miércoles, 28 de marzo de 2018

MI AMOR POR EL MUNDO DE LA ANTIGUA ROMA

surgió cuando tenía nueve años y estaba segura de que nada podría superar el que sentía por Grecia, su mitología y su cultura. Por casualidad, mi maestra de lo que entonces era 4.º de EGB, sor Mercedes, me puso en las manos varios libros sobre ese tema, y el flechazo fue instantáneo. Yo entonces leía con una pasión que preocupaba un poco a los mayores, menos, precisamente, a aquella maravillosa maestra de mirada dulce y cabellos canos, que me dijo: «Tú lee. No te preocupes por nada más. Todo lo que tengas que aprender está ahí, en los libros».

Después llegó Robert Graves y Yo, Claudio, y Henryk Sienkiewicz con Quo Vadis, y el resto de novelas, películas y enciclopedias que me permitieron sumergirme en un mundo que había desaparecido hacía muchos siglos, pero que en cierta medida continuaba vivo en las ruinas, los edificios, los monumentos, la lengua, el derecho, la ingeniería… Incluso en el pueblo en el que yo vivía, en Llodio, bastante impermeable a la romanización, se sostenía en pie un puente romano (luego lo dataron mejor y resultó ser románico… una gran decepción para mí). Cuando pude estudiar latín me entusiasmé con esa lengua muerta: llegué a leerla bastante bien y a traducirla con facilidad. Pero no era solo eso: sus comidas, sus costumbres, sus conquistas, la estructura de las casas, todo me despertaba interés y de todo quería saber. Incluso la cara más siniestra (sus emperadores más sangrientos o las guerras) me parecía un aspecto interesante y del que podía aprender.

De manera que era cuestión de tiempo el que acabara escribiendo una historia de romanos, y mejor aún, en Hispania, y durante el siglo que mejor conozco, el i d. C. En cierta medida se lo debía a mis amigas de infancia, que ahora tienen niños ya crecidos, y recordaban aquellas historias que yo les contaba sin tregua y que ellas escuchaban con infinita paciencia, hasta que lograba engancharlas y terminaban diciendo: «¿Y qué pasó entonces? ¡Cuenta más!». Ellas me pedían que las escribiera para sus hijos, y estoy encantada de haberlo hecho.

Espido Freire, El Chico de la Flecha