lunes, 8 de agosto de 2016

EL MUSEO DE HISTORIA NATURAL


Cuando era un niño, el mejor lugar del mundo se encontraba en Londres, a un corto paseo de distancia desde la estación de South Kensington. Era un edificio ornamentado, construido con ladrillos de colores, y tenía —y ahora que lo pienso, todavía las tiene— gárgolas repartidas por todo el tejado: pterodáctilos y tigres de dientes de sable. En el vestíbulo se erguía el esqueleto de un Tyrannosaurus Rex, y la réplica disecada de un dodo en una vitrina polvorienta. Había seres metidos en frascos que antaño estuvieron vivos, y seres en cajas de cristal que ya no seguían vivos, todos clasificados, catalogados y sujetos con alfileres.



Se trataba del Museo de Historia Natural. En el mismo edificio se encontraba el Museo Geológico, que albergaba meteoritos, diamantes y minerales extraños y espléndidos, y nada más doblar la esquina aparecía el Museo de Ciencias, donde podía evaluar mi capacidad auditiva y regocijarme porque oía mucho mejor que los adultos.

Era el mejor lugar del mundo que yo podía visitar.

Estaba convencido de que al Museo de Historia Natural solo le faltaba una cosa: un unicornio. Bueno, un unicornio... y un dragón. Tampoco había hombres lobo. (¿Por qué no había nada sobre hombres lobo en el Museo de Historia Natural? Yo quería aprender más cosas sobre los hombres lobo). Había vampiros, pero ninguno de esos tan elegantes, y no había una sola sirena —las busqué—, y en lo que respecta a grifos y mantícoras, tampoco les quedaba ninguno.


(Nunca me sorprendió que no tuvieran un fénix en exposición. Obviamente, solo existe un fénix cada vez, y mientras que el Museo de Historia Natural está lleno de cosas muertas, el fénix siempre está vivo).

Me gustaban los enormes fósiles de dinosaurio y los animales insólitos y polvorientos alojados en vitrinas de cristal. Me gustaban los animales vivos, los que respiraban, y los prefería cuando no se trataba de mascotas: me encantaba toparme con un erizo, con una serpiente, con un tejón o con las diminutas ranas que, una vez cada primavera, acudían brincando desde la charca que había al otro lado de la carretera y convertían nuestro jardín en un lugar lleno de vida.

Me gustaban los animales de verdad. Pero los animales cuya existencia era más ignota me gustaban incluso más que aquellos que brincaban, culebreaban o deambulaban por la vida real, porque eran insólitos, porque podía ser que existieran o no, porque el simple hecho de pensar en ellos conseguía que el mundo se convirtiera en un lugar más mágico.

Me encantaban mis monstruos.

«Donde hay un monstruo», nos contaba el sabio poeta norteamericano Ogden Nash, «hay un milagro». Me habría gustado poder visitar un Museo de Historia Antinatural, pero, al mismo tiempo, me alegraba de que no existiera ninguno. Era consciente de que si los hombres lobo eran maravillosos, se debía a que podían ser cualquier cosa. Si alguien llegara a capturar a un hombre lobo, o a un dragón, si domesticaran a una mantícora o confinasen a un unicornio, si los metieran en frascos y los diseccionasen, entonces solo podrían ser una única cosa, y dejarían de vivir en esos lugares ocultos a medio camino entre el mundo real y el de lo imposible, el cual, de eso estaba seguro, era el único que de verdad importaba.



No existía tal museo, no en aquel entonces. Pero yo sabía cómo visitar a las criaturas que nunca podrían avistarse en los zoos, ni en los museos, ni en los bosques. Me estaban esperando en los libros y en los cuentos, ocultos entre los veintiséis caracteres del alfabeto y un puñado de signos de puntuación. Esas letras y palabras, cuando se colocaban en el orden apropiado, podían invocar a toda clase de personas y criaturas exóticas de entre las sombras, podían revelar las motivaciones y las mentes de los gatos y de los insectos. Eran hechizos, deletreados con palabras que creaban nuevas palabras, que me aguardaban entre las páginas de los libros.

El nexo entre los animales y las palabras viene de lejos. (¿Sabías que nuestra letra A comenzó su existencia como la representación pictórica de la cabeza de un toro puesta del revés? Los dos palitos sobre los que se sostiene la A eran originariamente cuernos. La puntiaguda parte superior representaba su cara y su nariz).

Neil Gaiman, Introducción a Criaturas Fantásticas