jueves, 30 de marzo de 2017

BOADICEA


La reina salió, junto con sus hijas, y la luz le acarició el rostro. Decenas de miles de manos y espadas se alzaron hacia el cielo y su nombre resonó entre la multitud como una corriente marina, que lo arrastraba todo.
—Boadicea, Boadicea, Boadicea.
Las espadas comenzaron a golpear contra los escudos, en una confusión ensordecedora. Cathmor y sus icenos escoltaron a la reina hasta su carro de guerra. Una vez arriba, Boadicea contempló el mar de cabezas, de yelmos y de lanzas que llenaba la llanura hasta donde alcanzaba la vista. Y la sola visión de su cabellera roja desencadenó un estruendo aún más fuerte que hizo que la tierra temblara.
Ella misma cogió las riendas, mientras Aine y Mor subían a los lados.
—Ar Buidheachas.
El carro se apartó de la multitud y pasó por delante de la alineación. Boadicea sentía en sus adentros que la fuerza le crecía cada vez que su nombre remontaba el cielo. Desfiló delante de miles de guerreros, con el estómago contraído y el corazón en la garganta. Ojos inyectados en sangre, venas hinchadas bajo los dibujos tribales, rostros turquesa, cabelleras blancas empastadas con cal. Eran poderosos, duros, salvajes, quién semidesnudo y quién cubierto de hierro. Solo pedían combatir para poder liberarse para siempre del yugo de Roma.
—Boadicea, Boadicea, Boadicea.
Boadicea alzó las manos al cielo, pidiendo silencio. Y su gesto recorrió la alineación como la sombra del vuelo de un ave rapaz.
—No estoy aquí como descendiente de nobles antepasados para reivindicar un reino que me han arrebatado —empezó con voz aguda, mientras, lentamente, la multitud se apaciguaba como un mar en el que amainaba la tormenta—. Estoy aquí como una mujer que quiere redimir la pérdida de la propia libertad. Estoy aquí para redimir mi cuerpo azotado hasta la sangre y para vengar el pudor violado de mis niñas. —La reina puso las manos sobre los hombros de las pequeñas—. Mirad y ved en la suya la mirada de vuestros hijos. Recordad qué ha sucedido y pensad que es también por vuestros hijos y por vuestras hijas por lo que estamos hoy aquí, para que ya no sufran ningún ultraje. Y a quien tiemble ante el pensamiento del enemigo, le digo que cuente cuántos de los nuestros tienen yelmos, escudos y espadas cogidos a la legión que se ha atrevido a desafiarnos. Y que recuerde que la orgullosa águila de aquella legión está atada al carro de Murrogh de los trinovantes. Juzgad nuestro número y el suyo. ¿Cómo van a poder resistir nuestro ataque?
Un trueno resonó acompañando sus últimas palabras. Boadicea, la reina de los icenos, desenvainó la espada, la levantó hacia el cielo y clamó a la multitud con toda la fuerza de su aliento.
—Pensad en cuántos de nosotros están combatiendo y por qué, entonces venceréis esta batalla o moriréis.
Otra vez el clamor de un trueno; todo estaba listo, también el cielo. Boadicea regresó a donde había dejado a Ambigath. Hizo que las muchachas descendieran y se las confió; después hizo subir al auriga y le cedió las riendas.
Boadicea miró a sus hijas, y aquella fue la última mirada de amor de la jornada. Luego se volvió hacia el destino y su voz rompió el silencio, mientras remontaba el barranco que llevaba hacia la colina.
—¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí delante de vosotros! Ahora vuestra sangre aplacará la sed de los dioses infernales y me recompensará con la más que esperada venganza.
Boadicea lanzó su grito de guerra que, multiplicado, resonó mil veces.
—¡Este es el momento de la verdad! ¡Es aquí cuando se distinguen los hombres libres de los esclavos!
Un rugido se alzó desde su ejército, mientras el sonido de decenas de cuernos daba la señal de ataque. Boadicea se agarró al carro, que saltó hacia delante. Comenzaba a caer una lluvia rala pero constante. Los caballos descendieron al galope por el cauce del río, cuyo lecho estaba, a trechos, seco. La vigilancia de la caballería romana del día anterior y las patrullas nocturnas habían impedido que los britanos liberaran buena parte de la ribera de troncos y de grandes ramas, dificultando el paso de los carros. Los jinetes, en cambio, esquivaron los obstáculos y miles de caballos entraron en el río levantando altas salpicaduras de agua, después remontaron la orilla haciendo temblar el terreno.
Boadicea se aferró a los apoyos laterales del carro. La tierra saltaba alrededor. Los violentos vaivenes del carro le dejaban atisbar cómo ondulaban los centenares de hombres a caballo que había en torno a ella, que gritaban empuñando las armas. Ya no veía a los romanos ni a los suyos, tan solo contemplaba una sucesión de imágenes distorsionadas y fragmentadas, confundidas en una ensordecedora oleada.

Massimiliano Colombo, El Estandarte Púrpura