martes, 31 de octubre de 2017

LOS PEQUEÑOS MACABROS


«No sé si de verdad recuerdo cómo era ser niño. En mi obra uso mucho a los niños, porque son tan vulnerables…». Edward Gorey

                Y tan vulnerables, como nos muestra este libro mediante un recorrido macabro por el abecedario más siniestro que puedas imaginar. No hay momento para la compasión, pero si te gusta el humor negro, ¡este es tu libro!


                Edward Gorey, escritor, pintor, dibujante y escenógrafo americano que destacó por su estilo personal, con toques oscuros de un humor negrísimo, que ha resultado de gran influencia en generaciones posteriores de artistas e ilustradores, como Tim Burton

Veintiséis desgarradoras muertes, veintiséis formas de desaparecer del mundo, todas ellas en la más estricta soledad. Asfixiados por alfombras, engullidos por el fango, atacados por osos o consumidos por las llamas, veintiséis niños inocentes descubren, sin tiempo para sorprenderse, el extremo riesgo de vivir.


Cada página es una ilustración hecha en tinta por el autor sobre su muerte. Y en una sola frase nos dice quién es la persona retratada (este macabro abecedario está formado por las iniciales de los niños que van a morir) y que fue lo que ocasiono su muerte. 

PREPARANDO HALLOWEEN


Ariadne Oliver se había unido a la amiga en cuya casa pasaba una temporada, Judith Butler, con objeto de ayudarla en los preparativos de una fiesta juvenil que iba a celebrarse aquella misma noche. En aquellos instantes, la casa era imagen verdadera de una caótica actividad. Varias mujeres de carácter enérgico entraban y salían de las habitaciones, moviendo sillas, pequeñas mesas, jarrones de flores y amarillas calabazas que colocaban estratégicamente, en puntos previamente estudiados.
La víspera de Todos los Santos era la fecha señalada para la fiesta, en la que participarían muchachos y muchachas de edades comprendidas entre los diez y los diecisiete años.
La señora Oliver, apartándose del grupo de personas más nutrido, se apoyó en una de las paredes de la estancia en que se encontraba.
Tenía en las manos una gran calabaza amarilla, que examinaba con ojo crítico.
Hizo un movimiento de cabeza para apartar de su frente, muy prominente, un mechón de grisáceos cabellos.
—La última vez que tuve ocasión de contemplar algo igual estaba en América. Fue el año pasado. A centenares. Por toda la casa. Nunca había visto tantas calabazas juntas. La verdad es que nunca supe la diferencia que existía entre una especie de calabaza y otra. A ver… ¿Cómo se llama ésta?
—Lo siento, querida —dijo la señora Butler, un segundo después de haberle pisado a su amiga un pie.
La señora Oliver se apretó más contra la pared.
—La culpa ha sido mía —declaró—. Ando siempre por en medio. Me he quedado encantada
al ver tantas calabazas, de la especie que sean. He pensado en las que estuve contemplando en las tiendas, en las casas particulares, con velas o pequeñas lamparitas en su interior, o ensartadas con un hilo. Muy interesante todo, en realidad. No se trataba entonces de la tradicional reunión de la víspera de Todos los Santos, sino del Día de Acción de Gracias. Ahora asocié esas calabazas con dicha víspera, que tiene lugar a finales de octubre. El día de Acción de Gracias viene mucho después, ¿no? ¿No es por noviembre, hacia el día tres? Puntualicemos… El día treinta y uno de octubre es la víspera de Todos los Santos, ya mentada. Al día siguiente, en París, la gente acostumbra visitar los cementerios para depositar flores en las tumbas de sus familiares y amigos. No es una fiesta triste. Todos los niños visitan esos lugares y disfrutan lo suyo. Se va a los mercados primero, para adquirir ramos y más ramos de flores deliciosas. Nunca éstas, en París, resultan más bellas que en esa clásica jornada.
Un puñado de afanosas mujeres tropezaban de cuando en cuando con la señora Oliver. Ninguna prestaba atención a sus palabras. Andaban demasiado ocupadas con lo que llevaban entre manos.
La mayor parte de ellas eran madres de familia, hallándose auxiliadas por una o dos competentes solteronas. Veíanse chicos y chicas de dieciséis o diecisiete años, encaramados a lo alto de unas escaleras, o encima de unas sillas, colocando objetos de adorno, calabazas y polícromas bolas a una distancia conveniente del suelo. Varias muchachas de edades comprendidas entre los once y los quince años habían formado animados grupos, y dejaban escapar frecuentes risas de sus gargantas.
—Y después del Día de Todos los Difuntos y de las visitas a los cementerios —continuó diciendo la señora Oliver, sentándose en el brazo de un sofá—, viene el de Todos los Santos. Me parece que estoy en lo cierto…

Agatha Christie, Las Manzanas

lunes, 30 de octubre de 2017

THE ROCKY HORROR PICTURE SHOW


De todas las cosas que he hecho este año hasta ahora, creo que lo que más me ha gustado es ir a ver el Rocky Horror Picture Show. Patrick y Sam me llevaron al teatro para verlo la noche de Halloween. Es muy divertido, con todos esos chicos disfrazados como la gente de la película, y representándola a la vez delante de la pantalla. Además, el público grita cosas al escenario cuando recibe unas señales especiales. Probablemente ya lo sabías, pero he pensado contártelo por si acaso.
Patrick hace de Frank ’N Furter. Sam de Janet. Es muy difícil ver la película porque Sam se pasea en ropa interior cuando hace de Janet. Estoy intentando en serio no pensar en ella de esa manera, pero se me hace cada vez más difícil.
Si te soy sincero, quiero a Sam. Aunque no es como un amor de película. Solo la miro a veces y me parece que es el ser más bonito y más amable del mundo entero. Es también muy inteligente y divertida. Le escribí un poema después de verla en The Rocky Horror Picture Show, pero no se lo he enseñado porque me da vergüenza. Te lo copiaría, pero creo que sería una falta de respeto hacia Sam.
El caso es que ahora Sam está saliendo con un chico llamado Craig.
Craig es mayor que mi hermano. Creo que puede tener incluso veintiuno, porque bebe vino tinto. Craig hace de Rocky en el espectáculo. Patrick dice que Craig está «más cachas que un cruasán». No sé de dónde saca Patrick sus expresiones (...)


Cuando fui a The Rocky Horror Picture Show esa noche, Mary Elizabeth estaba muy enfadada porque Craig no había aparecido. Nadie sabía por qué. Ni siquiera Sam. El problema era que no había nadie para reemplazar a Rocky, una especie de robot musculoso (no estoy muy seguro de lo que es exactamente). Después de echar un vistazo a todos a su alrededor, Mary Elizabeth se volvió hacia mí.
—Charlie, ¿cuántas veces has visto el espectáculo?
—Diez.
—¿Crees que puedes representar a Rocky?
—Yo no estoy más cachas que un cruasán.
—No importa. ¿Puedes hacer de él?
—Supongo que sí.
—¿Lo supones o lo sabes?
—Lo supongo.
—Me basta.


Lo siguiente que supe es que no llevaba nada puesto aparte de unas zapatillas y un bañador, que alguien había pintado de dorado. No sé cómo me pasan estas cosas a veces. Estaba muy nervioso, sobre todo porque, en el espectáculo, Rocky tiene que tocar a Janet por todo el cuerpo, y Sam hacía de Janet. Patrick bromeaba con que iba a tener una «erección». Deseé con toda mi alma que no me ocurriera. Una vez tuve una erección en clase y me hicieron salir a la pizarra. Fue un momento terrible. Y cuando mi mente recuperó esa experiencia y le añadió un foco y el hecho de que solo llevaría un bañador, me entró el pánico. Estuve a punto de no salir a actuar, pero entonces Sam me dijo que ella quería realmente que yo representara a Rocky, y supongo que aquello era lo que de verdad necesitaba oír.
No entraré en detalles sobre el espectáculo entero, pero no me lo he pasado mejor en mi vida. No bromeo. Tuve que fingir que cantaba, y tuve que bailar por el escenario, y tuve que llevar una «boa de plumas» en la apoteosis final, a lo que yo no le habría dado ninguna importancia porque es parte del espectáculo, pero Patrick no podía dejar de hablar de ello.
—¡Charlie con una «boa de plumas»! ¡Charlie con una «boa de plumas»! —era simplemente incapaz de parar de reír.
Pero la mejor parte fue la escena con Janet, donde tuvimos que tocarnos mutuamente. No fue la mejor parte porque conseguí tocar a Sam y que ella me tocara. Todo lo contrario. Sé que suena tonto, pero es verdad. Justo antes de la escena, pensé en Sam, y pensé que si la tocaba de esa manera en el escenario y lo hacía en serio, sería vulgar. Y aunque creo que algún día podría querer tocarla de esa manera, no querría nunca que fuera vulgar. No quiero que seamos Rocky y Janet. Quiero que seamos Sam y yo. Y quiero que ella de verdad me corresponda. Así que solamente actuamos.


Cuando el espectáculo terminó, todos hicimos una reverencia, y hubo aplausos por todas partes. Patrick incluso me empujó delante de los demás actores para recibir mi propio aplauso. Creo que así es la iniciación de los nuevos miembros del reparto. Yo solo podía pensar en lo agradable que era que todo el mundo me aplaudiese, y en cómo me alegraba de que nadie de mi familia estuviera allí para verme hacer de Rocky con una «boa de plumas». Y menos mi padre.





domingo, 29 de octubre de 2017

EL ALMA EN PENA DE FIZ COTOVELO


Esto ocurrió en aquellos años en que una gallina costaba dos pesetas y la fraga de Cecebre era más extensa y frondosa. 
Xan de Malvís, más conocido por Fendetestas, pensó -una vez que llenaba de piñas un saco remendado- que aquella espesura podía muy bien albergar a un bandolero. No es que Xan de Malvís viese en tal detalle un complemento romántico de la hosca umbría; más bien aprecio la inexistencia del bandido como una vacante que podía ser cubierta. Y se adjudicó la plaza. 
Cuando Fendetestas abandonó sus tareas de jornalero en Armental para emprender la higiénica vida del ladrón de caminos, no disponía más que de un pistolón probado algunas veces en las reyertas de romería, y cuyo cañón, enmohecido y atado con cuerdas, parecía casi el cañón de un trabuco. Fendetestas llevó también a la fraga un ideal: robar la casa de algún cura. No hubo ni hay en campo gallego un solo ladrón que no haya robado a un cura o soñado en robarle. Es un tópico de la profesión. Puede ocurrir -y hasta es frecuente- que los curas sean más pobres que los mismos labriegos, pero esto no librará a sus casas del asalto. Se ignora el espejismo o la voluptuosidad que incita a los ladrones a preferir estas presas -acaso una reminiscencia de los tiempos del clero poderoso y feudal-, pero puede afirmarse que si desapareciesen súbitamente de Galicia todos los curas, todos los ladrones se encontrarían desconcertados y con la aprensión angustiosa de que se había acabado su misión en las aldeas. 
Xan de Malvís pensó, naturalmente, en robar a un párroco, pero aplazó su proyecto para cuando hubiese adquirido cierta perfección en el oficio. Las primeras semanas las dedicó a desvalijar a los labriegos que volvían de vender ganado en las ferias. Se tiznaba grotescamente el rostro y aparecía en lo sumo de la corredoira dando brincos, apuntando con el pistolón y gritando, para amedrentar a sus víctimas. 
-¡Alto, me caso en Soria! 
Y no le iba mal. Apañó el primer mes dieciocho duros, más de lo que ganaba en un trimestre trabajando para los ladrones de Armental. Comía lo suficiente, dormía en una cueva arcillosa que iba dando, poco a poco, a su traje la dureza de una tabla, y entretenía sus largos ocios haciendo trampas para pájaros. Por las noches miraba largamente la luna, oía los perros de las aldeas, rezaba un padrenuestro y resbalaba hasta el sueño pensando: «El día que me resuelva a robar en la casa del cura ... ». 
Verdaderamente, no le iba mal. Pero una noche en que la inquietud le había arrojado de su guarida llevándole a vagar cautelosamente por lo más intrincado de la fraga, tuvo una visión que le llenó de pavura. Por entre robles y castaños, siguiendo las sinuosidades de una vereda casi cubierta por los tojos, vio avanzar un fantasma. Era un fantasma enteramente igual a cualquier otro fantasma aldeano. Venía envuelto en una blanca sábana, traía una luz sobre la cabeza y arrastraba unas cadenas que chirriaban al rozar con los pedruscos del camino. Xan de Malvís se había disfrazado demasiadas veces de espectro en sus aventuras amorosas para no comprender que aquella era una auténtica alma en pena. Tan asustado quedó, que ni habla tuvo para conjurar la aparición inesperada. Corrió hacia su cueva, arañándose en las zarzas, y no concilió el sueño hasta el amanecer. 
Dos noches después casi tropezó con el mismo fantasma, junto a las rocas cubiertas de musgo que amparaban su guanda. 
-¡Jesús, María, José! --exclamó entonces, santiguándose- ¿Quién eres y qué quieres de mí? 
Y el fantasma habló con la voz afligida, un poco en falsete, de todos los fantasmas: 
-Soy el ánima de Fiz Cotovelo, el de Cecebre, que anda penando por estos caminos. 
-¿Quieres unas misas? -preguntó resueltamente Fendetestas, como si las llevase él en el bolsillo. 
-Nunca vienen mal -parece que respondió el fantasma . Pero si me ves así es porque hice en vida la promesa de ir a San Andrés de Teixido y no la cumplí, y ahora necesito que un cristiano vaya descalzo y peregrinando en mi lugar, y que lleve una vela tan alta como yo he sido. 
Xan de Malvís se rascó la cabeza, donde si algunos pelos se habían tranquilizado, otros seguían erizados aún. Balbució: 
-Pues... yo bien iría ... ; pero, la verdad, no me conviene mucho ni creo que me dejasen llegar muy lejos. 
El espectro lanzó un largo gemido que hizo que se volviesen a poner de punta aquellos pelos ya sosegados de Malvís, y siguió arrastrando sus cadenas. 
-Rezaré por ti -ofreció Fendetestas. 
Desde entonces el bandido pudo saber perfectamente cuándo eran las doce en punto de la noche. Sólo con asomarse a su cueva veía pasar la aparición, gimiendo y ululando, y aun sin asomarse, oía el ruido de las cadenas. Como lo habitual pierde emoción y Malvís era un hombre valiente, concluyó por familiarizarse con la presencia del fantasma. Muchas noches, sintiendo exacerbada en su soledad el ansia de echar un párrafo con alguien, esperaba, sentado en las piedras musgosas, al espíritu de Fiz Cotovelo y le instaba a detenerse. 
-¿Qué prisa llevas? -le preguntaba. 
Y después: 
-¿Cómo marcha el asunto? 
Entonces ambos conferenciaban gravemente. Fiz Cotovelo se dolía de que todos escapasen aterrados, sin pararse a escuchar lo que tenía que decirles, y de la enorme cantidad de agua bendita que le arrojaban en la aldea y que le hacía andar siempre con la sábana terriblemente húmeda. Malvís hablaba de sus pequeños negocios del día y, sobre todo, de su proyecto de asalto a la casa del cura. 
A veces el fantasma se interesaba en la vida del bandolero.

-¿Lo pasas bien? -inquiría.

Y Fendetestas escupía en el suelo, elevaba un poco sus hombros fornidos y contestaba:

-Es peor arar, Cotoveliño; te lo digo yo, es peor arar. Lo malo está en que no puedo salir de aquí a comprar tabaco. Si hubiese tabaco en la traga, no me cambiaba por el maestro de escuela. Palabra. Pero cuando no puedo fumar.. Muchos días estuve tentado, sólo por eso, a volver a ser un hombre decente.

Fiz Cotovelo conservaba sus tendencias de campesino; auguraba el tiempo, predecía la abundancia o mezquindad de las cosechas y le gustaba saber cuánto habían pagado por los bueyes los tratantes castellanos que aparecían en las ferias con sus sombreros anchos, sus blusones anudado sobre el vientre y la correa de un látigo por el cuello.

Una noche, mientras jugaba pensativamente con los eslabones de su cadena, contó su vulgar historia al bandido. Él, Félix Cotovelo, había vivido y muerto muy pobre, muy pobre. Pero aparte el pesar de haber dejado incumplida su promesa a San Andrés de Teixido -a cuyo santuario, según la popular sentencia gallega, «irá de muerto el que no fue de vivo»-, no llevó a la tumba otro pesar que el de no haber realizado su candente deseo de marcharse a América. Fue una obsesión que le acompañó desde la niñez, una punzante ansiedad de todos los días. Cuando era joven, la fuerza de sus brazos tendía a emplearse sobre los inmensos campos vírgenes de ultramar, de los que tanto hablaban los emigrantes; cuando llegó a la madurez y comprendió que nada podría hacer ya en las tierras lejanas, seguía pensando en ellas en el secreto de sus ensueños como en algo que, al hacerse imposible, priva de sentido a una existencia. Si hubiese ido allá -se decía-, sin duda habría alcanzado la fortuna, corno tantos otros, y podría haber tenido su casita y sus eras, y un diente o dos de oro, y una vejez regalada, y podría contar las aventuras de la ruda labor que había realizado hasta desembocar en prosperidades. Sin duda no todos los que emprendían el largo viaje triunfaban, pero hasta los que regresaban con billetes de caridad pagados por los consulados hablaban con nostalgia de aquel amplio y maravilloso palenque que era América. En verdad, ya no sabían conversar sino acerca de aquel tema cautivador.

Cotovelo refería a Malvís la magnificencia de la vida de su abuelo, que había estado en Cuba y había vuelto a casarse y a comprar tierras en Cecebre. Era dueño de muchos ferrados de tierra en la parroquia, y su ganado el más abundante y el mejor: bueyes gordos y grandes como montañas. Mataba tres cerdos para el consumo de la casa e iba todos los años con su mujer a tomar las aguas de Guitiriz, porque el trópico le había estropeado el hígado, y se hospedaba en una buena fonda. Cuando murió, repartióse su hacienda entre sus tres hijos, y entonces tuvieron éstos que aumentar su trabajo y reducir su comida. Pero en fin, el padre de Fiz Cotovelo aún Podía vivir sin más ahogos que los de cualquier otro labrador. Lo terrible fue que entre los seis hijos que dejó a su vez, las tierras se atomizaron hasta lo increíble. Era el mal de Galicia y la razón por la que se hundían en la miseria aquellos que no podían emigrar. Un prado les quedó tan repartido, que si una vaca iba a pacer en él no podía comer la hierba propia sin tener las patas traseras en la propiedad de otro hermano y los cuernos proyectando sombra en la de un tercero. Nunca pudo agregar el pobre Fiz algo más sustancioso a la taza de caldo del mediodía ni a la taza de caldo de la noche. Y siempre pensando, siempre, siempre, en que si hubiese podido marchar a América tendría la fortuna con él, como uno de aquellos lindos pájaros, enjaulada. Y se hubiera casado. Y en el hogar de un Cotovelo volverían a sucumbir tres cerdos al finalizar cada otoño. 
-América está en todas partes -comentaba Fendetestas pensando en sus propios manejos. 
-No está, no -era la triste respuesta de Fiz. 
El ladrón fue sintiendo hacia él una simpatía que se mezclaba a cierta sensación de superioridad. Aquel alma en pena le parecía bastante rudimentaria y la trataba muchas veces como se trata a un niño. Pero no pasó mucho tiempo sin que se diese cuenta de que su único amigo le llevaba involuntariamente a la ruina. 
Desde que se supo que entre la espesura de la fraga iba y venía, lanzando aullidos, un espectro, nadie gustaba de aventurarse por las vereditas que la cruzaban. En cuanto declinaba el sol, los caminantes preferían el más largo rodeo a poner un pie ni en las lindes del bosque, y aun en el corazón del día eran muy pocos, muy apresurados y muy recelosos los que se decidían a intemarse en él, mirando a todas partes y dispuestos a correr como gamos si sonaba cualquier ruidillo. 
Fendetestas se hallo súbitamente sin clientela. Ser ladrón en un desierto sin caravanas es la más estúpida de todas las ocupaciones. Al descubrir la causa de aquel aislamiento, sintió mal humor por primera vez desde que se había retirado a la cueva. Iba de un lado a otro por la fraga o se sentaba en sus observatorios habituales, esperando en vano. Y murmuraba, roído por el desaliento: « ¡Se acabó el negocio! Este Cotovelo me partió». 
Terminó por decírselo francamente. 
-¿Aún no encontraste a nadie que quiera ir a Teixido? 
-¿Cómo voy a encontrar --dijo el fantasma abriendo sus brazos con desolación-, si en cuanto me ven se caen sin sentido o huyen dando voces sin detenerse a saber lo que quiero ni por qué estoy penando? Resulta imposible hablar con nadie, y así no puede ser. Luego se pasan noches y noches sin que yo vea alma viviente, como no seas tú. 
-Tampoco yo veo a nadie, y eso es lo peor -declaró Fendetestas con voz triste para inspirarle lástima-. Escorrentaste hasta a la guardia civil. Eres mi ruina, Cotovelo. ¿Por qué no te vas? 
-¿Adónde he de ir? -se defendía la aparición-. Cualquiera diría que estoy donde no debo. Todas           las fragas tienen un fantasma, como tienen también un ladrón. Tú eres de Armental y acaso no lo sepas, pero antes que yo hubo aquí muchos aparecidos. 
-¿Por qué no te presentas a un pariente? 
-No nos llevamos bien. 
Malvís tocó otra cuerda. 
-¡Pudiendo ir a todas partes, Cotovelo, como puedes tú; pudiendo ver la capital, o ir a Santiago o conocer Madrid, hombre, donde tanto hay que ver .. ! Lo mismo encontrarías allí que aquí el cristiano que buscas para ese servicio, o acaso mejor allí, y a la vez te distraías algo. 
Pero Fiz meneaba obstinadamente la cabeza, en la que sostenía la luz espectral. 
-Es el cariño al rueiro. Malvís; aquí nací y aquí viví Y nada me interesa como esto. En otros sitios no conozco a nadie. No me voy. 
-Pues fastidiar, bien me fastidias -terminaba Fendetestas después de cada una de sus inútiles tentativas de convencimiento.


Cierta noche, sentados sobre el pico más alto de las rocas, vieron marchar por la negra lejanía una serie de puntitos de luz que avanzaban de oriente a occidente, uno tras otro, conservando siempre una distancia igual entre sí. 
Fendetestas se levantó sobresaltado. 
-Así Dios me salve como es la Santa Compaña. 
-Es -asintió el fantasma naturalmente, sin inmutarse. 
-Viene hacia aquí. 
-No. Va hacia el mar. 
Xan de Malvís volvió a sentarse. Acababa de ocurrírsele una idea. 
-¿Es cierto que no hay obstáculo para ella, que sigue siempre en derechura, sobre los montes y sobre los barrancos y sobre el agua ...? 
-Sí. 
-¿Y hasta podrá dar la vuelta al mundo? 
El fantasma alzó los hombros con desdén. 
-Claro que puede. 
-Pues si ésos van hacia el mar -siguió intencionadamente Fendetestas-, todo por ahí, siguiendo en línea recta, a donde llegarán no es otro sitio que las Américas. Por ahí se van también los vapores. 
El espectro calló. 
-Ahora es la zafra en Cuba -continuó Malvís-. Buena ocasión de ver aquello. Se trabajará de firme en los campos de caña y habrá allí muchos hombres ganando buenos jornales. No digo yo que quisiera ser uno de ellos, pero me gustaría verlo si pudiese y no me hicieran pagar el viaje. 
-Sí, Malvís -reconoció el ánima en pena, con una rara excitación-. Debe de ser un buen espectáculo. 
-Sobre todo, verlo, Cotoveliño; haber estado allí... Porque, mira, no haber ido a San Andrés de Teixido..., bueno.... no está bien; pero hay mucha gente que no fue y no siente verguenza. Pero... ser de la tierra y no conocer América, Cotovelo... No poder contar nunca: «Cuando yo estuve en Cienfuegos ... ». Los pobres que nunca logramos ir, no somos nadie. Ahí tienes unos compañeros tuyos que van a allá. ¿Qué te iban a decir si te unieses a ellos? Seguramente... 
Pero no hizo falta que continuase. El secular afán migratorio, reforzado por el también secular afán de no pagar el pasaje, habló en el alma del campesino difunto. Erguido, lúgubre, el fantasma de Fiz Cotovelo se alejaba como empujado por el viento, hacia la negra lejanía. 
Y pronto hubo una luz más entre las luces de la Santa Compaña. 
Fendetestas la vio, persignóse y lanzó un suspiro alivio.

Wenceslao Fernández Flórez, El Bosque Animado

sábado, 28 de octubre de 2017

MEDIA VIDA


A través de las vidas de cinco amigas (Julia, Nina, Lolita, Marta y Olga) a lo largo de treinta años, Care Santos retrata a una generación de mujeres que tuvieron que construir sus destinos en un momento en que la hipocresía de aquellos que querían mantener las formas a cualquier precio se enfrentó a nuevas miradas sobre la amistad, el amor y la libertad.

                Media vida es, en realidad, un restaurante, un proyecto personal de Marta Viñó para realizarse y comenzar una nueva vida. Su hermana gemela Olga le convence para que, pocos días antes de la apertura, justo el día que se casarán Carlos y Diana de Gales y Barcelona sufrirá una torrencial tormenta, ofrezca una cena a sus antiguas compañeras de internado.

La acción comienza en julio de 1950, cuando las cinco adolescentes juegan juntas por última vez a «Acción o Verdad» o, como ellas lo llaman, el juego de las prendas en el internado. Olga ejerce como perversa maestra de ceremonias, y el resultado será la expulsión de julia del internado.

31 años después, la autora nos ofrece el retrato  de cada una de esas adolescentes ya en su madurez, a mitad de su vida, mientras acuden a la cena. Aquí vemos la vida de cinco mujeres muy distintas, que han reaccionado de forma muy diferente ante lo que la vida les ha deparado, y de esta manera nos encontramos ante una novela coral donde los hombres han quedado relegados a la sombra, a papeles muy secundarios: Olga Viño (se ha casado sin amor para conseguir una posición muy acomodada, mojigata, con una mentalidad propia del nacional-catolicismo), su hermana gemela Marta Viñó (quería ser novelista, pero ha triunfado en el mundo editorial con sus recetas de cocina; está harta de ser un producto de marketing de su marido y de las infidelidades de éste), Lolita Puncel (está a punto de dar a luz y hace dos semanas que murió su marido; ha esperado más de veinte años para casarse con él, pues era un socio de los negocios de su tío, del que ha estado enamorada desde que dejó el internado), Nina Borrás (perteneciente a una familia acaudalada catalana, es expulsada de su familia al quedarse embarazada con dieciséis años; con veinte cumplidos, su marido la abandona y tiene que ganarse la vida de forma independiente; es la más desinhibida del grupo, y no quiere renunciar a lo que le queda de juventud, pues a los cuarenta y cinco ya es abuela), Julia Salas (en la actualidad es diputada socialista y una de las propulsoras de la ley del divorcio).

Tras la cena, y derrumbadas las defensas por el alcohol, volverán a jugar a las prendas, y allí hablarán sobre el amor, la traición, el deseo, la amistad, las relaciones familiares, el perdón, la maternidad… y varios secretos irán saliendo a la luz.

Care Santos apoya la narración en hechos históricos y sociales que tuvieron transcendencia en nuestro país como la promulgación de la ley de divorcio, el golpe de Tejero, la boda de Lady Di, el concierto de los Beatles en la Monumental de Barcelona, o el estreno de Lo que el viento se llevó.

                La historia está muy bien contada, con un ritmo ágil y un lenguaje sencillo. Los personajes femeninos, con sus miedos y esperanzas, están muy bien desarrollados, y llegamos a comprender las motivaciones de cada una de las protagonistas.

PREMIO NADAL DE NOVELA 2017

viernes, 27 de octubre de 2017

FANATISMO


Sabía que pronto tendría que huir de esa locura. Las ambiciones de Gradithan habían perdido toda perspectiva, la maldición del kelyk. De repente no hacía más que hablar de la venida del dios Moribundo, del fin inminente de todo y del glorioso renacimiento que vendría después. Ratamonje sentía asco por la gente que hablaba así. De tanto como se repetían resultaba muy evidente enseguida que sus palabras reflejaban sus deseos y que el deseo era que sus palabras pudiesen ser verdad. Una y otra vez, tanto aliento desperdiciado. A la mente le gustaba tanto dar vueltas, disfrutaba de ese camino familiar, de su familiaridad. Vuelta y vuelta, y con cada vuelta la mente se volvía mucho más estúpida. Poco a poco, el alcance de los pensamientos se estrechaba, el camino que se pisaba se hundía todavía más, incluso había observado que el vocabulario se reducía, puesto que se desechaban los conceptos incómodos al igual que todas las palabras que iban ligadas a ellos. El camino circular se convertía en un mantra, el mantra en una proclamación de aquellos estúpidos deseos de que las cosas fueran como querían que fuesen, que, de hecho, las cosas eran como ellos querían.

El fanatismo era tan popular. Y tenía que haber una razón, ¿no? Una enorme recompensa en dejar de pensar, alguna gran dicha para la bendición de la idiotez. Bueno, Ratamonje no se fiaba de esas cosas. Sabía pensar por sí mismo y eso era todo lo que sabía, así que ¿por qué renunciar a ello? Todavía tenía que oír algún argumento que pudiera convencerlo; pero, por supuesto, los fanáticos no usaban argumentos, ¿verdad? No, solo esa mirada clavada, la amenaza, la razón para temer.

Steven Erikson, Doblan por los Mastines

jueves, 26 de octubre de 2017

UN ARTISTA DEL TRAPECIO


PINITO DEL ORO, 1931 – 2017; 
IN MEMORIAM

Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.

De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.

Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.

A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.

Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que le molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.

En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.


En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.

                Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.

El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.

Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:

-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!

Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarle. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.

En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarle, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.

Franz Kafka

miércoles, 25 de octubre de 2017

QUIJOTE EN EOLO


Eolo, una colonia del Círculo Exterior del Imperio.
Eolo, donde la Tierra es una leyenda.
Cuatro ciudades: Nueva Madrid, Nueva Londres, Nueva Paris y Nueva Washington.
Eolo, donde un día se cortan las comunicaciones con el Imperio  y comienza el silencio: no llegan naves ni comunicaciones.
Eolo, donde un día el mar cambia de color y sus olas anegan con violencia territorios humanos.
Donde un día una tormenta geomagnética destroza las telecomunicaciones y toda la tecnología.
Nueva Londres ha quedado sumergida bajo las aguas y todos sus habitantes han desaparecido.
No hay contacto posible con  Nueva Paris y Nueva Washington.
Eolo, tres razas:
Los humanos, de ellos lo peor sale a la luz.
Los hombres rata, que se han rebelado contra sus amos, los humanos.
Los lombrices, que habitan en el subsuelo, en túneles y galerías inexploradas kilómetros y kilómetros.
Eolo, donde la vida es un infierno.
Eolo, donde vive el joven Nemo.

                Esta es la historia de Nemo, un joven que intenta sobrevivir a los hombres rata y a los humanos, en esa tregua tensa donde robos y pillajes es lo más normal, gracias a las bandas que controlan la ciudad. Nemo, un joven al que los humanos dejan a un lado, le miran mal sin que él sepa el porqué. Nemo hará lo que sea con tal de salir adelante. Por eso, cunado Togo, el jefe de la banda más importante, se lo pida, se adentrará en los túneles, el lugar más oscuro y peligroso del planeta. Nemo, un personaje que parece sacado de una novela de Julio Verne, que en vez de dirigir un submarino, emprende con la ayuda de su amiga Octubre un Viaje al centro de la Tierra.

                Esta novela juvenil de ciencia ficción de Daniel Hernández Chambers nos atrapa enseguida, queremos ir resolviendo los interrogantes que se van planteando, por qué Nemo lleva ese nombre, por qué los humanos le miran mal, qué secretos se ocultan en esos túneles y galerías interminables. Muchas de estas preguntas encuentran respuesta; otras, no, abriendo la puerta a una posible continuación.

                Sobre los personajes de la novela el mejor desarrollado es Nemo, los demás muy poco, lo cual no es de extrañar por todo lo que sucede en la historia y de forma tan rápida sobre todo si tenemos en cuenta esos dos mundos tan antagónicos donde se refugian los humanos. Algunos los conoceremos más que otros: Octubre, Tobías…

                Y lo de Quijote, ¿por qué? Leed el libro y os enterareis. 

martes, 24 de octubre de 2017

DÍA DE LA BIBLIOTECA 2017


COMO 
MARY POPPINS, 
PERO SIN VOLAR

Soy sobrino de bibliotecaria. Desde que tengo memoria, mi tía, que acaba de cumplir ochenta años, me ha regalado un libro el día de mi cumpleaños. Primero fue la serie de Oscar, con su Kina y su láser, de la gran Carmen Kurtz; llegaron después las aventuras de Los Cinco, algunos clásicos ilustrados, la gran Nada de Carmen Laforet… La listlafa es larga y el disfrute ha sido mágico, porque mi tía entiende la lectura como algo que cura, que aleja al inocente de lo que agrede, y yo -y ella lo sabe- siempre he sido demasiado vulnerable a lo que daña, sea o no imaginado, sea o no real.
Mi tía se llama Nuria y desde niña sufre mucho de la vista. Aun así, trabajó durante décadas fomentando el amor por la lectura en hombres y mujeres, chicos y chicas a los que no conocía, pero cuya mirada no tardó en aprender a leer, a identificar y a descifrar. Ella decía -y a veces dice todavía- que “repartía refugio”, y se emociona al recordarlo. La he oído también confesar en algunos momentos de nuestra historia común, que no fueron fáciles y que vivimos juntos: “Decidí ser bibliotecaria porque así me aseguraba de que, por muy mal que nos fueran las cosas, aunque faltara el agua caliente o la calefacción, siempre tendríamos un libro en casa”. Ahora, quince años después de su jubilación, soy yo quien le recomienda lecturas. Leemos un libro a la vez y nos juntamos cada quince días a comer y a comentar lo leído, en lo que hemos bautizado como “El club de las 2”, porque intentamos en lo posible que coincida con el día 2 de cada mes, a las 2, y porque somos dos almas lectoras que no tienen freno. Durante estos años de club, ella me ha contado cosas, muchas cosas de su vida en la biblioteca, y desde que la oigo hablar como lo hace sobre su amor por esa vocación, que no decrece a pesar del tiempo, no puedo dejar de maravillarme y de preguntarme cómo definiría yo a una bibliotecaria -o a un bibliotecario- llegado el caso.
Hasta hace unos meses no di con la respuesta.


Fue a raíz de la publicación de Un hijo, durante una charla en un centro de enseñanza de una capital andaluza. Y fue precisamente gracias a un niño de diez años que, junto con otros 100, había leído la novela y quería conocer a su autor. Por motivos de espacio, el acto tuvo lugar en la biblioteca del centro, con un par de profesoras y la encargada de la biblioteca. La charla fue muy intensa, mucho más de lo que yo esperaba, y se alargó. Cuando por fin llegamos al final del turno de preguntas, un niño que estaba sentado en la primera fila levantó la mano.
-A mí lo que más me ha gustado del libro es María -dijo refiriéndose a la orientadora del centro, que es, junto con el pequeño Guille, la protagonista del libro.
Quise saber por qué. El niño, llamado Ismael, se rio un poco y luego, mirando a una de las tres mujeres que estaban junto a la puerta. dijo:
-Porque es igual que la seño Lourdes. -Una de las tres mujeres que estaban junto a la puerta se encogió un poco y negó con la cabeza, incapaz de reprimir una sonrisa. Ismael no había terminado-. Vive en la biblioteca porque si no los libros a lo mejor se van. O se mueren.
Se hizo el silencio en la biblioteca. Nadie se rio. Nadie dijo nada. Fueron segundos llenos de respiraciones contenidas, de tensión y de infancia.
-Es que es bibliotecaria -volvió a hablar Ismael. Y al ver que yo lo miraba sin saber qué decir, debió de entender que necesitaba explicarse mejor, y añadió-: O sea, como Mary Poppins, pero sin alas.
Hoy es un día especial. Celebramos el Día de las Bibliotecas y celebramos también que cientos, miles de Mary Poppins sin alas velan por los libros que las habitan para que no se mueran ni se vayan, e Ismael siga creyendo que la vida está en los libros y su reflejo fuera. Hoy es el día en que, un año más, la magia se renueva y todas las bibliotecarias y bibliotecarios del mundo se saludan con una mirada cómplice y un largo. hermoso y tierno:
“Supercalifragilísticoespialidoso”.

Alejandro Palomas


lunes, 23 de octubre de 2017

EL CUENTO DEL DRAGÓN TRAGAPALABRAS


Érase una vez, hace pocos años, un palacio en París en el que vivía un dragón. Era un pequeño dragón, de piel rugosa y verde brillante en la que relucían algunas escamas doradas como si fueran joyas incrustadas, En la espalda se elevaba una cresta alegre y picuda y en la cabeza destacaban los ojos grandes, tiernos y con largas pestañas, la nariz con dos enormes agujeros a modo de chimeneas invertidas y una boca de la que salía una lengua larga y muy roja. Era un dragoncito muy guapo, casi cachorro y de aspecto juguetón.
Había nacido en Oriente, en un hermoso desierto frío y yermo en invierno pero en el que, en primavera, florecían pequeñas hierbas salvajes que vestían de verdes, rojos y amarillos los colores pardos de la arena. Allí habitaban fieros dragones que echaban fuego por la boca y se enamoraban de bellas princesas. Pero siempre aparecía algún caballero vestido con armadura que les perseguía para salvar a las doncellas y tras violentas luchas les mataba. Los dragones tuvieron que esconderse para no desaparecer y llegó un tiempo en el que los hombres no los volvieron a ver. Hoy en día, sólo los podemos recordar por las pinturas que quedan en libros, iglesias o museos, siempre vencidos por un apuesto caballero que les clava la lanza mientras se retuercen intentando mirar, por última vez, a la hermosa princesa que desparece a lo lejos.
Nuestro pequeño dragón, cansado de todo lo que había vivido en aquellos lejanos y exóticos países, agotado todo el fuego de su boca y, después de haber viajado durante varios siglos por el mundo entero, llegó a París y, sin fuerzas para continuar, entró en el primer palacio en el que vio una puerta abierta. Subió las escaleras principales, encontró un hermoso salón dorado lleno de espejos y, a oscuras y casi a tientas descubrió una puerta lateral de la que partían unas estrechas escaleras. Allí, el pequeño dragón, solo y triste, decidió refugiarse y exhausto por su largo viaje, se quedó dormido en el pasamanos de la escalera.
Durmió durante años y años y, mientras, el palacio en el que vivía sufrió muchas transformaciones. Unas familias sustituían a otras, se produjeron guerras e invasiones, y el palacio iba cambiando de manos. Fiestas y bailes con alegres músicas, incendios y bombas que iluminaban el cielo de la ciudad, revoluciones sangrientas y desfiles de hombres con botas negras... todos los ruidos se iban sucediendo pero nuestro pequeña dragón dormía y dormía.
Llegó un día en el que sucedió algo extraño e insólito. Unos señores de un país vecino decidieron que iban a construir en el palacio una biblioteca llena de libros para que la gente de París los leyera. iY eso que en París había gente que leía muchos. Y conservando el bonito salón de baile, los altos techos llenos de escayolas y pinturas, y las habitaciones de grandes ventanales, comenzaron a llegar estanterías, mesas, sillas y cajas y cajas repletas de libros. Tanto ruido y tan distinto a los que antes se habían escuchado en el palacio despertó a nuestro dragón que, atónito y desde su escondite detrás de la puerta lateral, veía a la gente pasar colocando libros de todos los tamaños, colores y olores. Porque lo primero que notó el dragón es que el palacio olía distinto. Antes olía a humedad, moho y alfombras viejas. Y ahora olía a libros nuevos que era un olor muy agradable, fresco y lleno de vida.
Cuando se fueron los hombres que colocaron los libros empezaron a llegar los que los leían que eran mucho más silenciosos. Y no eran sólo hombres; eran hombres, mujeres, niños y niñas. Algunos eran muy mayores y otros parecían más jóvenes; unos iban muy deprisa, cogían un libro y lo cambiaban por el que llevaban debajo del brazo; pero había otras personas, como un señor muy serio vestido con un jersey granate, que llegaban por la mañana y estaban todo el día sentados al lado de la ventana escribiendo y leyendo. A algunos les cambiaba la cara mientras leían y una vez vio a una señora mayor que lloraba delante de un libro. Los niños eran los más divertidos porque, aunque había mayores que les decían que tenían que estar callados, ellos hablaban bajito y se reían y a veces corrían por las escaleras grandes del palacio hasta que algún mayor les regañaba.
El pequeño dragón, cuando la biblioteca estaba vacía, empezó a atreverse a salir de su escondite y, arrastrándose muy despacio iba conociendo todos los rincones del palacio en el que había dormido tantos años. Pero en cuanto oía un ruido o creía que alguien le había visto se iba corriendo a su escondite. Seguía teniendo mucho miedo de que alguien quisiera clavarle una lanza pensando que podía echar fuego por la boca. El pequeño dragón pronto se acostumbró a su nueva vida, tan distinta a la que vivió en el desierto y lo pasaba muy bien paseando entre las mesas para ver a la gente leer.
Un día, una niña que se llamaba María y un niño que se llamaba Ismael se pusieron a jugar y a correr por la biblioteca y cuando la bibliotecaria les empezó a llamar para que se callaran, encontraron la puerta lateral, la abrieron deprisa y se escondieron al lado de la estrecha escalera. De repente y con gran sorpresa descubrieron al pequeño dragón que, con un susto horrible, intentaba subirse al pasamanos para pasar desapercibido. Los niños, que no sabían nada de historias de dragones que echaban fuego por la boca y que el único caballero con armadura del que habían oído hablar era el inofensivo y divertido Don Quijote, se acercaron al pequeño dragón que cerraba los ojos con miedo y estaba encogidito. Les recordaba a su gatito Pirracas cuando se asustaba con el ruido de los coches y le hablaron con palabras cariñosas que sólo ellos entendían. Nuestro dragón, poco a poco fue cogiendo confianza y les empezó a contar su historia, su infancia en el desierto, sus largos siglos de huida, silencio y sueño y la nueva vida que llevaba viendo a la gente leer y soñando con poder conocer las historias que aparecían en los libros.
Los niños le contaron al dragón que a ellos también les gustaba mucho leer. Su mamá era la bibliotecaria del palacio y la mamá de su mamá también había sido bibliotecaria en un palacio de otra ciudad y, desde que eran muy pequeñitos, les leyeron cuentos, les enseñaron las letras y aprendieron a formar palabras. Ahora, juntando las palabras sabían leer y era muy divertido porque había muchos libros llenos de historias. El dragoncito, sin embargo, no sabía leer y se daba cuenta de que se estaba perdiendo algo realmente bueno porque veía que todos los que iban a la biblioteca lo pasaban muy bien con los libros.
Llevaban ya mucho tiempo hablando los tres, escondidos detrás de la puerta lateral, cuando se oyó la voz de la mamá bibliotecaria llamando a los niños porque había llegado su papá, Rachid, a recogerlos. Se despidieron deprisa y quedaron en verse al día siguiente. Y así fue. María e Ismael fueron muy obedientes ese día en la biblioteca y no armaron ningún follón. Se sentaron en la mesa, abrieron sus libros y se pusieron a leer. La mamá bibliotecaria los veía y no se lo creía; estaba feliz. Pero en cuanto ella se dio media vuelta los niños fueron, sin hacer ruido, a buscar al dragoncito para enseñarle a leer. Fue muy fácil porque el dragoncito era muy listo y tenía muchas ganas de aprender. Por la noche, cuando los niños se iban, abría algún libro y juntaba letras y palabras. Descubrió que según iba tragando palabras iba entendiendo las historias que venían en los libros. ¡Y su vida cambió¡.
Había historias tristes que hablaban de guerras y de gente muy mala. Pero leyó historias muy alegres donde había niños que jugaban y viajaban a la luna y a las estrellas. Había en la biblioteca libros en los que, además de letras se dibujaban números que bailaban entre ellos. Y aprendió que juntando determinadas palabras se podía producir una música que se llamaba poesía que era muy hermosa. La noche que descubrió la poesía el dragoncito no podía dormir de la emoción. También leyó la historia de Don Quijote que le habían contado los niños y se rió mucho porque era un hombre bueno que no se parecía a los caballeros armados que había conocido. Decidió, como Don Quijote, ponerse un nombre bonito y eligió Tragapalabras. Se llamaría, desde entonces, el Dragón Tragapalabras. También leyó libros que hablaban de viajes a tierras lejanas que le recordaban el desierto donde había nacido. Y una noche que estaba solo vio en un libro con muchas fotos un cuadro de un caballero matando a un dragón. iCasi se muere del susto¡. Esa noche se volvió a esconder detrás de la puerta lateral y no salió a ver más libros.
Así iban pasando los días, las semanas y los meses. El Dragón Tragapalabras leía y leía y acompañaba a los lectores que iban a la biblioteca a los que ayudaba sin que ellos los supieran, Al viejecito le recogía las gafas cuando se le caían; a la señora mayor que lloraba le dejaba en la mesa una flor que robaba de una maceta; a un chico desesperado le ayudaba con los números que no bailaban como él quería; y a un señor con corbata y cara de preocupación le ponía, al lado de una revista de economía, un libro de poesía que hablaba de un olmo viejo y herido. Pero a la que más ayudaba era a la bibliotecaria porque era muy buena. Se preocupaba de que siempre hubiera libros nuevos que olieran muy bien. Y aunque ella hacía como que no sabía de su existencia, muchas mañanas dejaba un cuenco lleno de comida rica para él, al pie de la estrecha escalera detrás de la puerta lateral. ¡Para ella cortaba las flores más bellas de las macetas del palacio de al lado!
Lo mejor era cuando llegaban los niños. Hablaban en susurros, se contaban historias, corrían por las escaleras grandes y jugaban al escondite. A veces, cansados, se iban a la escalera estrecha detrás de la puerta lateral y se quedaban los tres dormidos hasta que oían los gritos de la mamá bibliotecaria buscando a los niños.
Un día María e Ismael llegaron muy tristes a la biblioteca y el Dragón Tragapalabras les miró preocupado. Fueron a su escondite y le contaron que se iban de París a otra ciudad y que iban a pasar mucho tiempo sin verse. Lloraron los tres. El dragoncito perdía a sus mejores amigos, los niños que le habían enseñado a leer las letras y las palabras; los que le habían despertado de su sueño y le habían quitado el miedo. Le quedaban los libros y los otros lectores de la biblioteca. Pero les iba a echar mucho de menos.


Y los niños perdían su mejor secreto. El dragón que les había acompañado tantas tardes en la biblioteca; que les había ayudado a esconderse; que les había hecho las cuentas con los números cuando se ponían difíciles; y el que les contaba historias de un desierto donde en primavera florecían hierbas de colores en mitad de la arena. Pero sobre todo, los niños estaban tristes porque el dragoncito se quedaba muy solo. No entendía más que el lenguaje de los niños y con los mayores seguía escondiéndose. Y no iba a tener a nadie con quien jugar y contar historias.
Todavía tuvieron una tarde para despedirse y decirse las mil cosas que se cuentan los amigos. Al final de la tarde, el Dragón Tragapalabras les dio de regalo una carta y les pidió llorando que no la abrieran hasta llegar a casa. La mamá bibliotecaria, desde una esquina, también lloró en silencio y le envió un beso al dragoncito. Ya en casa, María e Ismael abrieron la carta y leyeron el último secreto que les ofrecía su amigo. Les contaba la leyenda de una ciudad muy antigua y muy bella llamada Toledo donde hubo una vez dragones que, como él, también se habían escondido en palacios e iglesias. ¿Les podrían conocer algún día? ¿Dónde les encontrarían? - "Buscad en el coro de la catedral - les decía - siempre cerca de los libros. Allí os estarán esperando para contaros historias y jugar juntos".
Los niños también querían hacerle un regalo a su amigo. Y aquí entro yo. María e Ismael un día me contaron su secreto y me pidieron que Paco y yo les lleváramos a Toledo a buscar dragones y que, mientras, les ayudara a escribir una carta a otros niños que fueran a vivir a París para que supieran encontrar al dragoncito y pudieran jugar con él y leer libros juntos. Y por eso he escrito esta historia. Los mayores sólo verán, si buscan mucho, un pequeño dragón esculpido en madera en el pasamanos de una estrecha escalera detrás de una pequeña puerta lateral en un viejo palacio de París. Pero los niños que lo lean sabrán la verdad. Es el Dragón Tragapalabras y les está esperando. Les enseñará todas las historias que hay en los libros y cómo pasárselo muy bien jugando con las palabras. Y empezará contándoles el cuento de un pequeño dragón que nació en un hermoso desierto donde en primavera florecían hierbas de colores en mitad de la arena.

Marta Torres