domingo, 24 de septiembre de 2017

EL OTOÑO


Ya el sol, Platero, empieza a sentir pereza de salir de sus sábanas, y los labradores madrugan más que él. Es verdad que está desnudo y que hace fresco.

¡Cómo sopla el Norte! Mira, por el suelo, las ramitas caídas; es el viento tan agudo, tan derecho, que están todas paralelas, apuntadas al Sur.

El arado va, como una tosca arma de guerra, a la labor alegre de la paz, Platero; y en la ancha senda húmeda, los árboles amarillos, seguros de verdecer, alumbran, a un lado y otro, vivamente, como suaves hogueras de oro claro, nuestro rápido caminar.

Juan Ramón Jiménez, Platero y Yo

SCI-FI: SINCE 1902


Homenaje a las películas de Ciencia Ficción, que siempre nos han acompañado, y a los autores que nos abrieron esos mundos.

viernes, 22 de septiembre de 2017

EL MEJOR VERANO


La piscina apareció cubierta de hojas, y con un fondo de barro acumulado a lo largo de los meses, en el que se ahogaban los saltamontes y rondaban algunas moscas azulencas. Olía de la misma manera que los cuartos de baño del chalet, abandonado durante ocho meses y resucitado con los calores.
Raúl se alegró. Eso suponía que, como todos los años, habría que limpiarla, y él había planeado encargarse de todo: ya era mayorcito, y si sus padres se lo permitían, se sacaría una paga extra. Durante esos meses y en la sierra, los gastos aumentaban: había que comprar helados, flashes de fresa y algunos petardos para el día de Santiago, que se celebraba en la urbanización como el día gordo del verano.
Los mayores contaban con sus propios medios para competir, los coches, los anillos y las reformas de los chalets, y los niños empleaban los helados y los petardos. Aquel año, además, Raúl comenzaba a sentir un ligero interés por las chicas, y entre los compañeros de la clase ya se rumoreaba que a las niñas se las compraba con helados.
Sus padres no le dedicaron una segunda mirada a la piscina. Su madre entró en la casa, abrió el ventanal y se dejó caer sobre el sofá, aún cubierto con las fundas blancas.
- Anda, vete a incordiar por ahí. Yo estoy medio mareada.
El padre le agarró por un brazo cuando intentaba escabullirse fuera de la finca.
- Tú, quieto. ¿A dónde vas? Ayúdame a sacar las cosas del coche. Luego ya tendrás tiempo de correr. ¿Qué hace tu madre?
- Nada.
- Vaya. Menuda novedad.
A Raúl no le interesaba discutir. Se encargó de la comida, de la nevera de picnic, de sus propios juguetes y de una mesa pequeña que su madre había insistido en llevar al chalet. Mientras tanto, ella continuaba con la cabeza reclinada sobre la funda, fingiendo que dormía. Cada vez lo hacía más a menudo, y Raúl ya no le daba importancia. Él intentaba lo mismo todos los lunes por la mañana, y nadie le hacía caso.
Durante la cena dejó caer un par de veces que habría que encargarse de la piscina. Sus padres estaban en otra cosa, aunque callaban, la madre desmigando el pan con mucho cuidado, el padre sin camisa, mirando al infinito.
- Qué pesado estás con la dichosa piscina. Mientras no vengan a limpiarla, puedes ir a la casa de Rubén, y si sus padres os aguantan, bañaros allí.
- ¿Y si la limpio yo?
- No digas tonterías, hijo –cortó la madre-. Cada año se mueren muchos niños ahogados en las piscinas.
- Pero si está vacía...
-Anda, come.

Los platos del chalet eran los que se habían usado durante años en la otra casa, de arcopal rayado, en los que la sopa se enfriaba inmediatamente. Raúl lo intentó de nuevo.
- Pero yo necesito dinero...
- Haber sacado mejores notas.
Tocaban ahí un punto sensible, porque por primera vez había llevado a casa suficientes y un mísero notable, y aunque no le habían dicho nada, se había quedado sin regalo de fin de curso.
- Tú pregunta cuánto te cobran. Yo te lo hago por la mitad. ¿Vale?
El padre sonrió sin ganas.
- Bueno. Ya hablaremos.
La comunidad que se reunía en la urbanización de la sierra se encontraba unida por lazos laborales y de sangre, y Raúl era el único que no se reunía con primos y con tíos. Su padre había elegido el lugar de veraneo porque todos sus compañeros de oficina habían comprado una casa allí, y porque deseaba olvidarse de las vueltas al pueblo cada agosto, a Toledo, a un pueblo en el que Raúl no había estado nunca. Su madre tomaba granizado casero y café helado con sus amigas, y durante Julio bajaban todas un par de días a las rebajas. La moda de los dos años anteriores había sido organizar barbacoas, y montar fiestas cuando ya caía la noche y el calor se retiraba.
Los adultos sólo despertaban con la brisa de la tarde. El resto del día pertenecía a los niños, a sus sesiones entre piscinas y las excursiones al kiosko de chucherías. El orden de las horas escapaba de lo normal, no había siesta, no había hora de acostarse, y la televisión permanecía encendida durante largas horas sin que nadie se preocupara por los ojos o por los deberes.
Cuando se encontró de nuevo con sus amigos, se sorprendió al ver que habían crecido. Él se veía más mayor, más alto y más fuerte, pero no imaginaba que también los demás cambiaran. Rubén, que tenía ya trece años, hablaba con una voz profunda que no habían escuchado antes, y se le habían cubierto las piernas de vello. Resucitaron las bicicletas de los garajes, y vivieron los dos primeros días con agujetas en las pantorrillas y los muslos, que se quejaban del movimiento y las horas al aire libre.
Sin embargo, lo más chocante fue comprobar lo mucho que habían variado las aficiones. El fútbol continuaba siendo sagrado, por supuesto, y chapoteaban en la piscina de Rubén, la única que funcionaba a aquellas alturas, pero ya no competían entre ellos. Cuando Raúl proponía una escapada al cerro, o una carrera, le tachaban de crío, y se negaban a moverse de la sombra.
Quien más quien menos, espiaba a una chica. Se colaban en las terrazas desde las que podrían verlas desnudas, y en la piscina se apostaban siempre en una altura inferior, de modo que si movían las piernas de manera descuidada podrían atisbar qué ocultaban bajo las bragas. Otros años habían aceptado a niñas en el grupo, a Anita, a Mariluz. Éste, ni siquiera permitían que se acercaran, y cuando se las cruzaban por la calle les dedicaban insultos y silbidos. Sin embargo, uno de los Canijos había robado un sujetador minúsculo con florecitas azules, y desde que sabían que pertenecía a Mariluz no podían pensar en nada más.
Raúl había descubierto hacía años que los mayores se comportaban de manera muy extraña con las mujeres. A veces, en las barbacoas, sobre todo cuando ya habían bebido un poco, las mujeres dejaban de preocuparse por los escotes y por las rodillas que mantenían impecablemente apretadas entre sí. Y a veces él había sido testigo de apartes entre ellos, de sobresaltos al ver que alguien se acercaba, y de alivio al comprobar que era solamente él. No le gustaba que sus amigos comenzaran tan pronto con el mismo procedimiento, con las quejas, con los vermuts y las siestas.
Durante el verano apenas veía a su madre. Él mismo se preparaba el cola-cao del desayuno, se agenciaba la merienda y se saltaba la cena si podía evitarla. Ella aflojaba su tenaza, no controlaba su ropa, ni sus sandalias llenas de tierra, y apenas salía de casa. Se aposentaba en el mismo sofá en el que se derrumbó el primer día y dejaba que se le escaparan las horas, ella, tan activa, llena de proyectos aplazados siempre para el verano. A veces, cuando Raúl se escabullía sin decir nada y se cruzaban en el pasillo o en las escaleras, ella le pasaba una mano por la cabeza y le dejaba paso.
- Si vas a correr, llévate el casco.
Raúl le obedecía, porque aún guardaba en mente la promesa de la limpieza de la piscina, pero dejaba el casco de la bici en la plaza y se olvidaba de él, como todos los demás.
No se había vuelto a saber nada de la piscina, que a medida de que los días avanzaban se llenaba de mosquitos y de restos de gasolina que se filtraban por el suelo del garaje. Raúl y sus padres ya no utilizaban esa zona del jardín, y habían comprado repelente de mosquitos sin preocuparse de nada más.
Su padre cogía el coche cada mañana y se ausentaba cada vez a menudo un par de días. A Raúl no le había quedado claro si continuaba trabajando o no, y cuando había querido preguntar, había recibido un silencio demasiado largo.
- Bueno, díselo –había empezado su madre.
- Yo no tengo nada que decirle. ¿Y tú?
La madre se encogió de hombros.
- Tu sabrás. Te ha preguntado a ti, no a mí.
- Os he preguntado a los dos –dijo Raúl.
- Yo no tengo nada que decir –continuó la madre, con voz ronca pero clara-. Yo me paso aquí el día, sin moverme del chalet, sin armar escándalo y sin pedir nada. Lo que hacen otros, no lo sé.
- Fuiste tú la que quisiste venir al chalet. Lo que no vas a conseguir es obligarme a quedarme aquí, mano sobre mano, viéndote bostezar por las esquinas.
- Esto me lo dices en privado, y no delante del niño. ¿Eh? Que ya bastante me está costando callarme y continuar como si no pasara nada.
Raúl había quedado con la pandilla para ver la televisión en casa de los Canijos, y se escapó sin comer la fruta. Sus padres nunca discutían, nunca parecían enfadados ni sorprendidos por nada, imponían castigos suaves y una rutina llevadera. Si pensaban tirarse los trastos a la cabeza, al menos que lo hicieran entre ellos.
Rubén traía cotilleos nuevos, porque se había quedado escuchando a su madre y sus amigas detrás de la puerta. Habló de una de las vecinas de verano, que no se había reunido con ellas ese año, porque al parecer, se había operado. Rubén dejó claro que intentaba rejuvenecerse, y que al año siguiente aparecería con el rostro planchado y sin arrugas. Aquello les hizo pensar: uno de ellos había visto en la televisión esas operaciones, en las que el cirujano le cortaba a la mujer las orejas para colocárselas más tarde. A Raúl, al que le habían dado doce puntos en la cabeza cuando era pequeño, aquello le pareció repugnante. Luego, uno de los Canijos, en voz más tenue, le señaló con la cabeza.
- ¿Y de ése, qué?
Rubén le fulminó con la mirada.
- Calla, idiota. ¿No ves que no sabe nada?
Raúl se les quedó mirando antes de reaccionar.
- Que no sé nada ¿de qué?
De pronto tuvo la certeza de que le habían descubierto, de que sabrían que a él le gustaba también Mariluz, con o sin sostén de flores, y que aquello le convertiría en el hazmerreír del grupo.
- Nada, tú ni caso. Tonterías que dice éste.
No se sintió cómodo el resto de la tarde, y regresó a casa antes de lo normal. Su madre no había recogido la mesa, y sobre ellas, entre las migas desmenuzadas con precisión, la ensalada desleída en aceite y vinagre, su padre apoyaba los codos. No parecía haberse movido de allí desde el mediodía.
- Raúl, hijo, ven aquí.
Su padre rebuscó en los pantalones y se sacó la cartera. Le tendió unos cuantos billetes grandes.
- Toma, para ti.
Nunca había visto tanto dinero junto. La idea de que le pertenecieran le hizo que le subiera la sangre a la cabeza.
- Entonces... ¿te limpio la piscina?
- ¿Qué? No, no. Nada de piscinas. Se acabó la piscina por este año. Esto te lo gastas en lo que te dé la gana. No es otra cosa.
Raúl cogió el dinero sin pensarlo más, y se encerró en su habitación, con el pecho dilatado de felicidad. Pensó en los helados, en los flashes, pensó en comprar a la pandilla (y, muy en el fondo, casi sin atreverse a soñarlo, también a Mariluz) todos los helados del verano, pensó en comprarse un monopatín que había visto, y pensó que no había nadie en el mundo comparable a su padre.
Más tarde vendrían las horas de soledad, el divorcio, las notas justas y las discusiones con su madre. Más tarde se acercarían los veranos nefastos, un mes con su madre en el chalet, otros quince días robados al padre en el mismo sitio, sin barbacoas, alejándose cada vez más de Rubén y los otros chicos, a los que mandaban a Inglaterra a estudiar durante el verano. Llegaron las escaseces de dinero, y los regalos desorbitados del padre. Pero en aquel momento era feliz, el sol brillaba sobre el jardín y la piscina abandonada, y los billetes por gastar, y nada parecía capaz de estropear aquel verano.

Espido Freire

jueves, 21 de septiembre de 2017

ARRUGAS, DÍA DEL ALZHEIMER


21 DE SEPTIEMBRE 
DÍA DEL ALZHEIMER

Emilio, un antiguo ejecutivo bancario, es internado en una residencia de ancianos por su familia tras sufrir una nueva crisis de Alzheimer. Allí, aprende a convivir con sus nuevos compañeros –cada uno con un cuadro “clínico” y un carácter bien distinto– y los cuidadores que los atienden. Confuso y desorientado en su nuevo entorno, sufre regresiones a etapas anteriores de su vida. Emilio se adentra en una rutina diaria de cadencia morosa con horarios prefijados –la toma de los medicamentos, la siesta, las comidas, la gimnasia, la vuelta a la cama...–, y en su pulso con la enfermedad para intentar mantener la memoria y evitar ser trasladado a la última planta, la de los impedidos, cuenta con la ayuda de Miguel, su compañero de habitación...

                Paco Roca aborda en Arrugas temas delicados, hasta ahora escasamente tratados en cimic o novela gráfica, como son el alzheimer y la demencia senil. Y lo hace de un modo intimista y sensible, con algunos apuntes de humor pero sin caer en ningún momento en la caricatura. El aire de verosimilitud que se respira en el relato se ha visto propiciado por un cuidadoso trabajo de documentación. Paco Roca comenzó a recopilar anécdotas de los padres y familiares ancianos de sus amigos y visitó residencias de ancianos para saber cómo era la vida en ellas, un material de primera mano que le ha servido para estructurar una consistente ficción.


La historia está ambientada en una residencia para personas mayores. Narra la amistad entre Emilio, que acaba de llegar a una residencia de ancianos en un estado inicial de Alzheimer, y Miguel, un compañero un tanto geta que se convertirá en su amigo y que le ayudará en las actividades de la vida cotidiana y que trazará planes, un tanto descabellados, para superar el tedioso día a día de la residencia. La historia, llena de ternura, se tiñe de comedia para realizar un alegato sobre la amistad y en envejecimiento activo. Miguel muestra otra imagen de envejecimiento totalmente distinta a la de Emilio: un envejecimiento sin dependencia ni deterioro. Él es testigo directo de la progresiva degeneración de su nuevo amigo debida a la enfermedad de Alzheimer y decide acompañarlo y cuidarlo. En esta novela gráfica se revela la importancia de la amistad. Emilio, el protagonista de esta historia, tiene un amigo: Miguel, con el que comparte muchas situaciones. Ambos quieren seguir activos y mantener su dignidad. Su relación muestra las líneas que debe trazar la amistad y los detalles que se han de tener en cuenta para conservarla.


De Emilio y Miguel ya hemos hablado; veamos otros personajes. Antonia, que, a pesar de necesitar un andador, siempre quiere bailar; guarda en su bolso comida, recordando la falta de alimentos de la posguerra. Dolores y Modesto, un matrimonio de ancianos, donde ella le da de comer. Juan, el viejo locutor que repite lo que oye. Sol, que quiere llamar a sus hijos para que la saquen de la residencia, pero nunca llega al teléfono (a pesar de pagarle a Miguel por esa llamada que ella se olvida de hacer). Rosario, siempre junto a la ventana, creyendo que viaja en el Orient Express. Pellicer mostrando su medalla de bronce.


Paco Roca es dibujante, ilustrador y autor del cómic. Él mismo se define como “dibujante ambulante” y en una obra posterior, realizada junto al dibujante Miguel Gallardo (“Emotional World Tour, diarios itinerantes”. Astiberri, 2009), se pregunta por qué quiso hacer una historia sobre la vejez y expone sus razones. La primera es por sus padres, que ya van siendo mayores y, en cierta medida, los homenajea en estas páginas; la segunda es por su experiencia con la publicidad. Una realidad social en la que parece que los mayores no existan, en la que los ancianos suelen ser invisibles porque, en ocasiones, se consideran antiestéticos. “La vejez es un tema secundario no sólo en el cine, ocurre lo mismo en la literatura o en los tebeos. Hay muy pocas historias que hablen, principalmente, de las personas mayores”. Para escribir esta historia el autor se fijó en el padre de un amigo, enfermo de Alzheimer, y visitó distintas residencias de mayores para ver la realidad de las personas que allí conviven.


Arrugas ha sido llevada al cine en un largometraje animado en 2D con una duración de 90 minutos realizado en España y dirigida por Ignacio Ferreras. Recibió el premio a la mejor película de animación y al mejor guión adaptado de la XXVI edición de los Premios Goya; nominada mejor película de animación en los premios Annie 2012; ganadora del premio belga Anima 2012 (Audience Choice) y Cartoon Movie de Lyon 2012 (mejor producción europea).


PREMIO NACIONAL DEL CÓMIC 2008
PREMIO GOYA MEJOR PELÍCULA DE ANIMACIÓN 2012



miércoles, 20 de septiembre de 2017

DESEOS

Dejaba Florinda todos los días a la niña en la escuela a las seis de la mañana, aunque no abrían hasta las ocho, para poder tornar el autobús que la llevaba a la ciudad. El portero, don Herminio, la dejaba estar en la pequeña biblioteca hasta la hora en que quitaba el pesado candado de la puerta de la calle y una algarabía de gritos y carreras llenaba todo el lugar.

Y esas dos horas, a la luz de los mortecinos amaneceres que despliegan una tímida luz pálida, Anabella leía.

Cuentos de piratas, de ogros, de brujas, de princesas encerradas en un castillo esperando a ser rescatadas.

Y soñaba que algún día ella, también princesa, aunque nadie lo supiera, sería sacada del hoyo donde vivía y llevada sobre un caballo blanco a una torre reluciente de departamentos, en la capital.

O mejor aún, a Los Ángeles. Donde hablaban en inglés y comían tres veces al día, y pagaban en dólares y todos tenían carros enormes y relucientes aparatos que tocaban cumbias y merengues y rancheras a todo volumen, todo el bendito día.

Pero primero había que saber nadar como una sirena, escribir y leer como una maestra, luego aprender inglés, pero había tiempo de sobra.

Por ahora le bastaba y sobraba con ser la única princesa del pueblo.

Benito Taibo, Anabella y la Bestia

martes, 19 de septiembre de 2017

LA CARNE


«La carne está triste y ya he leído todos los libros», decía Mallarmé.

Qué acertada es esta cita que encontramos en la novela de Rosa Montero.

Una noche de ópera, Soledad, que acaba de cumplir 60 años y teme la vejez, contrata a un gigoló, el ruso Adam, para que la acompañe a la función y así poder dar celos a un examante. Pero, a la salida, el atraco y el navajazo a unos comerciantes chinos conocido de Soledad trastornará sus planes con Adam, dando comienzo a una relación, por una parte peligrosa, pues el ruso, aparte de cobrarle, va a sacar todo el beneficio que pueda en forma de regalos, incluso exige que le le busque un buen trabajo o le preste dinero; por otra parte, Soledad, queriendo huir de la vejez y del temor a la soledad, va a caer en una inquietante tela de araña de la que ni puede ni quiere escapar.

Además, Soledad está preparando una exposición, Arte y locura, para la Biblioteca Nacional. Una exposición en la que los autores están marcados por el abandono paterno en la infancia o la búsqueda del amor, hechos que han marcado la vida de Soledad. Una exposición, que una joven arquitecta, Marita Kemp, le quiere arrebatar.

La historia entre Soledad Alegría (nombre y apellido simbólico, igual que el de su hermana Dolores) y Adam, es previsible, y en cierta manera es lo que menos nos importa de la novela. Nos atraen más esos recuerdos de Soledad, donde muestra una aparente rebeldía ante la sociedad imperante: no tiene pareja estable, la mayoría de sus relaciones son clandestinas o ilícitas, no ha querido tener hijos, parece que es la vida que le gusta… pero es sobre todo un canto vitalista de una persona que teme envejecer, envejecer en soledad (Necesitaba estar enamorada. Amaba el amor, como decía san Agustín. Era una adicta a la pasión y, como buena adicta, sin eso no le interesaba vivir).

Conforme avanza la trama, se van hilvanando anécdotas de esos autores que Soledad ha elegido como malditos, todos reales salvo uno, Josefina Aznárez. Así nos vamos enterando de historias de Philip K. Dick, Guy de Maupassant, María Lejárraga, Pedro Luis de Gálvez, María Luisa Bombal, María Carolina Geel, Anne Perry, Willian Burroughs, Thomas Mann… Y junto a ello la música, especialmente el liebestod, la muerte de amor, de la opera Tristan e Isolda de Richard Wagner.

Es memorable, el capítulo donde Soledad se entrevista con la propia Rosa Montero.

Os dejo con dos videos, una entrevista a la autora, y el liebestod:




lunes, 18 de septiembre de 2017

LA PRIMERA EXPLOSIÓN NUCLEAR


La tribuna estaba engalanada con alegres banderas en oro y azul. Personalidades locales, políticos y miembros de la corporación ferroviaria estaban sentados en las filas ordenadas sobre la plataforma de madera, las mujeres con sus faldas largas de tafetán protegiéndose del sol estival con sus parasoles de volantes. Una orquesta de viento tocaba melodías alegres.
Los pájaros trinaban a contrapunto desde las ramas cercanas. Una multitud de granjeros y comerciantes, sus mujeres e hijos, llenaban el ancho prado alrededor de la tribuna. Los vendedores paseaban ofreciendo limonada y dulces, flores y baratijas.
El lugar era el pequeño pueblo de Letchworth, al norte de Londres; el año, 1834, poco después de la aprobación de la Ley de Pobres, que transformaría el paisaje rural, recluyendo a sus mendigos en instituciones. La ocasión era la inauguración de una nueva línea férrea, un ramal de la línea principal Londres-Cambridge.
A unos pocos metros de la tribuna se extendían las relucientes vías nuevas, prolongándose hacia el horizonte. Los cimientos de piedra de la estación, con su superestructura de ladrillo a medio acabar y rodeada de andamios, se alzaban al sur de la escena.
Sobre las vías —enorme, orgullosa, potente— descansaba una locomotora de diseño revolucionario. No muy lejos rondaba nervioso su revolucionario diseñador, Cosmo Cowperthwait, de veintiún años de edad.
Junto a Cowperthwait estaba un tipo ligeramente mayor, pero poseedor de una elegancia y una obvia sensación de seguridad muy superiores. Era el joven de veintiocho años Isambard Kingdom Brunel, hijo del famoso arquitecto e inventor Marc Isambard Brunel, genio responsable del túnel del Támesis, la primera construcción subacuática en utilizar tecnología de escudo (...)
En ese momento el joven Cowperthwait se volvió hacia su compañero y le dijo:
—Bueno Ikky, ¿tú qué crees? Se mantiene a todo vapor, con sólo unas pocas onzas de combustible. ¿Es o no es un milagro? El cohete de Stephenson no fue nada comparado con esto.
Siempre práctico, Ikky contestó:
—Si esto funciona, vas a poner fin a toda la industria minera del carbón. Yo de ti vigilaría mis espaldas, no vaya a ser que reciban el pico de algún minero disgustado. O lo que es más probable, el cuchillo de plata de un propietario minero.
Cosmo se quedó pensativo.
—No había pensado en ese aspecto de mi descubrimiento. Aun así, uno no puede retrasar el progreso. Si yo no hubiera dado con el refinamiento del nuevo metal de Klaproth, seguro que otro lo habría hecho.
En 1789, Martin Heinrich Klaproth había descubierto un elemento nuevo al que llamó «uranio», en referencia al cuerpo celestial descubierto recientemente, Urano. Otros científicos, entre ellos Eugene-Melchior Peligot, se habían propuesto refinar la sustancia pura. Cosmo Cowperthwait, heredero del talento de su padre, educado en una atmósfera de invención práctica, fue el primero en lograrlo, mediante la reducción del tetracloruro de uranio con potasio.
Tratando de encontrar nuevos usos para este interesante elemento, a Cosmo se le ocurrió aprovechar sus propiedades generadoras de calor para remplazar los medios de producción de vapor convencionales en una de las locomotoras de su padre. Clive Cowperthwait había accedido con reticencia y éste era el día del recorrido de prueba de la locomotora modificada.
—Ven —dijo Cosmo—, deja que le dé las instrucciones al ingeniero por última vez.
Los dos jóvenes treparon al tren. En la cabina el personal le dio la bienvenida con cierta frialdad. El ingeniero jefe, un tipo viejo con bigote largo y caído, asentía con la cabeza sin cesar mientras Cosmo hablaba, pero el joven inventor sabía que no le estaba prestando atención en realidad.
—Bien, recuerden, esta locomotora no se alimenta con leña o carbón, ni se le añade combustible. Bajando esta palanca las dos porciones de uranio se aproximan más entre sí, produciendo más calor, mientras que levantándola aumenta la distancia y disminuye el calor. Notarán que este pasador evita que la palanca baje hasta la zona de peligro…
Cosmo se detuvo alarmado.
—El pasador… está partido y a punto de desprenderse. Esto parece un incumplimiento deliberado de todas mis precauciones de seguridad. ¿Quién es el responsable de esta negligencia?
La tripulación se puso a mirar el techo de la cabina. Un fogonero insolente e innecesario silbó algo que Cosmo reconoció como una indecente canción popular titulada «Champagne Charlie».
Cosmo comprendió que sería inútil intentar hallar al culpable en ese momento.
—Ven conmigo, Ikky. Tenemos que arreglar esto antes de la prueba.
Los dos bajaron de la locomotora. Más allá en la tribuna, Clive Cowperthwait acababa de besar a su mujer y se dirigía hacia la parte delantera del podio para pronunciar su discurso.
—Lamento que mi socio no haya podido estar aquí hoy, pero estoy seguro de que puedo hablar el rato suficiente por los dos…
El público soltó unas risitas.
Cosmo no estaba de humor para unirse al júbilo de los espectadores.
—¿Dónde puedo encontrar unas herramientas? —preguntó frenético a Ikky.
—¿En la herrería del pueblo?
—Bien pensado. Déjame que le diga a Padre que retrase el encendido de la locomotora.
—No, vamos corriendo y ya está. Ya sabes cuánto habla tu padre. Tendremos tiempo de sobra.
Cosmo e Ikky se apresuraron hacia el pueblo.
Cuando estaban en la herrería oyeron ligeramente la reanudación de la música, que había cesado para el discurso de Clive. Cosmo e Ikky salieron corriendo alarmados.
En aquel instante una enorme explosión les tiró al suelo e hizo añicos todos los cristales del pueblo. Un viento caliente les empujó rodando por el suelo. Cuando consiguieron ponerse en pie, vieron los restos de una nube con forma de hongo que se alzaba en el cielo.
Con profunda consternación, mezclada con no poco aturdimiento, la pareja de amigos se precipitaron hacia el lugar de la ceremonia.
A muchos cientos de metros todavía, hallaron el borde de un inmenso cráter humeante que descendía hasta una llanura cristalina, el comienzo de una excavación con destino a Asia.
Cosmo gritó hacia el desolado páramo humeante.
—¡Padre! ¡Madre!
Ikky apoyó una mano en su brazo.
—Es totalmente inútil, Cosmo. Allí no puede quedar nadie vivo. Tu invento los ha lanzado ante Jehová. Interpreto esto como un signo de la Providencia, que ni siquiera la locuacidad habitual de tu padre pudo prevenir, lo que indica que el mundo no está preparado para un conocimiento así, si llega a estarlo algún día… Puedes consolarte con la idea de que habrá sido una muerte sin sufrimiento, gracias a Dios. En cualquier caso, me atrevo a decir que no encontraremos suficientes restos mortales ni para llenar un paragüero.
Cosmo estaba muy conmocionado y no pudo responder. (Después de esto, su vieja amistad con Ikky sería siempre algo tirante, pues recordaba la falta de sensibilidad de Ikky tras aquel desastre, del que, siendo justos, tenía parte de culpa).
Pensando por algún motivo que no sería conveniente quedarse en la escena del desastre, Ikky se llevó a su amigo a rastras.
De vuelta en Londres, tras un periodo de apatía de unos pocos días, Cosmo, el único heredero del clan Cowperthwait, había recuperado gradualmente sus facultades mentales. Una de las primeras cosas que había notado había sido la aparición de unas llagas extrañas en su cuerpo. Ikky resultó estar padeciendo los mismos efectos de su vivencia en común, al igual que los pocos habitantes de Letchworth que sobrevivieron. Con la ayuda de un boticario, Cowperthwait había obtenido un remedio naturópata, que aplicado en la piel de forma continuada, parecía contener la peste. (Cuatro años después, las llagas casi habían desaparecido, pero Cowperthwait siguió llevando la prenda naturópata, más por extrema precaución que por cualquier razón científica).

Paul di Filippo, Victoria