domingo, 15 de julio de 2018

LAOCONTE Y SUS HIJOS



En ese momento un nuevo prodigio mucho más terrible
aparece ante los desgraciados y turba sus pechos confiados.
Laocoonte, elegido por suerte sacerdote de Neptuno,
Solemne degollaba en el altar un toro enorme.
Y en ese momento, me horrorizo al contarlo, dos grandes serpientes
se lanzan al mar desde Ténedos por la quieta superficie
con curvas inmensas y buscan la costa;
sus pechos se levantan entre las olas y con crestas
de sangre asoman en el agua, el resto se dibuja
en el mar y retuercen sus lomos enormes en un torbellino.
Suena el silbido en la sal espumante, y ya a tierra llegaban,
inyectados en sangre y en fuego sus ojos ardientes,
sacudían sus bocas silbantes vibrando las lenguas.
Escapamos exangües ante la visión. Aquéllas en línea recta
buscan a Laocoonte, y primero rodean con su abrazo
los pequeños cuerpos de sus dos hijos y a mordiscos devoran
sus pobres miembros; se abalanzan después sobre aquel
que acudía en su ayuda con las flechas y abrazan
su cuerpo en monstruosos anillos, y ya en dos vueltas
lo tienen agarrado rodeándole el cuello con sus cuerpos escamasos,
y sacan por encima la cabeza y las altas cervices.


Él trata con las manos de deshacer los nudos,
con las cintas manchadas de sangre seca y negro veneno;
lanza al cielo sus gritos horrendos,
como los mugidos cuando el toro escapa herido del altar
sacudiendo de su cerviz el hacha que erró el golpe.
Se escapan luego los dragones gemelos hacia el alto santuario
y buscan el alcázar de la cruel Tritónide
y a los pies de la diosa, bajo el círculo de su escudo, se esconden.
Entonces fue cuando un nuevo pavor se asoma a los pechos
temblorosos de todos y se dice que Laocoonte había pagado su crimen,
por herir con su lanza el caballo de madera sagrado
y llegar a clavar en su lomo la lanza asesina.

Virgilio, Eneida

viernes, 13 de julio de 2018

PROHIBIDO CREER EN HISTORIAS DE AMOR


Enviado por María (S2C)

Cuando tienes diecisiete años y toda tu vida pasa en YouTube, llega un momento en el que ya no sabes quién eres. Eso es precisamente lo que le sucede a Cali: su familia tiene un canal con dos millones de seguidores y su novio es el youtuber más conocido del momento.

Por su parte, Héctor vive en una residencia de menores y lucha por averiguar de dónde proviene. Pero el único recuerdo que conserva de su pasado es una cinta de casete con una canción que toca siempre en el metro con la esperanza de que algún día alguien la escuche y la reconozca.

Y ahí es donde se cruzan sus miradas.

Las vidas de ambos quedarán entrelazadas para siempre cuando descubran el origen de la canción, el póster de una película olvidada y un cine abandonado lleno de secretos… Todo sin romper la única norma que Héctor sigue a rajatabla: Está prohibido creer en el amor.

Desde que el escritor, Javier Ruescas, anunció que iba a sacar este libro, yo tenía muchas ganas de leerlo, ya que, imaginaba que lo iba a disfrutar mucho, y no me equivocaba, ya que este libro cuenta con una trama sencilla rodeada por un aura de misterio que te sumergen totalmente en la historia.

Y aunque la historia está muy bien lo que más me ha gustado han sido los personajes, sobretodo Héctor, ya que todos son muy diferentes y cada uno de ellos tiene una forma muy distinta de ver la vida debido a lo que han tenido que pasar.


Verdaderamente recomendaría este libro.

jueves, 12 de julio de 2018

LAS TERMÓPILAS


—Sé que, como espartanos, no precisáis arengas que os infundan valor.
El pecho de Leónidas y su poderoso cuello formaban una caja de resonancia tan ancha y profunda que no necesitaba desgañitarse como otros generales para que su voz llegara a todos sus hombres.
Por eso y porque, contando con los cincuenta sirvientes que completaban las filas de su pequeña falange, tan sólo tenía trescientos hombres a los que dirigirse.
Desde la época de las guerras contra los arcadios, se había extendido la costumbre de que, antes de la batalla, el enomotarca de cada sección formara un corro con sus hombres —treinta o cuarenta a lo sumo— con el fin de impartirles alguna consigna final, o simplemente para recordarles el código de honor espartano. Ahora Leónidas decidió olvidar por un momento que era rey —cargo que nunca había deseado—, recordar su pasado como simple oficial y compartir aquel instante decisivo con sus hombres.
Puesto que un corro de trescientos habría sido demasiado grande, los soldados formaron varios anillos concéntricos ordenados por alturas. Leónidas se colocó en el del centro, abriendo los brazos para enlazarse por los hombros con los guerreros que tenía al lado. Los demás, desde el círculo interior hasta el exterior, hicieron lo propio. Ahora todos formaban un gran organismo, un único cuerpo alimentado por los latidos de trescientos corazones.
El rey se puso en cuclillas y los hombres del círculo interior lo imitaron. Los músculos de las piernas de Leónidas y las articulaciones de sus rodillas se quejaron amargamente por lo incómodo de la posición, pero era el modo de que los soldados de atrás pudieran verlo todo.
—No, no necesitáis arengas —repitió—. Pero quiero daros las gracias, porque ha sido un honor combatir a vuestro lado.
Todos ellos estaban ya armados, con los yelmos colgados de los barbuquejos o a medio embutir sobre la frente, los escudos apoyados en el suelo. Las lanzas las habían dejado fuera de la formación, apoyadas unas con otras en grupos de tres, formando un pequeño bosque de madera y hierro. Cada uno sabía bien cuál era la suya, ya que los nombres de los dueños estaban grabados a cuchillo en las astas de fresno.
—Sabéis que hoy no va a ser un día como los anteriores —dijo Leónidas. «Porque vamos a morir todos», añadió para sí, pero sabía que no era necesario decirlo—. Por eso, hoy no vamos a defender la posición. Hoy no vamos a aguardar al enemigo en el muro focense. ¡Hoy, espartanos, vamos a atacar!
—Eleléeeuuuu!!!
—¿Qué vamos a hacer espartanos?
—¡Atacar! (…)

—¿Qué es lo que pide el espartano? —preguntó Leónidas.
—¡Siempre combatir! —respondió el corro de guerreros.
—¿Le importa al espartano si es viejo?
—¡No!
—¿Le importa si está enfermo?
—¡No!
—¿Le importa si acaba de luchar y está malherido?
—¡No!
—¿Qué es lo que pide?
—¡Luchar, luchar y luchar! (…)

—Recordad nuestro código, espartanos. ¡No hay emblema más glorioso…!
—¡Que el escudo de Esparta!
—¡Mi escudo no me protege a mí…!
—¡Sino a mi compañero!
—¡Jamás abandonaré el escudo…!
—¡A no ser que ya no me quede otra arma y lo rompa aplastando a mi enemigo! (…)

—¿Le importa al espartano quiénes son los enemigos?
—¡No!
—¿Le importa cuáles son los enemigos?
—¡No!
—¿Qué es lo único que le importa de ellos?
—¡Dónde están! (…)

—¿Qué busca siempre el espartano?
—¡Acortar la distancia con el enemigo!
—¡Mejor que la flecha…!
—¡La lanza!
—¡Mejor que la lanza…!
—¡La espada!
—¡Y cuando toda arma se haya roto…!
—¡A puño y a pie, a uña y a diente! (…)

—Hasta ahora os habéis contenido, habéis guardado energías para aguantar y combatir al día siguiente. Hoy no tenéis que reservar nada. ¡Hoy tenéis que darlo todo!
—¡Hoy lo daremos todo! —clamó el corro de guerreros.
—¡No os vayáis a la otra orilla de la Estigia lamentando haberos guardado fuerzas, pues de nada os van a valer en el infierno! (…)


Tras disolver el corro, con los corazones enardecidos por las palabras de Leónidas, los guerreros embrazaron los pesados escudos de roble, empuñaron las lanzas y ocuparon sus puestos en la formación. En la primera fila sólo se veían las lambdas de Laconia, y lo mismo sucedía en la segunda, pero en la tercera y última los broqueles espartanos alternaban con otros arrebatados en el campo de batalla a los soldados griegos de Artemisia, la reina guerrera, e incluso con algunos escudos persas de mimbre y cuero.
Esas armas abigarradas las habían dejado para los cincuenta ilotas que rellenaban la última fila y que —más por azar que por intento— completaban el número de trescientos hoplitas, los mismos que habían partido de Esparta. Si esos hombres estaban allí era por propia voluntad: por orden de Leónidas, todos los guerreros espartanos habían firmado documentos para emancipar a sus criados y los habían despachado de regreso a Laconia. En agradecimiento a los servicios prestados en las Termópilas, a partir de ese momento se habían convertido en hombres libres. No espartiatas, por supuesto, no miembros de la élite de los Iguales: ciudadanos de segunda fila, mas al menos ya no serían siervos de nadie.

Javier Negrete, El Espartano

miércoles, 11 de julio de 2018

HACHIKO Y LA ESTACIÓN DE SHIBUYA



Los Ueno vivían muy cerca de la estación de Shibuya, de hecho, a tan pocas calles que si bien aquello era muy conveniente cuando tenían que ir al centro de Tokio, la contrapartida era que la casa temblaba durante todo el día a causa de los trenes que pasaban rozándola.

Desde el primer lunes del mes de marzo, unas semanas después de la llegada de Hachiko, se estableció una rutina muy especial. En cuanto el profesor de agricultura de la Toda¡ se levantaba, Hachiko lo miraba plantado en la cocina mientras él ponía a hervir el té. Luego le tocaba el turno a él y su amo le ponía el desayuno en un bol grande y rojo. Al terminar de engullirlo, hacia las ocho y media, el perro lo acompañaba a la estación de Shibuya y, cuando el profesor desaparecía entre el gentío, él regresaba a casa y lo esperaba hasta las cinco y cuarto. En aquel momento, y como si tuviese un reloj suizo en la cabeza y las dos orejitas fuesen las manecillas, comenzaba a rascar la puerta, y la señora Yaeko se la abría para que saliera disparado como un cohete hacia la estación. Y así un día tras otro, una semana y otra, la rutina se fue instalando en sus vidas. La cosa cambiaba los sábados, cuando el profesor decidía dar una vuelta por el parque Yoyogi o por los jardines de Chiyoda, muy cerca de los jardines imperiales. Entonces caminaban uno al lado del otro y Hachiko aprendía todo lo que hay que saber sobre flores, árboles, mariposas, niños, fiestas o los cotilleos de los vecinos del barrio.


PREMIO JOSEP M. FOLCH I TORRES 2014

martes, 10 de julio de 2018

EL COLECCIONISTA DE LIBROS


En la Inglaterra eduardiana, Violet parece llevar una vida de ensueño: un marido caballeroso, Archie, un hijo adorable, Félix, una lujosa residencia... Pero la creciente obsesión por uno de los preciados libros que colecciona su esposo —un misterioso volumen de cuentos de hadas guardado bajo llave y con una extraña encuadernación— hará que su idílica existencia comience a tambalearse. Asediada por unas perturbadoras alucinaciones que amenazan su cordura, ingresa temporalmente en un sanatorio. Pero cuando, a su regreso, descubre que una bella y enigmática niñera, Clara, ha ocupado su lugar, los horrores padecidos durante su internamiento no serán nada en comparación con los que su propio hogar le tiene reservados..
.
Alimentada en su fondo por la siniestra leyenda de Barba Azul de Charles Perrault, Alice Thompson nos ofrece una novela oscura y macabra, una creación elegantemente diabólica que, a la vez que homenajea a Daphne du Maurier con Rebeca (el recuerdo de Rose, la primera mujer, siempre presente, o simplemente la portada con esa casa en llamas que nos recuerda a Manderley)  y a la Angela Carter más transgresora (esa obsesión por los dibujos anatómicos con el cuerpo sin piel, o esos interludios donde perecen las víctimas inocentes de esta historia), no pierde de vista en ningún momento el verdadero propósito de la mejores historias de terror: que el escalofrío que nos sacude durante su lectura se prolongue más allá de la última página.

                El título de la novela llama un poco a engaño: aquí no se habla de libros, sino que vemos dos posturas diferentes: Archie aprecia los libros por su envoltorio, si se trata de una primera edición, por una bella o extraña encuadernación, opina que abrirlos es estropearlos (y eso que es dueño de una librería), que el contenido no es lo importante; en cambio, para Violet lo importante es su contenido, lo que nos cuentan.

Como personajes, solo importa Violet, pues sobre ella gravita la novela; los demás son una excusa para presentarnos algunos rasgos de la protagonista (así, la envidia que siente hacia Clara por su eficacia o la rotundidad de sus formas) y otros están desdibujados, como el doctor que aparece sin rostro.

          Con capítulos breves, con un lenguaje que nos seduce y nos acompaña a esos delirios y trastornos mentales que está sufriendo Violet tras el parto; veremos cómo trabaja su mente, cómo se va sintiendo marginada o rechazada, a pesar de que con Archie ha encontrado la pasión y la sensualidad, que la van a colmar, hasta que se sienta asqueada con su marido y de rienda suelta a sus ideas de infidelidad, cómo los demás le hacen ver que no es real lo que ella cree que es cierto. Veremos cómo la internan en un psiquiátrico (parecido al Bedlam, que encontramos en muchas novelas de terror de la época), y la someten a tratamientos de electroshock. Así nos lleva de la mano la autora hasta ese genial tour de forcé final.

lunes, 9 de julio de 2018

EL ORIGEN DE CARTAGENA


Hispania, 227 a.C.

Los cartagineses llevaban semanas construyendo un puerto al abrigo de la fortaleza que habían conquistado junto al mar. En el muelle Asdrúbal abrazó a Aníbal.
—Ten buen viaje y que Baal vele por ti. Cuando termines tu formación en Cartago, tal y como era deseo de tu padre, te espero aquí para seguir adelante con nuestros planes.
Aníbal devolvió el abrazo y, sin mirar atrás, subió al barco, una trirreme cartaginesa que velozmente le llevaría de vuelta a su patria. Era una partida dolorosa, agria, pero necesaria para cumplir los anhelos de su padre y sólo por eso aceptó las órdenes de Asdrúbal. Debía regresar a Cartago, terminar su formación pública, política y militar, reafirmar los vínculos de su familia con la metrópoli y luego regresar a Hispania.
La nave partió hacia África aprovechando la subida de la marea y el viento favorable.
En tierra, los cartagineses seguían edificando una muralla en la colina que dominaba aquel puerto natural que estaban fortificando. Se trataba de una pequeña península conectada a Iberia por un estrecho istmo. Alrededor de la península todo era agua: al oeste y al sur el mar Mediterráneo y al norte, una laguna natural que impedía el ataque desde ese lado. El ejército púnico levantó murallas que protegían toda la península de un ataque por mar, y un muro de más de seis metros en el sector este, donde estaba el istmo, atravesado por una puerta guarnecida por torres, que quedaba como el único acceso a aquella nueva ciudad que estaban construyendo.
Asdrúbal paseaba satisfecho del trabajo de sus hombres. Aquélla sería la capital púnica en Hispania, desde donde partirían sus ejércitos para asentar sus posiciones en todo aquel vasto país. Una extensión de Cartago fuera de África que se convertiría en referente del poder púnico creciente, que intimidaría a iberos, celtas y, por qué no, a los propios romanos. Una ciudad inexpugnable por tierra y por mar y un excelente puerto de comunicación por el que Cartago recibiría las riquezas de aquel territorio y por el que a la Iberia cartaginesa llegarían víveres, suministros y refuerzos desde la capital. Desde que los romanos habían detectado las incursiones cartaginesas en Hispania, se habían mostrado opuestos a las mismas y sólo un pacto confuso, estableciendo el Ebro como frontera límite para los posibles dominios cartagineses, parecía haber calmado un poco los ánimos. La estrategia ahora era asegurarse el control de todas las regiones al sur de ese río y necesitaban una base de operaciones. Ese puerto, esa ciudad sería su centro neurálgico en la región.
Al cabo de varios meses la fortaleza estaba lista. A ella llevaron numerosos cautivos iberos, rehenes, hijos e hijas de jefes de diferentes clanes de la región, con los que chantajear a numerosas tribus para que no se alzaran contra el poder absoluto de Cartago en Hispania, ahora ya bajo su poder desde el sur del Tajo y el Ebro hasta Gades.
Asdrúbal ascendió hasta una colina que luego llevaría su nombre, Arx Hasdrubalis, al norte de la nueva ciudad desde la que se divisaba la laguna, y allí ofreció sacrificios a los dioses Baal y Melqart y la diosa Tanit. A ellos rezó y rogó que bendijeran aquella ciudad y que la hicieran infranqueable para cualquier enemigo, ya viniera por tierra o por mar. Era una ofrenda generosa: una decena de bueyes. Los dioses se sintieron satisfechos y cumplirían su promesa.
Al finalizar el sacrificio Asdrúbal se volvió hacia la multitud de soldados que se había reunido próxima al altar y proclamó el nombre de la nueva ciudad.
—¡Baal, Melqart y Tanit protegerán esta fortaleza, la nueva capital de nuestros dominios en esta región y que desde ahora será conocida y temida por todos con el nombre de…! —Y calló unos segundos mientras alzaba su rostro al cielo— ¡… Qart Hadasht!

Santiago  Posteguillo, Africanus, el Hijo del Cónsul

domingo, 8 de julio de 2018

EL CASTILLO DE TRASMOZ



El héroe de nuestra relación, que como ya habrán sospechado ustedes, y si no lo han sospechado, lo verán claro más adelante, debía ser un magicazo de tomo y lomo, no satisfecho con haber trepado á la eminencia, se encaramó en la punta de la más elevada roca, y desde aquel aéreo asiento comenzó á pasear la vista á su alrededor, con la misma firmeza que el águila, cuyo nido pende de un peñasco al borde del abismo, contempla sin temor el fondo.
Después que se hubo reposado un instante de las fatigas del camino, sacó de las alforjillas un estuche de forma particular y extraña, un librote muy carcomido y viejo, y un cabo de velaverde, corto y a medio consumir. Frotó con sus dedos descarnados y huesosos en uno de los extremos del estuche que parecía de metal, y era á modo de linterna, y á medida que frotaba, veíase como una lumbre sin claridad, azulada, medrosa e inquieta, hasta que por último brotó una llama y se hizo luz: con aquella luz encendió el cabo de vela verde, a cuyo escaso resplandor, y no sin haberse calado antes unas disformes antiparras redondas, comenzó a hojear el libro que para mayor comodidad había puesto delante de sí sobre una de las peñas. Según que el nigromante iba pasando las hojas de libro llenas de caracteres árabes, caldeos y siriacos trazados con tinta azul, negra, roja y violada, y de figuras y signos misteriosos, murmuraba entre dientes frases ininteligibles, y parando de cierto en cierto tiempo la lectura, repetía un estribillo singular con una especie de salmodia lúgubre, que acompañaba hiriendo la tierra con el pie y agitando la mano que le dejaba libre el cuidado de la vela, como si se dirigiese á alguna persona.
Concluida la primera parte de su mágica letanía, en la que, unos tras otros, había ido llamando por sus nombres, que yo no podré repetir, á todos los espíritus del aire y de la tierra, del fuego y de las aguas, comenzó á percibirse en derredor un ruido extraño, un rumor de alas invisibles que se agitaban a la vez, y murmullos confusos, como de muchas gentes que se hablasen al oído. En los días revueltos del otoño, y cuando las nubes, amontonadas en el horizonte, parecen amenazar con una lluvia copiosa, pasan las grullas por el cielo, formando un oscuro triángulo con un ruido semejante. Mas lo particular del caso, era que allí a nadie se veía, y aun cuando se percibiese el aleteo cada vez más próximo y el aire agitado moviera en derredor las hojas de los árboles, y el rumor de las palabras dichas en voz baja se hiciese gradualmente más distinto, todo semejaba cosa de ilusión ó ensueño. Paseó el mágico la mirada en todas direcciones para contemplar a los que sólo a sus ojos parecían visibles, y satisfecho sin duda del resultado de su primera operación, volvió a la interrumpida lectura. Apenas su voz temblona, cascada y un poco nasal comenzó a dejarse oir pronunciando las enrevesadas palabras del libro, se hizo en torno un silencio tan profundo, que no parecía sino que la tierra, los astros y los genios de la noche estaban pendientes de los labios del nigromante, que ora hablaba con frases dulces y de suave inflexión como quien suplica, ora con acento áspero, enérgico y breve como quien manda. Así leyó largo rato, hasta que al concluir la última hoja se produjo un murmullo en el invisible auditorio, semejante al que forman en los templos las confusas voces de los fieles cuando, acabada una oración, todos contestan amén en mil diapasones distintos. El viejo, que a medida que rezaba y rezaba aquellos diabólicos conjuros, había ido exaltándose y cobrando una energía y un vigor sobrenaturales, cerró el libro con un gran golpe, dio un soplo a la vela verde, y despojándose de las antiparras redondas, se puso de pie sobre la altísima peña donde estuvo sentado, y desde donde se dominaban las infinitas ondulaciones de la falda del Moncayo, con los valles, las rocas y los abismos que la accidentan. Allí, de pie, con la cabeza erguida y los brazos extendidos, el uno al Oriente y el otro al Occidente, alzó la voz y exclamó dirigiéndose á la infinita muchedumbre de seres invisibles y misteriosos que, encadenados á su palabra por la fuerza de los conjuros, esperaban sumisos sus órdenes
— ¡Espíritus de las aguas y de los aires, vosotros, que sabéis horadar las rocas y abatir los troncos más corpulentos, agitaos y obedecedme!
Primero, suave como cuando levanta el vuelo una banda de palomas; después más fuerte, como cuando azota el mástil de un buque una vela hecha jirones, oyóse el ruido de las alas al plegarse y desplegarse con una prontitud increíble, y aquel ruido fue creciendo, creciendo, hasta que llegó a hacerse espantoso como el de un huracán desencadenado. El agua de los torrentes próximos saltaba y se retorcía en el cauce, espumarajeando e irguiéndose como una culebra furiosa; el aire, agitado y terrible, zumbaba en los huecos de las peñas, levantaba remolinos de polvo y de hojas secas, y sacudía, inclinándolas hasta el suelo, las copas de los árboles. Nada más extraño y horrible que aquella tempestad circunscrita a un punto, mientras la luna se remontaba tranquila y silenciosa por el cielo, y las aéreas lejanas cumbres de la cordillera parecían bañadas de un sereno y luminoso vapor. Las rocas crujían como si sus grietas se dilatasen, e impulsadas de una fuerza oculta e interior, amenazaban volar hechas mil pedazos. Los troncos más corpulentos arrojaban gemidos y chasqueaban, próximos a hendirse, como si un súbito desenvolvimiento de sus fibras fuese a rajar la endurecida corteza. Al cabo, y después de sentirse sacudido el monte por tres veces, las piedras se desencajaron y los árboles se partieron, y árboles y piedras comenzaron a saltar por los aires en furioso torbellino, cayendo semejantes a una lluvia espesa en el lugar que de antemano señaló el nigromante a sus servidores. Los colosales troncos y los inmensos témpanos de granito y pizarra oscura, que eran como arrojados al azar, caían, no obstante, unos sobre otros con admirable orden, e iban formando una cerca altísima á manera de bastión, que el agua de los torrentes, arrastrando arenas, menudas piedrecillas y cal de su alveolo, se encargaba de completar, llenando las hendiduras con una argamasa indestructible.
— La obra adelanta. ¡Ánimo! ¡ánimo! —murmuró el viejo—; aprovechemos los instantes, que la noche es corta, y pronto cantará el gallo, trompeta del día.
Y esto diciendo, se inclinó hacia el borde de una sima profunda, abierta al impulso de las convulsiones de la montaña, y como dirigiéndose a otros seres ocultos en su fondo, prosiguió:
— Espíritus de la tierra y del fuego; vosotros que conocéis los tesoros de metal de sus entrañas y circuláis por sus caminos subterráneos con los mares de lava encendida y ardiente, agitaos y cumplid mis órdenes.
Aún no había expirado el eco de la última palabra del conjuro, cuando se comenzó á oir un rumor sordo y continuo como el de un trueno lejano, rumor que asimismo fue creciendo, creciendo, hasta que se hizo semejante al que produce un escuadrón de jinetes que cruzan al galope el puente de una fortaleza, y entonces retumba el golpear del casco de los caballos, crujen los maderos, rechinan las cadenas, y resuena metálico y sonoro el choque de las armaduras, de las lanzas y los escudos. A medida que el ruido tomaba mayores proporciones veíase salir por las grietas de las rocas un resplandor vivo y brillante, como el que despide una fragua ardiendo, y de eco en eco se repetía por las concavidades del monte el fragor de millares de martillos que caían con un estrépito espantoso sobre los yunques, en donde los gnomos trabajan el hierro de las minas, fabricando puertas, rastrillos, armas y toda la ferretería indispensable para la seguridad y complemento de la futura fortaleza. Aquello era un tumulto imposible de describir; un desquiciamiento general y horroroso: por un lado rebramaba el aire arrancando las rocas, que se hacinaban con estruendo en la cúspide del monte; por otro mugía el torrente, mezclando sus bramidos con el crujir de los árboles que se tronchaban y el golpear incesante de los martillos, que caían alternados sobre los yunques, como llevando el compás en aquella diabólica sinfonía.
Los habitantes de la aldea, despertados de improviso por tan infernal y asordadora baraúnda, no osaban siquiera asomarse al tragaluz de sus chozas para descubrir la causa del extraño terremoto, no faltando algunos que, poseídos de terror, creyeron llegado el instante en que, próxima la destrucción del mundo, había de bajar la muerte a enseñorearse de su imperio, envuelta en el jirón de un sudario, sobre un corcel fantástico y amarillo, tal como en sus revelaciones la pinta el Profeta.
Esto se prolongó hasta momentos antes de amanecer, en que los gallos de la aldea comenzaron a sacudir las plumas y a saludar el día próximo con su canto sonoro y estridente.

Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi Celda