jueves, 25 de agosto de 2016

EL APRENDIZ DE DIOS


Este mes se han cumplido 200 años de cierta reunión que tuvo lugar en Suiza y que dio origen a una variante del mito de Prometeo, que se rebela contra Dios, al crear el personaje de Frankenstein.



Todos conocernos la historia del aprendiz de brujo, el joven que estudiaba para ser un mago e intentó utilizar la magia de su amo para ahorrarse trabajo..., pero luego se dio cuenta de que no podía controlar la magia, El poema original es obra del escritor alemán Wolfgang von Goethe. El músico francés Paul Dukas se inspiró en él para escribir en 1897 una encantadora composición, que más tarde fue adaptada, de forma todavía más encantadora, por Walt Disney, en su película de dibujos animados Fantasía.
La historia resulta muy divertida, sobre todo porque el pobre aprendiz es rescatado finalmente por el mago, y todos podemos reír a gusto de sus desgracias; pero en el fondo sentimos cierta intranquilidad al verla, porque muy bien podría ocurrir que la hurnanidad estuviera desempeñando el papel de aprendiz de Dios.
Hemos aprendido mucho sobre el Universo y somos capaces de hacer cosas que parecerían magia a nuestros antepasados. Sin duda, si un cruzado del siglo XII apareciera en nuestro mundo sin previo aviso y viera los aviones a reacción, la televisión y las máquinas computerizadas, creería que todo aquello era brujería y, casi con toda probabilidad, magia negra; y se santiguaría mil veces para encomendar su alma a Dios y pedir su protección.
Casi podemos llegar a convencernos de que hemos usurpado los poderes divinos de creación, o al menos los hemos tomado a préstamo para establecer nuestro propio dominio de la naturaleza; y del mismo modo que le ocurrió al aprendiz de brujo, somos lo bastante listos para utilizar esos poderes, pero no lo bastante sabios para controlarlos. Si miramos hoy el mundo que nos rodea, ¿no vemos acaso que la tecnología se ha hecho independiente de nosotros y, lenta pero inexorablemente, ha empezado a destruir el medio ambiente y la habitabilidad del planeta?
Tal vez el ejemplo más claro del sueño de la humanidad de usurpar los poderes de Dios sea la creación de un ser humano artificial. En el relato bíblico de la Creación, el nacimiento de la humanidad constituye el remate de toda la historia. ¿Puede la humanidad creada dedicarse a continuación a crear por sí misma una humanidad subsidiaria? ¿No sería ése el ejemplo extremo del presuntuoso orgullo del aprendiz de Dios, y no merecería el hombre ser castigado por ello?
Profundicemos un poco más en el tema.
Se han empleado varios términos para referirse a los seres humanos artificiales. Por ejemplo, autómata (que se mueve por sí mismo), homúnculo (ser humano pequeño), androide o humanoide (parecido al hombre). En 1921, el escritor checo Karel Capek introdujo en su obra teatral R.U.R. el término robot, una palábra checa que significa «esclavo».
Los dos términos que mayor difusión han tenido para designar a los seres humanos artificiales han sido, por encima de todos los demás, robot, y en segundo lugar, a considerable distancia, androide. En las historias modernas de ciencia-ficción, existe una diferencia entre los dos términos: se llama robot al ser humano artificial construido en metal, en tanto que androide es el fabricado con una sustancia orgánica que tiene la apariencia externa de la carne y de la sangre.
Curiosamente, en R. U.R., el drama en el que Chapek acuñó la voz robot, los seres humanos artificiales así llamados eran, de hecho, androides.
Pero, a despecho de la incomodidad que sentimos los humanos ante el hecho de la creación de otros seres humanos artificiales (los viejos relatos de ciencia-ficción solían afirmar: «existen cosas que los humanos no deben conocer»), el sueño de una creación de ese género es tan antiguo como la literatura.



En la Ilíada se describe cómo el dios herrero de los griegos, Hefesto, tenía unas muchachas de oro que le ayudaban en su trabajo, podían desplazarse a voluntad y tenían inteligencia. Robots perfectos.
También en la isla de Creta se suponía que existía un gigante de bronce, Talos, que daba vueltas sin cesar por las costas de la isla, dispuesto a combatir contra cualquier enemigo quese aproximara a ella. En este caso, Talos era seguramente una metáfora para designar a la flota cretense (la primera que el mundo conoció), cuyos guerreros armados con espadas de bronce protegían la isla de los invasores.
Esos robots míticos eran creaciones divinas y podían ser utilizados sin inconvenientes, tanto por los propios dioses como por los humanos, bajo la dirección de los dioses. Sin embargo, llegó un momento en que se empezó a hablar de humanos como creadores de una vida pseudobumana.
En las leyendas judías se habla de robots llamados golems (término hebreo que significa «masa informe», para significar que no fueron formados con la precisión que cabe esperar de la creación divina). Los golems eran de arcilla y cobraban una especie de vida a la mención del Santo Nombre de Dios. El golem más famoso es el que se afirma que fabricó, hacia el año 1500, el rabí Judá Loew, en Praga. Como cabía esperar, se convirtió en un peligro, y hubo de ser destruido.
Pero también el golem es una creación pseudodivína, bastante peligrosa pero aún no enteramente construida por el hombre. Mientras tanto, se iba desarrollando poco a poco una ciencia secular, y corrían rumores sobre alquimistas medievales que habían intentado crear vida sin ninguna clase de ayuda divina. El caso más famoso fue el de Alberto Magno, en el siglo XIII. Naturalmente, a pesar de los rumores, ninguno de ellos tuvo éxito.
En 1771 se produjo un punto de inflexión. En ese año, el anatomista italiano Luigi Galvani experimentó con músculos extraídos de las ancas de ranas, por supuesto muertas, y descubrió que una corriente eléctrica podía hacer contraerse aquellos músculos muertos como si estuvieran dotados de vida. (Todavía hoy hablamos de que algo ha sido «galvanizado» cuando se pone subitamente en acción a partir de un estado inerte.)
La electricidad constituía aún una fuerza nueva, de propiedades desconocidas en buena parte, y fácilmente pudo creerse que en ella'se encontraba la auténtica esencia de la vida. Empezó a parecer concebible que un cadáver, si se le infundía electricidad con la intensidad adecuada, pudiera revivir.
Las investigaciones relativas a la electricidad se galvanizaron (dicho sea con perdón), y en 1800 el físico italiano Alessandro Volta inventó la primera batería química, el primer instrumento capaz de producir una corriente eléctrica continuada, y no tan sólo chispas ocasionales. La posibilidad de la creación de vida parecía más próxima que nunca.
El poeta George Gordon (Lord Byron) se interesaba por las novedades científicas del momento, y conoció la existencia del fenómeno del galvanismo. Uno de sus mejores amigos era otro gran poeta lírico, Percy Shelley, y los dos pasaron juntos una temporada en Suiza, en 1816, con otras personas. También les acompañaba la joven esposa de Shelley, recién casada con él tras la muerte (por suicidio) de la primera mujer del poeta.
Esa joven era Mary Wollstonecraft; su madre, que llevaba el mismo nombre, era una famosa feminista, y su padre, William Godwin, un filósofo y novelista. Mary Shelley, como solemos conocerla, tenía diecinueve años en aquella época.
Una noche, en el curso de la conversación, Byron propuso que cada uno de ellos escribiera una especie de relato de fantasmas, sobre las bases que podía sugerir la «ciencia moderna». Lo que planteaba era que escribieran lo que hoy llamaríamos un «relato de ciencia-ficción»..
La propuesta no pasó adelante, salvo en el caso de Mary Shelley. Inspirada por la posibilidad de la creación de vida por medio de la electricidad, escribió Frankenstein, o el moderno Prometeo, que se publicó en 1818, cuando ella tenía veintiún años de edad.
El título es significativo. En los mitos griegos no son los dioses olímpicos quienes crean a los
humanos, sino Prometeo («el Previsor», una personificación de la inteligencia), un titán perteneciente a una generación de dioses más antiguos. Prometeo no sólo modelaba en barro á los seres humanos (como hace Dios en el libro del Génesis; porque en los tiempos de los viejos mitos, el barro era el material universal para la confección de la cerámica, y los dioses eran alfareros divinos) sino que introdujo en la humanidad el fuego del Sol, inaugurando de ese modo la tecnología.
El protagonista de Frankenstein era un científico suizo, Frankenstein, que aspiraba a ser un nuevo Prometeo y crear un nuevo género de seres vivientes por el procedimiento de galvanizar tejidos orgánicos muertos. Lo hizo, pero el resultado fue tan horripilante que abandonó a su destino al ser que babía creado, y sólo se refería a él llamándole «el Monstruo». El Monstruo, indignado ante la crueldad de aquel trato, mató a Frankenstein y a toda su familia, y al terminar la novela huía hacia el misterioso Ártico.
Es interesante destacar el aspecto «aprendiz de brujo» de la narración. Frankenstein podía crear la vida, pero no controlar su creación. Aunque no podemos estar seguros de lo que pensaba al respecto Mary Shelley, parece insinuarse una comparación con la Creación original. Dios creó la humanidad, pero sin duda ha perdido el. control de sus criaturas, porque éstas pecan de modo incesante. Puede parecer incluso que Dios se ha desentendido de la Creación, disgustado con nosotros, y nos ha dejado abandonados a nuestro sino.
Lo importante de Frankenstein es que se trata del primer cuento en el que la vida se crea sin intervención divina, únicamente por medios materiales. Por esa razón, algunos críticos la han llamado la primera novela de ciencia ficción.
Conviene recordar que la novela fue escrita por una mujer de veintiún años, inmersa en las convenciones de la literatura romántica. El estilo es florido y retórico y contiene internminables descripciones de viajes. A pesar de todo, su popularidad fue enorme desde el mismo momento de su aparición.
No cabe duda, con todo, de que para la mayoría de las personas la popularidad de la historia se basa en la película inspirada en ella, del año 1931. Yo mismo vi la película muchos años antes de leer el libro, y quedé asombrado al ver las diferencias existentes entre ambos.
En la película, se coloca en el cuerpo el cerebro de un crirninal, algo que no ocurre en el libro y que, de haberse suprimido de la película, no habría causarlo el menor trastorno a la historia. En el libro, el Monstruo es un ser culto e inteligente, plenamente capaz de expresarse con el mismo romanticismo que cualquier otro personaje; en la película, el Monstruo únicamente habla por medio de gruñidos. Además, en la película, aunque Frankenstein era asesinado igual que en el libro, los productores cambiaron el guión antes del estreno y dieron a la historia un final feliz, al menos para Frankenstein. En cuanto al Monstruo, en lugar de escapar al Artico al final, en la película muere, aunque más tarde fue resucitado para protagonizar un gran número de secuelas, de las que tan sólo una, La novia de Frankenstein, tenía algún valor. A pesar de algunas torpezas, la película Frankenstein sigue siendo la película de horror de mayor éxito de todos los tiempos, con la única competencia de King Kong, producida en 1933.
El éxito de Frankenstein se debió además a la espléndida caracterización de Boris Karloff, que a partir de ese papel ascendió de inmediato y para muchos años al estrellato. Karloff compuso un Monstruo atemorizador, sin resultar grotesco ni repulsivo; de hecho, representó con tal habilidad su papel que era imposible no sentir simpatía por el personaje. Resultaba evidente que su intención era buena, y sólo su ignorancia del mundo hizo que matara a la pequeña. Creyó que flotaría en el agua: igual que las flores.



En este aspecto la película seguía el libro, porque en el libro el Monstruo era enteramente inocente desde el principio. Traído a la vida por la acción de Frankenstein, el Monstruo fue abandonado debido únicamente a su peculiar aspecto, que no era culpa suya. De hecho, en el libro el Monstruo es tratado de forma tan indigna que uno no puede dejar de.pensar que el asesinato de Frankenstein está justificado. (Y de nuevo no podemos dejar de preguntarnos si Mary Shelley -recordemos que fue educada por un padre que era un filósofo racionalista, poco propenso a la piedad irreflexiva- pretendía expresar la idea de que Dios ha tratado injustamente a la humanidad a lo largo de toda la historia, y que ha añadido el insulto a la injuria, de creer a sus representantes en la Tierra, al cargar todas las culpas sobre la víctima y liberarse a sí mismo de toda responsabilidad.)
Es interesante observar que. en King Kong el monstruo es presentado también bajo una luz simpática. De hecho, con tanta simpatía que al final, en la inolvidable escena en que lucha contra los aviones desde su atalaya en la punta del Empire State Building, cuando consigue derribar a uno de sus atacantes y dar muerte a un piloto americano, el público aplaude. Al parecer, la reacción cogió a los productores totalmente por sorpresa y les forzó a cortar algunas escenas en las que King Kong resultaba bastante menos simpático.
No debe suponerse que aquellos productores fueran unos cerebros privilegiados que captarán al vuelo la posibilidad de amasar millones presentando a los «villanos» en tres dimensiones y bajo una luz más o menos favorable. Desde entonces se ha producido un número increíble de películas en las que los buenos y los malos aparecen dibujados con trazos tan gruesos y contrastados que nadie, que tenga una edad mental superior a los doce años, puede encontrar en ellas ninguna diversión. Y, sin embargo, se espera que den dinero.
Por favor, lea Frankenstein insólito como una alegoría y medite sobre su significación para la historia del hombre, y sobre cómo afecta a la situación de la humanidad en este mismo instante; si en efecto «hay ciertas cosas que la humanidad nunca debía conocer», y si existe alguna forma de escapar de la desafortunada posición de aprendices de Dios. En definitiva, si después de haber adquirido la inteligencia suficiente para desarroliar la tecnología avanzada de que disponemos, podremos tener además la sabiduría necesaria para hacer un buen uso de ella.

Isaac Asimov, prólogo a Frankenstein insólito