viernes, 17 de marzo de 2017

DÍA DE LA ENSEÑANZA

        
         Siempre me ha llamado la atención la figura del biblioburro, aprovechando la conmemoración del día de hoy, quiero unirla con la enseñanza, en homenaje a muchos de mis compañeros:

UN MUNDO BAJO EL CIELO

Gabito estaba habituado a que le hablara.
Pero, a veces, incluso parecía responderle.
Soltaba un rebuzno.
-¿Verdad que sí, amigo mío? -Sonreía entonces él palmeándole el flanco.
Así llegaban a la cresta. Y así descendían al valle. Y así volvían a trepar por el serpenteante camino que se retorcía escalando la montaña.
Algún amanecer alumbraba blanco.
La neblina lo cubría todo.
Luego, un poco más arriba, veía las nubes formando un manto entre las cumbres.
-¿Sabes, Gabito? Hace cientos, quizá miles de años, por esta misma senda caminaban nuestros antepasados. Y seguro que lo hacían a pie. Entonces no había burros. Ya ves cómo cambian las cosas.
Así que Gabito era un lujo, aunque él no lo supiera.
De noche, instalaba la pequeña tienda de campaña que se abría sola lanzándola al aire -un toque de modernidad- y encendía una fogata.
Al amparo de las llamas, que danzaban en el aire tan bellas como efímeras, diseminando sombras móviles por los árboles que le envolvían, sacaba un libro de uno de los dos zurrones.
¿Cuántas veces había leído Moby Dick?
¿Cuántas Las mil y una noches o Robinson Crusoe?
¿Y qué importaba?
Siempre era diferente, como si otra voz lo narrase en su mente.
-Me gustaría ver una ballena -suspiraba.
Bueno, una ballena, y un tigre, y un elefante.
Gran mundo, pequeño ser humano.
Leía y leía, hasta que el fuego se extinguía y apenas si quedaban algunas brasas. Entonces le dolían los ojos y guardaba el libro.
Después se cobijaba en la pequeña tiendecita de campaña, no fuera a llover y se empapara. Aunque lo más importante fuesen los libros.
Sí, los protegía con plásticos, pero aun así...
-Buenas noches, Gabito.
Otra noche, otro amanecer.
Otra jornada.
Ningún valle era igual a otro. Ningún río se parecía al anterior o al siguiente. Ningún cielo mostraba siempre las mismas nubes. El mismo paisaje, sí, pero con nuevas sensaciones. O sería que él, de año en año, más viejo, más cargado de recuerdos, lo veía o interpretaba todo con otros ojos.
¿Cuántas miradas puede trenzar un ser humano a lo largo de su vida?
¿Cuántas miradas de las de ver, no de las de simplemente pasar?
-Sí, me hago viejo, Gabito. Me estoy poniendo sentimental.
Tal vez fuera la soledad, el silencio roto únicamente por su voz o algún rebuzno de Gabito.
La última montaña.
Desde ella, a lo lejos, muy a lo lejos todavía, se veía el pueblito.
-Allá vamos.
Gabito también lo veía.
Solo era burro por naturaleza.
Agitó la cabeza y la movió de arriba abajo.
La última noche, en el risco, en la Cueva de la Soledad, llamada así porque en ella solo se refugiaban los solitarios que se movían por las montañas, leyó poesía.
Poesía romántica.

Grítale mi nombre al viento,
y lo hará su prisionero.
Yo gritaré el tuyo hacia dentro,
para que me abrase entero.

Ah, los poetas...
Tan locos, tan sublimes, tan especiales...
Se durmió con el libro en las manos, bañado por los rescoldos finales de la fogata. La cueva entera pareció arder, cárdena y luminosa con las ascuas enrojecidas.
El último amanecer.
El mejor de los ánimos.
-Vamos allá, Gabito.
Sentía el mejor de los ánimos. La espera tocaba a su fin. La fiesta sería cuando llegase, a primera hora de la tarde como mucho. Así que le dio por cantar.
Total, nadie le oía.
Luego siguió hablándole a Gabito, para que compartiera con él la alegría.
-Si pudieras entenderme, sabrías lo chistoso que es esto: un burro llevando libros, cultura, para que otros no sean eso mismo, burros.
Soltó una carcajada.
Ya ni se paró a comer. Siguió. Siguió. Cuando los campos labrados surgieron en la lejanía, también lo hicieron las voces.
-¡Ya está aquí!
-¡Ha llegado!
-¡Avisen a los niños!
Los primeros vecinos le rodearon. Las primeras sonrisas le dieron la bienvenida. Las primeras manos tocaron las alforjas. Luego, al enfilar la senda que desembocaba en las casas de adobe y madera, vio la placita a lo lejos.
La plaza, con la iglesia, el ayuntamiento y la escuela. Por la calle polvorienta aparecieron los niños y las niñas.
Aquel maravilloso enjambre...
-¡Ya está aquí el maestro!
-¡Por fin!
-¿Qué libros trae este curso?
-¡Maestro, maestro!
-¿Empezaremos mañana?
Pasaban los años, pero el momento era siempre irrepetible, mágico. El momento en que el soplo de la vida reaparecía y se hacía palabra.


El maestro llegó a la plaza.
Bajó de su montura.
Y se abrazó a las tres docenas de manos que querían saludarlo y tocarlo.
Su gente.
Después de todo no había ningún camino mejor, aunque fuera a través de las montañas y lejos del otro mundo.

Jordi Sierra i Fabra