lunes, 21 de noviembre de 2016

EL OFICIO DE SER PADRE


—¿Qué pasa, cariño?

El pequeño Julián nos observaba desde la puerta con una sombra de pudor e inquietud.

—Hay alguien en mi habitación —musitó.

Bea exhaló un suspiro y le tendió los brazos. Julián se apresuró a refugiarse en el abrazo de su madre y yo renuncié a toda esperanza en pecado concebida.

—¿El Príncipe Escarlata? —preguntó Bea.

Julián asintió, compungido.

—Ahora mismo papá va a ir a tu habitación y le va a echar a patadas para que no vuelva nunca más.

Nuestro hijo me lanzó una mirada desesperada. ¿Para qué sirve un padre si no es para misiones heroicas de esta envergadura? Le sonreí y le guiñé el ojo.

—A patadas —repetí con el gesto más furioso que pude conjurar.

Julián se permitió un amago de sonrisa. Salté de la cama y recorrí el pasillo hasta su habitación. La estancia me recordaba tanto a la que yo había tenido a su edad algún piso más abajo que por un instante me pregunté si no estaría todavía atrapado en el sueño. Me senté a un lado de la cama y encendí la lamparilla de noche. Julián vivía rodeado de juguetes, algunos heredados de mí, pero sobre todo de libros. No tardé en encontrar al sospechoso escondido debajo del colchón. Tomé aquel pequeño libro encuadernado en negro y lo abrí por la primera página.

El Laberinto de los Espíritus VII
Ariadna y el Príncipe Escarlata
Texto e ilustraciones de Víctor Mataix

Ya no sabía dónde ocultar aquellos libros. Por mucho que afinara el ingenio para encontrar nuevos escondites, el olfato de mi hijo los detectaba sin remedio. Pasé las hojas del volumen al vuelo y me asaltaron de nuevo los recuerdos.

Cuando regresé a la habitación tras confinar una vez más el libro en lo alto del armario de la cocina —donde sabía que, más temprano que tarde, mi hijo daría con él—, hallé a Julián en brazos de su madre. Ambos habían sucumbido al sueño. Me detuve a observarlos desde el umbral, amparado en la penumbra. Escuché su respiración profunda y me pregunté qué habría hecho el hombre más afortunado del mundo para merecer su suerte. Los contemplé dormir enlazados, ajenos al mundo, y no pude evitar recordar el miedo que había sentido la primera vez que los vi así abrazados.

Carlos Ruiz Zafón, El Laberinto de los Espíritus