martes, 23 de enero de 2018

EL TIGRE

     
A los diecinueve años Joël Dicker se presentó a un concurso literario juvenil con este relato largo. Más tarde, la presidenta del jurado le confesaría que lo habían desestimado porque no parecía creíble que una persona tan joven lo hubiera escrito. En él, Dicker, deudor de sus admirados clásicos rusos y anglosajones,  se enfrenta ya a sus temas preferidos (dilemas existenciales, las grandes preguntas, la violencia y la posibilidad de redención) y demuestra su extraordinaria capacidad de atraparnos con una historia poderosa y unos personajes que se graban a fuego.

En Siberia, a principios del siglo XX, un enorme tigre asola aldeas enteras. El temor llega a tal punto que el Zar promete una sustanciosa recompensa a quién acabe con el tigre. El joven Iván Levovitch marchará a Siberia, igual que otros muchos inconscientes, seducido por la promesa de riquezas. Se trata de una misión suicida, pero Iván está dispuesto a hacer lo que sea por acabar con la bestia y vivir como un rey.


                Este relato breve nos atrapa enseguida; por un lado tenemos a la fiera despiadada, que va sembrando; por otro un joven ambicioso que no tiene nada que perder y capaz de todo para conseguir sus deseos, para salir de la miseria que le rodea.

La publicación viene acompañada de las ilustraciones de David de las Heras, trazos sencillos y figuras alargadas que le confieren un aire aún más gélido e imponente a los acontecimientos narrados.



lunes, 22 de enero de 2018

VARIAS PREGUNTAS Y UN ENIGMA


El relato que me dispongo a contar tiene como uno de sus personajes principales al escritor Jules Verne, un hombre muy singular que generaba gran expectación. Un auténtico aventurero con fama de visionario. En sus círculos afirmaban que poseía la curiosa habilidad de adelantarse a su época, escribiendo novelas en las que aparecían sorprendentes ingenios todavía sin inventar e hitos históricos que el ser humano ni siquiera estaba preparado para imaginar como realizables. Así, Verne escribió una historia sobre un viaje a la Luna que se iniciaba en Florida. La obra se tituló De la Tierra a la Luna, publicada en 1865. Ciento tres años después, el Apolo VIII envió la primera expedición a la Luna, que partió precisamente desde el mismo lugar que había elegido Verne: Florida. Pero esa no fue la única vez que el afamado novelista consiguió anticiparse a su época. Lo hizo también en otras ocasiones, como cuando diseñó el impresionante Nautilus, el submarino capaz de mantener se de forma indefinida debajo del agua y de cruzar el casquete polar avanzando por debajo del hielo sin inmutarse, como una prodigiosa ballena metálica. A bordo del Nautilus, el capitán Nemo emprendió las 20.000 Leguas de Viaje Submarino.

Verne empezó a escribir esa obra en 1866. Tendría que pasar casi un siglo para que se construyese el primer submarino autosuficiente, gracias a la tecnología atómica. De esta forma fue ganando prestigio y fama de profeta. Como si tuviese el don de la adivinación. Pero todo aquello poco tenía que ver con la magia. Lo cierto era que este extravagante novelista vivía en la época de los inventos y del progreso técnico y, a fuerza de viajar e investigar, se mantenía al día de los adelantos científicos de Occidente. Jules Verne era un hombre culto entregado a la literatura, a la ciencia y la tecnología.

Curiosamente, la ría de Vigo aparecía en su novela 20.000 Leguas de Viaje Submarino. Pero en el momento de escribirla, él aún no había visitado la ciudad. Siendo esto así, ¿por qué motivo escogió el autor precisamente ese lugar como uno de los escenarios de la popular novela? Tuvieron que pasar todavía varios años para que visitase la ciudad gallega por primera vez. Sucedió en junio de 1878 y la versión oficial de la llegada del novelista fue atribuida a una tormenta que les obligó a guarecerse en el puerto de Vigo. En esa visita, el Saint Michel había partido desde Nantes con destino al Mediterráneo.

Aquella travesía iniciada en el año 1878 era la primera que Jules realizaba a bordo del Saint Michel III. Se trataba de un barco híbrido. Por un lado funcionaba como barco a vapor. Pero aquella embarcación de hierro de 38 toneladas y majestuoso velamen. La llegada del Saint Michel aquel mes de junio de 1878 creó gran expectación. La alta sociedad viguesa lo recibió con el entusiasmo que correspondía a un escritor de fama mundial como él. En aquella época Vigo era un punto neurálgico. Cinco años antes, la Eastern Telegraph Company se había instalado allí tendiendo el primer cable telegráfico submarino. De ese modo la ciudad se convertía en una ventana abierta, siendo el lugar que facilitaba la comunicación entre el continente europeo y el resto del mundo. Bajo el mar, el llamado Cable Inglés conectaba Vigo con Gran Bretaña y con Portugal, desde donde partían otros cables hacia otros lugares del mundo. Gracias al Cable Inglés, fue como se creó una importante comunidad formada por los empleados de la compañía británica, que acercaron a la sociedad viguesa sus costumbres, sus deportes y sus bebidas a lo largo de varios años. En Vigo se fundía la cultura gallega con la inglesa y llegaban antes que a ningún otro punto de la península el tenis, el fútbol, la cerveza… Era un hervidero, una olla en continua ebullición.

El día 5 de junio de 1878, el Saint Michel III, capitaneado por Jules Verne, atracaba en Lisboa, desde donde seguiría su travesía. Pero esta historia no empieza ahí. Esta historia empieza seis años más tarde, el 21 de mayo de 1884, cuando el Saint Michel arribó nuevamente en Vigo, debido a una avería en la caldera.

Esta vez, Jules Verne recaló en la ciudad rodeado de un halo de misterio, sin que nadie supiese de su llegada. Su imponente barco, igual que en la primera visita, había iniciado su viaje en Nantes con destino al Mediterráneo. Siguiendo la línea de la costa atlántica avanzaba rumbo al sur, hasta que una avería en los tubos de la caldera trastocó los planes del capitán y del resto de la tripulación, que se vieron obligados a atracar en el puerto de Vigo. Esa fue la versión oficial. Todo el mundo dio por sentado que, efectivamente, la casualidad era la responsable de que Verne visitase de nuevo la ciudad. Ahora, ciento treinta años después, me pregunto cómo es posible que nadie hubiese profundizado en esta cuestión. Que nadie plantease la duda. Que nadie se hubiese detenido unos minutos a pensar en que las casualidades no existen. Y menos, una de semejante calado.

Una vez que hemos llegado a este punto, es el momento  de recapitular: Jules Verne escribe 20.000 Leguas de Viaje Submarino en el año 1866, novela en donde aparece un submarino, artefacto absolutamente revolucionario en aquella época. El primer sumergible eléctrico tardaría aún veintidós años más en ser construido, y el primer sumergible autosuficiente no llegaría hasta casi un siglo más tarde. En esta obra, el escritor elige la ría de Vigo como uno de sus escenarios, lugar en el que jamás había estado. No será hasta el año 1878 cuando Verne visite Vigo y lo hará, según la versión oficial, por pura coincidencia, debido a una tormenta que lo obliga a recalar en esta bahía. Seis años después, el novelista volverá a esta misma ciudad, esta vez debido a una avería en el yate. Jules Verne tendrá la oportunidad de pasear por las calles viguesas, de contemplar con asombro esa misma ría que había descrito en su obra, de mezclarse con los gallegos e ingleses que hacían de este lugar un conjunto exótico en pleno desarrollo industrial. Y todo eso fue atribuido a una mera coincidencia.

Pero, a pesar de lo que cuenta la historia, las cosas no sucedieron así. Yo conozco la verdadera razón que trajo a Jules Verne a Vigo. Y también el motivo por el cual él ideó la manera de hacer que todo pareciese una coincidencia, argumento que nadie osó cuestionar a lo largo de más de un siglo. Más de ciento treinta años de silencio, en los que no hubo ninguna persona que se atreviese a desvelar el inquietante y maravilloso secreto que oculta la ciudad de Vigo y que atrajo al excéntrico novelista, que no descansó hasta corroborar que sus sospechas eran ciertas.

Ledicia Costas, Verne y la Vida Secreta de las Mujeres Planta

PREMIO LAZARILLO DE CREACIÓN LITERARIA 2015

domingo, 21 de enero de 2018

H. P. LOVECRAFT


En mi viaje a las Islas me contaron que Lovecraft jamás murió,
al menos no en el lugar ni en fechas que sus biógrafos marcaron.

Sostienen, ellos, que este escritor sabía otras muchas más cosas
de las que consignó en sus libros, y no todas, precisamente,
las recibidas de sus -ya certificados- contactos
con personas del Más Allá.

Los moradores me dicen, sin embargo, que ellos nunca observaron
por estos parajes sucesos sorprendentes, lejos de lo normal;
quizá, retrocediendo mucho, la cabalgadura que se negó
a seguir tirando la rueda del molino, convertida después
en manantial ( año 70) , o todo un pinar que en el verano
más lluvioso del cantón, el que no se recuerda, ardió sin un motivo
porque, según parece, no se avenía a ser talado de unos árboles sí
y de otros no.

Vicente Molina Foix

viernes, 19 de enero de 2018

LA CORTE DE LOS ENGAÑOS


Un año decisivo: 1492. Dos ciudades singulares: Granada y Barcelona.

Luis García Jambrina nos presenta en su novela a tres mujeres que son las narradoras y protagonistas de tres historias que se van entrelazando hasta converger en un acontecimiento histórico que pudo cambiar el rumbo de España y de Europa: el atentado sufrido en Barcelona por el rey Fernando II de Aragón. Por un instante, el destino del hombre más poderoso de su tiempo estuvo en las manos de tres mujeres que habían sido víctimas de sus decisiones y tropelías. Su esposa, Isabel I de Castilla, tratará de sacar partido de tan sangriento hecho.

Amores, odios, pasiones, crímenes, venganzas, injusticias, persecuciones, intrigas, conflictos políticos y religiosos y abusos de poder, sobre el telón de fondo de la toma de Granada, la expulsión de los judíos, el descubrimiento de un nuevo mundo y el alumbramiento de una nueva época. En definitiva, un animado tapiz histórico tejido con los hilos de muchas vidas particulares que muestra las diferentes caras de una verdad pronto eclipsada por la versión oficial. Una mirada distinta sobre la corte de los Reyes Católicos.

Beatriz Galindo, más conocida como la Latina, maestra de latín de la reina, que será violada por un borracho Fernando II; de resultas, queda embarazada y se ve obligada a casarse deprisa y corriendo, con un noble del que se muestra recelosa. Siempre será fiel a la Corona, pero nunca podrá perdonar al rey.

Hay años en los que los acontecimientos se suceden y eslabonan de tal forma que apenas tenemos tiempo de asimilarlos; años en los que las vidas y destinos se entrelazan y bifurcan una y otra vez; años en los que todo parece pender de un hilo tan sutil que en cualquier momento podría romperse. Años, en fin, de incertidumbre, de encrucijada, de expectación… El de 1492 fue uno de esos periodos. Naturalmente, no todo lo que en él ocurrió fue bueno ni justo ni encomiable; de hecho, yo aún no sé muy bien cómo calificarlo. Annus mirabilis aut horribilis? (¿Año maravilloso u horrible?). Para unos, sin duda, fue un annus mirabilis; para otros, más bien horribilis. Para mí, Beatriz Galindo, fue el mejor y el peor de los tiempos, pues en él se entremezclan hebras de oro con las de lana negra, lo que me ha dejado, desde entonces, una extraña sensación agridulce en la memoria…

Catalina de Dalt, una aristocrata levántisca catalana, que odia a Fernando II por la muerte de su padre y el trato dado a la nobleza catalana, altanera, ambiciosa y sin escrúpulos, no duda en emplear sus artes (fuerza, inteligencia, cultura, belleza, sexo…) para manipular a cualquiera con objeto de  lograr sus propósitos (que se lo pregunten a Omar). Es una mujer rebelde para la sociedad de su tiempo: le gusta su independencia y es la amante de su hermano gemelo, quien le persuade para camelarse al rey y llevárselo a la cama. La humillación que sufrirá en un momento dado y su posterior abandono harán que su odio se acreciente.

Con razón dicen que las malas noticias viajan a caballo y las buenas a pie. La de la caída de Granada debió de hacerlo en un corcel volador, pues llegó a Barcelona al poco tiempo de haberse producido, cogiéndonos a todos por sorpresa y con el pie cambiado. Cuando digo a todos, me refiero, claro está, a los míos, a los de mi estirpe, y, por extensión, a los pocos nobles levantiscos que aún quedaban en Cataluña. Después de tantos años de campaña, la mayoría de nosotros pensábamos que la guerra contra el reino de Granada se había estancado de forma indefinida. Y hete aquí que, de repente, nos llegaban nuevas de que Isabel y Fernando, Fernando e Isabel, pues la verdad es que estaban hechos el uno para el otro, aunque en un principio ninguno de los dos estuviera destinado a ser rey, acababan de entrar en la Alhambra con grandes muestras de poderío y magnanimidad…

Sara Dertosa, una joven judía, odiará al rey tras ver morir a su padre por consecuencia del edicto de la expulsión de los judíos. Cree que es el instrumento de la venganza de Yavhe y no cejará en su empeño. Es más, después de encontrarse con Omar, el joven moro converso que quiere cobrarse la muerte de su padre, su idea se ratifica

Los recuerdos se agolpan y entremezclan de tal forma en mi corazón que me resulta muy difícil ordenarlos e insertarlos, como si fueran las cuentas de un collar, en este relato al que ahora doy comienzo para que, en el futuro, puedan leerlo mis hijos y los hijos de mis hijos y las sucesivas generaciones, porque ellos tienen derecho a saber de dónde vienen y quiénes fueron sus antepasados, los lugares en los que hemos vivido y lo mucho que hemos sufrido hasta llegar aquí. Corría el año 5252 de la Creación, que, en el calendario vulgar, se correspondía con el de 1492 de la era cristiana, de infausta memoria para nuestro pueblo por lo que aconteció en Sefarad. En los meses previos, pocos fueron los que presagiaron que algo así iba a suceder. Ninguno de nuestros sabios astrólogos observó nada extraño en la disposición de las estrellas. Ningún profeta nos avisó con la debida antelación de que debíamos prepararnos…

jueves, 18 de enero de 2018

ORIGAMI


Uno de mis recuerdos más tempranos arranca conmigo sollozando, negándome a tranquilizarme hicieran lo que hicieran mis padres.
Mi padre se dio por vencido y abandonó la habitación, pero mi madre me llevó a la cocina y me sentó a la mesa del desayuno.
«Kan, kan», dijo, mientras cogía un trozo de papel de envolver de encima de la nevera. Mi madre llevaba años abriendo con todo cuidado los envoltorios de los regalos navideños y guardándolos encima del frigorífico, en una alta pila.
Colocó el papel sobre la mesa, con la cara en blanco hacia arriba, y empezó a plegarlo. Yo dejé de llorar y la observé con curiosidad.
Ella giró el papel y lo volvió a doblar. Plisó, presionó, metió esquinas en dobleces, enrolló y retorció hasta que el papel desapareció en el hueco formado por sus manos. Entonces se llevó a la boca el paquete de papel plegado y sopló en su interior, como en un globo.
«Kan, dijo, laohu». Apoyó las manos sobre la mesa y lo soltó.
De pie sobre la mesa había un pequeño tigre de papel, del tamaño de dos puños uno junto a otro. La piel del tigre era el dibujo del papel de envolver: fondo blanco con bastones de caramelo rojos y árboles de Navidad verdes.
Alargué la mano hacia la creación de mi madre. El animal meneó la cola y saltó juguetón hacia mi dedo. «¡Grrr-frufrú!», gruñó, con un sonido a medio camino entre el de un gato y el del roce de las hojas de un periódico.
Me eché a reír, sorprendido, y le acaricié el lomo con el índice. El tigre de papel tembló bajo mi dedo, ronroneando.
«Zhe jiao zhezhi», dijo mi madre. Esto se llama origami.
Aunque yo todavía no lo sabía por aquel entonces, el origami de mi madre era un tanto especial. Ella insuflaba su aliento en las figuras para así compartirlo con ellas y animarlas con su propia vida. Esta era su magia.
Ken Liu, El Zoo de Papel

PREMIOS NEBULA, HUGO Y WORLD FANTASY AL MEJOR RELATO CORTO 2012

miércoles, 17 de enero de 2018

SOMOS AFORTUNADOS


(relato apocalíptico)

La chica se sentó sobre el taburete y se volvió hacia la inmensa cristalera para contemplar el paisaje.
En la playa las rocas arrancaban a las olas volcanes de espuma. El cielo era de un gris mate y denso. No se distinguía ni una nube, ni un pájaro ni una simple gaviota.
El camarero se acercó hacia ella.
—Casi parece un atardecer cualquiera. Nadie diría que se trata del último.
La chica se volvió hacia el camarero. Dejó escapar un suspiro de alivio.
—¿Me pones una menta con lima, por favor?
—Claro —él le sonrió.
—Mucha menta y poca lima.
El camarero se alejó unos metros y rebuscó debajo de la barra. Enseguida regresó con un vaso alargado que contenía tres cubitos de hielo con forma de corazón.
—Con hielo, supongo.
Ella afirmó con un gesto.
Él mezcló las bebidas y las agitó hasta conseguir un tono verdoso, casi fosforescente. Al final incluyó una cáscara de limón que se enroscó ansiosa sobre los cubitos.
Puso la bebida frente a ella y la chica tomó un sorbo.
—Mmmm. Está muy bueno. Gracias.
—De nada —El camarero se fijó entonces en el exiguo vestidito de lentejuelas y leds que se pegaba como un guante al cuerpo de la chica—. ¿No te unes a ellos?
Con un gesto señaló al grupo que permanecía en el suelo perdido en su propio paraíso. Aún mantenían los ojos entre abiertos, pero en blanco. Algunos babeaban y otros soltaban espumarajos por la boca.
—No. Yo prefiero verlo.
El camarero echó un vistazo alrededor.
—Creo que somos los últimos conscientes entre todos estos.
Ella lanzó una mirada distraída a los cuerpos que se repartían por la inmensa sala. Unos pocos se encontraban tumbados sobre las butacas, los divanes, las camas y los cojines, pero la mayoría se encontraba sin sentido, sobre el suelo, bañados en sus propios vómitos y todo tipo de fluidos.
—Ese aún se mueve.
Ella apenas le dedicó una mirada de refilón.
—Por poco tiempo. Está puesto de todo. Hasta arriba. Ya no sabe ni quién es.
—Nadie lo sabe —él la interrumpió.
—Yo sí.
—¿Y quién eres? ¿Cómo has llegado aquí?
—Soy una simple chica entre tantas otras. Nací bonita y Madame Gesteau me adoptó —contestó arrastrando cada palabra—. Vine con Don Boscino. Él pagó por mí.
El camarero se volvió hacia el montón de cuerpos desnudos que, en una completa confusión, se apiñaban junto a la piscina.
—Don Boscino, vaya. Uno de los grandes —La chica asintió—. ¿Te importa si me pongo un whisky?
—Como quieras... Mientras no te emborraches.
—No lo haré. Yo también quiero verlo.
El camarero buscó una botella achatada y colocó un vaso ancho ante él.
—¿Y tú? ¿Cuál es tu historia?
—Es una larga historia...
—Pues no tenemos mucho tiempo —ella sonrió con tristeza.
—Dejémoslo entonces en que soy un camarero. Trabajaba para EndiCorp. Era un buen trabajo. Muy bien pagado. Alguien tenía que poner las copas a todos estos —Hizo un gesto amplio—. Y aquí estoy.
—Y ¿sigues poniendo copas? —ella señaló su bebida— ¿Incluso en el último momento?
—Como la orquesta del Titanic. He tocado hasta el final. No me importa. Sobre todo si se trata de trabajar para una mujer guapa como tú. Me gusta mi trabajo.
—Yo odio el mío.
—Ahora ya da igual.
—Sí. Supongo.
Los dos dirigieron sus miradas hacia la cristalera.
Se había levantado un poco de viento y la cresta de las olas del mar se revolvía entre amplias espumas blancas. Un puñado de polvo y de tierra se vio arrastrado por una ráfaga de aire.
—Qué luz tan rara. El sol ya no se ve.
—Está tras las nubes y la ceniza.
El camarero probó su bebida.
—Siempre pensé que el último atardecer sería más espectacular —dijo ella antes de llevarse su vaso a los labios.
—Los finales reales nunca son espectaculares. Son discretos.
—Como tú.
—Un camarero siempre ha de ser discreto. Escuchamos, observamos y... callamos. Nadie se fija en el barman, ya sabes.
—Excepto hoy —Ella lo miró a los ojos. Eran unos ojos grises y mates, como el cielo de aquella última tarde—. ¿Cuánto crees que tardará? —Su mirada se volvió hacia la playa.
—Dijeron que unas horas. No sé... No he mirado el reloj.
—Supongo que nos quedan un par de horas.
—Ya no queda nadie a quien servir. Excepto a ti, claro —Él volvió a hundirse en su bebida—. Me gusta este whisky. Lo probé una vez, pero era demasiado caro. Ahora tengo la suerte de poder disfrutarlo y... apreciarlo. La mayoría a los que se lo serví sólo sabían de su precio, no de su valor.
—¿Me dejas probarlo?
El camarero le acercó el vaso. Ella lo olió antes de degustarlo.
—Es muy suave. No quema.
—Acaricia la garganta.
Ella sonrió.
La cristalera tembló empujada por una ráfaga de viento.
—Está bueno, pero prefiero mi menta —Ella empujó el vaso de vuelta al camarero—. He tenido suerte. Nunca pensé que llegaría a vivir este momento. Imaginaba que estaría como ellas —Señaló al suelo—, drogada o borracha perdida, quizás ya muerta. Nunca pensé que lo vería. Y menos aún que tendría al lado a alguien con quien hablar.
El aire sopló con fuerza y se coló ululando en la sala. Los dos guardaron silencio y contemplaron la playa.
—¿Quieres que salgamos fuera?
Ella asintió.
El camarero se llevó la botella de whisky y la chica se envolvió en una chaqueta de piel larga y sedosa.
Afuera hacía frío. Sortearon los cuerpos que se repartían alrededor de la piscina hasta llegar a la arena.
Un silencio inusual y pesado cubría el mar. No se oía ni un pájaro, ni una voz. Sólo quedaba el omnipresente silbido del viento.
—Hace frío.
—Dijeron que sería parecido a los eclipses de sol, pero que duraría más. Por eso hace frío.
El cabello de ella flotaba al viento, confundido con el pelaje de la chaqueta.
—Mira, todos esos también se han acercado a la playa para verlo.
El camarero dirigió su mirada a la lejanía. Más allá de la nube de alambradas se distinguían puntos diminutos. Algunas decenas de personas habían conseguido alcanzar las playas.
Ella giró sobre sí misma.
—No hay sombras.
—Es por lo del sol.
Una ola rompió contra las rocas. Algunas gotas diminutas les salpicaron.
El camarero se sentó sobre la arena y se sirvió otro vaso de whisky. Ella se acomodó a su lado. Olía a algo dulce e intenso.
—Me alegra no estar sola... ¿Te importa si te doy la mano?
Él buscó su mano. La piel era suave y fría.
Ella dio un sorbo a su bebida y después se apoyó en el hombro del camarero.
—Somos afortunados.
—Los más afortunados del mundo.

Susana Vallejo

martes, 16 de enero de 2018

EL OJO DEL CUERVO


Enviado por María:

Primavera de 1867.

Una niebla amarillenta cubre la ciudad de Londres. En mitad de la noche, una mujer es apuñalada brutalmente y abandonada en un charco de sangre. Nadie presencia el terrible asesinato… o al menos eso parece.

Cerca de allí, un joven brillante e insatisfecho sueña con una vida mejor. Es hijo de un intelectual judío y una mujer de clase alta, que han caído en la miseria. El chico se llama Sherlock Holmes.

El protagonista, que siente la extraña necesidad de visitar el escenario del crimen, tiene un encuentro con el joven árabe injustamente acusado del asesinato. Poco a poco, se adentra en el misterio hasta que él mismo acaba convertido en sospechoso.

Este es el primer volumen de la serie El Joven Sherlock Holmes, creada por el canadiense Shane Peacock, que narra las aventuras adolescentes del famoso detective londinense.

Nos encontramos con un adolescente de trece años, alto y delgado, de nariz aguileña, mirada penetrante, retraído, brillante, que vive en el miserable barrio de Southwark y está resentido por su origen humilde y la falta de oportunidades que éste le confiere. Junto a él encontraremos a una muchacha de su misma edad, Irene (no Irene Adler, sino Irene Doyle, hija de Andrew Conan Doyle), los Irregulares de Trafalgar Square dirigidos por un joven un poco mayor que nuestro protagonista y muy parecido a él, Malefactor, y un jovencísimo inspector Lestrade

En El ojo del cuervo, Sherlock muestra interés por el brutal asesinato de una joven en el barrio de Whitechapel. Convencido de que el acusado, un muchacho de origen egipcio, no es culpable del crimen, Holmes empieza a investigar, pero se implica de tal modo que termina siendo considerado cómplice del asesinato. Huyendo de la justicia, deberá encontrar al verdadero asesino antes de que Mohammed sea ejecutado. La resolución del caso será determinante para que aparezca el Maestro, nuestro detective consultor favorito.

Shane Peacock nos trae una novela de misterio, que recrea perfectamente el Londres victoriano en todos sus ambientes, niebla incluida. Aparte de las evidentes referencias a Conan Doyle, tenemos otras referidas a Dickens (el filántropo Andrew Conan Doyle, la pandilla de bribones adolescentes) o a Poe (el sabio mendigo Dupin o los cuervos que guían a  Sherlock en su aventura).