jueves, 26 de abril de 2018

A POR EL ACOSADOR



—Buenas tardes. El señor Brown, supongo.
Los ojos negros de Aidan se clavaron en la figura que tenían enfrente.
Lo había seguido desde la taberna hasta su casa y en la distancia se adivinaba, por su modo de caminar y por su constante tambaleo, que el alcohol ya corría por sus venas.
Jeff apoyó el peso del cuerpo sobre su pierna derecha y torció el gesto antes de contestar.
—Sí, soy yo. ¿Qué quiere? ¿Es de la policía otra vez?
Aidan sonrió para sí mismo.
—No. Soy el doctor Wilkinson —mintió—, el médico que ha tratado a su hija en el hospital.
Brown pareció serenarse, y en sus ojos enrojecidos, brilló un destello de extraña voracidad.
—Ah, Ciara... Pero no es exactamente mi hija, ¿sabe? Ni siquiera lleva mi apellido.
Aidan hizo un frío ademán afirmativo. Había aprendido desde la niñez no solo a controlar su expresión corporal, sino a analizar la de los demás. Y aquel hombre, ebrio y aborrecible, era un libro abierto. Fácil de manejar, fácil de llevarlo a su terreno.
Incluso sintió el característico cosquilleo de la impaciencia en la punta de los dedos. Había sido buena idea llevar puestos los guantes de piel.
—No obstante —prosiguió Aidan—, usted es su única familia, y me gustaría comentarle algunos temas sobre su estado de salud. ¿Puedo pasar?
No esperó a que Jeff lo invitase y entró en el salón con total naturalidad.
Era una residencia humilde, no cabía duda. Pero aquel maldito sujeto no había escatimado gastos en una enorme televisión de plasma.
La vivienda olía a cerveza, violencia y muerte. Una combinación que restalló en su cerebro, haciéndole recordar una época que no podía olvidar.
Advirtió que no había ningún retrato familiar, ni una sola foto de Ciara ni de su madre.
Contuvo el impulso de subir las escaleras que conducían al piso superior y se giró hacia Jeff, que súbitamente pareció reparar en su presencia allí.
—¿Qué me dice, doctor? ¿Quiere un trago? ¿Por qué no se pone cómodo y se quita los guantes y el anorak?
Aidan se sentó en el vetusto sofá y sonrió con fingida complicidad.
—Preferiría no hacerlo. Estoy helado, seguro que me comprende... —«Un animal salvaje no se desprende de su camuflaje natural cuando acecha a su presa, señor Brown», pensó—. Pero, por supuesto, aceptaré ese trago, es usted muy amable.
—Es bueno conocer a un médico al que le guste tomar un buen whisky irlandés y no sermonee sobre sus malos efectos, ya me entiende —farfulló mientras abría un pequeño mueble auxiliar donde guardaba algunas botellas.
Cogió una y sirvió dos vasos.
—¿Y bien? —resopló con desgana—. ¿Qué quería decirme sobre Ciara?
Aidan ladeó la cabeza.
—Señor Brown, no parece interesarle mucho el estado de su hija.
Jeff bebió un largo trago y dejó el vaso ya vacío sobre la mesa con un golpe seco.
—Oiga doctor, un inspector de la bofia me detuvo acusándome de la muerte de mi mujer, y estos últimos días no han sido precisamente un camino de rosas... ¿y quiere que me preocupe por esa desagradecida con pecas? Tengo mejores cosas en las que pensar.
Con serenidad, Aidan volvió a verter whisky en el vaso de su anfitrión, que no dudó en deleitarse de nuevo con el licor.
—Ya veo, pero como médico, querría...
—No me interesa, ¿comprende? Su madre ya me dio bastantes quebraderos de cabeza.
Aidan asintió, observando cómo la mirada de Jeff se tornaba vidriosa.
—El sexo opuesto siempre será nuestra perdición, ¿eh, señor Brown?
Su voz sonó impasible, casi irónica, pero los ofuscados sentidos de aquel hombre no lo percibieron.
—¡Qué me va a contar usted! Son todas unas zorras. Tara, mi mujer, solo supo darme problemas, siempre metiéndose donde no la llamaban. —Tras decir esto, bebió otro trago de whisky.
Aidan lo taladró con la mirada.
—Es mejor que no esté ya entre nosotros, ¿verdad? —preguntó cambiando el tono, que se tornó cómplice.
Jeff sonrió bobaliconamente.
—Empieza usted a caerme bien, doctor. Claro, es sabido que los hombres nos apoyamos los unos a los otros... Tendría que habérselo explicado a ese inspector entrometido. Seguro que me habría comprendido sin necesidad de hacerme tantas preguntas... «Lo han visto a la hora de la muerte de su esposa...», decía ese tipo. ¡Imbécil! Yo tenía la entrada para el partido a las ocho de la tarde, sí... ¡Y no quería perdérmelo, joder! Por eso vine aquí un poco antes y...
Aidan no cambió la expresión de su rostro, y Jeff ni siquiera se percató de que desviaba la mano derecha hacia el bolsillo de su anorak.
—Por supuesto —apostilló Aidan—, siempre hay que terminar el trabajo que se queda a medias, ¿no le parece?
La voz gangosa del señor Brown le revolvió las entrañas.
—Sí, sí, es usted muy inteligente... Todos sabemos que nuestras mujeres son una carga que dura lo que nos resta de vida, ¿eh? Por eso hay que saber cuándo deshacerse de esa carga, llegado el momento.
Volvió a colmar el vaso de whisky y vio cómo Jeff lo apuraba.
—Tendría que haberlo hecho antes, mucho antes... —masculló este mientras se rascaba su prominente barriga.
Aidan no parpadeó, manteniendo sus ojos fijos en él. Si el señor Brown no hubiese estado bajo los efectos del alcohol, habría podido descubrir un extraño brillo en aquellas pupilas contraídas que lo vigilaban como un felino al acecho.
—Y dígame, entre nosotros..., ¿fue muy complicado acabar con «esa carga»?
Jeff soltó una carcajada antes de responder.
—Las mujeres han sido y serán siempre algo que los hombres utilizan para su placer, y la sociedad también, aunque esta quiera negarlo con tanta igualdad y feminismo... ¡Bah, sandeces! Pero ¿sabe una cosa, doctor? En el fondo, son el eslabón débil... Frágiles como un gorrioncillo. Un golpe seco —hizo un gesto significativo con la mano—, una fuerte presión en el cuello, y solo hay que esperar para ver cómo su cara se va volviendo azul...
Ni siquiera pudo concluir la frase.
Aidan ya había extraído la aguja hipodérmica de su bolsillo y, con un movimiento certero, la había clavado en su sudoroso cuello.
Jeff se lo quedó mirando con el asombro reflejado en su rostro.
—Pero ¿qué...?
Aidan dibujó una media sonrisa.
—No se preocupe, señor Brown. Solo estoy erradicando de esta sociedad que usted mismo ha nombrado lo que verdaderamente sobra...
Su interlocutor se llevó las manos al pecho mientras trataba de respirar con grandes bocanadas.
—¿Qué me ha hecho, hijo de...?
—¿Las mujeres son seres débiles? Permítame que le exprese mi disconformidad —dijo como respuesta Aidan—. Tipos tan repulsivos como usted tendrían que besar el suelo que ellas pisan.
Jeff se tambaleó y cayó al suelo entre espasmos de dolor. Ni siquiera tenía fuerzas para gritar. Su corazón latía a un ritmo frenético, y las punzadas en el abdomen eran cada vez más intensas.
Aidan se dirigió hacia las escaleras, pero antes se detuvo frente a Brown, que jadeaba hecho un ovillo.
—Alégrese. Conforme usted va desapareciendo del mundo, este no lo echará de menos. Es más, creo que con su muerte habrá contribuido a mejorarlo. ¿No se siente feliz, señor Brown?

Sandra Andrés Belenguer, La Noche de tus Ojos