sábado, 4 de marzo de 2017

CAÍA LA NIEVE SOBRE LA RIBERA


No suelo subir nada los sábados, pero esta mañana al mirar por la ventana, mientras corregía exámenes, veía cómo nevaba hora tras hora. A pesar de lo que ha caído, no ha llegado a cuajar, para alivio de más de uno, pues hoy es su último día de Carnaval. Y me acordaba del comienzo de la novela de Ellen Kushner:

Caía la nieve sobre la Ribera, grandes borlas blancas que velaban las grietas en las fachadas de sus casas en ruinas; suavizando lentamente los duros contornos de tejados aserrados y vigas caídas. Los aleros estaban redondeados de nieve, superponiéndose, abrazándose, fluyendo unos en otros, cubriendo casas que se arracimaban como la aldea de un cuento de hadas. Pequeñas cuestas de nieve anidaban en los listones de postigos acogedoramente cerrados todavía frente a la noche. Empolvaba las bocas de fantásticas chimeneas que emergían en espiral de tejados escarchados, y formaba picos blancos en el relieve de los viejos escudos de armas tallados sobre los portales. Sólo aquí y allá una ventana, con su cristal roto hacía tiempo, se abría como una boca negra de dientes torcidos, atrayendo la nieve a sus fauces.

Que comience el cuento de hadas una mañana de invierno, en tal caso, con una gota de sangre recién caída en la nieve marfileña: una gota tan brillante como un rubí bien cortado, roja como una solitaria mancha de clarete en un puño de encaje. Y lo que de aquí se sigue, por consiguiente, es que el mal acecha detrás de cada ventana rota, maquinando malicia y encantamiento; mientras que detrás de los postigos cerrados los justos duermen sus sueños a esta temprana hora en la Ribera. Pronto despertarán para ocuparse de sus quehaceres; y uno, tal vez, será tan adorable como el día y estará armado, como lo están los justos, para enfrentarse a un triunfo predestinado…

                Pero no hay nadie tras las ventanas rotas; tan sólo rachas de nieve cruzan los suelos de tablas desnudas. Los propietarios de los escudos de armas hace mucho tiempo que renunciaron a todos sus poderes sobre las casas que blasonan y se trasladaron a la Colina, desde donde pueden divisar toda la ciudad. Ya no hay rey que los gobierne, para bien o para mal. Desde la Colina, la Ribera es un borrón diminuto entre dos orillas, un barrio desagradable en una próspera ciudad. Quienes ahora lo habitan gustan de considerarse malvados, pero en realidad no son peores que nadie. Y esta mañana se ha vertido ya más de una gota de sangre.

La sangre yace en la nieve de un simétrico jardín de invierno, ahora pisoteado y embarrado. Hay un hombre muerto, con la nieve rellenando los huecos de sus ojos, mientras otro se retuerce, gruñendo, dejando pequeños charcos de sudor en la tierra congelada, esperando que venga alguien a ayudarlo. El héroe de este pequeño cuadro viviente acaba de saltar por encima del muro del jardín y corre como loco hacia la oscuridad mientras ésta dure.

La nieve que caía le dificultaba la vista. La pelea no lo había dejado sin aliento, pero sentía la piel ardiente y sudorosa, y el corazón martilleaba en su pecho. No le hizo caso y se dirigió a la Ribera, donde no era probable que nadie lo siguiera.

Ellen Kushner, A Punta de Espada