo verde y mullido le hacía sentir como si caminara sobre el musgo tibio de algún bosque misterioso, un bosque de libros, de cuentos y de sueños.
   Ahora estaban los cinco dentro de la biblioteca, Fridolín, Rani, Roto, Amapola y Abbás. María Jesús encendió un interruptor y decenas de pequeñas lamparitas con forma de tulipán se encendieron por doquier iluminando los anaqueles llenos de libros.
   Fridolín encontró un grueso libro encuadernado en rojo y con el canto de las páginas pintado también en rojo, lo abrió y se puso a mirar los dibujos.
   Fue pasando hoja tras hoja contemplando los bonitos dibujos a plumilla e iluminados tan solo con dos colores, verde pistacho y amarillo limón, y llegó hasta una lámina que ocupaba una página entera y representaba un árbol cargado de hojas, de frutas y de flores, bajo el cual unos niños descansaban, charlaban entre sí y miraban a lo alto.
   El cuento al que correspondía la ilustración comenzaba en la página siguiente, y se llamaba «El manzano del Paraíso». Fridolín se sintió intrigado con el dibujo y con el título, y buscó un rincón cómodo de la biblioteca para sentarse y leerlo a sus anchas.
   «Hace muchos años vivía en Asia un jardinero que ya no era joven y que había perdido a su mujer y a sus dos hijos...»
   Esta era la primera frase del cuento. Fridolín frunció el ceño. No era un comienzo muy prometedor: solo en una frase ya habían muerto la mujer y los dos hijos del protagonista. ¿Sería este un cuento triste? A Fridolín nunca le habían gustado mucho los cuentos tristes. Sin embargo, había algo que le intrigaba, y era la mención a Asia, el mismo lugar del que provenía Rani.
   A lo mejor por esta razón, decidió hacer otra intentona y probar a ver si aquel cuento le gustaba o no le gustaba.

 Andrés Ibáñez, El Parque Prohibido

martes, 15 de mayo de 2018

EL LAZO ROJO



Esta novela mezcla la narración de Kathleen Weise con el cómic y las ilustraciones de Carla Miller e Isabelle Metzen.

Nos situamos en la campiña inglesa a mediados del siglo XVIII.

Cathy, una joven de familia humilde, abandona su hogar para trabajar en la lúgubre mansión Worthington, cercana a una ciénaga, y encuentra un ambiente lleno de misterios. ¿Por qué no se deja ver nunca el joven señor de la casa? ¿Por qué son despedidas tantas doncellas al poco de entrar a servir? ¿Cuál es la razón de las constantes visitas del médico a la mansión?

Cathy puede escuchar lo que otros no escuchan y ver lo que otros no ven, puede comunicarse con los animales y sabe descifrar lo que esconden las sombras.


Pronto se enamora del joven amo de la casa. Este se encuentra cada día más enfermo; su viejo amigo y médico personal no logra curarle.

El lazo rojo del título hace referencia al único regalo que le pudo hacer su madre antes de abandonar su casa; y tendrá importancia tanto para el desarrollo de la historia.

En realidad, estamos ante un magnífico cuento, que, por una parte hace que nos encontremos ante una novela romántica que nos recuerda la obra de Jane Austen o de Charlotte Bronte, pero el misterio y lo sobrenatural nos acercan a Dickens, Bécquer, Poe...

Las ilustraciones son todas en blanco y negro excepto unos pequeños detalles siempre en rojo: el lazo, la sangre… que les hace destacar sobre el dibujo. También hay que fijarse en las sombras, tanto en la narración como en los dibujos, esas sombras que juegan un papel destacado, esas sombras que sugieren.

Esta alternancia en la narración de escritura e ilustración puede ser un aliciente para muchos lectores. El paso de la escritura al cómic es fluido, sin transiciones que lo entorpezcan. El final es sorprendente, original, no nos lo esperamos; su rapidez es la propia de esos cuentos de fantasmas victorianos.

La mayor parte de los personajes son curiosos: Ivy, la joven cocinera, alegre, simpática e incapaz de mantener un enfado; el ama de llaves, cuyo mal genio es pura fachada para ocultar la lealtad a su amo; a Maltch, el pastor que se enamora de Cathy y la colma de regalos; el doctor Adrian, preocupado por la salud de su amigo; William, el amo y señor, que quiere apurar la vida por…; el gato de la casa con el que conversa por las noches y le invita a averiguar un secreto…

lunes, 14 de mayo de 2018

AYER SOÑÉ CON LA MORA



Era uno de esos sueños que al principio no se distinguen de la realidad y a la vez son como los sueños de descubrimiento, que producen esa euforia no solo del reencuentro con lo muy amado, sino de maravillado asombro por todo lo que es nuevo, lo que siempre estuvo allí y uno no fue capaz de ver entonces.
La Mora brillaba como una joya en el fondo de un estanque, al mismo tiempo real e imposible, la superficie del agua alterada por ondas y reflejos que revelaban y ocultaban por turnos la existencia de lo que no debería estar allí pero sin embargo estaba.
Recorría sus senderos fijándome en las fuentes, en los faroles de hierro y cristales de colores que colgaban de los árboles, en los azulejos de los bancos, con sus dibujos geométricos azules y verdes y negros. Todo estaba florido y yo sabía que había llegado en la mejor época del año, en esa primavera atlántica fresca y fragante que luego morirá bajo el sol del verano, pero que ahora desplegaba sus encantos para todos los sentidos del contemplador, del raro paseante que se dejara arrastrar por la pura belleza de la vida que volvía a surgir, poderosa, después del letargo invernal.
Me detuve debajo de uno de esos árboles que nunca supe nombrar, cargado de bolas de flores de color de rosa que cuelgan como adornos de Navidad, disfrutando de la soledad, de la calma y el silencio de aquel jardín, que parecía uno de esos jardines encantados de los cuentos. De un cuento oriental abierto solo para mí.
La brisa que venía del mar agitaba las ramas altas, hacía balancearse las flechas oscuras de los cipreses sobre el cielo de un perfecto azul y se frotaba contra las palmas de las palmeras, produciendo ese ruido que, con los ojos cerrados, suena como la lluvia; trayendo desde algún lugar un perfume de clavellinas rojas que competía con el olor de la sal.
Sabía que no había nadie en el jardín y que nunca lo habría, que aquella magia era solo para mí. Eso me hizo reír de felicidad y eché a correr por los senderos encontrando tras cada recodo nuevas vistas que no conocía: un laberinto de boj con un reloj de sol en el centro, una gran alberca rectangular salpicada de nenúfares blancos con un surtidor en un extremo que lanzaba al sol su lluvia de diamantes, un templete de mármol desde el que se veía el mar rompiéndose en una playa desierta, un busto romano en una hornacina arropada por una nube de rosas de té.
De repente, la soledad empezó a pesarme y deseé intensamente tener con quien compartir toda aquella belleza, pero sabía que los había abandonado a todos, que la culpa era mía, que nunca nadie vendría a aliviar el peso de aquellas sombras que empezaban a salir de debajo de todos los arbustos, a conquistar los rincones más hermosos, a cubrir de tinieblas las estatuas y las flores.
Eché a correr de nuevo tratando de encontrar la casa para guarecerme. Yo sabía que había una casa en algún lugar y que la casa era mía. Las sombras me perseguían y eran sombras calientes, hambrientas, extrañamente vivas.
En mi carrera, tropecé contra una fuente, hundí la cabeza en el agua fría y, al sacarla, vi algo brillar en las profundidades, algo que relucía entre las algas intensamente verdes del fondo. Metí la mano en la fuente buscando a tientas el fulgor que había entrevisto, pero el agua se oscurecía por momentos y las sombras se acercaban.
Mis dedos se cerraron por fin en torno a algo metálico y frío. Lo saqué venciendo la resistencia de las plantas acuáticas y, cuando abrí la mano para ver qué había recogido, me di cuenta de que el agua se había vuelto roja, como mi mano, que sangraba apretada en torno a un cordón de oro del que pendían varias medallas sanguinolentas lanzando destellos dorados.
Dejé caer la joya en la fuente roja y, al alzar los ojos, vi tu sombra, la sombra que me ha acompañado toda la vida y nunca he sido capaz de exorcizar.
Luego me desperté en la oscuridad de un cuarto que no era el mío y me eché a llorar, rompiéndome en sollozos.

Elia Barceló, El Color del Silencio