miércoles, 30 de noviembre de 2016

LA EMPERATRIZ DEL MUNDO SE CONFIESA


Aldonza siempre tuvo la corazonada de que ese viejo hidalgo -medio perturbado, dicen, por la lectura de maravillas, cosa que ella no llegaría a hacer nunca, y que la mirara a escondidas, con ojos de león hambriento, no más de cuatro veces, según recuerda- la haría famosa, le daría un nombre músico y peregrino y significativo y la convertiría en Señora y Soberana no ya de El Toboso, sino de las naciones, y tal vez del cosmos mismo. Pero -y aunque le doliera el sólo pensarlo-, sabía con igual certeza que no amaría al hombre por eso. El único consuelo del que, de tanto en tanto, echaba mano era creer que por la misma razón su loco enamorado sería tristemente famoso en los siglos venideros, más que todos los caballeros andantes juntos.

Luis Correa-Díaz