lunes, 24 de julio de 2017

EL PUEBLO DURMIENTE


Érase una vez una princesa, un hada enfadada, un conjuro y un pueblo condenado a dormir cien años.

Rébecca Dautremer señala que su idea original no era trabajar sobre el cuento de La Bella Durmiente de Charles Perrault, sino sobre un lugar donde todo el mundo se hubiera quedado dormido y esperara a ser despertado. ", explica la artista a Efe. Intenta hacer un guiño, una vuelta de tuerca, a la historia tradicional para producir un efecto diferente y atractivo: despertar al lector. Aunque pensó en realizar todas las ilustraciones a color, cuando escribió el texto se dio cuenta de que necesitaba mostrar la diferencia entre los dos mundos, los protagonistas como espectadores en blanco y negro, de pequeño tamaño, y el resto dormido, a todo color y a toda página.


"Quería mostrar que tenemos que formar parte del mundo, que no nos podemos apartar y ser solo espectadores de lo que ocurre. Hay que participar", insiste Dautremer, que señala cómo los dos espectadores tienen que introducirse en la historia.

Al comienzo, Rébecca Dautremer sitúa a dos personajes apenas delineados a lápiz sobre un inmenso fondo blanco. Un simpático anciano es el encargado de enseñarle a un apuesto joven el extraño suceso que ocurre en la página contigua. Se cuestionan sobre la veracidad de lo que observan: un pueblo en el que todos duermen. ¿Es acaso posible? ¿Puede ser verdad? se preguntan y, al hacerlo, ponen en duda el universo de ficción.


A diferencia de los personajes, las ilustraciones del pueblo cuentan con todo el peso del realismo. Están a color y muestran todo tipo de detalles, con cuidadosos encuadres y elaboradas escenografías. Tienen un aire vintage y están dentro de un marco fotográfico, propio de las cámaras polaroid. Un recurso divertido de la autora para conferir verosimilitud a un pueblo gobernado por la magia.



La acción parece situarse en los años 20, haciendos referencias a otras manifestaciones artísticas: los carteles, el cine, la música, el circo… Así veremos la orquesta de mujeres "Las 7 hadas", los boxeadores abrazados en medio del combate, la mujer del restaurante con el cartel de Boggart al fondo.




domingo, 23 de julio de 2017

LA CARGA DE LA BRIGADA LÍGERA


Media legua, media legua,
Media legua ante ellos.
Por el valle de la Muerte
Cabalgaron los seiscientos.
Aunque los soldados supieran
Que era un desatino.
No estaban allí para replicar.
No estaban allí para razonar,
No estaban sino para vencer o morir.
En el valle de la Muerte
Cabalgaron los seiscientos.
Cañones a su derecha,
Cañones a su izquierda,
Cañones ante sí
Descargaron y tronaron;
Azotados por balas y metralla,
Cabalgaron con audacia,
Hacia las fauces de la Muerte,
Hacia la boca del Infierno
Cabalgaron los seiscientos.
Brillaron sus sables desnudos,
Destellaron al girar en el aire,
Para golpear a los artilleros,
Cargando contra un ejército,
Zambulléndose en el humo de las baterías
Cruzaron las líneas;
Cosacos y rusos
Retrocedieron ante los sables
Hechos añicos, se dispersaron.
Entonces regresaron,
Pero no los seiscientos.
Cañones a su derecha,
Cañones a su izquierda,
Cañones detrás de sí
Descargaron y tronaron;
Azotados por balas y metralla,
Mientras caballo y héroe caían,
Los que tan bien habían luchado
Entre las fauces de la Muerte
Volvieron de la boca del Infierno,
Todo lo que de ellos quedó,
Lo que quedó de los seiscientos.

Alfred Tennyson

                A continuación tenéis la escena de la carga en la mítica película de Michael Curtiz, con Errol Flyn, pero el sonido es el tema de The Trooper, de Iron Maiden, que se inspira en este hecho:

viernes, 21 de julio de 2017

EL TAPIZ DEL VAMPIRO


El doctor Weyland es el profesor más respetado de una pequeña universidad de Nueva Inglaterra. Alto, maduro, de pelo acerado, sus modales anticuados cautivan a los estudiantes, y un magnetismo especial rodea todos sus actos. Sin embargo, Weyland es un nombre falso, sus credenciales académicas son inventadas, y tras la fachada del erudito absorto en su trabajo se oculta el mayor depredador que el mundo ha conocido, uno cuya presa son los seres humanos.

A través de los siglos, el vampiro ha sobrevivido mimetizándose en la sociedad humana. Ahora es profesor de antropología, lo que resulta irónico dadas sus costumbres alimenticias… Pero Weyland no es el monstruo que cae víctima de sus sentimientos humanos. Es el monstruo que perdura. Y hará todo cuanto esté en su mano para protegerse a sí mismo y su modo de vida.

 Sin embargo, su engaño está a punto de ser descubierto y se verá obligado a emprender un terrible viaje a través de una serie de escenarios para poder ocultarse de nuevo y encontrar nuevas facetas para comprenderse a sí mismo y las emociones que necesita interponer entre él y sus víctimas.

En realidad, el libro se compone de cinco novelas cortas, siendo el personaje de Weyland su nexo de unión. Su nucleo original es la tercera parte, el relato El Tapiz del Unicornio, ganador del Premio Nebula 1980 a la mejor novela corta. Maravillosa también, la cuarta, Interludio Musical, centrada en la visita a la opera donde se interpreta “Tosca” de Puccinni, cuando el vampiro finalmente entra en contacto con su "yo" primitivo y tiene fugaces recuerdos de sus vidas pasadas, cuando siente la emoción de la cacería, la sed de sangre, la confusión de sus sentidos.

Suzy McKee Charnas nos da una visión nueva de la figura del vampiro, desde una perspectiva científica, que el propio Weyland describe en una conferencia teorizando cómo sería un vampiro real: un depredador superespecializado que debe hacerse pasar por humano para evitar ser descubierto por su presa, abundante y a la vez peligrosa.

Hay que señalar que rehuye ese sentimentalismo que encontramos en muchos libros de vampiros juveniles, tipo Crepúsculo o los vampiros de Anne Rice, sino que nos encontramos con un vampiro distinto de los habituales, que no sabe si hay más como él y no recuerda su pasado

jueves, 20 de julio de 2017

LAS CATARATAS DE REICHENBACH


9 de agosto de 1893
Arthur Conan Doyle frunció el ceño, incapaz de pensar en nada que no fuera el asesinato.
—Voy a matarlo —aseveró Conan Doyle, cruzando los brazos sobre su fornido cuerpo.
En lo alto de los Alpes suizos, el aire acariciaba su grueso mostacho y parecía aullarle al oído. Dada la peculiar disposición de sus orejas, en la parte posterior de la cabeza, éstas siempre parecían aguzadas, prestando atención a otra cosa, a algo lejano y situado a sus espaldas. Para ser un hombre tan corpulento, tenía una nariz muy afilada. No hacía mucho que le habían empezado a salir las primeras canas, un cambio en su aspecto que no pudo afrontar sino con resignación. Aunque acababa de cumplir treinta y tres años, ya era un afamado autor. ¿O acaso un hombre de letras de renombre internacional que empezaba a encanecer podría lograr el mismo éxito que otro con los cabellos color ocre?
Los dos compañeros de viaje de Arthur ascendieron hasta el saliente en el que se encontraba, el punto accesible más alto de las cataratas de Reichenbach. Silas Hocking era un clérigo y novelista cuya fama había llegado hasta Londres. Arthur tenía en gran estima su última obra, Her Benny,un texto religioso. Edward Benson, un conocido de Hocking, parecía mucho más reservado que su sociable amigo. A pesar de que Arthur los había conocido esa misma mañana, mientras desayunaban en el hotel Rifel Alp de Zermatt, tenía la sensación de que podía confiar ciegamente en ellos y revelarles los oscuros planes que tenía en mente.
—La cuestión es que ha acabado convirtiéndose en una suerte de lastre —prosiguió Arthur—, y quiero acabar con él.
Hocking resopló al llegar junto a Arthur y se deleitó la mirada con los Alpes, que se extendían ante ellos. Unos cuantos metros más abajo, la nieve se fundía arrastrada por un arroyo que, varios milenios antes, se había abierto camino en la montaña para acabar desembocando estruendosamente en un lago cubierto por una capa de espuma. En silencio, Benson presionó una bola de nieve entre los guantes y la lanzó al abismo. La fuerza del viento fue desgajando los copos mientras la bola caía hasta que desapareció en el aire, convertida en una nube.
—Si no lo hago —dijo Arthur—, acabará conmigo.
—¿No cree que está siendo demasiado duro con ese viejo amigo? —preguntó Hocking—. Le ha dado fama. Fortuna. Forman una buena pareja.
—Y al estampar su nombre en todas esas noveluchas de tres al cuarto, le he concedido una reputación que sobrepasa con creces la mía. ¿Tiene idea de las cartas que recibo? «Mi querida gata ha desaparecido en South Hampstead. Se llama Sherry-Ann. ¿Puede encontrarla?» O «A mi madre le robaron el monedero al bajar de un cabriolé en Piccadilly. ¿Puede deducir quién es el malhechor?». Pero lo más curioso de todo es que no van dirigidas a mí, sino a «él». Creen que es real.
—Sí, esos pobres lectores que tanto lo admiran —intercedió Hocking—. ¿Ha pensado en ellos? La gente lo adora.
—¡Lo quieren más a él que a mí! ¿Sabe que recibí una carta de mi propia madre? Me pedía, a sabiendas de que yo, como no puede ser de otra manera, haría cualquier cosa para satisfacer sus deseos, que firmara un libro con el nombre de Sherlock Holmes para su vecina Beattie. ¿Puede imaginarlo? ¡Que firme con su nombre en lugar de hacerlo con el mío! Mi madre habla como si fuera la madre de Holmes, no la mía. ¡Aaah!
Arthur intentó contener el súbito acceso de ira.
—Mis grandes obras caen en el vacío —prosiguió—. ¿Micah Clarke?¿La compañía blanca? ¿Esa pequeña y deliciosa obra de teatro que creé junto con el señor Barrie? Ha pasado sin pena ni gloria. Peor aún, se ha convertido en una pérdida de tiempo. Elaborar cada una de esas tortuosas tramas me resulta un trabajo agotador: la puerta del dormitorio que siempre está cerrada por dentro, el mensaje final e indescifrable del fallecido, la historia narrada de forma equívoca desde el principio para que nadie pueda adivinar la solución correcta.
Arthur se miró las botas, con el cansancio que lo abrumaba reflejado en la cabeza gacha.
—Si me permite que le sea sincero, lo odio. Y, para no terminar por perder el juicio, pretendo acabar con él.


—¿Cómo piensa hacerlo? —preguntó Hocking en tono burlón—. ¿Cómo se mata al gran Sherlock Holmes? ¿De una puñalada en el corazón? ¿Degollado? ¿Lo ahorcará?
—¡Un ahorcamiento! Esas palabras me suenan a música celestial. Pero no, no, debería ser un momento magnífico. A fin de cuentas, es un héroe. Haré que se enfrente a un último caso y a un villano. Esta vez necesita un villano de verdad. Será un combate a muerte entre caballeros; Holmes se sacrifica por el bien común y ambos hombres perecen. Algo en esa línea.
Benson hizo otra bola de nieve y la lanzó al aire. Arthur y Hocking observaron la amplia parábola que trazó al desaparecer en el cielo.
—Si quiere ahorrarse los gastos del funeral —dijo Hocking, riéndose entre dientes—, siempre puede arrojarlo por un acantilado.
Miró a Arthur a la espera de alguna reacción, pero no vio atisbo de sonrisa alguno. Una profunda arruga surcó el ceño fruncido del escritor, absorto en sus pensamientos.
Arthur dirigió la mirada hacia el abismo que se abría a sus pies. Oía el rugido del agua y el violento estruendo que producía al chocar contra el lecho salpicado de rocas del río. Imaginó su propia muerte y, de pronto, se sintió horrorizado. Gracias a su formación médica, conocía la fragilidad del cuerpo humano. Una caída desde esa altura... El cadáver que se golpeaba y rebotaba contra las rocas durante el fatal descenso... El espantoso grito reprimido en la garganta... El cuerpo hecho pedazos sobre la tierra, las briznas de hierba manchadas de sangre... Entonces, la visión de su cuerpo se desvaneció para dejar paso a otro más delgado. Más alto. Un hombre destrozado, desnutrido y escuálido, con su gorra de cazador y su abrigo largo. Su rostro adusto e irreconocible, ensartado en la piedra plomiza.
Asesinato.

Graham Moore, El Hombre Que Mató A Sherlock Holmes

miércoles, 19 de julio de 2017

A ZARAGOZA …. O AL CHARCO


De mi pueblo salí un día
pa ir a Zaragoza a ver
a un primo de mi mujer
que estaba con pulmonía.
Eché al cesto p´almorzar
un ocho y un chorizico
y amontao en mi burrico
ala, ala, principié andar.
No había andau tan siquiera
dos horas cuando de pronto
se quedó el burro hecho un tonto
parau en la carretera.
Como era cosa muy rara
que el animal de improviso
y sin pedirme permiso
tan en seco se parara
me dije el burro ha barruntao
que por aquí cerca hay gente
miré, y efectivamente
había un hombre a mi lao.
Era un viejo setentón
barbudo, coloradote,
buen mozo y con un cogote
más afeitao que un melón.
Yo al verlo dí atrás un paso
y me eche mano a la faja
y sacando la navaja
me preparé por si acaso.
Sin movérseme miró
y yo fuí y le pregunté
tío gueno ¿ Quién es usté?
soy San Pedro, contestó
¿San Pedro?. El mismo Colás
pues ¿a que ha venido aquí?
Vengo pa verte a ti
quiero saber ande vas.
Pues pa que uste se entere
A Zaragoza me voy
¿y cuando piensas llegar? ¡hoy !
eso será si Dios quiere
¿si Dios quiere? pregunté
Es natural añadió
Ni que quiera ni que no
le contesté, llegaré
Tengo mu duro el tozuelo
Y ni todos los santos del cielo
harán que me vuelva atrás.
Respeto tu tozudez
me dijo con retintín
sigue tu viaje hasta el fin,
pero si vuelvo otra vez
a encontrarme en mi camino
y ande vas te preguntara
de un modo cortés y fino
si no quieres que me altere
y te castigue Colás,
después de icir ande vas,
añadirás si Dios quiere
¿Prometes hacerlo así?
Veremos, le contesté
y mi camino seguí.
Llegué a Zaragoza bien
y estuve allí una semana
y un día por la mañana
me dije: me vuelvo a Mallén.
Aparejé mi burrico
mientras cantaba una jota
coloqué a mano la bota
el ocho y el choricico
y en unión del animal
que nunca iba sin mí
de Zaragoza salí
mas tieso que un concejal.
Al poquico de emprender
la marcha de ésta manera
San Pedro en la carretera
se me volvió a aparecer.
El burrico se paró
cuando lo tuvo delante
y callaos por un instante
quedamos San Pedro y yo.
Por fin me dijo: ¿ande vas?
y yo le dije a Mallén.
Aunque no te paizca bien
dí: si Dios quiere, Colás
Quiá, quiá. No se desespere
ni ponga usté empeño en ello
que aunque me cuerten el cuello
no añadiré si Dios quiere.
¿No quieres icirlo? ¡No!
pues por no querer,
desde hoy rana vas a ser.
Y en rana me convirtió.
me echó al Ebro y me dió un baño
mayor de lo que creía
mira que baño sería
que estuve en el Ebro un año.
Ya estaba desesperao
no fue nada lo del ojo
de tanto estar a remojo
quedé como un bacalao.
Bien me fastidió el indino
pues mientras estuve allí
tan harto de agua salí
que ahora solo bebo vino.


Después de mucho esperar
San Pedro un día volvió
y del charco en que me echó
quiso volverme a sacar.
Cuando me tuvo a su lao
me dijo: ¿Qué tal amigo?
creo que con el castigo
ya estarás escarmentao
Por consiguiente Colás
Aprende bien la lección
y para obtener perdón
contesta bien: ¿ande vas?
Y yo que pa hablar soy parco
conteste de esta manera:
¿Qué ande voy? ande uste quiera
a Zaragoza o al charco.

martes, 18 de julio de 2017

VISITANDO LA TUMBA DE JANE AUSTEN


(Jane Austen, 16 diciembre 1775 - 18 julio 1817)

La luz del atardecer proporcionaba colores con matices increíbles a las agujas, los arbotantes y las tumbas que salpicaban la hierba alrededor de la catedral. Las gárgolas del templo parecían sonreír diabólicamente gracias al capricho de las luces y las sombras. La temperatura era inesperadamente cálida para ser casi mediados de septiembre y en el aire flotaba una extraña sensación de intemporalidad. Sobre la hierba del parque, grupos de estudiantes se sentaban formando corros y charlando despreocupadamente (...)
Gala suspiró.¿Estaría Jane Austen nerviosa ante la inminente visita de su admiradora?
          Ella era Elinor y su hermana Paula era Marianne. Lástima que no tuvieran una hermana más pequeña que encarnara el papel de Margaret. Cuando era niña, a Gala le encantaba imaginar que ella y su hermana eran las Dashwood, las protagonistas de Sentido y sensibilidad, la primera novela publicada por Jane Austen en 1811.
Cuando leyó por vez primera aquella obra, supo que quería ser escritora. Fue una revelación. Lo sería a toda costa, lo sería aunque no llegara a ser ni la mitad de buena que Austen, pero lo sería. Y Gala, siempre trabajadora, siempre firme, lo logró, aunque antes tuviera que pasar por el purgatorio de la universidad, de las oposiciones a instituto para ser profesora de Lengua y Literatura lejos de su Valladolid natal. Pero el destino quiso que allí encontrara el amor más inesperado en la persona del candidato, aparentemente, menos propicio: un hombretón que impartía clases de Matemáticas y con el que apenas cruzó dos palabras en el primer trimestre durante los claustros de profesores.
De manera que Gala había admirado a Jane Austen durante toda su vida, por lo que se comprenderá sin dificultad su nerviosismo cuando cruzó el umbral de la catedral sintiéndose observada por las gárgolas. Al poner el pie en el interior del templo, sus piernas flaquearon, y no solo porque apenas veinte metros la separaban de la tumba de Austen, sino por aquella galaxia de claves de bóveda y arcos apuntados que parecían bailar en las alturas. El espectáculo era extraordinario y sobrecogedor, pero logró reponerse y avanzó lentamente hacia la nave situada a su izquierda, al norte. Un cartel con el rostro de Austen anunciaba la tumba de la novelista.


La ahora mundialmente aclamada escritora murió con solo cuarenta y un años de edad un maldito 18 de julio de 1817. A su entierro apenas asistieron cuatro personas y en la primera tumba, la que ahora contemplaba Gala, ni siquiera se hizo mención a su oficio de escritora porque era mal visto por entonces que una mujer ejerciera semejante oficio. Pero las costumbres mudan y los principios humanos se resquebrajan con gran facilidad; por eso, cuando creció su fama, un sobrino llamado Edward puso una placa de bronce junto a la tumba mencionándola como escritora. Y, para que la hipocresía rezumara como es debido, aún habría de colocarse un nuevo recuerdo en su memoria en 1910.


Tres monumentos para una sola tumba y una única difunta.
Gala no lograba pasar la saliva. No conseguía decidirse sobre si dejar escapar sus lágrimas por la emoción o por la rabia ante la hipocresía de los hombres frente a las mujeres pioneras. Gracias a mujeres como Jane Austen, Gala o la mismísima Agatha Christie habían podido entregarse al sueño de crear historias sobre un papel.

Mariano Urresti, Agatha Escribía con Sangre

lunes, 17 de julio de 2017

DÍAS AZULES, SOL DE LA INFANCIA


«El mejor regalo que me han hecho en toda mi vida fue un manojo de perejil».

Esta frase siempre le ha llamado la atención a Nico, cuyo abuelo la repetía una y otra vez como una sentencia. Era difícil imaginar que tras ella se escondía una historia llena de aventuras y peligros que se remontaba a 1936, cuando las calles de Madrid bullían ante la efervescencia de la Guerra Civil.

Unos dediles de caña, viejas  postales de cine, un león en el parque de El Retiro y dos libros de Juan Ramón Jiménez constituyen las piezas del puzzle que Nico tendrá que resolver.

El título de la novela de Marcos Calveiro es engañoso, al hacer referencia al último verso que escribió Antonio Machado: "Estos días azules, y este sol de la infancia". De todas maneras, al final del libro encontramos la explicación.

El libro nos presenta dos historias intercaladas
.
La primera la relata Nico, un joven de unos quince años, que ante la enfermedad de su abuelo y el desconocimiento de las raíces familiares, quiere averiguar qué significa esa frase sobre el perejil, que su abuelo repite constantemente, y cuál fue su vida antes de la boda con la abuela, historia que desconoce toda la familia, excepto el hecho de que en su infancia acompañó a segadores gallegos a tierras de Castilla. Su búsqueda comienza con un poema de Rosalía de Castro:

Castellanos de Castilla,
tratade ben ós galegos;
cando van, van como rosas;
cando vén, vén como negros.


A partir de aquí encontramos una vieja fotografía en internet, una caja de hojalata donde el abuelo guardaba sus recuerdos, y la relación que Nico empieza a establecer por internet con Gala, una joven gallega un poco mayor que él.

En la segunda historia, Marcos Calveiro nos presenta al abuelo Nicasio: cómo abandona a su familia para huir a Madrid, poco antes de comenzar la guerra civil, donde conocerá al director de cine Armand Guerra o a la Venus Rubia, Marlene Grey, con los que participará en el rodaje de la película Carne de Fieras (al final podréis ver esta película rodada en 1936), o a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, donde encuentra a Matilde, de la que se va a enamorar. Y será en casa de Juan Ramón, junto con los huérfanos, donde asiste a la lectura de Platero y Yo.

                Las dos historias están bien narradas y dan fluidez al libro; vemos cómo se reivindica el amor a la cultura a través de las figuras de Armand Guerra y Juan Ramón Jiménez, la fascinación que ejerce Madrid sobre ese joven que no quiere ser un campesino a sueldo como su padre y el resto de segadores, que cree que la vida es algo más.