domingo, 15 de abril de 2018

¡AGUA, AGUA!


Y surgió el sol a la derecha:
salía de la propia mar;
quedó en la bruma, y a la izquierda
se sepultó en la propia mar.

Y el viento suave movió la nave,
¡mas ningún ave iba detrás
que a la marinera llamada acudiera
por comer o por retozar!

Hice una cosa del infierno
que debía traer la desdicha:
y sabían que yo al ave maté,
la que hacía soplar la brisa.
¡Oh, qué gran pesar al ave matar,
la que hacía soplar la brisa!

Mas ved que el sol, testa de Dios,
lleno de gloria, sube;
y dijeron que yo al ave maté,
que traía la niebla y las nubes.
¡Ah, qué bienestar al ave matar,
que traía la niebla y las nubes!

La brisa esfuma la blanca bruma,
y libre nos sigue la estela;
un gran mar vimos, y dél supimos
nosotros por vez primera.

Cayó la brisa, cayó el velamen,
más triste nada se pudo dar;
¡sólo si hablábamos, turbábamos
el silencio del mar!

En un cielo caliente de cobre,
al medio día un sol de púrpura
encima del mástil estaba,
y no más grande que la luna.

Día tras día, día tras día,
sin olas ni viento, pasamos;
parecía una nave pintada
en un océano pintado.

Agua, por todas partes agua,
y chirriaba el calor, en la borda;
agua, por todas partes agua,
y para beber, ni una gota.

Samuel Coleridge, Rima del Anciano Marinero