miércoles, 25 de abril de 2018

UN NARRADOR PECULIAR



Entre los habitantes de Damasco había gente extraña por aquel entonces. ¿A quién le sorprende eso en una ciudad antigua? Se dice que cuando una ciudad permanece habitada ininterrumpidamente más de mil años, confiere a sus habitantes peculiaridades que se han acumulado en épocas pasadas. Damasco tiene incluso una antigüedad de varios miles de años. Así que no es de extrañar que deambulen personajes raros por las callejuelas laberínticas de esa ciudad. El viejo cochero Salim era el más raro de todos. Era pequeño y delgado, pero su voz cálida y profunda hacía que pareciese un hombre grande de hombros anchos, y ya en vida se convirtió en leyenda, lo que no significa mucho en una ciudad donde las leyendas y los rollos de pistacho son solo dos de mil y una especialidades.
Debido a los numerosos golpes de Estado de los años cincuenta, los habitantes del barrio antiguo confundían los nombres de los ministros y los políticos con los de los actores y otras celebridades. Pero para todo el mundo solo existía en el barrio antiguo aquel cochero que sabía contar unas historias capaces de hacer reír y llorar a los que las escuchaban.
Entre los personajes extraños había algunos que tenían un refrán apropiado para cualquier acontecimiento. Pero solo había un hombre en Damasco que supiese historias para todo, ya fuese que alguien se hubiese cortado un dedo, se hubiese resfriado o enamorado desdichadamente. Pero, ¿cómo se convirtió el cochero Salim en el narrador más famoso de nuestro barrio? La respuesta a esta pregunta es, como cabía esperar, una historia.
En los años treinta, Salim era cochero y hacía el recorrido entre Damasco y Beirut. Entonces los cocheros tardaban dos días fatigosos en hacer el trayecto. Eran dos días peligrosos porque el camino conducía por el escarpado «desfiladero del Cuerno» donde abundaban los ladrones, que se ganaban el pan robando a los viajeros que pasaban por allí.
Las diligencias apenas se distinguían las unas de las otras. Eran de hierro, madera y cuero y en ellas había sitio para cuatro viajeros. La lucha por conseguir viajeros era despiadada; a menudo decidía el puño más duro y los viajeros tenían que trasladarse, todavía pálidos del susto, a la diligencia del vencedor. Salim también luchaba, pero raramente lo hacía con los puños. Él empleaba la astucia y su lengua invencible.
En la época de la crisis económica, cuando cada año era menor el número de viajeros, el bueno de Salim tuvo que inventarse algo para sacar adelante a su familia. Tenía una mujer, una hija y un hijo a los que alimentar. Los asaltos a las diligencias se multiplicaban porque muchos campesinos y artesanos arruinados huían a las montañas y se ganaban la vida como salteadores. Salim prometía a los viajeros en voz baja: «Conmigo llegaréis a vuestro destino sin sufrir un solo rasguño y con la misma bolsa de dinero que llevabais al partir». Eso lo podía prometer porque mantenía buenas relaciones con muchos ladrones. Así pudo ir y venir una y otra vez de Damasco a Beirut sin ser molestado. Cuando llegaba al territorio de un bandido dejaba —sin que se diesen cuenta los viajeros— algo de vino o de tabaco al borde de la carretera, y el ladrón le saludaba amistosamente con la mano. Salim nunca fue asaltado. Pero al cabo del tiempo trascendió el secreto de su éxito y todos los cocheros le imitaron. Ellos también dejaban ahora obsequios al borde de la carretera y podían proseguir el viaje pacíficamente. Salim contaba que las cosas llegaron a tal extremo que los bandidos se convirtieron en obesos y perezosos recolectores incapaces de infundir miedo a nadie.
Así que la perspectiva de una protección segura frente a los ladrones dejó pronto de atraer a los viajeros a su diligencia. Salim reflexionó desesperadamente sobre lo que podía hacer. Un día una vieja dama de Beirut le dio la idea salvadora. Durante el trayecto contó a la dama las aventuras de un ladrón que se había enamorado de la hija del sultán. Salim conocía personalmente al ladrón. Cuando al final del viaje la diligencia se detuvo en Damasco, la mujer exclamó al parecer: «¡Dios bendiga tu lengua, joven. Contigo el tiempo ha pasado en un vuelo!». Salim llamó a aquella mujer su «hada de la suerte» y desde entonces prometía a los viajeros que les contaría historias durante el trayecto de manera que no notarían las fatigas del viaje. Esa fue su salvación, pues ningún otro cochero sabía contar historias como él.
Pero ¿cómo se las apañaba el viejo zorro, que no sabía leer ni escribir, para contar continuamente historias nuevas? ¡Muy sencillo! Cuando los viajeros habían escuchado un par de historias, él preguntaba en tono casual: «¿Puede contar también alguno de vosotros una historia?». Y entonces siempre había alguien, un hombre o una mujer, que contestaba: «Yo conozco una historia increíble. ¡Pero, sabe Dios, que es verdadera!». O: «bueno, yo no sé contar muy bien historias, pero una vez un pastor me contó una y si los señores no se ríen de mí, me gustaría contarla». Y, naturalmente, el cochero Salim animaba a todos a que contasen su historia. Él las condimentaba después y las contaba a los siguientes viajeros. De esa manera su repertorio siempre estaba fresco y no se agotaba.
El viejo cochero podía cautivar a los oyentes con sus historias durante horas. Hablaba de reyes, hadas y ladrones, y en su larga vida había tenido muchas experiencias. Podía contar historias alegres, tristes o emocionantes, su voz fascinaba a todo el mundo. No solo provocaba tristeza, ira y alegría, también nos hacía sentir el viento, el sol y la lluvia. Cuando Salim empezaba a contar, volaba en sus historias como una golondrina. Volaba sobre las montañas y los valles y conocía todos los caminos que conducían desde nuestra callejuela a Pekín. Cuando le apetecía se posaba sobre el monte Ararat —y no en otro lugar— y fumaba su narguile.
Cuando el cochero no tenía ganas de volar, recorría en sus relatos los mares de la tierra como un delfín joven. Debido a su miopía le acompañaba en sus viajes un águila ratonera que le prestaba sus ojos.
A pesar de lo delgado y pequeño que era, Salim no solo vencía en sus relatos a gigantes de ojos centelleantes y bigotes espantosos, sino que ahuyentaba también a los tiburones, y en casi todos los viajes luchaba con un monstruo.
Sus vuelos nos resultaban tan familiares como las elegantes evoluciones de las golondrinas en el cielo de Damasco. Cuantas veces estuve de niño apoyado en la ventana volando en pensamientos sobre nuestro patio como un vencejo. Esos vuelos apenas me asustaban entonces. Pero yo y los demás oyentes temblábamos con las luchas que sostenía Salim con los tiburones y otros monstruos marinos.
Una vez al mes, por lo menos, los vecinos exigían al viejo cochero que contase la historia del pescador mexicano. Salim disfrutaba mucho contando esa historia. En ella nadaba tranquilo y contento como un delfín en las aguas del golfo de México cuando un pulpo maligno atacaba el diminuto bote de un pescador. El bote zozobraba. El pulpo empezaba a estrechar al pescador entre sus tentáculos. Y casi le habría estrangulado si Salim no hubiese acudido rápidamente en su ayuda. El pescador lloraba de alegría y juraba por la Virgen que si su mujer embarazada daba a luz a un niño le llamaría Salim. En este punto, el viejo cochero hacía siempre una pausa para comprobar si habíamos escuchado atentamente.
«¿Y qué hubiese sucedido si la mujer hubiese dado a luz a una niña?», teníamos que preguntar.
El viejo cochero sonreía satisfecho, daba una chupada a su narguile y se atusaba el bigote canoso.
—En ese caso habría llamado a la niña Salime, naturalmente.
La lucha con el enorme pulpo duraba mucho tiempo. En invierno los niños estábamos sentados muy juntos en su cuarto y temblábamos por el cochero que luchaba contra los descomunales tentáculos provistos de innumerables ventosas, y cuando afuera sonaban los truenos, nos apretábamos aún más los unos contra los otros.
Tamim, un niño de la vecindad, tenía la impertinente costumbre de agarrarme de repente por el cuello en medio del relato. Yo me asustaba cada vez y gritaba. El cochero reprendía brevemente al inoportuno, me preguntaba dónde había quedado en su relato, y volvía a su lucha con el pulpo.
Cuando luego regresábamos a casa se nos ponía la carne de gallina cada vez que crujían las hojas otoñales, como si nos acechase allí el pulpo. El cobarde Tamim, que en el cuarto de Salim hacía como si no le impresionase la historia, era el que pasaba más miedo. Él tenía que atravesar nuestro patio y un callejón oscuro. Vivía un par de casas más allá, mientras que yo y otros tres niños podíamos sentir la tranquilizadora proximidad de Salim, incluso cuando nos íbamos a dormir.
Una noche la lucha con el pulpo había sido especialmente violenta. Yo estaba más que contento de haber llegado sano y salvo a mi cama. De repente oí la voz de Tamim. Lloriqueaba débilmente delante de la puerta del viejo:
—Tío Salim, ¿estás todavía despierto?
 —¿Quién está ahí? Tamim, muchacho, ¿qué sucede?
—. Tío, tengo miedo, alguien está gruñendo en la oscuridad.
—¡Espera, muchacho, espera! Ya voy. Solo tengo que coger mi dagayemení —le tranquilizó Salim a través de la puerta cerrada.
Tamim estaba allí avergonzado porque todos los que vivíamos cerca de Salim nos echamos a reír a carcajadas.
—Tú camina siempre detrás de mí y aunque se abalance un tigre sobre nosotros no tengas miedo. Yo le sujeto y tú echas a correr a casa —susurró el viejo y puso a salvo a Tamim, aunque estaba medio ciego y apenas veía de noche. Nadie sabía mentir tan bien como Salim.
A Salim le encantaba la mentira, pero nunca exageraba.

Rafik Schami, Narradores de la Noche