jueves, 15 de marzo de 2018

EL CIRCO LLEGA SIN AVISAR


No viene precedido de ningún anuncio, no se cuelga cartel alguno en los postes o vallas publicitarias del centro ni tampoco aparecen notas ni menciones en los periódicos locales. Sencillamente, está ahí, en un sitio en el que ayer no había nada.
Las altísimas carpas son de rayas blancas y negras, nada de tonos dorados o carmesíes. De hecho, no se ve color en ninguna parte, a excepción del verde de los árboles cercanos y de la hierba de los campos colindantes. Rayas blancas y negras, y un cielo gris de fondo. Innumerables carpas de todas las formas y tamaños rodeadas por una recargada valla de hierro forjado que las aísla en un mundo falto de color. Hasta el poco suelo que se ve desde el exterior es blanco o negro, está pintado o empolvado, o bien ha sido objeto de algún otro truco circense.
Pero no está abierto al público. Aún no.
En cuestión de horas, todos los habitantes del pueblo han oído hablar del circo. Por la tarde, la noticia ha llegado ya a varias localidades de los alrededores. El boca a boca es un método publicitario mucho más efectivo que la letra impresa o los signos de exclamación en panfletos y carteles de papel. La aparición repentina de un misterioso circo es una noticia insólita e impactante. La gente contempla maravillada la asombrosa altura de algunas de las carpas y observa, al otro lado de las puertas, un reloj que nadie sabe exactamente cómo describir.
Y luego está el cartel negro con letras blancas que cuelga de esas puertas, el cartel que dice así:

ABRIMOS CUANDO ANOCHECE.
CERRAMOS CUANDO AMANECE

«¿Qué clase de circo abre sólo de noche?», se pregunta la gente. Nadie sabe la respuesta, pero a medida que se acerca el ocaso un considerable número de espectadores se reúne ante las puertas.
Tú estás entre ellos, claro. La curiosidad ha sido más fuerte que tú, como suele ocurrir con ella. Estás allí al caer el día, con la bufanda que llevas al cuello bien subida para que te proteja de la fresca brisa nocturna, ansioso por ver qué clase de circo abre sus puertas únicamente al ponerse el sol.
La taquilla, perfectamente visible al otro lado de las puertas, está cerrada a cal y canto. Las carpas permanecen inmóviles, excepto cuando el viento las sacude de forma apenas perceptible. El único movimiento en el interior del circo es el del reloj que cuenta los minutos, si es que tan sorprendente escultura puede considerarse un reloj.
El circo da la sensación de estar vacío y abandonado, pero te parece percibir el olor del caramelo en la brisa nocturna, mezclado con el fresco perfume de las hojas de otoño. Una fragancia ligeramente dulzona que llega con el frío.
El sol se oculta por completo tras el horizonte y la claridad que queda deja de ser ocaso para convertirse en penumbra. A tu alrededor, la gente que espera está impacientándose: un mar de personas que arrastran los pies y comentan entre murmullos la posibilidad de abandonar el intento para buscar un lugar más cálido en el que pasar el rato. Tú también estás considerando la opción de marcharte cuando, de pronto, sucede.
Primero, se produce una especie de estallido, que apenas se oye entre el viento y las conversaciones. Luego un sonido más débil, como el de una tetera a punto de empezar a hervir. Y por último llega la luz.
En todas las carpas empiezan a encenderse lucecitas, como si el circo entero estuviera cubierto de luciérnagas inusitadamente brillantes. La multitud, expectante, guarda silencio mientras contempla ese derroche de luz. Alguien, junto a ti, contiene una exclamación. Un niño aplaude, entusiasmado por el espectáculo.
Cuando todas las carpas están iluminadas, cuando centellean recortadas contra el cielo nocturno, aparece el cartel.
En la parte superior de las puertas se encienden más luciérnagas, ocultas hasta ese momento entre espirales de hierro forjado. Producen un estallido al iluminarse y, algunas, incluso despiden un poco de humo y una pequeña lluvia de relucientes chispas blancas. Los que están más cerca de las puertas retroceden unos cuantos pasos.
Al principio, no parecen más que unas cuantas luces que se iluminan al azar. Pero, a medida que se van encendiendo otras, resulta obvio que todas juntas forman una especie de palabra. La primera letra que se puede distinguir es una «C», pero luego van apareciendo otras. Una «q», extrañamente, y varias «es». Cuando se enciende la última bombilla, cuando el humo y las chispas se disipan, el recargado cartel incandescente resulta legible. Te inclinas un poco a tu izquierda para ver mejor y lees lo siguiente:

LE CIRQUE DES RÊVES

Entre la multitud, algunos sonríen con gesto de complicidad, mientras otros observan con mirada interrogante a sus vecinos. Una niña que está a tu lado le tira de la manga a su madre y le pregunta qué dice el cartel.
—El Circo de los Sueños —responde la madre. La niña sonríe, encantada.
En ese momento, las puertas de hierro tiemblan y se abren, al parecer por propia voluntad. Giran hacia dentro, como si invitaran a la multitud a pasar.
El circo ya está abierto.
Ya puedes entrar.

Erin Morgenstern, El Circo de laNoche