jueves, 19 de abril de 2018

ELIMINANDO LIBROS


La casa estaba situada en el ecuador de la colina, en una calle sinuosa y de vegetación frondosa. Por supuesto, está prohibido revelar los nombres o las direcciones. Aparqué justo enfrente. Había un perro en el porche, un chucho de aspecto peligroso pero soñoliento. Un blanco gordo en camiseta y pantalones vaqueros, que no era tan agradable como su casa, ni mucho menos, me abrió la puerta. La camiseta rezaba: « ¿Y bien?».
Le enseñé la libreta y la miró desconcertado. Con auténtico desconcierto. He conocido a seleccionados que fingen ignorancia, pero la suya era de verdad.
— ¿Y bien?
—Supongo que sabe por qué he venido.
—Ayúdeme —dijo—. ¿La AAI? ¿La Agencia de Asuntos Indios?
—AAE —expliqué—. Artes y Entretenimiento.
—Ah, sí. Son los que recogen cosas viejas.
—Exacto —afirmé, aunque la agencia es mucho más que eso—. ¿Quiere invitarme a pasar? Hace un poco de frío aquí fuera.
Solo un poco: estábamos a mediados de octubre. Pero lo primero que aprendemos en la academia es que las cosas funcionan con mayor facilidad si consigues poner el pie en la puerta. El señor « ¿Y bien?» refunfuñó un poco y retrocedió para franquearme el paso. Los dos nos sentamos en un sofá duro, ante una mesita de café desordenada. La situación era incómoda, pero estoy acostumbrado a eso. Sé que no nos encargamos tan solo de cosas: son recuerdos, sueños y, por supuesto, dinero.
— ¿Le dice algo el nombre de Miller, Walter M. Jr? —le pregunté.
La idea es concederle al seleccionado la oportunidad de participar.
— ¿Miller? ¿Jr? Claro. Era un escritor de ciencia ficción, el autor de Cántico por Leibowitz, ¿no? De mediados de siglo, cuando los libros eran... ¡Espere un momento! ¿Quiere decir que han borrado a Miller?
—Hace seis semanas —dije.
—No sabía que lo habían retirado. Ya no sigo la ciencia ficción. Ni siquiera la ciencia.
—Le entiendo —respondí. Si él iba a cooperar, yo no iba a discutir.
— ¿Y bien? Ah. Comprendo. Debo tener un libro suyo en rústica. Creía que todavía eran legales. Si le digo la verdad, hace más de un año que no los hojeo. No es una verdadera colección. Son una especie de saldo. Supongo que es mi día de suerte.
—En efecto —convine—. Pagamos ciento veinticinco por cada selección. Hasta la gente que no sabe nada de nosotros lo sabe.
—Y es el día aciago de Arthur.
—Walter —le corregí. Acto seguido le brindé lo que yo llamo la respuesta académica—: Ya ha tenido su momento de gloria. Ahora es el turno de otro.
—Claro, lo que usted diga —contestó el señor « ¿Y bien?» con amargura. Desapareció en otra estancia y oí que abría y cerraba unos cajones. No perdí la puerta de vista, por si acaso. Regresó con una caja medio llena de libros en rústica. Quizá dos tercios. Lo bastante para que sobresalieran parcialmente.
Hubo de comprobarlos todos; no obedecían a ningún orden concreto.
—Puede que aquí haya otros —dijo.
—Yo no sé nada de eso —señalé—. Solo tengo mi lista. Puede visitar el sitio web de la agencia. Los que entregue en persona valen cincuenta más.
—O quinientos, para los contrabandistas —repuso—. O cinco mil. He visto ese reportaje sobre, ¿cómo se llama?, Salinger.
—Yo no sé nada de eso —repetí—. Y la ley me obliga a recordarle que va contra la ley hacer siquiera chistes sobre los contrabandistas.
Una atmósfera helada se abatió sobre la habitación. No me importó. No te puedes tomar demasiadas confianzas; tienes que recordarle a la gente que trabajas para el gobierno.
—Lo que usted diga —dijo—. Aquí está. Hasta luego, Arthur. Walter.
Me lanzó el ejemplar. Había un monje encapuchado en la cubierta. Las páginas se desplegaron y el libro se estrelló contra el suelo. Lo recogí de la alfombra deslucida y lo metí en la bolsa.
— ¿Ni siquiera va a mirarlo? ¿Ni a leer una sola palabra antes de destruirlo? Puede que aprenda algo sobre la vida.
—No se destruye a nadie —puntualicé. Lo taché de la libreta con la yema del dedo y pulsé ciento veinticinco.
—Lo que está eliminando no es solo un libro. ¡Es una vida humana!
Estaba empezando a ponerse beligerante. Era hora de marcharse. Me levanté.
—Yo no me meto en nada de eso. Me limito a recoger la mercancía y mandarla a Worth Street.
— ¿Y después?
—Y después, ¿quién sabe? —Le tendí la mano—. Gracias por su colaboración.

Terry Bisson, La Conspiración Alejandrina