martes, 12 de diciembre de 2017

ALEXANDRA Y LAS SIETE PRUEBAS


   
             Enviado por María (S4D)

Mi nombres es Alexandra, con "x", tengo once años, y voy a permanecer encerrada una semana en mi colegio. Sin profesores. Sin padres. Sólo los chicos y chicas de mi curso. No sé cómo sonará así dicho. Pero todo lo que voy a contar aquí es verdad.

Mi colegio se llama Armando Muñoz Vaca, que por lo visto fue pionero del siglo XV. Yo no soy una pionera. Sólo soy una niña normal y corriente a la que le gustan los videojuegos. Hay una cosa que todavía no he contado. Mi colegio es famoso por una sola razón: porque aquí estudió hace muchos años Alfonso Giménez Dom. Había una foto suya en el vestíbulo de entrada. Todo el mundo sabe que la compañía Dom Industries es la empresa multinacional de videojuegos más importante del mundo. Y ahora el señor Dom había vuelto al colegio. Con una propuesta revolucionaria: "No vais a jugar a un videojuego. Vais a ser los protagonistas de un videojuego".

Alexandra es una niña de 11 años, normal y corriente, a la que le gusta jugar a los videojuegos. Así que cuándo a su colegio llega Alfonso Giménez Dom (jefe de la compañía Dom Industries, la empresa multinacional de videojuegos más importante del mundo), organizando una especie de concurso a dónde puedes ganar una beca por la universidad que quieres y el primer ejemplar de la videoconsola DOM 5000, ella sabe que tiene que ganar. Pero hay un problema: sus padres no les parece buena idea lo del concurso, y sin su autorización no puede participar. Aún así Alexandra no se rinde y decide falsificar la autorización. Lo consigue, entra al juego y desde aquel momento su vida cambiará para siempre.

Es un libro entretenido con una trama sencilla, escrito de forma ágil y amena, con capítulos cortos (que van marcando una cuenta atrás), donde se alternan los puntos de vista, uno en primera persona, el de Alexandra, la protagonista, el otro en tercera, el de los mayores. Se tratan temas como la amistad, la rivalidad, los abusos, los celos, siempre vistos conforme la edad de los protagonistas, y, afortunadamente, no tenemos una gran historia de amor.

lunes, 11 de diciembre de 2017

CUENTOS PARA NIÑOS MORBOSOS


Hay adjetivos que van y vienen, que se ponen de moda y que de pronto están en boca de todo el mundo y hay que ir buscando otros de repuesto. Es lo que le ha pasado a “viejuno”, por ejemplo, que ha habido que volver al socorrido “rancio” de toda la vida, porque viejuno se estaba quedando viejuno en tiempo récord. Estos días pasados me vino a la boca un adjetivo que estuvo muy en boga en mi adolescencia. Hablo de “morboso”. Hablar de algo o de alguien que tenía “morbo” era sumarle cien puntos a su supuesto atractivo. No se ha desterrado su uso, lo sé, pero ya no tiene el componente tan gustoso de lo secreto que al menos yo tanto saboreé. Porque hay palabras que al pronunciarlas se convierten en indefinidas promesas de felicidad. Las chicas señalábamos a los que tenían morbo, y secretamente nos gustaba que alguien pudiera pensar que nosotras lo desprendíamos. Advierto que este adjetivo está atravesando un momento crítico porque hay un espíritu censor en torno a todo lo referido al sexo que convierte en inmoral lo que en tiempos se llamó “lo prohibido”, otra palabra que amaba mi calenturienta mente juvenil.

Pienso que fui morbosa desde niña y que podría escribir, si es que un día me pongo a trabajar, “Las memorias de una niña morbosa”. Aunque el título incluyera la palabra “niña” habría una faja con una advertencia como la del tabaco: “Prohibido para niños. Leer mata”. A ver si con este reclamo fomentamos la lectura y espantamos a los lectores de piel fina. Queda mucho en mí de aquella niña morbosa. De alguna manera, los cuentos que nos contaban mis tías eran toda una preparación preescolar al morbo. Eran cuentos de hambre y frío, poblados de hijos de puta que se quieren comer a los niños, de madrastras asesinas, padres avaros, enanos que raptan criaturas, hermanastras envidiosas y tipos que al anochecer meten a los niños desobedientes en un saco. Lo increíble es que aunque esos cuentos habían sido inventados para advertir a los inocentes de los peligros que les acechan, a la luz del día los miedos que nos provocaban estas narraciones desaparecían, y volvíamos, morbosos, a pedir más de lo mismo, descubriendo de manera inconsciente que la ficción nos proporcionaba sensaciones negativas y a la vez atractivas.

No es extraño entonces que los Reyes me regalaran, previo pago de su importe, un libro que llevaba esperando hace tiempo: Pentamerón. El cuento de los cuentos, una recopilación de historias populares que el poeta italiano Giambattista Basile recogió en el siglo XVII en el dialecto napolitano. Fue la primera gran antología de narrativa oral y la base en la que se inspiraron los hermanos Grimm. La faja de este libro extraordinario debería advertir: “No apto para los que se asustan con Blancanieves”, porque lo cierto es que las versiones más antiguas de Hansel y Gretel, Cenicienta, Caperucita o la Bella Durmiente son mucho más crudas que las adaptaciones de los hermanos alemanes, que convirtieron en cuentos infantiles lo que eran en muchos casos piezas cómicas para adultos. Si uno es morboso, no lo dude, este es su libro. Podrá asistir a una narración burra, escatológica, descarnada de la Bella Durmiente en la que se cuenta cómo el padre de la Bella, creyéndola muerta, la mete en una urna de cristal. Un caballero encuentra a aquella preciosidad que, a pesar de estar muerta no ha perdido lustre, y yace sobre ella. Sobre ella, he dicho. La consecuencia de ese yacer viene a los nueve meses en forma de dos preciosas criaturas. Los bebés a punto están de morirse de hambre, pero aparece un hada, y despierta a la durmiente, que les da el pecho. La madrastra lo descubre y, temerosa de que la Bella y sus criaturas le arrebaten el cariño de su marido, entrega a las criaturas al matarife y le pide que se los sirva cocinados al padre. El cocinero siente compasión por las criaturas, las oculta, y cocina dos cochinos en su lugar. El padre se relame comiéndose las dos presas. La madrastra se cree por fin librada de aquellos que pueden disputarle dinero y cariño, pero como es lógico obtendrá su castigo: el matarife confesará que tiene a las criaturas y el caballero que yació sobre la Bella (¿violación de una muerta?) aparecerá de nuevo para casarse con esa mujer que tan feliz le hizo mientras la poseía (dormida). Este es sólo un ejemplo, porque Caperucita también se las trae. En el fondo, lo que busca el lobo (un ogro) cuando mata a la abuelita es meterse en la cama con la nieta.

No son, lógicamente, cuentos para niños, pero los que fuimos pequeñas criaturas amantes del miedo, encontramos en estos escabrosos relatos con toques de humor algo de aquellas viejas sensaciones turbulentas. A mí me produce un efecto curativo: cuando salgo de la noche eterna de estos personajes, miro el mundo, y en vez de parecerme amenazante, se me antoja lleno de gente estupenda.

Elvira Lindo

domingo, 10 de diciembre de 2017

CUENTO DE NAVIDAD PARA INCRÉDULOS


Hay muchos años atrapados en esta celosía. Lleva por dentro los detalles, las horas, los instantes precisos de todas las historias de todos los abuelos de la ribera oriental. Hoy, como de costumbre, se abre al mundo y los abalorios de la abuela flotan desadvertidos por las callejas y las gárgolas de aquel santuario en ruinas. Vacilan mucho las manos y la boca, pero siempre que se quiere un grito interno, abre la jaula y nos transforma en cuadros plásticos maquillados a la usanza de aquellas viejas consejas.

Te anaranjeaba la tarde el borde interior de los pómulos y sobre tus dientes se dibujaban las imágenes marinas repletas de estela y serena entrega. Todos recordamos la más dulce triquiñuela de nuestras mocedades; cada merced lleva la suya atada a las lágrimas en la noche de año nuevo. Cada tarantín de la calle retrotrae la mano tierna que roza a hurtadillas la piel de alguna muchacha, en medio de la multitud de nombres que dejan huella tras el pasar del tiempo. Yo siempre me ralentizaba cuando iba a tu encuentro, era el señor de los caramelos y tú montada en tu risa me dabas el asisto matinal de las frutas del mercado.

Aquí estás de nuevo -solía decirme- eres: diciembre. La página en blanco, un trago que fluye por ríos de gentes y secretos hermosos que se pasean por la plaza. Que maravillan el rostro bañado de aceites delineados en la majestuosidad de una mueca pícara por entre miles de ojos que destejen al tiempo. Pintores que añaden sonidos, a estos cuadros vivos de Rafael, en la pulcritud de su atardecer entre nosotros. Las gaitas, sus voces mágicas, Renato fabricando con sus dedos, todo el amor del poeta para acariciar la ciudad. El chino Jung que nos regala el silencio con la paz de su mirada. La tercera siesta, que es bellorín en su asalto al salto y los bardos que recorren los sueños guiados por Blas, quien dispara al cielo versos que regresan en cometas furtivos sobre las paredes que se encienden como cuando amanece en tus ojos. Cada vez que llegas, me retrata profundo el ojo del tigre y tu beduina mirada como luna del desierto.

Si tú ahora quieres comprender por qué los incrédulos abundan  en diciembre, podrás darte perfecta cuenta, que todo se debe precisamente a que los mercaderes no saben hacer otra cosa que vender para comprar tu alegría. Pero no creas que en vano un pesebre es la luz del mundo; porque imagina por un momento que todo se hubiese desarrollado en un hotel cinco estrellas: como le pediría al que solo tiene esperanza que creyera en los milagros, si la última estrella que tenía para vender te la había guardado y, de tanto esperar por ti se murió. Por eso el angelito que me diste, todos los días me pregunta: A dónde se fue la dueña de mi imagen si vos te quedaste solamente con la soledad de mi espacio...A mí también me dolió, pero no te preocupes: Diciembre me dijo que este año me exoneraba del llanto, por lo tanto me das un abrazo y te devuelvo para siempre la alegría, que solamente una vez ensoñamos. ¡Feliz navidad! Saboreo aún tus fresas y a estos incrédulos que nos miran. 

Hans Christian Andersen

viernes, 8 de diciembre de 2017

MISTERIO EN BLANCO

Enviado por Pedro:

En la velada del día de Nochebuena, una gran nevada obliga al tren de las 11:37 procedente de la estación londinense de St. Pancras a detenerse en las proximidades de Hemmersby. Decididos a no pasar la noche en el vagón, un grupo de seis pasajeros (un especialista en temas paranormales, una corista, un oficinista tímido, un sesentón y dos hermanos) decide desafiar las inclemencias del tiempo e intentar llegar al cercano pueblo.

A mitad de camino, se ven obligados a refugiarse en una solitaria casa de campo que, a pesar del fuego encendido en la chimenea, el té para tres dispuesto sobre la mesa y el agua de la tetera todavía hirviendo, parece estar desierta. Atrapados por las circunstancias en ese reducido espacio, los viajeros intentarán desentrañar el enigma de la vivienda deshabitada y, cuando la tormenta finalmente amaine, de las cuatro personas que han sido asesinadas…

                Esta novela de J. Jefferson Farjeon se publicó por primera vez en 1937, y es una espléndida novela de intriga de ambiente navideño. El autor nos introduce en una intriga que nos atrapa desde el primer momento, gracias a la sensación de aislamiento y de que algo extraño ha ocurrido, al estilo del Detection Club. El autor recrea con maestría la sensación de aislamiento y de que algo extraño ha sucedido. Transmite de forma fidedigna el peligro inminente que parece acechar a los personajes que intentan averiguar qué misterio envuelve a la casa y así nos introduce y atrapa en el misterio.

jueves, 7 de diciembre de 2017

¿ME DEJAS LOS LIBROS?


-¿Puedo hacerte yo una pregunta ahora? -te interrumpe, y aunque al principio te molesta, terminas asintiendo-. ¿Lo que hay en el salón... son libros? ¿Libros... reales?
Extrañado, frunces el ceño.
-Claro, ¿qué van a ser si no?
-¿Podemos ir a verlos, por favor? -La emoción reluce en sus ojos,
La petición te resulta tan extraña e inocente que respondes que sí. Abandonáis la cocina y, cuando llegáis a la estancia principal, Fiara corre esquivando los sofás y la mesa principal hasta una de las estanterías de la pared. Es tan inesperada su reacción que te descubres con el puñal en la mano, aunque enseguida vuelves a envainarlo en tu cinturón.
La chica acaricia los cantos polvorientos de los libros con una delicadeza reverencial. Sus labios se mueven casi imperceptiblemente mientras va leyendo en voz baja los títulos de cada uno de ellos. La mayoría son enciclopedias antiguas, tratados históricos de tiempos ya olvidados, atlas de tierras que tú siempre has creído tan lejanas como si pertenecieran a mundos inventados...
-¿Puedo...? -pregunta, señalando uno con el dedo.
-Eh... sí, adelante -contestas, y ella lo libera de su hueco de la estantería.
Después camina hasta la chimenea y se sienta delante del fuego con las piernas cruzadas bajo la falda del vestido. Cuando abre la tapa, se levanta una nube de polvo que, a la luz del fuego, te recuerda las partículas que se desprendían del vuelo de las hadas que aparecían en los cuentos que Padre te leía de niño.
Hojea las primeras páginas por encima, pero sobre todo se entretiene pasando las hojas hacia delante y hacia atrás, con una sonrisa creciente en sus labios.
-¿También es la primera vez que... ves un libro?
-Es la primera vez que veo un libro de papel, sí. Había oído hablar de ellos, claro, pero no existen allí de donde yo vengo.
-Pero sabes leer.
Ella asiente.
-Utilizamos dispositivos con pantallas que...
-¿Dispositivos?
-Sí, ¿no sabes qué son? -te pregunta, tan extrañada como si le hubieras dicho que ignoras qué es una nube-. Es raro que tu padre...
-Mi padre prefirió enseñarme todo lo que necesitaba conocer a este lado del muro -la interrumpes, ofuscado-. ¿Qué son esas cosas?
Si a Fiara le molesta tu desplante, no lo demuestra. Medita unos instantes buscando la manera de explicarse hasta que da con la solución.
-Son... como espejos negros -responde-, Espejos mágicos que te permiten ver lo que desees. Momentos del pasado, lugares lejanos, realidades inventadas... Puedes comunicarte con quienes se encuentran a miles de kilómetros. Llevaba uno en mi bolsa. Si quieres...
-No -la detienes, asustado-. No es necesario.
Todo lo que ella cuenta te parece imposible, como sacado de un cuento, fantasías idénticas a las que aparecen en el...

Javier Ruescas, Al Cruzar el Jardín

miércoles, 6 de diciembre de 2017

APERTURA DE LAS PRIMERAS CORTES CONSTITUYENTES


Una gran novedad, una hermosa fiesta había aquel día en la Isla. Banderolas y gallardetes adornaban casas particulares yvedificios públicos, y endomingada la gente, de gala los marinos y la tropa, de gala la Naturaleza a causa de la hermosura de la mañana y esplendente claridad del sol, todo respiraba alegría. Por el camino de Cádiz a la Isla no cesaba el paso de diversa gente, en coche y a pie; y en la plaza de San Juan de Dios los caleseros gritaban, llamando viajeros: -¡A las Cortes, a las Cortes!
Parecía aquello preliminar de función de toros. Las clases todas de la sociedad concurrían a la fiesta, y los antiguos baúles de la casa del rico y del pobre habíanse quedado casi vacíos. Vestía el poderoso comerciante su mejor paño, la dama elegante su mejor seda, y los muchachos artesanos, lo mismo que los hombres del pueblo, ataviados con sus pintorescos trajes salpicaban de vivos colores la masa de la multitud. Movíanse en el aire los abanicos, reflejando en mil rápidos matices la luz del sol, y los millones de lentejuelas irradiaban sus esplendores sobre el negro terciopelo. En los rostros había tanta alegría, que la muchedumbre toda era una sonrisa, y no hacía falta que unos a otros se preguntasen a dónde iban, porque un zumbido perenne decía sin cesar: -¡A las Cortes, a las Cortes!
Las calesas partían a cada instante. Los pobres iban a pie, con sus meriendas a la espalda y la guitarra pendiente del hombro. Los chicos de las plazuelas, de la Caleta y la Viña, no querían que la ceremonia estuviese privada del honor de su asistencia, y arreglándose sus andrajos, emprendían con sus palitos al hombro el camino de la Isla, dándose aire de un ejército en marcha, y entre sus chillidos y bufidos y algazara se distinguía claramente el grito general: -¡A las Cortes, a las Cortes!
Tronaban los cañones de los navíos fondeados en la bahía; y entre el blanco humo las mil banderas semejaban fantásticas bandadas de pájaros de colores arremolinándose en torno a los mástiles. Los militares y marinos en tierra ostentaban plumachos en sus sombreros, cintas y veneras en sus pechos, orgullo y júbilo en los semblantes. Abrazábanse paisanos y militares congratulándose de aquel día, que todos creían el primero de nuestro bienestar. Los hombres graves, los escritores y periodistas, rebosaban satisfacción, dando y admitiendo plácemes por la aparición de aquella gran aurora, de aquella luz nueva, de aquella felicidad desconocida que todos nombraban con el grito placentero de: -¡Las Cortes, las Cortes!
En la taberna del Sr. Poenco no se pensaba más que en libaciones en honor del gran suceso. Los majos, contrabandistas, matones, chulos, picadores, carniceros y chalanes, habían diferido sus querellas para que la majestad de tan gran día no se turbara con ataques a la paz, a la concordia y buena armonía entre los ciudadanos. Los mendigos abandonaron sus puestos corriendo hacia la Cortadura que se inundó de mancos, cojos y lisiados, ganosos de recoger abundante cosecha de limosnas entre la mucha gente, y enseñando sus llagas, no pedían en nombre de Dios y la caridad, sino de aquella otra deidad nueva y santa y sublime, diciendo: -¡Por las Cortes, por las Cortes!
Nobleza, pueblo, comercio, milicia, hombres, mujeres, talento, riqueza, juventud, hermosura, todo, con contadas excepciones, concurrió al gran acto, los más por entusiasmo verdadero, algunos por curiosidad, otros porque habían oído hablar de las Cortes y querían saber lo que eran. La general alegría me recordó la entrada de Fernando VII en Madrid en Abril de 1808, después de los sucesos de Aranjuez.
Cuando llegué a la Isla, las calles estaban intransitables por la mucha gente. En una de ellas la multitud se agolpaba para ver una procesión. En los miradores apenas cabían los ramilletes de señoras; clamaban a voz en grito las campanas y gritaba el pueblo, y se estrujaban hombres y mujeres contra las paredes, y los chiquillos trepaban por las rejas, y los soldados formados en dos filas pugnaban por dejar el paso franco a la comitiva. Todo el mundo quería ver, y no era posible que vieran todos.
Aquella procesión no era una procesión de santas imágenes, ni de reyes ni de príncipes, cosa en verdad muy vista en España para que así llamara la atención: era el sencillo desfile de un centenar de hombres vestidos de negro, jóvenes unos, otros viejos, algunos sacerdotes, seglares los más. Precedíales el clero con el infante de Borbón de pontifical y los individuos de la Regencia, y les seguía gran concurso de generales, cortesanos antaño de la corona y hoy del pueblo, altos empleados, consejeros de Castilla, próceres y gentileshombres, muchos de los cuales ignoraban qué era aquello.
La procesión venía de la iglesia mayor donde se había dicho solemne misa y cantado un Te Deum. El pueblo no cesaba de gritar ¡Viva la nación!, como pudiera gritar ¡viva el rey!, y un coro que se había colocado en cierto entarimado detrás de una esquina entonó el himno, muy laudable sin duda, pero muy malo como poesía y música; que decía:
Del tiempo borrascoso
que España está sufriendo
va el horizonte viendo
alguna claridad.
La aurora son las Cortes
que con sabios vocales
remediarán los males
dándonos libertad.
El músico había sido tan inhábil al componer el discurso musical, y tan poco conocía el arte de las cadencias, que los cantantes se veían obligados a repetir cuatro veces que con sabios, que con sabios, etc. Pero esto no quita su mérito a la inocente y espontánea alegría popular.
Cuando pasó la comitiva encontré a Andrés Marijuán, el cual me dijo:
-Me han magullado un brazo dentro de la iglesia. ¡Qué gentío! Pero me propuse ver todo y lo vi. Lindísimo ha estado.
-¿Pero ya empezaron los discursos?
-Hombre no. Dijo una misa muy larga el cardenal narigudo, y luego los regentes tomaron juramento a los procuradores, diciéndoles: -¿Juráis conservar la religión católica? ¿Juráis conservar la integridad de la nación española? ¿Juráis conservar en el trono a nuestro amado rey D. Fernando? ¿Juráis desempeñar fielmente este cargo?, a lo cual ellos iban contestando que sí, que sí y que sí. Después echaron un golpe de órgano y canto llano y se acabó. Gabriel, a ver si podemos entrar en el salón de sesiones.
Yo no creí prudente intentarlo; pero fui hacia allá, codeando a diestro y siniestro, cuando al llegar junto al teatro, ante cuyas puertas se agolpaban masas de gente y no pocos coches, sentí que vivamente me llamaban, diciendo:
 -Gabriel, Araceli, Gabriel, señor D. Gabriel, Sr. de Araceli.
Miré a todos lados, y entre el gentío vi dos abanicos que me hacían señas y dos caras que me sonreían. Eran las de Amaranta y doña Flora. Al punto me uní a ellas, y después que me saludaron y felicitaron cariñosamente por mi feliz llegada, Amaranta dijo:
-Ven con nosotras, tenemos papeletas para entrar en la galería reservada (...)
No hablamos más del asunto porque el Congreso Nacional ocupó toda nuestra atención. Estábamos en el palco de un teatro; a nuestro lado en localidades iguales veíamos a multitud de señoras y caballeros, a los embajadores y otros personajes. Abajo en lo que llamamos patio, los diputados ocupaban sus asientos en dos alas de bancos: en el escenario había un trono, ocupado por un obispo y cuatro señores más y delante los secretarios del despacho. Poco habían unos y otros calentado los asientos, cuando los de la Regencia se levantaron y se fueron como diciendo: «Ahí queda eso».
-Esta pobre gente -me dijo Amaranta- no sabe lo que trae entre manos. Mírales cómo están desconcertados y aturdidos sin saber qué hacer.
-Se ha marchado el venerable obispo de Orense -dijo doña Flora-. Por ahí se susurra que no le hacen maldita gracia las dichosas Cortes.
-Por lo que oigo, están eligiendo quien las presida -dije-. Hay aquí un traer y llevar de papeletas que es señal de votación.
-Buenas cosas vamos a ver hoy aquí -añadió Amaranta con el regocijo que da la esperanza de una diversión.
-Yo lo que quiero es que prediquen pronto -añadió doña Flora-. Prontito, señores. Veo que hay muchos clérigos, lo cual es prueba de que no faltarán picos de oro.
-Pero estos clérigos filósofos son torpes de lengua -afirmó Amaranta-. Aquí hablarán más los seglares, y será tal el barullo, que veremos escenas tan graciosas como las de un concejo de pueblo con fuero. Amiga, preparémonos a reír.
-Ya parece que tienen presidente. Oigamos lo que lee aquel caballerito que está en el escenario y que parece un mal actor que no sabe el papel.
-Está conmovido por la majestad del acto -repuso Amaranta-. Me parece que estos señores darían algo ahora porque les mandasen a sus casas. Verdaderamente las fachas no son malas.
-Desde aquí veo al vizconde de Matarrosa -indicó doña Flora-. Es aquel mozalbete rubio. Le he visto en casa de Morlá, y es chico despejado... Como que sabe inglés.
-Ese angelito debiera estar mamando, y le van a dispensar la edad para que sea diputado -repuso la condesa-. Como que no tiene más años que tú, Gabriel. Vaya unos legisladores que nos hemos echado. Aquí tenemos Solones de veinte abriles.
-Querida condesa -dijo la otra- desde aquí veo todas las narices y toda la boca de D. Juan Nicasio Gallego. Está abajo entre los diputados.
-Sí, allí está. De un bocado se tragará Cortes y Regencia. Es el hombre de mejores ocurrencias que he visto en mi vida, y de seguro ha venido aquí a reírse de sus compañeros de procuraduría. ¿No es aquel que está a su lado D. Antonio Capmany? ¡Miren qué facha! No se puede estar quieto un instante y baila como una ardilla.
-Ese que se sienta en este momento es Mejía.
-También veo la cara seráfica de Agustinito Argüelles. Dicen que este predica muy bien. ¿Ve usted a Borrull? Cuentan que este no quiere Cortes. Pero empiece de una vez la función ¡qué pesados son!
-Aquí como no se paga la entrada, no hay derecho a impacientarse.
-Ya está dispuesta la presidencia. ¿Tocarán un pito para empezar?
-Yo tengo una curiosidad por oír lo que digan...
-Y yo.
-Será un disputar graciosísimo -dijo Amaranta- porque cada cual pedirá esto y lo otro y lo de más allá.
-Conque salga uno diciendo: «Yo quiero tal cosa», y otro responda: «Pues no me da la gana», se animará esta desabrida reunión.
-¡Cuándo las habrán visto más gordas! Será gracioso oír a los clérigos gritar: «Fuera los filósofos», y a los seglares: «Fuera los curas». Veo con sorpresa que el presidente no tiene látigo.
-Es que guardarán las formas, amiga mía.
-¿En dónde han aprendido ellos a guardar formas?
-Silencio, que va a hablar un diputado.
-¿Qué dirá? Nadie lo entiende.
-Se vuelve a sentar.
-En el escenario hay uno que lee.
-Se levantarán algunos de sus asientos.
-Ya. Acaban de decir que quedan enterados.
-Nosotros también. Tanto ruido para nada.
-Silencio, señores, que vamos a oír un discurso.
-¡Un discurso! Oigamos. ¡Qué ruido en los palcos! Si no calla el público, el presidente mandará bajar el telón.
-¿Es aquel clérigo que está allí enfrente quien va a hablar?
-Se ha levantado, se arregla el solideo, echa atrás la capa. ¿Le conoce usted?
-Yo no.
-Ni yo. Oigamos qué dice.
-Dice que sería prudente adoptar una serie de proposiciones que tiene escritas en un papelito.
-Bueno: léanos usted ese papelito, señor cura.
-Parece que hablará primero.
-¿Pero quién es?
-Parece un santo varón.
En los palcos inmediatos corría de boca en boca un nombre que llegó hasta el nuestro. El orador era D. Diego Muñoz Torrero.
Señores oyentes o lectores, estas orejas mías oyeron el primer discurso que se pronunció en asambleas españolas en el siglo XIX. Aún retumba en mi entendimiento aquel preludio, aquella voz inicial de nuestras glorias parlamentarias, emitida por un clérigo sencillo y apacible, de ánimo sereno, talento claro, continente humilde y simpático. Si al principio los murmullos de arriba y abajo no permitían oír claramente su voz, poco a poco fueron acallándose los ruidos y siguió claro y solemne el discurso. Las palabras se destacaban sobre un silencio religioso, fijándose de tal modo en la mente que parecían esculpirse. La atención era profunda, y jamás voz alguna fue oída con más respeto.
-¿Sabe usted, amiga mía -dijo en un momento de descanso doña Flora- que este cleriguito no lo hace mal?
-Muy bien. Si todos hablaran así, esto no sería malo. Aún no me he enterado bien de lo que propone.
-Pues a mí me parece todo lo que ha dicho muy puesto en razón. Ya sigue. Atendamos.
El discurso no fue largo, pero sí sentencioso, elocuente y erudito. En un cuarto de hora Muñoz Torrero había lanzado a la faz de la nación el programa del nuevo gobierno, y la esencia de las nuevas ideas. Cuando la última palabra expiró en sus labios, y se sentó recibiendo las felicitaciones y los aplausos de las tribunas, el siglo décimo octavo había concluido.
El reloj de la historia señaló con campanada, no por todos oída, su última hora, y realizose en España uno de los principales dobleces del tiempo.


-Atención, que van a leer el papelito.
D. Manuel Luxán leyó.
-¿Se ha enterado usted, amiga doña Flora?
-¿Acaso soy sorda? Ha dicho que en las Cortes reside la Soberanía de la Nación.
-Y que reconocen, proclaman y juran por rey a Fernando VII...
-Que quedan separadas las tres potestades... no sé qué terminachos ha dicho.
-Que la Regencia que representa al Rey o sea poder ejecutivo preste juramento.
-Que todos deben mirar por el bien del Estado. Eso es lo mejor, y con decirlo, sobraba lo demás.
-Ahora se levanta gran tumulto entre ellos, amiga mía.
-Van a disputar sobre eso. Pues no levantará mal cisco el cleriguito. ¿Cómo se llama?...
-D. Diego Muñoz Torrero.
-Parece que vuelve a hablar.
En efecto, Muñoz Torrero pronunció un segundo discurso en apoyo de sus proposiciones.
-Ahora me ha gustado más, mucho más, señora condesa -dijo la de Cisniega-. A este hombre le haría yo obispo. ¿No es justo y razonable lo que ha dicho?
-Sí, que las Cortes mandan y el rey obedece.
-De modo, que según la Soberanía de la Nación, el gobierno del reino está dentro de este teatro.
-Ahora le toca a Argüelles, amiga mía. Lo que me gusta es que todos dicen que están de acuerdo. ¿Para cuándo dejan el disputar?
-Al principio todo es mieles. Repare usted que estamos en el primer acto.
-Ahora habla Argüelles.
-¡Oh, qué bien! ¿Ha conocido usted muchos predicadores que se expresen con esa elegancia, esa soltura, esa majestad, ese elevado tono, el cual nos sorprende y embelesa de tal modo que no podemos apartar la atención del orador, encantándose igualmente con su presencia y voz, la vista y el oído?
-¡Cosa incomparable es esta! -expresó con entusiasmo doña Flora-. Diga usted lo que quiera, han hecho muy bien en traer a España esta novedad. Así todas las picardías que cometan en el gobierno se harán públicas, y el número de los tunantes tendrá que ser menor.
-Sospecho que esto va a ser más brillante que útil -repuso la condesa-. Oradores creo que no faltarán. Hoy todos han hablado bien; ¿pero acaso es tan fácil la obra como la palabra?
Y de este modo iban comentando los discursos que sucedieron al de Muñoz Torrero, los cuales alargaban tanto la sesión, que bien pronto se hizo de noche y el teatro fue encendido. No por la tardanza se cansaron las dos damas, quienes, como el resto de la concurrencia, permanecieron en sus asientos hasta entrada la noche, gozando de un espectáculo que hoy a pocos cautiva por ser muy común, pero que entonces se presentaba a la imaginación con los mayores atractivos. Los discursos de aquel día memorable dejaron indeleble impresión en el ánimo de cuantos los escucharon. ¿Quién podría olvidarlos? Aún hoy, después que he visto pasar por la tribuna tantos y tan admirables hombres, me parece que los de aquel día fueron los más elocuentes, los más sublimes, los más severos, los más superiores entre todos los que han fatigado con sus palabras la atención de la madre España. ¡Qué claridad la de aquel día! ¡Qué oscuridades después, dentro y fuera de aquel mismo recinto, unas veces teatro, otras iglesia, otras sala, pues la soberanía de la nación tardó mucho en tener casa propia! Hermoso fue tu primer día, ¡oh, siglo! Procura que sea lo mismo el último.

Benito Pérez Galdós, Cádiz

martes, 5 de diciembre de 2017

EXCALIBUR


Enviado por Juan:

Gwen, hija de la reina Igraine, se halla en un Londres asediado por los sajones que  quieren conquistar el reino. El mago Merlín y Uriens trazan un plan para que la princesa escape sana y salva, y Lance será el  caballero encargado de esta tarea.

En la huida, Lance y Gwen se sienten atraídos. Tras su noche de pasión, Lance piensa que él es un simple mercenario y que no puede ofrecerle nada a ella, que lo puede tener todo. Por ello, se mostrará frío y distante el resto del viaje, mientras que el mosqueo de Gwen crece.

                Una vez que llegan a las tierras del rey Pellinor, cada uno tomará caminos diferentes. Lance partirá a la inminente batalla, mientras que Gwen, acompañada de su primo Gawain, Arturo y Tristan, se embarca rumbo al palacio de su madre.

                Con Excalibur, comienza Britannia, uns saga de cuatro libros donde Ana Alonso y Javier Pelegrín recrean el mito artúrico. Aunque en algunos aspectos se apartan del canon (luego iremos con ellos), los autores han concebido una magnifica historia para acercar el mito a un público juvenil, sobre todo a partir del triángulo amoroso entre Gwen, Arturo y Lance. Los personajes están bien trazados, con sus defectos y virtudes, y vemos como a lo largo de los libros evolucionan y se van confirmando sus personalidades.

                Nos encontramos en un mundo medieval, parecido al del mito con sus magos y alquimistas, pero encontramos algunas cosas extrañas o anacronismos: Arturo para hacer un pago entrega un reloj de pulsera, o entran en una sala y se encienden unas luces, o la manzana mordida como símbolo del gremio de los alquimistas, o cuando ven en un espejismo unos edificios altos hechos con un metal desconocido y cristal, o esa magia, la magia de Britannia, el velo, una especie de realidad virtual a la que, en el primer libro, los protagonistas acceden mediante unas gemas, en las que en realidad se esconde un código informático. Todo esto se nos irá aclarando y explicando conforme avanza la saga (aunque en el último libro me queda una duda no resuelta).

                Los cambios con respecto al mito artúrico, en cierta forma son mínimos: Arturo es el heredero espiritual de Utrhed, no biológico; Lance es un simple mercenario, con un pasado que ocultar; Gwen (a la que posteriormente se le conocerá tanto como Ginebra o como Morgana, según como actúe) es hija de Ygraine y Uriens y la heredera del trono; Mordred es hijo de Ygraine y Uthred, y, por lo tanto, hermanastro de Gwen; Merlin, el mago Merlin, en realidad, es… Mejor, leedlo, vale la pena.