domingo, 7 de agosto de 2016

OPERACIÓN «PADRE DE LOS JUEGOS»


El 1 de septiembre de 2026, Sellig Reidrassam se teletransportó a la sala de las Decisiones. Estaba deseando comunicar al Consejo lo que había descubierto. En sus manos estaba evitar el estallido de la Última Guerra Mundial de 2022. Conocía el medio para superar el Gran Enterramiento nuclear que desde hacía cuatro años los tenía condenados a vivir en búnkers. Y es que, allá arriba, la superficie de la Tierra no era más que un desierto de cenizas radioactivas.
El Consejo lo aguardaba alrededor de una mesa redonda. El presidente de lo que quedaba de las Naciones Humanas se levantó para recibirlo en el momento en que Sellig se materializaba, con su portafolios en la mano; los demás, un consejero y un científico como él, se limitaron a hacer un ligero movimiento de cabeza.
—Querido Sellig, ¿qué ha descubierto? —le preguntó el presidente—. ¡Díganoslo! Estoy harto de vivir bajo tierra, como un topo.
—Presidente, la solución depende de estas dos palabras: «Juegos Olímpicos».
El presidente, que se había vuelto a sentar, se rascó la cabeza.
—¿Y eso qué es?
—Sería más exacto decir «¿y eso qué era?», pues ya no existen. Mire usted, aquí tiene los detalles: según nuestras indagaciones, las ciudades griegas de la Antigüedad se enfrentaban cada cuatro años en competiciones deportivas —los Juegos— en la ciudad de Olimpia.
—¿Y en qué consistían esas competiciones deportivas? —preguntó el consejero.
La noción de deporte les resultaba completamente desconocida, incluso Sellig tenía una idea un tanto confusa de la misma, a pesar de las muchas horas de investigación que le había dedicado. Sellig trató de explicarles lo que eran esas competiciones:
—Eran unas pruebas en las que se rivalizaba en destreza, rapidez o fuerza, saltando obstáculos, corriendo, levantando o lanzando pesos...
Tras aquella aclaración básica, Sellig prosiguió:
—Mientras duraban los Juegos, las ciudades, que solían estar en guerra, observaban una Tregua sagrada. El sistema funcionó durante cuatro siglos. Lo malo es que, con el tiempo, las pruebas se convirtieron en simples entretenimientos y se olvidó la Tregua. Más tarde, en el año trescientos noventa y cuatro, el emperador romano Teodosio I, que era el nuevo dueño de Grecia, los prohibió. En cuanto a la ciudad de Olimpia, fue destruida y luego quedó sepultada. Los hombres se olvidaron de los deportes y los Juegos no se volvieron a celebrar.
El consejero intervino, diciendo en tono cortante:
—No entiendo a dónde quiere ir a parar. No nos habrá convocado para darnos una
clase de historia, ¿verdad?
Sellig le fulminó con la mirada.
—¡Pues claro que no! Imagínense que lográsemos recuperar los Juegos que nuestros antepasados honraban; que pudiésemos evitar la agresividad gracias al deporte. ¡Consigamos que, en lugar de luchar entre sí, los hombres corran, salten, naden! Podríamos cambiar el CURSO de la Historia: ¡Si la Última Guerra Mundial no hubiera estallado, nuestros seres queridos que desaparecieron a lo largo del conflicto se habrían salvado!
Al presidente, que nunca se había recuperado de la trágica muerte de su esposa, le entusiasmó la perspectiva. El propio Sellig había perdido a su hijita, Ada, y soñaba con ella todas las noches.
—¿Está usted proponiendo un viaje en el tiempo? —preguntó el científico—. ¿Acaso no habíamos prohibido su uso? Es muy peligroso manipular el pasado: las consecuencias pueden ser... imprevisibles.
Sellig alzó la voz:
—¡Más no se puede perder! ¡En la actualidad, la humanidad, o lo que queda de ella, está escondida en las profundidades de la Tierra para evitar las radiaciones! ¡El respeto que usted manifiesta por unas leyes de tres al cuarto, sus miramientos, a mí, me importan un comino!
El científico alzó la mano en ademán apaciguador.
—Vale, vale. Si le he entendido bien, pretende usted que alguien vaya a... a asesinar a Teodosio antes de que prohíba los Juegos.
La propuesta sorprendió a Sellig, que no se había planteado semejante medida.
—¿Es que no tiene usted bastante con los muertos de la Última Guerra? Mi método no es tan brutal. Basta con que sembremos un par de semillas en el pasado y recojamos sus frutos.
—¿Y cómo piensa usted suscitar entre nuestros antepasados el interés por el deporte? —preguntó el presidente.
—Bueno, eso es sencillísimo. He redactado una descripción de Grecia, en la que, naturalmente, se incluyen la ubicación de Olimpia y parte de la historia de los Juegos, así como una relación detallada de lugares realizada sobre el terreno. La he firmado con un nombre griego: Pausanias. ¡Tenía que utilizar un seudónimo!
—Pero... pero, se ha trasladado usted a...
Al consejero se le atragantaron las palabras.
—A la Grecia clásica, naturalmente —concluyó Sellig—. Soy un perfeccionista.
—Sin autorización. Eso es, es...
El presidente le indicó por señas que se callara y animó a Sellig a que prosiguiera.
—Voy a introducirme en épocas fundamentales, desde la Antigüedad hasta principios del siglo XXI, para divulgar mi obra —dijo sacando de la cartera unos rollos de pergamino y todo tipo de libros—. Pretendo perpetuar así el ideal olímpico. Cuento con que algunos eruditos se interesen por el tema (espero que no lo hagan demasiado tarde) y que, gracias a estos documentos, consigan descubrir la ciudad sagrada y restablecer los Juegos. Instalaré en mi laboratorio un observatorio del pasado de la humanidad para estar al corriente de los avances de nuestro proyecto.
El presidente consultó con la mirada al Consejo .
—¿Tienen algo que objetar?
Nadie respondió. Se acababa de dar carta blanca a Sellig Reidrassam.
—Dígame, Sellig, ¿qué nombre le ha puesto al proyecto?
—Operación «Padre de los Juegos».
La intrusión de Sellig en el pasado fue todo un éxito. Había conseguido situar un ejemplar de su Descripción de Grecia en muchas bibliotecas de Europa.
Delante de la pantalla, Sellig observaba los datos informáticos que le llegaban. En el siglo XVII, continuaba leyéndose a Pausanias, pero a nadie se le había ocurrido pensar en el restablecimiento de los Juegos.
—¡Más aprisa, más aprisa! —dijo Sellig impaciente, haciendo tamborilear sus dedos.
«1723: Gracias a la Descripción de Grecia de Pausanias, Bernard de Montfaucon, benedictino francés, miembro de la Academia de inscripciones y bellas letras, encuentra el emplazamiento de Olimpia».
¡Por fin, la Historia reaccionaba!
«1829: El francés Abel Blouet lleva a cabo las primeras excavaciones en Olimpia. Allí descubre el templo de Zeus y otros vestigios, entre ellos, una gran piedra de ciento cuarenta y tres kilos con la siguiente inscripción: “Soy la piedra que el atleta Bibon levantó con una sola mano, lanzándola luego por encima de su cabeza”».
«1832: Alumnos del colegio “Rondeau”, seminario católico situado en las inmediaciones de Grenoble, organizan una competición tomada exactamente de los Juegos».
—¡Parece que esto marcha! —exclamó Sellig
—. ¡Todo se acelera y se encadena!
Las fechas y los acontecimientos desfilaban sobre la pantalla-holograma:
«1850: W. P. Brookes crea en el País de Gales unos Juegos que se inspiran tanto en las Olimpiadas griegas como en los torneos a caballo».
«1859, 1870, 1875 y 1889: Se celebran Juegos en Grecia».
«De 1875 a 1891: Arqueólogos alemanes descubren lo que quedaba por excavar en Olimpia».
«1892: En París, en el gran anfiteatro de la Sorbona, Pierre Frédy, Barón de Coubertin, ferviente impulsor del deporte en la escuela e incondicional admirador de la Grecia Clásica, anuncia en el transcurso de una conferencia su deseo de restablecer los Juegos Olímpicos».
¡Y, de repente, nada! La pantalla-holograma se había quedado totalmente bloqueada en la fecha de 25 de noviembre de 1892. Sellig se preguntaba qué es lo que había fallado. Tenía que averiguarlo. Así que se teletransportó a la Sorbona, en la fecha del último intento.


Sellig se materializó en los lavabos, pues este era el único lugar en el que podía aparecer sin llamar la atención, ya que, en ningún caso, debía manifestar su presencia en una época en la que se suponía que él no existía. Pulsó el seleccionador de vestimentas y optó por un traje negro e impersonal, compuesto por un chaleco, una camisa blanca de cuello corto y una corbata ancha de seda negra. Luego salió de los lavabos y se dirigió al anfiteatro.
Había gran afluencia de público en la sala en la que acababa de comenzar la conferencia. En la tribuna, Pierre de Frédy, barón de Coubertin, pronunciaba las siguientes palabras:
— …Hay personas a las que ustedes consideran utopistas porque hablan de la desaparición de la guerra, y, en cierto modo, no les falta a ustedes razón; pero hay otras personas que creen en la progresiva disminución de las posibilidades de guerra, y yo en esto no veo ninguna utopía.
—¡Bravo, bravo! —exclamó Sellig sin poderse contener.
El día en el que el deporte triunfe por todas partes, en la vieja Europa y en el resto del mundo, ese día, la causa de la paz habrá logrado un nuevo y potente respaldo. Pero para ello, es preciso llevar a cabo una obra grandiosa y beneficiosa: el restablecimiento de los Juegos Olímpicos.
Este anuncio fue acogido con algunos aplausos de cortesía y ciertas risas.
—¡No puede ser! Estos imbéciles se lo están tomando a broma —exclamó Sellig.
Después de la conferencia se acercó al orador, que estaba visiblemente desanimado. De repente, Sellig comprendió por qué se había bloqueado su perfecto engranaje: ¡Por culpa de la indiferencia de unos y de la renuncia del barón! Tenía que animarlo.
—Barón, perdone que me dirija a usted. ¡No se dé por vencido! ¡Si se empeña, logrará imponer sus maravillosas ideas! ¡Siga luchando en favor del deporte y de la paz, se lo ruego! El futuro depende de ello.
Sus palabras reconfortaron al barón. Por fin había alguien que parecía que le comprendía, y se juró que haría todo lo posible por recuperar los Juegos.
De vuelta a «su» presente, Sellig Reidrassam consultó la pantalla-holograma, en la que habían vuelto a aparecer muchos más datos:
«23 de junio de 1894: Por fin se adopta la propuesta de Coubertin de restablecer los Juegos».
«Abril de 1896: Se celebran en Grecia, lugar donde habían nacido, los primeros Juegos Olímpicos modernos».
Luego apareció en la pantalla un torrente de información. Sellig se estremeció al leer uno de los datos:
«1912, 1916, 1940 y 1944: Los Juegos no se celebran por culpa de las guerras».
No le cabía la menor duda: su hermoso sueño de anular el conflicto de 2022, salvar a su hija y poder vivir de nuevo al aire libre, estaba tristemente destinado al fracaso. Hundió la cabeza entre sus manos y se echó a llorar. Había creído fervientemente que el deporte bastaría para apaciguar los ardores bélicos de la humanidad.
—¡Sellig, es increíble!
El consejero acababa de irrumpir en su laboratorio. Sellig alzó la cabeza.
—Los sensores indican que han desaparecido todas las radiaciones de la superficie de la Tierra.


Sellig se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano. Volvió a mirar la pantalla. En el apartado correspondiente al año 2022, en lugar del siniestro titular «Declaración de guerra» aparecían las palabras «Hoy se inauguran los Juegos Olímpicos».
—Además hemos recibido un mensaje de su hija: le espera en el estadio para asistir a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de 2026.

Gilles Massardier, Cuentos y Leyendas de los Juegos Olímpicos