domingo, 13 de noviembre de 2016

LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES


Había algo en esa respuesta que me hizo mirarla con sorpresa, pues me maravillaba que aquel recado la fortaleciera ante cualquier posible interrogatorio. Sus ojos vivos parecieron leer mis pensamientos, ya que al cruzarse con los míos añadió que no había nada malo en lo que había estado haciendo, pero que era un gran secreto que ni ella misma conocía.

Esto lo dijo sin el menor asomo de astucia ni engaño, con una franqueza directa que llevaba el marchamo de la verdad. Seguía caminando como antes, mostrándome mayor familiaridad conforme avanzábamos y hablando cada vez más alegremente. Pero no me dijo nada sobre su hogar, salvo que íbamos por un camino completamente nuevo para ella y quería saber si no habría otro más corto.

Mientras hablábamos de esta manera, pensé en cien explicaciones diferentes del enigma, que fui descartando una a una. No quería aprovecharme de la candidez o gratitud de la niña a fin de dar pábulo a mi curiosidad. Yo siento simpatía por los pequeños y considero una bendición cuando ellos, que parecen recién salidos de la mano de Dios, nos devuelven esa simpatía. Como su confianza me había encantado desde el principio, decidí merecerla y hacer justicia al talante que la había inducido a confiar en mí.

Sin embargo, no había motivos para que yo me abstuviera de conocer a la persona que tan inconsideradamente la había mandado sola, y de noche, a un lugar tan distante; y como no era improbable que si la niña se encontraba cerca de la casa pudiera despedirse de mí y privarme de dicha oportunidad, evité las calles más rectas y frecuentadas y tomé varios atajos, de manera que hasta que no llegamos a su calle no supo dónde estábamos. Dando palmas de alegría y adelantándose unos pasos, se detuvo ante una puerta y no tocó el timbre hasta que yo no la hube alcanzado.

La puerta tenía un cristal sin postigo, cosa que no observé al principio, dado que reinaba una gran oscuridad y silencio en su interior y yo esperaba ansioso (al igual que la niña) que alguien respondiera al timbre. Llamamos dos o tres veces más, y se oyó un ruido de alguien que se acercaba. Al final, apareció una débil luz a través del cristal que, a medida que se aproximaba (muy despacio, por cierto, pues el portador se abría paso a través de un montón de artículos esparcidos), me permitió ver no sólo el tipo de persona que era, sino también el tipo de lugar en el que vivía.

Era un anciano de larga cabellera gris. Mientras sostenía la luz sobre la cabeza y miraba avanzando hasta nosotros, pude distinguir su fisonomía. Aunque desmejorado por la edad, creí reconocer en su forma enjuta y delgada algo de ese molde delicado que ya había notado en la niña. Sus relucientes ojos azules se parecían mucho, pero el rostro del anciano estaba tan surcado por la edad y las preocupaciones que el parecido terminaba allí.

El lugar que atravesaba con paso lento era uno de esos almacenes de objetos antiguos y curiosos que parecen cobijarse en los rincones más viejos de esta ciudad y, por recelo y desconfianza, ocultan sus rancios tesoros al ojo público. Por aquí y por allá había armaduras que parecían fantasmas acorazados, fantásticos grabados traídos de monasterios, armas oxidadas de varios tipos, figuras contorsionadas de porcelana, madera, hierro y marfil; en fin, tapices y muebles extraños que parecían concebidos en sueños. El aspecto demacrado del vejete se adecuaba maravillosamente a aquel lugar: habría andado a tientas por viejas iglesias, tumbas y casas abandonadas y reunido todos los despojos con sus propias manos. No había nada en aquella colección que no concordara perfectamente con su persona, nada que pareciera más viejo o más gastado que él.

Mientras giraba la llave en la cerradura, me miró con asombro, que no disminuyó cuando la mirada pasó de mi persona a la de mi acompañante. La puerta se abrió y la niña se dirigió a él llamándolo abuelo y le contó la pequeña historia de nuestro encuentro.

Charles Dickens, La Tienda de Antigüedades